RSS

Puerta Cerrada

09 Ene
Plaza_de_Puerta_Cerrada_(Madrid)

Azulejo con la denominación de la calle. Foto es.wikipedia.org

La plaza de Puerta Cerrada es sin duda uno de los enclaves de Madrid que más huele a historia y que no por ello está exento de presente. Siempre encrucijada de paso, bien hacia la plaza Mayor, a través de la calle Latoneros, a la calles de Tintoreros o Segovia o  Cuchilleros y su inseparable continuación Cava de San Miguel. Cava Baja, Nuncio, Gómez de Mora, La Pasa y San Justo completan ese asterisco que confluye en este irregular polígono en el que se pueden observar flaneantes de todo tipo durante cualquier estación del año. Se apoderan de su entorno desde castizos madrileños hasta los guiris más exóticos, que sobre todo en las calendas bonacibles aparecen por allí apegados a su folleto turístico para hacer un alto en el camino ocupando una de las muchas terrazas que en los aledaños de la plaza existen. Su objetivo no es otro que el de saborear unas tapas acompañadas de una jarra de sangría o una caña. Dependiendo de la hora y si ya se acerca el atardecer puede cambiar dicho guión: el mojito o la caipiriña sustituyen a la caña, si se trata de turistas conocedores de las costumbres aborígenes. Y es que como ya apuntara Ramón de Mesonero Romanos en el siglo XIX, nos encontramos en “un paraje típico del Madrid popular, por donde pulula la concurrencia lugareña que acude a los mesones de la Cava Baja, que abunda en escenas nocherniegas dignas de aguafuerte”. La cruz del centro de la plaza, que da cierto empaque al lugar, data de mediados del siglo XIX y es la sustituta de una de las pocas que quedaban en Madrid tras la escabechina que ordenó el alcalde José de Marquina. No nos olvidemos de hacer mención al mural callejero con referencias al escudo de la capital que se encuentre en una de las paredes de uno de los edificios de la plaza ni de la taberna El Madroño que, al margen de ofrecernos bebidas espirituosas de categoría, hace honor a su nombre presentando en la pared de la barra una extensa panorámica de la evolución de dicho emblema. De esta zona donde está situada la cruz arrancan las calles Latoneros y Segovia, y la calle Cuchilleros, y la de Tintoreros y, por último, la Cava Baja. Más al oeste tenemos las bocalles de Nuncio, San Justo, La Pasa y Gómez Mora. De todas ellas nos ocuparemos al menos someramente líneas abajo.

Puerta de la Culebra, Sierpe o del Dragón

Plaza_de_Puerta_Cerrada_02

La plaza con la cruz en el centro. Foto es.wikipedia.org

Centrémonos, por tanto, en desgranar algunos datos históricos de esta Puerta Cerrada, también llamada de la Culebra, de la Sierpe o del Dragón, por tener esculpida encima de ella una figura parecida a un dragón o una culebra, según el criterio de todo aquel que quisiera opinar sobre lo que sus ojos le ofrecían. El dómine López de Hoyos, pionero en esto de historiar el pasado de la villa, puso su interés en descifrar el origen del presunto ofidio, achacándolo a los griegos, pues dicha figura solía aparecer, según él, en sus banderas y estandartes. Escéptico se muestra Mesonero con esta opinión y ardores de estómago le producían los comentarios del dómine maestro de Cervantes sobre sus versiones de hechos pasados de su amado Magerit. Al margen de polémicas, se afirma que la puerta ya existía en el siglo XII, que formaba parte de la cerca cristiana o segundo recinto de la ciudad y que permitia la salida y entrada de personas hacia la plaza del Arrabal, futura plaza Mayor. La construcción original fue derribada en 1569 para ensanchar el paso, sustituyéndola una nueva que duró hasta 1582 y que sería  destruida por un incendio. El progresivo crecimiento urbano de Madrid a lo largo del eje Segovia-Toledo-plaza Mayor-Atocha, hizo que el rey Felipe II decidiera no reconstruirla. El nombre de Puerta Cerrada es consecuencia de los rifirrafes que se producían en sus cercanías y que ponían en peligro la vida de los vecinos o forasteros cuando el sol se escondía tras las paredes del alcázar. A este respecto, Pedro de Répide apunta que “en aquel paraje se escondían de noche gentes malechoras y capeando robaban a los que por allí debían entrar o salir…/…por lo que el Ayuntamiento mandó cerrar esa puerta hasta que poblado el arrabal por aquel paraje se abrió de nuevo aunque conservando paradógicamente el nombre de Puerta Cerrada”. Este hecho de llamar cerrado a un lugar franco y abierto dio pie a que las siempre guasonas y socarronas plumas del Siglo de Oro español dedicaran algún tiempo a comentar la paradoja. Quevedo, Lope, Moreto o el propio Tirso hicieron mención a ello en alguna de sus obras. En concreto, el fraile mercedario recoge en su drama La huerta de Juan Fernández esta redondilla llena de intención: “Como Madrí está sin cerca/a todos gusto da entrada/nombre hay de Puerta Cerrada/más pásala quien se acerca”.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La Cava Baja siempre ambientada. Foto http://www.lavidamoderna.com

Cava Baja

De las calles que vierten hacia Puerta Cerrada en la mitad donde se encuentra la cruz, se me permitirá decir que la más popular, pintoresca, historiada y bulliciosa es la Cava Baja. Cierto que durante los últimos tiempos la calle Cuchilleros con su inseparable Cava de San Miguel le hacen la competencia como lugar apto para el disfrute diurno, el ocio gastronómico o simplemente el paseo sin rumbo, pero aun así está lejos de significar lo que a lo largo de la historia representó la llamada verdadera cava. Tiene su origen esta calle en el derribo de la cerca cristiana y su nombre alude al foso que rodeaba por la parte exterior la muralla y que servía tanto de zona de desagüe como de vía de escape de personas en caso de presentarse algún peligro en el interior del recinto. El prestigio histórico le viene de ser lugar de hospedaje de los viajeros que, procedentes de Toledo, Segovia o Guadalajara, accedían en los siglos XV y XVI a la ciudad, albergándose en numerosos mesones y posadas donde dar reposo tanto a sus maltrechos cuerpos como a sus cabalgaduras y carruajes. La posada de la Villa (abierta desde 1642), la del León de Oro, la del Dragón (1648) – en referencia a la figura presente en Puerta Cerrada- o la del Segoviano -hoy reputado refectorio- son algunas de las más conocidas y antiguas que han sobrevivido hasta nuestros días, convertidas en bares de copas o restaurantes, para solaz de propios y extraños de la villa y corte. Recintos estos y otros muchos que a su sombra han ido apareciendo a lo largo de los tiempos, tremendamente concurridos actualmente, sobretodo en noches de primavera o verano, como escondrijo adecuado para llenar la andorga antes de acabar la velada en la Puerta de Moros, al calor de un  güisquito o una caipiriña, o como paso previo para adentrarse en el cada mes menos variopinto ocio nocturno madrileño. Restos de la mencionada cerca se pueden observar todavía en algunas de estas posadas convertidas en centros gastronómicos y en algunas viviendas privadas. Hemos dejado atrás, y que ella nos lo disculpe, la calle que une Puerta Cerrada con Toledo que no es otra que la de Tintoreros. No tiene mayor historia que la que le da su nombre ya que cuantitativamente tampoco es significativa su importancia. Debe el nombre a que ahí estaban las tiendas de los llamados químicos, que perfeccionaban el arte del teñido de sedas por la que en su día se llamó también de los Tintes.

Segovia, Latoneros y Cuchilleros/San Miguel

Arco de Cuchilleros. www.tripadvisor.es

Arco de Cuchilleros. Foto http://www.tripadvisor.es

Siguiendo el curso de las agujas del reloj nos encontramos con una calle que cuenta con más pasado que presente y cuyo nombre lo dice todo en la historia antigua de la capital. Se trata de la calle de Segovia, que por sí misma tiene entidad suficiente para un capítulo aparte. Muere en Puerta Cerrada después de haber acompañado al viajero procedente del oeste, tanto de la Comunidad de Madrid como de Extremadura o Portugal. A continuación se encuentra  la calle más humilde cuantitativamente pero no la menos importante de la zona porque su tráfago humano incesante la convierte en nexo de unión con la plaza Mayor a través de los primeros números de la calle de Toledo y el arco del mismo nombre. Tiene su aquel la callecita de marras. Obviamente su nombre se debe a que aquí se instaló, cuando la expansión del arrabal, el gremio de latoneros y veloneros. Anteriormente se llamó calle de Herreros de Puerta Cerrada o con esta denominación se alude a ella en los escritos referidos al proceso entablado contra un tal Froilán Díaz, que moraba por estos pagos, a quien se acusaba de hechizar al segundo de los Carlos y último de los reyes de la casa de los Austrias. ¡Lo que hay que leer, ver y escuchar! Ni que el pobre monarca necesitara de embrujamientos y hechizos para pasar a la historia con mucha pena y ninguna gloria.La calle Cuchilleros y la Cava de San Miguel forman un continuum. A fin de cuenta son una sola vía desde su origen hasta el mercado y permiten contemplar estampas matritenses tan sorprendentes como el arco de Cuchilleros o el mercado de San Miguel, levantado donde antes estuviera la iglesia del mismo nombre. Lugar literario por antonomasia ya que Galdós sitúa la vivienda de Fortunata en las buhardillas que desde la Plaza Mayor se proyectan hacia esta calle. Aquí nos tropezamos con Casa Botín, uno de los recintos gastronómicos más antiguos de la ciudad, también de reminiscencias galdosianas, como bien apunta una placa puesta en su fachada. Las tan nombradas Cuevas de Luis Candelas son para el turista o el madrileño paseante ocasión de oro para soltarse el pelo, que es lo mismo que decir la cartera, de vez en cuando. El anteriormente mentado mercado de San Miguel, como lugar de tapeo, constituye la guinda de un pastel bullanguero, frivolón si se quiere, pero muy agradable, que completa el entorno de esta Puerta Cerrada, digna de todo nuestro encomio. Y es que es necesario empaparse de los lugares para poder conocerlos, sacarles el partido que tienen y disfrutarlos.

Nuncio, San Justo, Pasa y Gómez de Mora

Calle del nuncio. www.placesonline.es

Bellísima taberna en el inicio de la calle del Nuncio. Foto http://www.placesonline.es

La calle del Nuncio arranca al oeste de la plaza y también tiene más pasado que presente. Hoy en día es adecuada para huir del bullicio y adentrarse en ella con el fin de tomar un café de sobremesa o entablar una tertulia de rebotica en cualquier local o terraza. Debe su nombre al palacio de la Nunciatura que en su día fue sede de ese cargo vaticano. Dicho palacio perteneció a la tan madrileña familia Vargas y posteriormente a Rodrigo Calderón, noble al servicio de Felipe III, con una biografía tan truculenta que lo llevó al cadalso, siendo degollado en la Plaza Mayor en 1621. Su vida dio pie a dichos y refranes que mentaban su orgullo y gallardía ante los tribunales. Incluso plumas como las de Góngora, Juan de Tassis o el propio Quevedo glosaron su personalidad en conocidos sonetos. La iglesia de San Pedro el Viejo es el otro monumento importante de esta vía. En el mismo sentido de las agujas del reloj nos topamos con la calle San Justo, que forma un todo indisoluble con la de Sacramento, enlazando ambas Puerta Cerrada con plaza de la Villa. Mucha historia y no tanto presente la contemplan y edificios de interés son la propia iglesia que da nombre a la calle o el palacio del arzobispado de Madrid. Por otra parte, las calles de La Pasa y Gómez de Mora son sin duda más humildes que las anteriores si tenemos en cuenta el tránsito al que deben hacer frente. “El que no pasa por la calle de La Pasa no se casa” dice reiteradamente la voz del pueblo cuando se nombra esta singular ruta. Y es que ahí se encontraban tiempo atrás las oficinas de la vicaría. Enlaza dicha rúa Puerta Cerrada con Conde de Miranda y toma su nombre de unas uvas pasas que se daban como limosna junto al panecillo, que también dio nombre a otra calle cercana, y que instituyó el arzobispo Luis de Borbón. Por ultimo, la calle Gómez de Mora que aunque no es excesivamente importante ni por su longitud ni por su trasiego humano sí lo es por la persona que le da el nombre, nada menos que el arquitecto que realizó la Plaza Mayor en su diseño actual. Eso entre otros trabajos como los de la Casa de la Villa y la Cárcel de la Corte. Y no sólo en Madrid se lució  este artista del diseño urbanístico porque al margen se quedan, que no en el olvido, el retrablo del monasterio de Guadalupe o el hospital de la Encarnación de Zamora. Ahí queda eso, es decir, su obra.

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en enero 9, PM en Entornos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: