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Pedro de Répide Gallegos

23 Ene
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Pedro de Répide pintado por López Mezquita. Foto es.wikipedia.org

“Un hombre embozado en una capa de paño azul cruza como una sombra compacta la noche de Madrid. Su figura, alta y enjuta, se detiene a veces y gira levemente en derredor. Tras alzar la mirada ante la cartela de una vía pública, se aproxima a la luz de una farola y una mano emerge bajo el ropón para escribir con fugaz trazo sobre una libreta veloces anotaciones. Prosigue después su caminar en una dirección, impredecible, hacia la cual avanza con impetuosa firmeza”. Ese es el retrato que de Pedro de Répide Gallegos esbozaba Rafael Fraguas en el diario El País, el 15 de febrero de 2012, como complemento al anuncio de la séptima reedición de Las calles de Madrid. La obra no será la mejor desde el punto de vista literario pero seguro que es la que más prestigio y reconocimiento ha dado desde la posteridad a este madrileño de carnet y de corazón que entretuvo sus días dándole trabajo a la pluma, prácticamente desde el día que naciera en una calle tan castiza como la de La Morería, un 8 de febrero de 1882. Sus orígenes han dado mucho juego a las suposiciones, alimentadas en cierta medida por él mismo, que decía descender de la realeza chipriota y que jugaba al despiste alterando su segundo apellido y diciendo que era Cornagos, precedido por una Y un tanto pedantesca aunque medianamente aristocrática. Se desconoce quiénes eran sus padres, apuntándose en su día que incluso podía ser hijo bastardo de la reina Isabel II. El interrogante se lo llevaría a la tumba este vecino de la Villa y Corte, de pura cepa, que escribió una parte de su producción madrileñista bajo el pseudónimo de El ciego de las Vistillas, que cursó Derecho y Filosofía y Letras en la antigua Universidad Central de Madrid y que publicó sus primeros escritos a los 19 años, en los albores del Modernismo español. Posteriormente, viajaría a París para completar estudios en la Sorbona y allí también prestaría sus servicios como secretario particular de Isabel II, a la sazón en el exilio. Al morir la reina en 1904 vuelve a la capital donde se dedicará en cuerpo y alma a escribir y colaborará en todo tipo de publicaciones tanto periodísticas como literarias. Blanco y Negro, El Cuento Semanal, La novela corta, El Liberal y La Libertad, entre otras, verán estampada la firma de Répide en sus páginas. En esta última publicación comenzarán a aparecer en mayo de 1921 una serie de artículos bajo el título de Guía de Madrid  “interesantes, documentados, con buen humor y un apasionado amor por la capital”, a juicio de los críticos del momento. En ellos plasmará con luz y taquígrafos su auténtica pasión y el motivo de fondo de su carrera como escritor, es decir, la ciudad de Madrid. Los artículos estuvieron publicándose ininterrumpidamente hasta el 15 de noviembre de 1925, completando una disección detallista y pormenorizada de las más de mil calles -en concreto 1044- que componían el censo topografico de la capital en esa época. Ahí estaba el argumento de su obra principal mencionada anteriormente, Las calles de Madrid, que, sin embargo, no sería publicada como un todo hasta 1971, más de veinte años después de su muerte. Se trata de un callejero donde el autor deja constancia del origen de los nombres de las vías, sus leyendas, sus historias, sus tradiciones, sus anécdotas, los personajes célebres que han vivido en ellas y en definitiva cualquier dato que por curiosidad o por razones de más o menos peso pueda ser de interés para el lector. La obra es de culto y referencia hoy en día para quienes quieran/queramos acercarnos y conocer los secretos más íntimos de las rúas madrileñas. Como fuente de información es inagotable y casi siempre rezuma el añejo sabor de la tradición matritense, que nace con Mesonero y que tiene en Répide un digno seguidor, al que quizás no le haya tomado el relevo nadie con igual pasión. Madrid será el marco geográfico donde desarrolle el resto de su producción literaria que abarca desde artículos costumbristas – Del Rastro a Chamberí-, a novelas –Los cohetes de la verbena– o biografías –Isabel II-, siempre a caballo entre el Modernismo y el costumbrismo decadentista con influencias vanguardistas. Hablando de vanguardia hay que recordar a Rafael Cansinos Assens, vecino de Pedro de Répide, quien cruzándose con él en el inmueble de La Morería, le avisaba de que el ayuntamiento de Madrid se vería en la obligación de ponerle el nombre de ambos a sendas calles. Lo cierto es que sólo nuestro hombre podría hoy, si viviera, vanagloriarse de ello pues cuenta con una humilde rúa puesta a su nombre entre el paseo de Extremadura y la Vía Carpetana, más allá del puente de Segovia. No podemos olvidar que en 1923 el consistorio madrileño lo nombró cronista oficial de la Villa y Corte en razón a sus conocimientos del Madrid castizo y de la tipología popular de zonas tan tradicionales como Lavapiés, Chamberí o el Rastro.

La guerra, el exilio y el olvido

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Plaza del Alamillo en el barrio de La Morería. Foto es.wikipedia.org

Pero el destino no fue generoso con Répide como con tantos españoles, allá por mitad de la década de los años 30 del siglo pasado. Al poco de producirse el golpe de estado del general Franco decide abandonar su Madrid y su país, horrorizado por lo que ve. El camino del exilio lo iniciará en 1937 rumbo a Venezuela, vía Tánger y únicamente volverá a Madrid en 1947, poco antes de fallecer, solo, abandonado y en el más injusto de los anonimatos. Su homosexualidad no cabe duda de que tendría bastante que ver con ese darle la espalda la España de la posguerra, pues se trataba de un hombre que no había sabido, querido o podido esconder esa condición en tiempos anteriores. Rafael Cansinos Assens se atrevió en su día a describir las trazas que presentaba en público Répide y que de ninguna manera podían ser admitidas por la pacata y estrechísima moral franquista. Dichas palabras, de uno de los adalides de la vanguardia española, están tomadas de un artículo aparecido en el diario ABC, firmado por Asís Lazcano y publicado el 26 de diciembre de 1998, cuando se cumplían 50 años del fallecimiento de este topógrafo literario. Decía Cansinos que los compañeros de generación le miraban como se ve pasar a un fantasma, “solitario y evasivo, con traza de organillero, tras los chulos de los barrios bajos. Su cara empolvada, sus gestos amadamados, lo traicionaban”. En el mismo artículo Lazcano recoge palabras similares de González Ruano, quien lo describe como “gangoso, con voz de fonógrafo, divertido, ocurrente, oliendo a perfume barato y a churros de verbena”. Por último, Gómez de la Serna, el autor de las greguerías e introductor en España de los ismos, lo compara con un domador de leones, según refleja en su artículo el crítico de ABC. Hechuras que si hoy algo nos dicen es que se trataba de un hombre que tuvo que bregar contra mucha incomprensión y padecer la más rancia hipocresía social en carne viva. Pocos son los homenajes o adjetivos que ha recibido y aunque quizás sería excesivo situarlo en un lugar preferente en el olimpo de los dioses de la literatura del primer cuarto del siglo XX, no cabe duda de que al menos un humilde rincón se merecía, similar a aquel de la calle de La Morería, en el que, con paciencia de monje amanuense, al calor de una pequeña estufa y entre efluvios de tinta, se acomodaba y, sobre un atril, comenzaba a esbozar la biografía de la más insospechada vía capitalina.

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Publicado por en enero 23, PM en Perfiles

 

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