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Plaza de La Moncloa

30 Ene

Nadie conoce el lugar como plaza de Moncloa. El concepto de plaza como recinto abierto de encuentro no casa con este espacio. Sin embargo, esta es la denominación oficial que desde 1890 figura en los documentos oficiales. Su situación geográfica no es necesario consignarla aquí porque para cualquier vecino madrileño -de la capital o de la región- es un enclave conocido por su condición de cruce de caminos en la moderna ciudad, debido al intercambiador de transportes, que acoge cerca de un centenar de líneas de autobuses, que unen la capital con la zona noroeste de la Comunidad de Madrid. A ellas hay que añadir las del ferrocarril metropolitano que transitan por el subsuelo desde 1964 y la presencia en sus cercanías de la Universidad Complutense de Madrid. Todo ello da como resultado uno de los lugares más concurridos de la capital a cualquier hora del día aunque, bien es verdad, que siempre como área de paso y nunca de reposo o flaneo. Pero no sólo de relax vive el hombre actual. Mastodónticas infraestructuras en el subsuelo y no menos espectaculares en la superficie completan un entorno que por lo pronto llama la atención y el interés del paseante curioso y que aquí vamos a intentar desgranar, si bien no en profundidad, sí al menos con la intención de abrir una puerta informativa para quien desee escarbar e ir más allá de los superficiales datos que intentaremos ofrecer. En cualquier caso, se nos va a permitir que sigamos el protocolo habitual y digamos que esta plaza se encuentra en la zona oeste de Madrid, en su entrada por la carretera de La Coruña, técnicamente denominada Autopista A-6, que es prolongación de la calle Princesa y que hasta tomar la denominación actual llevó la del político decimonónico Antonio Cánovas del Castillo. La decisión de dar el nombre del malogrado político a un espacio más céntrico y acorde en su día con su importancia en el devenir de la España del siglo XIX, hizo que el lugar del que hoy escribimos tomara el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos donde se encuentra, los duques de Moncloa o Monclova. Nobles de rancio abolengo, cuyo título fue otorgado por Felipe III en 1617 a don Antonio Portocarrero de la Vega Enríquez. Siglos después, durante la guerra civil del 36, el lugar fue bautizado por los republicanos como plaza de los Mártires de Madrid, en honor a los caídos propios en la defensa de la ciudad, aunque una vez finalizada la contienda fue nuevamente reconocido el patronímico de los duques.

MODELO I AEREA

Vista aérea de la cárcel Modelo de Moncloa

Cárcel Modelo

Pero remontémonos atrás en el tiempo. No mucho. Situémonos en el último tercio del siglo XIX, cuando ya se había diseñado y desarrollado el ensanche de Madrid por el oeste, derribado el portillo de San Bernardino o San Joaquín y la vía que llevaba a las afueras había cambiado el nombre de camino de San Bernardino por el de princesa Isabel, la  popularmente conocida como La Chata. Al final de esa calle existía una explanada donde se levantó un edificio de unos 43.000 metros cuadrados que desde el 20 de diciembre de 1883 albergó a los reclusos de la capital. Se trataba de la nueva cárcel, la Cárcel Modelo. La inauguró Alfonso XII y los arquitectos que marcaron las líneas de su estructura fueron Tomás Aranguren y Eduardo Adaro. El proyecto partió del entonces ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, que llevó a la práctica la idea de solucionar con un solo y moderno recinto todas las necesidades penitenciarias de la capital. La nueva prisión sustituyó a la ya ruinosa del Saladero, situada en la actual plaza de Santa Bárbara, y si seguimos a Répide una vez más, tenía como función servir ya “de presidio único, desaparecidas las antiguas divisiones de cárcel de la Corte…/…Cárcel de la Villa, que se estableció contigua al Ayuntamiento y Cárcel de la Corona, para los clérigos, que se hallaba en la calle de la Cabeza”. Estaban, además, las del Santo Oficio y diferentes presidios en Recoletos, El Prado, Puerta de Toledo y Barquillo, sin olvidarnos de la Casa Galera, en la calle Quiñones. Se la llamó popularmente del abanico por la forma de su planta, con un cuerpo central del que arrancaban cinco galeras. Sobre el frontispicio de la entrada principal se podía leer la conocida máxima de Odia el delito y compadece al delincuente. Pero lo cierto es que no debió llevarse muy a rajatabla lo de compadecerse del condenado porque contaba con una plaza para ejecuciones públicas donde, entre otros reos de menor alcurnia, fue ajusticiada en 1890 Higinia de Balaguer, única condenada por el mentadísimo crimen de la calle Fuencarral. Fue la última vez que el verdugo hizo acto de presencia en un recinto que, unos veinte años después de su inauguración, protagonizó un escándalo mayúsculo cuando un veterano periodista, condenado por encubrimiento en el intento de asesinato de los reyes, en mayo de 1906, denunció las condiciones infrahumanas en las que vivían los presos. José Nakens se llamaba el plumilla y sus escritos hablaban de hombres y niños descalzos y hasta en cueros, catres desvencijados, jergones reducidos a la mitad, rotos, “ventanas de las celdas sin cristales con el frío que hace ya y que lo mismo ocurre con los grandes ventanales de las naves. Yo veo turbia el agua muchos días, otros mezclada con tierra y siempre, hasta cuando sale clara, despidiendo un olor nauseabundo”, clamaba Nakens. El impacto de estos artículos fue enorme y supuso cambios en la dirección y relativas mejoras en el trato a los reclusos. Despues vinieron años de anonimato para la Modelo y es necesario dar un salto en el tiempo, hasta la década de los años 30 del siglo XX, cuando la cárcel fue escenario de atroces fusilamientos por parte de los milicianos en los primeros meses de la contienda civil. Melquiades Álvarez, Julio Ruiz de Alda o Fernando Primo de Rivera, hermano del líder falangista, fueron, entre otros personajes de similar relieve, ejecutados en sus dependencias antes de que el recinto quedará prácticamente reducido a ruinas como consecuencia de los bombardeos sufridos, debido a su cercanía al frente de combate de la Ciudad Universitaria. Al final de la guerra fue definitivamente demolido y sus funciones pasó a cubrirlas la cárcel de Carabanchel, levantada al acabar la contienda fratricida.

Madrid_Ejercito_del_Aire

Cuartel General del Ejército del Aire

Cuartel general del Aire

Tras la guerra, el gobierno de Franco decide dedicar el recinto que había ocupado la prisión a sede del Ministerio del Aire, dentro de un proyecto de remodelación de todo el área que se bautiza como plaza de los Caídos por Madrid, aunque para todos los madrileños siga siendo Moncloa. Además del edificio ministerial se proyectan otras obras grandilocuentes, siguiendo las corrientes arquitectónicas de los regímenes totalitarios de la época. En esa línea se levantarán el futuro Arco de la Victoria y el monumento a los Caídos de La Moncloa, todos ellos formando parte del amplio proyecto ideado por el arquitecto Luis Gutíerrez Soto. Yendo por partes, diremos que en diciembre de 1943 se colocó la primera piedra del edificio que albergará al ministerio aéreo y que tendrá un indiscutible parecido con el monasterio del Escorial, lo que hará que los madrileños de la época, poniendo a mal tiempo buena cara y buscando siempre el lado humorístico de la vida, lo bauticen como el monasterio del aire. Entró en funcionamiento en 1954 sin ningún acto de inauguración oficial aunque no se finalizó hasta 1958. Con la llegada de la democracia y la desaparición del ministerio del Aire sus dependencias fueron ocupadas por el propio Ejército del Aire hasta la fecha actual. Cerca de este magno edificio y en la salida hacia la carretera de La Coruña el régimen franquista levantó un monumento que conmemora su victoria frente a los republicanos. Estamos hablando del Arco de la Victoria, un típico arco triunfal al estilo clásico construido entre 1950 y 1956. Mide unos 40 metros de altura y posee unas inscripciones latinas que recuerdan la victoria de los sublevados y la construcción de la nueva ciudad universitaria. Su interior está dividido en ocho plantas y guarda una maqueta de 25 metros cuadrados de la ciudad universitaria. Se pretendió en su día que su uso fuera turístico ya que las columnas de su interior son huecas y cuentan con unas escaleras que llevan a la parte superior transversal, apta en principio para exposiciones  y actos culturales. Pero ya se sabe, la ideología que encierra, unido a la pusilanimidad de los gobernantes municipales, lo ha llevado a un estado de abandono impropio de una ciudad civilizada. Como todos estos edificios relacionados con la dictadura franquista su futuro se nos antoja incierto pero lo único que no se debe permitir es que se conviertan en estercoleros, refugio de marginación o sencillamente almacenes de miseria. Bien. Dicho lo cual, terminemos este apartado de la historia con la referencia al edificio circular que se encuentra frente a la salida de la calle Moret y que no es otro que la actual sede de la Junta Municipal del distrito de Moncloa. Forma parte también del conjunto de monumentos construidos en nuestra plaza para conmemorar la victoria de los sublevados en la guerra civil del 36, en este caso para homenajear a los caídos en la batalla de la ciudad universitaria, que tantos muertos dejó en ambos bandos. En este caso los escrúpulos ideológicos se han dejado a un lado y afortunadamente el edificio tiene una función práctica, por más que las decisiones que en él se tomen no conecten con la sensibilidad de los vecinos de la zona, como suele ser cada vez más habitual en la relación entre gobernantes y gobernados. Completa el conjunto arquitectónico una torre situada a pocos metros del arco de triunfo, en dirección a la sierra. Hablamos de la pomposamente denominada Torre de Iluminación y Comunicaciones del Ayuntamiento de Madrid pero que todo el mundo conoce como Faro de Moncloa. Presenta una estructura de 110 metros de altura, construida en 1992. Un ascensor acristalado en su exterior conducía años atrás a los visitantes a un mirador situado a unos 90 metros de altura. Permanece cerrada desde 2005 por incumplir las normas de seguridad dictadas por el ayuntamiento y desde entonces los madrileños no pueden disfrutar de este singular, aunque estéticamente discutido, elemento urbano. En el mirador hubo durante un tiempo un restaurante desde el que disfrutar al calor de un café o un refresco de unas vistas maravillosas del entorno de la capital, especialmente las referidas a las puestas del astro rey más allá de la Casa de Campo. ¿Su futuro? Averígüelo Vargas. Promesas y proyectos por parte de los políticos hay algunas, hechos ninguno.

asilo San Bernardino

Asilo de San Bernardino pintado por Berruete

Asilo de San Bernardino

Pero dejemos este presente tan convulso incluso en lo que al entorno doméstico se refiere y antes de abandonar esta importante plaza, si no por lo coqueta sí al menos por su carácter de hormiguero humano durante la mayor parte del día… digo que antes de abandonarla definitivamente desviémonos un momento hacia la vecina calle de Isaac Peral para recordar un edificio que ya no está pero que durante mucho tiempo fue símbolo de la pobreza madrileña. Nos estamos refiriendo al asilo de San Bernardino, lugar de referencias tanto históricas como literarias y que se encontraba donde hoy el solar que acoge la residencia de profesores universitarios. O al menos ese era su uso hasta hace pocos años. En ese local, el marqués viudo de Pontejos, entonces alcalde de la Villa y Corte, ordenó la construcción de un asilo para acoger mil pobres de ambos sexos, financiado por el propio consistorio aunque también echando mano de la suscripción popular. El edificio había albergado anteriormente el convento de la orden descalza de San Pedro de Alcántara y había sido fundado en 1572 por el contador mayor de Felipe II, Francisco de Garnica. Se trataba de una pequeña iglesia situada en aquellos tiempos fuera de la ciudad, en el antiguo camino de San Bernardino. Una vez en funcionamiento se instalaron talleres de diversos oficios para que los allí acogidos pudieran trabajar. Funcionó hasta 1907 en que fue clausurado a causa de la carencia de donativos y como consecuencia del lamentable estado de abandono del inmueble. Parece ser que ninguna institución pública se sintió aludida en cuanto a responsabilidad en ello, pese a depender del ayuntamiento madrileño. Los pobres tuvieron que marchar a locales provisionales hasta que en 1910 se construyó el asilo de La Paloma, situado en los solares donde hoy se eucuentra el IES de Enseñanza Secundaria del mismo nombre, en la calle Francos Rodríguez. No debe olvidársenos decir para finalizar que el asilo de San Bernardino es repetidamente citado por Galdós y que echando a volar nuestra memoria y nuestra imaginación podemos ver a personajes de sus novelas que se lamentan de su suerte y aluden a San Bernardino como último puerto de sus míseras vidas. En nuestro recuerdo está Benina, la protagonista de Misericordia, que es conducida por las fuerzas del orden a dicho asilo, después de ser detenida cuando mendigaba a las puertas de San Justo. A su lado, el moro Almudena corre el mismo camino de forma voluntaria, con tal de no separarse de su amri, protectora y fiel ángel de la guardia.

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Publicado por en enero 30, PM en Entornos, Plazas

 

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