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Plaza de Olavide

01 Feb

Nos marchamos hoy lejos de la manzana central de Madrid, lejos de las diversas cercas que como anillos aún encorsetan y envuelven aunque sólo sea metafóricamente el corazón de la ciudad. Nos desplazamos a uno de los arrabales castizos que dieron juego y jugo suficiente para perfilar la personalidad del tipo popular madrileño. Nos vamos hacia una barriada, en su día del extrarradio, que surge hacia finales del siglo XVIII y que irá dibujando su personalidad a partir del siglo XIX. Se trata del barrio de Trafalgar en el distrito de Chamberí. Y, ojo, que lo de barrio, barriada o arrabal no está dicho en sentido peyorativo sino más bien al contrario. Se trata de una zona que ha ido configurando su personalidad comunitaria con el paso del tiempo, sin prisa, día a día, hecho a hecho y poso a poso. Y dentro de ese barrio tan madrileñista nos vamos a fijar en una plazuela octogonal que quizás no pueda dárselas de atraer los flases de las cámaras de los turistas pero ni falta que le hace porque personalidad y cariño de sus convecinos más cercanos tiene de sobra. El flaneante que se atreve a salir del caparazón de la ciudad en dirección al norte, más allá de las glorietas de Quevedo, Bilbao o Alonso Martínez, se siente un poco desorientado por cuanto el ambiente es otro, el tempo vital también es otro y hasta las personas parece que caminan sintiéndose celosas de sus rincones y de sus calles, y de alguna manera marcando un territorio que les pertenece. Y así, mirando alternativamente caras y edificios donde el ladrillo visto aún predomina, calle Trafalgar arriba, uno se encuentra de sopetón con esa plaza octogonal en la que los vehículos pasan a un segundo o tercer plano y donde el ocio es protagonista, como lo demuestran los bancos públicos para solaz de la gente madura o las dotaciones para diversión de los más pequeños. Y esa sensación de sentirse forastero en tierra inhóspita poco a poco va desapareciendo cuando uno se sienta en uno de esos bancos, a la sombra de umbroso árbol, y comienza a mirar en derredor y percibir la vida que discurre sin prisa y con toda la pausa. Gentes que se ceden amablemente el paso para entrar o salir de una tasca con aire y nombres familiares, señores que cambian impresiones en una acera mientras sus canes descargan en el tronco más cercano, niños que salen chillones y traviesos como gnomos de detrás de un seto, mientras su abuela o su cuidadora de rasgos indianos se medio sulfura, más por obligación que por sentimiento real o por la presencia de un riesgo inminente para la integridad física de los púberes. Es media tarde cuando flaneamos por Olavide y son horas para la metamorfosis psicológica, para la siesta o al menos para la reflexión bajo el árbol que amablemente nos ofrece su sombra sin pedir nada a cambio. Nos sentimos a gusto en esta plaza de barrio. De barrio acogedor, con personalidad y poso, con la suficiente historia y experiencia como para no necesitar alardear. Un auténtico locus amoenus donde esos niños retozones hacen las veces de pastores de égloga. El rumor saltarín del agua en la fuente ya lo tenemos y de confortables umbrías ya hemos hablado bastante.

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Plaza de Olavide en la actualidad

Ocho calles

Decíamos que la plaza de Olavide es octogonal. Ese peculiar diseño de polígono regular se debe a que de ella salen o a ella desembocan ocho calles: Trafalgar, Raimundo Lulio, Santa Feliciana, Murillo, Palafox, Jordán, Gonzalo de Córdoba y Olid. En 1860 a propuesta de los vecinos recibió el nombre que ahora tiene en  honor del político y escritor ilustrado Pablo de Olavide, aunque hay quien pone en duda que esta fuera la razón de su denominación. Antes de ser nombrada tal como lo es hoy era la plaza Industrial e incluso durante algún periodo no prolongado llevó el nombre de Isabel II. Tuvo hasta tiempos recientes instalado en su centro un mercado que surtía a todo el distrito de Chamberí y que le hacía ser eje de la vida social y comercial. Pero hay que remontarse a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII para hablar de los primeros pobladores. La plazuela que hoy nos acoge se constituyó en eje sobre el que se asentaron de forma no premeditada esos pioneros que fueron expulsados del centro al no contar con capacidad económica suficiente para soportar los precios de las viviendas de dentro de la última cerca. Hasta entonces, la zona había sido utilizada por la realeza y la nobleza para realizar excursiones cinegéticas en sus momentos de holganza. A finales del siglo XVIII se instalan aquí diversas industrias relacionadas con la fabricación de ladrillos, tejas o yesos, de ahí que se llamara barrio de los tejares pues en el entorno se encontraban los hornos de cocer las mencionadas tejas. Estamos todavía en un momento de la historia donde esto era un arrabal semidesierto, con casas aisladas rodeadas por campos de labor, desmontes y huertas. La implantación de los cementerios públicos desde principios del siglo XIX en las inmediaciones de este distrito, y al norte ya del paseo de los Areneros, supuso a la larga la fijación del concepto de barrio como lugar de vida en común. Los planes de ensanche de la capital de mediados de esa decimonovena centuria y principios del siglo XX suponen su configuración y consolidación definitiva como un distrito más de la capital. Pero la plaza de Olavide tenía vida propia desde algún tiempo atrás como lo demuestran los documentos históricos que hablan de que durante el desarrollo del Plan Castro de urbanización del distrito en el siglo XIX los vecinos se opusieron a demoler sus viviendas para desarrollar el plan municipal y se tuvieron que hacer modificaciones al mismo y adaptarlo al entorno ya consolidado de la plaza, adquiriendo en ese momento sentido lo del entramado octogonal. En principio tuvo una fuente en el centro que abastecía a los vecinos y, sin que sepamos precisar desde cuándo, contó con un mercadillo ambulante al aire libre antes de disfrutar de un edificio a salvo de las inclemencias meteorológicas.

Demolición mercado de Olavide

Demolición del mercado

El mercado

Hemos hecho anteriormente mención al mercado techado y cerrado, cuya polémica demolición puso a la plaza en el foco de los medios de comunicación hace casi cuarenta años. Pero vayamos por partes. En 1934 el arquitecto Francisco Ferrero diseña un edificio de hierro y hormigón, escalonado y con la forma de ocho lados ya reiteradamente expuesta, aunque ya en la década de los años 20 del siglo pasado Pedro de Répide se refiere a la zona diciendo que hay un mercado en el centro de la plaza cuya armazón de hierro y zinc estuvo anteriormente en la plaza de la Cebada para la venta al por mayor de fruta. Por tanto, el proyecto de Ferrero debió ser posterior y es el que permaneció a lo largo de cuarenta años albergando el zoco que convertiría a la plaza en centro de la vida comercial del barrio de Trafalgar y quizás también del distrito de Chamberí. El edificio era estéticamente digno de mención y de admiración. Así lo describe la enciclopedia virtual que toma los datos de la obra de Oriol Bohigas Arquitectura española de la Segunda República: “Se trataba de una serie de prismas de ocho lados que se iban escalonando hasta concluir en un gran patio central, último prisma que aseguraba la ventilación cruzada. Estaba construido en un estilo racionalista y funcional, con un lenguaje neoplástico, en planos cortados, enfáticamente geométricos. La preocupación del autor por las nuevas tecnologías se pone de manifiesto en el empleo de pilastras y vigas de gran canto de hormigón armado para salvar los grandes vanos”. El mercado y el edificio que le daba cobijo dieron un marcado carácter comercial y empaque al barrio, tanto que todavía hoy lo recuerdan, lamentando el devenir posterior, los vecinos más longevos. Y es que en 1974 -van a cumplirse 40 años en noviembre- el edificio fue dinamitado por orden del municipio, que aducía que la estructura estaba muy deteriorada por el paso del tiempo. Razones tibias a juicio de los vecinos que, aun reconociendo que ello podría ser cierto, abogaban por una rehabilitación que permitiera seguir disfrutando de él tanto estética como en el ámbito mercantil. Fueron más de tres años de tirar y aflojar desde que se planteara por vez primera su derribo en los albores de la década de los 70. Al final, el vecindario hubo de sucumir ante la fuerza bruta y la sinrazón de los argumentos oficiales. En los medios de comunicación de la época se cuenta cómo desde mediados del año 74 los ánimos de la vecindad se fueron calentando ante la inminencia de lo irremediable. En agosto, los comerciantes del mercado reciben la orden de desalojo y desde principios de octubre los vecinos perciben cómo los alrededores de la plaza se llenan de policías que protegen a los artificieros cuando éstos se disponen a instalar las cargas de explosivos para llevar a cabo la posterior voladura. La fecha definitiva de la demolición no es conocida por los vecinos hasta 48 horas antes del fatídico día 2 de noviembre. Sin otras instrucciones que las de permanecer en sus domicilios a lo largo de la mañana de la fecha de autos, y sin ordenar desalojar las viviendas, poco antes de las dos de la tarde el estruendo y el hongo de humo subsiguiente informa a los vecinos de la desaparición de uno de los emblemas de su plaza, de su barrio y de su distrito. Es el fin de una época para la plaza de Olavide, que no el fin del malestar de los vecinos, quienes aún hoy lamentan amargamente los hechos y tachan la voladura de auténtico terrorismo urbanicida.

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Pablo de Olavide

Pablo de Olavide

No podemos marcharnos de este coqueto y recoleto rincón sin dejar unos datos sobre el hombre que da nombre a esta plaza. Se trata de uno de los ilustrados más importantes de la historia de nuestro país. Político y periodista pero sobre todo un hombre cuya biografía daría para un drama o una novela porque cuenta con todos los ingredientes pertinentes para ello: origen indiano con sombras que intenta tapar, emprendedor de reformas atrevidas en la España de Carlos III, y exiliado en París, Toulouse y Ginebra, donde conoce a las figuras más importantes de la Ilustración, como Voltaire, Diderot, D´Alembert, Concordet o Marmontel, entre otros. Vuelta a España tras ser perseguido en Francia durante la época del terror revolucionario, pese a haber sido nombrado anteriormente ciudadano de honor. Boda con una hacendada viuda, que le permitirá vivir de forma desahogada, y un largo etcétera biográfico que lo hace ser digno de figurar en las páginas de nombres importantes de las enciclopedias. Lo cierto es que nace en  Lima en 1725, de familia de origen navarro. Tras el terremoto que asola la capital peruana en 1746 debe huir a España, acusado de desviación de los fondos que debían destinarse a la reconstrucción de una iglesia. Como buen ilustrado prefirió levantar un teatro. Al llegar a la península, y tras esa boda que lo sacará de penas para el resto de sus días, se mueve en círculos cercanos al poder y recibe la protección del conde de Aranda. Su casa es cenáculo habitual de reuniones de ilustrados. Es nombrado intendente de los reinos de Andalucía, poniendo en marcha un plan para colonizar con alemanes y suizos los despoblados de Sierra Morena. Más tarde diseña el Plan General de Estudios de 1768 donde predominan las ciencias sobre la filosofía y la teología. La Inquisición pone sus ojos sobre él y la cuestión se salda con ocho años de prisión. Es cuando huye a Francia y comienza un periplo en el extranjero que finalizará cuando Carlos IV decide rehabilitarlo. Al margen de su azarosa vida política, la literatura también centra su atención para plasmar en obras como El evangelio del triunfo su ideario reformista y didáctico, donde la razón debe imperar sobre las convenciones sociales y donde los sentimientos sólo deben predominar cuando respondan al instinto natural humano y no a la exageración ni a la inmoralidad. Prudencia, honradez y fidelidad son valores éticos defendidos en su obra y en una vida que se extingue defintivamente en Baeza, en 1803, después de haber renunciado en esos últimos años de su vida a diversos cargos públicos que le ofrecían, desde el plenipotenciario Godoy hasta Urquijo. Prefirió recluirse consigo mismo lejos del mundanal ruido e ir preparando el último viaje.

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Publicado por en febrero 1, AM en Plazas

 

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