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Príncipe de Anglona: jardín, palacio y calle

26 Feb

Uno puede flanear por la calle Segovia en sentido ascendente o descendente y no enterarse de su existencia. Puede subir la costanilla de San Andrés y, si no se echa la vista a la izquierda, seguir tan ricamente sin saber lo que se pierde. Puede girar a la izquierda y penetrar por una corta rúa en dirección a la iglesia de San Pedro el Viejo sin percatarse de su presencia. Incluso el habitual despiste del flaneante puede llevarle a bajar desde la plaza de la Paja y pasar de largo envuelto en los recuerdos del palacio de Vargas, o de la iglesia de San Andrés, o de la historia que envuelve los edificios donde antaño se levantaran las casas de los Lasso de Castilla. Por su mala cabeza puede este descuidado paseante quedarse sin disfrutar de una pequeña gran joya arquitectónica y de un entorno por el que ha caminado distraído ya más de una, y dos, y hasta tres tardes. Lo tendrá bien merecido. Pero la suerte suele acompañar no sólo a los audaces, sino también a quienes habitualmente el bosque de la inmensidad de tesoros que esconde la topografia matritense no le deja percibir la belleza de los numerosos árboles concretos que constituyen esa unidad de belleza artística e histórica global a la que se refiere aquel sustantivo colectivo. Suerte que a veces la reconvención cariñosa de una abuela a un tierno aunque pertinaz infante, que se encuentra jugando a la puerta de un pequeño jardín, impidiendo el paso de circunspectas personas adultas, hace que el desorientado caminante gire la vista a la derecha y se encuentre con un portillo por el que entra y sale gente, mapa turístico en mano, en un ir y venir, si no continuo, al menos goteante. Y eso es lo que le ocurrió a quien estas cuartillas virtuales emborrona en estos momentos, al dejar atrás la plaza de la Paja con intención de enfilar calle Segovia en dirección a Puerta Cerrada, después de disfrutar de los secretos de la iglesia de San Andrés una reciente tarde de invierno cuando ya los escasos rayos de sol del mes de febrero hacían por esconderse más allá del viaducto de Bailén. Donde fijó su mirada el paseante, a continuación de observar la regañina de la abuela, fue en un aparente panel turístico del Ayuntamiento de Madrid, situado a la izquierda del mencionado portal. Lo que leyó allí era que se encontraba ante un conjunto ajardinado, minúsculo, pues apenas si ocupaba una pequeña parcela de poco más de 500 metros cuadrados, y que llevaba por nombre Príncipe de Anglona. Igual que el recién enamorado cada día se sorprende de las dulzuras de la nueva relación, el Isidro reciclado en flaneante tiene la suerte de que prácticamente todo en Madrid le viene de nuevo y en cada esquina encuentra un motivo de admiración. Y como fogoso enamorado tambíen él busca las delicias y las agradables sorpresas que trae consigo el contacto con las flechas de Cupido. Y se dispone a buscar información del lugar. Y se da cuenta que se trata de un enclave relativamente desconocido para el gran público pero que merced a curiosos que le precedieron acumula información suficiente para no parecer pedante, por una parte y, por otra, entretener la tarde de algún despistado lector, sin empalagar en demasía. Y se dispone a contar algunas generalidades aderezadas con algún detalle más por lo menudo de este parque que, si bien no pasará a la historia por sus dimensiones sí lo hará por el encanto y mimo que destila.

Jardines de Anglona

Los jardines de Anglona, un remanso de paz en pleno corazón de la Villa y Corte

Construido en el siglo XVIII

La historia de este jardín colgante rectangular arranca de la mano de la construcción inicial del hoy palacio del Príncipe de Anglona, del que es prolongación, en 1530 y que fue residencia del consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos I, Francisco de Vargas. Sin embargo, el recinto ajardinado, en su diseño actual, aparece en el siglo XVIII al trazarse uno de los laterales de la casa palaciega. Se trata, como decíamos líneas atrás, de una superficie muy escasa para un parque, alrededor de 500 metros cuadrados, cuyo perímetro está cercado mediante una tapia de ladrillo que lo protege de las vistas del exterior, lo que hace que, dependiendo del lugar por el que se transite, pase desapercibido para los muchos paseantes que desde la calle Segovia suelen acceder a un lugar tan preñado de historia como es la plaza de la Paja. Algunos tramos de la tapia están protegidos por una celosía que le da un realce especial al conjunto del parque, que está dividido en tres áreas claramente diferenciadas, según reza en sendos carteles informativos colocados uno a la entrada y otro en el interior del recinto. Que dicho sea de paso contribuyen a hacer mayor el disfrute del visitante al aunar teoría y praxis. Como decíamos, tres son las zonas en las que claramente se divide el cuasi regular cuadrado que envuelve al solar. El cuerpo central es el más importante. Está dividido en cuatro cuadrantes entre los que se abren varios caminos, enladrillados y aparejados a sardinel. En la intersección de los mismos se erige una fuente de reducidas dimensiones, en consonancia con la superficie total del parque, labrada en granito. Está formada por una columna y una taza, que presentan relieves en espiral cual columna salomónica. Junto al lienzo que corre paralelo a la calle Segovia se extiende un leve paseo arropado por una pérgola a la que trepa y se enreda una rosaleda. Más allá, al final de la tapia paralela a la costanilla de San Andrés, se alza un cenador de hierro, que completa la tercera de las áreas distinguidas. Todo aquí es de dimensiones limitadas, lo que no merma su belleza y encanto sino que contribuye a realzarlos en la más pura tendencia rococó, entendida como imitación barroca pero en reducidas medidas. Vamos, lo que hoy llamamos minimalismo, si se me permite esta licencia seguramente anacrónica. En cuanto al apartado botánico, el jardín combina árboles de grandes dimensiones con pequeños parterres, delimitados por setos de boj y con plantaciones de pradera, configurando un conjunto de gran colorido y frondosidad con acacias, un plátano, una higuera y una masa de ailanthos, que en las épocas más calurosas generan una espesa y agradecidísima sombra y recrean en su interior un jardín asaz romántico. Los bojs forman setos a lo largo de los caminos reforzando el trazado. A su vez, los bérberis, madroños, hydrangea y syringa componen el nivel arbustivo y también tienen su espacio frutales como granados, kakis o almendros, tan habituales en los jardines de la época en que se diseñó. Remata su encanto el hecho de estar construido sobre un terraplén artificial en estructura colgante, que le permite salvar el desnivel existente entre la plaza de la Paja y la calle de Segovia. Con todo ello el recinto se ofrece ante el soprendido visitante como un remanso de paz en el apretujado y denso conjunto monumental que presenta la Villa y Corte por esta tradicional barriada, encerrada en los límites de la primera ampliación del perímetro capitalino, allá por el siglo XIII. El jardín lo esbozó en 1761 el diseñador de planos francés Nicolás Chalmandrier, quien propuso una pequeña zona de recreo de estilo neoclásico con toques característicos de los jardines hispanoárabes. Pero su estructuración actual la llevó a cabo a principios del siglo XX  el pintor y diseñador de jardines de origen flamenco, aunque sevillano de nacimiento, Javier de Winthuysen por encargo de los entonces propietarios marqueses de la Romana. A lo largo del siglo XX ha pasado por diversas vicisitudes, del progresivo abandono a la exposición a la voracidad especulativa, hasta que en 1978 pasó a manos del Ayuntamiento que lo rescató para uso vecinal. Desde 2002 está abierto al público una vez reconstruido todo el conjunto. Aun así, la polémica no ha estado exenta pues parece ser que no se respetó en su totalidad el diseño de Winthuysen y algunos elementos están cambiados de lugar.

PPe anglona

Aspecto del príncipe de Anglona

Palacio del Príncipe de Anglona

El jardín está, como decíamos al principio de nuestra exposición, unido indisolublemente al palacio del Príncipe de Anglona, quien no era otra persona que Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Alfonso-Pimentel, que además del principado por el que es más conocido también ostentaba el título de marqués de Javalquinto. Habitó el contiguo palacio en el siglo XIX aunque muchos han sido los insignes propietarios que han ocupado sus estancias y han paseado por el jardín a lo largo de la historia del mismo. Entre ellos cabe destacar por su importancia al undécimo conde de Benavente, Antonio Alfonso Pimentel y Herrara Ponce de León, quien obtuvo la propiedad por matrimonio con Isabel Francisca de Benavente, hija de los marqueses de Javalquinto y Villarreal. Ramón de Mesonero también tiene su momento de atención para el palacio y el jardín en su Antiguo Madrid y se refiere al recinto botánico, subrayando especialmente el carácter de parque colgante, al mencionar la manzana contigua a la iglesia de San Pedro, a la que acaba de describir. Escribe Mesonero que se trata de la manzana 132, entre la calle llamada Sin Puertas y la de Segovia, que “la forma también exclusivamente la casa que hoy pertenece al señor marqués de Javalquinto, príncipe de Anglona, y anteriormente fue de los condes de Benavente y también de la familia de los Vargas y Sandoval; considerable edificio, notable también por el jardín que tiene contiguo, fundado sobre fuertes murallones, entre la plazuela de la Paja y la calle de Segovia y resultando dicho pensil por el desnivel del terreno, a la altura del piso principal de la casa”. Del palacio actual podemos decir que su moderna erección tuvo lugar entre 1675 y 1690 y que como curiosidad no debemos dejar de apuntar que sus bajos acogieron unos túneles secretos que lo comunicaban con el Palacio Real. Su primera reforma la llevó a cabo Vicente Barcenilla hacia 1776 y más tarde, a principios del siglo XIX, Antonio López Aguado lo adaptó a la moda neoclásica del momento. Actualmente acoge viviendas particulares aunque en su planta baja están instaladas diversas dependencias municipales, en concreto del Instituto Madrileño de Formación. Está situado en la calle que da nombre al príncipe palaciego pero que antaño llevaba como decía Mesonero la denominación de Sin puertas. La razón de ello la apunta Pedro de Répide en su socorrida obra Calles de Madrid. Decía allá por 1920 quien fuera biógrafo de Isabel II que se abrió una calle “entre las casas que fueron del duque de Osuna, luego del marqués de Javalquinto y actualmente del marqués de la Romana y las que fueron de Francisco de Vargas, formando parte del mayorazgo de los marqueses de San Vicente del Barco. Para facilitar la comunicación con la plaza de la Paja, los dueños de aquellas fincas cedieron terreno a la Villa, sin abrir puerta alguna por aquel lado, de lo que tomó su primera denominación”. El príncipe de Anglona es reconocido por haber tomado parte en la guerra de la Independencia contra los franceses y haber participado en las batallas de Tamames y Consuegra donde, a juicio de los historiadores, dio muestras continuas de serenidad y valor. Pedro de Alcántara habia nacido en Zamora en 1776, siendo el hijo menor del undécimo duque de Osuna y de la duquesa-condesa de Benavente. Su familia fue asidua de Francisco de Goya y aparece en el cuadro que el genial sordo aragonés realizó a la familia y que se conserva en el museo del Prado. Al margen de sus méritos en el ámbito militar hay que decir que dirigió el museo del Prado durante el trienio liberal entre 1820 y 1823. Fernando VII necesitaba a un aperturista para llevar las riendas de la pinacoteca. Sustituía a su cuñado el marqués de Santa Cruz y se trataba de un hombre que cultivó también la pintura. Había sido nombrado académico de honor por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución de la que sería director en el momento de su fallecimiento en Madrid en 1851, a la edad de 75 años. Persona, por tanto, inmersa de lleno en la vorágine que vivió la nación durante la primera mitad del siglo XIX y muy en consonancia con la mentalidad dieciochesca y liberal, habitual entre la aristocracia de la época. Anglona fue uno más de los protagonistas del despertar de los españoles a las libertades constitucionales y uno de los que puso a la nación en la senda de la modernidad.

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Publicado por en febrero 26, PM en Entornos

 

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