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José de Salamanca y Mayol, marqués de Salamanca

18 Mar

Banquero, constructor, especulador, inversor bolsístico, alcalde, ministro, presidente del Gobierno interino, acusado de corrupto varias veces, aristócrata, bien relacionado con la monarquía de su tiempo, juez, empresario de teatros, agricultor, ganadero, conspirador, aventurero, mujeriego y, por ende, un vividor que se arruinó en varias ocasiones y se enriqueció otras tantas. En definitiva, José María Salamanca y Mayol se hubiera encontrado como pez en el agua en la sociedad actual, entre los buitres carroñeros de la política y los tiburones del dinero fácil a quienes hoy sufre, vergonzosamente en silencio, la sociedad española. Pero el marqués que daría nombre a uno de los barrios más importantes de Madrid también cuenta en su biografía con datos tan curiosos como que nunca dejó una deuda por pagar, fue generoso en grado excesivo en muchas ocasiones y, en definitiva, se llevó a la tumba si no el cariño de la sociedad con la que convivió sí al menos el respeto del entorno. No hay más que leer a Pedro de Répide para reflexionar sobre el tipo de personaje al que hoy dedicamos nuestra entrada y del que probablemente no consigamos un perfil muy aproximado porque es difícil de definir por las luces y las sombras que envuelven una vida, que comenzó en Malaga en 1811 y que llegaría a su fin en su palacio de Vista Alegre, en Carabanchel Bajo, el 21 de enero de 1883. Nos da la razón nuestro Ciego de Vistillas al comentarnos que “un extenso volumen podría hacerse con la historia (de José Salamanca), que más parecería novela de este Nabab, que podría pasar por la encarnación verdadera del conde de Montecristo, creado por la fantasía de Alejandro Dumas”.

Marqués de Salamanca de perfil

Perfil del marqués en sus años exitosos. Foto http://www.laaventuradelahistoria.es

Malagueño de nacimiento

Aunque se le considera un madrileño más, de los muchos que hemos llegado a lo largo de los siglos a esta ciudad en la que nadie te pide el carnet de identidad, Jose de Salamanca vio la luz en Málaga en el seno de la naciente burguesía de la ciudad costasoleña. Hijo de médico, cursó estudios de Filosofía y Derecho en Granada, en contra de su voluntad y por presiones paternas, terminándolos en 1828. Por esas calendas la ciudad de la Alhambra bullía de liberalismo y allí nuestro hombre entró en contacto con los movimientos revolucionarios. Conoce a la heroína popular Mariana Pineda, después ejecutada por bordar una bandera republicana, y a su regreso a Málaga establece contactos con el entorno del general liberal Torrijos, en cuyo pronunciamiento debió de estar involucrado aunque no quede documentación escrita de ello. Tras fracasar su intento de evitar el fusilamiento del cabecilla, su padre, a sabiendas de sus ardores revolucionarios y en prevención de posibles resbalones, echa mano de su capacidad de influencia en las altas esferas y se pone en contacto con el entonces presidente del Gobierno, el también malagueño Francisco Cea Bermúdez. De resultas de ello, al niño consigue colocarlo a los 22 años de alcalde de la localidad alicantina de Monóvar. Con ello comienza una vida pública que irá habitualmente emparejada a la de los negocios. Dos años más tarde cambia la alcaldía de la localidad alicantina por la de Vera, en Almería, hasta que tras las elecciones a Cortes de 1837 es elegido diputado por Málaga, trasladándose a Madrid para ejercer el cargo. Ya está en el lugar donde se parte y reparte el bacalao. Tiene buenas bufandas y agarres el gachó, porque no podemos olvidar que dos años antes se ha casado con la hija de un rico industrial inglés llamado Tomás Livermore Page, ni que uno de sus cuñados es otro acaudalado industrial, en este caso malagueño, llamado Manuel Agustín Heredia. Es decir, el mozo sabe dónde poner el ojo con perspectivas de futuro. Ya establecido en la Villa y Corte, Salamanca concentra sus pensamientos y sus actos en cualquier negocio que huela a cercanía con el poder y con el dinero. Obtiene en exclusiva el monopolio de la sal mientras comienza a invertir en la Bolsa. Se va enriqueciendo a la vez que va acumulando influencia política. En 1841 negocia personalmente la conversión de la deuda pública española y en 1844 funda el Banco de Isabel II y el de Cádiz. Por supuesto no da puntada sin hilo y si pone dinero personal o de inversores es para llevarse el beneficio doblado. Aunque no siempre será así. Progresivamente inicia, mantiene y consolida las relaciones personales y comerciales con el general Ramón María Narváez, a quien embarca en más de un negocio bolsístico no del todo rentable, lo que lleva a ambos a enemistarse durante un tiempo. Su prestigio político adquiere un nuevo impulso al ser nombrado ministro de Hacienda en 1847. Tras la dimisión del presidente, Joaquín Pacheco, en octubre de ese año, José Salamanca pasa a ejercer interinamente el cargo hasta que es destituido posteriormente por el nuevo presidente de derecho, Florencio García Goyena, cuando una comisión parlamentaria decide investigar supuestas irregularidades en el ministerio que dirigía Salamanca. Todo ello supone un frenazo para su carrera política pero ya ha conseguido abrir una brecha de influencia y penetrar en lo más alto de la jerarquía del poder, es decir, la monarquía. El desarrollo del ferrocarril ya es una realidad en Europa y nuestro personaje barrunta que aquí en España puede ser un buen negocio. Se lo cuenta entre otros a la propia reina regente María Cristina que toma nota, a su marido morganático, duque de Riánsares, y posteriormente a la propia reina, Isabel II. En adelante, su biografía no da tregua: exilio, construcción de la línea ferroviaria entre Madrid y Aranjuez en 1851, promotor de la mayor operación urbanística de Madrid con la construcción, a partir de 1864, de un barrio en el nordeste que llevará su nombre, promotor del canal del Duero y del ensanche de la ciudad de San Sebastián en 1881, poco antes de su fallecimiento. Senador vitalicio desde 1856 y marqués de Salamanca y duque de LLanos desde 1863 y 1864 respectivamente, coincidiendo con el inicio del ocaso de sus negocios. Los apuros económicos también son consustanciales a este hombre y, cuando parece encontrarse en el mejor momento de su vida, debe vender uno de sus palacios, el situado en el paseo de Recoletos, que lleva su nombre y que hoy día pertenece a una conocida entidad bancaria. Además de este palacio contaba en propiedad con uno en Aranjuez, posesiones en Albacete, otro palacio en Lisboa, un hotel en propiedad en París y otro alquilado en Roma. En Madrid cuenta con otros dos palacios más en los Carabancheles. En uno de ellos es donde fallece cuando se encuentra endeudado por valor de seis millones de reales.

Barrio de Salamanca en obras

Obras para levantar el barrio. Foto urbancidades.wordpress.com

Barrio de Salamanca

Si por algo se conoce popularmente a este personaje en Madrid es por el barrio que lleva su nombre. La idea de ser el propio José Salamanca el encargado de urbanizar el ensanche de Madrid le rondó por la cabeza desde mucho antes de comenzar a levantar las primeras casas. Hacia 1864 era dueño de cerca de dos kilómetros cuadrados de terrenos ya alisado y con el trazado viario desarrollado. Sólo faltaba ponerse a edificar. Intentó crear una sociedad para la realización de las obras pero tras vagas promesas se vio en la obligación de llevarla a cabo de forma personal. Tampoco era extraño el que los invesores se echaran para atrás dada su fama de hombre en extremo arriesgado. No tuvo suerte con el proyecto pues diversos sucesos políticos influyeron negativametne en la consolidación del mismo. Se encareció el crédito y, dado que sólo contaba con su propio capital y que la Bolsa le había llevado a grandes pérdidas, se arruinó. Tuvo que buscar fondos a cambio de intereses muy altos, vender parte de una colección de pintura donde se contaban cuadros de Velázquez y Goya y, como tantas otras veces, salió adelante. En torno a 1870 José Salamanca y Mayol ya tenía terminadas las actuales calles Serrano y Claudio Coello y sus respectivas transversales. Poco a poco la burguesía madrileña se va adueñando del barrio, valorando las comodidades que ofrecían las viviendas y los precios a la baja que el ya marqués debió reconducir dadas las dificultades con que se topó para enajenar los inmuebles. Pese a todo, contacta con una compañia inglesa de tranvías y en mayo de 1871 queda abierta la línea que unía la Puerta del Sol con el barrio y acortadas las distancias, solventando de esta manera una de las críticas que más condicionaban su explosion definitiva, que no era otra que la de que el barrio quedaba demasiado lejos del centro. Se trataba del primer tranvía de la ciudad, tirado por caballos, a cuya inauguración acudieron las autoridades en pleno y a cuya finalización de los actos solemnes el restaurante Lhardy ofreció un generoso aperitivo de honor en una mesa en forma de herradura. Pese a todo, su fortuna se desvaneció pues si poco antes de iniciar las obras el montante de sus caudales rondaba los 400 millones de reales, al finalizar el barrio y, pese a las ventas, se encontraba acosado por los acreedores, llegando incluso a pensar en suicidarse.

Vida privada convulsa

petronila

Petronila Livermore Foto http://www.madridvillaycorte.es

Su vida privada también fue reflejo de su agitada forma de ser. No pasará a la historia José Salamanca por ser ejemplo de rectitud moral en lo privado, si es que ese concepto puede hoy día definirse con propiedad. Ya intentó tirarle los tejos a Mariana Pineda en su juventud, aunque aquí parece ser que dio en hueso y recibió unas calabazas que no le arredrarían en el futuro. Tras casar con Petronila Livermore y Salas, cuando ya se le daba por solterón de por vida, el matrimonio se instala en Madrid y fruto de él serán dos hijos llamados Fernando y Josefa. Petronila no gustaba precisamente de la vida social de la capital y, aunque estaba presente en las comidas que su marido ofrecía a amigos y conocidos, se dedicará casi en exclusiva a las obras de caridad. A medida que Salamanca viajaba más a menudo,  mantenía relaciones con más amantes y pasaba las horas de tertulia en tertulia, Petronila se fue encerrando progresivamente en su casa, dedicándose a sus hijos en cuerpo y alma. Es en esa época cuando Salamanca conoce a un financiero uruguayo de origen francés llamado José de Buschental en cuya vivienda se organizan tertulias a las que se incorpora nuestro hombre y donde también se citan escritores y periodistas, con lo que  echando mano de su vis social se gana el apoyo de la prensa para los momentos más difíciles. Hablar de sus amantes sería escribir y no parar. Por encima de todas las que pasaron por su vida hay que citar a una bailarina del Teatro Circo Price llamada Guy Stephan. La belleza de esta mujer traía de cabeza a medio Madrid. Salamanca la vio actuar en el local situado en la plaza del Rey, que se encontraba en una situación lamentable y cercano a la ruina arquitectónica. Dicho y hecho, compró el teatro y lo convirtió en la envidia de media Europa. Con esta mujer mantuvo una relación que duró años, hasta el final de su vida. Es más, en sus momentos más duros económicamente la Stephan se ofreció a ayudarle con su propio pecunio. Nada extraño pues Salamanca siempre tuvo un trato respetuoso con sus amantes, si consideramos como tal el que las recompensara con generosos regalos, pensiones vitalicias o viviendas. Se comentaba que en la calle de la Ese -hoy desaparecida- tenían piso todas sus amantes. Por supuesto, siempre tuvo presente a su esposa en una forma de entender el matrimonio tan singular como el personaje. Es más, cuando Petronila fallece en 1866 José Salamanca entró en un estado de depresión que le mantuvo durante un año recluido en su domicilio sin acudir a ningún acto social.

Ramón María Narváez

El Espadón de Loja, Ramón Narváez. Foto es.wikipedia.org

 Prolijo anecdotario

Una vida tan densa no podía por menos que dejar un extenso rosario de anécdotas a cual más curiosa y sustanciosa. El personaje lo daba per se. La primera que se viene a la mente tiene lugar en sus años de juventud. Siendo alcalde de Monóvar, en 1834 y a la edad de 23 años, sufrió en sus carnes las consecuencias de una epidemia de peste que asoló las provincias de Murcia y Alicante. Cayó enfermo y se le dio por muerto. Pero despertó durante el velatorio previo al entierro desatando la hilaridad del entorno y dejando asustados a quienes pedían por su alma. Otro pasaje pintoresco de su vida tuvo lugar cuando es investigado por presuntos delitos cometidos siendo ministro de Hacienda. La policía se persona en su domicilio para detenerlo y Salamanca huye pidiendo asilo en la embajada de Bélgica de la calle Barquillo. Días después pasa a la sede diplomática de Dinamarca, sita en el mismo edificio. El embajador no respeta el derecho de asilo y permite a la policía que pase a detenerlo. Se esconde en un baúl y salva el pellejo. Vuelta a la embajada belga. Pero está y se siente acorralado. Prepara una treta. Manda venir un coche de caballos a la puerta del edificio donde se encuentra la sede belga. Al coche se sube un hombre embozado. La policía emprende inmediatamente su persecución. Unos segundos después José Salamanca sale por su pie tranquilamente del edificio. Eso sí, inicia el camino del exilio. Y lo hace con todas las prevenciones del mundo, vestido de sargento y formando parte de un pelotón que se dirigía a la frontera francesa. A otra cosa. No podemos olvidar tampoco que dentro de sus veleidades de empresario del ferrocarril, fue representante en Europa de la Sociedad de Ferrocarriles de Nueva York. También invirtió en la futura ciudad de los rascacielos en este sector. Y dejó tan buen sabor de boca que dos poblaciones del mencionado estado llevan el apellido de Salamanca. Un nuevo sucedido habla bien en este caso de un corazón no siempre insensible a las desgracias ajenas. Era un auténtico tiburón de los negocios bursátiles, hasta el punto de que en una sesión se llevó tres millones de reales. Por la noche debió consultar con la almohada y al día siguiente condonó la deuda a los que le debían dinero y habían perdido todo. Su conocida frase de “perdono a tutti”, pronunciada en el edifico de la Bolsa, ha pasado a los anales de la historia de los negocios. Finalizaremos el racimo de su anecdotario con un par de comentarios que dan la medida de lo que fue este hombre y que nos sitúan en lo que para la sociedad de su tiempo siginificó la figura del ya marqués y conde de Salamanca y Mayol y de Los LLanos, respectivamente. El periódico La Ilustración publicaba en 1854, durante el Bienio Progresista y con Salamanca en el exilio, el siguiente suelto: “Ha existido hasta el célebre 28 de junio (de 1854) una sociedad en comandita para la explotación de todos los agios, de todos los negocios que el país había de pagar con su sangre. Capitaneábala Cristina (la reina regente) y su gerente Salamanca, monstruo de la inmoralidad; era, como el vulgo suele decir, su testaferro. Presentarse al negocio de los ferrocarriles en la España comercial y abalanzarse a todos la comandita como manada de lobos hambrientos, fue cosa que a nadie admiró, porque no era de admirar”. Con el general Narváez tuvo sus encuentros y desencuentros, casi siempre con el dinero o el poder como raíz de ellos. Decía con sorna el Espadón de Loja que Salamanca era “muy salao y, aunque me ha hecho rabiar mucho, soy flaco, le quiero… pero no se lo diga usted porque enseguida me viene a proponer un negocio en el que vamos a dar a España mucho dinero”. Para qué seguir, el perfil de José Salamanca y Mayol está claro, tanto por sus acciones como por sus omisiones. Queda en el recuerdo un hombre con muchas dobleces que resume la condición de ser humano en en la más extensa expresión de la palabra, con sus claros y con sus oscuros, con su parte animal y con su parte racional, con su civismo y con su inmoralidad. Real como la vida misma y actual como él nunca se imaginaría que lo podría ser cuando ya se encuentra avanzada la segunda década del siglo XXI.

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Publicado por en marzo 18, PM en Perfiles

 

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