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Café de La Iberia

25 Mar

“Es punto de cita, de conciliábulos y de recomendaciones; a él acuden todos los que hacen política y literatura, y periódicos y bolsa, y casi… todo; de allí han salido diputados y ministros y diplomáticos; allí, pues, debes acudir si quieres hacer carrera, quedándote con nosotros”. Esto lo decía E. Santoyo, un escritor costumbrista del siglo XIX, en un artículo titulado El café de la Iberia, incluido en la obra recopilatoria Madrid por dentro y por fuera, publicada en 1873 bajo la dirección de Eusebio Blasco. Y se dirigía específicamente a cualquier forastero ignoto que pasara por Madrid y deseara conocer los cafés más señalados de la capital, si no por sus características morfológicas sí por su prestigio o por su capacidad de interferir en la vida pública. Porque el café de La Iberia medió y mucho en el devenir político de la capital, que es tanto como decir del país. No en vano se le llamó foco de conspiradores porque, entre otras razones, en sus salas y veladores se daban cita lo más florido de ciertos sectores de oposición a Isabel II que tuvieron mucho que decir durante el denominado Sexenio Revolucionario. Junto a los políticos con ansias de medrar suelen estar sus inseparables periodistas y esos también se dejaban ver muy a menudo, al menos muchos de ellos, por este café. Los literatos tampoco pueden estar ausentes de ningún local de estas características que se precie, ni los toreros, ni… Pero bueno, dejemos todo ello para más adelante y comencemos por el principio, haciendo nosotros de acompañantes de Santoyo en esta anacrónica visita a uno de los cafés más nombrados en su época.

Canalejas desde Alcalá

Canalejas vista desde Alcalá. Al fondo a la izquierda se encontraba el Café La Iberia

Carrera de San Jerónimo.

El café de La Iberia estaba situado en la Carrera de San Jerónimo, relativamente cerca del Congreso de los Diputados. Este dato explica en parte que fuera un lugar de reunión habitual de políticos con pretensiones puesto que el objeto de sus desvelos les caía cerca. Incluso podemos afirmar sin dudar que se trataba de un local que abrió sus puertas al público antes de que el edificio del Espíritu Santo se convirtiera en sede parlamentaria pues, mientras Isabel II inauguraba el Palacio de las Cortes  el 30 de octubre de 1850, el recinto tertuliano que hoy nos trae a esta cita funcionaba desde 1838. Bien es verdad que en principio se llamó El Sol y que estaba situado en la acera de los pares de la carrera. Se trataba de un local que no dejaba en muy buen lugar al nombre por el que se le conocía. Al menos así nos lo traslada Santoyo, mientras lo acompañamos en tiempos del Sexenio por Carrera de San Jerónimo, acercándonos por su acera izquierda al café y dejando atrás la plaza de Canalejas. “En verdad -nos dice el escritor- que tan deslumbrante nombre no dejaba de ofrecer curioso contraste con la desnudez y pardo color de sus muros revestidos, los de cierta pieza, de un tonelete de estera fina, cepillo inexorable de los parroquianos que a su proximidad se sentaban, ni más ni menos que al uso de la célebre y primitiva botillería de Canosa. El ornato de la pared correspondía seguramente al mobiliario y al servicio que allí se usaba, reducido a unas mesas de disfrazado pino bajo capa de pintura color de chocolate y unas sillas que desvencijadas y sucias apenas si dejaban revelar su origen”. Era propiedad en esos años de una viuda de nombre Guillermina y por lo que escuchamos qué lejos estaba de la notoriedad que más tarde iba a alcanzar. En 1844 Eulogio Gómez lo adquiere por traspaso. Realiza mejoras para relanzarlo y le cambia el nombre dándole el de La Iberia. Sin embargo, don Eulogio muere en 1849 y al heredarlo su hijo Antonio decide trasladarlo de acera, al piso bajo del palacio de los marqueses de Santiago, más o menos enfrente de donde hoy en día se encuentra el teatro Reina Victoria, es decir, muy cerca de de la actual Plaza de Canalejas, en la acera izquierda sentido este. Su reinaguración en el nuevo local tuvo la solemnidad propia de las grandes ocasiones y cuentan las crónicas de la época que tanto antiguos parroquianos como periodistas y demás circunstantes “saborearon sin tasa los variados artículos que tan graciosamente presentó el dueño”. Santoyo, a quien seguimos con fe religiosa, comenta el éxito de la inauguración afirmando que todo el mundo se hizo lenguas del acto “y con justicia, que no de estómago agradecido, del lujo, del aseo y el confort con que se había instalado el establecimiento. Tales eran por entonces las mejoras allí introducidas, que de seguro no acertara a conocerlo la buena de doña Guillerma, si por acaso resucitara con ánimo de hacerle una especial visita”.

Marquesa Santiago

La marquesa de Santiago pintada por Goya

Casa del marqués de Santiago

La Iberia ocupaba el piso bajo de la casa-palacio del marqués de Santiago, edificio actualmente desaparecido. El solar se situaba entre las actuales calles del Príncipe y la de Echegaray -antes llamada del Lobo-, en la acera opuesta. Por el oeste hacía esquina con la calle Ancha de Peligros -hoy Sevilla-, donde tenía otra entrada, aunque dicha esquina dejó de existir cuando se amplió la actual plaza de Canalejas. El palacio había sido construido en el siglo XVII, poseía una entrada barroca y se componía de amplias y elegantes estancias. Desde su construcción fue vivienda de los marqueses y sus salones eran visitados por la más laureada aristocracia madrileña. Se tienen noticias del segundo marqués de Santiago, Fernando Agustín Rodríguez de los Ríos, amante de las bellas artes y académico fundador de la Academia de San Fernando que vivió a lo largo del siglo XVIII. Su actividad coleccionista la continuó su hijo y heredero del palacio, Cayetano Rodríguez de los Ríos, reuniendo una de las muestras de pintura más importantes de su tiempo, que abarcaba murillos, grecos y obras de Velázquez, entre otros grandes autores. La muerte de Cayetano en 1798 hizo que heredara posesiones y colecciones de pinturas su hermanastra, María Soledad Isidra Rodríguez de los Ríos, hija del primer matrimonio del marqués, conocida como la marquesa goyesca y que engrandeció aún más la colección. Se trataba de una dama que sería retratada en dos ocasiones por Francisco de Goya, primero de niña y después por encargo de su padre, ya adulta. El retrato de la V marquesa de Santiago en su edad madura, que se encuentra actualmente en el museo Paul Getty de Los Ángeles, parece ser que, si bien responde fielmente al aspecto escasamente atractivo de la dama, no refleja su personalidad dinámica, campechana y desenfadada. Dice la enciclopedia virtual al respecto que dicho lienzo “sí da fe de los rasgos físicos. Soledad era una mujer frágil, enfermiza y poco agraciada. Se pintaba mucho y carecía del porte y la elegancia natural que traslucían otras damas de su tiempo. Pero era viva de carácter e ingenio, hablaba con donaire y desparpajo y para todo tenía una réplica picante”. Esta fue la persona más afamada de la saga de los marqueses, cuyo edifico albergó el café de La Iberia hasta que la remodelación de la zona, hoy conocida como plaza de Canalejas, hizo que desaparecieran palacio y recinto de tertulia cafetera allá por 1910.

Cinco salas y un jardín

Volvamos, por tanto, a nuestro café y penetremos en sus cinco salas y jardín invitados por E. Santoyo, que será nuestro cicerone y nos explicará cuánto y qué se cocía en ese piso bajo de la casa-palacio de los marqueses de Santiago. “El local, como ves, -nos dice este generoso guía- los forman dos salas a la izquierda, un salón en el centro, otra pieza al final de éste y un pequeño jardín a lo último, que sirve de grato esparcimiento en las noches de estío”. La más interior de las dos salas nombradas en principio vemos que tiene pintados en sus muros motivos de carácter militar y en concreto artillero. Ese extraño decorado no deja de sorprender a quien allí entra y no sepa que en torno a sus mesas se reunieron durante un tiempo en amigable tertulia la denominada Peña de los artilleros. Se trataba de una tertulia cordial y bulliciosa, germen de la que con el mismo nombre se trasladaría posteriormente a la calle Sevilla convirtiéndose en círculo militar para alegría de sus miembros y pesar del dueño de La Iberia, Antonio Gómez, que “por el gasto y el gusto deploró grandemente la deserción de tan constantes parroquianos”.  Pero un clavo saca a otro clavo y fue marcharse los artilleros y apoderarse de la susodicha sala los hombres más caracteristicos del partido cimbro. “Allí -nos dice nuestro guía- toman café todas las noches y entre sorbo y sorbo discurren la redacción de un nuevo artículo para un aún nonnato código constituyente o quizás elaboran el mensaje a una corte extranjera, en ofrecimiento del trono, a un príncipe, a rey tránsfuga…”. ¿Y quiénes son estos denominados cimbrios? Pues se trata de un grupúsculo político surgido tras el triunfo de la Revolucion de 1868 cuando el Partido Demócrata se transformó a finales de ese año en el Partido Republicano Democráctico Federal y el sector de los demócratas se decantaron por la denominada monarquía popular defendida por el Gobierno Provisional del periodo comprendido entre 1868 y 1871. Durante el reinado de Amadeo de Saboya los cimbrios, así llamados por la referencia que hizo el mentado Gobierno Provisional en su manifiesto del 12 de noviembre al pueblo pregermánico que luchó contra la República Romana en en siglo II antes de Cristo, se acabaron integrando en el Partido Radical de Manuel Ruiz Zorrilla. Sus principales líderes fueron Nicolás María Rivero, Cristino Martos y Manuel Becerra y Bermúdez. En ese Gobierno Provisional que abría el Sexenio Revolucionario, que estaba presidido por Serrano y con Prim como ministro de Guerra, rechazaron integrarse al ofrecérseles sólo una cartera ministerial. Como Partido Demócrata habían sido unas de las fuerzas firmantes del Pacto de Ostende, coalición creada, junto al Partido Liberal y el Progresista, para derribar a Isabel II de la Jefatura del Estado. Pero sigamos visitando las diversas estancias de La Iberia que, por lo que presumimos en los ademanes de Santoyo, aún tiene muchos secretos que desvelarnos. Dejémosle que se explique a su sabor y que nos describa la sala contigua a aquella en la que los cimbrios sucedieron a los artilleros. Dicha pieza era “hasta hace pocos años centro de reunión a última hora de todos los jóvenes de la aristocracia. A ella acudían a la vuelta del Real a tomar un ponche en invierno o un biscuit en verano. Allí se comunicaban sus impresiones del día y de allí salieron para constituir el Veloz-club, ese círculo fashionable, como ahora se dice, de jóvenes del gran mundo”.

Tertulia taurina

No estaban solos en dicha sala los jóvenes arietes de la aristocracia matritense pues a su vera en veladores contiguos se reunían, quizás por contraste tanto de intereses intelectuales como de clase social, un círculo de aficionados al toreo. Quizás se tratara de la tertulia más antigua pues sus orígenes se remontaban a los tiempos en que don Eulogio Gómez era el dueño del establecimiento. Podríamos decir que se trataba de los decanos del café de La Iberia y como nos cuenta al oído Santoyo “su origen y asistencia se pierde en la memoria de ellos mismos”. Nombres asociados al arte de Cúchares como Pardo, La Marca, Gabriel el cachetero o Ropa Santa, formaban una amena reunión diaria…/… están al detalle de cuanto concierne a las lides taurómacas, tema obligado de sus animadas polémicas”. Estos aficionados al toreo, si no fueran tan vehementes en su dialéctica y si les interesara algo más que su propio arte, podrían haberse dado cuenta de que en la pieza contigua, allá por el año 1854, se redactó un documento trascendental para que la Junta Revolucionaria de Madrid declarase vacante el trono de España “y confiriera todos los poderes al duque de la Victoria hasta la reunión de las Cortes Constituyentes. ¡Pero quia! ¿Puede haber algo más importante que un buen volapié o una verónica bien recogida? En ciertos momentos seguro que no. Pues a lo que íbamos, aquel documento fue presentado a Baldomero Espartero quien rechazó lealmente la proposición que contenía”, nos confiesa Santoyo medio secreteando la información y, por lo que deducimos de su tono enfático, alabando la fidelidad del de la Victoria al trono de Isabel. Por cierto, se nos olvida decir que redactaron dicho documento en ese velador Rivero, Ortiz de Pinedo y Asquerino.  Saltamos al salón del centro y dejamos atrás conspiraciones y tertulias cuasi de secta. Aquí la vida, el movimiento y el ruido dominan y le dan una personalidad característica a la sala. Se agrupan en este recinto desde periodistas hasta políticos pasando por banqueros o bolsistas. “Semillero es esta sala de noticias de última hora -nos dice nuestro acomañante- atmósfera que condensa todos los rumores; que satura de esperanzas el ánimo de los del bando caído y contraria a los del triunfante, pandemonium de todas las opiniones menos las del Gobierno; de la crítica; donde se comenta lo acontecido y se previene el porvenir; donde todo, en fin, tiene acogida, mientras satisface la exigencia del voraz novelero”. Pero vamos a describir los diversos círculos de cabezas que en torno a los veladores se cierran en regulares círculos. Ahora nos señala con el dedo Santoyo a los más reputados literatos del momento, como Eguilaz o Pizarroso, que peroran monotemáticametne de sus asuntos dramáticos. Más allá, más políticos, en esta ocasión republicanos, quienes hablan de la única salida posible a España que por supuesto pasa por la implantación de la República. Ya llevan varios años preparando su salida a escena. Siempre, por tanto, son los mismos, salvo deserción por sorpresa o sorpresiva novedad. Al lado está el velador que recoge en su seno a importantes banqueros y bolsistas, que debaten en amigable consorcio junto a comerciantes y funcionarios de Hacienda que según nuestro cicerone son “gente toda oro puro, por lo que valen y por lo que tienen”. Mesas mixtas en cuanto a naturaleza de los ocupantes también hay en esta sala donde unas veces se ven a los moderados “que no lo son tanto -nos confía Santoyo- cuando desoyen las voces de los camareros para que desocupen el lugar, siendo necesario acudir al expediente de apagar casi el gas para lograr aquel fin”. Por último, un velador elástico en cuanto a componentes se ofrece a nuestra vista, gente joven de opuestas tendencias y condiciones “sin que a turbar acierte lo encontrado de sus ideas la habitual armonía que entre ellos reina”. Se reúnen en torno a esta mesa literatos, actores, periodistas y licenciados en derecho y medicina, todos con muchas ilusiones y presume quien escribe que pocas realidades.

El jardinillo

Es el último lugar que queda por describir quizás porque se encuentra al fondo del local y nos hemos demorado demasiado tiempo en contemplar al paisanaje de las salas. En cualquier caso, creemos que ha merecido la pena dejar para el final el jardinillo, que por razones obvias solamente se abre en verano. Las más distinguidas damas suelen ser sus clientes habituales, eso sí, acompañadas de sus inseparables cortejos de amigos o adoradores, que las acompañan y obsequian mientras otros más platónicos las contemplan o aguardan su salida desde la verja que al jardín da acceso. Hay algunas de estas señoras que no se atreven a cruzar el salón que da al jardín, quizás para no sentir sobre sus rostros alguna que otra mirada impertinente de macho pretenciosamente dominante. Estas señoras, desde sus carruajes, “se hacen llevar los deliciosos helados o bebidas, que -nuestro acompañante nos cuenta- de tanta fama en el café de La Iberia gozan, en tanto las saludan extasiados los que a la puerta disfrutan diariamente de ese grato y económico espectáculo”. Y observando no menos boquiabiertos desde la puerta de entrada -para nosotros de salida- a una dama de alto talle, tirabuzones dorados y mentón adelantado, que desde su calesa nos regala una mirada desdeñosa, dejamos atrás el bullicioso café de La Iberia. Ya van a cerrar porque están a punto de sonar las doce campanadas. Nos ha parecido encontrarnos cuando cruzábamos el vestíbulo de salida con ese escritor canario, tan prometedor, que responde a los apellidos de Pérez Galdós y que, nos asegura E. Santoyo, suele flanear por aquí. Puede que sea él. De lo que no nos cabe la menor duda es de que nos acabamos de encontrar cara a cara con Santiago Ramón y Cajal, médico prestigioso a quien estamos seguros concederán en un futuro los mayores galardones de su ciencia. Y nos marchamos tan a gusto aunque nuestro paciente guía nos coge por el brazo y nos dice que es consciente de que La Iberia no es el primero de los cafés de Madrid “artísticamente o suntuariamente considerado. No tiene las pinturas del de Fornos, los frescos y el confortable mobiliario del de Madrid, ni las paredes de espejos que mil veces reproducen salones del Universal. No. La Iberia, bajo limpio y decoroso aspecto se ofrece modestamente revestida a quien penetra en ella”. Es suficiente, porque lo que le da colorido a este recinto tertuliano son sus variopintas gentes, su carácter parasubversivo, su mencionada elegancia sin ostentación y sin duda, el vitalismo que irradian cada uno de sus veladores y sus salas. Hasta otra amigo Santoyo, no sabes lo que agradecemos tu generosa predisposición a ilustrarnos sobre La Iberia, uno de los cafés más señeros de ese siglo XIX tan convulso y, en consecuencia, tan gozado y padecido por los españoles a los que os tocó en suerte vivirlo.

 

 

 

 

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Publicado por en marzo 25, PM en Cafés

 

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