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Café Imperial (Después llamado De la Montaña)

15 Mar
Café de la MOntaña Puerta_del_Sol_3

Aquí estuvo el Café Imperial y después el cartel de Tío Pepe. Foto es.wikipedia.org

“Entre los innumerables establecimientos públicos que llevan el nombre de Café, el que se denomina Imperial es sin ningún género de dudas el que está situado en el punto más céntrico de todos”. Lo dice Enrique G. Bedmar, el escritor costumbrista del Madrid del siglo XIX, en un artículo aparecido en la obra Madrid por dentro y por fuera, al iniciar la descripción de uno de los recintos clásicos de la edad de oro de este tipo de locales. Se encontraba ubicado el Café Imperial -décadas más tarde denominado Café de la Montaña- en la Puerta del Sol, en la planta baja del edificio construido en el solar que ocupara la iglesia del Buen Suceso antes de que en 1854 fuera derribada para llevar a cabo la reforma de la plaza más importante de Madrid. Para los más jóvenes, nos estamos refiriendo al inmueble que hasta hace poco tiempo alardeara de tener en su azotea el anuncio de Tío Pepe. No se encuentra una fecha exacta de su apertura como café aunque no hay que especular mucho para deducir que debió tener lugar al únisono que el Gran Hotel París, en 1864. Ocupaba, como dijimos líneas atrás, la planta baja del nuevo edificio mientras que sobre sus techos se levantaba lo que en principio fue Fonda de París y que después, con el nombre de Gran Hotel, se convertiría en uno de los más modernos y reputados de la Villa, donde se alojaban los más insignes viajeros. Así lo ratifica Bedmar al añadir a la descripción del Imperial que “si no es el establecimiento de más lujo y en donde mejores géneros se expenden, puede muy bien sostener la competencia con cualquiera y es, por lo menos, donde más se nota la abundancia y el aseo, y en donde se alcanzan las mejores vistas, gozándose de más animación y más bullicio que ninguno”. El café abarcaba todo el lienzo frontal que daba a Sol pero además tenía salidas tanto a la Carrera de San Jerónimo como a la calle de Alcalá. En total contaba con 16 puertas, razón por la cual se le denominaba jocosamente café de la pulmonía. La planta baja del edificio no la ocupaba en su totalidad, pero casí, porque una sala de juegos le robaba un mínimo espacio. En cualquier caso, los casi 7.000 pies cuadrados de capacidad posibilitaban que alrededor de 500 personas pudieran disfrutar a la vez de la estancia en el local. El inventario del mobiliario nos dice que contaba con 80 mesas de mármol, divanes, mesas de billar y medio millar de sillas tapizadas de rojo. Por lo tanto, un local en consonancia con la importancia del entorno en el que estaba situado y con las exigencias propias de un público que tenía mucho donde elegir y que no se conformaba con menudencias. Es más, el Imperial permitía disfrutar de uno de los placeres de los clientes habituales de este tipo de establecimientos, tanto entonces como hoy día, como es el dejar pasar las horas contemplando a través de sus ventanales el ir y venir de la vida cotidiana, en este caso la dispar fauna que desde siempre ha pululado por Sol. En este apartado se para también Enrique G. Bedmar, para ponderar la calidad del local y de sus amplias cristaleras que ofrecían “a la vista y consideración de los espectadores el más curioso y variopinto panorama” en el que destacaba la recién inaugurada fuente central de la plaza pero también la idiosincrasia y los hábitos sociológicos tanto de los apresurados caminantes como de los grupos de flaneantes, expertos en ese arte tan español llamado hacer tiempo.

Nocturno y diurno

Café de la Montaña (Imperial)

El Café Imperial ya como De la Montaña. Foto http://www.absolutmadrid.com

Todos los cafés del Madrid del siglo XIX tenían su personalidad, tanto en lo referido a horarios, como en lo que tenía que ver con su peculiar feligresía, como en cuanto a las modalidades de tertulias que se daban en cada uno de ellos, es decir, un sello propio. El Imperial no lo era menos aunque según nuestro guía de hoy el local manifestaba “su carácter, su fisonomía particular, mucho más distinta y más acentuada que los otros. Casi todos los demás  tienen sus funciones circunscritas a la noche, de día están abiertos pero es casi una fórmula. El café Imperial es nocturno y es diurno. Su concurrencia es casi igual -en cantidad- en unas y otras horas. ¡Pero qué aspecto tan diferente según sea de día o de noche!”. Y comienza el periodista a describir con técnica y vocación de entomólogo la fauna que, según la hora del día, entra y sale por las numerosas puertas del café. Divide el devenir cotidiano del local en tres tramos horarios: a lo largo del día, las primeras horas de la noche y a partir de las doce campanadas. Durante las horas diurnas la clientela era masculina casi en su totalidad y en torno a sus veladores de mármol se solían dar cita desde antiguos y probados congresistas hasta gentes del comercio y de la industria, pasando por “cómicos de los teatrillos de a real por acto y de los de provincias que vienen a la corte a asuntos propios de su arte; empleados subalternos y subalternos militares, toreros y algún que otro periodista de los que no han ascendido a la categoría de genios”. Completaban los especímenes diurnos profesionales en el vivir del sudor de los otros o también llamados aprovechados de la candidez ajena, es decir, timbaleros, monteros o ruleteros “que cuentan a sus concolegas, entre sorbo y sorbo de café, las contrabizcas, las judías y los encarnados; los negros y los plenos que se dieron en la última sesión, que no del Congreso”. Las primeras horas de la noche suponían un cambio en la fisonomía de los visitantes del café. Ahora la clientela se compone de familias y matrimonios con hijas que pagan al Imperial “el obolo de su consideración con un chico de leche merengada o con media tostada de las de abajo y su café correspondiente”. A la vez, exponen en el escaparate social matritense el género femenino tan amado y con tantos sacrificios criado, a la espera de que “algún pollo o algún gallo sensible (aunque sea pavo), prendado de la modestia, pulcritud y sobriedad de las jóvenes doble la orgullosa cerviz al yugo del himeneo, en cuyo caso es él el que paga la tostada sin comérsela”. Pasadas las primeras horas de la noche el café medio se despejaba. Era la hora del teatro y sólo permanecían los que no tenían nada mejor que hacer o ningún sitio donde ir. Hasta que sonaban las campanadas de la media noche en el reloj del edificio principal Sol. Entonces comenzaba la segunda parte de la noche, que se prolongaba hasta al menos las dos y media de la madrugada, y que a juicio de G. Bedmar “siempre es la más lastimosa. Llegó la hora de las cenas y los convites, tras estar en el teatro, leer La Correspondencia o comentar los sucesos del día”. Entre cenas tempestuosas, brindis disparatados y corazones conquistados emergen, por encima del murmullo habitual las discusiones sobre política “y dicho se está que se alza el grito hasta el último extremo del humano diapasón, sin que se entienda nadie”. Se increpa al gobierno, a todos los partidos y a todas las instituciones y “por esos ataques, que en tiempos menos liberales han ocasionado la prisión de algunos individuos, se ha llamado a este café la antesala del Saladero“. Las tertulias literarias no eran menos ruidosas ni estrafalarias que las políticas y así lo atestigua nuestro lazarillo al comentar con su sorna peculiar y característica que “así como de aquella no sale ningún gobierno con los huesos sanos de ésta -la tertulia literaria- salen desollados los autores, los editores, los cómicos y los empresarios”.

Trifulca entre Valle y Bueno

Café Imperial

El café Imperial, al fondo, con sus siete puertas dando a la Puerta del Sol hacia 1900. Foto es.wikipedia.org

En 1895 el complejo hotelero-cafetero cambió de dueño. La empresa Baena se hace cargo del negocio y hay que suponer que es en este instante cuando el Imperial trueca el nombre por el de Café de la Montaña, que es quizá el más conocido actualmente, y con el que atraería a la concurrencia hasta su cierre, aproximadamente hacia los años 20 del siglo pasado. Y es en 1899 cuando se produce el suceso más notorio de su biografía como café y que hay que cargar en el curriculun de dos escritores de la época, uno menor, Manuel Bueno, y otro, el genio del esperpento, Ramón María del Valle-Inclán. Una disputa dialéctica entre ambos, de las tantas que se solían producir en este tipo de establecimientos estando el orgullo literario de por medio. Llegaron a las manos. El resultado final no fue otro que el que Valle perdiera su brazo izquierdo como consecuencia de un bastonazo que le propinara Bueno. La engallada tuvo su origen en el desafío concertado entre un joven dibujante portugués establecido en Madrid, llamado Leal de Cámara, y un no menos joven español, apellidado López Castillo. El reto prometía una tarde de jugosos intercambios verbales y entusiasmado andaba Valle, que comenzó a excitar los ánimos de los tertulianos comentando los pormenores del duelo. Manuel Bueno tercia en la conversación, aportando un mínimo de sensatez, al alegar que el duelo no puede celebrarse porque el lusitano es menor de edad. Don Ramón, que no se callaba ni dormido y a quien no le debió gustar que le echaran agua a un vino que ya estaba catando, replicó a Bueno, con toda la soberbia del mundo, a voz en grito e hinchando el pecho, con aquellas palabras harto conocidas de “¿y usted qué entiende de eso, majadero?”. Para qué queremos más. Manuel Bueno tiró de bastón, lo levantó y a continuación descargó con toda la intensidad que le daban sus fuerzas, su irritación y algunas más que posibles cuentas pendientes sobre la cabeza de Valle, quien al intentar protegerse puso por delante su brazo izquierdo para amortiguar el golpe. Lo demás es de imaginar y no necesitamos que nadie nos lo cuente. Bueno y sus partidarios salen en comitiva por una puerta que da a Carrera de San Jerónimo mientras que el aristocráta gallego venido a menos abandona el local en dirección a Alcalá, acompañado de Jacinto Benavente y del resto de sus palmeros, camino del dispensario. Le hacen una cura de urgencia en el brazo, dicen que se le ha incrustado el gemelo en la carne y parece que la cosa no va a mayores. En principio, porque a medida que pasan los días los dolores que en un primer momento no cejan progresivamente van aumentando. Nueva visita al galeno. Hay que amputar el brazo, operación de la que se encargará el doctor Barragán. Don Jacinto Benavente acompaña nuevamente a Valle en tamaño trance, quien según las leyendas urbanas, se estaba fumando un habano durante la intervención quirúrgica, algo que siendo como era el pavo no sería de extrañar. Pero la causa de la amputación no fue la gangrena ni por supuesto el que el gemelo de la camisa se le incrustara en el antebrazo. En 1998 el escritor Francisco Umbral publicó en el diario El Mundo el parte médico que en su día emitiera Barragán donde deja claro que la amputación se realiza como consecuencia de una fractura de huesos del antebrazo. Sobre este parte el biógrafo de Valle, secretario general de la Asociación de los Directores de Escena y médico titulado, José Hormigón, comentará que se trataba de una herida entonces incurable, “fractura conminuta en los huesos del antebrazo”. Podemos deducir que echarle la culpa al gemelo fue una forma como otra cualquiera de no querer entrar en el fondo del asunto, por razones obvias, de la causa real, si se tiene en cuenta que tamaña herida era difícil de producirse con un bastón normal y ciertamente posible con  uno de estoque, prohibido en aquella época, y que parece ser que era el que portaba Manuel Bueno. En fin, que una vez recuperado el dramaturgo de su percance, se citó con su adversario, nuevamente en el Café de la Montaña, y según apuntan las crónicas, tutéandolo por primera vez le dijo aquello de “Mira, Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya”. Genio y figura para el considerado genio insuperable y extravagante ciudadano. A continuación, los conmilitones literatos, tertulianos y, en general, bohemios de la ciudad concertaron una función benéfica en el Teatro Lara, con cuya recaudación pagar los costes de un brazo ortopédico para mitigar la carencia física del escritor. Y en principio aquí paz y después gloria. Pero como el ser humano es el único animal que tropieza al menos dos veces en la misma piedra y si ese animal, por muy genio que sea, se apellida Valle-Inclán, pues puede suceder lo que le acaeció nuevamente a este dramaturgo universal. Tiempo después del incidente con Bueno saboreó nuestro don Ramón María las mieles de otro enfrentamiento similar aunque en esta ocasión con desenlace incruento. Eso sí, los presentes advirtieron entre jocosa y seriamente al barbudo y pendenciero literato de que anduviera con cuidado porque ya sólo le quedaba una extremidad superior. Quien mejor parado salió de toda la polémica surgida en torno al incidente fue el Café de la Montaña, que desde entonces adquirió aún más protagonismo del que tenía ya ganado anteriormente, haciéndose con un bien ganado huequecito en la historia de la literatura y de la bohemia de finales del siglo XIX y principios del XX. No obstante, hay que insistir en que, al margen del episodio que acabamos de comentar, se trataba de uno de muchos cafés de prestigio del centro que acogía a lo más florido de la intelectualidad de la época. Gentes como el malogrado escritor bohemio Alejando Sawa, el propio maestro del Modernismo, Rubén Darío -que se alojó en el Gran Hotel París durante alguna de sus estancias en España- o el torero Frascuelo, fueron habituales de las marmóreas mesas que vieran evolucionar la sociedad madrileña desde la mitad del siglo XIX hasta los felices años veinte. Lo que llegarían a escuchar en aquellas desenfadadas e íntimamente públicas tertulias.

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Publicado por en marzo 15, AM en Cafés

 

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