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Calle del León (y II)

21 Mar

Dejamos atrás en el tiempo la historia principalmente literaria de la calle del León y nos acercamos a hechos que no tienen en principio que ver con la ficción sino con la realidad histórica. Nos situamos en la esquina con la calle de Huertas, donde estuvo la sede de la Asociación General de Ganaderos, llamada anteriormente, desde su fundación en 1273 hasta su desaparición como tal, Honrado Concejo de la Mesta. Se trataba de una agrupación encargada de defender los intereses de pastores y ganaderos, que tuvieron un poder inmenso durante la Edad Media y hasta tiempos relativamente recientes. Esta asociación la creó nada menos que Alfonso X el Sabio, que reunió a los pastores de los reinos de Castilla y León, otorgándoles importantes prerrogativas y derechos exclusivos tales como eximirlos del servicio militar y de testificar en juicios o les cedió derechos de paso y pastores. Con el transcurrir del tiempo se le fueron añadiendo otras prebendas reales hasta ser considerada una de las agrupaciones más importantes de Europa, lo que provocó diversos enfrentamientos de carácter jurídico hasta su abolición en 1836. Es harto conocida la leyenda negra de este gremio, debido fundamentalmente a esos privilegios. La lana era un producto protegido por los reinos pues constituía una fuente de riqueza debido a la ganancia que suponía su exportación a Europa. El que se beneficiara de esta forma la ganadería en detrimento de la agricultura supuso roces importantes entre ambos sectores productivos y se considera que esas ventajas jurídicas hicieron de La Mesta, a la postre, la causante de la deforestación de la península Ibérica ya que las numerosísimas cabezas de ganado acogidas dentro de los derechos de la asociación necesitaban de ingentes cantidades de pastos para su supervivencia.Su desaparición fue debida fundamentalmente al incremento de costes de la exportación de lanas, los continuos conflictos entre ganaderos y la creciente industria lanera, las guerras con Portugal, que impedían el normal uso de las cañadas, y la creciente voracidad económica de la Corona que hizo que se le fueran recortando privilegios a esta asociación. El hecho de que su edificio señero se encontrara en una zona tan céntrica de la Villa y Corte es índice del poder que llegó a tener en su momento.

NUevo Rezado

Edificio Nuevo Rezado sede de la Real Academia de la Historia

Edificio de Nuevo Rezado

Frente a la que fuera sede del Honrado Concejo de la Mesta, entre las calles de Huertas y Santa María, se levanta un edificio recio en sus fundamentos y donde se halla desde 1874 la Real Academia de la Historia. Estamos en el número 20 de la calle de la que hoy escribimos y dicho inmueble tiene por nombre la casa de Nuevo Rezado. Dejamos que sea Pedro de Répide quien una vez más nos describa las principales peculiaridades arquitectónicas y los datos históricos más importantes del mismo, al señalar que se trata de una “casa de severa traza neoclásica, construida a finales del siglo XVIII, probablemente según los planos de Villanueva, para depósito de libros del rezo diario, cuyo privilegio de venta tenían los monjes del Escorial, y por ser una dependencia del famoso convento, fue esculpida en su fachada la parrilla que recuerda el martirio de San Lorenzo”. Añadamos a ello la descripción que hace la enciclopedia virtual, que dice que la edificación “es un inmenso cubo de fábrica con piso principal y segundo muy matizados y acusando sus proporciones. La portada principal lleva encima un balcón y un hueco”. En dicha oquedad se encuentra el escudo con la parrilla del santo mártir referido anteriormente. Los muros de la fachada son de ladrillo visto y las jambas de los huecos, de granito. En el interior no existe viguería de madera en los pisos y todos ellos se sostienen mediante bóvedas de ladrillo. Aunque el arquitecto Villanueva siempre rechazó el uso de la madera para sus construcciones, en este caso la decisión está aún más que justificada por tratarse de un lugar dedicado al almacenamiento de libros, donde el peligro de incendio aumentaría con el uso de la madera. El nombre de este edificio le viene, por tanto, de su uso y pasó a manos del Estado como consecuencia de la desamortización de Juan Mendizábal. Con esta nueva calificación de uso público fue hacia 1860 residencia del Patriarca de las Indias procapellán mayor de Palacio antes de servir de sede a la Academia de la Historia. Pero dicha Academia no ocupa solamente el solar de la casa de Nuevo Rezado sino que progresivamente se fueron anexionando a ella el palacio del marqués de Molins y una pequeña vivienda de la calle de las Huertas, hasta completar toda la manzana comprendida entre las calles León, Huertas, Amor de Dios y Santa María.

Academia de la Historia

La Real Academia de la Historia tuvo sus inicios en el siglo de las luces. La vocación didáctica de las gentes de esa centuria, influidas por las corrientes de pensamiento francesas y, al hilo de ello, por los primeros monarcas borbones, en especial Felipe V, quedaron patentes en la creación de academias de artes y ciencias, la aparición de las tertulias literarias y políticas y la construcción de instituciones que colaboraran al incremento del saber tanto entre las élites intelectuales y económicas como entre el pueblo llano. Los expertos en conocimientos históricos no quisieron ser menos que sus homólogos de otras artes y en 1835 deciden agruparse y organizarse como sociedad, aunque en principio sin carácter público. Un año más tarde consiguen del bibliotecario mayor del rey, un tal Navarro, la cesión de un departamento en la Real Biblioteca de Palacio para celebrar sus sesiones reglamentarias. Lo demás nos lo cuenta Répide quien dice que a continuación de conseguir su primera sede, una vez que fue aumentando el número de individuos asociados “y aprovechando la feliz disposición que Felipe V demostraba por las corporaciones literarias, acordaron solicitar su protección. Que fue completamente conseguida”. El monarca expidió tres decretos. Por el primero aprobaba la creación de la Academia y sus estatutos. Por el segundo concedía a sus miembros el fuero de criados de la Casa Real con todos sus privilegios, y por el tercero permitía a los ya académicos continuar celebrando sus juntas en la Biblioteca Real. Posteriormente pasaría a ubicarse en la Casa de la Panadería antes de llegar a puerto definitivo en la de Nuevo Rezado. La primera junta que se celebró en el edificio donde aún se encuentra actualmente tuvo lugar el 22 de junio de 1874. En dicho edificio falleció uno de los historiadores impulsores de la Real Academia en sus primeras décadas de vida. Se trata del bibliógrafo, dramaturgo, editor y traductor matritense Cayetano Rosell, a quien sorprendió la parca en el edificio de Nuevo Rezado un 26 de marzo de 1883, ostentano el cargo de director de la entidad. No podemos tampoco pasar página sin recordar a uno de los grandes, si no el que más, de la historia de la investigación histórico-literaria española y que no es otro que don Marcelino Menéndez Pelayo que como director de la Academia residió en sus dependencias durante largo tiempo.

Menéndez Pelayo

Menendez-pelayo

El ilustre polígrafo e intelectual español

Polígrafo por excelencia de la historia de España, Marcelino Menéndez Pelayo fue, además de circunstancial político, un erudito consagrado fundamentalmente a la historria de las ideas, la crítica e historia de la literatura española e hispanoamericana, la traducción, la filosofía y la filología hispana en general, aunque también cultivó con relativo éxito la poesía. Discípulo de Milá y Fontanals su liberalismo inicial se trocó en conservadurismo siendo alumno de Nicolás Salmerón, como consecuencia de una arbitrariedad sufrida a manos de éste, al ser obligados a repetir curso sin haber sido examinados los alumnos de su promoción. A partir de ese momento se orientó hacia el pensamiento neocatólico, posición ideológica que no abandonaría hasta su muerte en 1912 a la edad de 56 años. Considerado como la figura egregia de la línea casticista, es el máximo representante de la escuela nacionalista en la historiografía española. Sus estudios y trabajos constituyen la más seria aportación de la época de la Restauración al conocimiento de la historia de España. Su dedicación infatigable se plasma en una bibliografía difícil de resumir en unas líneas. Si hay que destacar algunos de sus títulos más señeros no podríamos olvidarnos de su Historia de los heterodoxos de España, de la Historia de las ideas estéticas en España o su Historia de la poesía castellana en la Edad Media. Los mayores elogios a su persona han puesto por encima de su privilegiada inteligencia su capacidad de trabajo, su conocimiento de lenguas antiguas y modernas y su portentosa memoria fotográfica. Sus posiciones conservadoras en el plano religioso le han restado cierta credibilidad en algunos sectores liberales pero nadie niega la importancia de su obra, todavía hoy día referente inexcusable para quien quiera bucear en la historia de las ideas o de la literatura de nuestro país.

Jacinto Benavente

Dejamos a Menéndez Pelayo y la casa del Nuevo Rezado y al pasar por el número 27 de nuestra calle del León leemos en una placa romboide colocada por el ayuntamiento en la fachada de la vivienda que allí nació el 12 de agosto de 1866 uno de los grandes del drama español de los últimos años del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Obviamente se trata de don Jacinto Benavente, el menor de los tres hijos del no menos conocido médico y pionero de la pediatría, Mariano Benavente, que llegaría a hacerse con un premio Nobel de literatura en 1922. Hombre apegado al teatro, además de dedicarse a pactar con las musas coqueteó con el séptimo arte y fue director, guionista y productor cinematográfico a lo largo de una extensa vida que se cerró en 1954 en la villa madrileña de Galapagar. Hombre del 98, alternaba en las tertulias con lo más granado del movimiento y estuvo a la vanguardia en la búsqueda de soluciones a los problemas de España. O al menos hasta cierto punto. Sus primeras obras teatrales ponían en tela de juicio los comportamientos de la burguesía del momento. Al serle pateada El nido ajeno tras su estreno en 1894, derivó hacia un teatro más complaciente con el público que iba a verlo que no era otro que el de los propios burgueses. Al margen de ello, Benavente siempre se caracterizó por construir obras perfectamente estructuradas. Sus conocimientos del género son indiscutibles y sus diálogos difícilmente superables en la historia del teatro contemporáneo español. Vivió de sus obras y vivió bien y eso es algo que pocos autores pueden decir. Son conocidas sus relaciones con figuras de la época como Valle-Inclán, con quien compartió tertulia hasta que partieron peras y cada uno se fue por su lado. Pero, ¡quién no tenía roces con el estravagante gallego! Durante la guerra civil se le acusó de coquetear con la izquierda y durante el franquismo, de tibieza con el movimiento y de su pasado rojo hasta el punto de que incluso se llegó a prohibir que en los carteles de sus obras apareciera su nombre. Al margen de El nido ajeno, La malquerida y sus Intereses creados, son una buena muestra de una carrera teatral tremendamente prolífica y que se prolongó hasta poco antes de su muerte. Bien es verdad que siempre -y más tras la guerra civil- siguiendo esa línea complaciente con la ideología dominante aunque de perfecta ejecución. Los tiempos no daban para más.

Madrileñismo por los cuatro costados

Lagartijo

Lagartijo posando con torería

Seguimos calle del León adelante, sorprendidos cada vez más de lo que puede dar de sí una vía relativamete corta en su extensión. No nos deja marcharnos aún Pedro de Répide que nos recuerda que, además de personajes y hechos notables, esta rúa también tuvo sus momentos tensos como cuando durante la revolución de 1854, conocida por Vicalvarada, en las inmediaciones del Mentidero “ardieron allí los muebles, los cuadros y muchos objetos de valor fueron arrojados por las ventanas de la casa del conde de San Luis, que aún se conserva esquina a la calle El Prado, por donde tiene la entrada la vivienda”. También nos recuerda nuestro habitual cicerone que la calle leonina tiene recuerdos en lo que a usos y necesidades cotidianos se refiere “entre ellos el de haber sido a fines del siglo XVIII y principios del XIX, donde se hallaba el establecimiento más famoso para el despacho del fresco, como se llamaba al pescado en los tiempos en que no podía llegar a la Corte en muy buenas condiciones. Allí se recibían los besugos, que valían más con el frío, lo mismo que las comedias, según la donosa expresión moratinesca”. Y también nos cuenta Répide que una fonda y pastelería de esta calle vio en el siglo XIX aumentada su fama por ser el paradero de los aficionados al arte de Cúchares y por frecuentarla una figura tan señera en la torería como el cordobés Rafael Molina Lagartijo, el gran rival en aquellos años de Frascuelo y Guerrita. Y haciendo esquina con la plaza Antón Martín se encontraba el renombrado café Zaragoza, apacible lugar de reunión, a juicio de los contemporáneos, y al que concurría en los últimos años de su vida el literato Fernández y González. Pero pasemos de largo por este establecimiento que tambien tuvo su pasado guerrero y rebelde. Hoy se nos hace tarde. El ir y venir por la calle del León, saboreando sus recuerdos tan presentes y tan entrañables, se ha prolongado más de lo que presumíamos en un principio. Mejor dejarlo ya. Otro día entraremos en el Zaragoza a saborear su leche merengada o su café con tostada de abajo. La economía no da para más.

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Publicado por en marzo 21, PM en Calles

 

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