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San Ginés, pasado y presente

16 Ene

Ni se trata de una concurrida plaza, ni de una zona de paso inexcusable para cualquier flaneante de los madriles, ni cuenta con grandes centros gastrónomicos, su comercio no atrae a las masas y los turistas propios o extraños, occidentantes u orientales no la tienen en sus guías. Pero tiene un poco de todo eso de lo que aparentemente carece: iglesia de gran valor histórico, lugar de paso entre barrios en el centro de la capital, algún local popular por donde han pasado famosos de la pantalla grande y chica y centro de interés cultural si consideramos cultura un recinto teatral tradicional hoy reconvertido en discoteca, la venta de libros de viejo o las referencias literarias que ha dado a lo largo del tiempo la más famosa chocolatería de Madrid. Todo esos ingredientes y otros más que iremos progresivamente nombrando de forma ordenada confluyen en el entorno de San Ginés.

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Iglesia de San Ginés vista desde calle Arenal

Iglesia

Para empezar, al lugar le cede su nombre la iglesia de San Ginés de Arlés, una de las más antiguas de Madrid al decir de los cronistas clásicos y de la que se tienen datos fehacientes de su existencia en 1358, aunque las leyendas sobre su origen la sitúan bastante más lejos en el tiempo. Por lo menos dos siglos antes pues se cuenta que San Isidro iba a orar ante el Cristo que más tarde iba a ocupar una de las capillas de la iglesia. Más atrás debemos remontarnos si tomamos en consideración el que su fundador fuera un tal “Ginés, martizado en Madrid en tiempos de Juliano el Apóstata”, según el testimonio de Répide que una vez más nos echa un capote para dar luz al asunto. Más lógico es dar por buena su fundación en torno al momento mismo de la conquista de Madrid por parte de Alfonso VI el Valiente. Su yerno, Raimundo de Borgoña le echó una mano en la empresa mandando una hueste formada por soldados borgoñeses y francoprovenzales. Para confiar en esta tesis solo hay que añadir el nombre de la localidad de Arlés y pensar que por lógica el Ginés en cuestión no podía ser otro que el advocado por el yerno borgoñes de Alfonso VI. Consta en los anales que fue reedificada en numerosas ocasiones con el correr de los tiempos por los monarcas de Castilla y que en esa fecha de 1358 el papa Inocencio VI de Avignon concede mercedes y otras indulgencias a quienes ayudasen en una obra de piedad consistente en recaudar dinero para reparar el templo. Estamos en tiempos de Pedro I el Cruel y las cercas se van sucediendo en el antiguo Mayrit, lo que es síntoma de un crecimiento que, por su parte, supuso a su vez el incremento de la feligresía de la iglesia de San Ginés, debido a la población increscente de la zona del arrabal. No vamos a entrar en detalles artísticos que no son propios de nuestro conocimiento y en lo referido a lo histórico señalar que, tras los reglamentarios incendios que este tipo de recintos suele sufrir a lo largo de la historia, su actual aspecto neoclásico se debe obviamente a reformas hechas en el siglo XVIII. El afamado arquitecto Juan de Villanueva estuvo detrás de ellas. Polémicas y rifirrafes protagonizaron alguna que otra rehabilitación acaecida en el siglo XIX y en el XX. Como en tantos otros templos de este tipo se cerró al culto durante la Guerra Civil y se usó como dependencia militar por parte de los republicanos. Lienzos de Luca Giordano, una copia de un cuadro de Tiziano y capillas de indudable entidad artística están presentes en este templo que vio cómo en su pila bautismal recibía las primeras aguas Quevedo, que en su altar mayor contraía matrimonio Lope de Vega, que don Francisco de Goya hacía de padrino de boda de su hijo o que la partida de defunción del musico Tomás Luis de Victoria, entre otros grandes, se encuentra en sus archivos parroquiales. Lugar para disciplinarse lo fue y no sabemos si lo sigue siendo en la actualidad aunque lo dudamos. La fachada principal de la iglesia da a la calle del Arenal, una de las más transitadas y comerciales del centro de la ciudad. Debe su nombre al “erial arenoso que en su lugar se hallaba y que se profundizaba al llegar al barranco de la Zarza, ya junto a la puerta del Sol”, Répide dixit. Une Sol con Ópera (plaza de Isabel II) y como hechos históricos más destacados podemos decir que junto a la esquina de la calle Bordadores en 1872 sufrió un atentado a base de trabucazos el rey Amadeo de Saboya. No debemos olvidar  que en una de las casas cercanas y fronteras a la iglesia vivió y falleció el nombrado torero Frascuelo a finales del siglo XIX. El músico Ruperto Chapí vio extinguirse sus días en 1909 en el inmueble señalado con el número 20. El palacio de Gaviria es otro lugar de atención de esta rúa y cerca de su confluencia con Sol el padre Coloma puso la morada del popular personaje Ratoncito Pérez.

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Pasadizo y chocolatería

Pasadizo y plaza de San Ginés

Bajando desde Sol en dirección a la plaza de Isabel II, justo antes de toparnos con la iglesia a mano izquierda, nos encontraremos con un singular pasadizo famoso tanto en el mundo real como en el literario. Al entrar en él en un día cualquiera del año veremos a mano derecha unos tenderetes de puntapié con un denso muestrario de libros de lance, cuyo origen podemos citar en las postrimerías del siglo XIX y al que Répide se refiere para encomiarlo en términos que merecen unas líneas. El nunca bien ponderado historiador de Madrid dice de él que se trata de un “artístico puesto de libros con sus armarios de estilo antiguo español, modelo de buen gusto y de contribución al embellecimiento de la vía pública que debe ser considerado aquí donde tan poco abunda ese respeto a la estética y amor al decoro urbano”. Lo cierto es que se trata de un lugar digno de ser admirado y de una de las señas de identidad de esta pequeña vía, de apenas 20 metros de longitud y no más de tres de anchura, que cuenta con un arco adosado a los edificios de izquerda y derecha. Siguiendo a Répide “esa angosta vía, sin paso de carruajes, aparece igual que actualmente en los planos del siglo XVII”. Pese a su escasa longitud podemos decir que aquí hubo una casa de marqueses, que aquí estuvo ubicada una de las primeras fábricas de tejidos de Madrid y que aquí se encuentra una de las discotecas con más pedigrí del pasado reciente madrileño. Pero hay que transitar bajo el arco porque a mano izquierda nos encontraremos con la chocolatería más famosa de Madrid y probablemente de todo el mundo. Y si no fuera la más famosa sería la más literaria aunque apostamos por la veracidad de ambos títulos. Se trata de un lugar bellísimo desde el punto de vista arquitectónico, estilo fin de siglo XIX. Sus mesas de mármol y su azulejería la hacen especialmente atractiva al paseante vespertino o al noctámbulo que accede al local -también hay unas pequeñas mesas de terraza en el exterior- con el fin de calentarse las tripas con un chocolate acompañado de los churros y/o porras respectivas. Su apertura data de 1890 como churrería y a lo largo de este siglo y cuarto han entrado y salido por sus dos puertas desde los tipos más populares hasta los personajes más famosos de las artes, las letras e incluso las ciencias. Prueba de ello son las fotografías que cubren casi en su totalidad las paredes de su interior. En ellas se pueden ver desde prestigiosos actores y actrices americanos de los años 50 hasta figuras de la nobleza o la realeza, aunque también haya mucha presencia de personajillos del famoseo más cutre, conocidos y aplaudidos no sabemos por qué. Al margen de estas menudencias, todo contribuye a dar un colorido pintoresco y singular a un enclave al que la literatura ha sabido rendir pleitesía de la mano de Valle-Inclán. En su obra Luces de bohemia, el extravagante y eximio gallego sitúa en su interior la escena en la que los noctámbulos modernistas presentan sus respetos al mentor de este movimiento literario en España, Rubén Darío, saludándolo con aquello de “padre y maestro mágico”, parodiando el propio poema que el nicaragüense dedicó a Verlaine. Dos placas situadas en la fachada de la chocolateria dejan constancia de esa circunstancia. Pasado el arco entramos en la plaza de San Ginés, que no deja de ser continuación del pasadizo y que junto a aquel rodea en sus tres cuartas partes la trasera y los laterales de la iglesia.Y que es conocida también por dos hechos literarios. En esta plaza sitúa Vicente Espinel un pasaje narrativo de su obra picaresca Vida del escudero Marcos de Obregón: junto a un túmulo mortuorio que la iglesia tenía arrinconado bajo el arco para servirse de él con ocasión de los entierros, en una noche de martes de Carnaval, se desarrolla la anécdota del perro y el cencerro, que sería excesivamente cargante reflejar aquí. Por otra parte, la plazuela es punto de arranque de la novela de Pérez Reverte Limpieza de sangre, perteneciente a la serie del capitan Alatriste. En la puerta de la iglesia, hoy cerrada, el teniente Martín Saldaña encuentra a una mujer estrangulada con un bolsillo entre los dedos que contiene cincuenta escudos y una nota manuscrita con las palabras para misas por su alma.

Coloreros y Bordadores

Saliendo del pasadizo de San Ginés, a mano izquierda queda una pequeña calle en cuanto a extensión, también peatonal como las anteriores. Se trata de la calle Coloreros, cuyo nombre tiene su origen  el haber albergado las tiendas donde se vendían las pastillas para teñir las telas. Anteriormente llevó por denominación calle de los Zapateros de San Ginés, sin que sea necesario especificar las razones de la misma. También esta calle tiene su razón literaria. En este caso es Galdós el que hace referencia a ella en uno de sus Episodios Nacionales cuando ubica ahí una escuela en el reinado de Fernando VII. Se trata de una calle acogedora, simpática, hospitalaria y humilde, sin otras pretensiones que las de servir de enlace y paso de viandantes entre San Ginés y la calle Mayor. Al salir a esta última no se debe olvidar levantar la vista y leer la placa que al ayuntamiento ha puesto en la pared esquinera referida a la muerte por asesinato de don Juan de Tassis. El conocido por conde de Villamediana era tan buen escritor de sonetos amorosos como encantador de damas y aunque no en lo literario sí en lo donjuanesco podía competir con el propio Lope de Vega. Sus correrías y sus aspiraciones en el plano amoroso pasaron en un momento dado de lo que aconsejaba la lógica y el sentido común y esa pudo bien ser la razón de fondo para que sus días terminaran una noche de agosto de 1622 en la susodicha esquina, más o menos, cuando paseaba en coche de caballos junto al conde de Haro por la calle Mayor. Lo cierto es que fue todo un escándalo en el Madrid del Barroco. Se acusaba a Juan de Tassis de los más nefandos crímenes y se justificó su asesinato en la necesidad de evitar un juicio publico, Inquisición mediante, que hubiera puesto en almoneda la honorabilidad de la nobleza. Los historiadores parecen convencidos de que detrás del asesinato estuvo la mano del propio monarca Felipe IV y de su valido Conde-Duque de Olivares. Sus punzantes sonetos epigramáticos le habían granjeado todo tipo de enemistades y sus veleidades con las mujeres tampoco le habían ayudado en las relaciones sociales. Por ahí debieron ir, insistimos, los tiros de su desdicha. Lo cierto es que grandes plumas del momento levantaron su voz ante tamaño crimen, entre otras las de Quevedo, Góngora o Ruiz de Alarcón, aunque todo quedó silenciado por órdenes superiores, algo también típico de la idiosincrasia carpetovetónica. Cambiando el tercio, reflexionemos sobre el hecho de que el entorno de San Ginés no cuente con una calle dedicada al santo. Verdad es que el de Arlés puede presumir de iglesia, pasadizo y plaza y para qué más pero no es cierto del todo que no exista calle. Existió en su día y era la que hoy llamamos de Bordadores, cuyo nombre prevaleció en honor de los artesanos dedicados a este oficio y que allí estuvieron instalados desde los tiempos de Juan II de Castilla, “el muy prepotente” que escribiría por aquellas calendas don Juan de Mena en su Laberinto de fortuna. Los artesanos bordaron un manto a la reina María de Aragón y en justa correspondencia el monarca castellano les ofreció estos terrenos, entonces situados en el arrabal, para que instalaran sus negocios. Con el hijo de Juan II no hicieron tan buenas migas los bordadores. El mal llamado Enrique IV el impotente tuvo noticias de que su esposa, la reina Juana, había encargado un traje para regalárselo a don Beltrán de la Cueva. Para qué queremos más. Enrique ordenó a sus lacayos que transmitieran a los bordadores su disconformidad con el proyecto. Por supuesto que don Beltrán no recibió su obsequio una vez que los artesanos negaron ante el rey haber recibido tal encargo. A saber. La calle Bordadores desemboca en Arenal cerrando el semicírculo que comenzaba con la librería de viejo del pasadizo. Una calle muy cinematográfica en principio pues no en vano se recuerda el crimen presuntamente cometido en esta vía y reflejado en el film El crimen de la calle Bordadores. ¿En que lugar de la calle se cometió dicho asesinato? Pues en ninguno porque no existió tal crimen en dicha calle. La película que lleva este título fue rodada en 1946 bajo la dirección de Edgar Neville y se refiere al famoso crimen de la calle de Fuencarral acaecido en el inmueble situado en el actual número 95 de dicha vía, entonces el 107. Las razones de cambiar el nombre de la calle tenían que ver con lo que hoy llamaríamos no herir subceptibilidades. Pese a que el crimen se juzgó en su momento, las versiones sobre los hechos que llevaron a una criada de 28 a ser ejecutada a garrote vil por  asesinar presuntamente a una viuda acomodada y conocida en la ciudad por sus obras de caridad, diferían según quien los interpretara. Lo sucedido no quedó claro del todo en el considerado primer gran juicio mediático de la sociedad española. Grandes hombres de la política, de las letras y del periodismo se posicionaron ante un proceso que parece ser que desde el punto de vista formal dejó mucho que desear. Pero, a lo que íbamos, que no, que no fue la calle Bordadores escenario de ese crimen horrendo.

teatro Eslava

Fachada lateral del Eslava en el Pasadizo

Salón Eslava

Atrás dejábamos al internarnos en el pasadizo de San Ginés un local de ocio con tanto pasado como presente. Nadie desconfíe que nos hemos olvidado de la actual sala de fiestas Joy Eslava, un referente discotequero en el universo noctámbulo para las jóvenes generaciones y referente nostálgico para aquellos que participamos aunque con papeles muy secundarios en la comedia, sainete o drama llamado movida madrileña, allá por los años 80. Pero la historia de este local no se retrotrae a la inmediata noche al intento de golpe de estado de Tejero (1981) en que fue inaugurado con su denominación actual. Hay que remontarse al 30 de septiembre de 1871 en que el teatro Eslava abría sus puertas como sala de representaciones teatrales. Su nombre se debe a la iniciativa del empresario Bonifacio Eslava, hermano del famoso músico don Hilarión. Al margen del teatro, el llamado Salón Eslava adquirió prestigio y renombre gracias al café instalado en su interior, popularizado por su citación en la popularísima zarzuela La Gran Vía. El género chico fue en sus primeros años su especialidad. Sufrió reformas en 1912, 1950 y 1979 y tras su última reapertura, ya como Joy, se ha convertido en una megadiscoteca de referencia en la capital, asociada durante los últimos tiempos a la movida, cuyos protagonistas más importantes solían acudir con cierta regularidad al local, tanto por razones profesionales como para disfrutar del ocio con sus iguales. Parece que fue ayer y esto ya es historia, aunque sea con minúsculas.

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Publicado por en enero 16, PM en Entornos

 

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