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Marqués viudo de Pontejos

04 Feb

“Este dignísimo funcionario, cuyo nombre no olvidará jamás la población de Madrid, fue el que inició una verdadera revolución en pro de la cultura en la capital del reino y, sin ser un hombre de grandes estudios y conocimientos superiores, bastole la energía de su carácter, la posesión de su buen instinto y la influencia y atracción que ejercían sobre todo el vecindario sus modales simpáticos y caballerescos, para emprender y plantear mejoras sustanciales, no solamente en lo material de la Villa, sino también en sus establecimientos más útiles y morales”. Es el retrato etopéyico que dibuja Ramón de Mesonero Romanos del personaje que hoy traemos a nuestro blog. Bien es verdad que don Ramón era amigo suyo y que entre ambos emprendieron y desarrollaron las reformas más importantes en la primera mitad del siglo XIX, en cuanto a mejora de la calidad de vida de los vecinos de la ciudad de Madrid. Es cierto que quien esto dice del Marqués viudo de Pontejos tenía mucho en común con él. Pero, al margen de ello, difícil será encontrar en la actualidad ni en el pasado nadie con mando en plaza que pueda poner un pero ni en lo personal ni en lo profesional a este madrileño de recto proceder que en el poco tiempo que ostentó el mando municipal dejó su impronta en la ciudad como nadie lo había hecho hasta entonces ni posteriormente, en los años que distan desde su muerte hasta hoy. Durante su breve mandato de alrededor de dos años al frente de la alcaldía se llevaron a cabo una catarata de roformas que supusieron un vuelco a una ciudad en la que la limpieza brillaba por su ausencia, en la que había que tener mucho valor y osadía para salir solo a la vía pública después del anochecer, en la que era prácticamente imposible orientarse siguiendo la numeración de las calles, en la que era tarea de titanes caminar por las mismas sin dar un mal tropezón por culpa de un deficientísimo empedrado, en la que las cárceles eran mazmorras y en la que los hospitales dejaban mucho que desear. Había sido colocado como corregidor a finales de 1834, poco después de su vuelta del exilio en Francia y de haberse quedado viudo. Su nombramiento fue de forma inopinada y por sorpresa, si creemos a Mesonero, “sin proceder, como sus antecesores, de las aulas universitarias, de las salas de los consejos ni de las antecámaras de Palacio, antes bien de la parte más culta, ilustrada y vital de nuestra sociedad; conocedor práctico de sus necesidades y deseos, observador diligente de los adelantos realizados en otros pueblos, y dotado de una mirada certera y de un instinto de buen gusto, de un don de autoridad irresistible, de una franqueza y caballerosidad de trato singulares, y hasta de una hermosa y simpática persona, supo romper la cadena que venían arrastrando los que le precedieron en el mando, sobreponerse a las preocupaciones vulgares, y salvando con increíble constancia y fuerza de voluntad los innumerables obstáculos que la ignorancia y la mala fe le ponían al paso, acertó a asentar sobre ancha y sólida base el grandioso pensamiento de reforma material y administrativa de Madrid, que después pudieron continuar sin tan gigantes esfuerzos, sus sucesores en el mando”.

Pontejos en las Descalzas

Estatua de Pontejos en la sede de la Caja de Ahorros

Un ilustrado, en definitiva

No cabe duda que las palabras de Mesonero son harto descriptivas de la personalidad de Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos. No hay que olvidar que este madrileño, nacido circunstancialmente en La Coruña en 1790 pero de familia original de Vicálvaro, acababa prácticamente de llegar del exilio político, a donde sus ideas avanzadas le habían llevado a la fuerza, a la caída del Trienio Liberal y que, como tantos otros progresistas, había instalado su domicilio en París -también vivió en el Reino Unido- a la espera de que Fernando VII cayera como fruta madura. De familia noble, había ingresado en el ejército muy joven, combatiendo en la guerra contra Napoleón. En 1817 contrajo matrimonio con Mariana de Pontejos y Sandoval, marquesa de Pontejos, que era 28 años mayor que él y que ya iba por su tercer matrimonio. Con ella marchó al exilio y es ahí cuando se empapa de toda la cultura afrancesada, reformista, filantrópica, ilustrada y en definitiva, más avanzada que la existente en nuestro país, dominado por la carcundia durante la nunca mejor definida ominosa década. A su vuelta a España sus ansias de modernidad son similares a las de tantos exiliados que se asientan en la Villa y Corte con el único objetivo de aprovechar la mentalidad abierta de la regente María Cristina para convertir el país en algo parecido a un espacio de libertad. Esa libertad debe ir acompañada y aderezada con todos los adelantos materiales que la modernidad supone y ahí es donde Joaquín Vizcaíno encuentra su espacio vital. Se mueve por los círculos más progresistas de Madrid y, merced a ello, es nombrado corregidor de la capital. Convence a Mesonero para que le ayude en su proyecto de reformas y es así como se lleva a cabo la nueva división civil de la capital, la nueva rotulación y numeración de las calles, tal como la encontramos hoy día. El empedrado regular de las vías y la construcción de aceras elevadas en los laterales también es obra suya así como la renovación del alumbrado por medio de reverberos. Además, obliga a que desaparezcan los tinglados y cajones de venta que tanto afeaban las plazuelas y ordena retirar las basuras de los portales de las casas. Para esto último crea un servicio municipal de limpieza además de nombrar una junta de personas ilustradas y filantrópicas que se encarguen de impulsar la mejora de los hospitales y la mejora de las infraestructuras de las cárceles y las condiciones de vida de los reclusos. Otros logros de su fugaz mandato son la terminación de la apertura del paseo de la Castellana, el diseño del nuevo plano topográfico de la Villa y el traslado del mercado de la plazuela del Gato a los Mostenses. Todo ello, insistimos, durante el escaso tiempo que permaneció como más alta autoridad local. Pero en 1836 es destituido. Nadie sabe la razón oficial. Mesonero apunta a una enfermedad endémica de este país llamado España, cuando intenta explicar el cese del colaborador y amigo, diciendo en sus memorias que “por desgracia para esta población, las revueltas políticas y las implacables disidencias de los partidos apartaron demasiado pronto de la autoridad a aquel dignísimo funcionario, el cual, en medio de sus reconocidas y excelentes cualidades de mando, tenía para aquellos el achaque imperdonable de no pertenecer a bandería determinada, limitándose  únicamente a la especialidad administrativa de la localidad”. Para nadie es un secreto, y menos después de leer la semblanza de Pontejos que nos deja el ilustre Mesonero, que se trataba de un hombre incómodo para el poder en la medida en que su objetivo enfocaba únicamente a la mejora de las infraestructuras urbanas de la ciudad, lejos de las intrigas palaciegas, tan caras al espíritu patrio. Y es que desde el principio de su mandato había despertado recelos. En agosto de 1835, el moderado Conde de Toreno, a la sazón presidente del Gobierno, le reprochó públicamente haber ofrecido un refrigerio a los batallones de la Milicia Nacional que habían sofocado una de las asonadas habituales en aquella época. Su cese vino envuelto en un entorno bochornoso. Pese al reconocimiento general de su labor al cabo de dos años de corregidor, cuando en 1836 se celebran por vez primera elecciones directas para alcalde por parte de los partidos, el marqués no recibe un solo voto de los miembros del grupo dominante. Sin embargo, en Europa se reconoce su valía y su labor al frente del consistorio. Un periódico inglés comentó por aquel tiempo que en España solamente tres personas cumplían con su obligación: el caudillo Cabrera, el torero Montes y el corregidor de Madrid, marqués de Pontejos. Antes de marcharse del sillón municipal había puesto en funcionamiento uno de sus múltiples proyectos filantrópicos, uno de los más trascendentes si se miran los hechos con perspectiva histórica. Se trata del albergue de mendicidad de San Bernardino en la salida de Madrid en dirección noroeste y del que hablábamos días atrás en la entrada correspondiente a la plaza de Moncloa. Dicho lugar de recogimiento de los más desfavorecidos supuso además la aparición, por iniciativa de Pontejos, del espíritu de asociación y de caridad del vecindario ya que instauró la suscripción voluntaria de cuatro reales lo que le posibilitó, merced a la generosidad de los más dotados económicamente, desarrollar sus planes y dotar a aquel albergue de condiciones materiales, administrativas y de régimen adecuadas a las necesidades de los tiempos.

Plaza de Pontejos (a square) in Centro district in Madrid (Spain).

Plaza dedicada a Pontejos en el antiguo solar de San Felipe el Real

Escuelas de párvulos, Caja de Ahorros…

Pero no crean ustedes que las puñaladas de la vida política hicieron mella en el ánimo de don Joaquín Vizcaíno. Nada más lejos de la realidad porque, recién cesado, impulsó el renacimiento de la Sociedad Económica Matritense, que había recobrado su esplendor con la llegada a su seno de la juventud ilustrada de la capital. A través de ella Pontejos es una de las figuras importantes que impulsa la creación de la denominada Sociedad para propagar y mejorar la educación del pueblo. Contaba dicha sociedad con más de 700 asociados pertenecientes a la flor y nada del liberalismo, entre los que podemos destacar a Manuel José Quintana, Sainz de Baranda o el propio Mesonero. En muy poco tiempo ponen a funcionar las cinco primeras escuelas para párvulos, llamadas salas de asilo, en las cuales aprendieron las primeras letras más de 700 niños de entre dos y seis años. El lema no era otro que “educar el corazón, fortalecer el cuerpo y despertar el entendimiento”. Pero la obra que le dará más renombre y dejará su figura subrayada para la posteridad será la puesta en marcha de la Caja de Ahorros de Madrid, idea que estaba en su magín desde sus tiempos de corregidor. Aprovechó el poco tiempo al mando de la provincia como jeje político para proponer al ministro de Gobernación del Reino, marqués de Valgonera, su creación, basada, según encomia Mesonero en su autobiografía, en la unión de la Caja con el Monte de Piedad, “admirable combinación que resolvía la dificultad que hasta entonces se había opuesto al establecimiento en nuestro país de esta importantísima institución, una de las mayores glorias del siglo actual”. Se abrió al público el 17 de febrero de 1839.

Palacio de Miraflores

En el palacio de Miraflores pasó el marqués sus últimos días

Muerte en plena madurez

Murió el marqués de Pontejos en 30 de noviembre de 1840 en su residencia del palacio de Miraflores, situado en la Carrera de San Jerónimo. Se encontraba en plena madurez y con diversos proyectos en cartera que desgraciadamente no pudieron llevarse adelante. Fue enterrado en el cementerio de San Nicolás, en la zona sur de la capital, y sus restos fueron trasladados posteriormente a la capilla del Monte de Piedad. Su figura fue reconocida en vida y prueba de ello es que ya en 1849 el sentido común se impone y su nombre fue esculpido en sendas placas de calle y plaza que llevan su nombre y se encuentran en el centro de la ciudad. Como se trata de enclaves que por sí mismos tienen entidad suficiente para ocupar entrada independiente dejemos el asunto para un flaneo por ese lugar, que recuerda a una de las figuras que deben tener sitio preferente en el panteón de hombres ilustres de Madrid, por la trascendencia de sus decisiones para la mejora de las infraestructuras capitalinas, y cuyo ejemplo a buen seguro debería ser seguido por los regidores actuales, escasos de referentes donde mirarse. Al menos eso da a entender su proceder. Además de esta rúa y esta plaza el marqués viudo de Pontejos cuenta con un paseo en el parque del Retiro y con un busto en la plaza de las Descalzas Reales, obra del escultor Medardo Sanmartí, erigido en 1892. Todo será poco para ensalzar a este militar, político y filántropo español y, sobre todo, un madrileño cuyas ideas ilustradas y liberales se plasmaron en lo que hoy llamamos sencillamente calidad de vida para los vecinos.

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Publicado por en febrero 4, PM en Perfiles

 

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