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Calle de la Magdalena

13 Mar
Calle_de_la_Magdalena

Azulejo con la imagen de la Magdalena. Foto es.wikipedia.org

Con la calle de la Magdalena finalizamos nuestro recorrido por el corredor que transcurre desde Mayor hasta la plaza de Antón Martín, tras dejar sobre el papel virtual las impresiones que nos han deparado las rúas Sacramento y San Justo, Colegiata, plaza del Progreso y la de hoy. No nos olvidamos de Puerta Cerrada, a la que dedicamos ya un flaneo hace algún tiempo, ni de la de Toledo, que tendrá capítulo propio y aparte en su momento. Lo primero que hemos de decir es que Magdalena es una vía decididamente abandonada por quienes deberían preocuparse por que no sucediera. Sin querer ser reiterativos, hay que insistir en que aquí son notorios los desniveles en las aceras, la suciedad de las fachadas es inapelable y las persianas de los pequeños comercios pintarrajeadas le dan un aspecto poco digno para una ciudad como Madrid, que presume de contar con un turismo de callejeo a la altura de las más señeras del mundo. Cualquier forastero que recorra esta vía se sorprenderá negativamente y a buen seguro que sentirá vergüenza ajena al observar el grado de dejadez y abandono en el que puede caer una vía que dista en línea recta de la plaza Mayor poco más de doscientos metros. Y no será porque no se trate de una calle importante porque Magdalena tiene historia y edificios suficientes para entretener el ocio de quien muestre un mínimo de interés y curiosidad por la historia de su ciudad. Pedro de Répide será hoy nuestro lazarillo preferente en nuestro vagar por una vía que une la plaza del Progreso con la de Antón Martín. Y lo primero que nos dice El ciego de Vistillas es que el origen de la calle data de los primeros tiempos de la conquista de esta Villa por los cristianos y que “era este lugar un camino que mediaba entre los cañizares y el olivar. Donde la primitiva iglesia del Cristo de la Oliva terminaba el calvario que empezaba en San Francisco, camino que llegaba hasta el prado de los Atochares, pasando a espaldas de la ermita de Santa María Magdalena”.  La ermita o humilladero del Cristo de la Oliva, no obstante, no se remonta a tan atrás en el tiempo sino que tuvo su momento de erección a lo largo del siglo XVI y ciertemente se encontraba ubicada en el camino de Atocha, en concreto donde hoy esta el paseo de la Infanta Isabel, es decir, enfrente de la fachada de la estación de ferrocarril que da al Retiro. Pero no nos vayamos tan lejos, que no es ese nuestro objetivo en estos momentos, y volvamos grupas a nuestro lugar de partida, que en este caso no puede ser otro que el del convento y la iglesia de la Magdalena, que tuvieron su origen en tiempos de Felipe II, alrededor de una ermita sita en la calle de Atocha, aproximadamente en el edificio que ocupaba el número 30 a principios del siglo XX. En 1560 el limosnero mayor de aquel rey, Luis Manrique de Lara, fundó un monasterio de religiosas agustinas para recoger a mujeres, arrepentidas de su pasada vida. El convento acogió según Répide, en un principio, “a tres o cuatro mujeres, con diez doncellas, como unos dos años, y vista su gran virtud se les permitió profesar en la regla de San Bernardo”. Pero en el año 1569 don Luis Manrique y el prior del convento de San Felipe el Real, el beato Alonso de Orozco, “que había traído licencia del Romano Pontífice para fundar un convento de religiosas calzadas de la orden de San Agustín, y recabado el permiso del rey, dieron orden de que aquellas cistercienses profesasen como agustinas. Diez años después viendo la estrechez en que vivían, Baltasar Gómez, mercader de gran caudal, les labró la iglesia y convento que por llegar hasta esta calle le dio la denominación de la Magdalena y fue derribado en 1836”. Dicho cenobio fue diseñado por el arquitecto renacentista Rodrigo Gil de Hontañón y en él permanecieron las religiosas hasta la fecha que nos da Répide, cuando fueron trasladadas a la Concepción Jerónima. Casa famosa de la calle Magdalena fue según nuestro guía, la llamada de San Antonio de Piedra, por una estatua de ese santo que había en una hornacina “en el balcón corrido de la casa del marqués de Cogolludo, título que llevaba el primogénito del duque de Medinaceli, y edificio cuyos últimos habitantes fueron los duques de Feria, don Antonio Fernández de Córdoba y doña María del Rosario Pérez de Barradas, que murieron muy jóvenes y eran hermanos de la famosa duquesa doña Ángela de Medinaceli”.

Palacio de los marqueses de Perales

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Palacio del marqués de Perales. Foto es.wikipedia.org

No se hace mayor eco de esta vía Ramón de Mesonero, sólo la menciona para ponderarla y decir que se trata de una “hermosa calle que ostenta muy buenos edificios del siglo pasado y presente -el XIX-, distinguiéndose entre los primeros el de los marqueses de Perales, que fue labrado a principios del siglo pasado con cierta grandiosidad aunque con el gusto caprichoso de su ornato, especialmente en la portada, que distinguía al arquitecto Pedro Ribera y a los de su escuela”. Volvemos a tomar la mano de Pedro de Répide y él nos da su opinión sobre dicho palacio, situado en el número 10 de la calle Magdalena y construido hacia 1730. Se trata a juicio del escritor modernista de uno de los edificios que señalan el más caracteristico estilo arquitectónico de la Villa y Corte, “que ostenta su magnífico portón de cuarterones y artísticos aldabones, encuadrado en la fondosa portada churrigueresca”. La construcción es de planta casi cuadrangular y se estructura en tres patios interiores. Fue levantado sobre el solar que dejaron a su derribo cuatro primitivas viviendas, en los momentos de mayor apogeo de la calle, a las que se añadió el solar de otras dos, en 1781, cuando se procedió a la ampliación del palacio. Además de la fachada principal que da a Magdalena contaba con otra orientada a la calle de la Cabeza pero que se perdió por su estado ruinoso y, tras la última remodelación en el año 1979,  tuvo que erigirse un edificio nuevo en esa parte. Galdós nombra el palacio en sus Episodios Nacionales, en concreto en el episodio titulado Napoleón en Chamartín, y se refire a él como “casa suntuosa pero de bastarda y ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano don Pedro de Ribera, autor de la fachada del Hospicio”. Para gustos, los colores. Pero las palabras del maestro del Realismo hay que situarlas en el contexto de cierta animadversión hacia el barroco avanzado, que los intelectuales españoles mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX. Desde 2002 el palacio de los marqueses de Perales del Río es sede de la Filmoteca Nacional pero, al margen de sus valores artísticos y arquitectónicos, el local es famoso por un truculento suceso histórico que tuvo lugar el 1 de diciembre de 1808 en plena Guerra de la Independencia. Cuenta Répide que “hallándose ya a las puertas de Madrid las tropas francesas, mandadas personalmente por Napoleón, y recogiendo los madrileños armas y pertrechos para la defensa de la Villa, examinó el pueblo los cartuchos que se le daban y halló que contenían arena en vez de pólvora…/…los madrileños de 1808 dirigieron su cólera y su ira contra las autoridades y buscaron una víctima propiciatoria a la común venganza. Y capitaneados por Pepa la Naranjera hicieron con fiero ímpetu irrupción en el palacio de la calle de la Magdalena, dando muerte en sus propias habitaciones al regidor, marqués de Perales, sacando su cadáver para arrastrarlo por las calles”. No se andaban por las ramas los madrileños de entonces, bastante menos melifluos y más decididos ante los desmanes de las autoridades que los actuales moradores de la Villa y Corte.

Pepa la Naranjera

Por cierto, detengámonos unas breves líneas en hacer un pequeño perfil de esta conductora de masas chulapa y manola llamada Pepa la Naranjera, quien encabezara aquella rebelión popular que tuvo un saldo tan macabro. Mesonero Romanos habla de quien se dijera que fue amante del rey Fernando VII en sus Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, describiéndola como “una hermosísima moza muy conocida entonces bajo todos los conceptos de la población de Madrid, que se hizo famosa no sólo por su hermosura y desenvuelta vida sino también por el chiste y agudeza de sus dichos y hechos”. Una de esos hechos anecdóticos tuvo lugar al ser requerida para actuar como figurante en uno de los muchos carros clásicos de dioses, ninfas, virtudes y demás. El corregidor Barrafón quería contar con su presencia a lo que La Naranjera respondió con su ordinario desenfado con un “señoría, esas cerimonias no son proias de gente de honor”. Al final accedió ante los reiterados requerimientos del tal Barrafón, dejando sus escrúpulos morales al margen y acicatada por una irrenunciable recompensa. En otra ocasión el caballero don Diego de Biezma, un antiguo diplomático, a juicio de Mesonero “persona muy apreciable pero tan dado a la afectada imitación del continente y maneras extranjeras como melifluo y atildado en el lenguaje, pasando un día lluvioso y de barros por delante del puesto de naranjas de Pepa -en la esquina entre calles del Prado y del Príncipe-, no sé bien si porque le estorbasen los cestos de naranjas o por cambiar tal vez algunas palabras con la hermosa vendedora, díjola en su acento afrancesado: ¿Me permite usted echar un pie? Por mí -contestó Pepa apartando los cestos- eche usted aunque sean los cuatro“.

Marquesa de Tolosa

Aproximadamente cien años más tarde, el palacio de los marqueses de Perales fue otra vez foco de la atención pública por un hecho luctuoso. En esta ocasión la desgraciada protagonista fue la marquesa de Tolosa, habitante de la vivienda. Dicha marquesa acudió el 31 de mayo de 1906 a la calle Mayor a ver el cortejo de la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia con tan mala suerte que fue una de las víctimas del atentado de Mateo Morral. Dada la calidad de la fallecida el diario ABC se hacía eco en su edición del posterior 2 de junio del sepelio de dicha marquesa, que se llevó a cabo al alimón con el de la hija de la condesa viuda de Adanero. Así lo narraba en encargado de redactar las esquelas mortuorias: “El entierro, verificado ayer tarde, fue una verdadera manifestación de duelo y de protesta contra el inicuo antentado, protesta en la que han tomado parte todas las clases sociales. Desde mucho antes de la hora señalada, la calle de la Magdalena, en donde se halla el palacio, se encontraba intransitable. A las cinco y media fueron bajados los féretros a hombros de amigos y parientes de la casa. El de la señorita Ulloa era blanco con adornos dorados y fue colocado en una carroza-estufa, blanca también, tirada por seis caballos con postillones a la federica y cubierto de coronas; el de la marquesa era negro con adornos mate y el coche en que se depositó iba tirado por seis caballos con lacayos a la federica también”. La necrológica enumeraba las personalidades de la vida política y religiosa que acudieron a acompañar en su último paseo a las fallecidas, entre las que se nombraban a políticos como Eduardo Dato o Antonio Maura, duques de Veragua y de Medinasidonia, marqueses de Vadillo y Alonso Martínez o condes de Moral de Calatrava o Buena Esperanza, entre un listado de al menos cien notables del reino. Finalizaba la esquela diciendo que los cadáveres recibieron sepultura en el cementerio de San Isidro, dejando sentado que “presenció el paso de la fúnebre comitiva numeroso público que protestaba indignado el crimen”.

Escosura

Grabado del poeta y político. Foto es.wikipedia.org

Patricio de la Escosura

Al margen de los nobles habitantes del palacio de los marqueses de Perales, la calle de la Magdalena ha albergado en sus viviendas a notables de la Villa y Corte como Cervantes, Patricio de la Escosura o Alberto Aguilera. Del primero sólo vamos a decir que moró en el número 21 de la rúa mientras que a don Patricio de la Escosura le visitó la parca en el número 18 el año 1878. Este último fue un romántico español que destacó en el periodismo, en la literatura y en la política. Su biografía es extensa pero picoteando en ella podemos sacar a relucir que fue educado en las ideas románticas por Alberto Lista, en su colegio de San Mateo. Como consecuencia de ello creó en 1823, junto a discípulos de la talla de Espronceda o Ventura de la Vega, la sociedad secreta Los numantinos, con el objetivo de vengar la muerte de Rafael del Riego y derribar el gobierno abstoluto.Tras ser denunciados fueron procesados y desterrados. Escosura regresó a España para iniciar la carrera de la milicia participarndo en la Guerra Carlista. Posteriormente formó parte de la tertulia romántica del Parnasillo y junto a Espronceda dirigió la revista El artista, enseña del Romanticismo español. En 1847 ingresa en la Real Academia de la Lengua y, en el mundo de la politica, realizó diversas incursiones que le llevaron a ser ministro de Gobernación con Narváez y con Espartero. Como dramaturgo tuvo relativo éxito con la obra La corte del Buen Retiro donde, además de dar voz a famosas figuras del Siglo de Oro como Calderón, Quevedo, Góngora o el conde de Villamediana, trata el asesinato de este último por orden del valido Olivares.

Alberto Aguilera

En una vivienda situada en la esquina de la calle de la Magdalena con la de Lavapiés vivió hasta su fallecimiento, el día de Navidad de 1913, el que fuera alcalde de la Villa y Corte don Alberto Aguilera y Velasco. Político por los cuatro costados, tras licenciarse en derecho por la Universidad de Madrid ocupó entre otros cargos menores, los de gobernador civil de varias provincias, los de diputado y senador, el de subsecretario de Gobernación en el gobierno de Segismundo Moret, ministro de Hacienda con Joaquín López Puigcerver y ministro de Gobernación con Práxedes Mateo Sagasta. Además, fue durante algún tiempo presidente del Círculo de Bellas Artes. Pero aquí lo traemos por haber ostentado el cargo de alcalde de Madrid en varias ocasiones entre 1901 y 1910. Mucho podríamos hablar de él pues ocupó el cargo en momentos importantísimos de la vida publica, tanto de la ciudad como de España en general, pero ciñéndonos a nuestras obligaciones morales con esta página diremos que durante su mandato erigió los monumentos al Héroe de Cascorro, a Juan Bravo Murillo, a Agustín Argüelles, a Francisco de Goya o a Quevedo. Durante su mandato, en 1904 se aprobó el proyecto de construcción de la Gran Vía, se impulsó la creación del parque del Oeste o se comenzó la construcción del hospital de Maudes.

Teatro Variedades

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El Variedades en su inauguración, según La Ilustración. Foto es.wikipedia.org

Dejamos para cerrar con buen sabor de boca nuestro flaneo por la calle de la Magdalena un apartado relacionado con el mundo de la cultura. En el número 40 de la calle se construyó en 1843, sobre el solar de un juego de pelota, el famoso en su día teatro de las Variedades. Su vida útil abarcaría hasta 1888 en que fue destruido, una vez más por un incendio, en este caso achacable a un descuido, según los cronistas de la época. De él se dice que fue el teatro de los barrios obreros de Madrid y así debió ser si hacemos caso a Pedro de Répide quien lo describe como un “coliseo pequeño y modesto y que sin embargo tuvo una verdadera importancia en la historia del arte escénico de Madrid”. El estreno de la zarzuela de Olona con múscia de Hurtado, El duende, en 1849, supuso un hito importante porque “marcó  la boga de ese género tan interesante y que constituye la auténtica ópera cómica española”. Trabajaron en el Variedades actores de la talla del gran Julián Romea, Teodoro Lamadrid o Emilio Mario, entre otros. Allí se presentó al público la actriz italiana Carolina Civili, que se convirtió en comedianta española, y cuyo cadáver fue el último en recibir sepultura en la Sacramental de san Nicolás. Cuenta por último Répide que aquel teatro pasará a la historia por haber sido el que implantó de la mano de Vallés, Luján y Riquelme “el espectáculo de las funciones por horas, que ya ha desaparecido pero que tan generalizado estuvo a fines del “siglo XIX y principios del XX. El actor Julián Romea, anteriormente citado, recibió quizás la mayor ovación de su vida tras la representación de El hombre de mundo. Una enfermedad lo había tenido en 1866 con un pie en el estribo y el público quiso demostrar su cariño al mito de la escena con unos aplausos que han pasado a la historia del teatro matritense como de los más prolongados y que a buen seguro debieron escucharse a lo largo de la calle que hoy hemos traído a nuestro salón virtual y que en esa época tenía una densa y entretenida vida nocturna de la que hoy con nostalgia puede alardear pero que innegablemente no puede repetir.

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Publicado por en marzo 13, PM en Calles

 

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