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Plaza de la Cruz Verde

22 Ene

Nos adentramos en esta ocasión en el Madrid antiguo, el que comprende la segunda cerca o muralla, la denominada cristiana, construida por el rey Alfonso VII durante el siglo XII. Y haremos parada y fonda para disfrutar y deleitarnos con el espectáculo estético e histórico que nos ofrece una pequeña plazuela abierta a la calle Segovia, vía importante que en ese lugar comienza a empinarse y a exigir del flaneante inclinar el tronco hacia adelante y meter riñones en pos de Puerta Cerrada. El alto en el camino nos va a obligar a observar con detenimiento la plaza denominada de la Cruz Verde. Se trata de un pequeño recinto, con una fuente adosada a uno de sus lienzos y con dos calles de salida a derecha e izquierda, la del Rollo y la de la Villa. Enclave amable y discreto del que apoderarnos en las estaciones del año climáticamente más benévolas, incluso en las horas en que el sol aprieta con menos miramientos. Y es que se trata de un lugar tan recoleto que incluso durante el periodo de la reglamentaria y patriótica siesta es posible encontrar una terraza con la correspondiente sombra, donde saborear un denso café de sobremesa.El origen del nombre de la plazuela está claro, alude al símbolo o emblema de la Suprema Inquisición que solía encabezar las procesiones que se celebraban en las vísperas de un auto de fe. Dicha cruz solía ser transportada por familiares inquisistoriales hasta el lugar donde se debería celebrar el auto correspondiente. Sin embargo, las razones por las que plaza adquiriera tal denominación son más discutibles. Bien es cierto que se sabe que hubo una cruz de madera de ese color durante mucho tiempo en el sitio. Y que desapareció hacia mediados del siglo XIX. Eso si creemos a Mesonero que en su obra El antiguo Madrid refleja que dicha cruz “sirvió en el último auto general de fe de la Sagrada Inquisición y se hallaba colocada en el testero de dicha plazuela, en el murallón de la huerta del Sacramento donde ha permanecido hasta nuestros días en que ha caído a pedazos por el transcurso del tiempo”. Si nos atenemos al juicio de don Ramón la fecha del último auto de fe hay que situarla en 1680, en tiempos de Carlos II. Y dicha fecha entraría en contradicción con lo que afirma Pedro de Répide, quien a principios del siglo XX afirma que la cruz se colocó “como recuerdo de autillos inquisistoriales allí celebrados, habiendo sido el último en tiempo de Felipe II”. Por otra parte, no es lo mismo un auto de fe que un autillo. Mientras que en el primero se juzgaban, y habitualmente se condenaban, a numerosos acusados, en el autillo se solía poner en solfa a un solo reo y se celebraba en los tribunales de distrito. Dadas las medidas del lugar y la discrepancia en las fechas nos inclinamos a creer que se tratara de un simple autillo

Fuente de Diana Cazadora

Plaza de la Cruz Verde.www.ciao.es

Plaza de la Cruz Verde con la fuente de Diana al fondo. Foto http://www.ciao.es

Répide ya describe el rincón como “uno de los parajes más interesantes y bellos del Madrid antiguo, al que presta singular encanto la fuente monumental adosada a la tapia del huerto de las monjas del Sacramento”. Siguiendo fielmente los comentarios del insigne Ciego de las Vistillas dicha fontana, aunque tiene aspecto de mayor antigüedad, fue construida y colocada ahí hacia mediados del siglo XIX, cuando se suprimió la que estaba en Puerta Cerrada. Es más, la imagen de Diana que presidía esta última fue trasladada a nuestro rincón de hoy para a su vez encabezar y embellecer dicho conjunto. La idea de situar en ese paraje una fuente partió del Ayuntamiento, siendo alcalde el marqués de Santa Cruz, con el objetivo de dotar al barrio de suministro de agua potable. El diseño fue obra del arquitecto municipal López Aguado mientras que la Diana había sido diseñada en el siglo XVIII por los escultores Ludovico Turqui y Francisco del Valle. Sus materiales son el ladrillo y la piedra, tanto blanca como de granito, y el estar adosada condicionó su diseño, adoptando una estructura más cercana a la de las fuentes de caños que a la de columnas, más propias de los siglos XVII o XVIII. El conjunto consta de tres cuerpos: el central recoge el escudo de Madrid bajo el que aparece una inscripción con la fecha y el nombre del alcalde que aprobó su erección. Sobre el dintel destaca la estatua de Diana, diosa virgen de la caza y portectora de la naturaleza, vestida con túnica corta. Está esculpida en mármol blanco al igual que los dos delfines mitológicos que se encuentran a sus pies. Dos piñas ornamentales de piedra blanca flanquean el grupo. En su frente la fuente presenta cinco caños y sus aguas se depositan en tres pilones, uno frontal y dos laterales, todos rectangulares y construidos en granito. No abandonamos la plazuela sin recordar que en el número 1, que hace esquina con la calle de la Villa y a su vez vuelve a la calle Segovia, vivió el arquitecto Ventura Rodríguez, autor de numerosísimas obras en la capital. La vivienda perteneció en el siglo XVIII a Sebastián de Flores, maestro herrero de la Real Casa, con cuya hija, Josefa, estuvo casado el arquitecto que “poseyó por mitad esta casa y habitó en ella en el piso tercero”, según nos apunta Mesonero.

Estudios dela villa 5

Placa situada en el edificio donde estuvo el Estudio de la Villa. Foto pasionpormadrid.blogspot.com

Calle de la Villa

De la plaza de la Cruz Verde parten dos calles: la de la Villa y la del Rollo. La primera de ellas es sin duda más importante tanto por su extensión y anchura como por su historia. A ella hace mención Mesonero denominándola del Estudio de la Villa y es que en el número dos se levanta el inmueble que ocupó el denominado Estudio público de Humanidades que regentó el dómine López de Hoyos y donde el insigne manco de Lepanto, Miguel de Cervantes, asistió en calidad de alumno. En la obra titulada Historia de la enfermedad, tránsito y exequias de la serenísima reina doña Isabel de Valois, firmada por el sacerdote, se hallan algunos versos del inmortal autor del Quijote y que suponen su primer testimonio literario. Lopez de Hoyos nombra al alcalaíno como “mi caro y amado discípulo” aunque no lo debió ser tanto ya que fue expulsado en una ocasión por robar unas uvas de una parra en la vecina calle del Rollo y a la que nos referiremos a continuación. Cosas de zagales, sin duda, pero lo cierto es que López de Hoyos fue multado por no haber tomado medidas contra éste y otros discípulos en tan singular ocasión, y del enfado correspondiente tomó la decisión de apartarlo de su pupilaje. Días más tarde un regidor intercedió en favor de Cervantes, siendo readmitido nuevamente, según apunta Répide, porque el maestro apreciaba sobremanera el gran ingenio del muchado.Y ciertamente no iba descaminado el sufrido dómine. El Estudio cerró sus puertas al crearse el colegio Imperial y para contentar a López de Hoyos le nombraron cura de la parroquia de San Pedro y después de la de San Andrés, ambas cercanas al lugar. Y es que este buen señor, que vivió en Madrid desde 1511 hasta 1583, fue escritor y uno de los humanistas españoles más importantes de su tiempo. Catedrático de buenas letras, según la terminología de la época, es conocido por haber escrito varias obras sobre personajes, lugares o leyendas de Madrid y todos los estudiosos de la Villa y Corte han bebido en sus fuentes cuando han querido indagar sobre el pasado capitalino. Bien es verdad que sus escritos mezclan en ocasiones los hechos con las suposiciones pero con todo es apreciado por quienes son conscientes de la escasez de medios y posibilidades para llevar a cabo una rigurosa investigación histórica en aquellos lejanos tiempos. A él dedica Mesonero unos sabrosos comentarios a caballo entre la descripción y la censura, diciendo que el buen maestro Juan López destaca por “su patrio entusiasmo y su afición a lo maravilloso. Todos sus libros son por lo demás de tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y afectado estilo, que hubieran desaparecido por completo si la crítica moderna no hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le escaparon, sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época”.

Calle del Rollo 3

Vicaducto visto desde la calle del Rollo con la plaza de la Cruz Verde a derecha.artedemadrid.wordpress.com

Calles del Rollo y Segovia

Dejamos atrás la calle de la Villa y nos dirigimos a una vía, situada a mano derecha de la fuente desde la perspectiva que nos da mirar al frente, que lleva por nombre calle del Rollo, y que conecta la plazuela de la Cruz Verde con la no menos singular calle de Madrid en ascendente y serpenteante devenir. Sobre el origen del nombre hay oposición de criterios. El argumento más creíble es el que situaba en la antigüedad en esa rúa una picota de las que se utilizaban para colocar allí restos humanos de personas ajusticiadas, actos que tenían como objetivo servir de ejemplo al personal. Se trataba de columnas de piedra rematadas por una cruz y que todavía se pueden observar en muchas localidades de la geografía española a la entrada o salida de las mismas. Sin embargo Répide, tras subrayar la teoría anterior califica de absurdas otras como la de que se denominaba así por su configuración angosta y enrevesada o porque allí había aparecido un niño muerto envuelto en un rollo de esteras. Esta última pese a ser la más macabra también es la más literaria y la que más agradaría a aquellos a los que nos gusta echar a volar la imaginación. Pero los hechos son tozudos y debemos inclinarnos ante los mismos. Por último, nos vamos a ocupar de la calle Segovia, en la zona cercana a la plazuela de la Cruz Verde, para constatar que en las cercanías de esta confluencia se encontraban las denominadas huertas de Pozacho, que llegaban hasta donde hoy se encuentra el viaducto y en cuyas inmediaciones se ubicaban unos baños árabes. Pero extendernos más allá de nuestra coqueta plazuela será tarea de otra cita pues dicha calle Segovia tiene harina suficiente para llenar un sinnúmero de costales o entradas.

Cinco muertos

Finalicemos las referencias a la plaza de la Cruz Verde haciendo mención a un hecho luctuoso acaecido aquí en tiempos bastante más recientes que aquellos a los que hemos hecho mención a lo largo de nuestra perorata. El 6 de febrero de 1992 cinco personas mueren como consecuencia de la explosión de un coche bomba colocado en la plaza. El atentado fue obra de ETA y los casi 50 kilos de explosivo segaron insensatamente la vida de tres capitanes, el soldado conductor y un funcionario civil. Además, otras siete personas resultaron heridas de diversa consideración a resultas de la explosión de un Opel Kadett, que se produjo cuando pasaban pocos minutos de las ocho de la mañana y que hizo temblar un total de 16 edificios próximos al lugar de la deflagración, según relataron los periódicos del día siguiente. El testimonio de una persona que se encontraba cerca del lugar de los hechos nos permite tomar conciencia de los momentos que se debieron vivir: “de pronto pareció que se hundía todo. Todo se llenó de polvo.Nos figuramos que era una bomba. Fue un despertar terrible”.

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Publicado por en enero 22, PM en Entornos, Plazas

 

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