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Archivos Mensuales: febrero 2014

Calles Sacramento y San Justo

El paseo de esta entrada será pequeño en cuanto a extensión en metros pero grande por los valores históricos y artísticos que encierran los edificios civiles y religiosos que se encuentran a lo largo de las calles Sacramento y San Justo. Partiremos de la calle Mayor y pretil de los Consejos y llegaremos hasta Puerta Cerrada. Entre esos dos puntos neurálgicos del Madrid de los Austrias se extienden estas dos vías que son la una prolongación de la otra y que se encuentran separadas por la plaza del Cordón. Es mucha la tela histórico-artística que hay que cortar por lo que será conveniente más que nunca que transitemos de la mano de nuestros dos habituales y avezados asesores matritenses de lujo, que no son otros que Ramón de Mesonero y Pedro de Répide. Su Madrid Antiguo y su Calles de Madrid, respectivamente, nos serán hoy aún de mayor utilidad si cabe para ilustrar nuestro flaneo e intentar no pasar de largo por esta vía, con dos denominaciones en la actualidad pero que en una época anterior se denominó toda ella de Santa María o de los santos Justo y Pastor o sólo Sacramento. Las dos diferentes denominaciones actuales son de finales del siglo XIX. En fin, un galimatías histórico-topográfico que aquí intentaremos que quede algo más claro para que no nuble la clara percepción del tema por parte de los posibles lectores.

Calle Sacramento

Nuestro Curioso Parlante la llama Sacramento en toda su extensión y pone su primer acento en el carácter plano de la misma, en una zona donde se suceden pretiles, costanillas, escalinatas y demás, “la primera y tal vez la única del Madrid antiguo que iba por terreno llano en una regular extensión”. En sus orígenes no debió tener mayor importancia que la de estar formada por un caserío insignificante “que desapareció sin dejar rastro alguno de su existencia para dar lugar a otras construcciones más importantes en los siglos XVI y XVII, con destino a casas principales de algunas familias de la nobleza”. Antes de dejar atrás su arranque en la plazuela de los Consejos hay que detenerse en lo que hoy es la Catedral Arzobispal Castrense pero que anteriormente albergó el convento de las Religiosas Bernardas del Santísimo Sacramento, del que tomó la calle el nombre que hoy ostenta. Dicho convento y el subsiguiente templo religioso fueron fundados por el duque de Uceda, el del contiguo e inmediato palacio, a principios del siglo XVII. En 1615, en concreto, don Critóbal Gómez de Sandoval, a la sazón duque de Uceda, “trajo las primeras monjas del monasterio de Santa Ana de Valladolid, con licencia de doña Ana de Austria, abadesa perpetua de Las Huelgas de Burgos, sometiéndolas a la filiación del cardenal arzobispo de Toledo”. El templo, de estilo barroco, se acabó de construir en 1744 y se trata de un edificio religioso de una sola nave y según el criterio de Répide, “muy capaz, con sus cruceros, presbiterio y media naranja, atrio y lonja. La traza es de Andrés Esteban y las pinturas al fresco en las pechinas y bóvedas truncadas son de Luis Velázquez”. Al margen del valor del retablo mayor, Répide destaca el hecho de que al ser derribada la vecina y tradicional iglesia de Santa María, en la calle Mayor, fue trasladada “esa inmemorial parroquia a esta iglesia del Sacramento, así como las antiquísimas imágenes de la Almudena y de la virgen de la Flor de Lis”. Digno de dedicarle una visita pues se trata de una iglesia que sorprende por su riqueza artística. En 1980 fue adquirida por el Ministerio de Defensa que la rescató del abandono en el que se encontraba y la rehabilitó, al punto de que dos años más tarde fue declarada monumento artístico nacional.

Casa de Cisneros

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Fachada de la Casa de Cisneros. Foto http://www.unaventanademadrid.com

Nos adentramos ahora ya sí por la rectilínea calle en dirección a la plaza del Cordón, en cuyos aledaños nos encontramos con el recuerdo de uno de los edificios de más importancia tanto en lo material como en lo histórico. Se trata de la casa de Cisneros. Palabras mayores, por lo que es necesario hacer mutis y dejar la palabra a Ramón de Mesonero para que nos ilustre acerca de su trascendencia: “descuella sobre todas las demás (casas de la zona) la construida a principios del siglo XVI por el cardenal fray Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo y regente que fue del reino, que está situada en la acera derecha de dicha calle…/…debió servirle de residencia casi todo el tiempo que tuvo a su cargo la gobernación del reino, dándola cierto carácter de corte que después continuó el Emperador, y de que la revistió por último, su hijo Felipe II, sino que quiso vincularse en ella su casa y familia, fundando aquel suntuoso palacio y amayorazgándolo en cabeza de su sobrino don Benito Cisneros”. Este sobrino -ya se sabe, todos los padres tienen hijos menos los curas que tienen sobrinos, que decía Manuel Machado- enlazaría años después con los Guzmanes y Ladrón de Guevara. En el siglo XVIII fue adquirida por la Hacienda pública para colocar en ella el Supremo Consejo de Guerra aunque ya en los tiempos en que escribe Mesonero había pasado a manos privadas nuevamente. Famoso es el balcón de la fachada sur que da a esta calle Sacramento y que erróneamente fue considerado como el que señala la tradición ser aquel al que se asomó Cisneros para mostrar a los nobles la artillería que tenía en la plaza y responderles aquello de “estos son mis poderes y con ellos gobernaré hasta que el príncipe venga”. Tanto Répide como Mesonero y otros historiadores descartan la veracidad de tal anécdota por razones tan claras como las que apunta este último al afirmar que “ni dicho balcón daba ya vista al campo y sí a la parte más poblada entonces de la villa, ni acaso existía todavía aquel palacio, ni, en fin, aunque existiese, se aposentó en él el regente del reino y sí, como dijimos, en el de don Pedro Lasso de Castilla, contiguo a la parroquia de San Andrés”. Lo que sí se atreve a afirmar, en este caso Répide, es que el mentado balcón al que se hace referencia “es una de las más interesantes curiosidades artísticas del Madrid antiguo y en su labor, de estilo plateresco, llena de primor y de elegancia, anduvo sin duda la mano de Berruguete, que por aquella fecha trabajaba en Madrid colaborando en la construcción de la capilla del Obispo”. La casa de Cisneros es también conocida por haber servido de prisión al secretario de Felipe II, Antonio Pérez, acusado del asesinato de Juan Escobedo, y entre cuyos muros sufrió tortura antes de escapar ayudado por su esposa, doña Juana Coello y Bozmediano, el miércoles santo de 1590, “marchando a sublevar a su favor al reino de Aragón y ocasionando la famosa guerra que acabó con los fueros de aquel reino”, apunta Mesonero. Dejamos atrás la vivienda del cardenal y la plaza del Cordón, que actúa de línea divisoria entre las dos vías, y entramos en la calle San Justo no sin antes hacer una minúscula referencia al palacio que lleva el nombre de la plaza y cuya construcción data de finales del siglo XVII, siendo su primer dueño Cristóbal de Alfaro. Dejamos constancia de que entre sus paredes vivieron políticos de la talla de Manuel Becerra y el que fuera alcalde de Madrid, Alberto Aguilera.  Y advirtamos que no se puede confundir este palacio del Cordón con la antiguas casas del mismo nombre, a las que se refiere la historia y que estaban situadas enfrente del actual palacio, pared por medio con las de Cisneros. Aquellas fueron residencia habitual de los condes de Puñonrostro y a las que se refiere Mesonero diciendo que la edificación era la misma “que ha sido demolida hace pocos años por su estado ruinoso y que en su tiempo era suntuosa y estaba magníficamente decorada por la orgullosa esplendidez de aquel arrogante ministro”. Ahí también estuvo primeramente preso el secretario Pérez e intentó la fuga descolgándose por una tribuna que comunicaba con la iglesia contigua de San Justo, aunque en esta ocasión le echaron el guante y lo entrullaron a modo.

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Frontal convexo de San Miguel. Foto es.wikipedia.ogr

Calle e iglesia de San Justo

Pero encaminémonos ya sin más dilación a la calle de San Justo, por más que el flaneante tenga la sensación de no haber cambiado de rúa. Pasamos por donde estuvieron las casas de Iván de Vargas, el que fuera patrón de San Isidro. La edificación, de los siglos XVI y XVII, fue derribada en el año 2002 por su mal estado de conservación aunque desde hace un par de años está nuevamente en pie, ahora reformada, para ser utilizada como dependencia municipal. Más adelante, nos encontramos inmediatamente con la iglesia de San Miguel, llamada Basílica Pontificia, cuya construcción data de 1745 y que cuenta desde el exterior con el atractivo de una fachada convexa, única en el barroco madrileño, que se debe a la pericia del arquitecto piacentino Santiago Bonavía. Lamenta Mesonero que no luzca un poco más esta portada, “lástima que la estrechez de la calle en que esta situado el templo no permita la vista a su elegante fachada, con dos torres laterales y de una considerable elevación”. La basílica en cuestión se levanta sobre el solar que ocupara la anterior iglesia de los santos Justo y Pastor, construida en una fecha anterior al siglo XIII y que fue víctima de un incendio que la destruyera en 1690. Pedro de Répide hace una prolija descripción del desaparecido templo y, entre otras cosas, nos cuenta que escudos con armas reales ornaban su techumbre, que bajo sus losas fueron enterrados apellidos tan importantes como los Coallas, Lagos y Lujanes y que contaba con una capilla con las armas de los Cisneros. Además, había una talla de la virgen “llamada de la Cabeza, muy antigua y de mucha devoción” y ante la que sucedió la famosa leyenda del joven que miró al párroco mientras comulgaba un jueves santo. Es sobradamente conocido que vio la cara del sacerdote deformada, pálida y mortecina, que salió huyendo rápidamente de la iglesia en el momento en que el oficiante le intentaba colocar la hostia en la boca y que al llegar a su casa y mirarse en el espejo contempló su rostro con las mismas penosas características que poco antes había visto en el del cura. El donoso mancebo falleció poco después y mientras unos consideraban que se trataba de un milagro y que la virgen de la Cabeza se lo había llevado a su seno, otros decían que de lo que se trataba era de un castigo divino. En fin… la leyenda del templo de San Justo. Pero prosigamos por terrenos más prosaicos y menos resbaladizos arguyendo que la actual basílica heredó la denominación de la derribada en donde hoy se ubica el mercado de San Miguel, en los alrededores de la plaza Mayor y junto a la cava del mismo nombre. De ella podemos decir que fue erigida por el infante Luis Antonio Jaime, arzobispo de Toledo y que al margen de su afamada fachada, su interior es de planta de cruz latina decorada con pilastras y con unos capiteles muy interesantes. La capilla mayor forma ábside y en el centro cuenta con un cuadro grande de medio punto en el que pintó José del Castillo a los dos santos niños ante el tirano Daciano. Decir que en 1763, Ventura Rodríguez proyectó un retablo mayor que no llegó a ejecutarse. Otra pintura al fresco en la bóveda reproduce el motivo de los santos niños y el tirano y tanto la mesa del altar como la cúpula o los dos retablos del crucero, o las esculturas, merecen una visita inmediata. Finalizaremos este repaso a los tesoros artísticos del templo de San Miguel diciendo que a ambos lados de la entrada hay dos puertas menores que comunican con una espaciosa cripta. Contiguo a la iglesia se encuentra el palacio episcopal, también edificado por los cardenales infantes don Luis y Lorenzana, con el objetivo de que en Madrid tuvieran residencia propia los arzobispos de Toledo, cuando aquí sólo había vicario y no diócesis. Y siguiendo adelante, cerca ya de la plazuela de Puerta Cerrada, nos acordamos que aproximadamente por estos pagos se encontraban a principios del siglo XVI las casas del matadero de Madrid. En definitiva, corto pero denso paseo por una rúa preñada de historia, severa de aspecto, con pretensiones heráldicas, como apunta Mesonero al cerrar el capítulo dedicado a la misma, y “sin que ni una sola tienda de comercio, símbolo de animación y movimiento de la moderna villa, haya venido todavía a interrumpir aquel grave continente de sus fachadas austeras y monótonas. Su inmediación a la casa de  los Consejos y tribunales superiores, su apartamiento del  bullicio mercantil y cortesano y la espaciosidad y clásica distribución de aquellos vetustos caserones, les hicieron muy propios para albergar, después de la nobleza del siglo XVII, a la alta magistratura del siguiente y del actual; y muchos nombres célebres en aquella, señalados en los fastos de nuestro foro, figuraron en la calle del Sacramento, tales como los Mazacanes, Rodas, Tovares, Campomanes y otros muchos, hasta los últimos gobernadores de Castilla, Martínez de Villela y Puig-Samper, que en ella vivieron y murieron”. Tal como describiera con estas palabras, ya va para dos siglos, Ramón de Mesonero, ese tramo comprendido entre los Consejos y la plaza de Puerta Cerrada, es hoy una calle que afortunadamente tiene más historia que presente, porque sigue ajena al bullicio mercantil y a las tiendas de comercio, que en el peor de los casos, de haberlas hoy, no serían tabernas o bazares sino algún negocio de comida rápida, galería comercial con cartel luminoso en inglés o teatro para acoger algún musical comercial y hortera. Mejor para todos, incluido don Ramón, que su descripción todavía se asemeje a la realidad actual.

 
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Publicado por en febrero 27, PM en Calles

 

Príncipe de Anglona: jardín, palacio y calle

Uno puede flanear por la calle Segovia en sentido ascendente o descendente y no enterarse de su existencia. Puede subir la costanilla de San Andrés y, si no se echa la vista a la izquierda, seguir tan ricamente sin saber lo que se pierde. Puede girar a la izquierda y penetrar por una corta rúa en dirección a la iglesia de San Pedro el Viejo sin percatarse de su presencia. Incluso el habitual despiste del flaneante puede llevarle a bajar desde la plaza de la Paja y pasar de largo envuelto en los recuerdos del palacio de Vargas, o de la iglesia de San Andrés, o de la historia que envuelve los edificios donde antaño se levantaran las casas de los Lasso de Castilla. Por su mala cabeza puede este descuidado paseante quedarse sin disfrutar de una pequeña gran joya arquitectónica y de un entorno por el que ha caminado distraído ya más de una, y dos, y hasta tres tardes. Lo tendrá bien merecido. Pero la suerte suele acompañar no sólo a los audaces, sino también a quienes habitualmente el bosque de la inmensidad de tesoros que esconde la topografia matritense no le deja percibir la belleza de los numerosos árboles concretos que constituyen esa unidad de belleza artística e histórica global a la que se refiere aquel sustantivo colectivo. Suerte que a veces la reconvención cariñosa de una abuela a un tierno aunque pertinaz infante, que se encuentra jugando a la puerta de un pequeño jardín, impidiendo el paso de circunspectas personas adultas, hace que el desorientado caminante gire la vista a la derecha y se encuentre con un portillo por el que entra y sale gente, mapa turístico en mano, en un ir y venir, si no continuo, al menos goteante. Y eso es lo que le ocurrió a quien estas cuartillas virtuales emborrona en estos momentos, al dejar atrás la plaza de la Paja con intención de enfilar calle Segovia en dirección a Puerta Cerrada, después de disfrutar de los secretos de la iglesia de San Andrés una reciente tarde de invierno cuando ya los escasos rayos de sol del mes de febrero hacían por esconderse más allá del viaducto de Bailén. Donde fijó su mirada el paseante, a continuación de observar la regañina de la abuela, fue en un aparente panel turístico del Ayuntamiento de Madrid, situado a la izquierda del mencionado portal. Lo que leyó allí era que se encontraba ante un conjunto ajardinado, minúsculo, pues apenas si ocupaba una pequeña parcela de poco más de 500 metros cuadrados, y que llevaba por nombre Príncipe de Anglona. Igual que el recién enamorado cada día se sorprende de las dulzuras de la nueva relación, el Isidro reciclado en flaneante tiene la suerte de que prácticamente todo en Madrid le viene de nuevo y en cada esquina encuentra un motivo de admiración. Y como fogoso enamorado tambíen él busca las delicias y las agradables sorpresas que trae consigo el contacto con las flechas de Cupido. Y se dispone a buscar información del lugar. Y se da cuenta que se trata de un enclave relativamente desconocido para el gran público pero que merced a curiosos que le precedieron acumula información suficiente para no parecer pedante, por una parte y, por otra, entretener la tarde de algún despistado lector, sin empalagar en demasía. Y se dispone a contar algunas generalidades aderezadas con algún detalle más por lo menudo de este parque que, si bien no pasará a la historia por sus dimensiones sí lo hará por el encanto y mimo que destila.

Jardines de Anglona

Los jardines de Anglona, un remanso de paz en pleno corazón de la Villa y Corte

Construido en el siglo XVIII

La historia de este jardín colgante rectangular arranca de la mano de la construcción inicial del hoy palacio del Príncipe de Anglona, del que es prolongación, en 1530 y que fue residencia del consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos I, Francisco de Vargas. Sin embargo, el recinto ajardinado, en su diseño actual, aparece en el siglo XVIII al trazarse uno de los laterales de la casa palaciega. Se trata, como decíamos líneas atrás, de una superficie muy escasa para un parque, alrededor de 500 metros cuadrados, cuyo perímetro está cercado mediante una tapia de ladrillo que lo protege de las vistas del exterior, lo que hace que, dependiendo del lugar por el que se transite, pase desapercibido para los muchos paseantes que desde la calle Segovia suelen acceder a un lugar tan preñado de historia como es la plaza de la Paja. Algunos tramos de la tapia están protegidos por una celosía que le da un realce especial al conjunto del parque, que está dividido en tres áreas claramente diferenciadas, según reza en sendos carteles informativos colocados uno a la entrada y otro en el interior del recinto. Que dicho sea de paso contribuyen a hacer mayor el disfrute del visitante al aunar teoría y praxis. Como decíamos, tres son las zonas en las que claramente se divide el cuasi regular cuadrado que envuelve al solar. El cuerpo central es el más importante. Está dividido en cuatro cuadrantes entre los que se abren varios caminos, enladrillados y aparejados a sardinel. En la intersección de los mismos se erige una fuente de reducidas dimensiones, en consonancia con la superficie total del parque, labrada en granito. Está formada por una columna y una taza, que presentan relieves en espiral cual columna salomónica. Junto al lienzo que corre paralelo a la calle Segovia se extiende un leve paseo arropado por una pérgola a la que trepa y se enreda una rosaleda. Más allá, al final de la tapia paralela a la costanilla de San Andrés, se alza un cenador de hierro, que completa la tercera de las áreas distinguidas. Todo aquí es de dimensiones limitadas, lo que no merma su belleza y encanto sino que contribuye a realzarlos en la más pura tendencia rococó, entendida como imitación barroca pero en reducidas medidas. Vamos, lo que hoy llamamos minimalismo, si se me permite esta licencia seguramente anacrónica. En cuanto al apartado botánico, el jardín combina árboles de grandes dimensiones con pequeños parterres, delimitados por setos de boj y con plantaciones de pradera, configurando un conjunto de gran colorido y frondosidad con acacias, un plátano, una higuera y una masa de ailanthos, que en las épocas más calurosas generan una espesa y agradecidísima sombra y recrean en su interior un jardín asaz romántico. Los bojs forman setos a lo largo de los caminos reforzando el trazado. A su vez, los bérberis, madroños, hydrangea y syringa componen el nivel arbustivo y también tienen su espacio frutales como granados, kakis o almendros, tan habituales en los jardines de la época en que se diseñó. Remata su encanto el hecho de estar construido sobre un terraplén artificial en estructura colgante, que le permite salvar el desnivel existente entre la plaza de la Paja y la calle de Segovia. Con todo ello el recinto se ofrece ante el soprendido visitante como un remanso de paz en el apretujado y denso conjunto monumental que presenta la Villa y Corte por esta tradicional barriada, encerrada en los límites de la primera ampliación del perímetro capitalino, allá por el siglo XIII. El jardín lo esbozó en 1761 el diseñador de planos francés Nicolás Chalmandrier, quien propuso una pequeña zona de recreo de estilo neoclásico con toques característicos de los jardines hispanoárabes. Pero su estructuración actual la llevó a cabo a principios del siglo XX  el pintor y diseñador de jardines de origen flamenco, aunque sevillano de nacimiento, Javier de Winthuysen por encargo de los entonces propietarios marqueses de la Romana. A lo largo del siglo XX ha pasado por diversas vicisitudes, del progresivo abandono a la exposición a la voracidad especulativa, hasta que en 1978 pasó a manos del Ayuntamiento que lo rescató para uso vecinal. Desde 2002 está abierto al público una vez reconstruido todo el conjunto. Aun así, la polémica no ha estado exenta pues parece ser que no se respetó en su totalidad el diseño de Winthuysen y algunos elementos están cambiados de lugar.

PPe anglona

Aspecto del príncipe de Anglona

Palacio del Príncipe de Anglona

El jardín está, como decíamos al principio de nuestra exposición, unido indisolublemente al palacio del Príncipe de Anglona, quien no era otra persona que Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Alfonso-Pimentel, que además del principado por el que es más conocido también ostentaba el título de marqués de Javalquinto. Habitó el contiguo palacio en el siglo XIX aunque muchos han sido los insignes propietarios que han ocupado sus estancias y han paseado por el jardín a lo largo de la historia del mismo. Entre ellos cabe destacar por su importancia al undécimo conde de Benavente, Antonio Alfonso Pimentel y Herrara Ponce de León, quien obtuvo la propiedad por matrimonio con Isabel Francisca de Benavente, hija de los marqueses de Javalquinto y Villarreal. Ramón de Mesonero también tiene su momento de atención para el palacio y el jardín en su Antiguo Madrid y se refiere al recinto botánico, subrayando especialmente el carácter de parque colgante, al mencionar la manzana contigua a la iglesia de San Pedro, a la que acaba de describir. Escribe Mesonero que se trata de la manzana 132, entre la calle llamada Sin Puertas y la de Segovia, que “la forma también exclusivamente la casa que hoy pertenece al señor marqués de Javalquinto, príncipe de Anglona, y anteriormente fue de los condes de Benavente y también de la familia de los Vargas y Sandoval; considerable edificio, notable también por el jardín que tiene contiguo, fundado sobre fuertes murallones, entre la plazuela de la Paja y la calle de Segovia y resultando dicho pensil por el desnivel del terreno, a la altura del piso principal de la casa”. Del palacio actual podemos decir que su moderna erección tuvo lugar entre 1675 y 1690 y que como curiosidad no debemos dejar de apuntar que sus bajos acogieron unos túneles secretos que lo comunicaban con el Palacio Real. Su primera reforma la llevó a cabo Vicente Barcenilla hacia 1776 y más tarde, a principios del siglo XIX, Antonio López Aguado lo adaptó a la moda neoclásica del momento. Actualmente acoge viviendas particulares aunque en su planta baja están instaladas diversas dependencias municipales, en concreto del Instituto Madrileño de Formación. Está situado en la calle que da nombre al príncipe palaciego pero que antaño llevaba como decía Mesonero la denominación de Sin puertas. La razón de ello la apunta Pedro de Répide en su socorrida obra Calles de Madrid. Decía allá por 1920 quien fuera biógrafo de Isabel II que se abrió una calle “entre las casas que fueron del duque de Osuna, luego del marqués de Javalquinto y actualmente del marqués de la Romana y las que fueron de Francisco de Vargas, formando parte del mayorazgo de los marqueses de San Vicente del Barco. Para facilitar la comunicación con la plaza de la Paja, los dueños de aquellas fincas cedieron terreno a la Villa, sin abrir puerta alguna por aquel lado, de lo que tomó su primera denominación”. El príncipe de Anglona es reconocido por haber tomado parte en la guerra de la Independencia contra los franceses y haber participado en las batallas de Tamames y Consuegra donde, a juicio de los historiadores, dio muestras continuas de serenidad y valor. Pedro de Alcántara habia nacido en Zamora en 1776, siendo el hijo menor del undécimo duque de Osuna y de la duquesa-condesa de Benavente. Su familia fue asidua de Francisco de Goya y aparece en el cuadro que el genial sordo aragonés realizó a la familia y que se conserva en el museo del Prado. Al margen de sus méritos en el ámbito militar hay que decir que dirigió el museo del Prado durante el trienio liberal entre 1820 y 1823. Fernando VII necesitaba a un aperturista para llevar las riendas de la pinacoteca. Sustituía a su cuñado el marqués de Santa Cruz y se trataba de un hombre que cultivó también la pintura. Había sido nombrado académico de honor por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución de la que sería director en el momento de su fallecimiento en Madrid en 1851, a la edad de 75 años. Persona, por tanto, inmersa de lleno en la vorágine que vivió la nación durante la primera mitad del siglo XIX y muy en consonancia con la mentalidad dieciochesca y liberal, habitual entre la aristocracia de la época. Anglona fue uno más de los protagonistas del despertar de los españoles a las libertades constitucionales y uno de los que puso a la nación en la senda de la modernidad.

 
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Publicado por en febrero 26, PM en Entornos

 

El maestro López de Hoyos

El nombre y los apellidos de este madrileño nacido en 1511 les suenan más o menos a todo el mundo. A los más comunes de los mortales porque hay calle y glorieta en la Villa y Corte. A otros algo más formados, porque los primeros versos que publicó Cervantes están asociados a éste, su maestro. Quien haya arañado algo más en la historia matritense los unirá al Estudio de la Villa de Madrid, donde fue catedrático. Habrá incluso quien llegue un poco más lejos y sepa que fue párroco de la iglesia de San Andrés, esa que está situada junto a la plaza de La Paja, cerca de la que fuera vivienda de San Isidro y donde permaneciera sepultado el cuerpo del santo durante algún tiempo. Quienes, lo conocerán por sus publicaciones sobre la muerte de la reina Isabel de Valois, el príncipe Carlos o la llegada a España de la después también reina Ana de Austria. Por último, algunos habrán llegado a él a través de los sabrosos y paternalistas comentarios que Ramón de Mesonero hace de este hijo de herrador, en cuanto a ser considerado uno de los primeros historiadores de la capital. Pero poco más podemos decir de él y sin embargo, hay que insistir en que nos encontramos ante una figura importante de la historia lejana del Madrid del siglo XVI, durante el que desarrolló su labor en diversos ámbitos de la vida madrileña, eso sí, siempre ligado a la cultura, fuera desde la perspectiva de voluntarioso historiador y cronista capitalino, fuera como docente, fuera como religioso o fuera como simple humanista, algo que no era moco de pavo durante la centuria en que le tocó en suerte o en desgracia vivir. No cabe duda que los eruditos sabrán bucear en la biografía del dómine López de Hoyos y encontrar el dato que hace subir la adrenalina después de mucho escarbar pero, al margen de ello o por ello mismo, choca encontrar un nombre tan sonoro para el gran público como desconocido en cuanto a la personalidad de quien tras él se esconde. Por no haber, no hay de Juan López ni un miserable cuadro que nos dé una idea de sus características físicas. O al menos al alcance de la mano. En cualquier caso, intentaremos estirar los escasos datos biográficos que tenemos y analizar los que han hecho que hoy día su prestigio haya crecido, sobre todo entre quienes se acercan a la historia y geografía madrileña, sea con interés histórico o simplemente como fórmula para llenar un tiempo de ocio de forma gratificante

López de Hoyos en San Andrés

Placa al dómine en San Andrés. Foto Escultura y Arte

Maestro del autor del Quijote

Centrándonos en los poquísimos datos públicados de su biografía, al margen de su origen madrileño hay que decir que sus padres se llamaron Alonso López de Hoyos y Juana Santiago y que sólo sabemos de ellos que el progenitor era herrero. Tras ordenarse sacerdote, Alonso y Juana le cedieron una vivienda situada en el entorno de Puerta Cerrada, casa que más tarde legó en herencia a un sobrino suyo de nombre Gabriel y con sus mismos apellidos. Fue un hombre de una gran cultura, conocedor de la Antigüedad clásica, la Historia y la Epigrafía ya desde sus años de juventud y formación. Se sabe también que fue catedrático del Estudio de la Villa desde que ganara su oposición en enero de 1568, sucediendo  al escritor, humanista, lexicógrafo, ortógrafo y simpatizante de Erasmo de Roterdam, Alejo Venegas del Busto, a la sazón preceptor de Gramática en dicho Estudio. Se sabe también, y este es el dato que más popularidad le ha dado, que en las aulas de la calle de la Villa fue maestro de Miguel de Cervantes Saavedra, bastante tiempo antes de que el futuro Manco de Lepanto se convirtiera en genio de la literatura española. En la obra publicada por el dómine sobre la muerte de doña Isabel de Valois en 1569 aparecen un soneto y varias redondillas cervantinas, aunque a los historiadores y estudiosos de Cervantes les chirría el dato de que a un hombre de pelo en pecho -Cervantes había nacido en 1547- lo calificara de discípulo cuando ya estaba en edad de visitar bodegones y tabernas de la calle de Toledo para jugar al tute o echarse al coleto un azumbre de vino de San Martín de Valdeiglesias. Coincidiendo más o menos en el tiempo con su nombramiento de catedrático, el Ayuntamiento de Madrid lo había designado para componer los epitafios, alegorías, historias y jeroglíficos -en la terminología de la época- que habían de colocarse en la iglesia de las Descalzas para celebrar las exequias de la reina Isabel de Valois y de ahí la publicación de su Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicíssimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois, nuestra señora… con que confirma en la Villa y Corte sus habilidades como plasmador de negro sobre blanco de hechos históricos. Un año antes de 1569, en que publica la obra sobre la malograda reina, había saltado a la arena de la historia con su Relación de la muerte y honras fúnebres del SS Príncipe Don Carlos, hijo de la Mag. del Cathólico Rey Don Philippe el segundo nuestro señor.  Su bibliografía se completa con otros tres títulos: Real apparato y sumptuoso recebimiento con que Madrid rescibió a la Sereníssima reina D Ana de Austria (1572), la Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades y, por último, la Carta al Ayuntamietno desta Villa de Madrid. En 1580  y para compensar su escasa asignación como catedrático de los Estudios se le nombra beneficiado de la parroquia cercana de San Andrés, a raíz de lo cual el Concejo suplicó al cardenal de Toledo no permitiese que por razón de este nuevo destino dejase la cátedra de la Villa, temor que según se pudo comprobar no se cumplió en absoluto. Hoy día, una placa colocada en una de las paredes de la iglesia recuerda que allí trabajó como sacerdote. Se sabe, por último, que falleció en el mes de junio del año 83 del decimosexto siglo y que fue sepultado en el monasterio de San Francisco no sin antes haber redactado su propio epitafio, que rezaba en latín el siguiente texto: M Ioannes Lupercius de Hoyos, regius commissarius specto resurrectionem mortuorum.

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A Isabel de Valois dedicó su principal obra López de Hoyos

Mesonero, crítico con el dómine

El testimonio de Ramón de Mesonero es fundamental e imprescindible para conocer la personalidad literaria de López de Hoyos pues en su obra El antiguo Madrid, hace una pequeña reseña tanto de las características como escritor del dómine como de las cuatro obras citadas anteriormente. Lo califica de maestro ” y célebre catedrático de buenas letras del Estudio…/… su principal celebridad respecto de la Villa de Madrid es por haber escrito y publicado tres libros y luego otro…” Y cita las obras que han dado fama a Juan López y que hemos citado anteriormente. De la que refleja los últimos momentos de Isabel de Valois, destaca Mesonero que contiene “dos cartas donde habla con su natural entusiasmo y buena fe de las antigüedades de esta villa”. Hace también referencia a la aparición en dicha obra de unos versos del autor del Quijote tras decir que estamos ante una obra cuyo discurso es “curioso y peregrino. En este libro es donde se hayan varios versos de Miguel de Cervantes a quien el autor apellida su caro y amado discípulo”. A continuación El curioso parlante  menciona la obra sobre la llegada a España de Ana de Austria para valorarla positivamente por los detalles que da sobre la orografía madrileña de aquella época, en especial cuando se refiere al allanamiento y regularización del paseo del Prado de San Jerónimo. Posteriormente enjuicia Mesonero la labor de los historiadores de la época en la que vivió López de Hoyos y citándolo a él al alimón con otros de la talla de Gonzalo Fernández de Oviedo, Antonio León Pinelo o Jerónimo Quintana, dice que “como consecuencia de la rápida importancia adquirida por esta Villa con la traslación a ella de la corte de la monarquía, dedicaron su pluma y desplegaron toda la fuerza de su voluntad a rebuscar y consignar con más celo que buen criterio mil confusas tradiciones, mil absurdas conjeturas con que enaltecer a su modo al pueblo que los había visto nacer y cuya historia o panegírico intentaban trasladar, ocuparon muchas páginas de sus indigestos cronicones en aserciones notoriamente falsas, en consejas maravillosas y en deducciones temerarias y hasta ridículas; que si pudieron ser admitidas en la época en que se escribían, hoy sólo alcanzan de la crítica sensata una sonrisa desdeñosa”. Refiriéndose en concreto a nuestro dómine y maestro de hoy, el cronista ilustrado alega que de libros como los de López de Hoyos es de donde “todos los historiadores de Madrid tomaron multitud de fábulas y estravagantes deducciones sobre la antigüedad y grandezas de esta villa, que inspiraban al buen maestro Juan López su patrio entusiasmo y su afición a lo maravilloso. Todos estos libros -se refiere a los escritos por nuestro personaje- son por lo demás de tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y afectado estilo, que hubieran desparecido por completo si la crítica moderna no hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le escaparon sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época”. Sin duda, Ramón de Mesonero es tremendamente crítico con nuestro hombre de hoy en particular y con el mundo de la erudición histórica del siglo XVI en general. Quizás excesivamente. No podemos olvidar que nos encontramos en los albores de la historia moderna, aún lastrada por métodos medievales e incluso clásicos, en contraposición a la mentalidad dieciochesca del erudito costumbrista. No podemos olvidar tampoco que Juan López fue el primer cronista que incluyó en sus textos descripciones de elementos defensivos de Madrid aunque por desgracia esas referencias se limitaran a una de las puertas del primer recinto, el denominado Arco de la Almudena, y a tres del segundo recinto, las de Moros, Puerta Cerrada y Guadalajara. Cierto es que solamente en dos de las cuatro descripciones se incluían datos constructivos de los portales pero no cabe duda de que, de haber tenido el dómine algo más de perspectiva histórica y habérselo propuesto, habría sido un notario escepcional de la realiad material de las dos murallas medievales. López de Hoyos llegó a ver en pie todos sus elementos significativos a excepción quizás de la torre Narigües – situada en la calle Segovia, sobre donde se encontraban las huertas de Pozacho- y pudo contemplar en su integridad al Madrid amurallado que por esos mismos años, entre 1562 y 1565, dibujaron Vermeyen y Wingaerde en sus famosas y primeras panorámicas completas de la Villa y Corte. Es por ello que no se puede ser cicatero con personas que, con escasa formación investigadora, por ser prácticamente los pioneros, y con medios no menos escasos, consiguieron abrir camino para los que seguidamente debían continuar una tarea de relevos, de generación en generación. No cabe duda de que Ramón de Mesonero así lo tuvo que ver y, más allá de las críticas concretas a los aspectos más fantasiosos de los escritos de López y otros historiadores de la época, reconoció su labor. En el caso de Juan López de Hoyos no cabe la menor duda porque fue el propio Mesonero quien promovió la iniciativa de poner una placa en el lugar donde estuvo hasta 1619 la sede de los Estudios de la Villa. Dicha inscripción hace referencia a la historia del solar como centro de estudios, al alumno aventajado que le dio suficiente prestigio para entrar en la historia y al maestro de éste y hombre protagonista de nuestro retrato de hoy, el dómine Juan López de Hoyos. Fue colocada en 1870 con el visto bueno de la condesa de la Vega del Pozo, propietaria de la vivienda en ese momento. La dedicatoria incluye además un homenaje a todos los humanistas de la época, que ciertamente no lo debieron tener fácil a partir de la segunda mitad del siglo XVI, con la llegada al trono de Felipe II, por las consecuencias del Concilio de Trento y con la Inquisición olisqueando cualquier gesto, más aún en el ámbito de la docencia y la intelectualidad. En este sentido se sabe que el dómine López de Hoyos enseñaba antes de llegar al Estudio según las entonces nuevas corrientes literarias humanistas europeas, tan en boga. Sin embargo, con el triunfo de la ortodoxia y la consiguiente cerrazón ideológica se vio obligado, como tantos otros, a plegar velas y volver al dogmatismo más rancio. En cualquier caso, personaje curioso, con iniciativa, atrevido y valiente pese a los errores cometidos en lo que a investigación histórica se refiere. Y, por encima de todo, un madrileño al que le interesaba tanto el pasado como el devenir de su ciudad.

 
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Publicado por en febrero 20, PM en Perfiles

 

Viaducto de Bailén, Segovia o Las Vistillas

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Perspectiva actual del Viaducto. Foto es.wikipedia.org

Desde siempre fue un problema para los regidores madrileños la existencia del arroyo y huertas de Pozacho y la subsiguiente calle de Segovia. Y no lo fue porque existieran los tales sino porque la hondonada en la que estaban situados y que separaba la zona del Palacio Real de los barrios de Las Vistillas y de La Morería supuso durante siglos un impedimento insalvable para cerrar la circunvalación de la ciudad en sentido norte-sur. Para corregir el mencionado desnivel había que bajar desde Bailén a Segovia por intrincados vericuetos llamados costanillas y desde allí trepar nuevamente por las no menos serpenteantes rúas de la parte de La Morería, con el fin de dirigirse hacia la zona de San Francisco el Grande. Es por ello que, desde que Madrid se convirtó en capital del reino y fue creciendo en cuanto a población e importancia, se hacía imprescindible buscar una solución arquitectónica que solventara de forma radical este problema, salvando el pronunciado barranco y dotando a la ciudad de un infraestructura que hicieran honor a su real condición de Villa y Corte. Eso no sucedería hasta bien entrado el siglo XIX pero ya bastante antes se especulaba y estudiaba sobre qué solución tomar. Quien primero planteó el problema y la necesidad de solucionarlo sobre el papel fue Felipe V, el primer rey borbón. Estamos en 1736 y el principal arquitecto del Palacio Real tras la muerte de Filippo Juvara, Juan Bautista Sachetti, pronuncia por vez primera la palabra viaducto. Lo hace en el contexto del diseño y construcción del actual palacio llevado a cabo tras el incendio que en el día de Navidad de 1734 había destruido parcialmente el anterior Real Alcázar de los Austrias. La nueva residencia oficial de los monarcas se comenzaría a levantar en 1738 pero lo cierto es que la erección, a su vez, de un megapuente que salvara la calle Segovia quedó en el olvido. Tendrían que pasar aproximadamente tres cuartos de siglo para que otro rey, en este caso el tan denostado José Bonaparte, planteara de nuevo lo que cada vez era más una necesidad. En esta ocasión es un arquitecto al servicio del gobierno del monarca francés, Silvestre Pérez, quien realiza un proyecto pero que quedará en nada nuevamente, en esta ocasión por falta de presupuesto. No habrá más remedio que dejar el ambicioso sueño para mejor ocasión y saltar hasta los tiempos de la monarquía de Amadeo de Savoya para ver poner, ahora sí, la primera pieza de hierro de lo que será el primer viaducto que salve la calle Segovia y prolongue la de Bailén hasta Las Vistillas, con el fin de enlazar con la basílica de San Francisco el Grande. Aunque las obras técnicamente dieron comienzo bastante antes de esa primera pieza férrea, que fue situada en su lugar correspondiente el 31 de enero de 1872.

Un alarde tecnológico

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Obras de construcción del primer viaducto. Foto es.wikipedia.org

Hay que retrotraerse una década atrás en el tiempo, en 1862, siendo alcalde de Madrid el duque de Sexto, fecha en que se comenzará a desarrollar el proyecto del arquitecto Eugenio Barrón, que incluía la Gran Vía de San Francisco como prolongación de la calle Bailén, todo ello con el fin de crear un cinturón que uniera las estaciones de Príncipe Pío con la de Atocha. Ese año de 1862 se aprueban y publican las pertinentes expropiaciones de terrenos, tras un largo proceso para declarar la obra de interés público, y realmente ya parece que esta vez la cosa va en serio. En octubre de 1868 comenarán los derribos de las edificaciones de la calle de Segovia para colocar las pilastras. También se echarán abajo las casas de la plaza de la Armería con el fin de explanar y alinear los terrenos de la nueva avenida. Quedará por derruir la casa Malpica, último escollo para unir ambas márgenes y habrá que esperar a julio de 1874 para llegar a un acuerdo con la Hacienda Pública y a septiembre de ese mismo año para ver finalizada su demolición. En definitiva, que el inicio de las obras del puente como tal tuvo lugar, como decíamos líneas atrás, durante el breve periplo del rey italiano que dijera que los españoles son un pueblo ingobernable y dos años y medio más tarde, el 13 de octubre de 1874, fue inaugurado aprisa y corriendo, en consonancia con la idosincrasia del pueblo llano, del pueblo menos llano y de los gobernantes de esto que ha dado en llamarse España. La razón de la precipitación en su apertura no fue otra que el traslado de los restos mortales del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca desde la basílica de San Francisco el Grande a la iglesia de San Nicolás. A petición de esta última, las autoridades municipales permitieron, con el visto bueno de los técnicos de la obra, que al mediodía de ese 13 de octubre, sin estar acabada la rasante ni la acometida del viaducto, pasaran por el flamante puente los cinco carros del cortejo fúnebre y las autoridades que asistían al duelo, todo ello aderezado por una gran tormenta que deslució sobremanera un acto que, por lo demás, apenas si contó con asistencia de público, debido a esas inclemencias meteorológicas. Las obras no estaban finalizadas del todo y todavía el Ayuntamiento anduvo comprando casas con el fin de dar al lugar la airosidad y la donosura adecuada a una obra de tamaña magnitud. Por fin, el 14 de enero de 1875 se produjo la apertura oficial y definitiva y una semana más tarde, entre las noticias breves de los periódicos de la época, se informaba del primer ciudadano que había medido la altura del viaducto lanzándose directamente por él, inaugurando la tradición suicida y configurando el primer capítulo de la leyenda que ha situado a esta obra como epicentro matritense de los suicidios y lugar con más pedigrí para poner fin a la existencia personal, galardón y honor que ha ostentado el viaducto hasta tiempos muy recientes. En cuanto a números, la nueva infraestructura medía 130 metros de longitud, dividida en tres tramos de 40, 50 y 40 metros respectivamente. Tenía un ancho de 13 metros y las personas que desearan darle un uso terminal debían salvar un desnivel de 23 metros para dar con sus huesos en la calle Segovia. La estructura era de hierro y se apoyaba en dos basamentos de sillería. El tema de los suicidios supuso un problema desde el primer momento. Ello unido a que, según el consistorio, en sus inmediaciones se reunía gente de mal vivir, hizo que se instalaran diez faroles, según algún periódico satírico de la época porque “el municipio opina, muy fundamentalmente, que los suicidas deben ir al otro mundo alumbrados”. Es por ello que, entre comentarios más o menos macabros, la preocupación municipal va in crescendo y en 1876 se eleva la barandilla del viaducto para al menos entorpecer el intento de lanzarse al vacío, porque evitarlo del todo se demostró imposible. Y puesta ya  a funcionar, la infraestructura supuso todo un cambio para bien en cuanto a enlazar la ciudad en dirección al sur. El tráfico fue adueñándose de la zona y dándole una vitalidad impensable en un primer momento. La infraestructura estaba preparada para soportar 400 kilos de peso por metro cuadrado por lo que se consideraba que su solidez y fiabilidad era incuestionable. Pero el tiempo pasa y el tráfico se incrementa de forma espectacular al punto que en agosto de 1890 un carro cargado con sacos de harina se hunde en medio del puente, provocando un socavón importante, obligando a cerrar el viaducto y abriendo un interrogante sobre la necesidad de reforzar sus bases. Con todo, el suceso no pasó a mayores y a lo largo de media centuría la obra cumplió con los objetivos para los que fue levantada.  Pero entrado ya el siglo XX los tranvías debieron dejar de pasar por allí, perdiendo Bailén su utilidad como vía rápida, y las tropas de los cuarteles cercanos ya no podían transitar con sus pertrechos y medios de locomoción sin poner nerviosos a los responsables municipales. El mazazo le llegó al viaducto con la llegada del automóvil, que suponía un evidente sobrepeso, sobre todo cuando se incrementaba la circulación y los atascos se convirtieron en parte del paisaje urbano de la capital. Era el momento de pensar en algún cambio y antes de poner en marcha un nuevo proyecto, en 1932 se procede a su demolición después de haberse realizado en el puente obras de rehabilitación a lo largo de la década de los años 20. Al poco tiempo de declararse España republicana por segunda vez, en 1931, el gobierno correspondiente convocó un concurso para diseñar un nuevo viaducto que, reformas y rehabilitaciones al margen, es el que hoy se conserva, caracterizado por el uso de hormigón armado pulido, calado con machones de granito. El proyecto ganador fue firmado por  el arquitecto Ferrero Llusiá, de estilo racionalista, y el puente se abrió al tránsito del tráfico rodado en 1934. Pero se avecinaban años convulsos para España y para Madrid y la Guerra Civil y la cercanía del puente al frente de batalla supuso que sufriera todo tipo de agresiones por el impacto de los proyectiles. Tras el conflicto los responsables municipales del bando vencedor porceden a su reconstrucción, debido al estado de deterioro que presenta y, nuevamente, se abre para el uso público en 1942. El tráfico va aumentando progresivamente al compás de la importancia de la calle Bailén y a los 25 años de su reinauguración aparecen grietas en su estructura que denuncian la necesidad de nuevas reformas. Estas se sucederán regularmente hasta llegar al primer año de la democracia -1976- en que es cerrado al tráfico durante algún tiempo. Se plantea la posibilidad de derruirlo y construir uno nuevo pero después de una obras en las que se aumentó la altura en dos metros y la luz en otros doscientos se decide conservarlo según el proyecto de 1931. Eso sí, en 1998 el Ayuntamiento de Madrid instalará unas controvertidas mamparas transparentes de seguridad junto a su barandilla que, si bien han evitado el macabro espectáculo de los suicidios, entorpecen la visión de los flaneantes con el consiguiente enfado de una parte del vecindario capitalino.

Enclave con sabor

Vicaducto 1

Otra imagen hodierna del viaducto. Foto es.wikipedia.org

El viaducto de Bailén ha sido desde el momento de su erección un enclave apto para la imaginería popular, las leyendas y las anécdotas. Al margen de lugar propicio para cortar de raíz la vida lanzándose al vacío quien a bien lo tuviere, el más famoso puente de la Villa y Corte está presente en la cultura matritense por variadas razones. En el teatro y en el cine ha sido aludido en diversas ocasiones. Quizás la de más renombre es al ser citada en Luces de Bohemia, el magno drama de Valle-Inclán, cima del esperpento. No podemos, por otra parte, olvidarnos de que en su entorno, justo bajo el puente, en la calle Segovia, se encuentra la vivienda en que naciera el suicida más famoso de la literatura española y pionero del periodismo moderno, Mariano José de Larra. Vino al mundo de los vivos en la calle Segovia debido a que su abuelo paterno era administrador de la Casa de la Moneda que en esa rúa se encontraba en el año 1809. Prácticamente enfrente de donde está colgada la placa del nacimiento de Fígaro tenemos una pared con un escudo grabado en relieve, con las armas de la ciudad, en lo que fue la famosa Casa del Pastor, en la esquina de la cuesta de los Caños Viejos. Ya conocen la leyenda. Allí vivía un arcipreste que al llegar la hora de rendir cuentas al creador sin haber testado dejó escrito en sus últimos momentos que su herencia fuera donada a los pobres siguiendo la tradición de caritativo hasta el extremo, que había cultivado en su vida terrena. Sólo dejó fuera de su cesión a los más necesitados la mencionada vivienda. En este apartado dejó ordenado que la heredara quien primero entrara por la puerta de la Vega el día después de su fallecimiento. Quiso el azar que fuera un pastor quien, acompañado de su rebaño, rebasara el primero el afortunado fielato en la fecha designada por la arcipreste José. De ahí el nombre actual de una vivienda en la que hemos de recordar que moró el arquitecto Jerónimo de Churriguera allá por el siglo XVIII. Por último, no podemos dejar de citar las escaleras que bajan zigzagueantes por la mano izquierda del viaducto en dirección a la calle Segovia y que tienen por nombre en sus placas Escalinata del fotógrafo Alfonso. Están dedicadas a uno de los pioneros de la fotografía en España, Alfonso García Sánchez (1880-1953), quien con su cámara dejó constancia de los acontecimientos de toda índole más importantes acaecidos en la ciudad en la primera mitad del siglo XX. Políticos como Maura, Dato, Iglesias, Lerroux o el conde de Romanones, entre otros, posaron para él. Legó a la posteridad la imagen de un Antonio Machado, con mirar cínico, sumergido en sus brumas intelectuales y rodeado de espejos en un típico y tópico café de la España de la preguerra. Al Galdós ciego en la antesala de la muerte lo conocemos gracias a la cámara de Alfonso, igual que a otros literatos contemporáneos como Baroja, Valle o Lorca. Poca calle para tan grande figura. Pero es lo que hay y lo que se estila. En cualquier caso, no cabe la menor duda de que este mago de la cámara contribuye con su legado a darle empaque al viaducto, enclave que hoy ha centrado nuestra atención. Pecado sería que se nos olvidara decir que desde el centro del puente se pueden y deben presenciar las mejores puestas de sol de la capital, privilegio solamente compartido con la montaña del Príncipe Pío, en este caso apoyados los brazos en las barandas que tras el templo de Debod abren el panorama visual hacia la Casa de Campo. Pero hablar de ese otro magnífico rincón matritense será harina de otro futuro desvelo y producto de otro pausado flaneo por las entrañas de la Villa.

 
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Publicado por en febrero 18, PM en Obra civil

 

Café Suizo

La época dorada de los cafés en Madrid fue el siglo XIX. Nos referimos al café entendido como auténtica institución, es decir, lugar de reunión, lugar de tertulia, lugar de rebotica, donde hablar de lo divino y de lo humano sin más guión que el que depara la actualidad y el estado de ánimo de los concurrentes, fieles parroquianos del mismo. Porque el café, entendido en el sentido que tuvo a lo largo del siglo XIX y primer cuarto del XX, no era un local al que se acudía a tomar café. O no sólo eso. Era mucho, muchísimo más. Lo describe don Benito Pérez Galdós, converso cafeadicto desde su llegada a Madrid hacia 1860, como esa gran feria en la que “se cambian infinitos productos del pensamiento humano”. De la pluma del canario sale esta pomposa y si se quiere hiperbólica apelación dirigida a sus lectores, enalteciendo la trascendencia del café como eje de la cultura decimonónica, “¡quitadles los divanes de los cafés al siglo XIX y ese siglo pasará a ser ininteligible”. Los cafés en Madrid habían surgido en la primera mitad de esa decimonovena centuria sustituyendo a las antiguas botillerías que abrían sus puertas en torno a la plaza de Santa Ana, al calor de la proximidad del  Teatro Español. Sin embargo, poco a poco se fueron desplazando hacia zonas más cercanas al centro, entendido por tal el que discurre en y por los alrededores de la Puerta del Sol. Era cerca de aquí, en la calle de Alcalá donde se producía la mayor concentración de cafés en una sola vía urbana. Y es aquí donde surge el café al que vamos a dedicar la primera entrada de esta categoría que hoy estrenamos.

Café Suizo

Alcalá esquina Peligros, sede del Café Suizo

Calle Ancha de Peligros

En la esquina que formaban la calle Ancha de Peligros -hoy Sevilla- y la calle de Alcalá abrió sus puertas al público el 3 de junio de 1845 el café que habría de marcar todo un hito en la historia de los de su especie en Madrid. Lo pusieron en marcha dos emprendedores hosteleros suizos, llamados Pedro Fanconi y Francisco Matossi, que le pusieron por nombre el gentilicio del país que les vio nacer: Café Suizo. Al día siguiente de su inauguración el Heraldo de Madrid publicaba la noticia ponderando las bondades del establecimiento en los siguientes términos: “Se trata del café de más gusto y lujoso que se ha conocido en Madrid”. Pasaba de inmediato la publicación a enumerar su dotación diciendo que contaba con “muchas y espaciosas salas. Las paredes están recubiertas de rico papel de diferentes clases. Las mesas, de mármol de colores. Los asientos son pequeñas banquetas sin respaldo y forradas de terciopelo labrado en color encarnado. La iluminación está muy bien distribuida en elegantes quinqués. El servicio, a tono con la magnificencia del local. En las últimas piezas de abajo hay dos preciosas mesas de billar y en una de las salas del centro, a la izquierda, una escalera de caracol. Varias mesas para juegos no prohibidos”. La descripción de las características del local finalizaba mencionando su aforo, que elevaba a la cifra de 500 personas, además de recordar que contaba con seis ventanales que daban a la calle de Alcalá y tres a la de Sevilla. La entrada al café estaba situada en la confluencia entre las dos calles, donde 80 años más tarde, en el momento de su cierre definitivo, se instalaría una entidad bancaria hoy ya desparecida. Gran parte de las decoraciones utilizadas en el café, como el mármol de las mesas, el color escarlata de las paredes o los espejos, que tanta fama le dieron desde un primer momento, fueron imitados posteriormente por otros negocios similares, con lo que se produjo un fénomeno tan valorado hoy día como es el de crear tendencia. Desde sus inicios se dijo, no sin cierta sorna, que el Suizo era uno de los cafés mejor situados. No olvidemos que frente a él se levantaban el convento de las Calatravas y la hospedería de los Cartujos. Desde su interior se divisaban en dirección a Sol el templo y el hospital del Buen Suceso y el palacio del duque de Sexto. Muy cerca, en el número 1 de la calle de Alcalá, se encontraba la Fonda del Comercio, la más antigua de Madrid. Al margen de su ubicación en pleno centro de la Villa y Corte, la novedad que quizás más llamó la atención de la población madrileña debió ser el hecho de contar con un salón adaptado a las féminas, llamado banco, donde solían acudir las damas más respetables de la época y cuya entrada estaba vedada a los barbudos, término muy en boga entonces para nombrar a los caballeros.

Hermanos Bécquier

Los hermanos Bécquer, fieles tertulianos del Suizo

Tertulias

Una de las razones para que el Café Suizo adquiriera relevancia entre la alta sociedad de la época se encuentra en el hecho de que sus salones albergaron diferentes y conocidas tertulias en la segunda mitad del siglo XIX. Entre otras podemos nombrar la que encabezaban los hermanos Bécquer y la que dirigió Santiago Ramón y Cajal, desde su llegada a Madrid a finales del siglo XIX hasta poco antes del cierre definitivo del establecimiento. El trasvase del elemento intelectual al café Suizo se fue verificando de forma progresiva prácticamente desde su apertura. Lo afirma el periodista y escritor costumbrista Roberto Robert quien, en un artículo titulado con el nombre del café y poco antes de su fallecimiento en 1873, afirmaba que los escritores abandonaron la anterior sede del café del Príncipe, ” sin motivo aparente, a semejanza de ciertos irracionales muy nerviosos que presienten los cambios atmosféricos y los anuncian con muestras de inquietud y extravagancia…/… y algunos de ellos hicieron estancia en el Suizo viejo, que comenzó a gozar de las primicias de la crítica literaria. No porque anteriormente el Suizo careciese de críticos sino que su crítica había sido hasta entonces la de los hombres de mundo, la del público de las butacas, con menos sentido estético, pero también con menos espíritu de rivalidad de escuela que los escritores”. Si seguimos leyendo el artículo costumbrista en el que Robert hace el retrato del Suizo vemos que, según él, por los salones del local de la esquina Alcalá/Peligros pululaban desde el joven alto y flaco “que se gastaba alegremente siete millones en cinco años” hasta el inversor que acababa de hacer la última gran jugada en la Bolsa, pasando por el autor del último estreno teatral exitoso. Los políticos tampoco se privaban de reunirse en los cotizados salones del café y, en definitiva, durante mucho tiempo fue el lugar de cita de la gente bien de Madrid. Si había que ir a los toros allí mismo se podían tomar las entradas. Se comentaba que las esposas de la alta burguesía madrileña juraban y abjuraban del Suizo porque sus maridos pasaban más tiempo del debido sentados en torno a sus mesas. Pero dice Roberto Robert que muchas de estas esposas desairadas por culpa del Suizo exclamaban al cabo de un tiempo con viva pesadumbre aquello de “¡Dios mío, que desgraciada soy! Antes al menos sabía que él no iba más que de su casa al Suizo y del Suizo a su casa pero, ahora, ¿dónde se mete ese hombre, señor, dónde se mete? Justo castigo -comenta el escritor costumbrista- a la que arroja maldiciones sobre los sitios de más honesto pasatiempo”. El Suizo se convirtió en pocos años en el eje de la vida social madrileña. Allí, en el café, se reunían los médicos y se conocían las más recientes noticias relacionadas con el último brote de cólera. Sobre sus mesas de mármol se escribieron terribles epigramas y se dibujaron caricaturas de las más graciosas. En sus salones se daban recitales de poesía y se celebraron los no menos famosos bailes de carnaval. Por la calidad de su mobiliario, por la riqueza de sus vajillas y por la pulcritud y esmero de sus camareros se lo llegó a comparar con el parisino café Tortini. Su hora de mayor éxito en cuanto a presencia de público se producía, según las publicaciones de la época, al ponerse el sol. La hora menos privilegiada era la de la salida de la ópera, poco antes de la medianoche. Pero era un breve paréntesis porque con la entrada horaria en el nuevo día volvía a abarrotarse por la llegada de los espectadores del teatro del Circo. La calle, al decir de los cronistas, estaba llena de carruajes aunque la masiva afluencia de público era a su vez un reclamo “para los granujas que pululan por las inmediaciones del café”, algo que no evitaba ni la abundante presencia de la policía municipal. En el café se ofrecia un servicio de bollería de exquisita calidad, acompañado básicamente por chocolate y cafés y redondeado con variedad de helados y pasteles. Su especialidad más conocida fue el bollo de leche. Se trata de una especialidad estrictamente nacional pero que en España se ha denominado desde entonces como bollo suizo, debido al éxito que tenían los que se expendían en el local al que hoy dedicamos un espacio en nuestro blog. Curiosamente, en Suiza, país de origen de los fundadores del café, se llaman bollos españoles y razón no les falta pues su origen, insistimos, es hispano. Todo el mundo sabe que tiene forma redonda semiesférica y que se suele tomar tierno, con azúcar espolvoreado y cristalizado. En el Café Suizo se solía servir nomalmente como desayuno y merienda, como también se hacía en otros cafés de la capital.

Café Suizos

Recreación del ambiente del café en su apogeo

Quejas y anecdotario

Pero no todo eran parabienes para el Suizo. El público madrileño, en ocasiones quisquilloso, y al que hay que convencer a diario en este tipo de establecimientos, lanzaba también sus dardos contra el funcionamiento del local y contra los propios dueños, a los que llegó a acusar de pertenecer a la masonería por expulsar de su local a dos contertulios que un día discutían de política. Los periódicos capitalinos se hicieron eco en ocasiones de “la desatención en general de los mozos y de la grosería en particular de algunos de ellos”. Por otra parte, pese a tener un alumbrado que en los primeros tiempos era digno de encomio, progresivamente fue degenerando hasta llegar a ser calificado de excesivamente económico “principalísimamente desde las nueve a las once de la noche, y en algunas habitaciones incompatible según parece con el siglo, cuyo más frecuente calificativo es el de de las luces“. Obviamente el siglo de las luces fue el XVIII en Francia aunque no podemos menos que estar de acuerdo con este desajuste cronológico, toda vez que a España las corrientes intelectuales suelen llegar con sustancial retraso. Las criticas a la oscuridad del local llegaban a ser relatadas con cierta sorna al decir que era completa “en una de las habitaciones anteriores al billar, lo que da lugar a encuentros nada agradables, de los que suele resentirse más de un esternón”. Se debía referir el cronista a los topetazos y calabazazos que se debían dar los clientes al cruzarse en la oscuridad, sin percibirse los unos de la presencia de los otros. Por último, las críticas llegaban a rozar el terreno escatológico, aunque siempre con cierta altura de estilo, al denunciar “el mal estado o llámese el completo abandono de cierto sitio, el cual, según la metáfora de un amigo nuestro, hay noches que se asemeja al famoso lago de Costanza”. Pese a estos y otros pormenores, el Café Suizo siguió funcionando hasta una fecha comprendida entre 1919 y 1920, que es la que, generalizando, suelen dar las gentes que hablan del café en las diversas fuentes consultadas. No nos aventuramos a concretar más porque no hemos encontrado directamente reflejado el dato exacto en ningún documento. Echamos mano una vez más del saber legado por Pedro de Répide en sus Calles de Madrid, publicado en artículos periódicos en el diario La Libertad a partir de 1921 con el título de Guía de Madrid. Dice nuestro topógrafo matritense en su entrada referida a la calle Sevilla que, en la esquina con Alcalá “estableciose el Café Suizo, desapareciendo hace dos años y cuya casa ha sido ya demolida”. Con su clausura se cerraba una página muy importante de la vida social de Madrid que abarcó cerca de 80 años y que, como era habitual en tales lugares de encuentro, se podría decir, pidiendo prestada la frase a Vélez de Guevara, que en el Suizo las noticias se comentaban antes de que se produjeran los hechos. Fue uno más de los muchos cafés que fueron desapareciendo progresivamente de una ciudad que, en los momentos de mayor apogeo de este tipo de locales, llegó a contar con cerca del centenar y que acogía a lo más variopinto de la sociedad, desde el financiero al sablista, desde el político al artista, desde el literato al actor en paro, desde el torero al más incauto flaneante.

 
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Publicado por en febrero 13, PM en Cafés

 

Parque del Gasómetro

Nuestro flaneo de hoy no tendrá el glamour de otros anteriores. Intentaremos indagar en un pasado en el que la historia, la literatura o la arquitectura entendidas como arte no estarán presentes. Nos vamos a referir a un lugar trascendente por lo que supuso para los avances tecnológicos del Madrid de mediados del siglo XIX. Ciertamente está presente la historia de la ciudad y también la arquitectura aunque no como arte en el sentido estético del término sino como insfraestructura que cambió sustancialmente la vida de la ciudadanía. Por otra parte, el lugar que encabeza el titular de nuestra actual entrada también tuvo su protagonismo como recinto deportivo hasta el último tercio del siglo XX y hoy en día acoge un parque para uso y disfrute de un barrio ciertamente no sobrado de zonas verdes. El español en general y el madrileño en particular es un ciudadano escasamente exigente con el tratamiento y uso de su entorno, sin embargo, cualquier vecino de esta zona agradece el contar con un área donde huir de los agobios de la gran ciudad y poder, sentado en un banco y a la sombra de un árbol, abrir las tapas de una novela o un poemario y disfrutar del placer de la lectura. O también es tranquilizador contar con un entorno donde dejar a los más pequeños desarrollar su personalidad en libertad y sin temor por los riesgos que para ellos supone el sempiterno y obsesivo tráfico rodado. Estamos en el sur de la capital, en un barrio tan castizo como la Arganzuela y obviamente nos encontramos en el entorno del Parque del Gasómetro, situado en el solar que acogiera en su día la antigua fábrica del gas de Madrid, terrenos después reconvertidos en recinto deportivo y de espectáculos y hoy en viviendas, varias calles y esta área pública de recreo a la que nos venimos refiriendo. Estamos ubicados en el trapecio formado por las calles Ronda de Toledo, Gasómetro, Paseo de las Acacias y Paseo de los Olmos.

Fábrica de gas

Gasómetro

Entrada al parque con la simbólica chimenea al fondo.es.wikipedia.org

Primero nos vamos a centrar en la fábrica del gas, de la que hoy en día solamente queda una entrada y una chimenea de ladrillo que sirve para que quienes por allí circulan sepan de la existencia antaño de la misma. Nada que ver con lo que significó desde 1848 hasta 1967 en que se produciría su derribo definitivo. Pero hay que remontarse aún a un par de años antes, al momento en que se crea la primera sociedad que se encargaría de obtener gas a través de un compuesto de hulla y resina. Estamos hablando de la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas, fundada el 20 de febrero de 1846. Dos años más tarde el consistorio madrileño cedería unos terrenos en las afueras de la Puerta de Toledo, en concreto en las cercanías de la Ronda de Toledo, para la construcción de la infraestructura gasística, la fábrica en definitiva, destinada a producir y gestionar el nuevo alumbrado de la capital, que iba a contar con esa fuente de enegía, entonces tan novedosa. Madrid estaba todavía en aquella época circundado por la cerca que unía la Puerta de Toledo con el portillo de Embajadores y la Ronda de Toledo era precismaente el tramo de camino que rodeaba dicha cerca entre los dos puntos citados. Anteriormente hubo intentos de crear un servicio de gas e incluso en el Campo del Moro se llevaron a cabo experimentos, con relativo éxito, para uso de la familia real, pero sería a partir de mediados del decimonoveno siglo cuando se tomaría en serio la explotación de este suministro enérgico con el fin de dotar a la ciudad de este avance energético y ponerla al nivel de otros países adelantados de Europa. En la proyección de la fábrica participó un ingeniero polaco de apellido Bartmanski que fue quien encaminó la recién creada industria para darle el carácter de servicio al ciudadano. Quienes primero recibieron el alumbrado de gas fueron obviamente los organismos oficiales, algunos palacios y lugares públicos, como es el caso de los teatros. Las primeras calles iluminadas fueron el paseo y la calle del Prado y la del Lobo -hoy día Echegaray-. El éxito de la industria gasística fue inmediato y el aumento de la demanda para el alumbrado, la calefacción y el uso industrial hizo que las instalaciones debieran ser ampliadas de forma inmediata. Sin embargo, y por razones que sólo pasan en este país, ocho años más tarde de ponerse en funcionamiento, en 1856, la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas se declaró en bancarrota y tuvo que ser adquirida por una compañía financiera. No hay explicaciones para esa quiebra y sólo podemos apelar a la memoria colectiva y a la historia de España y ver casos similares y recientes de industrias similiares, que de un día para otro desaparecen cuando se encuentran en la cresta de la ola económica y empresarial. Pero este país es como es. Pese a ese traspiés, el servicio, ya bajo el manto y la denominación de Compañía Madrileña del Alumbrado y Calefacción de Gas, suministraba en 1876 energía a 4250 faroles. Hay que añadir en este punto, como curiosidad y paradoja, que la calle del Gasómetro sería la última en recibir el suministro de gas y en sustituir los anteriores faroles de petróleo. Así lo consigna Pedro de Répide en sus Calles de Madrid calificando la situación de “curiosamente anómala”. El negocio siguió siendo floreciente durante algún tiempo. Sin embargo, entre 1917 y 1921 el Ayuntamiento de la Villa y Corte debió hacerse cargo de la fábrica como consecuencia de la escasez de carbón, consecuencia a su vez de los imponderables en cuanto a necesidad de materias primas energéticas de los países contendientes en la Primera Guerra Mundial. Por estas calendas es cuando se crea Gas Madrid, empresa en la que se integró la Madrileña, aportando además sus propias fábricas. Enn 1929 todavía 21.000 focos públicos dependían de esta fuente de energía, pese a la creciente y progresiva instalación de la industria de la electricidad en la capital. El declive definitivo de este tipo de suministro se produciría paulatinamente y el punto de no retorno llegaría a partir de los años 40 del siglo pasado cuando se procedió a sustituir el alumbrado del gas por el de la electricidad.

El campo del gas

Desde es momento y hasta 1967 que se produciría el cierre oficial de las instalaciones y su traslado al barrio de Manoteras, la zona se convertirá  en un recinto deportivo que acogerá espectáculos deportivos variopintos durante los duros años de la posguerra, el periodo de la autarquía franquista, los años del desarrollismo y la primera década de la democracia, hasta que a finales de 1987 se produce el cierre definitivo de las instalaciones como consecuencia de un conflicto de competencias sobre los terreros usados por la compañia del gas. Gas Madrid decide trasladar sus almacenes al área de instalaciones deportivas, abandonando aquellas donde estaba radicada anteriormente en el mismo entorno, al ser reclamadas por los que decían ser sus legítimos propietarios. Además, una parte de esos terreros hasta entonces de uso deportivo se deciden convertir en aparcamiento para los trabajadores de la empresa gasística. Así se desprende de la lectura de un artículo aparecido en ABC el 16 de octubre de 1987, coincidiendo con el anuncio del cierre definitivo de las instalaciones, donde el reportero Javier González hace la necrológica casi literaria de un recinto que fue santo y seña de la vida de la posguerra madrileña en cuanto a lugar donde evadirse de la cruda realidad de años díficiles en todos los sentidos. Por los terrenos de la empresa, convertidos en campo de fútbol de tierra habían pasado a los largo de esos más de cuarenta años, clubes del deporte del balompié madrileño tan señeros durante el periodo de la dictadura como la Ferroviaria, el Cuatro Caminos, el Unión Delicias o el Amparo, sin olvidarnos de los famosos combates de boxeo o de lucha libre que hasta poco antes de su cierre se celebraron regularmente. Púgiles como Pepe Legrá, Pedro Carrasco o Fred Galiana cruzaron sus guantes con rivales de primera fila del universo boxístico mundial, firmando actuaciones memorables en este Campo de Gas en un momento en que el noble deporte de las doce cuerdas era algo más que una válvula de escape para la ciudadanía, huérfana de ídolos a los que tomar como referentes y de alternativas de ocio asequibles a los bolsillos más humildes.

Noche del sábado

Hércules Cortés.

Hércules Cortés, luchador con historia. seputoacabo.blogspot.com

El ambiente que se vivía en el recinto lo reflejó paródicamente el periodista Alfredo Relaño en un reportaje aparecido en el diario El país en agosto de 1976, recién estrenada la democracia. Comienza el referido gacetillero describiendo cómo -a su juicio- es una noche de sábado en el Campo del Gas: “Como todas las de los meses de verano hay lucha en este recinto, un campo de fútbol sin césped sobre cuyo terreno de juego se coloca el ring en el centro de un círculo de sillas. Los viernes boxeo, los sábados lucha”. Más adelante, en ese reportaje, entonces considerado técnicamente de interés humano, Relaño intentaba echar agua en el vino de la lucha y el boxeo españoles -muy en consonancia con la línea editorial obsesiva de su periódico en contra de los deportes de combate- y hacía un esbozo cercano a la caricatura del continente y el contenido del evento, muy a tono con una mal entendida modernidad, que visto hoy con perspectiva histórica raya en un indiscutible paletismo cultural. Afirmaba el plumilla al respecto de la velada que no era cara y que valía la pena pagar la entrada, “a cambio usted puede disfrutar de un viaje al pasado. De un espectáculo entre ingenuo, bufo y cruel que tal vez ya no esperaba ver nunca, de un espectáculo que no solamente se ciñe a lo que ocurre entre las doce cuerdas sino que se extiende fuera de las sillas. El público de la lucha es heterogéneo, comprende desde el grupo de estudiantes, que acuden al reclamo de la guasa que aquello supone, hasta los matrimonios de mucha edad y poca cultura que ingenuamente creen que dos hombres se están matando sobre el ring”. No se merecía este trato un deporte tan noble como el boxeo ni un espectáculo tan respetable como la lucha. Tampoco un recinto que hizo de terapeuta de muchas de las involuntarias frustraciones y de la falta de alternativas de ocio de los madrileños de a pie durante la posguerra y los primeros años de democracia y al que el periodista se refería aludiendo a la incomodidad que suponía tener que aparcar los sábados cuando ya estaban instalados algunos tenderetes del Rastro para la mañana siguiente. Quizás la burguesía adinerada sí que podía disfrutar de mejores espectáculos y ese era el caso de quien parecía mirar por encima del hombro a los habituales del Campo del Gas, dando muestras de una soberbia intelectual que haría sonrojarse al mismo Einstein. Pero en fin, volviendo a la decisión de clausurar las instalaciones, hay que decir que cayó como un mazazo en los círculos deportivos de la capital, suponiendo una auténtica conmoción. Así lo relata Javier González en el artículo de ABC al que nos referíamos párrafos más arriba, cuando en tono elegíaco denuncia que “esta decisión ha causado un profundo malestar en los medios deportivos madrileños pues además de ser el Campo del Gas uno de los escenarios de más solera de la capital, la empresa ha comunicado la orden de cierre a los clubes perjudicados hace tan solo una semana. Esta actitud, cuando las competiciones futbolísticas no han hecho más que empezar, ha propiciado que numerosos equipos estén buscando a cualquier precio otras instalaciones donde poder seguir practicando su deporte favorito”. El problema tenía además un trasfondo social y laboral ya que los ingresos que se producían por el alquiler de las instalaciones iban destinados al club social de los trabajadores de Gas Madrid. González cifra en aproximadamente cuatro millones de pesetas la recaudación anual por taquillas, alquiler del campo y otras actividades que propiciaban que “los 1.124 socios del club social pudieran mantener diversas actividades culturales y sociales, como es el caso de la compra de regalos para el día de los Reyes Magos”. El Campo del Gas, así con merecidas mayúsculas, cerró pero nunca pasará al olvido de la generación que ahora peina indiscutibles canas. Es más, al subir por la calle del Gasómetro o por el paseo de los Olmos hacia la ronda nadie que haya conocido lo que aquello representó hace ya algunas década podrá evitar un subidón de adrenalina al recordar el sonido producido por el impacto seco de los guantes en el rostro de un boxeador, el rugido del público al ver impactar sobre la lona a uno de aquellos luchadores que tan honradamente se ganaban el jornal o el piano de Roger Hodgson, la noche en que Supertramp derramó sus esencias por el añorado recinto. Cada tiempo tiene sus grandezas y sus miserias y este al que nos hemos referido hasta aquí no es peor ni mejor en cuanto a ética del que nos ha tocado vivir en la actualidad, plagado de intereses bastardos en lo empresarial y en lo moral. Vaya nuestro homenaje hacia quienes posibilitaron que el entorno del Gasómetro nos haya permitido derramar estas palabras de nostalgia y agradecimiento por los buenos ratos pasados.

 
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Publicado por en febrero 11, PM en Obra civil, Parques

 

Pasaje Matheu

Entre las calles Espoz y Mina y Victoria, muy cerquita de Sol y a caballo entre el corazón de la ciudad y el barrio de Las Letras, el flaneante se encontrará con una pequeño pasadizo, casi callejón, que une aquellas dos vías citadas en primer lugar y que responde al nombre de Pasaje Matheu. Se trata de una rúa transversal, de poco más de 30 metros de extensión, donde habitualmente el bullicio y el ir y venir de gentes dan el perfil de su identidad. No en vano, los restaurantes, los bares de copas, las terrazas, los subsiguientes pinchos, tapas y raciones forman parte del campo semántico de expresiones que hay que manejar para describir el lugar. Su entorno topográfico formado por las calles Barcelona, Cádiz, Núñez de Arce y la Cruz, un poco más lejos, más las ya mencionadas de Espoz y Mina y Victoria, configuran un entorno apto para disfrutar de la gastronomía típica de estos pagos, así como de las libaciones que permiten tanto los caldos de la tierra como los de importación, imprescindibles en cualquier momento del día o de la noche. Salvo a primera hora de la mañana en que los repartidores de género y los encargados de las labores de limpieza abren un mínimo paréntesis en la frenética actividad lúdica, a partir del mediodia los primeros parroquianos, tanto aborígenes como foráneos, comienzan a doblar la esquina de Carrera de San Jerónimo en dirección a Espoz y Mina o Victoria y a aparecer, peregrinos ellos, sin otro objetivo que el de abrevar y mover el bigote con las únicas cortapisas que les impone el bolsillo y el sentido común. La paradoja es que nos encontramos en una manzana cuyo uso hasta el primer tercio del siglo XIX fue bastante diferente al actual. Los terrenos pertenecían al convento de La Victoria hasta que las leyes desamortizadoras de Mendizábal de 1836 dieron un vuelco a este y otros enclaves de la capital. La intención no era otra que la de entresacar muchos de los terrenos propiedad de la iglesia con el fin de ponerlos en manos privadas. Nuestro guía en nómina, Ramón de Mesoneros, ya hace mención a la zona, más o menos por la época en que se producen los cambios urbanísticos que dan lugar a la modificación del uso de la misma. Habla de que el caserío del barrio es moderno y renovado y que, hasta tiempos recientes a aquellos en los que él escribe, estuvo dedicado al comercio de librería y broquelería pero que posteriormente fue habitado “por los famosos guitarreros de Madrid y otros oficios no menos alegres y divertidos hasta que, derribado el caserío y el convento de La Victoria, han recibido los nombres de Cádiz, Barcelona y de Espoz y Mina y más elegantes comercios y habitadores”. En esta área, donde Galdós hará zigzaguear años más tarde a los personajes de La Fontana de Oro, se encontraba aquel famoso convento con su huerta y tahona y que tras ser derribado dio pie “a la construcción entre ambas (las calles de Espoz y Mina y Victoria) de las casas de los señores Mariátegui y Matheu, pasaje, galería cubierta y otros edificios”. El convento de La Victoria se había instalado en ese solar en 1561, el mismo año en que la corte se trasladó a Madrid. Había sido fundado por fray Juan de la Victoria y a juicio de Mesonero poco de notable tenían templo y convento desde el punto de vista artístico “y solo bajo lo religioso por la gran devoción de los madrileños a la virgen de la Soledad, obra famosa ejecutada en madera por el escultor Gaspar Becerra”.

Pasaje Matheu 1

Grabado del pasaje recién inagurado

Más de 3000 pies cuadrados a tres reales

El enorme solar de la antigua iglesia y convento ocupaba una extensión de 3166 pies cuadrados  y el comerciante de origen catalán Manuel Matheu Rodríguez lo adquiere al precio de tres reales el pie, poco después de la desamortización, para levantar viviendas y abrir nuevas vías de acceso, una vez modificados los usos a los que estaba en principio destinado. La idea del financiero es construir un pequeño bulevar al estilo de los ya existentes en aquella época en París. Y en ello pone toda su ilusión, su pecunio y su trabajo durante el periodo que transcurre entre 1843 y 1847. El pasaje fue diseñado con todo el lujo del momento para instalar en sus dependencias tiendas de ropa de señora y caballero ya que Matheu en esta época se dedicaba a trasegar con productos textiles tanto por España como por el extranjero. El edificio estaba cubierto por un techo de cristal sobre una armadura en curva elíptica de hierro de tres metros de altura, constituyéndose en la primera galería de estas características levantada en España. Además, en la entrada por la calle Espoz y Mina se colocó un arco de medio punto sobre el que había esculturas alegóricas al comercio, a la riqueza y a la elegancia. Conocido en un principio como pasaje de La villa de Madrid o pasaje Comercial, fue diseñado por el arquitecto Antonio Herrera de la Calle, según Pedro de Répide, “siguiendo la moda parisién de estos enlaces entre dos calles para la instalación de vistosas tiendas”. El pasadizo albergaba unos grandes almacenes de tres pisos llamados Bazar de la Villa y Corte. Pero tras el indudable éxito inicial, y pese a la novedad que supuso su apertura en una ciudad carente de este tipo de establecimentos y todavía anclada, en cuanto a modernización se refiere, en los tiempos de Fernando VII, el lugar entró en decadencia hacia los años 50 del siglo XIX. En 1854 la sociedad de Matheu entra es fase de liquidación y según los testimonios del momento ya muchos de los cristales que cubrían el pasaje estaban rotos y permitían el paso de las aguas de la lluvia y no evitaban otras inclemencias meteorológicas, sin que nadie tomara medidas para rehabilitarlo y reflotarlo. En 1874 se retira definitivamente la bóveda de cristal y el pasaje se mantiene a cielo abierto con el único uso de calle peatonal. Es por esta época cuando se comienza a denominar por el nombre de su creador, cuya casa hace esquina con el pasaje y tiene entrada por la calle de Espoz y Mina. Nombramos el domicilio de Matheu por ser dato creemos que notable pero, sobre todo, porque en dicha vivienda se hospeda el general Baldomero Espartero al triunfar la revolución de 1854. Es más, en su balcón principal fue donde el llamado duque de la Victoria y el general O´Donnell se abrazaron ante la jubilosa multitud que los aclamaba en tan señera fecha.

Pasaje Matheu 2

El pasaje, lugar de copeo en la actualidad

Época de los cafés franceses

El último tercio del siglo XIX va a suponer la resurrección del pasaje Matheu con la instalación en él de dos cafés franceses cuya fama y notoriedad fue más allá de lo habitual en este tipo de establecimientos. Este nuevo uso va a marcar las líneas generales de la personalidad que desde entonces va a tener la rúa, que no son otras que las referidas al negocio hostelero. Se trataba de los denominados café de París y café de Francia, que se hallaban el uno frente al otro y en los que según Répide se comía “exquisitamente y por un precio que ahora parecería inverosímil”. No es actualmente el caso de esos felices años a los que don Pedro hace mención porque, sin ser precios desorbitados, la actual situación de carencia económica hace que muchos tengamos que reflexionar antes de lanzarnos a cualquier restaurante de la capital, aunque ciertamente hay precios para casi todos los bolsillos y en esto el pasaje Matheu no es una excepción. Pero volviendo a los dos cafés abiertos y a ese siglo XIX que se va acercando a su final, no se puede obviar que ambos eran lugar de encuentro y reunión de la colonia francesa en Madrid. El de Francia tenía fama de ser un lugar tranquilo hasta el aburrimiento, nada que ver con los tradicionales cafés españoles de la época donde el bullicio y la altisonancia eran signos de identidad. El silencio era tal en el francés que hasta los cubiletes de los dados eran de cuero y no se permitía jugar sin tapete. En el de París se solían citar los ciudadanos galos de ideología conservadora y monárquica mientras que en el de Francia solían recogerse republicanos y gentes de ideas avanzadas. Este último lo había fundado el revolucionario Doublé, quien había tomado parte activa en los sucesos de la Comuna, enemigo, por tanto, de Thiers, como consecuencia de cuyo triunfo debió huir a España como refugiado, estableciendo su domicilio en la Villa y Corte. Por otra parte, no podemos olvidar que estos cafés supusieron todo un cambio en las costumbres de la época pues no en vano fueron los primeros que, siguiendo la moda francesa, pusieron mesas en la calle, dando lugar a las hoy tan valoradas terrazas que, no en vano, son una de nuestras señas de identidad tanto en lo que se refiere al turismo local como al que viene de fuera. Frente a lo que hoy día pueda parecer, la novedad no fue precisamente bien acogida por la feligresía del foro y, despectivamente y con la sorna y la ironía propia que caracteriza a cualquier pueblo reacio a aceptar novedades, se llegaba a decir más o menos que cómo serían de estrechos y minúsculos los locales que las mesas no les cabían dentro. Pedro de Répide no estaba lejos de ese punto de vista por lo que las palabras suyas que a continuación vamos a plasmar constituyen una auténtica delicia que nos permiten saborear con una sonrisa el enfado de uno de nuestros madrileños más insignes. Dice Répide, hablando de la nueva tendencia, que en Francia “no molestaba por estar el espacio bien dispuesto para ello pero que actualmente ha llegado a constituir en Madrid un intolerable abuso durante los meses de verano, hallándose el viandante imposibilitado de pasar por las aceras de las calles y jardines de las plazas, ocupadas por los veladores y asientos multiplicados hasta el absurdo”. Bien es cierto que incluso hoy en día hay quien le dará la razón a Répide pero nadie negará lo que supone, para quienes gustamos de disfrutar de una copa en la tarde o la noche madrileña, el poder contar con este servicio. La anécdota más sonada relacionada con los cafés galos del pasaje Matheu se produjo coincidiendo con la primera gran guerra, en 1915. España era país no beligerante, que no quiere decir imparcial, y por consiguiente no aceptaba que los franceses celebrasen su fiesta nacional del 14 de julio a los sones de su bellísimo himno de La Marsellesa. Durante la celebración ese día de la fiesta patria todos los congregados entonaron la conocida letra al son de la no menos conocida sintonía y cuando se disponían a interpretarla eufóricos nuevamente, las fuerzas del orden españolas entraron en el recinto y obligaron a desalojar tanto el local como el pasaje. Fue el principio del fin para estos cafés que cerrarían definitivamente sus puertas al público hacia los años 20 del siglo pasado. Primero lo hizo el café de Francia y después el de París, con aproximadamente un año de diferencia. Desde entonces el pasaje ha mantenido su personalidad en cuanto a lugar de terraceo y solaz al calor de un trago y nos atrevemos a decir que se encuentra entre los lugares de algún prestigio dentro de lo que es el mundillo de las tapas, el pescaíto, la paella, la sangría y la gamba, en un entorno ciertamente pintoresco y agradable.

 
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Publicado por en febrero 8, AM en Calles