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Archivos Mensuales: marzo 2014

Plaza de Ramales

Plaza_de_Ramales. WIKIPEDIA

La plaza con la casa palacio de Ricardo Angustias al fondo. es.wikipedia.org

La plaza de Ramales es un lugar de flaneo interesante. Se encuentra a espaldas de la iglesia de Santiago y frente a la gran explanada de la fachada este del Palacio Real, es decir de cara a la plaza de Oriente. Su carácter peatonal y los varios negocios hosteleros de terrazas que se concentran en su perímetro hacen que desde la primavera al otoño se pueda disfrutar, sobre todo durante las tardes, de un oasis de tranquilidad. Dicho oasis se puede aderezar con el espectáculo del ir y venir pausado, espectante y sorprendido de visitantes, tanto españoles como extranjeros, a quienes este espacio abierto sirve de cordón umbilical entre el área de la plaza Mayor y el Palacio Real, calle Santiago mediante. La plaza de la Ópera se encuentra también cercana, sólo hay que tomar la calle Vergara para acceder a esa ágora matritense, tanto de paso como de estancia. El que la plaza de Ramales se haya convertido en un espacio atractivo, acogedor y relajante se debe en gran medida a las remodelaciones llevadas a cabo en la última década por los organismos municipales pertinentes. Aprovechando la construcción de un aparcamiento subterráneo se emprendió su definitiva peatonalización y se sacaron a la luz algunos restos arqueológicos con la subsiguiente incidencia en el valor histórico de este enclave tan madrileñista. Quizás la asignatura pendiente por parte del Ayuntamiento sea la labor de mantenimiento en unas condiciones adecuadas de lo que tanto tiempo y dinero ha costado levantar. Pero bueno, afortunadamente desde la finalización de las últimas obras la plaza ha cobrado un dinamisimo del que carecía cuando los vehículos estacionaban donde las cabezas de sus dueños les aconsejaban. Como decíamos líneas arriba hoy constituye un espacio amplio, seguro y ajeno a los ruidos de la urbe, donde tanto adultos como infantes pueden pasear tranquilamente antes de ocupar uno de los muchos veladores que los hosteleros del lugar tienen a bien situar a las puertas de sus negocios. Y no es fácil encontrar una mesita libre en las estaciones de bonanza climatológica. Y una vez sentados y al calor de una birrita podemos empezar a rebuscar en nuestra mente qué tiene de valor histórico esta plaza. Y vemos que en las placas de azulejos pone que se llama de Ramales y recordamos la batalla que en tal lugar de Cantabria tuvo lugar allá por 1839, durante la primera Guerra Carlista. Y nos preguntamos qué narices pinta Velázquez en esas mismas placas al lado del nombre de la plazuela. Y nos contestamos que en este solar se encontraba la iglesia de San Juan hasta su derribo a comienzos del siglo XIX. Y claro, en una de sus capillas estuvo enterrado el genio sevillano del pincel. Y después, un barrido de nuestra mirada pone ante nuestros ojos dos edificios atractivos, de aspecto señorial y de una arquitectura como mínimo agradable a la vista, por más que seamos flaneantes legos en la materia. Y nos enteramos que se trata de las casas-palacio de Domingo Trespalacios y de Ricardo Angustias. Y nos gustaría saber más cosas de todo esto. Pues bien, vayamos por partes que para todo se necesita orden, que diría Jack el destripador.

Ramales 1

Ramales de la Victoria en Cantabria

Batalla de Ramales

Como apuntábamos antes, el nombre de la plaza conmemora la victoria de las tropas leales a Isabel II en la batalla que tuvo lugar en la localidad cántabra de Ramales durante la I Guerra Carlista. Se enfrentaba el ejército del general Espartero contra los leales a Carlos María Isidro, liderados por el también general Rafael Maroto. Dicen los anales que pudo haber algo de tongo en el desenlace de la refriega y se acusa aún hoy en día al caudillo carlista de no haber utilizado todas las fuerzas humanas y de intendencia a su disposición, dejando en reserva a ocho de sus diecisiete batallones. También se acusa a Maroto de haber ordenado capitular a los hombres que defendían una de las posiciones más trascendentes desde el punto de vista estratégico,  cuando éstos se encontraban en perfecto estado físico y moral para defenderse hasta el extremo. Y es que, en principio, todos los pronósticos apuntaban a una victoria relativamente cómoda de los carlistas, quienes se encontraban perfectamente asentados en Ramales y Guardamino, con un cañón apuntando hacia la pretendida zona de paso de las tropas de Espartero. Pero al final la victoria cayó de parte de los isabelinos. El análisis de las causas da resultados controvertidos, unos más épicos y legendarios y otros más creíbles. Ahí están los libros de historia para que cada cual juzgue a su antojo. Lo cierto es que Espartero se apuntó la victoria y al final de la contienda arengó a sus tropas, sacando pecho, con aquellas palabras que, destacando el valor de los suyos a la vez que vituperaban el de los enemigos, don Baldomero espetó a los suyos: “no quisieron aceptar vuestro reto. Encasillados en sus formidables posiciones, allí querían que se estrellase vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia “. Eso es. Tras dicha batalla fue cuando se le concedió el título de duque de La Victoria, precisamente por el desempeño de su ejército en Ramales.

Iglesia de San Juan o de los santos juanes

Pero para explicar el porqué de que Velázquez aparezca en los azulejos de la placa callejera hay que retrotraerse algo más en el tiempo. No podemos olvidar que el área donde se encuentra la plaza estaba ya edificada en épocas remotas. Formaba parte del segundo recinto amurallado de Madrid o primera ampliación de la cerca y así venía ya claramente señalado en el famoso plano de Amberes. Bien es verdad que entonces la actual plaza no existía sino que el solar que ahora abarca estaba ocupado por un lado por la plazuela e iglesia de San Juan y por otro por el convento de Santa Clara. Los planes de José Napoleón de reformar el centro de la Villa y Corte tuvieron bastante que ver en la desaparición no sólo de templo y convento sino de numerosas edificaciones, tanto religiosas como civiles, durante la Guerra de la Independencia. Tenía previsto el hermano de Napoleón abrir una avenida que enlazara la Puerta del Sol con la explanada del Palacio Real. La zona donde se encontraba la iglesia debía ser la prolongación de la calle Arenal para contactar con la fachada principal de la residencia de los reyes. De ahí su derribo. Y no fue una pérdida cualquiera, que bien que lo hemos lamentado los madrileños desde entonces, por más que las intenciones urbanísticas del Plazuelas sean actualmente valoradas y reconocidas como no lo fueron en anteriores épocas. Pero lo cierto es que la iglesia tenía una importancia excepcional. Nos lo recuerda Pedro de Répide, quien una vez más sale en nuestra ayuda para afirmar respecto de aquel templo que”era de tiempo tan remoto su edificio, que manifestaba ser construido en tiempo de los emperadores romanos y encima de la puerta principal tenía tres piedras redondas; en la de en medio, esculpida una cruz; en la de la izquierda, un cordero con su bandera, emblema del Bautista, y en la de la derecha, la cifra del nombre de Cristo en letras griegas, que usó Constantino en su estandarte imperial, señal de haber sido iglesia de católicos y no de arrianos”.  Las palabras de uno de nuestros cicerones habituales no son compartidas en la actualidad por los historiadores por considerar que los argumentos ornamentales en que se basan están distorsionados ya que dichos adornos no fueron utilizados hasta tiempo más reciente. Parece ser que la iglesia fue construida casi con total seguridad en  el siglo XII y que estuviera dedicada tanto a san Juan Bautista como a su tocayo el Evangelista.ya que había imágenes de ambos en el antiguo presbiterio. En el Apéndice del Fuero de Madrid de 1202 aparece nombrada junto al resto de iglesias que se encontraban dentro del recinto amurallado. Está documentado igualmente que el recinto fue consagrado en 1254 por fray Roberto, obispo Silvense, previa licencia del arzobispo de Toledo. Siglos más tarde, en 1606, se le agregó la parroquia de San Gil, que se encontraba pegada prácticamente a palacio y que fue derribada para ampliar la explanada de la actual plaza de Oriente. Como consecuencia de ello se convirtió en la parroquia real hasta 1639. En ella fue donde se bautizó en 1624 a Margarita de Austria, la hija de Felipe IV e Isabel de Borbón. Y allí es donde fue enterrado en 1660 Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Antes de pasar a hablar de la tumba del genio de la pintura es necesario recordar que quien flanee por la zona debe fijarse en una losas incrustadas en el suelo de la plaza y que reproducen el contorno de la antigua iglesia. Y si descienden por las escaleras del actual aparcamiento subterráneo se encontrarán con unas ruinas del templo curiosas de observar. No se olviden de hacerlo que merece la pena. De verdad.

Tumba de Velázquez

A pesar de la modestia en cuanto a tamaño, la iglesia contaba con capillas de linajes tan nombrados en la historia matritense como los Lujanes, Herreras, Solíses o Fuensalidas. A este último pertenecía un amigo del pintor sevillano, en concreto don Gaspar de Fuensalida. Tan amigo era de don Diego Velázquez que a la muerte de éste permitió que se le inhumara en su capilla aunque hay quien opina que se le enterró en una de la orden de Santiago, sita en el mismo templo, como caballero de la orden que era. Lo que es indiscutible es que allí fue enterrado el autor de Las Meninas y allí también recibió sepultura su esposa Juana Pacheco. Tan indiscutible como que, cuando José Bonaparte decide derribar el templo, a ninguna mente preclara se le ocurrió recoger los restos del pintor y buscarle una sepultura acorde con su renombre. Desde entonces las lamentaciones han sido el denominador común. También las teorías especulativas sobre dónde podría estar la osamenta de maestro de la pintura. Hace relativamente poco tiempo, y coincidiendo con la última remodelación de la plaza en 1999, se emprendió la labor de búsqueda de la tumba sin resultados positivos. Se encontró un cuerpo momificado bajo el altar pero no era del sevillano. La búsqueda resultó infructuosa lo que hizo pensar  que los restos pudieran haber sido trasladados antes de la demolición del  templo. Se comentó la existencia de un documento donde se recogía que el cuerpo del pintor fue trasladado al convento de la Inmaculada de San Plácido en la calle San Roque. Y, ciertamente, años atrás había aparecido una momia de un caballero de la orden de Santiago que respondía a las características del que se buscaba. Junto a él se encontró otro de una mujer… Ahí quedó todo sin que ni autoridades ni expertos en la materia hayan dicho hasta la fecha esta boca es mía. Todas las incógnitas siguen abiertas, por tanto.

Casas-palacio de Trespalacios y Angustias

Palacio de trespalacios

Palacio de Domingo Trespalacio.commons.wikimedia.org

Vamos a terminar nuestro flaneo de hoy centrándonos en dos bellísimas construcciones de carácter civil que contribuyen a dar ese toque de calidad, en este caso arquitectónica, a la plaza de Ramales. Nos estamos refiriendo a las casas-palacios de Domingo Trespalacios y de Ricardo Angustias. La primera de ellas se encuentra ubicada en la parte sur de la plaza y fue construida en 1768 por el arquitecto Andrés Díaz Carnicero. Se trata de otro ejemplo más del auge de la arquitectura residencial del siglo XVIII madrileño, tan utilitarista y práctico, siguiendo las directrices de los ilustrados franceses. Se trata de un edificio de planta poligonal, compuesto por tres alturas más sótano y provisto de un gran patio y fachadas en las que destaca la simetría de los huecos y los balcones curvilíneos. Tras la Guerra Civil acogió en su planta baja la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Por esas fechas fue remodelado a fondo para transformarlo en edificio de oficinas y también residencial. Con posterioridad ha sufrido nuevas reformas con el fin de simular la sillería de la antigua construcción con la intención de conseguir una mayor integración con el entorno. Por su parte, la casa-palacio de Ricardo Angustias es con seguridad la más llamativa y pintoresca de la plaza y va camino de convertirse en lo que ahora se llama, pomposamente y con cierta cursilería lingüística, un referente icónico del lugar. Dicha construcción fue levantada entre 1920 y 1922 sobre un solar donde había estado tiempo atrás una vivienda en la que residiera Leandro Fernández de Moratín. La obra, del arquitecto Redón y Tapiz, es el resultado de una genial ampliación de un edificio de viviendas que ya existía -no el de Moratín sino otro posterior-, del que hay que destacar la ampliación en altura de dos nuevas plantas, la última de las cuales fue concebida como un torreón de reminiscencias medievales, sin que ello supusiera alterar la simetría de la fachada. La dificultad para el arquitecto consistía en solventar el problema de cómo pasar de un número par de ventanas a una solución final con una torre y una ventana única. Redón optó por introducir cinco huecos en el primer piso añadido, resaltando los tres centrales por medio de su integración en un solo balcón. La presencia de unos miradores en los aleros laterales remarcan la silueta del edificio así como la decoración pictórica sobre estuco del último piso y del torreón. Digno sin duda de observar en todo su esplendor en una tarde primaveral, desde una cómoda silla de terraza, al calor -o quizás mejor al frío- de una cañita de cerveza bien tirada en cualquiera de los bares de la zona. El palacio de Ricardo Angustias, construido para residencia de su dueño, bien merece unos minutos de atención antes de tomar el pescante en dirección a cualquiera de los muchos rincones maravillosos que nos ofrece este Madrid, que empieza a desperezarse del largo letargo invernal y que nos vuelve a ofrecer sus más espectaculares encantos al doblar cualquier esquina.

 
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Publicado por en marzo 29, PM en Plazas

 

Juan de Tassis, conde de Villamediana

El calendario marcaba el 21 de agosto del año del señor de 1622. Comenzaba a oscurecer en Madrid. La canícula veraniega aún era perfectamente perceptible aunque ya los días comenzaban a menguar y la brisa serrana hacía más soportables, e incluso agradables, las tardes-noches estivales de la Villa y Corte durante los primeros y falsamente prometedores años del reinado de Felipe IV. Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, galán apuesto, donoso y buen caballero, pero también osado y atrevido pisando terrenos que nada bueno le han de traer, sale del Palacio Real en su carroza en compañía de varios criados y de su amigo, don Luis Méndez de Haro, hijo del marqués del Carpio. Enfilan calle Mayor arriba en dirección a su vivienda situada más allá de la puerta de Guadalajara, más o menos enfrente de la calle de Boteros. Seguramente van aquilatando verbalmente la calidad de los atributos de alguna exhuberante dama escrutada en Palacio, o bien comentan algún lance en el juego de naipes, en el que Tassis es un experto. O se secretean sobre algún soneto amoroso o filosófico en cuya escritura el conde estará volcado. O despotrican de algún asqueante caso de corrupción en la Corte, uno más. Qué más da. Se encuentran ya casi a la altura de su domicilio. El calor da un respiro y a esta hora ya permite a los madrileños salir de sus casas cuales hormigas de hormiguero a degustar uno más de esos agradables atardeceres posteriores al 15 de agosto. Desde su carruaje Tassis ve cómo abandonan los soportales, en pequeños grupos, perezosos aunque dicharacheros, ocupando todo el ancho de la calle Mayor mientras dirigen sus pasos hacia las cercanas gradas de San Felipe. El ambiente es de contenido alborozo, de disfrute mesurado de fin de día. Hay mucha gente por la calle. En ese momento, el conde de Villamediana está relajadamente recostado sobre el respaldo de su carroza. Un hombre se acerca  al estribo derecho estilete en ristre y, sin mediar palabra, le asesta el golpe, un solo golpe pero, según el historiador Gonzalo Céspedes y Meneses, “tan grande que arrebatándole la manga y carne del brazo penetró el hueso y el corazón y fue a salir a las espaldas. A la voz triste  que dio el conde, atropellado de dolor, se volvió don Luis de Haro y conociendo el mal recaudo sucedido saltó luego para prender al homicida. El conde puso mano a la espada, fue con tan ciego destino que tropezando uno sobre otro… y en tanto el conde revolviéndose, vomitó el alma por la herida, de cuyas bocas, por disformes juzgaron muchos haber sido hecha con arma artificiosa para desplazar cualquier defensa”.

asesinato de Tassis

Castellano recrea en este cuadro el atentado. Foto es.wikipedia.org

¿Quién mató a Villamediana?

Así narraba nueve años más tarde el historiador Céspedes uno de los asesinatos más controvertidos del reinado de uno de los últimos Austrias. Y mira que los hubo. Pero como el de Juan de Tassis conde de Villamediana, ninguno. Porque además, tratándose de quien se trataba, la noticia corrió como la pólvora y más de uno esbozó una sonrisa de asentimiento, como confirmando que se trataba de un hecho anunciado que quizás había tardado más de la cuenta en confirmarse. Desde las gradas de San Felipe a las losas de Palacio se hacían apuestas con sordina sobre qué habría podido motivar tamaño desenlace y quién habría dado la orden de llevar a cabo una ejecución muy pero que muy planificada. Se descartaba -aunque no del todo- que se tratara de una venganza motivada por asunto de naipes y se descartaba también -aunque tampoco del todo- que pudiera deberse a alguien ofendido por algún soneto destemplado que dejaba con las vergüenzas al aire a algún rival literario o a algún corrupto con título nobiliario del entorno palaciego. Quien más quien menos de los que estaban en el tema descartaba -aunque nunca se sabe- el que detrás estuviera un asunto de faldas, por más que don Juan de Tassis fuera el galán entre los galanes de la corte de Felipe IV, habiendo dado muestras de su querencia hacia las damas en reiteradas ocasiones, alguna de ellas en los mismos morros de Su Majestad. Este tampoco era el tema, con relativa seguridad, pero no estaba mal que el pueblo matritense lo creyera así pues le daba un tono novelesco a la cuestión y nadie pondría en duda una versión que por lo demás era perfectamente posible. No, tampoco era este el tema. O no sólo. O en parte. Porque los más y mejor informados de los que concurrían a las gradas de San Felipe no soltaban prenda pero intuían que la mano del valido, la mano del más maquiavélico de Palacio, podía estar detrás.O incluso la mano del monarca. Todo eran certezas casi absolutas pero paradógicamente parciales. Las veleidades amorosas de Juan de Tassis eran conocidas por el propio rey así como un desmedido apego a los naipes que le había causado diversos disgustos. Le debía agradar menos al cuarto de los Felipes su capacidad de crítica contra la corrupción y la situación de quiebra de la adminstración de su tiempo, capacidad de la que Villamediana daba muestras, oralmente y por escrito, una vez sí y otra también, sin acatar las más mínimas normas de cortesía y discreción que se le deben suponer a un Correo Mayor del Reino, cargo espléndidamente dotado en lo económico y que suponía un estatus indiscutible en el entorno del Palacio Real. Últimamente incluso el Santo Oficio andaba oliéndole las calzas a Tassis, de quien se decía que lo mismo le iba la carne que el pescado. Y la verdad es que la Inquisición se mostraba bastante inflexible en cuanto a tolerar el pecado nefando. Aunque todo depende de quien esté detrás de las acusaciones y de quien sea el acusado. A toda esta mezcla de rumorología y realidades a medias que se cernían en torno a la figura del conde Villamediana hay que añadir los comentarios que corrían de boca en boca acerca de su posible ascenso como hombre de confianza de Felipe IV. Y hasta ahí podía llegar la capacidad permisiva de quien manejaba, en la sombra, los hilos del menguado Estado y amalgamaba voluntades y decisiones de un monarca que, no podemos olvidarlo, ese 22 de agosto de 1622 contaba unos tiernísimos 17 años de edad. Mucho podríamos especular aún sobre las posibles causas de la muerte de Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, pero con las anteriores puede bastar, no una por una de forma independiente sino sumándolas todas. Sea como fuere, lo cierto es que nos encontramos ante uno de los episodios más oscuros e intrigantes del reinado de Felipe IV. Motivos, insistimos, los había sobrados para dar muerte a un hombre indiscutiblemente orgulloso, apuesto, libertino, jugador empedernido, de temperamento temerario, mujeriego, amante del lujo, las joyas y los caballos. Estos últimos los coleccionaba en gran número, al igual que los enemigos, entre maridos engañados y nobles desprestigiados por su lengua viperina y su habilidad con la baraja. Su pérdida fue comentada durante mucho tiempo en las calles de Madrid ya que era una figura de las de rompe y rasga, de las que hacen afición. Amigos como Góngora, Mira de Amescua, Ruiz de Alarcón o Antonio Hurtado glosaron su figura y denunciaron su muerte. Tampoco se quedó atrás Quevedo, pese a no ser Tassis persona con la que hiciera muchas migas el tan gran poeta conceptista como pendenciero ciudadano. Lope de Vega, que estaba por encima del bien y del mal, tampoco dejó de interrogarse sobre los causantes de tamaño crimen. Y es que, además de todo lo dicho anteriormente, Villamediana era una de las plumas afiladas del momento, tanto en la forma como en el fondo, en ese Barroco español que tanta gloria literaria daría posteriormente al país.

Juan de Tassis y Peralta 1

Juan de Tassis en su madurez, Foto es.wikipedia.org

Pero, ¿quién era Juan de Tassis?

Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, había nacido circunstancialmente en Lisboa en 1581. Su padre, Juan de Tassis y Acuña, Correo Mayor del reino, había acompañado al Duque de Alba en la toma y entrada triunfal del monarca, entonces Felipe III, en Lisboa. Allí, la esposa del Correo, doña María de Peralta, daría a luz a su único hijo. En 1583 regresa la familia a España y comenzará el proceso de educación del pequeño Juan en Palacio de la mano de los mejores ayos. El prestigioso humanista Bartolomé Jiménez Patón lo preparó en Lingüística, Retórica y Dialéctica, las Humanidades de entonces. Otro de sus excelsos maestros fue el licenciado Tribaldos de Toledo, que le enseñó todo lo relativo al conocimiento de los antiguos autores castellanos y le inculcó el amor a la poesía, un amor que nunca le abandonaría y en el que destacaría sobremanera, considerándolo algunos críticos literarios a la altura de los más grandes poetas del Siglo de Oro, llámense Quevedo, Góngora o el propio Lope de Vega, sin que suene a sacrilegio. Pasó por la Universidad de Alcalá aunque no llegó a titular en ninguna de las carreras en las que picoteó. Comienza a hacerse valer en Palacio en los primeros años de reinado de Felipe III y son de esa época sus primeros escarceos y escándalos amorosos, en los que siempre rayaría a gran altura. Una dama de origen noble, bastante mayor que él, viuda de un hijo del conquistador Hernán Cortés, es su primera conquista conocida y supone su primer lío de faldas. Lo acusan de haberle puesto la mano encima en público. Casa con doña Ana de Mendoza y de la Cerda, mujer a la que amó pese a sus devaneos, descendiente del marqués de Santillana pero que nada tenía que ver con la homónima princesa de Éboli. Son tiempos del valido Duque de Lerma, época de vicio e hipocresía que casaba mal con el carácter de Villamediana. Tanto rey como valido o damas de la corte dan muestra de un exceso de afición a los naipes que llega a escandalizar. Pero Juan de Tassis no es menos y ahí se labra su curriculum de jugador. Y buen jugador, tánto que sus excesivas ganancias hacen nacer la envidia en el entorno palaciego y que el rey Felipe III decida expulsarlo de la Corte, que ya está de vuelta en Madrid después del paréntesis de Valladolid. Viaja a Italia y se sitúa en el círculo cercano al entonces virrey Conde de Lemos. Allí entra en contacto con el mundo de la poesía, en una denominada Academia de los Ociosos que apadrina como mecenas el de Lemos. Entre los que asisten a esta cita literaria se encuentra también Quevedo. Nos situamos ya en 1615. Tassis en la flor de la vida, 33 años, fuerte, físico agradable, destreza en las armas y las letras, popularidad. La vida le sonríe abiertamente. El cargo de Correo Mayor, heredado de su padre, le proporciona pingües beneficios y es generoso de forma extremada. Invierte en arte, pintura de los mejores autores italianos y españoles, esculturas, armas, también diamantes, que envía a su esposa que sigue en Madrid. Regresa a la capital del reino en 1617 tras seis años en el tierras trasalpinas. Inmediatamente queda asqueado de lo que ve en la Corte. Eso lo lleva a escribir poemas de carácter burlesco contra todo y contra todos y se granjea con ello numerosos enemigos. Su poesía satírica, subgénero del que se considera a Villamediana uno de los creadores, supone continuos dardos envenenados contra la corrupción tanto material como moral que envuelve al entorno de Palacio. Los versos hablan también del oro de las Indias que llega a España para engrosar las arcas del duque de Lerma y sus acólitos. A éste le hacía responsable de la desmoralización imperante. El nepotismo y los cargos de confianza eran la regla y todo eso lo denuncia nuestro personaje así como las consecuencias positivas que para las arcas del valido supuso la expulsión de los moriscos. Declaró Juan de Tassis la guerra implacable a aquellos malos ministros y gobernantes entre los que el fraude y el cohecho eran la regla. El camino y el ambiente para un trágico final comenzaba a diseñarse. La inquina contra él se desata y Felipe III lo destierra de Madrid. En marzo de 1621 muere el rey siendo sucedido por un adolescente que reinará con el nombre de Felipe IV. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, será su favorito. Perdonados y amnistiados, los desterrados vuelven y con ellos Juan de Tassis, que es repuesto al cargo de Correo Mayor. Pero el conde de Villamediana ya tiene una edad y una personalidad muy formada, muy clara y muy crítica. Aunque se gana el favor del rey enseñándole los arcanos de las musas literarias su vena satírica no decae y la dirige contra todo lo que se mueve. Fueron pocas las personas con poder que escaparon a sus críticas aunque comienzan a aparecer libelos y poemas de cariz burlesco contra él. Parece ser que ha creado escuela y que los cuervos que ha criado quieren sacarle los ojos. Están manipulados por personas cercanas al poder. Es por ello que Juan de Tassis sabe que un día por otro va a tener que enfrentarse a lo irremediable. El 21 de agosto de 1622 el confesor del rey le dice antes de salir de palacio, acompañado de don Lus de Haro, que mire “por sí, que tenía peligro su vida”. No hace caso nuestro vate satírico y envidiado donjuán. No hace caso como no lo hizo cuando le advertían continuamente que no picara tan alto y no intentara la conquista de la primera dama del reino. No hace caso como no lo hacía cuando le aconsejaban que se dejara de encendidos sonetos de amor frustrado respecto de una dama que por más que se escondiera en un barroco nombre clásico todo el mundo sabía que se trataba de la reina. No hace caso como no lo hizo cuando apareció con el lema de los “amores reales” pegado a su capa. Se lía la manta a la cabeza igual como hiciera cuando el incendio de Aranjuez, tres meses antes de esa fatídica pero previsible tarde de agosto. Hay quien piensa que no le importaban los riesgos, los hay en cambio que creen que los buscaba. Su poesía es muchas veces el mejor indicador de su vida interior y en ella vemos a un enamorado sin esperanza. Sus versos revelan la frustración por un amor imposible de quien estaba acostumbrado a rendirlas a todas. En el fondo debía ser más sentimental de lo que su vida pública daba a entener. Un cordero con piel de lobo. Su sombrío pesimismo barroco, personal en lo poético, se deja percibir en esta redondilla escrita poco antes de que, o bien el guarda mayor de los reales bosques, Íñigo Méndez, o bien el ballestero real, Alonso Mateos, o bien ambos repartiéndose la tarea, acabaran con su vida en la calle Mayor por órdenes de muy arriba. Dice así: “Sépase, pues ya no puedo/levantarme ni caer/que al menos puedo tener/perdido a Fortuna el miedo.

 
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Publicado por en marzo 27, PM en Perfiles

 

Café de La Iberia

“Es punto de cita, de conciliábulos y de recomendaciones; a él acuden todos los que hacen política y literatura, y periódicos y bolsa, y casi… todo; de allí han salido diputados y ministros y diplomáticos; allí, pues, debes acudir si quieres hacer carrera, quedándote con nosotros”. Esto lo decía E. Santoyo, un escritor costumbrista del siglo XIX, en un artículo titulado El café de la Iberia, incluido en la obra recopilatoria Madrid por dentro y por fuera, publicada en 1873 bajo la dirección de Eusebio Blasco. Y se dirigía específicamente a cualquier forastero ignoto que pasara por Madrid y deseara conocer los cafés más señalados de la capital, si no por sus características morfológicas sí por su prestigio o por su capacidad de interferir en la vida pública. Porque el café de La Iberia medió y mucho en el devenir político de la capital, que es tanto como decir del país. No en vano se le llamó foco de conspiradores porque, entre otras razones, en sus salas y veladores se daban cita lo más florido de ciertos sectores de oposición a Isabel II que tuvieron mucho que decir durante el denominado Sexenio Revolucionario. Junto a los políticos con ansias de medrar suelen estar sus inseparables periodistas y esos también se dejaban ver muy a menudo, al menos muchos de ellos, por este café. Los literatos tampoco pueden estar ausentes de ningún local de estas características que se precie, ni los toreros, ni… Pero bueno, dejemos todo ello para más adelante y comencemos por el principio, haciendo nosotros de acompañantes de Santoyo en esta anacrónica visita a uno de los cafés más nombrados en su época.

Canalejas desde Alcalá

Canalejas vista desde Alcalá. Al fondo a la izquierda se encontraba el Café La Iberia

Carrera de San Jerónimo.

El café de La Iberia estaba situado en la Carrera de San Jerónimo, relativamente cerca del Congreso de los Diputados. Este dato explica en parte que fuera un lugar de reunión habitual de políticos con pretensiones puesto que el objeto de sus desvelos les caía cerca. Incluso podemos afirmar sin dudar que se trataba de un local que abrió sus puertas al público antes de que el edificio del Espíritu Santo se convirtiera en sede parlamentaria pues, mientras Isabel II inauguraba el Palacio de las Cortes  el 30 de octubre de 1850, el recinto tertuliano que hoy nos trae a esta cita funcionaba desde 1838. Bien es verdad que en principio se llamó El Sol y que estaba situado en la acera de los pares de la carrera. Se trataba de un local que no dejaba en muy buen lugar al nombre por el que se le conocía. Al menos así nos lo traslada Santoyo, mientras lo acompañamos en tiempos del Sexenio por Carrera de San Jerónimo, acercándonos por su acera izquierda al café y dejando atrás la plaza de Canalejas. “En verdad -nos dice el escritor- que tan deslumbrante nombre no dejaba de ofrecer curioso contraste con la desnudez y pardo color de sus muros revestidos, los de cierta pieza, de un tonelete de estera fina, cepillo inexorable de los parroquianos que a su proximidad se sentaban, ni más ni menos que al uso de la célebre y primitiva botillería de Canosa. El ornato de la pared correspondía seguramente al mobiliario y al servicio que allí se usaba, reducido a unas mesas de disfrazado pino bajo capa de pintura color de chocolate y unas sillas que desvencijadas y sucias apenas si dejaban revelar su origen”. Era propiedad en esos años de una viuda de nombre Guillermina y por lo que escuchamos qué lejos estaba de la notoriedad que más tarde iba a alcanzar. En 1844 Eulogio Gómez lo adquiere por traspaso. Realiza mejoras para relanzarlo y le cambia el nombre dándole el de La Iberia. Sin embargo, don Eulogio muere en 1849 y al heredarlo su hijo Antonio decide trasladarlo de acera, al piso bajo del palacio de los marqueses de Santiago, más o menos enfrente de donde hoy en día se encuentra el teatro Reina Victoria, es decir, muy cerca de de la actual Plaza de Canalejas, en la acera izquierda sentido este. Su reinaguración en el nuevo local tuvo la solemnidad propia de las grandes ocasiones y cuentan las crónicas de la época que tanto antiguos parroquianos como periodistas y demás circunstantes “saborearon sin tasa los variados artículos que tan graciosamente presentó el dueño”. Santoyo, a quien seguimos con fe religiosa, comenta el éxito de la inauguración afirmando que todo el mundo se hizo lenguas del acto “y con justicia, que no de estómago agradecido, del lujo, del aseo y el confort con que se había instalado el establecimiento. Tales eran por entonces las mejoras allí introducidas, que de seguro no acertara a conocerlo la buena de doña Guillerma, si por acaso resucitara con ánimo de hacerle una especial visita”.

Marquesa Santiago

La marquesa de Santiago pintada por Goya

Casa del marqués de Santiago

La Iberia ocupaba el piso bajo de la casa-palacio del marqués de Santiago, edificio actualmente desaparecido. El solar se situaba entre las actuales calles del Príncipe y la de Echegaray -antes llamada del Lobo-, en la acera opuesta. Por el oeste hacía esquina con la calle Ancha de Peligros -hoy Sevilla-, donde tenía otra entrada, aunque dicha esquina dejó de existir cuando se amplió la actual plaza de Canalejas. El palacio había sido construido en el siglo XVII, poseía una entrada barroca y se componía de amplias y elegantes estancias. Desde su construcción fue vivienda de los marqueses y sus salones eran visitados por la más laureada aristocracia madrileña. Se tienen noticias del segundo marqués de Santiago, Fernando Agustín Rodríguez de los Ríos, amante de las bellas artes y académico fundador de la Academia de San Fernando que vivió a lo largo del siglo XVIII. Su actividad coleccionista la continuó su hijo y heredero del palacio, Cayetano Rodríguez de los Ríos, reuniendo una de las muestras de pintura más importantes de su tiempo, que abarcaba murillos, grecos y obras de Velázquez, entre otros grandes autores. La muerte de Cayetano en 1798 hizo que heredara posesiones y colecciones de pinturas su hermanastra, María Soledad Isidra Rodríguez de los Ríos, hija del primer matrimonio del marqués, conocida como la marquesa goyesca y que engrandeció aún más la colección. Se trataba de una dama que sería retratada en dos ocasiones por Francisco de Goya, primero de niña y después por encargo de su padre, ya adulta. El retrato de la V marquesa de Santiago en su edad madura, que se encuentra actualmente en el museo Paul Getty de Los Ángeles, parece ser que, si bien responde fielmente al aspecto escasamente atractivo de la dama, no refleja su personalidad dinámica, campechana y desenfadada. Dice la enciclopedia virtual al respecto que dicho lienzo “sí da fe de los rasgos físicos. Soledad era una mujer frágil, enfermiza y poco agraciada. Se pintaba mucho y carecía del porte y la elegancia natural que traslucían otras damas de su tiempo. Pero era viva de carácter e ingenio, hablaba con donaire y desparpajo y para todo tenía una réplica picante”. Esta fue la persona más afamada de la saga de los marqueses, cuyo edifico albergó el café de La Iberia hasta que la remodelación de la zona, hoy conocida como plaza de Canalejas, hizo que desaparecieran palacio y recinto de tertulia cafetera allá por 1910.

Cinco salas y un jardín

Volvamos, por tanto, a nuestro café y penetremos en sus cinco salas y jardín invitados por E. Santoyo, que será nuestro cicerone y nos explicará cuánto y qué se cocía en ese piso bajo de la casa-palacio de los marqueses de Santiago. “El local, como ves, -nos dice este generoso guía- los forman dos salas a la izquierda, un salón en el centro, otra pieza al final de éste y un pequeño jardín a lo último, que sirve de grato esparcimiento en las noches de estío”. La más interior de las dos salas nombradas en principio vemos que tiene pintados en sus muros motivos de carácter militar y en concreto artillero. Ese extraño decorado no deja de sorprender a quien allí entra y no sepa que en torno a sus mesas se reunieron durante un tiempo en amigable tertulia la denominada Peña de los artilleros. Se trataba de una tertulia cordial y bulliciosa, germen de la que con el mismo nombre se trasladaría posteriormente a la calle Sevilla convirtiéndose en círculo militar para alegría de sus miembros y pesar del dueño de La Iberia, Antonio Gómez, que “por el gasto y el gusto deploró grandemente la deserción de tan constantes parroquianos”.  Pero un clavo saca a otro clavo y fue marcharse los artilleros y apoderarse de la susodicha sala los hombres más caracteristicos del partido cimbro. “Allí -nos dice nuestro guía- toman café todas las noches y entre sorbo y sorbo discurren la redacción de un nuevo artículo para un aún nonnato código constituyente o quizás elaboran el mensaje a una corte extranjera, en ofrecimiento del trono, a un príncipe, a rey tránsfuga…”. ¿Y quiénes son estos denominados cimbrios? Pues se trata de un grupúsculo político surgido tras el triunfo de la Revolucion de 1868 cuando el Partido Demócrata se transformó a finales de ese año en el Partido Republicano Democráctico Federal y el sector de los demócratas se decantaron por la denominada monarquía popular defendida por el Gobierno Provisional del periodo comprendido entre 1868 y 1871. Durante el reinado de Amadeo de Saboya los cimbrios, así llamados por la referencia que hizo el mentado Gobierno Provisional en su manifiesto del 12 de noviembre al pueblo pregermánico que luchó contra la República Romana en en siglo II antes de Cristo, se acabaron integrando en el Partido Radical de Manuel Ruiz Zorrilla. Sus principales líderes fueron Nicolás María Rivero, Cristino Martos y Manuel Becerra y Bermúdez. En ese Gobierno Provisional que abría el Sexenio Revolucionario, que estaba presidido por Serrano y con Prim como ministro de Guerra, rechazaron integrarse al ofrecérseles sólo una cartera ministerial. Como Partido Demócrata habían sido unas de las fuerzas firmantes del Pacto de Ostende, coalición creada, junto al Partido Liberal y el Progresista, para derribar a Isabel II de la Jefatura del Estado. Pero sigamos visitando las diversas estancias de La Iberia que, por lo que presumimos en los ademanes de Santoyo, aún tiene muchos secretos que desvelarnos. Dejémosle que se explique a su sabor y que nos describa la sala contigua a aquella en la que los cimbrios sucedieron a los artilleros. Dicha pieza era “hasta hace pocos años centro de reunión a última hora de todos los jóvenes de la aristocracia. A ella acudían a la vuelta del Real a tomar un ponche en invierno o un biscuit en verano. Allí se comunicaban sus impresiones del día y de allí salieron para constituir el Veloz-club, ese círculo fashionable, como ahora se dice, de jóvenes del gran mundo”.

Tertulia taurina

No estaban solos en dicha sala los jóvenes arietes de la aristocracia matritense pues a su vera en veladores contiguos se reunían, quizás por contraste tanto de intereses intelectuales como de clase social, un círculo de aficionados al toreo. Quizás se tratara de la tertulia más antigua pues sus orígenes se remontaban a los tiempos en que don Eulogio Gómez era el dueño del establecimiento. Podríamos decir que se trataba de los decanos del café de La Iberia y como nos cuenta al oído Santoyo “su origen y asistencia se pierde en la memoria de ellos mismos”. Nombres asociados al arte de Cúchares como Pardo, La Marca, Gabriel el cachetero o Ropa Santa, formaban una amena reunión diaria…/… están al detalle de cuanto concierne a las lides taurómacas, tema obligado de sus animadas polémicas”. Estos aficionados al toreo, si no fueran tan vehementes en su dialéctica y si les interesara algo más que su propio arte, podrían haberse dado cuenta de que en la pieza contigua, allá por el año 1854, se redactó un documento trascendental para que la Junta Revolucionaria de Madrid declarase vacante el trono de España “y confiriera todos los poderes al duque de la Victoria hasta la reunión de las Cortes Constituyentes. ¡Pero quia! ¿Puede haber algo más importante que un buen volapié o una verónica bien recogida? En ciertos momentos seguro que no. Pues a lo que íbamos, aquel documento fue presentado a Baldomero Espartero quien rechazó lealmente la proposición que contenía”, nos confiesa Santoyo medio secreteando la información y, por lo que deducimos de su tono enfático, alabando la fidelidad del de la Victoria al trono de Isabel. Por cierto, se nos olvida decir que redactaron dicho documento en ese velador Rivero, Ortiz de Pinedo y Asquerino.  Saltamos al salón del centro y dejamos atrás conspiraciones y tertulias cuasi de secta. Aquí la vida, el movimiento y el ruido dominan y le dan una personalidad característica a la sala. Se agrupan en este recinto desde periodistas hasta políticos pasando por banqueros o bolsistas. “Semillero es esta sala de noticias de última hora -nos dice nuestro acomañante- atmósfera que condensa todos los rumores; que satura de esperanzas el ánimo de los del bando caído y contraria a los del triunfante, pandemonium de todas las opiniones menos las del Gobierno; de la crítica; donde se comenta lo acontecido y se previene el porvenir; donde todo, en fin, tiene acogida, mientras satisface la exigencia del voraz novelero”. Pero vamos a describir los diversos círculos de cabezas que en torno a los veladores se cierran en regulares círculos. Ahora nos señala con el dedo Santoyo a los más reputados literatos del momento, como Eguilaz o Pizarroso, que peroran monotemáticametne de sus asuntos dramáticos. Más allá, más políticos, en esta ocasión republicanos, quienes hablan de la única salida posible a España que por supuesto pasa por la implantación de la República. Ya llevan varios años preparando su salida a escena. Siempre, por tanto, son los mismos, salvo deserción por sorpresa o sorpresiva novedad. Al lado está el velador que recoge en su seno a importantes banqueros y bolsistas, que debaten en amigable consorcio junto a comerciantes y funcionarios de Hacienda que según nuestro cicerone son “gente toda oro puro, por lo que valen y por lo que tienen”. Mesas mixtas en cuanto a naturaleza de los ocupantes también hay en esta sala donde unas veces se ven a los moderados “que no lo son tanto -nos confía Santoyo- cuando desoyen las voces de los camareros para que desocupen el lugar, siendo necesario acudir al expediente de apagar casi el gas para lograr aquel fin”. Por último, un velador elástico en cuanto a componentes se ofrece a nuestra vista, gente joven de opuestas tendencias y condiciones “sin que a turbar acierte lo encontrado de sus ideas la habitual armonía que entre ellos reina”. Se reúnen en torno a esta mesa literatos, actores, periodistas y licenciados en derecho y medicina, todos con muchas ilusiones y presume quien escribe que pocas realidades.

El jardinillo

Es el último lugar que queda por describir quizás porque se encuentra al fondo del local y nos hemos demorado demasiado tiempo en contemplar al paisanaje de las salas. En cualquier caso, creemos que ha merecido la pena dejar para el final el jardinillo, que por razones obvias solamente se abre en verano. Las más distinguidas damas suelen ser sus clientes habituales, eso sí, acompañadas de sus inseparables cortejos de amigos o adoradores, que las acompañan y obsequian mientras otros más platónicos las contemplan o aguardan su salida desde la verja que al jardín da acceso. Hay algunas de estas señoras que no se atreven a cruzar el salón que da al jardín, quizás para no sentir sobre sus rostros alguna que otra mirada impertinente de macho pretenciosamente dominante. Estas señoras, desde sus carruajes, “se hacen llevar los deliciosos helados o bebidas, que -nuestro acompañante nos cuenta- de tanta fama en el café de La Iberia gozan, en tanto las saludan extasiados los que a la puerta disfrutan diariamente de ese grato y económico espectáculo”. Y observando no menos boquiabiertos desde la puerta de entrada -para nosotros de salida- a una dama de alto talle, tirabuzones dorados y mentón adelantado, que desde su calesa nos regala una mirada desdeñosa, dejamos atrás el bullicioso café de La Iberia. Ya van a cerrar porque están a punto de sonar las doce campanadas. Nos ha parecido encontrarnos cuando cruzábamos el vestíbulo de salida con ese escritor canario, tan prometedor, que responde a los apellidos de Pérez Galdós y que, nos asegura E. Santoyo, suele flanear por aquí. Puede que sea él. De lo que no nos cabe la menor duda es de que nos acabamos de encontrar cara a cara con Santiago Ramón y Cajal, médico prestigioso a quien estamos seguros concederán en un futuro los mayores galardones de su ciencia. Y nos marchamos tan a gusto aunque nuestro paciente guía nos coge por el brazo y nos dice que es consciente de que La Iberia no es el primero de los cafés de Madrid “artísticamente o suntuariamente considerado. No tiene las pinturas del de Fornos, los frescos y el confortable mobiliario del de Madrid, ni las paredes de espejos que mil veces reproducen salones del Universal. No. La Iberia, bajo limpio y decoroso aspecto se ofrece modestamente revestida a quien penetra en ella”. Es suficiente, porque lo que le da colorido a este recinto tertuliano son sus variopintas gentes, su carácter parasubversivo, su mencionada elegancia sin ostentación y sin duda, el vitalismo que irradian cada uno de sus veladores y sus salas. Hasta otra amigo Santoyo, no sabes lo que agradecemos tu generosa predisposición a ilustrarnos sobre La Iberia, uno de los cafés más señeros de ese siglo XIX tan convulso y, en consecuencia, tan gozado y padecido por los españoles a los que os tocó en suerte vivirlo.

 

 

 

 

 
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Publicado por en marzo 25, PM en Cafés

 

Cárcel del Saladero

Cárcel saladero. www.rayosycentellas.net

Cárcel del Saladero.www.rayosycentellas.net

La cárcel del Saladero fue un establecimiento penitenciario madrileño situado en la plaza de Santa Bárbara, que permaneció en funcionamiento desde 1833 hasta mediados de 1884 en que se inauguró la cárcel Modelo en el edificio del actual Cuartel General del Ejército del Aire, en la plaza de La Moncloa. Aunque los cronistas suelen discrepar en cierta medida, de los comentarios de unos y otros se desprende que de alguna manera El Saladero fue un lugar de transición entre la históricas cárceles de la Villa y Corte, situadas aquella en la plaza de la Villa y esta última en la de La Provincia, y la Modelo de Moncloa. También fueron llevados allí los reclusos procedentes de la cárcel de Jóvenes, en un intento de unificación de los recintos penitenciarios de la capital, aunque El Saladero no fue el único que albergó reclusos a lo largo del siglo XIX porque hacia su mitad aparece nombrado en diversos textos simplemente como “el principal establecimiento de reclusión”. El inmueble se ubicaba frente al desaparecido convento de Santa Bárbara y se trataba de un edificio levantado en tiempo de Carlos III para matadero de ganado de cerda y saladero de tocino. El nombre le vino, por tanto, por su anterior uso y destino. Había sido diseñado por Ventura Rodríguez y su construcción finalizó en 1764. Contaba con una superficie de más de 73.000 pies cuadrados y había sido vendido al Estado por el duque de Arcos, por una cifra cercana a los 85.000 reales de vellón. Su aspecto exterior no hacía suponer que se tratara de un establecimiento de corrección de comportamientos. No era una fortaleza sino un inmueble, moderno para la época de la que estamos hablando. Las ventanas estaban protegidas por barrotes de hierro, único detalle este que le daba el aspecto de penitenciaría. En principio, y por razones de su utilidad anterior, carecía de cercas o cualquier otro sistema defensivo. Más tarde se instaló una cerca de postes y alambre, aunque ello no evitó que los reclusos consiguieran escapar en no pocas ocasiones. A partir de 1875 contó con locutorios con doble reja y pasillo entre ellas. Se realizaron inversiones económicas para adaptar la prisión pero no se consiguió más que ir parcheando los problemas de infraestructura. Cuando tiempo atrás, en 1831, la Corporación Municipal decidió dar carta de oficialidad al proyecto de traslado desde la plaza de La Provincia al Saladero justificaba el mismo aludiendo a sus “cómodas habitaciones para mujeres, una para pendientes de causas y otra para las ya sentenciadas”, a que los hombres contarían con salones con suficiente ventilación y a que, en definitiva, se trataba de un enclave “muy conveniente por su seguridad y disposición”. No todo el mundo parecía estar de acuerdo y los calificativos de inmundo y mal ventilado se asociaron al inmueble desde un primer momento. Amenaza constante para la salud del vecindario y la pública tranquilidad, cloaca inmunda y foco de males fueron otros de los comentarios críticos que se vertieron en medios de comunicación de la época por parte de expertos y preocupados por el problema penitenciario. Espiguemos en el parecer de Fernández de los Ríos que describió el establecimiento como un edificio “lóbrego, oscuro, tenebroso, de estrechos corredores e inconvenientes habitaciones, donde viven confinados los acusados de delitos leves con los sopechosos de crímenes más atroces, los sentenciados en espera de ir a su destino con los que tienen en sumario su proceso”.

Roberto Robert dixit

Crujía_de_aposentos_de_incomunicados,_cárcel_de_Villa,_La_Ilustración

Aposento de incomunicados. es.wikipedia.org

En este apartado son dignos de reflexión los comentarios del periodista y escritor costumbrista de origen catalán Roberto Robert, que sirven de referente actualmente a cualquier curioso que quiera conocer los pormenores del recinto penitenciario de la plaza de Santa Bárbara. En un clásico artículo muy del estilo del siglo XIX dedicado al Saladero de Madrid, describía las inhumanas condiciones de vida de los reclusos, poniendo el foco especialmente en los más jóvenes, que se veían obligados a permanecer en el antiguo edificio de salazón de carnes y tocinería en una situación que de poco les iba a servir para su reeducación social. Reconocía Robert que las apariencias engañaban y que pese a que podría pensarse que los presos iban a disfrutar de relativa comodidad, nada era como parecía. “Es cárcel formada por desechos, destinada a presos vulgares…/… hombres viven hoy que la han visto convertirse en cárcel y pueden esperar con fundamento que la verán caer y convertirse en depósito de maderas, o cuartel, o cosa semejante”, lamentaba Robert.  Y con rotundidad y de forma imperativa insiste, “digámoslo de una vez: a la primera ojeada la cárcel del Saladero se parece a muchos edificios públicos de objeto muy diferente al suyo y también a muchas casas levantadas en Madrid para comodidad de sus dueños…/… tiene un lienzo de fachada recto, enjalbegado y pintado de arriba a abajo, ni más ni menos que el Colegio Politécnico y el Teatro del Príncipe y el Casino”. Pero ahí acababan las similitudes porque en su interior residían “en vez de grandes personajes históricos, muchedumbre oscura a quien no habrá que olvidar porque de nadie es conocida. Allí todas las pasiones, todos los extravíos. La ruda energía, los ímpetus no domados, la codicia insaciable que ha sido torpe…/…todo lo irregular existe debajo de aquel techo que pesa como si fuera de plomo y tuvieran que sostenerle continuamente aquellos a quienes cobija”. El artículo de Robert se centraba fundamentalmente en los aspectos relacionados con la reeducación penitenciaria pero de entre sus comentarios se extraen datos sobre cómo funcionaba por dentro el centro de reclusos. La verdad sea dicha, salvando las distancias temporales que nos separan de aquella época, palabras como corrupción, mafias, jerarquías carcelarias, prohibiciones que se relajan a cambio de una prebenda, presencia de armas blancas y alcohol pese a estar de antemano prohibidos o el sometimiento de unos reclusos a otros, eran tan habituales entonces como hoy día aunque es indudable que en aquel Saladero las condiciones materiales de los presos distaban de poder enorgullecer al sistema político que sustentaba el carcelario. El aspecto exterior de la fachada del edificio, al que se refiere más o menos positivamente el costumbrista Robert, se fue abandonando progesivamente con la excusa de que se iba a construir la nueva cárcel Modelo. En cuanto a las condiciones de vida individual de los internos, algo tan básico como el aseo corporal se llevaba a cabo exclusivamente a través de una fuente situada en el patio. Pero el problema surgía cuando no había agua que era más a menudo de lo que en estos tiempos podemos suponer. Otro detalle más que describe la situación en el interior del recinto la ofrece el hecho de que los más pequeños -cita Robert a niños de ocho años- se encontraban en el piso primero aunque se debían relacionar con los peores adultos. Los llamaban micos y “andaban medio vestidos, andrajosos, sucios, como si fueran vagabundos, vida a la que estaban acostumbrados”. Las riñas eran frecuentes y presos encargados de mantener el orden debían imponer su fuerza bruta para relajar el ambiente. Los recursos médicos eran muy limitados y las visitas se llevaban a cabo los domingos. En función de la capacidad económica del recluso éste podía acceder a los pisos denominados salones pagando una cantidad determinada y alojarse en celdas por parejas. Por el contrario, si no contaba con parné debía bajar a los sótanos y prepararse para sobrevivir en los calabozos subterráneos.

El cura Merino

Cura Merino.es.wikipedia.org

El cura Merino. es.wikipedia.org

En las incómodas estancias de la cárcel del Saladero padecieron cuitas personajes famosos de todo tipo, pelaje y condición, desde El cura Merino hasta el torero Frascuelo, pasando por políticos de la talla de Nicolás Salmerón o Salustiano Olózaga y sin olvidarnos de quien quizás haya sido el recluso más popular de la época de entre todos los que permanecieron encerrados allí. El fulano no es otro que el bandolero Luis Candelas. Sin embargo, el recluso cuyo proceso tuvo más repercusión en la opinión pública fue Martín Merino Gómez, conocido por El cura Merino. Se trataba de un sacerdote de origen riojano que oficiaba habitualmente en la iglesia de san Justo y que un buen lunes del mes de febrero de 1852 no se le ocurrió nada mejor que asestar una puñalada a la reina Isabel II cuando ésta se disponía a salir del Palacio Real en dirección a la iglesia de Atocha. La soberana quería presentar en público a la princesa de Asturias, doña Isabel La Chata, nacida mes y medio antes, y agradecer a la virgen el buen parto que había disfrutado. Hacia la una y cuarto de la tarde la reina salía de la Capilla Real acompañada de su séquito con la niña en brazos. Un eclesiástico se le inclina reverentemente para ofrecerle aparentemente un pergamino. Pero no, es un puñal y el que lo porta es nuestro cura Merino que con la rapidez de una cobra hizo gala de sus aviesas intenciones. La herida parecía mortal de necesidad, la soberana cae desmayada, el revuelo se puede imaginar e Isabel es trasladada inmediatamente a sus estancias reales. Afortunadamente el corsé de la reina, su espesor y el duro material del que estaba fabricado, amortiguaron la puñalada y todo quedó en un susto del que se recuperó en poco más de una semana. Quien ya no vería la luz del sol salvo para ser ejecutado sería el causante del desaguisado. Martín Merino fue detenido inmediatamente y como decía Lázaro de Tormes “confesó y no negó”. Fue juzgado inmediatamente y condenado a garrote vil. El proceso se llevó a cabo en un abrir y cerrar de ojos y sin los debidos derechos judiciales, tanto es así que la intelectualidad de la época llamó la atención sobre ello. Es más, Benito Pérez Galdós pormenoriza sobre las circunstancias del caso en uno de sus Episodios Nacionales. El día 7 de febrero, cinco después de producirse el intento de magnicidio, Merino fue conducido, a eso del mediodía y a lomos de un asno, hacia la zona de los cementerios, en concreto al Campo de Guardias, situado donde después se construirían los depósitos del Canal de Isabel II. Vestía la reglamentaria capa amarilla manchada con sangre de cordero. Tras las consabidas palabras de “Por mi parte estoy listo” y “cuando usted quiera”, el verdugo accionó el mecanismo y Merino dejó el mundo de los vivos. Obviamente, el acto fue presenciado por numeroso público, que hizo bueno el dicho del marqués de Leguineche de que”estas cosas suelen gustar mucho al servicio”. Cerramos este párrafo dedicado a Merino diciendo que durante el juicio y antes de su ejecución juró que se había tratado de una decisión individual. Sin embargo, la teoría de la conspiración estuvo presente durante un tiempo en las conversaciones de café y en general en la opinión pública. Una vez más la sombra del revoltoso duque de Montpensier… en fin, descanse en paz El cura Merino.

Otros famosos inquilinos

El más popular de los inquilinos que pasaron por El Saladero fue sin duda Luis Candelas Cajigal. Escribimos de alguien que se constituyó en santo y seña de toda una forma de ir contra la ley en el siglo XIX y personaje que ha dado considerable juego a la literatura y a la imaginería del paisanaje. Se dedicaba a robar, poniendo por delante siempre su juiciosa máxima de que la fortuna estaba muy mal repartida. Era extremadamente mirado en sus acciones a la hora de usar la violencia. Siempre vivió bien y, como nunca gustó de doblar el espinazo, se dedicó a ese oficio tan curioso de cambiar las cosas de sitio o los billetes de bolsillo sin pedir permiso a sus dueños. Los sobornos a los carceleros -algo más que habitual en la cárcel del Saladero y en cualquier otra entonces- le permitía escapar del presidio con tanta celeridad como entraba en él. En una de sus cortas estancias en el recinto de la plaza de Santa Bárbara conoció a Salustiano Olózaga. E hicieron migas, tantas que Candelas ayudó al político a escapar del trullo. Don Salustiano, en señal de agradecimiento, inició al bandolero en la masonería, ingresándolo en la Logia Libertad. Se dice que a partir de entonces se veía al popular ladrón lucir capa negra con símbolos masones por las tascas de Madrid. En cualquier caso, parece ser que de nada le sirvió militar en el Gran Oriente porque el 6 de noviembre de 1837 fue ejecutado a garrote tras decir aquello de “Adios Patria mía, sé feliz”. O eso se dice que dijo. A saber. La razón de la máxima condena fue un doble atraco, a una  modista de la reina y al embajador de Francia. Aunque escapó en un principio, decidió volver a Madrid para no separarse de su esposa. Fue detenido en Valladolid, trasladado a la Villa y Corte y a los 33 años dejó de robar para siempre a ricos o a menos ricos.

Palacio de la condesa de Guevara

Corría el año 1884 cuando se hizo realidad el proyecto de construcción de un recinto penitenciario moderno. Se llevó a cabo en las afueras de Madrid, hacia el noroeste, más allá de donde había estado situado el portillo de San Bernardino, en una zona que se estaba convirtiendo en atractiva para residir al ensancharse la ciudad. Era la cárcel Modelo, que iba a estar operativa hasta la Guerra Civil. Una vez trasladados los reclusos al nuevo centro, el antiguo y obsoleto presidio del Saladero dejó de tener una función que cumplir y el edificio fue derribado en 1888. Pero tendrían que pasar más de treinta años para que se levantara un nuevo inmueble en el solar que quedó vacío al desaparecer el edificio de Villanueva. Es en 1920 cuando el arquitecto Joaquín Pla Laporte erige el que hoy es conocido como palacio de la condesa de Guevara. Se trata de una construcción de estilo neobarroco, con torreones, rejería y balconadas, que actualmente, y una vez más, pertenece a ese gremio tan singular que es la casta bancaria. No sabemos qué pensaría el propio Luis Candelas Cagigal al respecto si levantara la cabeza y leyera alguna de estas entradas donde se dice que determinado edificio nobiliario ha pasado tal día a manos de una entidad de ahorro, enunciado que se repite una y otra vez. En fin, mejor así, que Candelas está muerto y aunque viviera no lo veo yo a él como que muy aficionado a la lectura.

 
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Publicado por en marzo 22, PM en Obra civil

 

Calle del León (y II)

Dejamos atrás en el tiempo la historia principalmente literaria de la calle del León y nos acercamos a hechos que no tienen en principio que ver con la ficción sino con la realidad histórica. Nos situamos en la esquina con la calle de Huertas, donde estuvo la sede de la Asociación General de Ganaderos, llamada anteriormente, desde su fundación en 1273 hasta su desaparición como tal, Honrado Concejo de la Mesta. Se trataba de una agrupación encargada de defender los intereses de pastores y ganaderos, que tuvieron un poder inmenso durante la Edad Media y hasta tiempos relativamente recientes. Esta asociación la creó nada menos que Alfonso X el Sabio, que reunió a los pastores de los reinos de Castilla y León, otorgándoles importantes prerrogativas y derechos exclusivos tales como eximirlos del servicio militar y de testificar en juicios o les cedió derechos de paso y pastores. Con el transcurrir del tiempo se le fueron añadiendo otras prebendas reales hasta ser considerada una de las agrupaciones más importantes de Europa, lo que provocó diversos enfrentamientos de carácter jurídico hasta su abolición en 1836. Es harto conocida la leyenda negra de este gremio, debido fundamentalmente a esos privilegios. La lana era un producto protegido por los reinos pues constituía una fuente de riqueza debido a la ganancia que suponía su exportación a Europa. El que se beneficiara de esta forma la ganadería en detrimento de la agricultura supuso roces importantes entre ambos sectores productivos y se considera que esas ventajas jurídicas hicieron de La Mesta, a la postre, la causante de la deforestación de la península Ibérica ya que las numerosísimas cabezas de ganado acogidas dentro de los derechos de la asociación necesitaban de ingentes cantidades de pastos para su supervivencia.Su desaparición fue debida fundamentalmente al incremento de costes de la exportación de lanas, los continuos conflictos entre ganaderos y la creciente industria lanera, las guerras con Portugal, que impedían el normal uso de las cañadas, y la creciente voracidad económica de la Corona que hizo que se le fueran recortando privilegios a esta asociación. El hecho de que su edificio señero se encontrara en una zona tan céntrica de la Villa y Corte es índice del poder que llegó a tener en su momento.

NUevo Rezado

Edificio Nuevo Rezado sede de la Real Academia de la Historia

Edificio de Nuevo Rezado

Frente a la que fuera sede del Honrado Concejo de la Mesta, entre las calles de Huertas y Santa María, se levanta un edificio recio en sus fundamentos y donde se halla desde 1874 la Real Academia de la Historia. Estamos en el número 20 de la calle de la que hoy escribimos y dicho inmueble tiene por nombre la casa de Nuevo Rezado. Dejamos que sea Pedro de Répide quien una vez más nos describa las principales peculiaridades arquitectónicas y los datos históricos más importantes del mismo, al señalar que se trata de una “casa de severa traza neoclásica, construida a finales del siglo XVIII, probablemente según los planos de Villanueva, para depósito de libros del rezo diario, cuyo privilegio de venta tenían los monjes del Escorial, y por ser una dependencia del famoso convento, fue esculpida en su fachada la parrilla que recuerda el martirio de San Lorenzo”. Añadamos a ello la descripción que hace la enciclopedia virtual, que dice que la edificación “es un inmenso cubo de fábrica con piso principal y segundo muy matizados y acusando sus proporciones. La portada principal lleva encima un balcón y un hueco”. En dicha oquedad se encuentra el escudo con la parrilla del santo mártir referido anteriormente. Los muros de la fachada son de ladrillo visto y las jambas de los huecos, de granito. En el interior no existe viguería de madera en los pisos y todos ellos se sostienen mediante bóvedas de ladrillo. Aunque el arquitecto Villanueva siempre rechazó el uso de la madera para sus construcciones, en este caso la decisión está aún más que justificada por tratarse de un lugar dedicado al almacenamiento de libros, donde el peligro de incendio aumentaría con el uso de la madera. El nombre de este edificio le viene, por tanto, de su uso y pasó a manos del Estado como consecuencia de la desamortización de Juan Mendizábal. Con esta nueva calificación de uso público fue hacia 1860 residencia del Patriarca de las Indias procapellán mayor de Palacio antes de servir de sede a la Academia de la Historia. Pero dicha Academia no ocupa solamente el solar de la casa de Nuevo Rezado sino que progresivamente se fueron anexionando a ella el palacio del marqués de Molins y una pequeña vivienda de la calle de las Huertas, hasta completar toda la manzana comprendida entre las calles León, Huertas, Amor de Dios y Santa María.

Academia de la Historia

La Real Academia de la Historia tuvo sus inicios en el siglo de las luces. La vocación didáctica de las gentes de esa centuria, influidas por las corrientes de pensamiento francesas y, al hilo de ello, por los primeros monarcas borbones, en especial Felipe V, quedaron patentes en la creación de academias de artes y ciencias, la aparición de las tertulias literarias y políticas y la construcción de instituciones que colaboraran al incremento del saber tanto entre las élites intelectuales y económicas como entre el pueblo llano. Los expertos en conocimientos históricos no quisieron ser menos que sus homólogos de otras artes y en 1835 deciden agruparse y organizarse como sociedad, aunque en principio sin carácter público. Un año más tarde consiguen del bibliotecario mayor del rey, un tal Navarro, la cesión de un departamento en la Real Biblioteca de Palacio para celebrar sus sesiones reglamentarias. Lo demás nos lo cuenta Répide quien dice que a continuación de conseguir su primera sede, una vez que fue aumentando el número de individuos asociados “y aprovechando la feliz disposición que Felipe V demostraba por las corporaciones literarias, acordaron solicitar su protección. Que fue completamente conseguida”. El monarca expidió tres decretos. Por el primero aprobaba la creación de la Academia y sus estatutos. Por el segundo concedía a sus miembros el fuero de criados de la Casa Real con todos sus privilegios, y por el tercero permitía a los ya académicos continuar celebrando sus juntas en la Biblioteca Real. Posteriormente pasaría a ubicarse en la Casa de la Panadería antes de llegar a puerto definitivo en la de Nuevo Rezado. La primera junta que se celebró en el edificio donde aún se encuentra actualmente tuvo lugar el 22 de junio de 1874. En dicho edificio falleció uno de los historiadores impulsores de la Real Academia en sus primeras décadas de vida. Se trata del bibliógrafo, dramaturgo, editor y traductor matritense Cayetano Rosell, a quien sorprendió la parca en el edificio de Nuevo Rezado un 26 de marzo de 1883, ostentano el cargo de director de la entidad. No podemos tampoco pasar página sin recordar a uno de los grandes, si no el que más, de la historia de la investigación histórico-literaria española y que no es otro que don Marcelino Menéndez Pelayo que como director de la Academia residió en sus dependencias durante largo tiempo.

Menéndez Pelayo

Menendez-pelayo

El ilustre polígrafo e intelectual español

Polígrafo por excelencia de la historia de España, Marcelino Menéndez Pelayo fue, además de circunstancial político, un erudito consagrado fundamentalmente a la historria de las ideas, la crítica e historia de la literatura española e hispanoamericana, la traducción, la filosofía y la filología hispana en general, aunque también cultivó con relativo éxito la poesía. Discípulo de Milá y Fontanals su liberalismo inicial se trocó en conservadurismo siendo alumno de Nicolás Salmerón, como consecuencia de una arbitrariedad sufrida a manos de éste, al ser obligados a repetir curso sin haber sido examinados los alumnos de su promoción. A partir de ese momento se orientó hacia el pensamiento neocatólico, posición ideológica que no abandonaría hasta su muerte en 1912 a la edad de 56 años. Considerado como la figura egregia de la línea casticista, es el máximo representante de la escuela nacionalista en la historiografía española. Sus estudios y trabajos constituyen la más seria aportación de la época de la Restauración al conocimiento de la historia de España. Su dedicación infatigable se plasma en una bibliografía difícil de resumir en unas líneas. Si hay que destacar algunos de sus títulos más señeros no podríamos olvidarnos de su Historia de los heterodoxos de España, de la Historia de las ideas estéticas en España o su Historia de la poesía castellana en la Edad Media. Los mayores elogios a su persona han puesto por encima de su privilegiada inteligencia su capacidad de trabajo, su conocimiento de lenguas antiguas y modernas y su portentosa memoria fotográfica. Sus posiciones conservadoras en el plano religioso le han restado cierta credibilidad en algunos sectores liberales pero nadie niega la importancia de su obra, todavía hoy día referente inexcusable para quien quiera bucear en la historia de las ideas o de la literatura de nuestro país.

Jacinto Benavente

Dejamos a Menéndez Pelayo y la casa del Nuevo Rezado y al pasar por el número 27 de nuestra calle del León leemos en una placa romboide colocada por el ayuntamiento en la fachada de la vivienda que allí nació el 12 de agosto de 1866 uno de los grandes del drama español de los últimos años del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Obviamente se trata de don Jacinto Benavente, el menor de los tres hijos del no menos conocido médico y pionero de la pediatría, Mariano Benavente, que llegaría a hacerse con un premio Nobel de literatura en 1922. Hombre apegado al teatro, además de dedicarse a pactar con las musas coqueteó con el séptimo arte y fue director, guionista y productor cinematográfico a lo largo de una extensa vida que se cerró en 1954 en la villa madrileña de Galapagar. Hombre del 98, alternaba en las tertulias con lo más granado del movimiento y estuvo a la vanguardia en la búsqueda de soluciones a los problemas de España. O al menos hasta cierto punto. Sus primeras obras teatrales ponían en tela de juicio los comportamientos de la burguesía del momento. Al serle pateada El nido ajeno tras su estreno en 1894, derivó hacia un teatro más complaciente con el público que iba a verlo que no era otro que el de los propios burgueses. Al margen de ello, Benavente siempre se caracterizó por construir obras perfectamente estructuradas. Sus conocimientos del género son indiscutibles y sus diálogos difícilmente superables en la historia del teatro contemporáneo español. Vivió de sus obras y vivió bien y eso es algo que pocos autores pueden decir. Son conocidas sus relaciones con figuras de la época como Valle-Inclán, con quien compartió tertulia hasta que partieron peras y cada uno se fue por su lado. Pero, ¡quién no tenía roces con el estravagante gallego! Durante la guerra civil se le acusó de coquetear con la izquierda y durante el franquismo, de tibieza con el movimiento y de su pasado rojo hasta el punto de que incluso se llegó a prohibir que en los carteles de sus obras apareciera su nombre. Al margen de El nido ajeno, La malquerida y sus Intereses creados, son una buena muestra de una carrera teatral tremendamente prolífica y que se prolongó hasta poco antes de su muerte. Bien es verdad que siempre -y más tras la guerra civil- siguiendo esa línea complaciente con la ideología dominante aunque de perfecta ejecución. Los tiempos no daban para más.

Madrileñismo por los cuatro costados

Lagartijo

Lagartijo posando con torería

Seguimos calle del León adelante, sorprendidos cada vez más de lo que puede dar de sí una vía relativamete corta en su extensión. No nos deja marcharnos aún Pedro de Répide que nos recuerda que, además de personajes y hechos notables, esta rúa también tuvo sus momentos tensos como cuando durante la revolución de 1854, conocida por Vicalvarada, en las inmediaciones del Mentidero “ardieron allí los muebles, los cuadros y muchos objetos de valor fueron arrojados por las ventanas de la casa del conde de San Luis, que aún se conserva esquina a la calle El Prado, por donde tiene la entrada la vivienda”. También nos recuerda nuestro habitual cicerone que la calle leonina tiene recuerdos en lo que a usos y necesidades cotidianos se refiere “entre ellos el de haber sido a fines del siglo XVIII y principios del XIX, donde se hallaba el establecimiento más famoso para el despacho del fresco, como se llamaba al pescado en los tiempos en que no podía llegar a la Corte en muy buenas condiciones. Allí se recibían los besugos, que valían más con el frío, lo mismo que las comedias, según la donosa expresión moratinesca”. Y también nos cuenta Répide que una fonda y pastelería de esta calle vio en el siglo XIX aumentada su fama por ser el paradero de los aficionados al arte de Cúchares y por frecuentarla una figura tan señera en la torería como el cordobés Rafael Molina Lagartijo, el gran rival en aquellos años de Frascuelo y Guerrita. Y haciendo esquina con la plaza Antón Martín se encontraba el renombrado café Zaragoza, apacible lugar de reunión, a juicio de los contemporáneos, y al que concurría en los últimos años de su vida el literato Fernández y González. Pero pasemos de largo por este establecimiento que tambien tuvo su pasado guerrero y rebelde. Hoy se nos hace tarde. El ir y venir por la calle del León, saboreando sus recuerdos tan presentes y tan entrañables, se ha prolongado más de lo que presumíamos en un principio. Mejor dejarlo ya. Otro día entraremos en el Zaragoza a saborear su leche merengada o su café con tostada de abajo. La economía no da para más.

 
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Publicado por en marzo 21, PM en Calles

 

Calle del León (I)

La calle del León es un lugar de flaneo de marca mayor, que dirían nuestros abuelos. No en balde nos encontramos en el corazón del Madrid de los Austrias y en el indiscutible centro del denominado barrio de Las Letras. El paseante que camina por esta rúa, que se extiende entre la plazuela de Antón Martín y la calle del Prado, con intersecciones con las calles Santa María, Huertas, Infante, Lope de Vega y Cervantes, tiene la sensación de haber sido transportado por la máquina del tiempo a una época del pasado brillantísima para el saber literario. Una vez inmersos en un callejeo que nos envuelve con la magia de un pasado de espadachines y escritores que caminan muy pagados de sí mismos, nada nos extrañaría ver cruzarse a nuestro lado a un Quevedo cojitranco, mirándote de arriba a abajo, en una actitud no se sabe bien si de perdonavidas o de pendenciero. Seguramente irá en busca de una presa para, o bien arrojarle a la cara un soneto burlesco, o bien meterle entre sus asaduras unas cuartas de acero, todo ello sin el menor sonrojo ni vacilación. Si no lo hiciera este don Francisco no sería por temor a los corchetes sino por encontrarse de cara con la figura hierática del fénix de los ingenios, Lope Félix de Vega y Carpio, ya con la vestidura talar, que, no cabe duda, tendría la fuerza moral para pedir explicaciones al autor del Buscón. Porque ese tal Lope sí que imponía y no había coleto que se atreviera a llevarle la contraria. Muy diferente a un pobre desgraciado que vivía en la calle de la que hoy hablamos, esquina con la de Francos (hoy calle Cervantes), que se paseaba por la Villa y Corte con la mano izquierda encogida, sin saber si ese día iba a comer mucho, poco o nada. Un humilde ser humano que caminaba bastante menos tieso y con menos humos que sus afamados vecinos, del que decían que escribía comedias, novelas e incluso poemas -muy buenos no serían si no le daban para mantenerse con dignidad-, que empezaba a ser conocido por haber sacado de su pluma una narración en la que se burlaba de la moda de leer libros de caballerías y que con el tiempo iba a ser la más famosa empresa literaria jamás escrita ni contada. De quien sí haría mofa don Francisco de Quevedo, si se lo encontrara por la calle, sería de un jorobado que componía comedias de caracteres, apellidado Ruiz de Alarcón, que vivía por la calle de las Urosas, de la otra parte de la de Atocha, pero que solía acudir bastante por estos pagos. Y no se burlaría Quevedo de este fulano sólo por su esmirriada apariencia física, que también, sino por su condición de indiano y, sobre todo, por ser persona retraída y de carácter huraño y despegado, poco dado además a rendir pleitesía a los santones de la literatura. Y si don Francisco llevara en su cuerpo, ya de media mañana, un par de litros del de San Martín de Valdeiglesias no cabe duda que el objetivo número uno de sus sátiras sería ese cura con nariz y pasado judaicos, bujarrón según algunos, poeta de la luz y las tinieblas para otros, que respondería al nombre y apellidos de Luis de Góngora y Argote. Todos ellos podían perfectamente coincidir en los alrededores del Mentidero de los representantes, situado en la calle del León, cerca de la esquina con la calle de El Prado, y más de una vez, en la soledad de la noche, echarían la mano a la empuñadura de la espada, al verse el uno frente al otro, eligiendo acera el más valentón y cruzándose no sin lanzarse algún venablo o enseñarse el dedo corazón mirando al cielo.

Placa calle del León

Placa de baldosín con alusión al león que le da nombre a la calle

Un indio o turco con un león enjaulado

Pero no nos envalentonemos ni nos crezcamos nosotros, que toda elevación artificial y a beneficio de uno mismo implica soberbia y pobreza mental. No creamos que sabemos algo y tomemos la mano, una vez más, de alguien que pueda controlar nuestros ímpetus al pasear por lugares tan señalados en cualquier guía turística, cualquier manual de literatura del Siglo de Oro o incluso cualquier libro de texto de Bachillerato. Dejemos un día más que sean don Pedro de Répide, en primer lugar, y don Ramón de Mesonero, después, quienes nos hagan de cicerones en la historia de esta calle. Dice el terror de los organilleros del Madrid chulapo que la calle del León no era más que un camino que había entre las huertas de San Jerónimo y la bajada de Atocha y que era vía de paso para diversas parroquias cercanas, como es el caso de las de San Sebastián, San Cebrían, el Cristo de la Oliva o la Magdalena y añade el topógrafo matritense modernista que “en este paraje estableciose un indio con un hermoso león enjaulado, que era mostrado al público por dos maravedises, y de la larga permanencia de la fiera en aquel lugar quedó el nombre de la calle”. Otros entendidos en el asunto hablan de un un turco como dueño del mentado león. Lo que es indiscutible es que, sea leyenda o sea realidad, la calle quedó bautizada para los restos. Al respecto del episodio del león hay que decir que mientras que Répide no pone su veracidad en duda, Ramón de Mesonero nos dice en su Antiguo Madrid, que desconoce la causa del mencionado nombre de la fiera para la calle, que se sabe que ya en el plano de Texeira de 1656 aparece mencionada con el nombre del León y que en dicho plano acerca de la topografía de Madrid viene otra semiplazoleta que “a su entrada por la calle del Prado, hasta la de Francos y Cantarranas (hoy Lope de Vega) se ensancha entonces algún tanto, formando una plazoleta que era conocida con el nombre de Mentidero de los representantes”.

Casa de Cervantes

Casa de Cervantes en “su” calle esquina al Mentidero de León

El tan mentado Mentidero

Actualmente hay una placa, instalada por el Ayuntamiento de Madrid en la esquina entre las calles León y Cervantes, que dice que allí se reunían las gentes de la farándula desde primera hora de la mañana para comentar las novedades del mundo dramático madrileño. Funcionaba también como lugar de cita para actores y profesionales del teatro de medio pelo, que se dejaban caer por el lugar para ver si los contrataban. También por supuesto, en estas improvisadas aunque cotidianas reuniones se ponía a caldo a más de uno o una, se concertaban citas o venganzas a tanto la estocada o sencillamente se echaba la mañana a perder como tan propio es de la idiosincrasia patria. Así lo atestigua Répide que primero describe la vía y después menciona a la fauna que por allí merodeaba habitualmente, “era entonces una breve plazoleta con algunos árboles y allí, cerca de la casa de Cervantes y en el camino de la de Lope, se reunían los histriones, formaban sus compañías, murmuraban de todo y saludaban reverentes el paso de los altos ingenios de aquella vecindad”. La razón del nombre del lugar, nos dice en esta ocasión Mesonero, se debe a que era el punto de reunión de “cómicos y aficionados, como ahora (década de 1860) la plazuela de Santa Ana. Con este nombre (Mentidero de representantes) vemos designado este sitio en el gran plano de Texeira, en los escritos de Quevedo, Lope, Rojas, Villamediana y otros y en el testamento del obispo de Cuzco don Manuel de Mollinedo y Angulo, que expresamente lo dice”. Relaciona por tanto, el nombre del lugar con el entorno literario y teatral en el que se encuentra situado, añadiendo que “todas aquellas cercanías están impregnadas, por decirlo así, de la memoria de los antiguos autores y actores dramáticos que vivieron en ellas o las frecuentaron; cuya frecuencia se explica naturalmente por las inmediaciones de los antiguos corrales de La Pacheca y de Burguillos, en la calle del Príncipe, y de Cristóbal de la Puente, en la del Lobo (hoy Echegaray)”.

Virgen de la Novena

Placa alusiva a la Congregación Virgen de la Novena

Nuestra Señora de la Novena

Otro hecho que contribuyó a convertir el barrio en centro de la farándula en particular y del mundo de las letras en general tuvo carácter religioso. Tanto Mesonero como Répide parecen darlo por cierto pese a que nuestra mentalidad actual tenga muchos reparos a la hora de darle crédito histórico. Aquél lo extrae de la obra del erudito Pellicer titulada Tratado histórico de la comedia y el histrionismo en España y la leyenda cuenta que una actriz llamada Catalina Flores, “casada con Lázaro Ramírez, de ejercicio buhonero, habiendo quedado tullida a consecuencia de un parto, determinó hacer una novena a cierta devota imagen de Nuestra Señora que estaba en la calle del León, esquina a la de Santa María, y para obligarla más, pasaba las noches en la calle, siendo tanta su fe, que el último día de ella (que fue el 15 de julio de 1624) se sintió buena del todo y colgó las muletas al pie de dicha imagen, y que de esta milagrosa curación tomaron ocasión los cómicos para elegir por su patrona y abogada a esta sagrada imagen, con el título de Nuestra Señora de la Novena, trasladándola a la parroquia de Nuestra Señora de San Sebastián (donde se conserva) y fundando en ella una capilla y congregación, y más adelante el hospital propio, que existe todavía en la travesía de Fúcar y calle de la Leche”. El cuadro se encontraba en la anteriomente mencionada confluencia viaria desde tiempo atrás al episodio protagonizado por Catalina Flores, era propiedad de un piadoso caballero llamado Pedro Veluti y poco antes de que esta actriz le dedicara la novena había sido profanado. Ahora es Pedro de Répide quien se refiere a él añadiendo información o leyenda, ¡quién lo sabe!, a lo dicho por Pellicer y recogido por Mesonero. Dice el de Las Vistillas que la imagen fue profanada en el año 1623 “por unos herejes, que le asestaron varias puñaladas la noche en que llegaba a Madrid el príncipe de Gales. De tal modo quedó inutilizado el cuadro que su dueño hubo de colocar en su vez otra imagen que tampoco quedó libre de las asechanzas de aquellos iconoclastas”. El hecho no hizo más que aumentar la popularidad del lienzo, que todavía pasaría por más peripecias a lo largo de la historia. Pero eso será harina de otro costal bloguero.

Cervantes, el principal referente hoy

Cuando hoy hablamos de la calle del León, y en general del barrio de Las Letras, es imposible dejar al margen la figura del que actualmente es el vecino más conocido y al que mediante circunloquios aludíamos líneas arriba. No es otro que Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote. El manco de Lepanto moró en distintas viviendas del barrio, en las calle de Huertas y la plaza de Matute, antes de alojarse en la del León, según Mesonero “en el número 9 antiguo y 8 moderno; y en fin vino a fallecer en la misma calle en la casa número 20 antiguo de la manzana 228, que hace esquina a la de Francos y que fue demolida por ruinosa en 1833”. Tras la demolición la vivienda fue reconstruida con la entrada a través de la calle Francos y “se impuso a ésta el nombre del escritor y se colocó sobre la puerta un busto en relieve y la expresión que refleja el haber vivido y muerto en aquel sitio”. Ramón de Mesonero reseña los datos oficiales del inmueble y aunque puede resultar información farragosa y pesada, dada la entidad del habitante nos van a permitir los lectores que abusemos de su paciencia y reflejemos fielmente lo redactado por El curioso parlante en su Antiguo Madrid. Dice don Ramón: “Esta casa tiene la nota siguiente en la visita general y numeración practicada a mediados del siglo pasado (XVIII): pertenece don Mariano Perez de La Herran, fue de herederos de Gabriel Muñoz, que la privilegió en 3000 maravedís, en 14 de febrero de 1615. Tiene su fachada a la calle Francos, 59 pies, 3 octavos, y  a la del León, a que hace esquina, 45 y en total 2.988. Posteriormente se unió a esta casa la contigua número 21, que perteneció al mismo Perez de La Herran a mediados del siglo pasado y a Pedro Haedo en 1665, y tenía 26 pies de fachada, y en todo 998. La nueva casa, construida en 1834 sobre aquellos solares, era propiedad de Luis Francos”. Aquí hay que hacer una mención especial a don Ramón de Mesonero que, siempre celoso de los bienes culturales de la Villa y Corte, más si se trataba de la casa donde había vivido El manco de Lepanto, intentó interceder ante las más altas autoridades para evitar el derribo del inmueble. Él mismo nos lo relata, refiriéndose a sí mismo en tercera persona, en una sabrosísima nota a pie de página recogida en su Antiguo Madrid, en el apartado dedicado a la calle del León, alegando que “en 23 de abril de 1833 (aniversario de la muerte de Cervantes en 1616) y en el momento de hallarse derribando esta casa, aprovechó el autor de esta obrita ambas circunstancias para insertar un sentido artículo con el epígrafe La casa de Cervantes, en el único periódico literario que entonces se publicaba y que después incluyó en sus Escenas Matritenses. Este artículo llamó la atención del monarca Fernando VII, quien guiado de un alto sentido del patriotismo y secundado por el celo y la ilustración del difunto comisario de la Cruzada don Manuel Fernández Varela, dispuso por una real orden publicada en la Gaceta a los pocos días que se hiciesen proposiciones al dueño de la casa para adquirirla el Estado y destinarla a algún establecimiento literario; pero negándose el dueño a enagenarla, se mandó por el rey se colocase sobre la puerta el monumento que existe, lo cual tuvo lugar a espensas de los fondos de Cruzada y por la disposición del comisario general, que tuvo la amabilidad de contar para ello con el autor del pensamiento; quien se complace en recordar aquí la parte que le cupo en esta magnánima disposición del rey don Fernando VII”. La anécdota va más allá y seguro que es conocida de los lectores. El propietario de la vivienda, cuando era presionado por personal cercano al monarca para que vendiera el inmueble al Estado, soltó entre negativa y negativa aquellas palabras que más o menos venían a decir que si lo creían tan bruto como para no saber que en aquella casa había residido don Quijote.

 
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Publicado por en marzo 20, PM en Calles

 

José de Salamanca y Mayol, marqués de Salamanca

Banquero, constructor, especulador, inversor bolsístico, alcalde, ministro, presidente del Gobierno interino, acusado de corrupto varias veces, aristócrata, bien relacionado con la monarquía de su tiempo, juez, empresario de teatros, agricultor, ganadero, conspirador, aventurero, mujeriego y, por ende, un vividor que se arruinó en varias ocasiones y se enriqueció otras tantas. En definitiva, José María Salamanca y Mayol se hubiera encontrado como pez en el agua en la sociedad actual, entre los buitres carroñeros de la política y los tiburones del dinero fácil a quienes hoy sufre, vergonzosamente en silencio, la sociedad española. Pero el marqués que daría nombre a uno de los barrios más importantes de Madrid también cuenta en su biografía con datos tan curiosos como que nunca dejó una deuda por pagar, fue generoso en grado excesivo en muchas ocasiones y, en definitiva, se llevó a la tumba si no el cariño de la sociedad con la que convivió sí al menos el respeto del entorno. No hay más que leer a Pedro de Répide para reflexionar sobre el tipo de personaje al que hoy dedicamos nuestra entrada y del que probablemente no consigamos un perfil muy aproximado porque es difícil de definir por las luces y las sombras que envuelven una vida, que comenzó en Malaga en 1811 y que llegaría a su fin en su palacio de Vista Alegre, en Carabanchel Bajo, el 21 de enero de 1883. Nos da la razón nuestro Ciego de Vistillas al comentarnos que “un extenso volumen podría hacerse con la historia (de José Salamanca), que más parecería novela de este Nabab, que podría pasar por la encarnación verdadera del conde de Montecristo, creado por la fantasía de Alejandro Dumas”.

Marqués de Salamanca de perfil

Perfil del marqués en sus años exitosos. Foto http://www.laaventuradelahistoria.es

Malagueño de nacimiento

Aunque se le considera un madrileño más, de los muchos que hemos llegado a lo largo de los siglos a esta ciudad en la que nadie te pide el carnet de identidad, Jose de Salamanca vio la luz en Málaga en el seno de la naciente burguesía de la ciudad costasoleña. Hijo de médico, cursó estudios de Filosofía y Derecho en Granada, en contra de su voluntad y por presiones paternas, terminándolos en 1828. Por esas calendas la ciudad de la Alhambra bullía de liberalismo y allí nuestro hombre entró en contacto con los movimientos revolucionarios. Conoce a la heroína popular Mariana Pineda, después ejecutada por bordar una bandera republicana, y a su regreso a Málaga establece contactos con el entorno del general liberal Torrijos, en cuyo pronunciamiento debió de estar involucrado aunque no quede documentación escrita de ello. Tras fracasar su intento de evitar el fusilamiento del cabecilla, su padre, a sabiendas de sus ardores revolucionarios y en prevención de posibles resbalones, echa mano de su capacidad de influencia en las altas esferas y se pone en contacto con el entonces presidente del Gobierno, el también malagueño Francisco Cea Bermúdez. De resultas de ello, al niño consigue colocarlo a los 22 años de alcalde de la localidad alicantina de Monóvar. Con ello comienza una vida pública que irá habitualmente emparejada a la de los negocios. Dos años más tarde cambia la alcaldía de la localidad alicantina por la de Vera, en Almería, hasta que tras las elecciones a Cortes de 1837 es elegido diputado por Málaga, trasladándose a Madrid para ejercer el cargo. Ya está en el lugar donde se parte y reparte el bacalao. Tiene buenas bufandas y agarres el gachó, porque no podemos olvidar que dos años antes se ha casado con la hija de un rico industrial inglés llamado Tomás Livermore Page, ni que uno de sus cuñados es otro acaudalado industrial, en este caso malagueño, llamado Manuel Agustín Heredia. Es decir, el mozo sabe dónde poner el ojo con perspectivas de futuro. Ya establecido en la Villa y Corte, Salamanca concentra sus pensamientos y sus actos en cualquier negocio que huela a cercanía con el poder y con el dinero. Obtiene en exclusiva el monopolio de la sal mientras comienza a invertir en la Bolsa. Se va enriqueciendo a la vez que va acumulando influencia política. En 1841 negocia personalmente la conversión de la deuda pública española y en 1844 funda el Banco de Isabel II y el de Cádiz. Por supuesto no da puntada sin hilo y si pone dinero personal o de inversores es para llevarse el beneficio doblado. Aunque no siempre será así. Progresivamente inicia, mantiene y consolida las relaciones personales y comerciales con el general Ramón María Narváez, a quien embarca en más de un negocio bolsístico no del todo rentable, lo que lleva a ambos a enemistarse durante un tiempo. Su prestigio político adquiere un nuevo impulso al ser nombrado ministro de Hacienda en 1847. Tras la dimisión del presidente, Joaquín Pacheco, en octubre de ese año, José Salamanca pasa a ejercer interinamente el cargo hasta que es destituido posteriormente por el nuevo presidente de derecho, Florencio García Goyena, cuando una comisión parlamentaria decide investigar supuestas irregularidades en el ministerio que dirigía Salamanca. Todo ello supone un frenazo para su carrera política pero ya ha conseguido abrir una brecha de influencia y penetrar en lo más alto de la jerarquía del poder, es decir, la monarquía. El desarrollo del ferrocarril ya es una realidad en Europa y nuestro personaje barrunta que aquí en España puede ser un buen negocio. Se lo cuenta entre otros a la propia reina regente María Cristina que toma nota, a su marido morganático, duque de Riánsares, y posteriormente a la propia reina, Isabel II. En adelante, su biografía no da tregua: exilio, construcción de la línea ferroviaria entre Madrid y Aranjuez en 1851, promotor de la mayor operación urbanística de Madrid con la construcción, a partir de 1864, de un barrio en el nordeste que llevará su nombre, promotor del canal del Duero y del ensanche de la ciudad de San Sebastián en 1881, poco antes de su fallecimiento. Senador vitalicio desde 1856 y marqués de Salamanca y duque de LLanos desde 1863 y 1864 respectivamente, coincidiendo con el inicio del ocaso de sus negocios. Los apuros económicos también son consustanciales a este hombre y, cuando parece encontrarse en el mejor momento de su vida, debe vender uno de sus palacios, el situado en el paseo de Recoletos, que lleva su nombre y que hoy día pertenece a una conocida entidad bancaria. Además de este palacio contaba en propiedad con uno en Aranjuez, posesiones en Albacete, otro palacio en Lisboa, un hotel en propiedad en París y otro alquilado en Roma. En Madrid cuenta con otros dos palacios más en los Carabancheles. En uno de ellos es donde fallece cuando se encuentra endeudado por valor de seis millones de reales.

Barrio de Salamanca en obras

Obras para levantar el barrio. Foto urbancidades.wordpress.com

Barrio de Salamanca

Si por algo se conoce popularmente a este personaje en Madrid es por el barrio que lleva su nombre. La idea de ser el propio José Salamanca el encargado de urbanizar el ensanche de Madrid le rondó por la cabeza desde mucho antes de comenzar a levantar las primeras casas. Hacia 1864 era dueño de cerca de dos kilómetros cuadrados de terrenos ya alisado y con el trazado viario desarrollado. Sólo faltaba ponerse a edificar. Intentó crear una sociedad para la realización de las obras pero tras vagas promesas se vio en la obligación de llevarla a cabo de forma personal. Tampoco era extraño el que los invesores se echaran para atrás dada su fama de hombre en extremo arriesgado. No tuvo suerte con el proyecto pues diversos sucesos políticos influyeron negativametne en la consolidación del mismo. Se encareció el crédito y, dado que sólo contaba con su propio capital y que la Bolsa le había llevado a grandes pérdidas, se arruinó. Tuvo que buscar fondos a cambio de intereses muy altos, vender parte de una colección de pintura donde se contaban cuadros de Velázquez y Goya y, como tantas otras veces, salió adelante. En torno a 1870 José Salamanca y Mayol ya tenía terminadas las actuales calles Serrano y Claudio Coello y sus respectivas transversales. Poco a poco la burguesía madrileña se va adueñando del barrio, valorando las comodidades que ofrecían las viviendas y los precios a la baja que el ya marqués debió reconducir dadas las dificultades con que se topó para enajenar los inmuebles. Pese a todo, contacta con una compañia inglesa de tranvías y en mayo de 1871 queda abierta la línea que unía la Puerta del Sol con el barrio y acortadas las distancias, solventando de esta manera una de las críticas que más condicionaban su explosion definitiva, que no era otra que la de que el barrio quedaba demasiado lejos del centro. Se trataba del primer tranvía de la ciudad, tirado por caballos, a cuya inauguración acudieron las autoridades en pleno y a cuya finalización de los actos solemnes el restaurante Lhardy ofreció un generoso aperitivo de honor en una mesa en forma de herradura. Pese a todo, su fortuna se desvaneció pues si poco antes de iniciar las obras el montante de sus caudales rondaba los 400 millones de reales, al finalizar el barrio y, pese a las ventas, se encontraba acosado por los acreedores, llegando incluso a pensar en suicidarse.

Vida privada convulsa

petronila

Petronila Livermore Foto http://www.madridvillaycorte.es

Su vida privada también fue reflejo de su agitada forma de ser. No pasará a la historia José Salamanca por ser ejemplo de rectitud moral en lo privado, si es que ese concepto puede hoy día definirse con propiedad. Ya intentó tirarle los tejos a Mariana Pineda en su juventud, aunque aquí parece ser que dio en hueso y recibió unas calabazas que no le arredrarían en el futuro. Tras casar con Petronila Livermore y Salas, cuando ya se le daba por solterón de por vida, el matrimonio se instala en Madrid y fruto de él serán dos hijos llamados Fernando y Josefa. Petronila no gustaba precisamente de la vida social de la capital y, aunque estaba presente en las comidas que su marido ofrecía a amigos y conocidos, se dedicará casi en exclusiva a las obras de caridad. A medida que Salamanca viajaba más a menudo,  mantenía relaciones con más amantes y pasaba las horas de tertulia en tertulia, Petronila se fue encerrando progresivamente en su casa, dedicándose a sus hijos en cuerpo y alma. Es en esa época cuando Salamanca conoce a un financiero uruguayo de origen francés llamado José de Buschental en cuya vivienda se organizan tertulias a las que se incorpora nuestro hombre y donde también se citan escritores y periodistas, con lo que  echando mano de su vis social se gana el apoyo de la prensa para los momentos más difíciles. Hablar de sus amantes sería escribir y no parar. Por encima de todas las que pasaron por su vida hay que citar a una bailarina del Teatro Circo Price llamada Guy Stephan. La belleza de esta mujer traía de cabeza a medio Madrid. Salamanca la vio actuar en el local situado en la plaza del Rey, que se encontraba en una situación lamentable y cercano a la ruina arquitectónica. Dicho y hecho, compró el teatro y lo convirtió en la envidia de media Europa. Con esta mujer mantuvo una relación que duró años, hasta el final de su vida. Es más, en sus momentos más duros económicamente la Stephan se ofreció a ayudarle con su propio pecunio. Nada extraño pues Salamanca siempre tuvo un trato respetuoso con sus amantes, si consideramos como tal el que las recompensara con generosos regalos, pensiones vitalicias o viviendas. Se comentaba que en la calle de la Ese -hoy desaparecida- tenían piso todas sus amantes. Por supuesto, siempre tuvo presente a su esposa en una forma de entender el matrimonio tan singular como el personaje. Es más, cuando Petronila fallece en 1866 José Salamanca entró en un estado de depresión que le mantuvo durante un año recluido en su domicilio sin acudir a ningún acto social.

Ramón María Narváez

El Espadón de Loja, Ramón Narváez. Foto es.wikipedia.org

 Prolijo anecdotario

Una vida tan densa no podía por menos que dejar un extenso rosario de anécdotas a cual más curiosa y sustanciosa. El personaje lo daba per se. La primera que se viene a la mente tiene lugar en sus años de juventud. Siendo alcalde de Monóvar, en 1834 y a la edad de 23 años, sufrió en sus carnes las consecuencias de una epidemia de peste que asoló las provincias de Murcia y Alicante. Cayó enfermo y se le dio por muerto. Pero despertó durante el velatorio previo al entierro desatando la hilaridad del entorno y dejando asustados a quienes pedían por su alma. Otro pasaje pintoresco de su vida tuvo lugar cuando es investigado por presuntos delitos cometidos siendo ministro de Hacienda. La policía se persona en su domicilio para detenerlo y Salamanca huye pidiendo asilo en la embajada de Bélgica de la calle Barquillo. Días después pasa a la sede diplomática de Dinamarca, sita en el mismo edificio. El embajador no respeta el derecho de asilo y permite a la policía que pase a detenerlo. Se esconde en un baúl y salva el pellejo. Vuelta a la embajada belga. Pero está y se siente acorralado. Prepara una treta. Manda venir un coche de caballos a la puerta del edificio donde se encuentra la sede belga. Al coche se sube un hombre embozado. La policía emprende inmediatamente su persecución. Unos segundos después José Salamanca sale por su pie tranquilamente del edificio. Eso sí, inicia el camino del exilio. Y lo hace con todas las prevenciones del mundo, vestido de sargento y formando parte de un pelotón que se dirigía a la frontera francesa. A otra cosa. No podemos olvidar tampoco que dentro de sus veleidades de empresario del ferrocarril, fue representante en Europa de la Sociedad de Ferrocarriles de Nueva York. También invirtió en la futura ciudad de los rascacielos en este sector. Y dejó tan buen sabor de boca que dos poblaciones del mencionado estado llevan el apellido de Salamanca. Un nuevo sucedido habla bien en este caso de un corazón no siempre insensible a las desgracias ajenas. Era un auténtico tiburón de los negocios bursátiles, hasta el punto de que en una sesión se llevó tres millones de reales. Por la noche debió consultar con la almohada y al día siguiente condonó la deuda a los que le debían dinero y habían perdido todo. Su conocida frase de “perdono a tutti”, pronunciada en el edifico de la Bolsa, ha pasado a los anales de la historia de los negocios. Finalizaremos el racimo de su anecdotario con un par de comentarios que dan la medida de lo que fue este hombre y que nos sitúan en lo que para la sociedad de su tiempo siginificó la figura del ya marqués y conde de Salamanca y Mayol y de Los LLanos, respectivamente. El periódico La Ilustración publicaba en 1854, durante el Bienio Progresista y con Salamanca en el exilio, el siguiente suelto: “Ha existido hasta el célebre 28 de junio (de 1854) una sociedad en comandita para la explotación de todos los agios, de todos los negocios que el país había de pagar con su sangre. Capitaneábala Cristina (la reina regente) y su gerente Salamanca, monstruo de la inmoralidad; era, como el vulgo suele decir, su testaferro. Presentarse al negocio de los ferrocarriles en la España comercial y abalanzarse a todos la comandita como manada de lobos hambrientos, fue cosa que a nadie admiró, porque no era de admirar”. Con el general Narváez tuvo sus encuentros y desencuentros, casi siempre con el dinero o el poder como raíz de ellos. Decía con sorna el Espadón de Loja que Salamanca era “muy salao y, aunque me ha hecho rabiar mucho, soy flaco, le quiero… pero no se lo diga usted porque enseguida me viene a proponer un negocio en el que vamos a dar a España mucho dinero”. Para qué seguir, el perfil de José Salamanca y Mayol está claro, tanto por sus acciones como por sus omisiones. Queda en el recuerdo un hombre con muchas dobleces que resume la condición de ser humano en en la más extensa expresión de la palabra, con sus claros y con sus oscuros, con su parte animal y con su parte racional, con su civismo y con su inmoralidad. Real como la vida misma y actual como él nunca se imaginaría que lo podría ser cuando ya se encuentra avanzada la segunda década del siglo XXI.

 
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Publicado por en marzo 18, PM en Perfiles