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Parque del Gasómetro

11 Feb

Nuestro flaneo de hoy no tendrá el glamour de otros anteriores. Intentaremos indagar en un pasado en el que la historia, la literatura o la arquitectura entendidas como arte no estarán presentes. Nos vamos a referir a un lugar trascendente por lo que supuso para los avances tecnológicos del Madrid de mediados del siglo XIX. Ciertamente está presente la historia de la ciudad y también la arquitectura aunque no como arte en el sentido estético del término sino como insfraestructura que cambió sustancialmente la vida de la ciudadanía. Por otra parte, el lugar que encabeza el titular de nuestra actual entrada también tuvo su protagonismo como recinto deportivo hasta el último tercio del siglo XX y hoy en día acoge un parque para uso y disfrute de un barrio ciertamente no sobrado de zonas verdes. El español en general y el madrileño en particular es un ciudadano escasamente exigente con el tratamiento y uso de su entorno, sin embargo, cualquier vecino de esta zona agradece el contar con un área donde huir de los agobios de la gran ciudad y poder, sentado en un banco y a la sombra de un árbol, abrir las tapas de una novela o un poemario y disfrutar del placer de la lectura. O también es tranquilizador contar con un entorno donde dejar a los más pequeños desarrollar su personalidad en libertad y sin temor por los riesgos que para ellos supone el sempiterno y obsesivo tráfico rodado. Estamos en el sur de la capital, en un barrio tan castizo como la Arganzuela y obviamente nos encontramos en el entorno del Parque del Gasómetro, situado en el solar que acogiera en su día la antigua fábrica del gas de Madrid, terrenos después reconvertidos en recinto deportivo y de espectáculos y hoy en viviendas, varias calles y esta área pública de recreo a la que nos venimos refiriendo. Estamos ubicados en el trapecio formado por las calles Ronda de Toledo, Gasómetro, Paseo de las Acacias y Paseo de los Olmos.

Fábrica de gas

Gasómetro

Entrada al parque con la simbólica chimenea al fondo.es.wikipedia.org

Primero nos vamos a centrar en la fábrica del gas, de la que hoy en día solamente queda una entrada y una chimenea de ladrillo que sirve para que quienes por allí circulan sepan de la existencia antaño de la misma. Nada que ver con lo que significó desde 1848 hasta 1967 en que se produciría su derribo definitivo. Pero hay que remontarse aún a un par de años antes, al momento en que se crea la primera sociedad que se encargaría de obtener gas a través de un compuesto de hulla y resina. Estamos hablando de la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas, fundada el 20 de febrero de 1846. Dos años más tarde el consistorio madrileño cedería unos terrenos en las afueras de la Puerta de Toledo, en concreto en las cercanías de la Ronda de Toledo, para la construcción de la infraestructura gasística, la fábrica en definitiva, destinada a producir y gestionar el nuevo alumbrado de la capital, que iba a contar con esa fuente de enegía, entonces tan novedosa. Madrid estaba todavía en aquella época circundado por la cerca que unía la Puerta de Toledo con el portillo de Embajadores y la Ronda de Toledo era precismaente el tramo de camino que rodeaba dicha cerca entre los dos puntos citados. Anteriormente hubo intentos de crear un servicio de gas e incluso en el Campo del Moro se llevaron a cabo experimentos, con relativo éxito, para uso de la familia real, pero sería a partir de mediados del decimonoveno siglo cuando se tomaría en serio la explotación de este suministro enérgico con el fin de dotar a la ciudad de este avance energético y ponerla al nivel de otros países adelantados de Europa. En la proyección de la fábrica participó un ingeniero polaco de apellido Bartmanski que fue quien encaminó la recién creada industria para darle el carácter de servicio al ciudadano. Quienes primero recibieron el alumbrado de gas fueron obviamente los organismos oficiales, algunos palacios y lugares públicos, como es el caso de los teatros. Las primeras calles iluminadas fueron el paseo y la calle del Prado y la del Lobo -hoy día Echegaray-. El éxito de la industria gasística fue inmediato y el aumento de la demanda para el alumbrado, la calefacción y el uso industrial hizo que las instalaciones debieran ser ampliadas de forma inmediata. Sin embargo, y por razones que sólo pasan en este país, ocho años más tarde de ponerse en funcionamiento, en 1856, la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas se declaró en bancarrota y tuvo que ser adquirida por una compañía financiera. No hay explicaciones para esa quiebra y sólo podemos apelar a la memoria colectiva y a la historia de España y ver casos similares y recientes de industrias similiares, que de un día para otro desaparecen cuando se encuentran en la cresta de la ola económica y empresarial. Pero este país es como es. Pese a ese traspiés, el servicio, ya bajo el manto y la denominación de Compañía Madrileña del Alumbrado y Calefacción de Gas, suministraba en 1876 energía a 4250 faroles. Hay que añadir en este punto, como curiosidad y paradoja, que la calle del Gasómetro sería la última en recibir el suministro de gas y en sustituir los anteriores faroles de petróleo. Así lo consigna Pedro de Répide en sus Calles de Madrid calificando la situación de “curiosamente anómala”. El negocio siguió siendo floreciente durante algún tiempo. Sin embargo, entre 1917 y 1921 el Ayuntamiento de la Villa y Corte debió hacerse cargo de la fábrica como consecuencia de la escasez de carbón, consecuencia a su vez de los imponderables en cuanto a necesidad de materias primas energéticas de los países contendientes en la Primera Guerra Mundial. Por estas calendas es cuando se crea Gas Madrid, empresa en la que se integró la Madrileña, aportando además sus propias fábricas. Enn 1929 todavía 21.000 focos públicos dependían de esta fuente de energía, pese a la creciente y progresiva instalación de la industria de la electricidad en la capital. El declive definitivo de este tipo de suministro se produciría paulatinamente y el punto de no retorno llegaría a partir de los años 40 del siglo pasado cuando se procedió a sustituir el alumbrado del gas por el de la electricidad.

El campo del gas

Desde es momento y hasta 1967 que se produciría el cierre oficial de las instalaciones y su traslado al barrio de Manoteras, la zona se convertirá  en un recinto deportivo que acogerá espectáculos deportivos variopintos durante los duros años de la posguerra, el periodo de la autarquía franquista, los años del desarrollismo y la primera década de la democracia, hasta que a finales de 1987 se produce el cierre definitivo de las instalaciones como consecuencia de un conflicto de competencias sobre los terreros usados por la compañia del gas. Gas Madrid decide trasladar sus almacenes al área de instalaciones deportivas, abandonando aquellas donde estaba radicada anteriormente en el mismo entorno, al ser reclamadas por los que decían ser sus legítimos propietarios. Además, una parte de esos terreros hasta entonces de uso deportivo se deciden convertir en aparcamiento para los trabajadores de la empresa gasística. Así se desprende de la lectura de un artículo aparecido en ABC el 16 de octubre de 1987, coincidiendo con el anuncio del cierre definitivo de las instalaciones, donde el reportero Javier González hace la necrológica casi literaria de un recinto que fue santo y seña de la vida de la posguerra madrileña en cuanto a lugar donde evadirse de la cruda realidad de años díficiles en todos los sentidos. Por los terrenos de la empresa, convertidos en campo de fútbol de tierra habían pasado a los largo de esos más de cuarenta años, clubes del deporte del balompié madrileño tan señeros durante el periodo de la dictadura como la Ferroviaria, el Cuatro Caminos, el Unión Delicias o el Amparo, sin olvidarnos de los famosos combates de boxeo o de lucha libre que hasta poco antes de su cierre se celebraron regularmente. Púgiles como Pepe Legrá, Pedro Carrasco o Fred Galiana cruzaron sus guantes con rivales de primera fila del universo boxístico mundial, firmando actuaciones memorables en este Campo de Gas en un momento en que el noble deporte de las doce cuerdas era algo más que una válvula de escape para la ciudadanía, huérfana de ídolos a los que tomar como referentes y de alternativas de ocio asequibles a los bolsillos más humildes.

Noche del sábado

Hércules Cortés.

Hércules Cortés, luchador con historia. seputoacabo.blogspot.com

El ambiente que se vivía en el recinto lo reflejó paródicamente el periodista Alfredo Relaño en un reportaje aparecido en el diario El país en agosto de 1976, recién estrenada la democracia. Comienza el referido gacetillero describiendo cómo -a su juicio- es una noche de sábado en el Campo del Gas: “Como todas las de los meses de verano hay lucha en este recinto, un campo de fútbol sin césped sobre cuyo terreno de juego se coloca el ring en el centro de un círculo de sillas. Los viernes boxeo, los sábados lucha”. Más adelante, en ese reportaje, entonces considerado técnicamente de interés humano, Relaño intentaba echar agua en el vino de la lucha y el boxeo españoles -muy en consonancia con la línea editorial obsesiva de su periódico en contra de los deportes de combate- y hacía un esbozo cercano a la caricatura del continente y el contenido del evento, muy a tono con una mal entendida modernidad, que visto hoy con perspectiva histórica raya en un indiscutible paletismo cultural. Afirmaba el plumilla al respecto de la velada que no era cara y que valía la pena pagar la entrada, “a cambio usted puede disfrutar de un viaje al pasado. De un espectáculo entre ingenuo, bufo y cruel que tal vez ya no esperaba ver nunca, de un espectáculo que no solamente se ciñe a lo que ocurre entre las doce cuerdas sino que se extiende fuera de las sillas. El público de la lucha es heterogéneo, comprende desde el grupo de estudiantes, que acuden al reclamo de la guasa que aquello supone, hasta los matrimonios de mucha edad y poca cultura que ingenuamente creen que dos hombres se están matando sobre el ring”. No se merecía este trato un deporte tan noble como el boxeo ni un espectáculo tan respetable como la lucha. Tampoco un recinto que hizo de terapeuta de muchas de las involuntarias frustraciones y de la falta de alternativas de ocio de los madrileños de a pie durante la posguerra y los primeros años de democracia y al que el periodista se refería aludiendo a la incomodidad que suponía tener que aparcar los sábados cuando ya estaban instalados algunos tenderetes del Rastro para la mañana siguiente. Quizás la burguesía adinerada sí que podía disfrutar de mejores espectáculos y ese era el caso de quien parecía mirar por encima del hombro a los habituales del Campo del Gas, dando muestras de una soberbia intelectual que haría sonrojarse al mismo Einstein. Pero en fin, volviendo a la decisión de clausurar las instalaciones, hay que decir que cayó como un mazazo en los círculos deportivos de la capital, suponiendo una auténtica conmoción. Así lo relata Javier González en el artículo de ABC al que nos referíamos párrafos más arriba, cuando en tono elegíaco denuncia que “esta decisión ha causado un profundo malestar en los medios deportivos madrileños pues además de ser el Campo del Gas uno de los escenarios de más solera de la capital, la empresa ha comunicado la orden de cierre a los clubes perjudicados hace tan solo una semana. Esta actitud, cuando las competiciones futbolísticas no han hecho más que empezar, ha propiciado que numerosos equipos estén buscando a cualquier precio otras instalaciones donde poder seguir practicando su deporte favorito”. El problema tenía además un trasfondo social y laboral ya que los ingresos que se producían por el alquiler de las instalaciones iban destinados al club social de los trabajadores de Gas Madrid. González cifra en aproximadamente cuatro millones de pesetas la recaudación anual por taquillas, alquiler del campo y otras actividades que propiciaban que “los 1.124 socios del club social pudieran mantener diversas actividades culturales y sociales, como es el caso de la compra de regalos para el día de los Reyes Magos”. El Campo del Gas, así con merecidas mayúsculas, cerró pero nunca pasará al olvido de la generación que ahora peina indiscutibles canas. Es más, al subir por la calle del Gasómetro o por el paseo de los Olmos hacia la ronda nadie que haya conocido lo que aquello representó hace ya algunas década podrá evitar un subidón de adrenalina al recordar el sonido producido por el impacto seco de los guantes en el rostro de un boxeador, el rugido del público al ver impactar sobre la lona a uno de aquellos luchadores que tan honradamente se ganaban el jornal o el piano de Roger Hodgson, la noche en que Supertramp derramó sus esencias por el añorado recinto. Cada tiempo tiene sus grandezas y sus miserias y este al que nos hemos referido hasta aquí no es peor ni mejor en cuanto a ética del que nos ha tocado vivir en la actualidad, plagado de intereses bastardos en lo empresarial y en lo moral. Vaya nuestro homenaje hacia quienes posibilitaron que el entorno del Gasómetro nos haya permitido derramar estas palabras de nostalgia y agradecimiento por los buenos ratos pasados.

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1 comentario

Publicado por en febrero 11, PM en Obra civil, Parques

 

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