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Juan de Tassis, conde de Villamediana

27 Mar

El calendario marcaba el 21 de agosto del año del señor de 1622. Comenzaba a oscurecer en Madrid. La canícula veraniega aún era perfectamente perceptible aunque ya los días comenzaban a menguar y la brisa serrana hacía más soportables, e incluso agradables, las tardes-noches estivales de la Villa y Corte durante los primeros y falsamente prometedores años del reinado de Felipe IV. Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, galán apuesto, donoso y buen caballero, pero también osado y atrevido pisando terrenos que nada bueno le han de traer, sale del Palacio Real en su carroza en compañía de varios criados y de su amigo, don Luis Méndez de Haro, hijo del marqués del Carpio. Enfilan calle Mayor arriba en dirección a su vivienda situada más allá de la puerta de Guadalajara, más o menos enfrente de la calle de Boteros. Seguramente van aquilatando verbalmente la calidad de los atributos de alguna exhuberante dama escrutada en Palacio, o bien comentan algún lance en el juego de naipes, en el que Tassis es un experto. O se secretean sobre algún soneto amoroso o filosófico en cuya escritura el conde estará volcado. O despotrican de algún asqueante caso de corrupción en la Corte, uno más. Qué más da. Se encuentran ya casi a la altura de su domicilio. El calor da un respiro y a esta hora ya permite a los madrileños salir de sus casas cuales hormigas de hormiguero a degustar uno más de esos agradables atardeceres posteriores al 15 de agosto. Desde su carruaje Tassis ve cómo abandonan los soportales, en pequeños grupos, perezosos aunque dicharacheros, ocupando todo el ancho de la calle Mayor mientras dirigen sus pasos hacia las cercanas gradas de San Felipe. El ambiente es de contenido alborozo, de disfrute mesurado de fin de día. Hay mucha gente por la calle. En ese momento, el conde de Villamediana está relajadamente recostado sobre el respaldo de su carroza. Un hombre se acerca  al estribo derecho estilete en ristre y, sin mediar palabra, le asesta el golpe, un solo golpe pero, según el historiador Gonzalo Céspedes y Meneses, “tan grande que arrebatándole la manga y carne del brazo penetró el hueso y el corazón y fue a salir a las espaldas. A la voz triste  que dio el conde, atropellado de dolor, se volvió don Luis de Haro y conociendo el mal recaudo sucedido saltó luego para prender al homicida. El conde puso mano a la espada, fue con tan ciego destino que tropezando uno sobre otro… y en tanto el conde revolviéndose, vomitó el alma por la herida, de cuyas bocas, por disformes juzgaron muchos haber sido hecha con arma artificiosa para desplazar cualquier defensa”.

asesinato de Tassis

Castellano recrea en este cuadro el atentado. Foto es.wikipedia.org

¿Quién mató a Villamediana?

Así narraba nueve años más tarde el historiador Céspedes uno de los asesinatos más controvertidos del reinado de uno de los últimos Austrias. Y mira que los hubo. Pero como el de Juan de Tassis conde de Villamediana, ninguno. Porque además, tratándose de quien se trataba, la noticia corrió como la pólvora y más de uno esbozó una sonrisa de asentimiento, como confirmando que se trataba de un hecho anunciado que quizás había tardado más de la cuenta en confirmarse. Desde las gradas de San Felipe a las losas de Palacio se hacían apuestas con sordina sobre qué habría podido motivar tamaño desenlace y quién habría dado la orden de llevar a cabo una ejecución muy pero que muy planificada. Se descartaba -aunque no del todo- que se tratara de una venganza motivada por asunto de naipes y se descartaba también -aunque tampoco del todo- que pudiera deberse a alguien ofendido por algún soneto destemplado que dejaba con las vergüenzas al aire a algún rival literario o a algún corrupto con título nobiliario del entorno palaciego. Quien más quien menos de los que estaban en el tema descartaba -aunque nunca se sabe- el que detrás estuviera un asunto de faldas, por más que don Juan de Tassis fuera el galán entre los galanes de la corte de Felipe IV, habiendo dado muestras de su querencia hacia las damas en reiteradas ocasiones, alguna de ellas en los mismos morros de Su Majestad. Este tampoco era el tema, con relativa seguridad, pero no estaba mal que el pueblo matritense lo creyera así pues le daba un tono novelesco a la cuestión y nadie pondría en duda una versión que por lo demás era perfectamente posible. No, tampoco era este el tema. O no sólo. O en parte. Porque los más y mejor informados de los que concurrían a las gradas de San Felipe no soltaban prenda pero intuían que la mano del valido, la mano del más maquiavélico de Palacio, podía estar detrás.O incluso la mano del monarca. Todo eran certezas casi absolutas pero paradógicamente parciales. Las veleidades amorosas de Juan de Tassis eran conocidas por el propio rey así como un desmedido apego a los naipes que le había causado diversos disgustos. Le debía agradar menos al cuarto de los Felipes su capacidad de crítica contra la corrupción y la situación de quiebra de la adminstración de su tiempo, capacidad de la que Villamediana daba muestras, oralmente y por escrito, una vez sí y otra también, sin acatar las más mínimas normas de cortesía y discreción que se le deben suponer a un Correo Mayor del Reino, cargo espléndidamente dotado en lo económico y que suponía un estatus indiscutible en el entorno del Palacio Real. Últimamente incluso el Santo Oficio andaba oliéndole las calzas a Tassis, de quien se decía que lo mismo le iba la carne que el pescado. Y la verdad es que la Inquisición se mostraba bastante inflexible en cuanto a tolerar el pecado nefando. Aunque todo depende de quien esté detrás de las acusaciones y de quien sea el acusado. A toda esta mezcla de rumorología y realidades a medias que se cernían en torno a la figura del conde Villamediana hay que añadir los comentarios que corrían de boca en boca acerca de su posible ascenso como hombre de confianza de Felipe IV. Y hasta ahí podía llegar la capacidad permisiva de quien manejaba, en la sombra, los hilos del menguado Estado y amalgamaba voluntades y decisiones de un monarca que, no podemos olvidarlo, ese 22 de agosto de 1622 contaba unos tiernísimos 17 años de edad. Mucho podríamos especular aún sobre las posibles causas de la muerte de Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, pero con las anteriores puede bastar, no una por una de forma independiente sino sumándolas todas. Sea como fuere, lo cierto es que nos encontramos ante uno de los episodios más oscuros e intrigantes del reinado de Felipe IV. Motivos, insistimos, los había sobrados para dar muerte a un hombre indiscutiblemente orgulloso, apuesto, libertino, jugador empedernido, de temperamento temerario, mujeriego, amante del lujo, las joyas y los caballos. Estos últimos los coleccionaba en gran número, al igual que los enemigos, entre maridos engañados y nobles desprestigiados por su lengua viperina y su habilidad con la baraja. Su pérdida fue comentada durante mucho tiempo en las calles de Madrid ya que era una figura de las de rompe y rasga, de las que hacen afición. Amigos como Góngora, Mira de Amescua, Ruiz de Alarcón o Antonio Hurtado glosaron su figura y denunciaron su muerte. Tampoco se quedó atrás Quevedo, pese a no ser Tassis persona con la que hiciera muchas migas el tan gran poeta conceptista como pendenciero ciudadano. Lope de Vega, que estaba por encima del bien y del mal, tampoco dejó de interrogarse sobre los causantes de tamaño crimen. Y es que, además de todo lo dicho anteriormente, Villamediana era una de las plumas afiladas del momento, tanto en la forma como en el fondo, en ese Barroco español que tanta gloria literaria daría posteriormente al país.

Juan de Tassis y Peralta 1

Juan de Tassis en su madurez, Foto es.wikipedia.org

Pero, ¿quién era Juan de Tassis?

Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, había nacido circunstancialmente en Lisboa en 1581. Su padre, Juan de Tassis y Acuña, Correo Mayor del reino, había acompañado al Duque de Alba en la toma y entrada triunfal del monarca, entonces Felipe III, en Lisboa. Allí, la esposa del Correo, doña María de Peralta, daría a luz a su único hijo. En 1583 regresa la familia a España y comenzará el proceso de educación del pequeño Juan en Palacio de la mano de los mejores ayos. El prestigioso humanista Bartolomé Jiménez Patón lo preparó en Lingüística, Retórica y Dialéctica, las Humanidades de entonces. Otro de sus excelsos maestros fue el licenciado Tribaldos de Toledo, que le enseñó todo lo relativo al conocimiento de los antiguos autores castellanos y le inculcó el amor a la poesía, un amor que nunca le abandonaría y en el que destacaría sobremanera, considerándolo algunos críticos literarios a la altura de los más grandes poetas del Siglo de Oro, llámense Quevedo, Góngora o el propio Lope de Vega, sin que suene a sacrilegio. Pasó por la Universidad de Alcalá aunque no llegó a titular en ninguna de las carreras en las que picoteó. Comienza a hacerse valer en Palacio en los primeros años de reinado de Felipe III y son de esa época sus primeros escarceos y escándalos amorosos, en los que siempre rayaría a gran altura. Una dama de origen noble, bastante mayor que él, viuda de un hijo del conquistador Hernán Cortés, es su primera conquista conocida y supone su primer lío de faldas. Lo acusan de haberle puesto la mano encima en público. Casa con doña Ana de Mendoza y de la Cerda, mujer a la que amó pese a sus devaneos, descendiente del marqués de Santillana pero que nada tenía que ver con la homónima princesa de Éboli. Son tiempos del valido Duque de Lerma, época de vicio e hipocresía que casaba mal con el carácter de Villamediana. Tanto rey como valido o damas de la corte dan muestra de un exceso de afición a los naipes que llega a escandalizar. Pero Juan de Tassis no es menos y ahí se labra su curriculum de jugador. Y buen jugador, tánto que sus excesivas ganancias hacen nacer la envidia en el entorno palaciego y que el rey Felipe III decida expulsarlo de la Corte, que ya está de vuelta en Madrid después del paréntesis de Valladolid. Viaja a Italia y se sitúa en el círculo cercano al entonces virrey Conde de Lemos. Allí entra en contacto con el mundo de la poesía, en una denominada Academia de los Ociosos que apadrina como mecenas el de Lemos. Entre los que asisten a esta cita literaria se encuentra también Quevedo. Nos situamos ya en 1615. Tassis en la flor de la vida, 33 años, fuerte, físico agradable, destreza en las armas y las letras, popularidad. La vida le sonríe abiertamente. El cargo de Correo Mayor, heredado de su padre, le proporciona pingües beneficios y es generoso de forma extremada. Invierte en arte, pintura de los mejores autores italianos y españoles, esculturas, armas, también diamantes, que envía a su esposa que sigue en Madrid. Regresa a la capital del reino en 1617 tras seis años en el tierras trasalpinas. Inmediatamente queda asqueado de lo que ve en la Corte. Eso lo lleva a escribir poemas de carácter burlesco contra todo y contra todos y se granjea con ello numerosos enemigos. Su poesía satírica, subgénero del que se considera a Villamediana uno de los creadores, supone continuos dardos envenenados contra la corrupción tanto material como moral que envuelve al entorno de Palacio. Los versos hablan también del oro de las Indias que llega a España para engrosar las arcas del duque de Lerma y sus acólitos. A éste le hacía responsable de la desmoralización imperante. El nepotismo y los cargos de confianza eran la regla y todo eso lo denuncia nuestro personaje así como las consecuencias positivas que para las arcas del valido supuso la expulsión de los moriscos. Declaró Juan de Tassis la guerra implacable a aquellos malos ministros y gobernantes entre los que el fraude y el cohecho eran la regla. El camino y el ambiente para un trágico final comenzaba a diseñarse. La inquina contra él se desata y Felipe III lo destierra de Madrid. En marzo de 1621 muere el rey siendo sucedido por un adolescente que reinará con el nombre de Felipe IV. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, será su favorito. Perdonados y amnistiados, los desterrados vuelven y con ellos Juan de Tassis, que es repuesto al cargo de Correo Mayor. Pero el conde de Villamediana ya tiene una edad y una personalidad muy formada, muy clara y muy crítica. Aunque se gana el favor del rey enseñándole los arcanos de las musas literarias su vena satírica no decae y la dirige contra todo lo que se mueve. Fueron pocas las personas con poder que escaparon a sus críticas aunque comienzan a aparecer libelos y poemas de cariz burlesco contra él. Parece ser que ha creado escuela y que los cuervos que ha criado quieren sacarle los ojos. Están manipulados por personas cercanas al poder. Es por ello que Juan de Tassis sabe que un día por otro va a tener que enfrentarse a lo irremediable. El 21 de agosto de 1622 el confesor del rey le dice antes de salir de palacio, acompañado de don Lus de Haro, que mire “por sí, que tenía peligro su vida”. No hace caso nuestro vate satírico y envidiado donjuán. No hace caso como no lo hizo cuando le advertían continuamente que no picara tan alto y no intentara la conquista de la primera dama del reino. No hace caso como no lo hacía cuando le aconsejaban que se dejara de encendidos sonetos de amor frustrado respecto de una dama que por más que se escondiera en un barroco nombre clásico todo el mundo sabía que se trataba de la reina. No hace caso como no lo hizo cuando apareció con el lema de los “amores reales” pegado a su capa. Se lía la manta a la cabeza igual como hiciera cuando el incendio de Aranjuez, tres meses antes de esa fatídica pero previsible tarde de agosto. Hay quien piensa que no le importaban los riesgos, los hay en cambio que creen que los buscaba. Su poesía es muchas veces el mejor indicador de su vida interior y en ella vemos a un enamorado sin esperanza. Sus versos revelan la frustración por un amor imposible de quien estaba acostumbrado a rendirlas a todas. En el fondo debía ser más sentimental de lo que su vida pública daba a entener. Un cordero con piel de lobo. Su sombrío pesimismo barroco, personal en lo poético, se deja percibir en esta redondilla escrita poco antes de que, o bien el guarda mayor de los reales bosques, Íñigo Méndez, o bien el ballestero real, Alonso Mateos, o bien ambos repartiéndose la tarea, acabaran con su vida en la calle Mayor por órdenes de muy arriba. Dice así: “Sépase, pues ya no puedo/levantarme ni caer/que al menos puedo tener/perdido a Fortuna el miedo.

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2 comentarios

Publicado por en marzo 27, PM en Perfiles

 

2 Respuestas a “Juan de Tassis, conde de Villamediana

  1. get blackhat

    octubre 15, PM at 13:17

    You are my inspiration, I own few blogs and occasionally run out from brand :). “The soul that is within me no man can degrade.” by Frederick Douglas.

     
    • antoniolrodriguez

      octubre 26, PM at 15:38

      No entiendo inglés pero gracias en cualquier caso. Adivino que es un comentario positivo.

       

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