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Café Suizo

13 Feb

La época dorada de los cafés en Madrid fue el siglo XIX. Nos referimos al café entendido como auténtica institución, es decir, lugar de reunión, lugar de tertulia, lugar de rebotica, donde hablar de lo divino y de lo humano sin más guión que el que depara la actualidad y el estado de ánimo de los concurrentes, fieles parroquianos del mismo. Porque el café, entendido en el sentido que tuvo a lo largo del siglo XIX y primer cuarto del XX, no era un local al que se acudía a tomar café. O no sólo eso. Era mucho, muchísimo más. Lo describe don Benito Pérez Galdós, converso cafeadicto desde su llegada a Madrid hacia 1860, como esa gran feria en la que “se cambian infinitos productos del pensamiento humano”. De la pluma del canario sale esta pomposa y si se quiere hiperbólica apelación dirigida a sus lectores, enalteciendo la trascendencia del café como eje de la cultura decimonónica, “¡quitadles los divanes de los cafés al siglo XIX y ese siglo pasará a ser ininteligible”. Los cafés en Madrid habían surgido en la primera mitad de esa decimonovena centuria sustituyendo a las antiguas botillerías que abrían sus puertas en torno a la plaza de Santa Ana, al calor de la proximidad del  Teatro Español. Sin embargo, poco a poco se fueron desplazando hacia zonas más cercanas al centro, entendido por tal el que discurre en y por los alrededores de la Puerta del Sol. Era cerca de aquí, en la calle de Alcalá donde se producía la mayor concentración de cafés en una sola vía urbana. Y es aquí donde surge el café al que vamos a dedicar la primera entrada de esta categoría que hoy estrenamos.

Café Suizo

Alcalá esquina Peligros, sede del Café Suizo

Calle Ancha de Peligros

En la esquina que formaban la calle Ancha de Peligros -hoy Sevilla- y la calle de Alcalá abrió sus puertas al público el 3 de junio de 1845 el café que habría de marcar todo un hito en la historia de los de su especie en Madrid. Lo pusieron en marcha dos emprendedores hosteleros suizos, llamados Pedro Fanconi y Francisco Matossi, que le pusieron por nombre el gentilicio del país que les vio nacer: Café Suizo. Al día siguiente de su inauguración el Heraldo de Madrid publicaba la noticia ponderando las bondades del establecimiento en los siguientes términos: “Se trata del café de más gusto y lujoso que se ha conocido en Madrid”. Pasaba de inmediato la publicación a enumerar su dotación diciendo que contaba con “muchas y espaciosas salas. Las paredes están recubiertas de rico papel de diferentes clases. Las mesas, de mármol de colores. Los asientos son pequeñas banquetas sin respaldo y forradas de terciopelo labrado en color encarnado. La iluminación está muy bien distribuida en elegantes quinqués. El servicio, a tono con la magnificencia del local. En las últimas piezas de abajo hay dos preciosas mesas de billar y en una de las salas del centro, a la izquierda, una escalera de caracol. Varias mesas para juegos no prohibidos”. La descripción de las características del local finalizaba mencionando su aforo, que elevaba a la cifra de 500 personas, además de recordar que contaba con seis ventanales que daban a la calle de Alcalá y tres a la de Sevilla. La entrada al café estaba situada en la confluencia entre las dos calles, donde 80 años más tarde, en el momento de su cierre definitivo, se instalaría una entidad bancaria hoy ya desparecida. Gran parte de las decoraciones utilizadas en el café, como el mármol de las mesas, el color escarlata de las paredes o los espejos, que tanta fama le dieron desde un primer momento, fueron imitados posteriormente por otros negocios similares, con lo que se produjo un fénomeno tan valorado hoy día como es el de crear tendencia. Desde sus inicios se dijo, no sin cierta sorna, que el Suizo era uno de los cafés mejor situados. No olvidemos que frente a él se levantaban el convento de las Calatravas y la hospedería de los Cartujos. Desde su interior se divisaban en dirección a Sol el templo y el hospital del Buen Suceso y el palacio del duque de Sexto. Muy cerca, en el número 1 de la calle de Alcalá, se encontraba la Fonda del Comercio, la más antigua de Madrid. Al margen de su ubicación en pleno centro de la Villa y Corte, la novedad que quizás más llamó la atención de la población madrileña debió ser el hecho de contar con un salón adaptado a las féminas, llamado banco, donde solían acudir las damas más respetables de la época y cuya entrada estaba vedada a los barbudos, término muy en boga entonces para nombrar a los caballeros.

Hermanos Bécquier

Los hermanos Bécquer, fieles tertulianos del Suizo

Tertulias

Una de las razones para que el Café Suizo adquiriera relevancia entre la alta sociedad de la época se encuentra en el hecho de que sus salones albergaron diferentes y conocidas tertulias en la segunda mitad del siglo XIX. Entre otras podemos nombrar la que encabezaban los hermanos Bécquer y la que dirigió Santiago Ramón y Cajal, desde su llegada a Madrid a finales del siglo XIX hasta poco antes del cierre definitivo del establecimiento. El trasvase del elemento intelectual al café Suizo se fue verificando de forma progresiva prácticamente desde su apertura. Lo afirma el periodista y escritor costumbrista Roberto Robert quien, en un artículo titulado con el nombre del café y poco antes de su fallecimiento en 1873, afirmaba que los escritores abandonaron la anterior sede del café del Príncipe, ” sin motivo aparente, a semejanza de ciertos irracionales muy nerviosos que presienten los cambios atmosféricos y los anuncian con muestras de inquietud y extravagancia…/… y algunos de ellos hicieron estancia en el Suizo viejo, que comenzó a gozar de las primicias de la crítica literaria. No porque anteriormente el Suizo careciese de críticos sino que su crítica había sido hasta entonces la de los hombres de mundo, la del público de las butacas, con menos sentido estético, pero también con menos espíritu de rivalidad de escuela que los escritores”. Si seguimos leyendo el artículo costumbrista en el que Robert hace el retrato del Suizo vemos que, según él, por los salones del local de la esquina Alcalá/Peligros pululaban desde el joven alto y flaco “que se gastaba alegremente siete millones en cinco años” hasta el inversor que acababa de hacer la última gran jugada en la Bolsa, pasando por el autor del último estreno teatral exitoso. Los políticos tampoco se privaban de reunirse en los cotizados salones del café y, en definitiva, durante mucho tiempo fue el lugar de cita de la gente bien de Madrid. Si había que ir a los toros allí mismo se podían tomar las entradas. Se comentaba que las esposas de la alta burguesía madrileña juraban y abjuraban del Suizo porque sus maridos pasaban más tiempo del debido sentados en torno a sus mesas. Pero dice Roberto Robert que muchas de estas esposas desairadas por culpa del Suizo exclamaban al cabo de un tiempo con viva pesadumbre aquello de “¡Dios mío, que desgraciada soy! Antes al menos sabía que él no iba más que de su casa al Suizo y del Suizo a su casa pero, ahora, ¿dónde se mete ese hombre, señor, dónde se mete? Justo castigo -comenta el escritor costumbrista- a la que arroja maldiciones sobre los sitios de más honesto pasatiempo”. El Suizo se convirtió en pocos años en el eje de la vida social madrileña. Allí, en el café, se reunían los médicos y se conocían las más recientes noticias relacionadas con el último brote de cólera. Sobre sus mesas de mármol se escribieron terribles epigramas y se dibujaron caricaturas de las más graciosas. En sus salones se daban recitales de poesía y se celebraron los no menos famosos bailes de carnaval. Por la calidad de su mobiliario, por la riqueza de sus vajillas y por la pulcritud y esmero de sus camareros se lo llegó a comparar con el parisino café Tortini. Su hora de mayor éxito en cuanto a presencia de público se producía, según las publicaciones de la época, al ponerse el sol. La hora menos privilegiada era la de la salida de la ópera, poco antes de la medianoche. Pero era un breve paréntesis porque con la entrada horaria en el nuevo día volvía a abarrotarse por la llegada de los espectadores del teatro del Circo. La calle, al decir de los cronistas, estaba llena de carruajes aunque la masiva afluencia de público era a su vez un reclamo “para los granujas que pululan por las inmediaciones del café”, algo que no evitaba ni la abundante presencia de la policía municipal. En el café se ofrecia un servicio de bollería de exquisita calidad, acompañado básicamente por chocolate y cafés y redondeado con variedad de helados y pasteles. Su especialidad más conocida fue el bollo de leche. Se trata de una especialidad estrictamente nacional pero que en España se ha denominado desde entonces como bollo suizo, debido al éxito que tenían los que se expendían en el local al que hoy dedicamos un espacio en nuestro blog. Curiosamente, en Suiza, país de origen de los fundadores del café, se llaman bollos españoles y razón no les falta pues su origen, insistimos, es hispano. Todo el mundo sabe que tiene forma redonda semiesférica y que se suele tomar tierno, con azúcar espolvoreado y cristalizado. En el Café Suizo se solía servir nomalmente como desayuno y merienda, como también se hacía en otros cafés de la capital.

Café Suizos

Recreación del ambiente del café en su apogeo

Quejas y anecdotario

Pero no todo eran parabienes para el Suizo. El público madrileño, en ocasiones quisquilloso, y al que hay que convencer a diario en este tipo de establecimientos, lanzaba también sus dardos contra el funcionamiento del local y contra los propios dueños, a los que llegó a acusar de pertenecer a la masonería por expulsar de su local a dos contertulios que un día discutían de política. Los periódicos capitalinos se hicieron eco en ocasiones de “la desatención en general de los mozos y de la grosería en particular de algunos de ellos”. Por otra parte, pese a tener un alumbrado que en los primeros tiempos era digno de encomio, progresivamente fue degenerando hasta llegar a ser calificado de excesivamente económico “principalísimamente desde las nueve a las once de la noche, y en algunas habitaciones incompatible según parece con el siglo, cuyo más frecuente calificativo es el de de las luces“. Obviamente el siglo de las luces fue el XVIII en Francia aunque no podemos menos que estar de acuerdo con este desajuste cronológico, toda vez que a España las corrientes intelectuales suelen llegar con sustancial retraso. Las criticas a la oscuridad del local llegaban a ser relatadas con cierta sorna al decir que era completa “en una de las habitaciones anteriores al billar, lo que da lugar a encuentros nada agradables, de los que suele resentirse más de un esternón”. Se debía referir el cronista a los topetazos y calabazazos que se debían dar los clientes al cruzarse en la oscuridad, sin percibirse los unos de la presencia de los otros. Por último, las críticas llegaban a rozar el terreno escatológico, aunque siempre con cierta altura de estilo, al denunciar “el mal estado o llámese el completo abandono de cierto sitio, el cual, según la metáfora de un amigo nuestro, hay noches que se asemeja al famoso lago de Costanza”. Pese a estos y otros pormenores, el Café Suizo siguió funcionando hasta una fecha comprendida entre 1919 y 1920, que es la que, generalizando, suelen dar las gentes que hablan del café en las diversas fuentes consultadas. No nos aventuramos a concretar más porque no hemos encontrado directamente reflejado el dato exacto en ningún documento. Echamos mano una vez más del saber legado por Pedro de Répide en sus Calles de Madrid, publicado en artículos periódicos en el diario La Libertad a partir de 1921 con el título de Guía de Madrid. Dice nuestro topógrafo matritense en su entrada referida a la calle Sevilla que, en la esquina con Alcalá “estableciose el Café Suizo, desapareciendo hace dos años y cuya casa ha sido ya demolida”. Con su clausura se cerraba una página muy importante de la vida social de Madrid que abarcó cerca de 80 años y que, como era habitual en tales lugares de encuentro, se podría decir, pidiendo prestada la frase a Vélez de Guevara, que en el Suizo las noticias se comentaban antes de que se produjeran los hechos. Fue uno más de los muchos cafés que fueron desapareciendo progresivamente de una ciudad que, en los momentos de mayor apogeo de este tipo de locales, llegó a contar con cerca del centenar y que acogía a lo más variopinto de la sociedad, desde el financiero al sablista, desde el político al artista, desde el literato al actor en paro, desde el torero al más incauto flaneante.

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Publicado por en febrero 13, PM en Cafés

 

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