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Archivos Mensuales: enero 2014

Plaza de La Moncloa

Nadie conoce el lugar como plaza de Moncloa. El concepto de plaza como recinto abierto de encuentro no casa con este espacio. Sin embargo, esta es la denominación oficial que desde 1890 figura en los documentos oficiales. Su situación geográfica no es necesario consignarla aquí porque para cualquier vecino madrileño -de la capital o de la región- es un enclave conocido por su condición de cruce de caminos en la moderna ciudad, debido al intercambiador de transportes, que acoge cerca de un centenar de líneas de autobuses, que unen la capital con la zona noroeste de la Comunidad de Madrid. A ellas hay que añadir las del ferrocarril metropolitano que transitan por el subsuelo desde 1964 y la presencia en sus cercanías de la Universidad Complutense de Madrid. Todo ello da como resultado uno de los lugares más concurridos de la capital a cualquier hora del día aunque, bien es verdad, que siempre como área de paso y nunca de reposo o flaneo. Pero no sólo de relax vive el hombre actual. Mastodónticas infraestructuras en el subsuelo y no menos espectaculares en la superficie completan un entorno que por lo pronto llama la atención y el interés del paseante curioso y que aquí vamos a intentar desgranar, si bien no en profundidad, sí al menos con la intención de abrir una puerta informativa para quien desee escarbar e ir más allá de los superficiales datos que intentaremos ofrecer. En cualquier caso, se nos va a permitir que sigamos el protocolo habitual y digamos que esta plaza se encuentra en la zona oeste de Madrid, en su entrada por la carretera de La Coruña, técnicamente denominada Autopista A-6, que es prolongación de la calle Princesa y que hasta tomar la denominación actual llevó la del político decimonónico Antonio Cánovas del Castillo. La decisión de dar el nombre del malogrado político a un espacio más céntrico y acorde en su día con su importancia en el devenir de la España del siglo XIX, hizo que el lugar del que hoy escribimos tomara el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos donde se encuentra, los duques de Moncloa o Monclova. Nobles de rancio abolengo, cuyo título fue otorgado por Felipe III en 1617 a don Antonio Portocarrero de la Vega Enríquez. Siglos después, durante la guerra civil del 36, el lugar fue bautizado por los republicanos como plaza de los Mártires de Madrid, en honor a los caídos propios en la defensa de la ciudad, aunque una vez finalizada la contienda fue nuevamente reconocido el patronímico de los duques.

MODELO I AEREA

Vista aérea de la cárcel Modelo de Moncloa

Cárcel Modelo

Pero remontémonos atrás en el tiempo. No mucho. Situémonos en el último tercio del siglo XIX, cuando ya se había diseñado y desarrollado el ensanche de Madrid por el oeste, derribado el portillo de San Bernardino o San Joaquín y la vía que llevaba a las afueras había cambiado el nombre de camino de San Bernardino por el de princesa Isabel, la  popularmente conocida como La Chata. Al final de esa calle existía una explanada donde se levantó un edificio de unos 43.000 metros cuadrados que desde el 20 de diciembre de 1883 albergó a los reclusos de la capital. Se trataba de la nueva cárcel, la Cárcel Modelo. La inauguró Alfonso XII y los arquitectos que marcaron las líneas de su estructura fueron Tomás Aranguren y Eduardo Adaro. El proyecto partió del entonces ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, que llevó a la práctica la idea de solucionar con un solo y moderno recinto todas las necesidades penitenciarias de la capital. La nueva prisión sustituyó a la ya ruinosa del Saladero, situada en la actual plaza de Santa Bárbara, y si seguimos a Répide una vez más, tenía como función servir ya “de presidio único, desaparecidas las antiguas divisiones de cárcel de la Corte…/…Cárcel de la Villa, que se estableció contigua al Ayuntamiento y Cárcel de la Corona, para los clérigos, que se hallaba en la calle de la Cabeza”. Estaban, además, las del Santo Oficio y diferentes presidios en Recoletos, El Prado, Puerta de Toledo y Barquillo, sin olvidarnos de la Casa Galera, en la calle Quiñones. Se la llamó popularmente del abanico por la forma de su planta, con un cuerpo central del que arrancaban cinco galeras. Sobre el frontispicio de la entrada principal se podía leer la conocida máxima de Odia el delito y compadece al delincuente. Pero lo cierto es que no debió llevarse muy a rajatabla lo de compadecerse del condenado porque contaba con una plaza para ejecuciones públicas donde, entre otros reos de menor alcurnia, fue ajusticiada en 1890 Higinia de Balaguer, única condenada por el mentadísimo crimen de la calle Fuencarral. Fue la última vez que el verdugo hizo acto de presencia en un recinto que, unos veinte años después de su inauguración, protagonizó un escándalo mayúsculo cuando un veterano periodista, condenado por encubrimiento en el intento de asesinato de los reyes, en mayo de 1906, denunció las condiciones infrahumanas en las que vivían los presos. José Nakens se llamaba el plumilla y sus escritos hablaban de hombres y niños descalzos y hasta en cueros, catres desvencijados, jergones reducidos a la mitad, rotos, “ventanas de las celdas sin cristales con el frío que hace ya y que lo mismo ocurre con los grandes ventanales de las naves. Yo veo turbia el agua muchos días, otros mezclada con tierra y siempre, hasta cuando sale clara, despidiendo un olor nauseabundo”, clamaba Nakens. El impacto de estos artículos fue enorme y supuso cambios en la dirección y relativas mejoras en el trato a los reclusos. Despues vinieron años de anonimato para la Modelo y es necesario dar un salto en el tiempo, hasta la década de los años 30 del siglo XX, cuando la cárcel fue escenario de atroces fusilamientos por parte de los milicianos en los primeros meses de la contienda civil. Melquiades Álvarez, Julio Ruiz de Alda o Fernando Primo de Rivera, hermano del líder falangista, fueron, entre otros personajes de similar relieve, ejecutados en sus dependencias antes de que el recinto quedará prácticamente reducido a ruinas como consecuencia de los bombardeos sufridos, debido a su cercanía al frente de combate de la Ciudad Universitaria. Al final de la guerra fue definitivamente demolido y sus funciones pasó a cubrirlas la cárcel de Carabanchel, levantada al acabar la contienda fratricida.

Madrid_Ejercito_del_Aire

Cuartel General del Ejército del Aire

Cuartel general del Aire

Tras la guerra, el gobierno de Franco decide dedicar el recinto que había ocupado la prisión a sede del Ministerio del Aire, dentro de un proyecto de remodelación de todo el área que se bautiza como plaza de los Caídos por Madrid, aunque para todos los madrileños siga siendo Moncloa. Además del edificio ministerial se proyectan otras obras grandilocuentes, siguiendo las corrientes arquitectónicas de los regímenes totalitarios de la época. En esa línea se levantarán el futuro Arco de la Victoria y el monumento a los Caídos de La Moncloa, todos ellos formando parte del amplio proyecto ideado por el arquitecto Luis Gutíerrez Soto. Yendo por partes, diremos que en diciembre de 1943 se colocó la primera piedra del edificio que albergará al ministerio aéreo y que tendrá un indiscutible parecido con el monasterio del Escorial, lo que hará que los madrileños de la época, poniendo a mal tiempo buena cara y buscando siempre el lado humorístico de la vida, lo bauticen como el monasterio del aire. Entró en funcionamiento en 1954 sin ningún acto de inauguración oficial aunque no se finalizó hasta 1958. Con la llegada de la democracia y la desaparición del ministerio del Aire sus dependencias fueron ocupadas por el propio Ejército del Aire hasta la fecha actual. Cerca de este magno edificio y en la salida hacia la carretera de La Coruña el régimen franquista levantó un monumento que conmemora su victoria frente a los republicanos. Estamos hablando del Arco de la Victoria, un típico arco triunfal al estilo clásico construido entre 1950 y 1956. Mide unos 40 metros de altura y posee unas inscripciones latinas que recuerdan la victoria de los sublevados y la construcción de la nueva ciudad universitaria. Su interior está dividido en ocho plantas y guarda una maqueta de 25 metros cuadrados de la ciudad universitaria. Se pretendió en su día que su uso fuera turístico ya que las columnas de su interior son huecas y cuentan con unas escaleras que llevan a la parte superior transversal, apta en principio para exposiciones  y actos culturales. Pero ya se sabe, la ideología que encierra, unido a la pusilanimidad de los gobernantes municipales, lo ha llevado a un estado de abandono impropio de una ciudad civilizada. Como todos estos edificios relacionados con la dictadura franquista su futuro se nos antoja incierto pero lo único que no se debe permitir es que se conviertan en estercoleros, refugio de marginación o sencillamente almacenes de miseria. Bien. Dicho lo cual, terminemos este apartado de la historia con la referencia al edificio circular que se encuentra frente a la salida de la calle Moret y que no es otro que la actual sede de la Junta Municipal del distrito de Moncloa. Forma parte también del conjunto de monumentos construidos en nuestra plaza para conmemorar la victoria de los sublevados en la guerra civil del 36, en este caso para homenajear a los caídos en la batalla de la ciudad universitaria, que tantos muertos dejó en ambos bandos. En este caso los escrúpulos ideológicos se han dejado a un lado y afortunadamente el edificio tiene una función práctica, por más que las decisiones que en él se tomen no conecten con la sensibilidad de los vecinos de la zona, como suele ser cada vez más habitual en la relación entre gobernantes y gobernados. Completa el conjunto arquitectónico una torre situada a pocos metros del arco de triunfo, en dirección a la sierra. Hablamos de la pomposamente denominada Torre de Iluminación y Comunicaciones del Ayuntamiento de Madrid pero que todo el mundo conoce como Faro de Moncloa. Presenta una estructura de 110 metros de altura, construida en 1992. Un ascensor acristalado en su exterior conducía años atrás a los visitantes a un mirador situado a unos 90 metros de altura. Permanece cerrada desde 2005 por incumplir las normas de seguridad dictadas por el ayuntamiento y desde entonces los madrileños no pueden disfrutar de este singular, aunque estéticamente discutido, elemento urbano. En el mirador hubo durante un tiempo un restaurante desde el que disfrutar al calor de un café o un refresco de unas vistas maravillosas del entorno de la capital, especialmente las referidas a las puestas del astro rey más allá de la Casa de Campo. ¿Su futuro? Averígüelo Vargas. Promesas y proyectos por parte de los políticos hay algunas, hechos ninguno.

asilo San Bernardino

Asilo de San Bernardino pintado por Berruete

Asilo de San Bernardino

Pero dejemos este presente tan convulso incluso en lo que al entorno doméstico se refiere y antes de abandonar esta importante plaza, si no por lo coqueta sí al menos por su carácter de hormiguero humano durante la mayor parte del día… digo que antes de abandonarla definitivamente desviémonos un momento hacia la vecina calle de Isaac Peral para recordar un edificio que ya no está pero que durante mucho tiempo fue símbolo de la pobreza madrileña. Nos estamos refiriendo al asilo de San Bernardino, lugar de referencias tanto históricas como literarias y que se encontraba donde hoy el solar que acoge la residencia de profesores universitarios. O al menos ese era su uso hasta hace pocos años. En ese local, el marqués viudo de Pontejos, entonces alcalde de la Villa y Corte, ordenó la construcción de un asilo para acoger mil pobres de ambos sexos, financiado por el propio consistorio aunque también echando mano de la suscripción popular. El edificio había albergado anteriormente el convento de la orden descalza de San Pedro de Alcántara y había sido fundado en 1572 por el contador mayor de Felipe II, Francisco de Garnica. Se trataba de una pequeña iglesia situada en aquellos tiempos fuera de la ciudad, en el antiguo camino de San Bernardino. Una vez en funcionamiento se instalaron talleres de diversos oficios para que los allí acogidos pudieran trabajar. Funcionó hasta 1907 en que fue clausurado a causa de la carencia de donativos y como consecuencia del lamentable estado de abandono del inmueble. Parece ser que ninguna institución pública se sintió aludida en cuanto a responsabilidad en ello, pese a depender del ayuntamiento madrileño. Los pobres tuvieron que marchar a locales provisionales hasta que en 1910 se construyó el asilo de La Paloma, situado en los solares donde hoy se eucuentra el IES de Enseñanza Secundaria del mismo nombre, en la calle Francos Rodríguez. No debe olvidársenos decir para finalizar que el asilo de San Bernardino es repetidamente citado por Galdós y que echando a volar nuestra memoria y nuestra imaginación podemos ver a personajes de sus novelas que se lamentan de su suerte y aluden a San Bernardino como último puerto de sus míseras vidas. En nuestro recuerdo está Benina, la protagonista de Misericordia, que es conducida por las fuerzas del orden a dicho asilo, después de ser detenida cuando mendigaba a las puertas de San Justo. A su lado, el moro Almudena corre el mismo camino de forma voluntaria, con tal de no separarse de su amri, protectora y fiel ángel de la guardia.

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Publicado por en enero 30, PM en Entornos, Plazas

 

Calle del Turco (O Marqués de Cubas)

Nuestro flaneo de hoy va a tener como protagonista una discreta calle madrileña, situada cerca de grandes arterias o plazas como Alcalá, Paseo del Prado, Carrera de San Jerónimo, Cibeles o Neptuno. Estrecha aun hoy en día y no muy prolongada en su longitud -une Alcalá con Carrera de San Jerónimo-, no es lugar de paso pese a encontrarse en las inmediaciones de una zona normalmente atestada de paseantes, eje del turismo tanto doméstico como extranjero. Tampoco podemos decir que sea de las calles más alegres y bulliciosas, porque en ella se practique la tan arraigada costumbre actual de sentarse en una terraza al reclamo de un café o un mojito. No es eso. La calle que hoy atrae nuestra atención no hubiera nunca pasado a la historia si no comunicara el edificio del Congreso de los Diputados con el palacio de Buenavista y como consecuencia de esta casualidad no hubiera transitado por ella de vuelta a su vivienda el presidente del Gobierno, don Juan Prim i Prats, un 27 de diciembre de 1870, tras una sesión  parlamentaria. Y no hubiera sido famosa si ahí acabara un hecho que se solía repetir consuetudinariamente. No, la mencionada fecha quedó en los anales de la historia por ser la del atentado que sufrió el general en esa vía, esquina Alcalá. Dicho intento de magnicidio sería el preámbulo de una comedia en varios actos que tendría un funesto desenlace tres días más tarde con el definitivo fallecimiento de uno de los generales más importantes de la historia de España del siglo XIX. Pero dejemos este escabroso asunto para más adelante y centrémonos en el nombre actual y en los anteriores que tuvo esta rúa, que cuenta con un lugar tan importante y tan actual en la historia de este país tan singular llamado aún hoy España.

Calle del Turco

Calle Marqués de Cubas. www.rtve,es

Entrada por Alcalá donde se atentó contra Prim. http://www.rtve.es

La calle en cuestión se denomina actualmente y desde el 1 de junio de 1900 Marqués de Cubas pero anteriormente tuvo otros dos nombres. El primero de ellos fue el de los Siete Jardines, o también de los Jardines, por dar a ella en su día los de los palacios de Maceda, Atares, Monterrey, Fuentes y Arión, que tenían su entrada por El Prado. A ellos hay que unir el palacio del marqués de Auñón, situado en la acera contraria de la calle, esquina con la de Alcalá. Este último palacio fue construido allá por los literarios siglos de Oro por el marqués para su hijo natural, Rodrigo de Herrera, autor de comedias de títulos tan sonoros como Del cielo viene el buen rey o La fe no ha menester armas. Posteriormente pasó a manos del conde de Miranda y siendo de su propiedad -seguimos a Pedro de Répide- alojaría en 1649 al embajador turco durante la visita que realizó a España. De ahí el nombre  que recibiría esta calles a continuación, siendo conocida por él hasta la fecha citada líneas arriba. Desde entonces -recordemos, junio de 1900-, y por acuerdo del consistorio, la vía lleva por denominación en las placas correspondientes la de Marqués de Cubas, en honor de Francisco Cubas y González, muerto en 1898 y que según Répide fue “un arquitecto laborioso y afortunado hombre de negocios” Fue además alcalde de Madrid y poseyó el también título pontificio de marques de Fontalba. Dedicado a la arquitectura religiosa, siguió la línea goticista de Viollet-le-Duc. Entre sus construcciones hay que señalar la de las Salesas Reales de la calle Santa Engracia, la iglesia del Sagrado Corazón, en Claudio Coello, o su más conocida obra, cercana a la calle a la que hoy presta su nombre, y que no es otra que el oratorio del Caballero de Gracia. No podemos olvidar que Francisco Cubas esbozó uno de los primeros proyectos para la que en el futuro sería la catedral de Madrid, proyecto que a juicio de nuestro guía de cabecera, Pedro de Répide, debido a su estilo gótico, “desentona de una manera enorme frente al estilo italiano del siglo XVIII a que corresponde el Palacio Real. Su más atinada obra es el Museo Antropológico del doctor Velasco, edificio en el que, por atender a una idea profana y científica, usó la traza clásica helénica, perfecta y eternamente bella”. Pero, con permiso del Marqués de Cubas y de los diligentes mandatarios del ayuntamiento que decidieron tan justamente otorgarle una calle a tan notable arquitecto, se nos va a permitir que nosotros nos sigamos refiriendo a ella como la calle del Turco y así lo hemos dejado consignado en nuestro título de apertura. No en vano, en el momento del cambio de denominación, la polémica no estuvo ausente y así lo dejó reflejado el propio Répide cuando abre su descripción de esta vía en sus Calles de Madrid dejando sentado que “nos hallamos nuevamente frente a uno de los casos, tan lamentablemente repetidos, en que el nombre bello y tradicional de una calle ha sido sustituido por el de un personaje moderno, a quien si se quería honrar podría habérsele concedido la rotulación de una vía nueva”. Consignado queda el enfado de don Pedro y nosotros, dóciles y obedientes discípulos, hacemos mutis ante el maestro.

Atentado Prim

Grabado que reproduce el histórico magnicidio. http://www.agustincelis.com

Atentado contra Prim

La calle del Turco ha pasado a la historia por ser escenario del atentado que sufrió don Juan Prim i Prats y que se ha revelado como uno de los momentos históricos más infames y vergonzantes de la historia de España. Un presidente del Gobierno víctima de los intereses particulares y espurios de la política y la realeza española, en un momento en que parecía iniciarse una nueva y diferente etapa en el devenir de nuestro país. Se había hecho borrón y cuenta nueva dos años antes, en 1868, con la revolución denominada La Gloriosa y un parlamento encabezado por este catalan de Reus, profusamente laureado en su profesión militar, tanto por su defensa de la legalidad como por unas dotes militares que le hicieron ser protagonista principal en la primera guerra carlista y en la de África. A finales de 1870 el general, y a la sazón presidente del Consejo de Ministros, había conseguido el visto bueno de la cámara para que una nueva casa real se situara a la cabeza del Estado, en la persona de Amadeo de Saboya. Pero parece ser que las voluntades no eran unánimes en el edificio de la Carrera de San Jerónimo y había que frenar el cambio como fuere. Cuando el futuro monarca se disponía a desembarcar en Cartagena para dirigirse a Madrid sucedió la tragedia. Era una tarde-noche de perros en Madrid, una nevada sin contemplaciones cubría con el tópico manto blanco la estrecha calle del Turco. Sobre las siete y media el presidente se dirigía de vuelta a su casa, el palacio de Buenavista, en su berlina de dos caballos sin ningún tipo de escolta, como en él era habitual. Pero dejemos desde ese momento que sea Répide quien nos cuente los hechos tal como se dijo que se produjeron en aquel final de año de 1870. Comienza su relato hablando de la casa-esquina a la calle de Alcalá, frontera con el palacio, donde estaba la taberna de donde salieron los presumibles asesinos de Prim, para entrar en materia con todo el suspense que nuestro cronista de confianza supo darle al texo: “Sabido es cómo ocurrió el atentado. Prim, repetidamente avisado de que estaba amenazada su vida, se obstinó en no atender las amistosas advertencias y no quiso variar su itinerario para el regreso a su vivienda. En la embocadura de la calle del Turco, entonces más estrecha que ahora, había un carruaje atravesado, obstáculo que obligaba detenerse al coche del general. Entonces, unos hombres embozados, que a la puerta de la taberna esperaban la señal del paso del coche de Prim, indicada por otro de los conspiradores que, apostado en la esquina de la calle de la Greda -hoy Madrazo- había de encender una cerilla al llegar ese momento, pudieron disparar a mansalva sus trabucos y herir de muerte al caudillo de la Revolución, cuando ya arribaba a España el nuevo rey Don Amadeo de Saboya”. Lo demás ya es de sobras conocido actualmente y con seguridad también por Répide que no quiso meterse en problemas, quizás porque el cadáver de Prim estaba aún medianamente caliente hacia 1920 o porque él además había sido una persona muy cercana a Isabel II, a la larga la gran beneficiada por los hechos posteriores, en la persona de su hijo Alfonso. O por ambas razones. Hoy en día sabemos que Prim no fue herido de muerte. Que subió por propio pie a sus estancias del palacio de Buenavista. Que las declaraciones oficiales, e incluso La Gaceta de Madrid, tranquilizaban a la población dejando claro el mínimo efecto de los arcabuzazos. Que el general Serrano tomó el mando no sólo de la nación sino de absolutamente todo lo que pasaba en el palacio de Buenavista mientras Prim estuvo herido. Que en el dormitorio de Prim no entró nadie que no tuviera el permiso del denominado general Bonito. Que tres días después del atentado se anuncia oficialmente la muerte del reusense y ahora sí se dice que la causa son aquellas heridas que en principio no eran graves. Que Amadeo de Saboya, pese a tomar posesión de la Jefatura del Estado, se sabía muerto políticamente de antemano sin su valedor. Que después vino la República pero como víspera de la restauración borbónica en la figura de Alfonso XII. Que desde el principio se habló de una conspiración, con diferentes y a veces encontrados intereses. Que Prim había verbalizado los tres jamases respecto de la posibilidad de que los Borbones volvieran a reinar en España. Y que, para enhebrar estos hechos, hace escasamente un par de años, un estudio a caballo entre lo científico, lo histórico y lo periodístico ha revelado que Prim murió estrangulado. Las fotos de la momia son harto elocuentes y aunque parece ser que se está intentando correr un tupidísimo velo sobre el tema -¡después de 142 años!- el cadáver del general habla alto y con una claridad tan meridiana que deja poco margen a la duda y poco campo ya para investigaciones ulteriores

Marqués de Casa Riera

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Sede de la Real Academia de Jurisprudencia. es.wikipedia.org

Pero soseguemos los espíritus. Volvamos a escribir de la arquitectura de nuestra calle y a referirnos al palacio del conde de Miranda, al que citábamos como residencia del embajador turco en Madrid allá por mediados del siglo XVII y cuyo alojamiento dio pie al nombre de la misma. Posteriomente, a principios del siglo XIX, se edificaría la denominada casa de los Alfileres, como dote para la duquesa de Abrantes. Una vez en manos del marqués de Casa-Riera la leyenda se apoderó también del palacio ya que pese a transformarlo, decorarlo y enriquecerlo -en palabras de Répide- no llegó a habitarlo. Muertes más o menos truculentas, desengaños amorosos y juramentos amenazantes para la posteridad adornan la historia de este palacio que acabó sus días hacia los años veinte del siglo pasado. En el solar maldito se levantó un edificio, famoso por ser sede de la Secretaría General del Movimiento durante la dictadura de Franco. Pero demos ya por amortizada esta finca porque la calle del Turco o Marqués de Cubas tiene aún cosas que contarnos, como el que en la esquina con la de Madrazo estuviera situado el almacén de cristales de La Granja en un edificio singular del siglo XVIII. Que en dicho edificio se ubicara también el Conservatorio de Artes y que allí se celebrara la primera exposición pública de la industria española en 1828. Sí, aquella que visitó el rey Fernando VII, quien dijo, más o menos, al presidente del Gobierno que le acompañaba, con la conocida campechanía borbónica y entre disimulados bostezos, aquello conocido de “vámonos de aquí ya, que esto es cosa de mujeres”, tras aburrirse soberamente -nunca mejor usado este adverbio- ante tanto paño y telas catalanas que uno de los cicerones de la muestra le enseñaba con el orgullo propio de quien pone su grano de arena en la creación de la industria lanera nacional. Este mismo edificio albergó posteriormente el Colegio de Sordomudos y Ciegos, una cátedra de Paleografía y la Escuela de Caminos, Canales y Puertos. La finca fue cortada a mediados del siglo XIX para hacer la prolongación de la mentada calle Madrazo, entonces con el nombre de la Greda. Ello no fue obstáculo para que la casa siguiera albergando instituciones de todo tipo pero siempre con el denominador del bien común. Por ejemplo, Dirección General de Clases Pasivas, Caja General de Depósitos, Real Academia de Jurisprudencia y Escuela de Artes y Oficios. Más adelante, y caminando en dirección a Carrera de San Jerónimo, hay un edificio donde a mediados del siglo XIX murió una joven y prometedora poetisa perteneciente a la nobleza, edificio que posteriormente ha sido sede de la Dirección General de Aduanas. Muchos otros lugares de interés hay antes de doblar la esquina a mano derecha y mirar al Congreso o ver al frente el hotel Palace o columbrar a Neptuno, tridente en mano, si oteamos el horizonte a izquierda. Construcciones otrora palaciegas con mucha historia y nombres importantes que las hicieron entrar en la misma para dejar sentado que esta calle llamada sucesivamente de los Siete Jardines o simplemente de los Jardines, del Turco o del Marqués de Cubas, pese a su estrechez y su cortedad, cuenta con muchos kilos de historia para los escasos metros cuadrados que ocupa.

 
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Publicado por en enero 29, PM en Calles

 

Ramón de Mesonero Romanos

Intentar esbozar un retrato biográfico de un madrileño de la talla de Ramón de Mesonero Romanos, sin caer en los fríos datos o en los tópicos, es trabajo complicado para cualquiera. Más si el que ahora se ve comprometido a realizar esa ardua tarea es un aprendiz de todo, que apenas si es capaz de emborronar una de estas virtuales cuartillas, por mucho que la materia prima para llevarlo a cabo sea de primera calidad y en abundancia. Y es que ese es uno de los principales problemas que plantea una figura periodística, literaria, histórica y sobre todo madrileña del calibre de quien hoy va a dar lustre a este blog con su presencia. Nos vamos a apoyar en el editor de sus Memorias de un setentón, publicadas por enésima vez en 2008, bajo el auspicio de Crítica S:L. que, con trazo fino y datos adecuados, escribe que nos encontramos ante “un madrileño profesional. No sólo porque la mayor parte de su obra literaria e histórica está dedicada a la Villa y Corte, sino porque buena parte de su actividad, desde la prensa, desde la administración o como concejal del ayuntamiento ha estado dedicada a Madrid”. Y es aquí en la capital donde nace Ramón bajo el signo de cáncer, un 19 de julio de 1803, hijo de Matías Mesonero y Teresa Romanos. Se trata de una familia de holgada posición social, merced al trabajo de su padre “al frente de una casa de muchos e importantes negocios que por su probidad e inteligencia había sabido granjear, elevando su despacho a la altura y consideración de los primeros de la Corte”. Don Matías, de origen charro, se había instalado en Madrid hacia 1788 y se dedicaba a intermediar y resolver asuntos burocráticos de particulares que iban desde el del “opulento cubano o perulero que venía a pretender la merced de un hábito de las órdenes…/…hasta el anciano labriego que solicitaba la exención de su hijo único del servicio militar”, según reseña el propio escritor en sus memorias. Este oficio paterno implicaba que por la casa situada en la calle del Olivo -hoy dicha vía lleva el nombre de Mesonero- desfilara prácticamente todo un abanico de tipos, tanto madrileños como del resto de España, desarrollándose en el niño la perspicacia y la fijación en el mínimo detalle que años más tarde le sirviera para caracterizar a las gentes de la época. No en vano, en sus memorias quedan consignados por su propia pluma detalles concretos, inencontrables en los libros de historia por lo familiares y particulares, de cómo se vivieron en su entorno más cercano los levantiscos acontecimientos ocurridos en 1808. Si tenemos en cuenta que Mesonero tiene cinco años cuanto la sublevación contra los franceses, constataremos que desde su primera infancia apunta ya uno de los dones que le va a caracterizar a lo largo de su vida, que no es otro que el de observador preclaro de la realidad, concretándose esta virtud de observación en los ciudadanos madrileños, tanto populares como pertenecientes a las capas altas de la sociedad.

Mesonero rom

Primer plano de Ramón de Mesonero

Muerte de su padre

Pero un hecho va a condicionar su futuro y no es otro que la muerte repentina del cabeza de familia, acaecida la víspera de Reyes de 1820, víctima de una apoplejía fulminante “hallándose mi padre en casa del marqués de Castelar, adonde le llamaban los negocios forenses como su apoderado general”. Este desgraciado acontecimiento le va a obliga a hacerse con las riendas de la familia a la hoy tiernísima edad de 16 años. Pero eran otros tiempos, aunque ello no fuera óbice para que supusiera en su mente juvenil un auténtico mazazo, tal como queda atestiguado en su autobiografía, cuando con la humildad y ternura que caracteriza su prosa, Mesonero reflexiona sobre el papel y refleja en él el vértigo que le produjo tal suceso: “Solo diré que en aquel momento solemne, y con el favor de Dios y de mi excelente madre, pareciome que por un impulso sobrenatural había vivido diez años más, determinándome a emprender y llevar adelante la inmensa y comprometida misión que de repente gravitaba sobre mis débiles hombros”. Coincide la luctuosa fecha con la llegada al poder de los liberales y el inicio del Trienio y, aunque nuestro protagonista se va a caracterizar por mantenerse ajeno a banderías y estandartes, la sangre le hierve y como liberal convencido tiene su corazoncito puesto al lado de Riego y compañía. Por otra parte, la desahogada situación económica en que el padre ha dejado a la familia le permitirá en ese momento no necesitar significarse y ello se convertirá en una norma de vida a lo largo de los casi ochenta años de transitar por este mundo. No obstante, se alista de forma voluntaria como miliciano nacional en un arrebato de patriotismo y liberalismo. El hecho coincide con la publicación de sus primeros cuadros de costumbres capitalinos titulados Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid en 1820 y 1821. A partir de ahí va a ser un no parar en la búsqueda de soluciones para modernizar y poner al día una ciudad que se había anclado en el pasado en cuanto a infraestructuras que hicieran cómoda la vida a los ciudadanos. De la mano de su preocupación por las mejoras urbanísticas de la ciudad van otros escritos que tienen como denominador común su intento por plasmar la idiosincrasia de las gentes madrileñas, tanto en cuanto individuos aislados como en lo que toca a su comportamiento social. Por estos años comenzará a escribir bajo el apodo de El curioso parlante y en 1931 publicará su segunda obra relacionada directamente con la ciudad, que se convierte aquí en protagonista. Se trata del Manual de Madrid. Descripción de la Villa y Corte.

Viaje a París

El interés que despierta en él la ciudad ya es claro y conocido por quienes ostentan cargos en el consistorio y en 1934 decide hacer un viaje por Francia, que a continuación se extenderá también a Bélgica y que tiene como objetivo observar los adelantos de la vida urbana de las ciudades que visita, con especial atención a París, y que constituirán la base de sus informes titulados Proyecto de mejoras generales y las Ordenanzas municipales que, aunque saldrán a la luz a partir de 1846, van a recoger todo lo que dedujo de sus viajes. Coincidendo, mutatis mutandis, con su salida al extranjero se produce el nombramiento del marqués de Pontejos como corregidor de la capital. Amigos ambos y ambos también partícipes de la preocupación por hacer de la capital una ciudad moderna, la presencia de Pontejos en la alcaldía le permite ir introduciendo mejoras progresivas en el urbanismo local, pese a contar con un presupuesto limitado y con la incomprensión de la clase política, enfanganda en guerras civiles o en pronunciamientos diversos que a nada positivo condujeron a lo largo y ancho de ese siglo XIX. Lo bueno dura poco y Pontejos es relevado de su cargo de mandatario municipal sin mayores explicaciones, pese a que su labor en la ordenación de medidas que contribuyeran a la mejora de la calidad de vida fuera indiscutible ya en aquellos tiempos para cualquier persona con sentido común. En 1835 Mesonero es uno de los promotores y fundadores del Ateneo y en 1837 sucede otro tanto con el Liceo. Son años donde el Romanticismo español bulle como botella de champán recién descorchada, son años de El Parnasillo y son años, en definitiva, de pasión y rebelión. Larra se suicida el 13 de febrero tras visitar el día anterior a nuestro protagonista de hoy, que lamentará terriblemente el fallecimiento del conmilitón. Es más, intercederá para que el llamado inventor del periodismo de opinión moderno pueda ser velado en la parroquia de Santiago, vecina a la calle Santa Clara 3, donde vivía Larra y lugar donde se produjo el óbito. Al día siguiente se celebrará el entierro, organizado por la pléyade romántica. Don Ramón reflejará en sus memorias los pormenores de aquella tarde del 14 de febrero, “estábamos reunidos todos los amantes de las letras, o por mejor decir, toda la juventud madrileña, en la parroquia de Santiago, ante el sangriento cadáver del malogrado Fígaro. Colocado que fue en un carro fúnebre, sobre el que se ostentaban cien coronas en torno de sus preciados escritos, seguimos a pie, enlutados y llenos de sincero dolor, tributando de este modo el primer homenaje público, acaso desde Lope de Vega, rendido entre nosotros al ingenio”. El relato del entierro del Pobrecito hablador termina con la consabida referencia a aquel novel literato que pronunció unos sentidos versos bajo la insistente lluvia y que pasaría a la historia años más tarde con el nombre de José Zorrilla.

Mesonoero y Escenas

Edición de las Escenas Matritenses

Concejal sí o sí

Paralelo a su actividad literaria sigue Mesonero con el ojo y la pluma puestos en la mejora de la capital. En 1845 es nombrado concejal y a partir de ese momento será cuando desarrolle su más ferviente actividad en pos de modernizar la ciudad. Sus proyectos e ideas por fin ven la luz, por más que el presupuesto que el consistorio maneja sea escuálido, lo que hace que don Ramón se lamente amargamente, aunque ello no sea sino un acicate más para llevarlos adelante. Es en esta época cuando por fin se plasman en la realidad ideas suyas tales como la limpieza diaria de las calles y la reforma de la numeración de las casas, que hasta entonces no seguía el largo de las calles sino que daba la vuelta a la manzana. Años atrás, junto al marqués de Pontejos, había creado la primera caja de ahorros. Además, promueve la disminución de los días festivos, que él consideraba excesivos, suprime las corridas de toros de los lunes y traslada la universidad de Alcalá de Henares a la capital. Todo ello, y algunas cosas más que quedan en el tintero por lo menudas para mejor ocasión, en aras a convertir a Madrid en una ciudad tan europea como el París que él había visitado años atrás. Pero pese a este impulso de modernización y pese al reconocimiento público y privado, sus días en el consistorio finalizan hacia 1850 y a partir de ahí Mesonero se retirará a ese discreto segundo plano que fue el denominador común de su vida y donde siempre se sintió tremendamente a gusto. A partir de mitad de siglo será ese hombre que se convierte en consejero espiritual de noveles escritores y madrileñistas que buscan en él el referente de todo lo relacionado con una primera mitad de siglo convulsa tanto para el país como para la propia capital. Sin ir más lejos, Galdós le visitará en la década de los setenta y escuchará unos testimonios imprescindibles para escribir su primera entrega de los Episodios Nacionales. Su vida, en definitiva, se va apagando poco a poco hasta desaparecer el 30 de abril de 1882. Su entierro recuerda a los más concurridos del Madrid de cualquier época y su hacer y decir en beneficio de la capital creemos sinceramente que no ha sido superado por ningún otro madrileño de entonces acá. Baste recordar un par de anécdotas relacionadas al alimón con la literatura y con la historia matritense para cerrar este intento de biografía a vuela pluma que deja en el tintero datos importantes pero perfectamente conocidos y accesibles a cualquier curioso que espigue mínimamente en el pasado. Las primera de las anécdotas tiene que ver con su preocupación por que en la fachada de la casa donde vivió Cervantes -hoy calle Lope de Vega- se reflejara en una placa tal acontecimiento. Pidió audiencia para lograr su objetivo incluso al rey, Fernando VII, que lo tenía en gran consideración. Tras mucho insistir al propietario del inmueble consiguió que el nombre del más famoso manco de la historia quedara allí plasmado. Por último, conocidos son los garrotazos que dio a un albañil en la calle Mayor cuando piqueta en mano el inocente mandado iniciaba el derribo de la casa de Calderón de la Barca. Los intentos infructuosos de interceder ante las autoridades para parar el desaguisado no habían dado resultado alguno en un principio y don Ramón dejó por una vez a un lado su temple y mesura habituales y dio una lección a la posteridad sobre lo que procede hacer cuando el poder se muestra sordo, remiso y reacio a las justificadas quejas de la población. Aunque el albañíl no tuviera culpa de nada, ¡pobre!, y los bastonazos hubiera debido de descargarlos don Ramón de Mesonero Romanos sobre los lomos de algún inepto político.

 
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Publicado por en enero 24, PM en Perfiles

 

Pedro de Répide Gallegos

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Pedro de Répide pintado por López Mezquita. Foto es.wikipedia.org

“Un hombre embozado en una capa de paño azul cruza como una sombra compacta la noche de Madrid. Su figura, alta y enjuta, se detiene a veces y gira levemente en derredor. Tras alzar la mirada ante la cartela de una vía pública, se aproxima a la luz de una farola y una mano emerge bajo el ropón para escribir con fugaz trazo sobre una libreta veloces anotaciones. Prosigue después su caminar en una dirección, impredecible, hacia la cual avanza con impetuosa firmeza”. Ese es el retrato que de Pedro de Répide Gallegos esbozaba Rafael Fraguas en el diario El País, el 15 de febrero de 2012, como complemento al anuncio de la séptima reedición de Las calles de Madrid. La obra no será la mejor desde el punto de vista literario pero seguro que es la que más prestigio y reconocimiento ha dado desde la posteridad a este madrileño de carnet y de corazón que entretuvo sus días dándole trabajo a la pluma, prácticamente desde el día que naciera en una calle tan castiza como la de La Morería, un 8 de febrero de 1882. Sus orígenes han dado mucho juego a las suposiciones, alimentadas en cierta medida por él mismo, que decía descender de la realeza chipriota y que jugaba al despiste alterando su segundo apellido y diciendo que era Cornagos, precedido por una Y un tanto pedantesca aunque medianamente aristocrática. Se desconoce quiénes eran sus padres, apuntándose en su día que incluso podía ser hijo bastardo de la reina Isabel II. El interrogante se lo llevaría a la tumba este vecino de la Villa y Corte, de pura cepa, que escribió una parte de su producción madrileñista bajo el pseudónimo de El ciego de las Vistillas, que cursó Derecho y Filosofía y Letras en la antigua Universidad Central de Madrid y que publicó sus primeros escritos a los 19 años, en los albores del Modernismo español. Posteriormente, viajaría a París para completar estudios en la Sorbona y allí también prestaría sus servicios como secretario particular de Isabel II, a la sazón en el exilio. Al morir la reina en 1904 vuelve a la capital donde se dedicará en cuerpo y alma a escribir y colaborará en todo tipo de publicaciones tanto periodísticas como literarias. Blanco y Negro, El Cuento Semanal, La novela corta, El Liberal y La Libertad, entre otras, verán estampada la firma de Répide en sus páginas. En esta última publicación comenzarán a aparecer en mayo de 1921 una serie de artículos bajo el título de Guía de Madrid  “interesantes, documentados, con buen humor y un apasionado amor por la capital”, a juicio de los críticos del momento. En ellos plasmará con luz y taquígrafos su auténtica pasión y el motivo de fondo de su carrera como escritor, es decir, la ciudad de Madrid. Los artículos estuvieron publicándose ininterrumpidamente hasta el 15 de noviembre de 1925, completando una disección detallista y pormenorizada de las más de mil calles -en concreto 1044- que componían el censo topografico de la capital en esa época. Ahí estaba el argumento de su obra principal mencionada anteriormente, Las calles de Madrid, que, sin embargo, no sería publicada como un todo hasta 1971, más de veinte años después de su muerte. Se trata de un callejero donde el autor deja constancia del origen de los nombres de las vías, sus leyendas, sus historias, sus tradiciones, sus anécdotas, los personajes célebres que han vivido en ellas y en definitiva cualquier dato que por curiosidad o por razones de más o menos peso pueda ser de interés para el lector. La obra es de culto y referencia hoy en día para quienes quieran/queramos acercarnos y conocer los secretos más íntimos de las rúas madrileñas. Como fuente de información es inagotable y casi siempre rezuma el añejo sabor de la tradición matritense, que nace con Mesonero y que tiene en Répide un digno seguidor, al que quizás no le haya tomado el relevo nadie con igual pasión. Madrid será el marco geográfico donde desarrolle el resto de su producción literaria que abarca desde artículos costumbristas – Del Rastro a Chamberí-, a novelas –Los cohetes de la verbena– o biografías –Isabel II-, siempre a caballo entre el Modernismo y el costumbrismo decadentista con influencias vanguardistas. Hablando de vanguardia hay que recordar a Rafael Cansinos Assens, vecino de Pedro de Répide, quien cruzándose con él en el inmueble de La Morería, le avisaba de que el ayuntamiento de Madrid se vería en la obligación de ponerle el nombre de ambos a sendas calles. Lo cierto es que sólo nuestro hombre podría hoy, si viviera, vanagloriarse de ello pues cuenta con una humilde rúa puesta a su nombre entre el paseo de Extremadura y la Vía Carpetana, más allá del puente de Segovia. No podemos olvidar que en 1923 el consistorio madrileño lo nombró cronista oficial de la Villa y Corte en razón a sus conocimientos del Madrid castizo y de la tipología popular de zonas tan tradicionales como Lavapiés, Chamberí o el Rastro.

La guerra, el exilio y el olvido

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Plaza del Alamillo en el barrio de La Morería. Foto es.wikipedia.org

Pero el destino no fue generoso con Répide como con tantos españoles, allá por mitad de la década de los años 30 del siglo pasado. Al poco de producirse el golpe de estado del general Franco decide abandonar su Madrid y su país, horrorizado por lo que ve. El camino del exilio lo iniciará en 1937 rumbo a Venezuela, vía Tánger y únicamente volverá a Madrid en 1947, poco antes de fallecer, solo, abandonado y en el más injusto de los anonimatos. Su homosexualidad no cabe duda de que tendría bastante que ver con ese darle la espalda la España de la posguerra, pues se trataba de un hombre que no había sabido, querido o podido esconder esa condición en tiempos anteriores. Rafael Cansinos Assens se atrevió en su día a describir las trazas que presentaba en público Répide y que de ninguna manera podían ser admitidas por la pacata y estrechísima moral franquista. Dichas palabras, de uno de los adalides de la vanguardia española, están tomadas de un artículo aparecido en el diario ABC, firmado por Asís Lazcano y publicado el 26 de diciembre de 1998, cuando se cumplían 50 años del fallecimiento de este topógrafo literario. Decía Cansinos que los compañeros de generación le miraban como se ve pasar a un fantasma, “solitario y evasivo, con traza de organillero, tras los chulos de los barrios bajos. Su cara empolvada, sus gestos amadamados, lo traicionaban”. En el mismo artículo Lazcano recoge palabras similares de González Ruano, quien lo describe como “gangoso, con voz de fonógrafo, divertido, ocurrente, oliendo a perfume barato y a churros de verbena”. Por último, Gómez de la Serna, el autor de las greguerías e introductor en España de los ismos, lo compara con un domador de leones, según refleja en su artículo el crítico de ABC. Hechuras que si hoy algo nos dicen es que se trataba de un hombre que tuvo que bregar contra mucha incomprensión y padecer la más rancia hipocresía social en carne viva. Pocos son los homenajes o adjetivos que ha recibido y aunque quizás sería excesivo situarlo en un lugar preferente en el olimpo de los dioses de la literatura del primer cuarto del siglo XX, no cabe duda de que al menos un humilde rincón se merecía, similar a aquel de la calle de La Morería, en el que, con paciencia de monje amanuense, al calor de una pequeña estufa y entre efluvios de tinta, se acomodaba y, sobre un atril, comenzaba a esbozar la biografía de la más insospechada vía capitalina.

 
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Publicado por en enero 23, PM en Perfiles

 

Plaza de la Cruz Verde

Nos adentramos en esta ocasión en el Madrid antiguo, el que comprende la segunda cerca o muralla, la denominada cristiana, construida por el rey Alfonso VII durante el siglo XII. Y haremos parada y fonda para disfrutar y deleitarnos con el espectáculo estético e histórico que nos ofrece una pequeña plazuela abierta a la calle Segovia, vía importante que en ese lugar comienza a empinarse y a exigir del flaneante inclinar el tronco hacia adelante y meter riñones en pos de Puerta Cerrada. El alto en el camino nos va a obligar a observar con detenimiento la plaza denominada de la Cruz Verde. Se trata de un pequeño recinto, con una fuente adosada a uno de sus lienzos y con dos calles de salida a derecha e izquierda, la del Rollo y la de la Villa. Enclave amable y discreto del que apoderarnos en las estaciones del año climáticamente más benévolas, incluso en las horas en que el sol aprieta con menos miramientos. Y es que se trata de un lugar tan recoleto que incluso durante el periodo de la reglamentaria y patriótica siesta es posible encontrar una terraza con la correspondiente sombra, donde saborear un denso café de sobremesa.El origen del nombre de la plazuela está claro, alude al símbolo o emblema de la Suprema Inquisición que solía encabezar las procesiones que se celebraban en las vísperas de un auto de fe. Dicha cruz solía ser transportada por familiares inquisistoriales hasta el lugar donde se debería celebrar el auto correspondiente. Sin embargo, las razones por las que plaza adquiriera tal denominación son más discutibles. Bien es cierto que se sabe que hubo una cruz de madera de ese color durante mucho tiempo en el sitio. Y que desapareció hacia mediados del siglo XIX. Eso si creemos a Mesonero que en su obra El antiguo Madrid refleja que dicha cruz “sirvió en el último auto general de fe de la Sagrada Inquisición y se hallaba colocada en el testero de dicha plazuela, en el murallón de la huerta del Sacramento donde ha permanecido hasta nuestros días en que ha caído a pedazos por el transcurso del tiempo”. Si nos atenemos al juicio de don Ramón la fecha del último auto de fe hay que situarla en 1680, en tiempos de Carlos II. Y dicha fecha entraría en contradicción con lo que afirma Pedro de Répide, quien a principios del siglo XX afirma que la cruz se colocó “como recuerdo de autillos inquisistoriales allí celebrados, habiendo sido el último en tiempo de Felipe II”. Por otra parte, no es lo mismo un auto de fe que un autillo. Mientras que en el primero se juzgaban, y habitualmente se condenaban, a numerosos acusados, en el autillo se solía poner en solfa a un solo reo y se celebraba en los tribunales de distrito. Dadas las medidas del lugar y la discrepancia en las fechas nos inclinamos a creer que se tratara de un simple autillo

Fuente de Diana Cazadora

Plaza de la Cruz Verde.www.ciao.es

Plaza de la Cruz Verde con la fuente de Diana al fondo. Foto http://www.ciao.es

Répide ya describe el rincón como “uno de los parajes más interesantes y bellos del Madrid antiguo, al que presta singular encanto la fuente monumental adosada a la tapia del huerto de las monjas del Sacramento”. Siguiendo fielmente los comentarios del insigne Ciego de las Vistillas dicha fontana, aunque tiene aspecto de mayor antigüedad, fue construida y colocada ahí hacia mediados del siglo XIX, cuando se suprimió la que estaba en Puerta Cerrada. Es más, la imagen de Diana que presidía esta última fue trasladada a nuestro rincón de hoy para a su vez encabezar y embellecer dicho conjunto. La idea de situar en ese paraje una fuente partió del Ayuntamiento, siendo alcalde el marqués de Santa Cruz, con el objetivo de dotar al barrio de suministro de agua potable. El diseño fue obra del arquitecto municipal López Aguado mientras que la Diana había sido diseñada en el siglo XVIII por los escultores Ludovico Turqui y Francisco del Valle. Sus materiales son el ladrillo y la piedra, tanto blanca como de granito, y el estar adosada condicionó su diseño, adoptando una estructura más cercana a la de las fuentes de caños que a la de columnas, más propias de los siglos XVII o XVIII. El conjunto consta de tres cuerpos: el central recoge el escudo de Madrid bajo el que aparece una inscripción con la fecha y el nombre del alcalde que aprobó su erección. Sobre el dintel destaca la estatua de Diana, diosa virgen de la caza y portectora de la naturaleza, vestida con túnica corta. Está esculpida en mármol blanco al igual que los dos delfines mitológicos que se encuentran a sus pies. Dos piñas ornamentales de piedra blanca flanquean el grupo. En su frente la fuente presenta cinco caños y sus aguas se depositan en tres pilones, uno frontal y dos laterales, todos rectangulares y construidos en granito. No abandonamos la plazuela sin recordar que en el número 1, que hace esquina con la calle de la Villa y a su vez vuelve a la calle Segovia, vivió el arquitecto Ventura Rodríguez, autor de numerosísimas obras en la capital. La vivienda perteneció en el siglo XVIII a Sebastián de Flores, maestro herrero de la Real Casa, con cuya hija, Josefa, estuvo casado el arquitecto que “poseyó por mitad esta casa y habitó en ella en el piso tercero”, según nos apunta Mesonero.

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Placa situada en el edificio donde estuvo el Estudio de la Villa. Foto pasionpormadrid.blogspot.com

Calle de la Villa

De la plaza de la Cruz Verde parten dos calles: la de la Villa y la del Rollo. La primera de ellas es sin duda más importante tanto por su extensión y anchura como por su historia. A ella hace mención Mesonero denominándola del Estudio de la Villa y es que en el número dos se levanta el inmueble que ocupó el denominado Estudio público de Humanidades que regentó el dómine López de Hoyos y donde el insigne manco de Lepanto, Miguel de Cervantes, asistió en calidad de alumno. En la obra titulada Historia de la enfermedad, tránsito y exequias de la serenísima reina doña Isabel de Valois, firmada por el sacerdote, se hallan algunos versos del inmortal autor del Quijote y que suponen su primer testimonio literario. Lopez de Hoyos nombra al alcalaíno como “mi caro y amado discípulo” aunque no lo debió ser tanto ya que fue expulsado en una ocasión por robar unas uvas de una parra en la vecina calle del Rollo y a la que nos referiremos a continuación. Cosas de zagales, sin duda, pero lo cierto es que López de Hoyos fue multado por no haber tomado medidas contra éste y otros discípulos en tan singular ocasión, y del enfado correspondiente tomó la decisión de apartarlo de su pupilaje. Días más tarde un regidor intercedió en favor de Cervantes, siendo readmitido nuevamente, según apunta Répide, porque el maestro apreciaba sobremanera el gran ingenio del muchado.Y ciertamente no iba descaminado el sufrido dómine. El Estudio cerró sus puertas al crearse el colegio Imperial y para contentar a López de Hoyos le nombraron cura de la parroquia de San Pedro y después de la de San Andrés, ambas cercanas al lugar. Y es que este buen señor, que vivió en Madrid desde 1511 hasta 1583, fue escritor y uno de los humanistas españoles más importantes de su tiempo. Catedrático de buenas letras, según la terminología de la época, es conocido por haber escrito varias obras sobre personajes, lugares o leyendas de Madrid y todos los estudiosos de la Villa y Corte han bebido en sus fuentes cuando han querido indagar sobre el pasado capitalino. Bien es verdad que sus escritos mezclan en ocasiones los hechos con las suposiciones pero con todo es apreciado por quienes son conscientes de la escasez de medios y posibilidades para llevar a cabo una rigurosa investigación histórica en aquellos lejanos tiempos. A él dedica Mesonero unos sabrosos comentarios a caballo entre la descripción y la censura, diciendo que el buen maestro Juan López destaca por “su patrio entusiasmo y su afición a lo maravilloso. Todos sus libros son por lo demás de tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y afectado estilo, que hubieran desaparecido por completo si la crítica moderna no hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le escaparon, sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época”.

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Vicaducto visto desde la calle del Rollo con la plaza de la Cruz Verde a derecha.artedemadrid.wordpress.com

Calles del Rollo y Segovia

Dejamos atrás la calle de la Villa y nos dirigimos a una vía, situada a mano derecha de la fuente desde la perspectiva que nos da mirar al frente, que lleva por nombre calle del Rollo, y que conecta la plazuela de la Cruz Verde con la no menos singular calle de Madrid en ascendente y serpenteante devenir. Sobre el origen del nombre hay oposición de criterios. El argumento más creíble es el que situaba en la antigüedad en esa rúa una picota de las que se utilizaban para colocar allí restos humanos de personas ajusticiadas, actos que tenían como objetivo servir de ejemplo al personal. Se trataba de columnas de piedra rematadas por una cruz y que todavía se pueden observar en muchas localidades de la geografía española a la entrada o salida de las mismas. Sin embargo Répide, tras subrayar la teoría anterior califica de absurdas otras como la de que se denominaba así por su configuración angosta y enrevesada o porque allí había aparecido un niño muerto envuelto en un rollo de esteras. Esta última pese a ser la más macabra también es la más literaria y la que más agradaría a aquellos a los que nos gusta echar a volar la imaginación. Pero los hechos son tozudos y debemos inclinarnos ante los mismos. Por último, nos vamos a ocupar de la calle Segovia, en la zona cercana a la plazuela de la Cruz Verde, para constatar que en las cercanías de esta confluencia se encontraban las denominadas huertas de Pozacho, que llegaban hasta donde hoy se encuentra el viaducto y en cuyas inmediaciones se ubicaban unos baños árabes. Pero extendernos más allá de nuestra coqueta plazuela será tarea de otra cita pues dicha calle Segovia tiene harina suficiente para llenar un sinnúmero de costales o entradas.

Cinco muertos

Finalicemos las referencias a la plaza de la Cruz Verde haciendo mención a un hecho luctuoso acaecido aquí en tiempos bastante más recientes que aquellos a los que hemos hecho mención a lo largo de nuestra perorata. El 6 de febrero de 1992 cinco personas mueren como consecuencia de la explosión de un coche bomba colocado en la plaza. El atentado fue obra de ETA y los casi 50 kilos de explosivo segaron insensatamente la vida de tres capitanes, el soldado conductor y un funcionario civil. Además, otras siete personas resultaron heridas de diversa consideración a resultas de la explosión de un Opel Kadett, que se produjo cuando pasaban pocos minutos de las ocho de la mañana y que hizo temblar un total de 16 edificios próximos al lugar de la deflagración, según relataron los periódicos del día siguiente. El testimonio de una persona que se encontraba cerca del lugar de los hechos nos permite tomar conciencia de los momentos que se debieron vivir: “de pronto pareció que se hundía todo. Todo se llenó de polvo.Nos figuramos que era una bomba. Fue un despertar terrible”.

 
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Publicado por en enero 22, PM en Entornos, Plazas

 

Barrio de Pozas y Buen Suceso

Hoy no pondremos nuestro foco en ningún lugar con encanto de Madrid, del que disfrutar en mañana de verano o tarde de otoño. Hoy no hablaremos de ningún lugar con pasado pero con mucho presente, vivo y actual.No, hoy vamos a recordar un enclave que ya no existe y cuyo derribo supuso en su día todo un mazazo social en la medida en que estuvo rodeado del halo épico que supone el que el pueblo se revuelva contra el poder por decisiones que considera arbitrarias, caciquiles y condicionadas por el más vil interés crematístico. Decíamos que el enclave ya no existe pero es una verdad a medias porque sigue existiendo obviamente el solar aunque con otras edificaciones que albergan objetivos bastantes más prosaicos. Vamos a ponernos en manos de la nostalgia y echando una mirada atrás en el tiempo recordaremos el nunca suficientemente adjetivado barrio de Pozas, situado en lo que hoy consideramos distrito de Argüelles/Moncloa. En concreto, estaba ubicado en la manzana que comprenden el triángulo que forman actualmente las calles Princesa, Alberto Aguilera y Serrano Jover. Sí, están ustedes pensando correctamente, el solar comprendido en ese equilátero regular está ocupado por unos grandes almacenes cuyo nombre no es necesario reflejar aquí ya que no necesitan de la publicidad para incrementar el volumen de sus beneficios. Decimos que el barrio nunca ha sido bien ponderado porque supuso uno de los primeros intentos de dotar a la clase obrera de unas condiciones de vida medianamente dignas allá por los años 50 del siglo XIX, fecha en que las autoridades municipales aprobaron el proyecto inicial de construcción.

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El barrio de Pozas allá por los años 60 del siglo XIX

Ensanche de Madrid

Todo comienza en 1857, dentro de lo que se denominó el proyecto de ensanche para Madrid, elaborado por Carlos María de Castro. Se trataba de una superficie total de unos diezmil metros cuadrados que se encontraban fuera de la Puerta de San Bernardino (o de San Joaquín), cuyas obras de desmonte, trazado y nivelación comenzaron ese mismo año. Dicha puerta de San Bernardino fue derruida definitivamente por estas fechas. En la red las hay para todos los gustos, que van desde el mismo año de 1857 hasta 1868 e incluso se comenta que pudo llevarse a cabo su desparición forzada en 1864. Ciertamente el día y año concreto es lo de menos y lo que resulta indudable es que el proyecto de ensanche de la capital hacia el denominado Camino de San Bernardino -hoy calle Princesa- ya no tenía marcha atrás. El área que ocuparía el barrio fue adquirida por un constructor montañés, Ángel de las Pozas Cabarga, que en 1864 ya había iniciado las obras de lo que a posteriori sería el barrio que llevaría su apellido. Constaba dicha barriada de todas las modernidades propias del momento. A saber, dispensario médico, mercado, tiendas de comestibles, cuartel de la Guardia Civil, un colegio para niños y niñas, un teatro (construido en 1866) y una fábrica de chocolate, entre las dotaciones más dignas de mención. Estructuralmente, la disposición de viviendas y servicios se levantaban en torno a una plaza, llamada de Transmiera, con tres calles peatonales con los nombres de Hermosa, Solares y Pasaje de Valdecilla. Todas estas vías hacían referencia a lugares relacionados con la infancia de Pozas Cabarga. Valdecilla, que era la más larga y que estaba situada paralela a la actual calle Princesa, aludía al pueblo cántabro de nacimiento del constructor. Solares era la comarca a la que pertenecía Valdecilla y, por último, Hermosa era la localidad de nacimiento del abuelo del insigne Pozas, un constructor que en su curriculum tenía el haber sido a su vez el profesional del ladrillo que había levantado la cárcel Modelo situada donde hoy se encuentra el Cuartel General del Aire, en Moncloa, además del Cuartel de la Montaña, desaparecido al inicio de la Guerra Civil, de infausto recuerdo para todos y donde hoy se encuentra el templo de Debod. El barrio, como todo el ensanche de Madrid hacia esa zona noroeste, rápidamente adquirió popularidad, entre otras razones, debido a que el ayuntamiento lo dotó de un sistema moderno de iluminación y sobre todo porque desde 1866 iba a contar con un servicio de minibús que enlazaba la Puerta del Sol con la barriada. Cada media hora desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, al módico precio entonces de un real, partía un convoy desde cada una de las cabeceras de la línea. Unos años más tarde, en 1871 la llegada del tranvía supuso otro hito importante aunque en este caso el precio duplicaba el del omnibús y parece ser que el alborozo del personal no fue tan generalizado. Pecata minuta si tenemos en cuenta que este barrio era junto con el de Salamanca el más moderno y apreciado por los madrileños de la época.

Barrio Pozas

Vista aérea del barrio en pleno siglo XX

Cien años más tarde

Feliz y apaciblemente, con sus altibajos correspondientes, debió discurrir la vida de los vecinos de esta zona hasta que unos cien años después de su edificación, en la década de los años 60 del siglo XX alguna mente no excesivamente privilegiada pero sí ávida de incrementar ciertos patrimonios, decidió plantear el derribo de un barrio que quizás se hubiera quedado algo anticuado pero que seguía ofreciendo el servicio propio para el que se construyó. Era el año 1967, época del alcalde Arias Navarro, cuando se decidió proceder a su derribo y vender los terrenos para transformarlo en la zona comercial que hoy conocemos. Los vecinos fueron realojados previo pago de indemnizaciones que nunca pudieron igualar el valor sentimental que encierra un recinto donde se ha residido durante un tiempo determinado. Todo ello estuvo rodeado de desahucios forzosos, encierros de los vecinos en sus inmuebles con la consiguiente ayuda de las gentes de las zonas cercanas que ofrecían comida y alimentos a los recluidos, oposición ante los juzgados y cortes de agua y luz como medida de presión por parte de las autoridades, con el fin de que abandonaran las casas. En definitiva, un largo etcétera de intentos de humillación hasta que la aplastante lógica del poderoso se impuso y la piqueta hizo acto de presencia pese a que el tema había trascendido vía prensa escrita más allá de los intereses particulares de los residentes. La protesta vecinal estuvo abanderada, entre otros, por el dramaturgo del denominado teatro social y autor de La camisa, Lauro Olmo, quien acompañado de su esposa, Pilar Enciso, y de sus hijos, fueron los últimos de entre alrededor de 1500 vecinos en abandonar el 12 de febrero de 1972 esa protoubanización moderna y cerrada, que si bien no contaba con piscina ni pista de padel, reunía en torno a sí lo que se consideró en su día un proyecto avanzado de convivencia en comunidad. Queda para el recuerdo, además de la lucha vecinal en tiempos en que no era fácil enfrentarse al poder, el testimonio literario de Pío Baroja, quien en su obra El árbol de la ciencia, hace referencia al barrio o la figura del cronista de la Villa, además de irrecuperable bohemio, Emilio Carrere, feligrés habitual de las tascas de Pozas. No podemos olvidar tampoco el flaco favor que le hizo al barrio un entonces provinciano y desorientado diletante de escritor apellidado Umbral quien, en un mal día que todos podemos tener, se atrevió a decir aquello de que el barrio de Pozas era “el corazón podrido de la gran manzana de Argüelles”. Hay que suponer que por alguna razón lo diría aquel que no daba puntada literaria sin el hilo de la recompensa material, fuera directamente económica o en especie… en fin, dejémosle ahí y que la historia lo juzgue.

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Actual parroquia del Buen Suceso

Buen Suceso

Pero crucemos esta populosa vía y situémonos enfrente del hoy nuestro barrio, en el actual número 43 de calle Princesa. No nos podríamos perdonar no mencionar la iglesia del Buen Suceso que en 1868 se instaló justo frontalmente a donde se encontraban las 300 casas que completaban el barrio poceño. Dicho templo se encontraba anteriormente en la Puerta del Sol de Madrid, donde hoy en día se pretende construir no sabemos qué, en la manzana que se encuentra entre Carrera de San Jerónimo y Alcalá, en el edificio que sostuvo durante muchos años el anuncio de Tío Pepe y que acogía el fabuloso en su día Grand Hotel París. Con la reforma de la Puerta del Sol de mediados del siglo XIX se decidió cambiar la ubicación del templo y este se trasladó al solar de la calle Princesa al que hacíamos mención con anterioridad. Junto a la iglesia también se traslada el hospital que dio pie a la iglesia y que por orden de Carlos V había sido ordenado levantar de forma ya definitiva en el mencionado lugar de la Puerta del Sol, con el fin de atender al personal que acompañaba al monarca de sus enfermedades y accidentes. Ya en Princesa tanto hospital como iglesia aguantan hasta la Guerra Civil en que comienza su declive. Durante el conflicto la iglesia fue clausurada aunque el hospital siguió funcionando. Acabada la contienda fratricida el templo está en ruinas y, aunque es reconstruido, hacia 1970 es derribado definitivamente todo el edificio para levantar en la manzana un nuevo complejo residencial y con equipamientos comerciales. La nueva iglesia, a juego con el edificio, según el criterio oficial, abre sus puertas a principios de los 80 siguiendo la corriente de arquitectura funcional propia del momento, caracterizada por la falta de respeto por el legado cultural, habitual históricamente por estos pagos. Y tan funcional es la arquitectura que bien podría confundirse el nuevo templo con un aparcamiento subterráneo o con una galería comercial, dicho sea sin ánimo de soliviantar a las gentes de orden.

Cara de Dios

Por estas fechas y en medio de ese furor especulativo que afectó al entorno de Princesa se ordenó también el derribo de una ermita que albergaba una Santa Faz o lienzo con los rasgos de Cristo y que hasta los años 30 del siglo XX se había venerado en forma de romería desde los albores del siglo XVIII. Dicha ermita se econtraba en el número 12 de esta principal vía madrileña de desahogo hacia la Sierra del Guadarrama y había sido fundada por la marquesa de Castel Rodrigo. El lienzo con la presunta cara de Cristo había sido donado a la marquesa por una hermana del papa Paulo V y los fieles consideraban que se trataba del verdadero rostro de Cristo impreso por la Verónica en el camino al Calvario. Dicha romería, que se celebraba el Viernes Santo, tenía a jucio de muchos creyentes un excesivo tono festivo, dadas las fechas, tono que poco tenía que ver con la devoción religiosa. Lo cierto es que la calles se llenaban de gente que salvo excepciones no se excedían en sus manifestaciones de júbilo Pero chocaba el jolgorio producido en una fecha donde el silencio era el denominador común. Carlos Arniches nos dejó para la posteridad un drama llevado después a la zarzuela por el maestro Ruperto Chapí cuyo argumento está basado en esta romería.

 
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Publicado por en enero 20, PM en Entornos, Obra civil

 

Santiago: calle, plaza, iglesia y costanilla

Costanilla de Santiago. www.nestoria.es

Fachada típica del entorno del Santiago. Foto http://www.nestoria.es

Vamos a flanear hoy por una vía a trasmano de las rutas turísticas habituales actualmente pero que, como siglos atrás, supone el camino más corto para llegar desde la plaza Mayor a la de Oriente y viceversa. Se trata de la calle de Santiago, denominada así obviamente en honor del apóstol y por extensión nos detendremos en menudear el comentario sobre toda la prole santiaguina, es decir, la plaza, la iglesia y la costanilla. Los alrededores, como es el caso de la calle Milaneses, la del Espejo, la de Santa Clara, la de la Cruzada y la de los Señores de Luzón también merecerán aunque sea en menor medida nuestra atención pues no en vano encierran datos y anecdotario suficiente. Empezando por la propia calle de Santiago lo primero que se nos ocurre decir es que hoy día se trata de una vía de mediano tránsito, lo que permite disfrutar de sus restaurantes, tabernas o terrazas sin las apreturas de sus homólogas Mayor, San Miguel o las Cavas. El sabor añejo que desprenden las fachadas de sus edificios es motivo más que sobrado para detener el paso y dedicarle una parte de nuestro tiempo de asueto a sabiendas de que no será en balde. Y no es que sus edificaciones sean excesivamente antiguas porque fue remodelada esta calle “que va a Palacio, bien entrado el siglo XIX”, según apunta Mesonero, en razón de que se trataba de “un antiquísimo, elevado y apiñado caserío” y hacía necesario su remozamiento. Pero no era el primer lavado de cara que sufría ya que en 1525 fue ensanchada para que la emperatriz Isabel, esposa de Carlos I hiciera su entrada triunfal al Alcázar a su llegada a España. Y es que sus orígenes datan de un pasado muy lejano en el tiempo pues no en vano la zona se encuentra dentro de la primera ampliación de la ciudad, es decir de la segunda cerca o cerca cristiana, de la que hay datos de que existía allá por el siglo XI cuando la conquista de la ciudad a los moros por parte de Alfonso VI. Como dato curioso decir que en esta calle se instaló el primer mercado de pescado fresco, que ya funcionaba allá por cuando la emperatriz Isabel entró en Madrid. Pero no debió durar mucho en aquel lugar porque si creemos a Répide parece ser que “haciéndose su vecindad desagradable en las épocas de calor fue mandado quitar de allí”. Otro dato importante para la biografía de la calle es el hecho de que en el número 2 nació la beata Mariana de Jesús. Placa hay en el lugar que nos recuerda a esta hija de un pellejero andante de la corte, cuyo cuerpo incorrupto se conserva todavía en el convento de las Alarconas, situado en la esquina de la calle Valverde con la de Puebla. Unos números más adelante otra referencia en el lienzo del edificio nos recuerda que allí vivió durante un tiempo don Francisco de Goya, que con sus pinceles plasmara como nadie la idiosincrasia del pueblo madrileño, estampando en sus lienzos tanto los ratos de ocio como los momentos más empeñativo de la gente de su época.

Plaza e iglesia

Iglesia_de_Santiago_y_San_Juan_Bautista_01

Iglesia y plaza de Santiago. Foto es.wikipedia.org

Al final de la calle se abre ante nosotros la plaza con el nombre del apóstol. De ella parten la de la Cruzada y la de los Señores de Luzón,  por su lado sur. Hacia el noroeste habría que dirigirse para acceder a la plaza de Ramales y hacia el norte se encuentra una bajada llamada de Santa Clara. De las calles nos ocuparemos líneas abajo y a la plaza dejémosla dormir por ahora en los archivos correspondientes porque tema y personalidad suficiente tiene para dedicarle algún desvelo en momento más oportuno. Centremos nuestros limitados esfuerzos en prestar atención a la iglesia cuya fachada se yergue ante nosotros y cuya planta actual se levantó a comienzos del siglo XIX. No obstante, su origen podría situarse en tiempos muy antiguos pues como apunta Répide en la vecina de San Juan solían recluirse los cristianos mientras que a Santiago acudían “los que seguían la secta de Arrio con lo que se advierte que ya esta iglesia existía en tiempos de los godos pues el arrianismo cesó en el reinado de Recaredo”. La anécdota histórica más reseñable data de 1438 cuando, con motivo de una gran peste en la ciudad, la iglesia hizo voto a los santos Cosme y Damián, sacándolos en procesión para mitigar los males de la epidemia. A su vez, desde el ayuntamiento de la villa se planteó otro voto sacando a San Sebastián en procesión en dirección a la iglesia de Santiago por no tener la ermita de la calle Atocha entidad suficiente para que hasta allí se dirigiera el cortejo. Una vez construida la nueva iglesia de San Sebastián en el lugar actual la municipalidad cambió el rumbo y dirigió su procesión hacia allí como parece razonable. No debió pensar de igual manera el cura de Santiago que elevó sus protestas a la villa. En decisión salomónica se optó por alternar la procesión que un año se dirigiría a Santiago y otro a San Sebastián. Debieron quedar contentos porque no se produjeron más disensiones o al menos no nos constan. Volviendo a nuestra iglesia de hoy, hay que dejar constancia de que el diseño del actual recinto fue obra del arquitecto Juan Antonio Cuervo, que su fachada es de estilo neoclásico, que es de planta de cruz griega, que la capilla mayor es semicircular y que en el altar mayor se encuentra una pintura de Francisco Ricci que ya estaba en la antigua. El cuadro representa a Santiago Matamoros y los espertos aseguran que las influencias de Rubens en el hacer de Ricci son indudables. Como dato curioso y necrológico hay que decir que  en la bóveda de esta iglesia permaneció hasta su inhumación el cadáver del escritor Mariano José de Larra, tras poner voluntariamente fin a sus días en su domicilio de la cercana calle Santa Clara, 3, donde actualmente una placa recuerda el desgraciado suceso. Gracias a la mediación de Ramón de Mesonero, colega y amigo de Fígaro, pudo tener un refugio y posteriomente un lugar de reposo sagrado el pionero del periodismo moderno de opinión pues es bien conocido por todos que quien se suicidaba tenía prohibido recibir sepultura en sagrado.Hoy en día los restos de Larra reposan en el cementerio de la Sacramental de San Justo, en el panteón de hombres ilustres junto a otros escritores como Espronceda, Núñez de Arce o Gómez de la Serna. No se nos olvide concluir el párrafo dedicado a esta iglesia apuntando que se denomina de Santiago y San Juan una vez absorbiera derechos y obligaciones eclesiásticas tras la desaparición de la segunda y que de sus puertas parte la ruta madrileña del camino que lleva a la tumba del apóstol. Unas vieiras sobresalen en su fachada para dejar constancia de ello.

Calle Espejo

Placa de la calle con el espejo. Foto grupoqs.es

Costanilla, Milaneses y Espejo

Terminando con las vías que llevan por nombre el del santo, démosle su espacio aunque sea mínimo a la Costanilla de Santiago, una vía de poco más de veinte metros sin nada reseñable salvo por el hecho de que Galdós la citara en repetidas ocasiones en su cumbre narrativa Fortunata y Jacinta, cuando se refería al lugar hacia el que doña Barbarita, la mamá de Juanito Santacruz, se dirigía en algunas ocasiones a realizar compras urgentes para el desenvolvimiento diario de la vivienda familiar situada en Marqués de Pontejos. Y es que las calles que vierten hacia la de Santiago o de ella salen no son precisamente extensas en longitud aunque todas ellas cuentan con su pequeña intrahistoria o incluso historia con letras de mayor tamaño. Miremos hacia la de Milaneses por ser la que más cerca nos queda de la anterior y escribamos que su importancia radica en primer lugar por pasar por allí el lienzo de la muralla cristiana, tras dejar atrás la puerta de Guadalajara y antes de internarse por la del Espejo. Ni veinte metros medirá de recorrido y su nombre le viene por dos relojeros originarios de la ciudad italiana que defiende ese gentilicio, que llegaron a la capital y se instalaron en esta rúa. Fueron los primeros que hicieron relojes de bolsillo, según Répide. Traspasaron su negocio a un tal Duran que construyó el reloj del cercano convento de San Gil “horologio célebre por lo complicado y perfecto de su máquina”, al decir del autor de Las calles de Madrid. Démonos la vuelta y dando la espalda a la calle Mayor enfrentaremos una estrecha vía denominada calle del Espejo. En la placa de la calle encontramos un espejo al lado de la denominación y nos gustaría saber qué historia o anécdota se esconde detrás. Ninguna que tenga que ver con espejos. Se trata de un malentendido etimológico que tiene su origen en los tiempos del primer conquistador cristiano de Madrid, Ramiro II, quien una vez conquistada la ciudad debió abandonarla porque no contaba con fuerzas suficientes para defenderla. Los árabes entonces, con el fin de no caer en el mismo error, fortificaron el lugar construyendo atalayas para  otear desde ellas el horizonte sin ningún impedimento y preparar con antelación la defensa cuando fuera oportuno. Esas atalayas se llamaban en latín specula y de ahí la confusión.

Santa Clara

Ya por el mero hecho de haber albergado al Pobrecito Hablador y haber sido escenario de su triste final la calle Santa Clara merecería un lugar en la historia del callejar matritense. Pero es que se trata de una vía a la que la nobleza le sale por todos los poros de sus piedras. En el mismo lugar en que posteriormente se levantaría el edificio donde moraría Larra anteriormente se encontraba el convento de monjas franciscanas que da nombre a la calle, fundado en 1460 por Alonso Álvarez de Toledo, tesorero del rey Enrique IV. El templo desapareció a principios del siglo XIX. En las casas contiguas, pertenecientes también al tesorero del rey, se alojó en ocasiones el propio rey y anteriormente su padre, Juan II. Se sabe además que en 1435 se hospedó en ellas el condestable don Álvaro de Luna, a la sazón, maestre de la orden de Santiago. Cuenta Mesonero que allí nacería su hijo Juan, señor del Infantado “siendo sus padrinos el rey y la reina que regalaron a la parida, doña Juana de Pimentel, un rubí de valor de mil doblas e hicieron celebrar grandes festejos por este motivo”. Deliciosa la prosa de don Ramón para cerrar esta referencia sin olvidar decir que en la propia calle hay una placa donde se hace mención a estos visitantes y otro no menos famoso y tracendente para la historia de España, don Enrique de Trastamara.

Señores de Luzón y Cruzada

Cerramos esta entrada dedicada a Santiago y su entorno con dos calles que salen casi al unísono de la plaza del apóstol y que cuentan con mucho pasado a sus espaldas. La de Señores de Luzón hace referencia a uno de los linajes más antiguos de la Villa y Corte pero el tener este nombre la vía puede deberse, a juicio de Pedro de Répide, al hecho de que el tesorero y maestresala de Juan II además de alcaide del Real Alcázar y alguacil mayor, de nombre Pedro de Luzón, tenía ahí sus casas. Se trata del primer Luzón del que se tienen referencias por escrito y que abría la senda a un linaje que tuvo contacto importante con la realeza hasta prácticamente el último de los Austrias. Por último, la calle de la Cruzada debe su nombre al famoso Tribunal de la Santa Cruzada que tuvo su sede en ella. Dicho tribunal funcionó desde el siglo XVI hasta 1850, centralizando en sí los tribunales correspondientes a los reinos que configuraron la corona de los Reyes Católicos. Se encargaba de gestionar los ingresos procedentes de Roma en pago a diferentes servicios prestados por la corona en defensa de la fe católica frente a los enemigos de la media luna.Y aunque podríamos decir más cosas de esta calle tampoco se trata de cansar con farragosos y secundarios sucesos por lo que nos retiramos volviendo hacia la plaza de Santiago no sin antes señalar que en el número 4 de la Cruzada el escritor vallisoletano y poeta de lo cotidiano, Gaspar Núñez de Arce, vivió y nos abandonó en los albores del siglo XX, concretamente el 9 de junio de 1903.

 
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Publicado por en enero 17, PM en Calles, Entornos, Plazas