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El maestro López de Hoyos

20 Feb

El nombre y los apellidos de este madrileño nacido en 1511 les suenan más o menos a todo el mundo. A los más comunes de los mortales porque hay calle y glorieta en la Villa y Corte. A otros algo más formados, porque los primeros versos que publicó Cervantes están asociados a éste, su maestro. Quien haya arañado algo más en la historia matritense los unirá al Estudio de la Villa de Madrid, donde fue catedrático. Habrá incluso quien llegue un poco más lejos y sepa que fue párroco de la iglesia de San Andrés, esa que está situada junto a la plaza de La Paja, cerca de la que fuera vivienda de San Isidro y donde permaneciera sepultado el cuerpo del santo durante algún tiempo. Quienes, lo conocerán por sus publicaciones sobre la muerte de la reina Isabel de Valois, el príncipe Carlos o la llegada a España de la después también reina Ana de Austria. Por último, algunos habrán llegado a él a través de los sabrosos y paternalistas comentarios que Ramón de Mesonero hace de este hijo de herrador, en cuanto a ser considerado uno de los primeros historiadores de la capital. Pero poco más podemos decir de él y sin embargo, hay que insistir en que nos encontramos ante una figura importante de la historia lejana del Madrid del siglo XVI, durante el que desarrolló su labor en diversos ámbitos de la vida madrileña, eso sí, siempre ligado a la cultura, fuera desde la perspectiva de voluntarioso historiador y cronista capitalino, fuera como docente, fuera como religioso o fuera como simple humanista, algo que no era moco de pavo durante la centuria en que le tocó en suerte o en desgracia vivir. No cabe duda que los eruditos sabrán bucear en la biografía del dómine López de Hoyos y encontrar el dato que hace subir la adrenalina después de mucho escarbar pero, al margen de ello o por ello mismo, choca encontrar un nombre tan sonoro para el gran público como desconocido en cuanto a la personalidad de quien tras él se esconde. Por no haber, no hay de Juan López ni un miserable cuadro que nos dé una idea de sus características físicas. O al menos al alcance de la mano. En cualquier caso, intentaremos estirar los escasos datos biográficos que tenemos y analizar los que han hecho que hoy día su prestigio haya crecido, sobre todo entre quienes se acercan a la historia y geografía madrileña, sea con interés histórico o simplemente como fórmula para llenar un tiempo de ocio de forma gratificante

López de Hoyos en San Andrés

Placa al dómine en San Andrés. Foto Escultura y Arte

Maestro del autor del Quijote

Centrándonos en los poquísimos datos públicados de su biografía, al margen de su origen madrileño hay que decir que sus padres se llamaron Alonso López de Hoyos y Juana Santiago y que sólo sabemos de ellos que el progenitor era herrero. Tras ordenarse sacerdote, Alonso y Juana le cedieron una vivienda situada en el entorno de Puerta Cerrada, casa que más tarde legó en herencia a un sobrino suyo de nombre Gabriel y con sus mismos apellidos. Fue un hombre de una gran cultura, conocedor de la Antigüedad clásica, la Historia y la Epigrafía ya desde sus años de juventud y formación. Se sabe también que fue catedrático del Estudio de la Villa desde que ganara su oposición en enero de 1568, sucediendo  al escritor, humanista, lexicógrafo, ortógrafo y simpatizante de Erasmo de Roterdam, Alejo Venegas del Busto, a la sazón preceptor de Gramática en dicho Estudio. Se sabe también, y este es el dato que más popularidad le ha dado, que en las aulas de la calle de la Villa fue maestro de Miguel de Cervantes Saavedra, bastante tiempo antes de que el futuro Manco de Lepanto se convirtiera en genio de la literatura española. En la obra publicada por el dómine sobre la muerte de doña Isabel de Valois en 1569 aparecen un soneto y varias redondillas cervantinas, aunque a los historiadores y estudiosos de Cervantes les chirría el dato de que a un hombre de pelo en pecho -Cervantes había nacido en 1547- lo calificara de discípulo cuando ya estaba en edad de visitar bodegones y tabernas de la calle de Toledo para jugar al tute o echarse al coleto un azumbre de vino de San Martín de Valdeiglesias. Coincidiendo más o menos en el tiempo con su nombramiento de catedrático, el Ayuntamiento de Madrid lo había designado para componer los epitafios, alegorías, historias y jeroglíficos -en la terminología de la época- que habían de colocarse en la iglesia de las Descalzas para celebrar las exequias de la reina Isabel de Valois y de ahí la publicación de su Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicíssimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois, nuestra señora… con que confirma en la Villa y Corte sus habilidades como plasmador de negro sobre blanco de hechos históricos. Un año antes de 1569, en que publica la obra sobre la malograda reina, había saltado a la arena de la historia con su Relación de la muerte y honras fúnebres del SS Príncipe Don Carlos, hijo de la Mag. del Cathólico Rey Don Philippe el segundo nuestro señor.  Su bibliografía se completa con otros tres títulos: Real apparato y sumptuoso recebimiento con que Madrid rescibió a la Sereníssima reina D Ana de Austria (1572), la Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades y, por último, la Carta al Ayuntamietno desta Villa de Madrid. En 1580  y para compensar su escasa asignación como catedrático de los Estudios se le nombra beneficiado de la parroquia cercana de San Andrés, a raíz de lo cual el Concejo suplicó al cardenal de Toledo no permitiese que por razón de este nuevo destino dejase la cátedra de la Villa, temor que según se pudo comprobar no se cumplió en absoluto. Hoy día, una placa colocada en una de las paredes de la iglesia recuerda que allí trabajó como sacerdote. Se sabe, por último, que falleció en el mes de junio del año 83 del decimosexto siglo y que fue sepultado en el monasterio de San Francisco no sin antes haber redactado su propio epitafio, que rezaba en latín el siguiente texto: M Ioannes Lupercius de Hoyos, regius commissarius specto resurrectionem mortuorum.

isabel-valois-pantoja

A Isabel de Valois dedicó su principal obra López de Hoyos

Mesonero, crítico con el dómine

El testimonio de Ramón de Mesonero es fundamental e imprescindible para conocer la personalidad literaria de López de Hoyos pues en su obra El antiguo Madrid, hace una pequeña reseña tanto de las características como escritor del dómine como de las cuatro obras citadas anteriormente. Lo califica de maestro ” y célebre catedrático de buenas letras del Estudio…/… su principal celebridad respecto de la Villa de Madrid es por haber escrito y publicado tres libros y luego otro…” Y cita las obras que han dado fama a Juan López y que hemos citado anteriormente. De la que refleja los últimos momentos de Isabel de Valois, destaca Mesonero que contiene “dos cartas donde habla con su natural entusiasmo y buena fe de las antigüedades de esta villa”. Hace también referencia a la aparición en dicha obra de unos versos del autor del Quijote tras decir que estamos ante una obra cuyo discurso es “curioso y peregrino. En este libro es donde se hayan varios versos de Miguel de Cervantes a quien el autor apellida su caro y amado discípulo”. A continuación El curioso parlante  menciona la obra sobre la llegada a España de Ana de Austria para valorarla positivamente por los detalles que da sobre la orografía madrileña de aquella época, en especial cuando se refiere al allanamiento y regularización del paseo del Prado de San Jerónimo. Posteriormente enjuicia Mesonero la labor de los historiadores de la época en la que vivió López de Hoyos y citándolo a él al alimón con otros de la talla de Gonzalo Fernández de Oviedo, Antonio León Pinelo o Jerónimo Quintana, dice que “como consecuencia de la rápida importancia adquirida por esta Villa con la traslación a ella de la corte de la monarquía, dedicaron su pluma y desplegaron toda la fuerza de su voluntad a rebuscar y consignar con más celo que buen criterio mil confusas tradiciones, mil absurdas conjeturas con que enaltecer a su modo al pueblo que los había visto nacer y cuya historia o panegírico intentaban trasladar, ocuparon muchas páginas de sus indigestos cronicones en aserciones notoriamente falsas, en consejas maravillosas y en deducciones temerarias y hasta ridículas; que si pudieron ser admitidas en la época en que se escribían, hoy sólo alcanzan de la crítica sensata una sonrisa desdeñosa”. Refiriéndose en concreto a nuestro dómine y maestro de hoy, el cronista ilustrado alega que de libros como los de López de Hoyos es de donde “todos los historiadores de Madrid tomaron multitud de fábulas y estravagantes deducciones sobre la antigüedad y grandezas de esta villa, que inspiraban al buen maestro Juan López su patrio entusiasmo y su afición a lo maravilloso. Todos estos libros -se refiere a los escritos por nuestro personaje- son por lo demás de tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y afectado estilo, que hubieran desparecido por completo si la crítica moderna no hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le escaparon sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época”. Sin duda, Ramón de Mesonero es tremendamente crítico con nuestro hombre de hoy en particular y con el mundo de la erudición histórica del siglo XVI en general. Quizás excesivamente. No podemos olvidar que nos encontramos en los albores de la historia moderna, aún lastrada por métodos medievales e incluso clásicos, en contraposición a la mentalidad dieciochesca del erudito costumbrista. No podemos olvidar tampoco que Juan López fue el primer cronista que incluyó en sus textos descripciones de elementos defensivos de Madrid aunque por desgracia esas referencias se limitaran a una de las puertas del primer recinto, el denominado Arco de la Almudena, y a tres del segundo recinto, las de Moros, Puerta Cerrada y Guadalajara. Cierto es que solamente en dos de las cuatro descripciones se incluían datos constructivos de los portales pero no cabe duda de que, de haber tenido el dómine algo más de perspectiva histórica y habérselo propuesto, habría sido un notario escepcional de la realiad material de las dos murallas medievales. López de Hoyos llegó a ver en pie todos sus elementos significativos a excepción quizás de la torre Narigües – situada en la calle Segovia, sobre donde se encontraban las huertas de Pozacho- y pudo contemplar en su integridad al Madrid amurallado que por esos mismos años, entre 1562 y 1565, dibujaron Vermeyen y Wingaerde en sus famosas y primeras panorámicas completas de la Villa y Corte. Es por ello que no se puede ser cicatero con personas que, con escasa formación investigadora, por ser prácticamente los pioneros, y con medios no menos escasos, consiguieron abrir camino para los que seguidamente debían continuar una tarea de relevos, de generación en generación. No cabe duda de que Ramón de Mesonero así lo tuvo que ver y, más allá de las críticas concretas a los aspectos más fantasiosos de los escritos de López y otros historiadores de la época, reconoció su labor. En el caso de Juan López de Hoyos no cabe la menor duda porque fue el propio Mesonero quien promovió la iniciativa de poner una placa en el lugar donde estuvo hasta 1619 la sede de los Estudios de la Villa. Dicha inscripción hace referencia a la historia del solar como centro de estudios, al alumno aventajado que le dio suficiente prestigio para entrar en la historia y al maestro de éste y hombre protagonista de nuestro retrato de hoy, el dómine Juan López de Hoyos. Fue colocada en 1870 con el visto bueno de la condesa de la Vega del Pozo, propietaria de la vivienda en ese momento. La dedicatoria incluye además un homenaje a todos los humanistas de la época, que ciertamente no lo debieron tener fácil a partir de la segunda mitad del siglo XVI, con la llegada al trono de Felipe II, por las consecuencias del Concilio de Trento y con la Inquisición olisqueando cualquier gesto, más aún en el ámbito de la docencia y la intelectualidad. En este sentido se sabe que el dómine López de Hoyos enseñaba antes de llegar al Estudio según las entonces nuevas corrientes literarias humanistas europeas, tan en boga. Sin embargo, con el triunfo de la ortodoxia y la consiguiente cerrazón ideológica se vio obligado, como tantos otros, a plegar velas y volver al dogmatismo más rancio. En cualquier caso, personaje curioso, con iniciativa, atrevido y valiente pese a los errores cometidos en lo que a investigación histórica se refiere. Y, por encima de todo, un madrileño al que le interesaba tanto el pasado como el devenir de su ciudad.

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Publicado por en febrero 20, PM en Perfiles

 

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