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Calle del León (I)

20 Mar

La calle del León es un lugar de flaneo de marca mayor, que dirían nuestros abuelos. No en balde nos encontramos en el corazón del Madrid de los Austrias y en el indiscutible centro del denominado barrio de Las Letras. El paseante que camina por esta rúa, que se extiende entre la plazuela de Antón Martín y la calle del Prado, con intersecciones con las calles Santa María, Huertas, Infante, Lope de Vega y Cervantes, tiene la sensación de haber sido transportado por la máquina del tiempo a una época del pasado brillantísima para el saber literario. Una vez inmersos en un callejeo que nos envuelve con la magia de un pasado de espadachines y escritores que caminan muy pagados de sí mismos, nada nos extrañaría ver cruzarse a nuestro lado a un Quevedo cojitranco, mirándote de arriba a abajo, en una actitud no se sabe bien si de perdonavidas o de pendenciero. Seguramente irá en busca de una presa para, o bien arrojarle a la cara un soneto burlesco, o bien meterle entre sus asaduras unas cuartas de acero, todo ello sin el menor sonrojo ni vacilación. Si no lo hiciera este don Francisco no sería por temor a los corchetes sino por encontrarse de cara con la figura hierática del fénix de los ingenios, Lope Félix de Vega y Carpio, ya con la vestidura talar, que, no cabe duda, tendría la fuerza moral para pedir explicaciones al autor del Buscón. Porque ese tal Lope sí que imponía y no había coleto que se atreviera a llevarle la contraria. Muy diferente a un pobre desgraciado que vivía en la calle de la que hoy hablamos, esquina con la de Francos (hoy calle Cervantes), que se paseaba por la Villa y Corte con la mano izquierda encogida, sin saber si ese día iba a comer mucho, poco o nada. Un humilde ser humano que caminaba bastante menos tieso y con menos humos que sus afamados vecinos, del que decían que escribía comedias, novelas e incluso poemas -muy buenos no serían si no le daban para mantenerse con dignidad-, que empezaba a ser conocido por haber sacado de su pluma una narración en la que se burlaba de la moda de leer libros de caballerías y que con el tiempo iba a ser la más famosa empresa literaria jamás escrita ni contada. De quien sí haría mofa don Francisco de Quevedo, si se lo encontrara por la calle, sería de un jorobado que componía comedias de caracteres, apellidado Ruiz de Alarcón, que vivía por la calle de las Urosas, de la otra parte de la de Atocha, pero que solía acudir bastante por estos pagos. Y no se burlaría Quevedo de este fulano sólo por su esmirriada apariencia física, que también, sino por su condición de indiano y, sobre todo, por ser persona retraída y de carácter huraño y despegado, poco dado además a rendir pleitesía a los santones de la literatura. Y si don Francisco llevara en su cuerpo, ya de media mañana, un par de litros del de San Martín de Valdeiglesias no cabe duda que el objetivo número uno de sus sátiras sería ese cura con nariz y pasado judaicos, bujarrón según algunos, poeta de la luz y las tinieblas para otros, que respondería al nombre y apellidos de Luis de Góngora y Argote. Todos ellos podían perfectamente coincidir en los alrededores del Mentidero de los representantes, situado en la calle del León, cerca de la esquina con la calle de El Prado, y más de una vez, en la soledad de la noche, echarían la mano a la empuñadura de la espada, al verse el uno frente al otro, eligiendo acera el más valentón y cruzándose no sin lanzarse algún venablo o enseñarse el dedo corazón mirando al cielo.

Placa calle del León

Placa de baldosín con alusión al león que le da nombre a la calle

Un indio o turco con un león enjaulado

Pero no nos envalentonemos ni nos crezcamos nosotros, que toda elevación artificial y a beneficio de uno mismo implica soberbia y pobreza mental. No creamos que sabemos algo y tomemos la mano, una vez más, de alguien que pueda controlar nuestros ímpetus al pasear por lugares tan señalados en cualquier guía turística, cualquier manual de literatura del Siglo de Oro o incluso cualquier libro de texto de Bachillerato. Dejemos un día más que sean don Pedro de Répide, en primer lugar, y don Ramón de Mesonero, después, quienes nos hagan de cicerones en la historia de esta calle. Dice el terror de los organilleros del Madrid chulapo que la calle del León no era más que un camino que había entre las huertas de San Jerónimo y la bajada de Atocha y que era vía de paso para diversas parroquias cercanas, como es el caso de las de San Sebastián, San Cebrían, el Cristo de la Oliva o la Magdalena y añade el topógrafo matritense modernista que “en este paraje estableciose un indio con un hermoso león enjaulado, que era mostrado al público por dos maravedises, y de la larga permanencia de la fiera en aquel lugar quedó el nombre de la calle”. Otros entendidos en el asunto hablan de un un turco como dueño del mentado león. Lo que es indiscutible es que, sea leyenda o sea realidad, la calle quedó bautizada para los restos. Al respecto del episodio del león hay que decir que mientras que Répide no pone su veracidad en duda, Ramón de Mesonero nos dice en su Antiguo Madrid, que desconoce la causa del mencionado nombre de la fiera para la calle, que se sabe que ya en el plano de Texeira de 1656 aparece mencionada con el nombre del León y que en dicho plano acerca de la topografía de Madrid viene otra semiplazoleta que “a su entrada por la calle del Prado, hasta la de Francos y Cantarranas (hoy Lope de Vega) se ensancha entonces algún tanto, formando una plazoleta que era conocida con el nombre de Mentidero de los representantes”.

Casa de Cervantes

Casa de Cervantes en “su” calle esquina al Mentidero de León

El tan mentado Mentidero

Actualmente hay una placa, instalada por el Ayuntamiento de Madrid en la esquina entre las calles León y Cervantes, que dice que allí se reunían las gentes de la farándula desde primera hora de la mañana para comentar las novedades del mundo dramático madrileño. Funcionaba también como lugar de cita para actores y profesionales del teatro de medio pelo, que se dejaban caer por el lugar para ver si los contrataban. También por supuesto, en estas improvisadas aunque cotidianas reuniones se ponía a caldo a más de uno o una, se concertaban citas o venganzas a tanto la estocada o sencillamente se echaba la mañana a perder como tan propio es de la idiosincrasia patria. Así lo atestigua Répide que primero describe la vía y después menciona a la fauna que por allí merodeaba habitualmente, “era entonces una breve plazoleta con algunos árboles y allí, cerca de la casa de Cervantes y en el camino de la de Lope, se reunían los histriones, formaban sus compañías, murmuraban de todo y saludaban reverentes el paso de los altos ingenios de aquella vecindad”. La razón del nombre del lugar, nos dice en esta ocasión Mesonero, se debe a que era el punto de reunión de “cómicos y aficionados, como ahora (década de 1860) la plazuela de Santa Ana. Con este nombre (Mentidero de representantes) vemos designado este sitio en el gran plano de Texeira, en los escritos de Quevedo, Lope, Rojas, Villamediana y otros y en el testamento del obispo de Cuzco don Manuel de Mollinedo y Angulo, que expresamente lo dice”. Relaciona por tanto, el nombre del lugar con el entorno literario y teatral en el que se encuentra situado, añadiendo que “todas aquellas cercanías están impregnadas, por decirlo así, de la memoria de los antiguos autores y actores dramáticos que vivieron en ellas o las frecuentaron; cuya frecuencia se explica naturalmente por las inmediaciones de los antiguos corrales de La Pacheca y de Burguillos, en la calle del Príncipe, y de Cristóbal de la Puente, en la del Lobo (hoy Echegaray)”.

Virgen de la Novena

Placa alusiva a la Congregación Virgen de la Novena

Nuestra Señora de la Novena

Otro hecho que contribuyó a convertir el barrio en centro de la farándula en particular y del mundo de las letras en general tuvo carácter religioso. Tanto Mesonero como Répide parecen darlo por cierto pese a que nuestra mentalidad actual tenga muchos reparos a la hora de darle crédito histórico. Aquél lo extrae de la obra del erudito Pellicer titulada Tratado histórico de la comedia y el histrionismo en España y la leyenda cuenta que una actriz llamada Catalina Flores, “casada con Lázaro Ramírez, de ejercicio buhonero, habiendo quedado tullida a consecuencia de un parto, determinó hacer una novena a cierta devota imagen de Nuestra Señora que estaba en la calle del León, esquina a la de Santa María, y para obligarla más, pasaba las noches en la calle, siendo tanta su fe, que el último día de ella (que fue el 15 de julio de 1624) se sintió buena del todo y colgó las muletas al pie de dicha imagen, y que de esta milagrosa curación tomaron ocasión los cómicos para elegir por su patrona y abogada a esta sagrada imagen, con el título de Nuestra Señora de la Novena, trasladándola a la parroquia de Nuestra Señora de San Sebastián (donde se conserva) y fundando en ella una capilla y congregación, y más adelante el hospital propio, que existe todavía en la travesía de Fúcar y calle de la Leche”. El cuadro se encontraba en la anteriomente mencionada confluencia viaria desde tiempo atrás al episodio protagonizado por Catalina Flores, era propiedad de un piadoso caballero llamado Pedro Veluti y poco antes de que esta actriz le dedicara la novena había sido profanado. Ahora es Pedro de Répide quien se refiere a él añadiendo información o leyenda, ¡quién lo sabe!, a lo dicho por Pellicer y recogido por Mesonero. Dice el de Las Vistillas que la imagen fue profanada en el año 1623 “por unos herejes, que le asestaron varias puñaladas la noche en que llegaba a Madrid el príncipe de Gales. De tal modo quedó inutilizado el cuadro que su dueño hubo de colocar en su vez otra imagen que tampoco quedó libre de las asechanzas de aquellos iconoclastas”. El hecho no hizo más que aumentar la popularidad del lienzo, que todavía pasaría por más peripecias a lo largo de la historia. Pero eso será harina de otro costal bloguero.

Cervantes, el principal referente hoy

Cuando hoy hablamos de la calle del León, y en general del barrio de Las Letras, es imposible dejar al margen la figura del que actualmente es el vecino más conocido y al que mediante circunloquios aludíamos líneas arriba. No es otro que Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote. El manco de Lepanto moró en distintas viviendas del barrio, en las calle de Huertas y la plaza de Matute, antes de alojarse en la del León, según Mesonero “en el número 9 antiguo y 8 moderno; y en fin vino a fallecer en la misma calle en la casa número 20 antiguo de la manzana 228, que hace esquina a la de Francos y que fue demolida por ruinosa en 1833”. Tras la demolición la vivienda fue reconstruida con la entrada a través de la calle Francos y “se impuso a ésta el nombre del escritor y se colocó sobre la puerta un busto en relieve y la expresión que refleja el haber vivido y muerto en aquel sitio”. Ramón de Mesonero reseña los datos oficiales del inmueble y aunque puede resultar información farragosa y pesada, dada la entidad del habitante nos van a permitir los lectores que abusemos de su paciencia y reflejemos fielmente lo redactado por El curioso parlante en su Antiguo Madrid. Dice don Ramón: “Esta casa tiene la nota siguiente en la visita general y numeración practicada a mediados del siglo pasado (XVIII): pertenece don Mariano Perez de La Herran, fue de herederos de Gabriel Muñoz, que la privilegió en 3000 maravedís, en 14 de febrero de 1615. Tiene su fachada a la calle Francos, 59 pies, 3 octavos, y  a la del León, a que hace esquina, 45 y en total 2.988. Posteriormente se unió a esta casa la contigua número 21, que perteneció al mismo Perez de La Herran a mediados del siglo pasado y a Pedro Haedo en 1665, y tenía 26 pies de fachada, y en todo 998. La nueva casa, construida en 1834 sobre aquellos solares, era propiedad de Luis Francos”. Aquí hay que hacer una mención especial a don Ramón de Mesonero que, siempre celoso de los bienes culturales de la Villa y Corte, más si se trataba de la casa donde había vivido El manco de Lepanto, intentó interceder ante las más altas autoridades para evitar el derribo del inmueble. Él mismo nos lo relata, refiriéndose a sí mismo en tercera persona, en una sabrosísima nota a pie de página recogida en su Antiguo Madrid, en el apartado dedicado a la calle del León, alegando que “en 23 de abril de 1833 (aniversario de la muerte de Cervantes en 1616) y en el momento de hallarse derribando esta casa, aprovechó el autor de esta obrita ambas circunstancias para insertar un sentido artículo con el epígrafe La casa de Cervantes, en el único periódico literario que entonces se publicaba y que después incluyó en sus Escenas Matritenses. Este artículo llamó la atención del monarca Fernando VII, quien guiado de un alto sentido del patriotismo y secundado por el celo y la ilustración del difunto comisario de la Cruzada don Manuel Fernández Varela, dispuso por una real orden publicada en la Gaceta a los pocos días que se hiciesen proposiciones al dueño de la casa para adquirirla el Estado y destinarla a algún establecimiento literario; pero negándose el dueño a enagenarla, se mandó por el rey se colocase sobre la puerta el monumento que existe, lo cual tuvo lugar a espensas de los fondos de Cruzada y por la disposición del comisario general, que tuvo la amabilidad de contar para ello con el autor del pensamiento; quien se complace en recordar aquí la parte que le cupo en esta magnánima disposición del rey don Fernando VII”. La anécdota va más allá y seguro que es conocida de los lectores. El propietario de la vivienda, cuando era presionado por personal cercano al monarca para que vendiera el inmueble al Estado, soltó entre negativa y negativa aquellas palabras que más o menos venían a decir que si lo creían tan bruto como para no saber que en aquella casa había residido don Quijote.

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Publicado por en marzo 20, PM en Calles

 

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