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Archivos Mensuales: abril 2014

Don Ramón de la Cruz

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Busto de Don Ramón de la Cruz

Probablemente serán numerosos los personajes de la historia de la Villa y Corte que merecen una entrada en este blog por su madrileñismo, demostrado bien en su vida, bien en su obra o bien en ambas vertientes biográficas. Serán muchos sin duda, y algunos con méritos indiscutibles, pero probablemente pocos como a quien hoy dedicamos esta ventana virtual. Escasos serán los nombres que, al margen de Don Ramón Francisco de la Cruz Cano y Olmedilla, pueden alardear de más madrileños en el sentido más castizo del término. Entre otras razones porque él inventó el tipo del Manolo, es decir, ese convecino matritense perteneciente al pueblo llano y que presume de todos los tics que los ajenos a la Villa y Corte achacan a quienes residen aquí y hacen gala de una forma de ser peculiar e intransferible, a caballo entre el orgullo exagerado, la chulería, la guapura, la valentonería o el majismo. No es que Don Ramón de la Cruz inventara nada, que estaba ya todo inventado, pero sí que es cierto -y ahí está su valor como escritor- que literaturizó una forma de afrontar la vida desde la más triste pobreza pero con el salero y la gallardía de quien se siente orgulloso de su clase. Desde Don Ramón para acá ser castizo es un título y aunque no fue el único en publicitar y vender una forma de estar más que de ser – no olvidemos que su buen amigo Francisco de Goya dio realce al tipo en sus lienzos- nadie puede dudar que hay un antes y un después tomando como referente la figura de De la Cruz. Él no inventó nada, hay que insistir en ello, porque los personajes populares vivían desde hacía varios siglos en el Madrid  que se prolongaba por el barranco de Lavapiés hacia el sur. Tampoco en el ámbito literario creó desde la nada sino que supo tomar un subgénero menor como era el entremés y ponerlo al día. Su originalidad, si así puede denominarse, consistió en saber hacer llegar al propio pueblo un teatro sencillo que desdramatizaba un siglo tan serio, envarado e intelectual como era el XVIII y que retrataba a esas clases populares tanto en sus costumbres como en su forma de hablar y, sobre todo, en la manera de afrontar con naturalidad los aspectos más enrevesados de la vida. Tal fue su éxito que un sector importante de las clases altas se subió al carro del casticismo en sus maneras, en su forma de vestir y en ciertos comportamientos considerados excesivamente desenvueltos para esos tiempos y fundamentalmente para según qué gentes. El puesto de Don Ramón de la Cruz en el Olimpo de la literatura ni estuvo en su día ni está en la actualidad, obviamente, en los escalones más altos pero eso es algo de lo que probablemente siempre fue consciente. Y no le debió importar en exceso en la medida en que sus sainetes estaban escritos y eran representados como atractivo engaño para digerir la dramaturgia didáctica en lo temático y encorsetada en lo formal que exigía la corrección política del momento. El autor, sin embargo, lanza en cada uno de estos pequeños monumentos al teatro popular un guiño de rebeldía frente al excesivo afrancesamiento de la sociedad, que si bien es cierto buena falta le hacía al Madrid de su tiempo, tampoco se trataba de pasarse hasta el empalagosamiento.

Satirizador ático

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Calle del Prado, en el barrio de Las Letras, donde nació Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla

“Ilustre poeta dramático, que tan poderosamente iluminara la escena española en el siglo XVIII, fecundo y vario pintor de las costumbres populares de Madrid y satirizador ático y certero de los defectos sociales “. Este es el retrato etopéyico que de Don Ramón de la Cruz hace nuestro guía habitual Pedro de Répide en su biblia callejera de obligada consulta Calles de Madrid. No está mal como punto de partida para desgranar una biografía que comienza el 25 de marzo  de 1731 en una calle tan madrileña como es la del Prado. Sus padres, un oscense de Canfranc llamado Raimundo de la Cruz y una conquense de nobles orígenes, de nombre Rosa Cano y Olmedilla, lo bautizaron en una iglesia no menos castiza, como es la de San Sebastián, probablemente tomando las aguas de una pila bautismal con raigambre a la hora de dar los dones cristianos a más de un afamado letrado. El Don que acompaña a su nombre no es un aditamento de prestigio social o por ningún cargo relevante sino que así tal cual lo bautizaron sus progenitores. Se dice en diversos foros que poco se sabe de su vida durante sus primeros años pero con los datos que se pueden picotear bien en la enciclopedia virtual, bien en la Biblioteca Virtual Cervantes o bien a través del mismo Répide, se puede intuir que ya desde su tierna infancia no pone reparos a libar la cicuta de las letras. A los trece años ya componía sus primeras décimas en Ceuta, donde su padre estaba destinado con un empleo administrativo. Dos años más tarde un amigo le publica un denominado Diálogo cómico y con dieciséis primaveras dice de sí mismo en el prólogo de su primera zarzuela, tutulada Quien complace a la deidad acierta a sacrificar, que “me conozco débil de erudición y falto de Instrucciones, no obstante que he procurado adquirir y estudiar algunas, para dar a entender que no camino ciego enteramente”. O bien es cierto lo que dice o también puede tratarse de un exceso del tópico de la humildad pues se sabe que estudió Humanidades aunque bien pudiera ser que lo hiciera ya en una edad relativamente madura. LLevaba escritos alrededor de cincuenta sainetes cuando quiso meter su pluma en el género serio que preconizaban sus antagonistas y se dedicó a traducir de otros y escribir tragedias propias según el gusto neoclásico propio de un Racine, un Voltaire o un Metastasio, por citar a los más señalados. Las zarzuelas también están entre una fértil creación difícil de clasificar cronológicamente y que incluye más de 300 sainetes, subgénero en el que realmente destacó y por el que ha pasado a la posteridad tras su muerte por una pulmonía mal curada el 5 de marzo de 1794.

Polémicas con los clasicistas

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El fabulista Iriarte polemizó con asiduidad con Don Ramón de la Cruz

Si hay que entresacar de la biografía de Don Ramón de la Cruz algún elemento que lo singularice y lo sitúe en el entorno literario y teatral del Madrid de su tiempo, ese será la polémica que generaban sus sainetes. Ni podemos ni debemos olvidar que nos encontramos en pleno periodo ilustrado, que la literatura dirigista propia de la época exige didactismo y que los teatros deben representar obras que mejoren el comportamiento moral de los vecinos de un Madrid para los que el teatro siempre fue comedia donde los aceros de las espadas debían brillar por obligación y donde la acción debía primar sobre la reflexión, por más que un siglo atrás Calderón hubiera echado el freno a tanto barullo lopesco. Es más, los diversos gobernantes encargados de velar por la denominada policía de espectáculos y diversiones públicas -Jovellanos dixit- ponían el acento especialmente en este apartado de la vida cultural tan importante en una sociedad semianalfabeta. Pero entre col y col lechuga, y dado el prestigio que por unas u otras razones Don Ramón de la Cruz fue adquiriendo, cada vez más a menudo sus obritas de un tirón, llámense sainetes, iban encontrando un hueco entre acto y acto de la comedia seria. Esto solía poner de los nervios a más de un autor esclavizado por los dictados de Boileau o Luzán que debían aceptar como relativamente normal el que los espectadores dejaran vacío el teatro antes del acto final, pues una vez deleitados con la pieza breve de Don Ramón abandonaban la sala, con la consiguiente sorpresa en principio y el enfado subsiguiente de estos atildados preceptistas. Es así que mentes preclaras de aquel tiempo como el inventor del periodismo moderno, Francisco Mariano Nifo y Cagigal, el fabulista Iriarte o el mismísimo Leandro Fernández de Moratín entraron en peleas literarias atacando el excesivo populacherismo de que a su juicio adolecían los sainetes de Don Ramón y defendiéndose este con un “yo escribo y la realidad me dicta” o con argumentos de tanto fuste como una obra donde ridiculizaba a sus detractores. Es el caso de la zarzuela El buen marido, en la que Don Ramón de la Cruz incluye una nota donde se burlaba de una fracasada tragedia moratiniana en los términos que siguen a continuación: “monstruosa y detestada…/…después de muchos meses de trabajo, dos de elogios y preparativos para inflamar las gentes, uno de rigurosos ensayos y, al fin, con tres cartas y un proceso de recomendaciones”.

¿Qué eran los sainetes?

Majismo en goya

Goya en pintura fue el equivalente a De la Cruz en teatro, plasmando lo popular y castizo

Pero, en definitiva, ¿qué eran los sainetes y por qué tanta polémica? La interrogación queda mitad contestada en el anterior apartado y la otra mitad, la que tiene que ver con la teoría literaria y la práctica de Don Ramón intentaremos desentrañarla a continuación. Los sainetes son piezas teatrales cortas de un acto, de carácter jocoso, consecuencia de la evolución del paso medieval y del entremés renacentista. En este siglo de las luces y a trasmano de modas, Don Ramón de la Cruz le imprime su particular sello costumbrista y madrileñista. Durante un periodo que va de 1762 a 1792 nuestro autor nos dará una visión en profundidad de la idiosincrasia del Madrid de su tiempo al plasmar en estas obritas las costumbres y el casticismo propio del pueblo llano. Manolas, manolos, majos, petimetres, vendedores ambulantes, barberos, aguadores, abates y un sinfín de variados tipos desfilarán por estos animados y vivaces cuadros. Estos sainetes tienen indudable valor como documentos sociológicos de una época: bailes populares, jiras campestres, incidentes callejeros o trifulcas domésticas. Son escenas que permiten realizar un paralelo con los cuadros campestres de su admirado amigo Francisco de Goya. Sus adversarios le acusaron de falta de originalidad al echar mano de temas, motivos y escenas de autores extranjeros. Sin embargo, uno de los méritos de Don Ramón consistirá en algo que ya apuntábamos al principio, es decir, dar apariencia de realidad a la tradición del lenguaje teatral y, al contrario, haber teatralizado el habla de los madrileños de la segunda mitad del siglo XVIII, hasta considerar al autor el más sugestivo representante de la tradición popular escenificada. Para conseguir esos extremos de perfección usa el equívoco, la ambigüedad, el juego de palabras, la hipérbole y la metonimia. El metro en el que mejor se desenvuelve es el romance aunque tampoco le hace ascos a las seguidillas, las letrillas u otras formas propias de la herencia anterior, en cuanto a estrofas populares se refiere.

Manolo, tragedia para reír…

sainete

Representación de un sainete

El sainete titulado Manolo, tragedia para reír, sainete para llorar es el paradigma de la filosofía literaria y sociológica de esta forma de hacer teatro que Don Ramón de la Cruz inmortalizaría en esas más de 300 piezas breves de un solo acto. En esta obra, como en tantas otras, parodia las situaciones y los recursos propios de la tragedia y el drama heroico de la época. El argumento nos pone sobre las tablas, con lenguaje arrabalero y propio de los bajos fondos, el regreso de un hampón a Madrid, recién salido de la cárcel, desde un presidio africano. Los que intervienen no son reyes ni príncipes ni personajes de los denominados de calidad sino madrileños vulgares del barrio de Lavapiés: El tío Matute, tabernero, marido de La tía Chiripa, castañera. La Remilgada, hija del Tío Matute y amante de Mediodiente; Manolo, hijo de La tía Chiripa, ex presidiario y ex amante de La Potajera. Por último, completa el elenco el esterero Sebastián, confidente de todos los anteriores. Además, aparecen comparsas de verduleras, aguadores, pillos y muchachos que vienen a hacer las veces de coro de la tragedia clásica. La trama tiene su clímax cuando Mediodiente asesina a Manolo de un navajazo. A continuación mueren casi todos los personajes en un final convencional en función de lo que suponía de remedo satírico de la catástrofe de la tragedia clásica. A partir de ahí el concepto del Manolo se lexicalizó y desde aquel tiempo viene a significar ese madrileño cuyo comportamiento se identifica con las clases más populares, es decir, el majo, el chulapo o el chispero. Pero no sólo en este sainete refleja Don Ramón de la Cruz la filosofía de vida de los vecinos más humildes de la Villa y Corte. Son numerosos los textos que reflejan esas costumbres que sin lugar a duda han marcado la personalidad de la gente del foro. Citemos, para finalizar esta aproximación a una semblanza de Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla, de entre las piezas más madrileñistas los conocidos sainetes El Prado por la noche, Las tertulias de Madrid, La víspera de San Pedro, La maja mojada, Las castañeras picadas, El Rastro por la mañana y La pradera de San Isidro. Estos títulos ya de por sí dan una imagen bastante aproximada de las intenciones que albergaba este autor, menor en el conjunto de la literatura nacional pero grandísimo por su capacidad de plasmar sobre las tablas la realidad del pueblo llano, singularmente el madrileño, en un momento donde lo que dominaba era el petimetrismo, el afrancesamiento excesivo y las doctrinas ilustradas, sin duda necesarias y mucho, para la evolución de un país atrasado en lo científico e intelectual como el nuestro pero que, como todo lo que se toma en dosis excesivas y sin medida, llega a saturar. Y nos atrevemos a escribir esto último aun a riesgo de pecar de castizos. Que ya sería pecar. Pero Don Ramón bien vale también una misa. ¡Qué caray!

 

 

 
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Publicado por en abril 29, PM en Perfiles

 

Plaza de España

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Bella panorámica actual de la plaza de España. Foto es.wikipedia.org

Plaza de España es un lugar de flaneo perfecto para entretener una tarde ociosa. Plaza de España cuenta con una historia densa tanto desde el punto de vista político como social o literario. Plaza de España es pasado reciente como lo demuestran sus mastodónticos edificios España y Torre de Madrid, Casa Gallardo o inmueble de la Real Compañía Asturiana de Minas. Plaza de España se encuentra situada en un entorno turístico atractivo para el madrileño o el visitante por su cercanía al Palacio Real, al Parque del Príncipe Pío, al Parque del Oeste, a la zona de bureo situada en la Plaza de los Cubos o la de los Afligidos o al refugio de cinéfilos en Martín de los Heros. Plaza de España es pórtico de entrada al ajetreo consumista que supone la aledaña presencia de la Gran Vía. Plaza de España cuenta con unos jardines con sus correspondientes banquitos para sosiego del paseante en tarde primaveral, veraniega u otoñal. En fin, plaza de España lo tiene todo para ser, si no el centro, sí al menos uno de los enclaves señalados del devenir cotidiano de los vecinos de la Villa y Corte. Y sin embargo, da la impresión de que no acaba a calar. Y no será porque no tenga ambiente, no será porque sus jardines no sean ulitizados por propios y ajenos para el reposo circunstancial, no será porque se trate de un lugar a trasmano. Da la impresión que sigue sin ser explotada en todas sus posibilidades. Quizás será ese estado de abandono del tan manoseado Edificio España, quizás sea porque algunos de sus más emblemáticos inmuebles han sido ocupados por los sin techo, quizás será porque se ven demasiados carritos de la compra tirados por barbudos desarrapados o desdendatas viejecitas, o por la presencia de familias inmigrantes que incluso llegan a asearse en las fuentes en verano ante la mirada atónita de turistas y la despreocupación condescendiente de la autoridad que habitualmente patrulla a caballo o motorizada por el perímetro de la anchurosa plaza. Quizás sea consecuencia de la suma de todos estos factores pero a nosotros lo cierto es que pasear por plaza de España nos deja siempre un poso de insatisfacción y una sensación de que podrían disfrutarse y lucir en mayor medida sus muchos y buenos atributos. Una vez más hay que esperar que la tan rumoreada rehabilitación de la zona se lleve a cabo y que el proyecto correspondiente sea diseñado con el objetivo de evitar esa desazón que produce en multitud de ocasiones caminar por las sendas de sus jardines o sentarse en la grada que circunvala la fuente cercana al Edificio España.

Prado de Leganitos

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Fuente de Leganitos, en 1855, ya remodelada según proyecto de Ferraz. Foto http://www.viendomadrid.com

Yendo atrás en el tiempo, muy atrás, siglos atrás, vemos que el lugar ya era considerado perfecto para el ocio y el distraimiento. Esa idiosincrasia la recoge también Pedro de Répide en su Calles de Madrid cuando nos dice que antiguamente se llamaba Prado de Leganitos, “paraje a donde, si no con tanta frecuencia como al otro deleitoso Prado de San Jerónimo, solían acudir los madrileños a buscar la frescura del ambiente en el ardor de las noches estivales”. En el mismo sentido se pronuncia el prosista barroco Castillo Solórzano cuando habla del sonoro murmullo de la fuente de Leganitos y se refiere al lugar como  “ameno sitio donde las calurosas noches de verano concurren muchas damas y caballeros con el ligero traje que permite la noche, a gozar del fresco, que poco falta de aquel lugar, con la vecindad del puerto de Guadarrama, piadoso socorro contra el fuego de la canícula, así con su blanca nieve como con sus regalados y frescos vientos”. Al margen de las diversas reivindicaciones como enclave propio para el solaz nocturno durante el verano, estamos escribiendo de un sitio nombrado de forma recurrente en la literatura española. Allí al escudero Marcos de Obregón le acaece un lance que da con sus huesos en la cárcel y el propio Cervantes, entre otros, lo nombra en su Quijote cuando, camino de la cueva de Montesinos, el caballero de la triste figura platica grandilocuentemente con el primo de Basilio. Cuestiones literarias al margen, el Prado de Leganitos continuó en la misma situación y uso hasta tiempos de Carlos III, cuando el llamado mejor alcalde de la Villa y Corte decide construir un convento para los frailes de San Gil. El recinto religioso se construyó pero nunca llegó a servir para el uso planificado pues se dice que María Luisa de Saboya, esposa de Carlos IV, se opuso a que fuera ocupado por los frailes por temor a que escudriñasen desde allí lo que se pudiera ver en los jardines de palacio. Comenta sobre ello Répide con su habitual sorna que “buena vista habían menester los frailes, si no andaban a todas horas de zocos en colodros con el catalejo a cuestas”. Tuvo que ser José Bonaparte quien le diera uso años más tarde como  cuartel, primero de guardias de Corps y después para albergar a la Guardia Real, al regimiento San Marcial y a las fuerzas de Artillería. Y es a comienzos del siglo XIX cuando la llamada calle del Prado Nuevo, que así se conocía lo que anteriormente fue el Prado de Leganitos, pasó a denominarse plaza de San Marcial, como iba a ser conocida hasta finales de la centuria. La dedicación a San Marcial recordaba la batalla dada en las cercanías de la iglesia de aquel santo situada junto al río Bidasoa, durante la Guerra de la Independencia, en 1813. Una antigua fuente que se encontraba en el solar fue remodelada en 1855 con caños para aguadores y doble pilón para abrevadero de bestias. Volviendo al cuartel de San Gil, hay que decir que su importancia es indiscutible en la convulsa historia española del siglo XIX. La conocida como sublevación de los sargentos tuvo lugar entre sus muros el 22 de junio de 1866. Después de un día de duros combates, O´Donnell sofocó la rebelión e hizo fusilar a los sargentos sublevados. Tanto Mesonero como Galdos relatan en sus memorias cómo vieron pasar los carros con los condenados camino de la Puerta de Alcalá donde se llevaron a cabo los fusilamientos y la impresión que les cuasaba la visión directa del cortejo. Como siempre ocurre en este país, los políticos instigadores de la revuelta se marcharon de rositas camino del exilio, se dice que avisados por la propia gente de O´Donnell. Y es que entre estos valentones de salón se encontraban nombres de la trascendencia de Castelar, Sagasta o Cristino Martos. Vivir una vez más para ver.

Remodelación de la plaza

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Imponente y actual imagen del edificio España. Foto es.wikipedia.org

Habrá que esperar a que el siglo XIX dé sus últimos estertores para que dentro del magno proyecto del ensanche de Madrid se incluya la remodelación de la ya vetusta plaza de San Marcial. Se acaba de derribar el cuartel de San Gil en 1909 y tras esta demolición se da el visto bueno al anteproyecto de formación de la plaza de España cuyo boceto definitivo recibirá el plácet de la Corporación Municipal dos años más tarde. Progresivamente el lugar va esbozando la configuración actual, algo a lo que no es ajeno el plan de creación de la Gran Vía, que tendrá su punto final en el ya lejano Prado de Leganitos y que se rematará con la construcción del Edificio España y la llamada Torre de Madrid. Y es por estos dos edificios por donde vamos a comenzar a describir la actual configuración del solar, y en concreto los más importantes inmuebles y monumentos que rodean este espacio que abarca un total de algo menos de 37.000 metros cuadrados. La Torre de Madrid fue en su momento el edificio más elevado de la ciudad con una altura de 142 metros y el inmueble más alto de Europa hasta 1967 cuando fue superado por la Torre du Midi de Bruselas. Fue terminado de construir en 1957 y está situado en la esquina de la plaza con la calle Princesa. Es obra de los hermanos arquitectos Otamendi. En el proyecto inicial se preveía que albergara unas 500 tiendas, galerías, un cine y un hotel. Hoy en día está ocupado por pisos y apartamentos particulares, en uno de los cuales residió el director de cine Luis Buñuel durante sus estancias en Madrid en su época de madurez. A la izquierda de este rascacielos, en los solares resultantes de la prolongación de la Gran Vía hacia Princesa se levantó el llamado Edificio España, un conjunto arquitectónico que domina el frente de la plaza, de silueta escalonada en cuatro alturas. Fue construido en 1953, también sobre proyecto de los hermanos Otamendi Machimbarrena y cuenta con 25 plantas y una altura de 117 metros. Permaneció abierto hasta 2006, albergando un centro comercial, apartamentos y viviendas de lujo. Una fallida operación urbanística marca España hace que aún hoy esté cerrado y aunque los rumores de reapertura no han cesado en estos últimos tiempos, cerrado permanece para vergüenza y escarnio de políticos, banqueros y demás especies especuladoras. Marchemos ahora a la otra punta de la plaza, a la esquina con la calle Bailén donde se levanta un edificio bellísimo por su fachada y que no es otro que la Casa Gallardo. Estamos ante una de las obras claves de la última fase del Modernismo madrileño. El arquitecto Federico García Rey lo diseñó y estaba totalmente finalizado en 1914. Su fachada está decorada ricamente con elementos orgánicos que trepan por los distintos entrantes y salientes que forman los balcones. Las herraduras le confieren al conjunto una belleza singular a la que contribuyen, asimismo, los tonos claros y el tejado de pizarra. Fue declarado bien de interés cultural en 1997. Enfrente del edificio Gallardo y a espaldas del actual edificio del Senado, número 1 de calle de Bailén y 8 de plaza de España, se encuentra el inmueble que fuera de la Real Compañía Asturiana de Minas. Se construyó en la última década del siglo XIX siguiendo el proyecto del arquitecto Manuel Martínez Ángel y se trata de 3.800 metros cuadrados, de estilo alfonsino al gusto francés de Luis XIII, que constituyen una de las más bellas muestras de la arquitectura de su tiempo. En la fachada se combinan  piedra y ladrillo y está rematado por una cubierta de mansarda con buhardillas de pizarra propias de la arquitectura francesa. Está ornamentada con ménsulas de angelotes, personajes de la mitología y motivos vegetales. Los balcones tienen balaustradas decoradas de plomo y los tres torreones están cubiertos por cúpulas de casco. El inmueble se asienta sobre una estructura de piedra de cantería con formación de arcos de medio punto, de hierro y cristal. Como dato negativo consignar que en 1913 un alumno asesinó al arquitecto Martínez Ángel cuando salía del edificio, descerrajándole un tiro. El madrileñista Elías Tormo vivió en este caserón hasta 1957. Reseñar, por último que el expediente para declar el inmueble Bien de Interés Cultural fue incoado en 1977 sin que se conozca respuesta a fecha de hoy. Actualmente pertenece a la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid.

Monumento a Cervantes

Plaza de España. wikipedia

Monumento a Cervantes. es.wikipedia.org

En el centro de la plaza se levantó en 1915 el monumento a Miguel de Cervantes, un conjunto escultórico que se realizó al mismo tiempo que se urbanizaba la plaza. A su alrededor se crearon una serie de espacios ajardinados que hacen las delicias de los viandantes y que constituyen uno de los lugares más fotografíados de la Villa y Corte. Enfrente de las estatuas de don Quijote y Sancho Panza se extiende un estanque rectangular que forma una de las estampas más típicas de la capital ya que a sus espaldas se levantan las siluetas de la Torre de Madrid y del Edificio España. La parte constructiva del monumento está elaborada en granito mientras que la escultórica se decidió realizarla en piedra roja de Sepúlveda con añadidos de bronce. El autor de este inigualable proyecto fue el arquitecto y escultor Rafael Martínez Zapatero, en colaboración con Pedro Muguruza y Lorenzo Coullaut. Las figuras representan a un Cervantes sentado y a sus pies se encuentran las estatuas de Quijote y Sancho. Se completó el conjunto cuando se levantaron entre otras, las figuras de Dulcinea y Aldonza Lorenzo y los grupos que representan a La Gitanilla y Rinconete y Cortadillo. Aludiendo a la universalidad de la obra cervantina el monumento contempla los cinco continentes. Del otro lado, en la vertiente que da hacia el este y por encima de las fuentes, se levanta una figura que personifica la Literatura, vestida de época y sujetando un libro con su mano derecha. Por último, hay que dejar sentado que la vegetación que vemos por la plaza está compuesta del habitual plátano y otras especies propias de este tipo de jardines urbanos pero domina por encima de todas ellas el olivo, en homenaje a los campos manchegos que sirvieron de motor de inspiración al genial alcalaíno a la hora de hacer pasar las musas al papel. El conjunto arquitectónico es la guinda del agradable pastel que se levanta en torno a esta pradera rodeada de elementos arquitectónicos tanto artísticios como funcionales de indudable sabor  y valía aunque regularmente explotados como enclave turístico de nivel, que lo es.

 
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Publicado por en abril 26, PM en Plazas

 

Casas de Cordero

Cualquier flaneante puede pasar a su lado y no notar nada diferente a los edificios que se encuentran en el entorno de la Puerta del Sol. Se trata de una construcción similar a otras que se levantaron cuando la remodelación de la plaza más importante de la Villa y Corte a mediados del siglo XIX. Pisos con sus ventanas, balconadas o distribución de las mismas no llaman especialmente la atención sobre este bloque construido en el número 1 de la Calle Mayor, es decir, en el arranque de una de las vías más importantes históricamente de la ciudad. Y sin embargo, se trata de un enclave con mucha trastienda, mucho que escribir y comentar en pleno centro de Madrid, datos referidos tanto a su historia como al edificio que allí se levantaba antes de su erección, como a quien lo construyó o a los diferentes tipos de usos que ha tenido en los algo más de 170 años de vida. Estamos hablando de las Casas de Cordero, entre las calles Correo y Esparteros, es decir, junto a la Puerta del Sol.

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Fachada principal de las Casas de Cordero en calle Mayor junto a Puerta del Sol

De Cordero o del Maragato

Las Casas de Cordero, también llamadas del Maragato -por el lugar de procedencia de su impulsor- se comienzan a construir en 1842  y constituyeron, al finalizar las obras tres años más tarde, la primera casa de vecindad que en el sentido moderno del término se levantó en la Villa y Corte. Ocuparon el lugar donde anteriormente estuvo el convento de San Felipe el Real, tras cuya desaparición el solar fue adquirido por el empresario Santiago Alonso Cordero, quien decidió adelantarse a su tiempo y darle una forma moderna entonces desconocida. Tal es así que poco después, cuando la remodelación de la Puerta del Sol, se tomó el edificio de Mayor 1 como referente para diseñar lo que sería el resto de la gran plaza entre 1852 y 1862, aspecto que puede comprobarse en la disposición de los vanos, balcones y pilastras de los inmuebles que forman el entorno de Sol, que siguen igual planteamiento que las viviendas de Cordero. Ramón Gómez de la Serna, en su obra Elucidario, nos describirá medio siglo más tarde de forma pormenorizada las características del edificio. Tras comentar que fue el asombro de todos en su momento nombra al “entendido arquitecto” de la Academia de San Fernando Juan José Sánchez Pescador como el que firmara los planos y se refiere a la manzana donde está situado diciendo que sirvió para alinear tanto la calle Correo como la de Espateros, entre cuyos recorridos está situado, “que antes eran estrechas y mal alineadas, rompiendo una nueva calle por la contigua plaza de San Esteban y dejando otra plazuela al frente del costado izquierdo de la Casa de Postas -hoy plaza del Marqués de Pontejos-, con el fin de colocar en ella la fuente que estuvo en la Puerta del Sol”. A continuación, Gómez de la Serna comienza a detallar lo sucedido después de la desamortización y enajenación, en tiempos de Mendizábal, del solar donde estuvieran los templo y convento de San Felipe el Real, “todo el terreno quedó para edificar, según la alineación aprobada por el Ayuntamiento, y se ha dividido en seis partes desiguales, labrando sobre cada uno de los solares una casa, de las cuales, cinco forman un solo grupo, aparentando en el exterior ser una sola. La otra casa no juega ya con las primeras en atención a su mayor altura y a que tiene diferente decoración”. La fachada principal, que da a la calle Mayor, también es descrita por lo menudo por el promotor de las Vanguardias en España, ” tiene en su centro un pabellón que coge cinco huecos de medio punto con archivolta, decorado con pilastras del orden jónico compuesto. El cornisamento arquitrabado completa el orden, que comprende en su altura dos pisos y forma el principal coronado de un piso ático. La imposta del piso principal de estas casas corre a nivel con todo el contorno de las fachadas, disimulando el fuerte declive de las calles Espartero y Correo por medio de dos pabellones laterales cada una, con arcos que cogen todo el basamento, compuesto de los pisos bajo y entresuelo”. A continuación Ramón Gómez pasa a enumerar las características del interior de las casas, “mancomunadas en luces y aguas, tienen bien alumbradas sus habitaciones por siete patios, algunos de ellos bastante espaciosos, conteniendo todas, en los pisos bajo, entresuelo, principal, segundo, tercero y guardilla, habitaciones cómodas y algunas de ellas de grande extensión, incluyéndose en este número las tiendas, almacenes y grandes sótanos que contienen”. Para completar la descripción del edificio nuestro improvisado experto nos recuerda que en el bajo de la casa numerada con el uno se encontraba en un principio “un establecimiento de baños públicos con piezas cómodas y decentemente amuebladas, habiendo en algunas de ellas dos pilas y siendo todas de hermoso mármol con vetas rojas y amarillas de la sierra de San Felipe, en Játiva, de elegante forma y labradas con esmero. Estos baños estaban bien surtidos de excelentes aguas, extraídas por una noria, cuyo pozo no llegaba a los 60 pies de profundidad”.  Recuerda Gómez de la Serna las 286 ventanas y los cien vecinos que habitan el edificio, “y este detalle asombraba a los hombres del tiempo que la vio construir” , además de mencionar, por último, los 17 millones de reales a los que subió la puja por el solar pagados por el decidido empeño “plausible, por cierto, de don Santiago Alonso Cordero, que deseaba levantar un suntuoso edificio con la crecida fortuna que había adquirido, aumentando así la riqueza pública, contribuyendo al ornato de la población y fijando su suerte y el porvenir de su familia en una finca urbana de esta naturaleza y esta importancia”.

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Cordero luciendo su habitual traje típico con sus bragas maragatas

Santiago Alonso Cordero

Pero, ¿quién era este hombre que se atrevió a acometer una de las magnas obras de arquitectura civil del Madrid de su tiempo?. Alonso Cordero fue un maragato atrevido, nacido en Santiago Millas en 1793, que se hizo a sí mismo y que progresivamente pasaría de simple tratante de ganado a luchar en la Guerra de La Independencia contra los franceses, entrar en la política como liberal y ocupar posiciones cercanas al poder. Esas posiciones y lugares que permiten pasar relativamente despercibido pero siempre atento a concesiones, movimientos especulativos y demás. Es por ahí donde se ve moverse a Cordero y participar en negocios como la traída de aguas a Madrid a través del Canal de Isabel II, el transporte de mercancias y dineros desde los puertos del norte de la península o las inversiones bolsísticas al lado de personajes importantes de la época como Baldomero Espartero. Por otra parte, su fama de hombre sencillo y honrado no lo abandonaría y parece ser que dio muestras de ella incluso hasta jugarse la vida y perderla por salvar la de los demás. Eso ocurrió el 22 de octubre de 1865, tras desatarse una epidemia de peste bubónica en la capital. Como vicepresidente de la Diputación renunció a abandonar la ciudad mientras medio Madrid se había ausentado por el indudable peligro que suponía la posibilidad de contagio, cuando los ministros se esfumaban o cuando la reina Isabel buscaba y encontraba razones de Estado para no regresar a la Villa y Corte desde su retiro en La Granja de San Ildefonso. Cordero, mientras tanto, no sólo coordinaba las operaciones pertinentes sino que se subía a las buhardillas más altas y conseguía socorrer, según cuentan las crónicas, “hasta siete u ocho personas durante la tarde del día 22”. Ese mismo día escribe a su hijo anunciándole que cree que se salvará de caer enfermo. Al final no fue así y su carácter altruista le jugó su última e irremediable mala pasada. De Alonso Cordero se cuenta que vestía habitualmente el traje típico maragato, lo que llamaba la atención de los vecinos que se lo cruzaban por la calle. Baste como remate para el bosquejo a vuelapluma de la personalidad de este hombre surgido de la nada hasta alcanzar las más altas cotas de prestigio social y económico la descripción que de su persona nos ofrece Benito Pérez Galdós en su Episodio Nacional titulado Los Ayacuchos. De él dejó dicho el maestro canario de la pluma que “no abandona por nada del mundo la etiqueta popular de sus bragas de maragato. Es un hombre risueño y frescote, con cara de obispo, de maneras algo encogidas, en armonía con el traje castizo de su tierra, de hablar concreto, ceñido a sus asuntos. Se enriqueció, como usted sabe, con el acarreo de suministros y hoy es uno de los primeros capitalistas de Madrid. Ha comprado el solar de San Felipe, inmenso ejido polvoroso, para construir en él una casa que allá se irá con El Escorial en grandeza y será la octava maravilla de la Corte”.

Fonda, bazar, café...

En el inmueble  de las Casas de Cordero se han instalado numerosos y pintorescos negocios a lo largo de su historia. El primero de ellos cronólogicamente, y que alcanzó indudable renombre, fue la fonda llamada La Vizcaína, que abrió sus puertas en 1846 de la mano de Ramona Berdorrain, obviamente de procedencia vasca, y cuyos precios no eran de los más baratos de la zona. Fue uno de los establecimientos que ofreció platos al gusto extranjero, sin abundante aceite ni ajo. La dueña era conocedora de los gustos de los visitantes y ofrecía menús en el sentido moderno del término, con un abanico de platos donde elegir el primero y el segundo, así como el postre, lo que se denominaba en aquel tiempo table d´hote, algo poco común en una época donde cada cliente solía comer en su habitación. La calidad de este recinto de hospedaje hacía que en comparación con otras fondas fuera difícil encontrar alojamiento. La muerte de Berdorrain en un primer momento no hizo mella en el éxito ecónomico de la fonda pero poco tiempo más tarde, en 1869, se convirtió en lo que fue el hotel Inglaterra. Otro de los negocios instalados en las Casas de Cordero y que ha pasado a la historia reciente de la Villa fue el denominado Gran Bazar de la Unión. Se ubicó en la planta baja del edificio y fue un comercio muy valorado por lo barato de sus productos, que se ofrecían a un precio fijo y libre de regateos, lo que no dejaba de ser novedoso entre 1880 y mediados del siglo XX, periodo durante el que permaneció abierto. Ofrecía toda una variedad de productos que abarcaban desde quincallería a bisutería pasando por sombrerería, zapatería, muebles, lámparas, juguetes, corbatería o artículos de caza. Este bazar también tiene su sitio en la literatura realista y una vez más de la mano de Pérez Galdós, quien incluye referencias a la calidad de sus productos en su obra señera Fortunata y Jacinta. También Gómez de la Serna lo nombra en sus memorias, tituladas Automoribundia, aludiendo a ciertos recuerdos de su infancia. Algunos años después de cerrar sus puertas en 1954, el local se convirtió en el primer restaurante autoservicio de Madrid, llamado Tobogán. Tampoco podemos dejar de nombrar al café Lisboa, que ocupó otra de las plantas bajas del edificio desde 1875. Poco después, en 1867, el inmueble acogería la primera central telefónica comercial de Madrid, para lo cual se construyó una estructura metálica en su cubierta, el denominado kiosco del teléfono, que prolongó sus días hasta 1926. Actualmente, un restaurante de comida rápida se ha apoderado de su planta baja además de haberse instalado una sala de juegos recreativos. En los pisos altos funcionan diversas pensiones que quizás nos eviten olvidar La Vizcaína ya que, sinceramente, su calidad dista mucho de la de doña Ramona Berdorrain.

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Convento e iglesia de San Felipe el Real con el pórtico mirando hacia Esparteros y con sus famosas gradas

Convento de San Felipe

Aunque somos conscientes de que el convento de Agustinos de San Felipe el Real merece una entrada para sí, no podemos dejar pasar la ocasión sin hacer mención, al menos sucinta, a este edificio religioso, histórico no sólo por su importancia como templo o convento sino por lo que significó para la vida pública de la Villa y Corte durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Decir que fue fundado en 1547 mediante bula de Paulo III, de 20 de junio, y tras los insistentes ruegos de gentes próximas a la realeza como el príncipe Felipe, pues en principio el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Silíceo, denegó el permiso de construcción alegando que en Madrid ya había dos monasterios de frailes mendicantes. Para su levantamiento se hizo uso de un solar del conde de Orgaz que lo cedió a la orden agustina a cambio de una capilla. La entrada se encontraba por donde hoy se encuentra situada la calle Esparteros, es decir, mirando al oeste, hacia la plaza Mayor. La iglesia se construyó siguiendo los planos de los arquitectos Luis y Gaspar de la Vega y para salvar el desnivel del terreno se montó una plataforma o lonja debajo de la cual se situaban una serie de locales o covachuelas que servían de mercadillos. La iglesia sufrió un incendio  en 1718 y durante la Guerra de la Independencia el edifició resultó tremendamente afectado, siendo demolido tras la desamortización de Mendizábal en 1838, antes de pasar a manos de Alonso Cordero. La lonja aludida anteriormente fue famosa durante los siglos XVI y XVII por ser el lugar donde se congregaban los habitantes de Madrid para intercambiar noticias, rumores, calumnias, inventos, secretos y opiniones tanto de personajes famosos como de los que no pasaban del vulgar anonimato. Era la conocida por Lonja de San Felipe, nombrada por los grandes escritores del Siglo de Oro en repetidas ocasiones en sonetos y letrillas, especialmente. Por estas razones se denominó al lugar el Mentidero de Madrid aunque también estaban para competir con este centro de la rumorología el de la calle del León y las Losas de Palacio, frente al Alcázar Real. Además de lo dicho anteriormente las gradas de San Felipe fueron sitio de reunión para reclutar soldados destinados a luchar en Flandes contra los herejes de Oranje. Un día la lonja se hundió como consecuencia de la excesiva aglomeración de público, agolpado para presenciar el paso de un réprobo camino de la prisión. El accidente causó un sinnúmero de muertos y bastantes heridos aunque el hecho no fuera óbice para evitar que el lugar siguiera concentrando en torno a sí a lo más chismoso y granado del cotilleo matritense.

 

 

 

 
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Publicado por en abril 23, PM en Obra civil

 

Calle del Príncipe

Seguimos por el barrio de Las Letras, por el Madrid de los Austrias o por Huertas, que es como desde siempre lo han denominado los más noctámbulos. Y hoy vamos a centrar nuestros comentarios en una de las calles señeras de la zona, que no es otra que la calle del Príncipe. Sin duda alguna, debe ser la que más carga literaria tiene de todas las del arrabal pues no en vano en ella se encuentra el Teatro Español, el llamado hasta mediados del siglo XIX del Príncipe pero al que hoy nos vamos a referir solamente de pasada porque ya en la anterior entrada, referida a la plaza de Santa Ana, dábamos pelos y señales de su biografía. Muchos datos quedaron en el tintero, cierto, pero no nos podemos dejar arrastrar por la historia de un recinto que daría para llenar varias entradas de este blog. Recortemos, por consiguiente, nuestras ambiciones y conformémonos con la calle, que ya de por sí tiene tarea la cuestión. Y por más que hoy día apenas lo parezca. Porque da la impresión, cuando uno enfila por plaza de Canalejas en dirección a Santa Ana, que nos internamos por un callejón semiinmundo cuyo panorama sólo se aclara al llegar a la plaza donde se encuentra el Teatro Español y, quizás, en la continuación hasta su final en el cruce con Huertas. Obras, pintadas guarrindongas que poco tienen que ver con el arte del grafiti, y algunos pequeños negocios que al flaneante le hacen pensar si no sería mejor pasar de largo que asomarse a sus vetustos y bastante ajados escaparates. Algo podría y debería decir la autoridad competente sobre el cuidado de esta legendaria calle que tendría mucho que contar y más que callar, si se le permitiera levantar la voz, acerca del descuidado trato que en los últimos tiempos viene recibiendo. Esperemos que si se lleva adelante la remodelación del eje Canalejas-Carrera de San Jerónimo-Sevilla algo le toque de bueno a nuestra rúa. Aunque, siendo realistas, seguro que podríamos aplicar aquí el largo me lo fiais del Burlador de Tirso de Molina, cuyo fantasma perderá un día los nervios y saldrá de la tumba si continúa el estado de abandono de una vía por donde tantas veces debió transitar especulando con las consonantes el bueno de fray Gabriel Téllez.

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Baldosines con la figura de Felipe II

¿Príncipe, qué principe?

Las dudas sobre la personalidad del príncipe al que fue en su día dedicada la rúa ya las aclaró Mesonero Romanos en su día aunque nosotros una vez más echemos manos del las Calles de Madrid de Pedro de Répide para tomarle la palabra. Y es que nuestro guía de cámara no se para en mientes y abre su capítulo de la calle afirmando sin ambages que “queda fuera de toda duda el que la denominación del Príncipe que ostenta esta vía, una de las más animadas de Madrid, se refiere al príncipe don Felipe que habría de reinar como segundo de su nombre y fue jurado en San Jerónimo el Real como heredero de los reinos en 1528. Y no tiene relación con ella el príncipe que habría de ser Felipe IV pues en tiempo del padre y del abuelo de éste ya tenía (la calle) el nombre que sigue ostentando, ni mucho menos el príncipe de Marruecos, Muley Xeque, que vino a España y fue bautizado en 1593, siendo llamado don Felipe de África y conocido generalmente como Príncipe Negro”. Por la rotundidad que percibimos en el trazo de Répide da la impresión de que aun en las primeras décadas del siglo XX habría quien sostuviera tesis diferentes a la que aquí reflejamos y que se da ya hoy por indudable. Para refrendar esta postura hay que notar que Mesonero dejó escrito en su día que ni Felipe III, nacido en 1578, ni sus dos hermanos don Fernando y don Diego, nacidos en 1571 y 1578, respectivamente, podían  tampoco ser los príncipes homenajeados con esta calle porque “ya vimos que anteriormente, en 1568, se apellidaba ya calle del Príncipe la del corral de la Pacheca”. Dicho queda y que nadie pierda más el sueño con este asunto que ha dado bastante que hablar y escribir. Al margen de esta ya cerrada polémica, lo cierto es que a lo largo de la historia ha presumido de calle principesca en todo momento salvo los paréntesis de rigor antimonárquicos, es decir, en dos breves periodos de la historia de España. Durante el Sexenio Revolucionario tomó el nombre de calle de Izquierdo en recuerdo del general Rafael Izquierdo (1820-1882) que después de desempeñar varios cargos en las Antillas regresó a España para sofocar la revolución que estalló en Lérida y Tarragona. Entre 1936 y 1939, durante la Guerra Civil, el presidente del gobierno autónomo catalán, a la sazón teniente coronel y masón, Francisco Maciá, tuvo el honor de ver su nombre puesto en las placas de la rúa. Bueno, tanto como verlo no lo vio, pues había fallecido tres años antes, en 1933. Por tanto, desde la victoria de las tropas fanquistas la calle ha vuelto a lucir hasta ahora el rótulo que tuvo desde el siglo XVI.

El alférez y doña Prudencia Grilo

Mucha historia tiene esta calle, mucha. Y también alguna que otra leyenda. En la esquina con la vía dedicada a Fernández y González estuvo instalado durante un tiempo el convento de Santa Isabel. Y la fundación en ese lugar de rezo tiene que ver con la leyenda que les va a narrar Pedro de Répide. Antes de ser convento era “ésta la vivienda de una dama llamada doña Pruedencia Grilo. Amaba ella a un caballero digno de su afición y cuando llegaba el plazo señalado para su matrimonio viose requerido el novio por sus obligaciones militares”. Vamos, que tuvo que enrolarse en la Armada Invencible. Pero este buen novio, un alférez, al despedirse de su prometida le quedó dicho que si moría en el frente la novia se enteraría “por las señales que os diré: Se moverán los damascos que adornan vuestro aposento, abriránse solas y con estrépito las tapas de vuestra gaveta y descorreránse las cortinas de vuestro lecho”. Y así fue que un día doña Prudencia vio que todo lo que había anunciado su mozo se cumplía “y las cortinas de su cama separábanse como corridas por una mano invisible. Cayó al suelo desvanecida la señora y siguióse la grave enfermedad. Poco después se supo en Madrid el desastre de la Armada y doña Prudencia quiso entonces fundar en la misma casa donde vivía una comunidad de religiosas que tuvieran advocación de Santa Isabel y la regla de las Agustinas Recoletas”. Así fue fundado el convento que después pasaría a la calle del mismo nombre, desapareciendo de la vía principesca porque parece ser que en la zona había demasiada bulla para mantener tranquilas a novicias y menos novicias. Es sabrosa en grado sumo la narración de Répide en este punto cuando dice que vistando el convento “la reina doña Margarita, esposa de Felipe III, halló que disipaban en sus devociones a las monjas las músicas que se oían en el cercano corral de comedias”.

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El café Parnasillo abre sus puertas en Príncipe 33 en homenaje a su antecesor del siglo XIX

Cafés y tertulias por doquier

Obviamente estamos en territorios propios de los cafés y de las tertulias literarias. Sólito, Venecia, Casino del Príncipe, Gato Negro, Cuevas de Sésamo… todos ellos marcaron con su presencia, y acogiendo a la intelectualidad que les correspondió en suerte, épocas gloriosas de la historia de España. Sin ir más lejos nombremos al antiguo café del Príncipe, en los bajos de la casa de la Contaduría del teatro del Príncipe, donde durante el segundo cuarto del siglo XIX se reunió la tertulia del Parnasillo. Allí se fraguó la reforma del teatro y la literatura en general, apartándose del Neoclasicismo y abrazando las nuevas ideas románticas. Eran la llamada Partida del Trueno y en la cuardilla militaban entre otros, Espronceda, Ventura de la Vega, Larra, Harzenbusch, Zorrilla o el propio Mesonero, a quien hay que imaginar circunspecto y tan discreto como siempre, escuchando lo que debió escuchar de boca de algunos de los atrevidos renovadores nombrados anteriormente. Al margen de la presencia de los atrás mencionados, hay que decir que aquello solía ser un enjambre más que un café, por el que revoloteaban desde renombrados artistas, oradores o periodistas hasta autores y actores noveles con tanta ansia de reconocimiento como de llenar la andorga. En la actualidad, en el número 33 de la vía un nuevo Parnasillo ha abierto sus puertas en homenaje a aquellos maravillosos e impresentables románticos. Y si Espronceda fue el ariete de éstos, medio siglo más tarde Jacinto Benavente encabezaría otra tertulia, esta vez con sus miembros sentados a los veladores del Gato Negro, café situado junto al teatro y que mantendría abiertas sus puertas hasta 1956. Junto a Benavente se solían situar los Quintero, Arniches, Muñoz Seca, Bueno y Serrano Anguita, entre otros. Se dice que por allí se dejaban caer las barbas de chivo de Valle-Inclán acompañadas de la oronda personalidad de Julio Romero de Torres. Pareja ideal para dar la nota pero, al menos en el caso del eximio y extrafalario gallego, no sabemos qué pintaba entre esa gente desde el punto de vista literario. Sería para tomar notas para sus esperpentos. A partir de 1952 abrió sus puertas en el número 7 de la vía el local demoninado las Cuevas de Sésamo. Su trascendencia desde el punto de vista literario es indudable ya que allí se solían fallar los premios Sésamo de novela, impulsados por el empresario Tomás Cruz, un antiguo aviador republicano. Escritores como Antonio Ferres, Quiñones, Luis Goytisolo, Marsé o Alfonso Grosso hicieron bueno el apodo de generación de la berza y tiraban de tintorro, entre salmo y salmo literario, cuando ya los de la gauche divina catalana tomaban gintonics el la zona alta de Barcelona, influidos por sus viajes a París y por el dinero de sus papás, qué duda cabe. Les debían decir Goytisolo y Marsé que qué antiguos eran, ¡coño!. Pero Madrid siempre ha tenido otro cuajo y de ello nos sentimos orgullosos, qué remedio, cuantos por aquí hemos sentado con más o menos comodidad nuestras posaderas.

Teatro de la Comedia

Fachada del Teatro de la Comedia

Teatro de la Comedia

En el número 14 de la calle del Príncipe se encuentra ubicado otro recinto para el drama no menos histórico, como es el Teatro de la Comedia. No tiene el caché del Español pero también presenta un curriculum repletito. Se inauguró en 1875 con la obra de Emilio Mario El Espejo de cuerpo entero y con la presencia del rey Alfonso XII. Veinte años permaneció la compañía de Mario representando teatro serio en el local hasta que después de ser dedicado éste durante una temporada al género chico, dicho empresario y autor dramático montó en cólera y se trasladó al Español jurando sobre cuanto evangelio se le puso delante que no volvería al Teatro de la Comedia, que consideraba profanado. El recinto sufrió un incendio hacia la primera década del siglo XX, siendo restuarado, y por sus tablas pasaron lo mejorcito de finales del XIX y principios del XX. Galdós puso en escena su obra Realidad, Dicenta su Juan José o Feliu y Codina La Dolores. Allí se representaron tambien los primeros dramas de Benavente o las comedias de los hermanos Quintero y se dio a conocer el moderno teatro catalán de la mano de Santiago Rusiñol o Ignacio Iglesias. Más cerca en el tiempo, en 1933 el coliseo se hizo famoso por ser el lugar elegido por José Antonio Primo de Rivera para pronunciar su discurso de fundación de la Falange Española, una noche que ha sido recogida tanto por el periodismo como por la literatura en repetidas ocasiones. La entrañable actriz Rafaela Aparicio emparejó con Erasmo Pacual entre bastidores del teatro mientras en el exterior dominaba la incertidumbre propia de la Guerra Civil.  A comienzos de los 70 se representó durante más de un mes el espectáuclo Castañuela 70. Se trataba de un espectáculo teatral agénerico, a caballo entre la revista musical y el teatro bufo y consistía en una parodia de los últimos años de la dictadura franquista. El recordado grupo independiente Tábano tuvo la valentía y la osadía de plantar cara al régimen, convirtiéndose en un símbolo de la lucha ciudadana en favor de las libertades.

Iglesia San Ignacio-

Portada de la iglesia de San Ignacio. Foto tomada del blog Anda&Mira

Iglesia y sinagoga

Nos queda referirnos a dos lugares emblemáticos desde el punto de vista religioso. El primero es la iglesia y oratorio de San Ignacio, situado en el número 31 de la calle del Príncipe. Están construidos sobre el solar que ocupara el antiguo colegio de los Ingleses fundado por César Bogacio en 1611. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 el edificio fue adquirido por la Congregación de los Naturales de Vizcaya, encargando al arquitecto Francisco Moradillo su reforma. Ha pasado por diversas manos y ha sufrido desde el siglo XVIII diversas reformas. El interior se configuró en una nave con tres capillas a los lados y una cabecera donde se situaba el altar mayor. En el exterior destacaba la fachada, levantada en ladrillo y decorada con elementos clásicos. Durante la Guerra Civil el recinto fue incendiado y destruido todo él salvo la fachada principal, la torre y los muros. Fue reconstruido bajo la iniciativa de Regiones Devastadas por el arquietecto Alberto Acha y Urioste quien alteró bastante el edificio original, sobre todo en la fachada, que fue rehecha sobre sillares de piedra. Cambiamos de acera religiosa y del Cristianismo pasamos a la religión hebrea pues en esta rúa encontramos también la primera sinagoga que abriría sus puertas en Madrid desde la expulsión de los judíos en 1492. Ocurrió en 1917 y prolongaría su servicio a los devotos de la estrella de David hasta 1939. Hoy en día quizás el dato no se considere tan relevante, dado que Madrid cuenta con siete sinagogas para un censo de cerca de 20.000 hebreos, pero en aquel entoces supuso un respiro para el espíritu, tanto de los que vivían entre nosotros como de los que llegaron a la Villa y Corte como refugiados, escapando de los rigores de la Primera Guerra Mundial. Aquí se instalaron y además impulsaron la creación de su comunidad. La sinagoga se llamó Midrás Abardanel y entre los impulsores se encontraban el destacado líder socialista Max Nordau y el entonces profesor de hebreo de la Universidad Central de Madrid -hoy Complutense- Abraham S. Yahuda. Y no abandonamos la calle del Príncipe sin pasar por la esquina que la une con Huertas donde se encuentra el edificio en que residiera el famoso Príncipe Negro Muley Xeque, la misma vivienda que habitara también el genio de las letras españolas Miguel de Cervantes quien, como vemos un día sí y otro también cuando caminamos por este barrio, hizo parada y fonda en diversas moradas, eso sí, a sabiendas de que no abandonaba el barrio que a él más que a nadie le correspondia, el barrio de Las Letras. ¡Quién con más derecho!

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en abril 21, PM en Calles

 

Plaza de Santa Ana

Plaza santa ana. www.sientemeadrid.es

Vista general de la plaza de Santa Ana. Foto http://www.sientemadrid.com

“Victoriosa la luz del nuevo siglo en el primer cuarto de su vida, queda clara, despejada, dedicada al refresco libre, lugar de reventa de billetes para los circos de Madrid, comercio de flores, pájaros, monos…/… las terrazas la dominan y hacen de su jardín sitio en que apurar una cerveza rubia, que parece emanar de una fuente de juventud que brota en el jardín, quizás de ese cisne de plomo que es ahora su surtidor y que, proyectado para la plazuela del Cisne estuvo algún tiempo en el patio del convento de San Felipe el Real. Aquellos árboles de antiguo jardín conventual, bajo los que se sentía la sombra monumental del dramático pasado, desaparecieron, ¡ay! para que fuesen implantados otros árboles de zarzuela y estos bancos inhóspitos, que son como baños secos para el transeúnte”. Esto decía Ramón Gómez de la Serna de la plaza de Santa Ana en el primer tercio del siglo XX. Y a fuer de sinceros, bien podríamos apoderarnos de sus palabras y contextualizarlas en la actualidad para describir la actual plaza, sobre todo, en lo referido a los bancos inhóspitos que son como baños secos para el transeúnte. Será porque lo que interesa en la actualidad es que la gente se siente poco en esos duros poyos de piedra y decida acudir a las cervecerías o terrazas que se encuentran en sus aledaños para apurar la tantas veces deseada rubia con espuma. Por lo demás, también es válido el carácter de recinto o solar despejado y, claro, quizás, si hoy viviera De la Serna, echaría de menos los locales de venta de billetes circenses o el comercio de pájaros. En cualquier caso, la plaza de Santa Ana siempre es un lugar de flaneo de primera división, qué decimos, de championlí, fundamentalmente ahora que se acercan las calendas más bonacibles o a última hora de una tarde del mes de agosto, cuando ya las piernas muestran sus quejas por el excesivo ir y venir por las callejuelas que la circundan. Estamos en pleno barrio de Las Letras y cuando uno se interna por estos andurriales es de obligado cumplimiento no pasar nunca de largo y sí detenerse en algunos de los numerosos enclaves en los que echar la imaginación a pasear y aprovechar la memoria para saborear momentos de la historia de este país, tanto en el apartado político como en el literario, el taurino o incluso el arquitectónico. El Teatro Español la proteje, el Gran Hotel Victoria la relaciona con el mundo de la tauromaquia y su propio nombre popular la vincula a un pasado de tornos y tocas que entronca nada menos que con nuestros místicos del primer Siglo de Oro, el XVI. La realeza está presente en su denominación oficial e incluso un revolucionario tuvo el honor de prestarle su apellido para un paréntesis de varios años durante el bullicioso Sexenio Revolucionario.

Plaza de Santa Ana, del Príncipe Alfonso o de Topete

Porque la plaza de Santa Ana no se llama de esta manera oficialmente sino plaza del Príncipe Alfonso, en honor de quien durante un breve pero convulso periodo de la historia de España reinara con el nombre de Alfonso XII. Pero desconocemos que haya alguien que así la llame porque, si lo hace, nadie sabría ubicar el lugar. De facto, ha sido, es y será, creemos durante bastantes años, la plaza de Santa Ana. Y aunque nosotros podríamos aquí argumentar el porqué o los porqués, una vez más nos pide paso Pedro de Répide y nosotros accedemos gustosos a que sea él quien nos justifique la denominación. El ciego de Vistillas dice que la denominación se le dio “por haberse formado al quedar derribado el convento de las monjas de ese nombre”. Y nos comenta por lo bajo Répide que durante el siglo XVII, por la parte de la calle Núñez de Arce, entonces calle de La Gorguera, tenía la entrada el palco regio del teatro de la Cruz -no confundir con el del Príncipe-. Debía accederse a ese recinto dramático por donde hoy está el Callejón del Gato, más o menos. El trozo comprendido entre esa calle de La Gorguera y la del Príncipe se llamaba de La Lechuga y era famosa por las tiendas dedicadas a la venta de pájaros, que debía ser de lo que hablaba hace ahora algo menos de un siglo nuestro gran vanguardista De la Serna en el fragmento que abre esta entrada. Pero volvamos a nuestro carril y digamos que el convento o Monasterio Real de Santa Ana, de monjas carmelitas descalzas, fue fundado según Pedro de Répide -y otros muchos expertos, obviamente- “por San Juan de la Cruz y la venerable madre Ana de Jesús, según proyecto de Santa Teresa, en el año 1586. Dijo la primera misa y colocó el Santísimo el vicario de Madrid, habiendo venido las primeras religiosas del convento de Ocaña”. La iglesia fue construida a continuación y quedó terminada en 1611 merced a diezmil ducados que la reina graciosamente desembolsó en aquel momento, pues las limosnas de la feligresía no hubieran permitido rematar el templo en tan poco tiempo. Habrá que esperar doscientos años aproximadamente (1810) para que un viejo conocido nuestro, el monarca José Bonaparte, haga honor a su apodo de rey plazuelas y ordene el derribo del edificio religioso para que la actual plaza se abriera paso para solaz y disfrute de los madrileños, fueran cristianos, judíos, moros o no militantes. El solar quedaría tal como lo describe Pedro de Répide  cuando dice que en el centro de la plaza resultante “fue colocada la estatua de Carlos V con el furor bélico encadenado a sus pies, obra de León Leoni, que tiene la particularidad de que la figura del emperador puede ser despojada de su armadura y quedar mostrando su desnudo”. Permaneció en ese lugar la figura del primer austria hasta 1825. Pero hubo que esperar a que avanzara la segunda mitad del siglo XX para que la plaza recibiera su denominación actual de Príncipe Alfonso en detrimento del de Santa Ana. Sin embargo, se volvió a cambiar el nombre durante el periodo revolucionario en honor del almirante Juan Bautista Topete, uno de los héroes románticos de la España liberal del siglo XIX, partidario del duque de Montpensier y por tanto monárquico, pero que ostentó distintos cargos durante el periodo revolucionario después de que en un primer momento fuera elegido presidente de la Junta Revolucionaria Nacional. Cuando la Restauranción la plaza volvió a ostentar el nombre del ya rey de España Alfonso XII  pero como bien remata Répide “la costumbre hace que esta plaza, a la que Mariano de Cavia, llamaba de la Cerveza, por la profusión de establecimientos donde se extiende esta bebida que hay en ella, continúe siendo conocida por su primera rotulacion”. Es decir, plaza de Santa Ana.

Teatro Español o del Príncipe o Corral de la Pacheca
Teatro_espanol

Fachada del Teatro Español. Foto es.wikipedia.org

En el momento en que, siguiendo lo ordenado por José Bonaparte, se despejó el solar, no quedó tal cual está actualmente, “aún había una hilera de casas- nos cuenta Ramón Gómez de la Serna- que daba aspecto de callejón a la calle del Príncipe y daba al Teatro Español sombra de teatro de barrio, cuando había de ser con todo despejamiento teatro de la Lengua”. Una vez derribadas las mencionadas casuchas comenzó a lucir en todo su esplendor lo que anteriormente había sido Corral de la Pacheca, lo que después sería Teatro del Príncipe y lo que desde 1849 denominamos, al menos oficialmente, Teatro Español. La historia del que quizás sea el centro dramático más importante de la Villa y Corte comienza en 1565 con la autorización decretada por Felipe II para establecer con carácter permanente en Madrid una denominada Cofradía de la Sagrada Pasión, que disfrutaría de un espacio para representaciones de comedias. Dicha congregación adquiere el espacio en que actualmente se sitúa el teatro en 1582 y en septiembre de ese mismo año queda inaugurado. Se le anexionó al primitivo otro local, propiedad de una tal Isabel Pacheco en el que había un corral, de ahí el sobrenombre de Corral de la Pacheca. Dicho solar, corral o corrala permitía que en su parte frontal se pusiera un escenario y delante una serie de bancos para que los espectadores, no muchos, se pudieran sentar. El resto de la concurrencia debía conformarse con presenciar las obras de pie. Las mujeres se colocaban a un lado del escenario, en la llamada cazuela, y además se podían alquilar los balcones de las casas aledañas con el fin de presenciar la obra con más comodidad. Estos improvisados miradores eran ocupados por nobles e incluso en ocasiones por la familia real, dado que por o pese a ser un espectáculo popular solamente algunos podían permitirse el lujo de pagar un sobrecoste. La estructura arquitectónica inicial se mantuvo hasta 1735 en que Sachetti levantó junto a un jovencísimo Ventura Rodríguez un nuevo edificio. Es también el momento donde cambia su denominación de corral por la de teatro. Y es en ese siglo ilustrado cuando se consagra definitivamente como templo del drama en reñida rivalidad con el cercano Teatro de la Cruz. Sus seguidores se hacían llamar Chorizos en dura pugna con los Polacos del de la Cruz. Juan de Villanueva completará otra reconstrucción en 1802, como consecuencia de los estragos de un incendio, y en 1849 recibe su denominacion actual. En ese momento el recinto puede acoger a 1200 espectadores por sesión. Desde entonces hasta la actualidad el teatro se ha constituido en el más importante del panorama matritense y por él ha pasado desde sus inicios lo mejor de la escena española, como bien se puede apreciar en su frontispicio, donde están sobrepujadas las figuras más señeras del drama nacional. Peligroso es ponerse a nombrar a autores por temor de dejar fuera de la nómina a muchos que se lo merecerían, pero citemos a Lope o Calderón del Siglo de Oro, al ilustrado Moratín y su Comedia Nueva, al romántico Ventura de la Vega, que además fue su director durante algún tiempo. Más cercanos a nosotros tenemos a Echegaray, Galdós o Benavente. Más cerca aún a Lorca o Alberti. Y más vecino en el tiempo está Buero Vallejo, que puso en escena su Historia de una escalera. Más allá de ello hay que saber que grandes obras de todo tiempo se siguen reponiendo regularmente, desde La Celestina al Alcalde de Zalamea. De actores mejor no hablar, desde los grandes clásicos como Romea o María Guerrero a Margarita Xirgu o Adolfo Marsillach. O Nuria Espert. Actualmente la sala de teatro puede acoger a 763 espectadores y desde 2005 se cuenta con otra pequeña sala acondicionada para espectáculos de formato reducido.

Hotel Reina Victoria
Hotel Victoria. Viajeserosqui.es

Fachada del hotel Victoria. Foto http://www.viajeseroski.es

En la esquina de la Santa Ana con la plazuela del Ángel podemos disfrutar de un edificio que sería delito no nombrarlo. Se trata del solar del antiguo palacio de los condes de Montijo y Teba, derribado en 1919 y reconstruido a continuación, que en la actualidad acoge el hotel Reina Victoria.  El edificio actual es obra del arquitecto Jesús Carrasco-Muñoz y Encina y combina las estructuras de hierro con el hormigón armado. Está construido sobre un solar trapezoidal y se caracteriza por sus miradores acristalados, su fachada blanca -aunque hasta finales del siglo XX fue amarilla- y su peculiar e inmenso pináculo con final redondo. Los grandes ventanales que dan tanto a la plaza de Santa Ana como a la del Ángel eran en su día escaparates de unos grandes almacenes. Reseñar por último, que el edificio se organiza en torno a un patio octogonal cubierto. Dicha construcción albergó en sus inicios, como decíamos anteriormente, un popular mercado denominado Almacenes Simón y durante siete décadas combinó el uso de almacén y posada. Durante los años treinta del siglo XX dio muestra de su vena más castiza y folclórica ya que fue el indiscutible hotel de los toreros pues era allí donde se vestían antes de salir en dirección a Las Ventas durante la feria de San Isidro. Manolete solía reservar siempre la misma habitación 220 so pena de no torear si no lo conseguía, menudo era el maeztro. Al clausurarse los almacenes en 1986 las plantas bajas se ocuparon como hotel y en 2006 se reinauguró el actual complejo hotelero.

Esculturas de Calderón y Lorca

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Monumento a Pedro Calderón. Foto es.wikipedia.org

En el mismo lugar en que en su día estuvo situada la estatua de Carlos V, junto al lienzo oeste, se levanta hoy un monumento a Pedro Calderón de la Barca. La escultura dedicada al genio que culminó la evolución del teatro español en el siglo XVII está labrada en mármol blanco y es obra del maestro Juan Figueras y Vila. Fue cedida por el Estado a la Villa de Madrid en 1877 por intercesión del entonces ministro de Ultramar, Adelardo Pérez de Ayala. El monumento tiene un pedestal en cuya parte más elevada hay una alegoría de la Fama y en la parte inferior cuatro bajorrelieves con alusiones a otras tantas obras importantes del autor, a saber, El alcalde de Zalamea, El escondido y la tapada, La vida es sueño y el auto sacramental La danza de la muerte. El día 2 de enero de 1880 se inauguraba la estatua a la misma hora en que el cortejo funerario con los restos del poeta Ayala se detenía frente al Teatro Español. Recoge Ramon Gómez de la Serna en su Elucidiario los conocidos versos de Leopoldo Cano alusivos al evento y que terminan con aquello de “…mas de nuevo interrogué/ a uno que estaba mirando/ a los que estaban desfilando/ detrás de un coche de gala,/ contestó: el poeta Ayala/ y eso lo dijo llorando”. Y más al este de la plaza, muy cercana al lado del Teatro Español, en 1986 se erigió otro monumento, en este caso mucho más modesto, al poeta, dramaturgo y también genio de las letras hispanas, Federico García Lorca. La escultura es bastante más modesta que la de Calderón y, sinceramente, poco digna de la categoría del autor de La casa de Bernarda Alba. No tiene la culpa de su pequeñez el autor de la misma, Julio López Hernández, que a buen seguro siguió órdenes dictadas por más altos prebostes, pero sí que es verdad que hay veces que mejor dejallo y no meneallo y que para hacer las cosas a medias mejor ni empezar. En cualquier caso, todo suma en la plaza de Santa Ana y cualquier detalle rezuma literatura en un lugar que como bien apuntaba Gómez de la Serna siempre será “intimista, plaza jardín de casas y teatro, el recóndito huertecillo del convento aun atropellado por todas las influencias…/…plaza para recapacitar entre el zancajear por las calles”.

 
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Publicado por en abril 18, PM en Plazas

 

Ventura Rodríguez

Se trata de uno de esos nombres que los vecinos de la Villa y Corte pronuncian con cierta asiduidad o tienen presente en su memoria como algo muy de aquí. Unos lo conocen porque suelen viajar en el Metro, tiene parada con ese nombre. Otros, porque también hay calle dedicada a este personaje. Otros no saben si lo han escuchado asociado a un centro educativo, a ciertos monumentos de la capital o al nombre de ese restaurante donde quedaron una vez a comer con unos amigos no recuerdan bien cuándo. Obviamente habrá quien sepa quién era este personaje de la historia de Madrid y de la de España y lo sitúen en un lugar acorde con su prestigio, es decir, como uno de los arquitectos que más influencia ha tenido en la historia de la arquitectura de la capital. Además, no podemos olvidar que la figura de quien hoy debemos esbozar un perfil es madrileño de cuna. No nació en la capital, verdaderamente, pero sí en la región. Tampoco es que su obra se circunscriba estrictamente a edificios diseñados, erigidos o  restaurados en la Villa y Corte pero sí que es cierto que tenemos diseminadas por la capital numerosímas obras, que abarcan desde fuentes conmemorativas hasta hospitales, monasterios, palacios o iglesias. El rastro de Ventura Rodríguez no es, por tanto, difícil de seguir porque hay materia para escribir y no parar. Intentaremos aquí que su obra quede sucintamente recogida -en profundidad sería imposible- así como su personalidad y la trascendencia que tuvo para la vida matritense en ese siglo ilustrado que tanto influiría en la creación y modernización de dotaciones infraestruturales y culturales fundamentales para el futuro capitalino.

Natural de Ciempozuelos

Ventura_Rodríguez

Buenaventura Rodríguez en su madurez

Buenaventura Rodríguez Tizón, conocido por el hipocorístico de Ventura, nace en la localidad madrileña de Ciempozuelos en julio de 1717 y fue uno de los arquitectos españoles más importante del siglo XVIII junto a Juan de Villanueva. Su trayectoria hay que situarla entre dos grandes corrientes artísticas, el Barroco y el Neoclasicismo de la Ilustración europea, en que se inscriben sus obras de juventud y madurez, respectivamente. Fue hijo de un profesor de arquitectura -para otros un simple albañil-  empleado en las obras reales del Real Sitio de Aranjuez, de quien el historiador Chueca Goitia destacaría su notable formación como maestro alarife. El niño crece ayudando a su padre, a la vez que daba muestras de un talento poco común para el dibujo, por lo que pronto es contratado como delineante de los ingenieros franceses que dirigían dichas obras. El arquitecto Filippo Juvara, encargado del proyecto del Palacio Real de Madrid, se fija durante un traslado de la corte a Aranjuez en unos croquis de Ventura, quedando impresionado y requiriendo al rey que le sea asignado como delineante, por lo que se convierte instantáneamente en discípulo del italiano. La temprana muerte de Juvara no es impedimento para que su sucesor, Sachetti, lo ponga también a su servicio, llegando a alcanzar ya en 1741 el grado de aparejador segundo del Palacio Real. Rodríguez no tiene una gran formación académica ni ha viajado a Italia, auténtica universidad de la especialidad en aquellos tiempos. Es más, no tiene más formación que la que ha recibido de manos de su padre y la que ha podido aprender al lado de esas eminentes figuras que son Juvara o Sachetti. A pesar de esas carencias, pudo adquirir un profundo conocimiento de la arquitectura de Bernini y Borromini a través de las estampas que circulaban entre los arquitectos de la corte y los estudios y reinterpretaciones de los maestros. Por tanto, se convierte en un continuador de la Escuela de Roma aunque progresivamente va a ir depurando esos gustos barrocos para abrirse paso hacia una línea de actuación más cercana a Herrera. Sus progresos son indiscutibles y celéricos, de ahí que en 1747 a la edad de 30 años, sea nombrado académico de la academia romana de San Lucas.

Despegue definitivo

Iglesia de San Marcos

Interior de la iglesia de San Marcos

Estamos a mitad del siglo XVIII y es ahora cuando Ventura Rodríguez empieza ya a ser valorado como una eminencia en el mundo de la arquitectura matritense. En 1749 Fernando VI elige un proyecto suyo para la construcción de la capilla del Palacio Real, en detrimento del presentado por el propio Gian Battista Sachetti, de quien Ventura seguía siendo ayudante. Ese mismo año recibe el encargo de construir su primera obra de forma independiente. Se trata de la iglesia de San Marcos, situada en la calle de San Leonardo y desde 1944 declarada monumento nacional. Ahí Rodríguez echa a volar su imaginación con entera libertad y construye un templo con una planta de cinco elipses sucesivas, soprendente por la inversión de valores, articulación disimétrica de los espacios y la resonancia de las bóvedas elípticas. Unamos a ello la fachada, de orden gigante, flanqueada por antecuerpos curvos que conforman un atrio cóncaco. Las obras se prolongan hasta 1753 aunque un año antes es nombrado director de los estudios de arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A estos logros suceden la terminación de la basílica del Pilar de Zaragoza o el transparente de la catedral de Cuenca. Un haber más en su ya nutrido currículum llega en 1754 cuando se le encarga la reconstrucción de la iglesia de San Norberto en la actual plaza de los Mostenses. Un año más tarde llevará adelante la decoración del interior de la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación, con notables reminiscencias de los modelos del Barroco romano, su fuente predilecta de inspiración. Un incendio producido el mismo año en que se le encarga el proyecto había dejado el templo en unas condiciones penosas. Ventura Reodríguez se rodea de un equipo de trabajo experto para realizar una nueva decoración a base de retablos y lienzos, especialmente sobre la vida de San Agustín. En la arquitectura de la iglesia destacan los labrados en jaspes, mármoles y bronces dorados. El tabernáculo es una de las obras maestras de Ventura junto al retablo mayor. Por esta época, la de su máximo apogeo profesional, cae paradógicamente en desgracia como arquitecto de obras reales. Estamos al final del reinado de Fernando VI y tanto éste como su inmediato sucesor, Carlos III, parecen preferir el hacer de Sabattini y su escuela. No obstante, fue tal la cantidad de encargos que recibió que sus obras se encuentran repartidas por toda España. Intentaremos ceñirnos a la capital aunque, con todo, nos veremos obligados a pasar de puntillas por la práctica totalidad de su obra. Nombremos la Colegiata de San Isidro, los palacios de Altamira, Regalía y Osuna, el de Liria o el hospital de Atocha y la misma Puerta de Atocha para empezar este rápido resumen. No nos olvidemos del denominado Salón del Prado, con las fuentes de Cibeles, Neptuno o Apolo, además de los cuatro artísticos surtidores menores del mismo paseo. La fuente de la Alcachofa, antaño en Atocha y hoy día en una de las esquinas del estanque del Retiro, es otra de sus obras y,por último, no dejemos al margen el espectacular palacio que diseñó para su amigo el infante don Luis, en Boadilla del Monte. El hermano de Carlos III fue además de amigo, gran admirador de Ventura Rodríguez. Es por ello que lo introduce en su nómina como arquitecto de Su Alteza por Real Decreto de 1761, según consta en la testamentaría del infante. El arquitecto también diseñó para su amigo los muebles del palacio boadillense. Como dato curioso, decir que ambos mueren el mismo año y mes de 1785, con algunos días de diferencia. El infante fue enterrado en la iglesia de San Pedro de Alcántara de Arenas de San Pedro (Ávila), que curiosamente había sido construida por su amigo. Ventura fallecería obsesionado por sus fracasos y sinsabores aunque cuando se habla de fracasos hay que hacerlo en la justa medida que supone no poder desarrollar, por problemas ajenos al genio del artista, proyectos como la Puerta de Alcalá, el de la basílica de San Francisco el Grande o la imponente fachada de la catedral de Pamplona.

Placa Ventura

Placa en Leganitos 13 recordando a Ventura Rodríguez

Muerte en Leganitos 13

La parca vino a buscarlo a su vivienda de Leganitos 13 el 26 de agosto de ese 1785, después de que los galenos que le atendían hicieran cuando pudieron y más, hasta llegar a excederse en su ya desmoronado y ajadísimo cuerpo. Sus restos fueron enterrados en la vecina iglesia de San Marcos, que él había levantado, aunque posteriormente fueron trasladados a la capilla de arquitectos de la iglesia de San Sebastián. Lejos quedamos de haber recogido todas las obras de este prolífico, hábil, entendido y experto del diseño y la arquitectura. Lejos quedamos de haber reflejado aquí todos los nombramientos y reconocimientos que tuvo en vida y después de su muerte. Lejos quedamos por tanto de habernos aproximado siquiera a esbozar una biografía que refleje en medianamente la personalidad del que sin duda alguna fue un genio en su oficio. Sirva para completar su perfil la opinión de otro ilustrado fuera de toda cuestión como es Jovellanos quien, en su Elogio de Ventura Rodríguez lo describe como el restaurador de la arquitectura española que “la levantó desde la mayor decadencia al más alto grado de esplendor y fijó en él su época española más brillante. Grande en la invención, por la sublimidad de su genio; grande en la disposición, por la profundidad de su sabiduría; grande en el ornato, por la amenidad de su imaginación y por la exactitud de su gusto”. Por su parte, Ismael Gutiérrez Pastor en la revista de la Junta de Castilla y León dice en tiempo más reciente que la arquitectura de Ventura Rodríguez “es monumental y solemne, arquitectura de magnificencia. Se adapta a las funciones y se expresa con ricos materiales, trabajados excelentemente. Pero de ahí no puede deducirse el Neoclasicismo al modo de Juan de Villanueva, cuya obra se ajusta mejor al reinado de Carlos IV…/… La generalizada consideración de Rodríguez como un arquitecto del Neoclasicismo debe desecharse aunque a veces convenga matizarla. Por formación, inclinación personal y encuadre en el gusto hispano de su tiempo fue un arquitecto que se expresó dentro de un Barroco clasicista de origen italiano, dotando de progresiva relevancia al lenguaje de los órdenes arquitectónicos, de los que emana la belleza de sus edificios, antes que el ornato superfluo…/… desde este enfoque se entiende que la arquitectura de Rodríguez choque con el Barroco castizo español de Churriguera, Tomé o Ribera”.

Calle y parada de Metro

Museo Cerralbo

Museo Cerralbo en calle Ventura Rodriguez, esquina con calle Bailén

La ciudad de Madrid tiene una calle dedicada a Ventura Rodríguez. No es la única población que así reconoce la valía del genio de la arquitectura porque sería enojoso citar aquí todos los lugares que hoy en día recuerdan a nuestro hombre con rúas, plazas, fuentes y otros monumentos varios de reconocimiento. Ciñámonos a nuestro ámbito topográfico y digamos que la calle Ventura Rodríguez de Madrid se encuentra en el barrio de Argüelles y se extiende desde la de Ferraz a la de Princesa, en una zona muy cercana a dos de sus obras importantes, el palacio de Liria y la iglesia de San Marcos. Dicha vía se llamó antes de Quitapesares y fue abierta en 1869. Entre sus escasas singularidades hay que destacar la presencia en dicha vía del palacio mandado construir por el decimoséptimo marqués de Cerralbo, Enrique de Aguilera y Gamboa, promotor de excavaciones arqueológicas e historiador, cuya obras de arte y demás antigüedades se pueden visitar en la actualidad ya que dicho palacio es desde 1944 museo y está declarado monumento nacional. En tiempos del marqués se solían celebrar suntuosas fiestas. De este edificio habla Pedro de Répide en sus Calles de Madrid ponderando tanto el imponente caserón como al decimoséptimo marqués, cuando nos apunta con su sedosa prosa que allí “residió hasta su muerte aquel prócer que habiendo reunido en esa su residencia un enorme tesoro artístico lo ha legado a la nación como museo”. La casa señorial conserva, además, el barandal de la escalera que perteneció a la del palacio de doña Bárbara de Braganza, en el monasterio de las Salesas. Por último, hay que reseñar que muy cerca de la referida rúa, en el cruce con la calle Princesa, se encuentra la parada de metro con el nombre del arquitecto. Fue construida a finales de los años 30 y abierta al público el 15 de julio de 1941, formando parte de la Línea 3, la amarilla. Ha sido remodelada recientemente constituyendo una infraestructura muy apropiada para los vecinos del los barrios de Argüelles y San Bernardo en la zona aledaña a plaza de España.

 

 

 

 

 
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Publicado por en abril 11, AM en Perfiles

 

Café Universal (O de los Espejos)

Café Universal

Una placa recuerda en la esquina izquierda de Sol con Alcalá la ubicación del Universal. Foto flickr.com

Los miedos y las dudas atenazan a quien aquí se atreve a poner negro sobre blanco cuando se trata de hacer un esbozo de lo que fue el Café Universal. La información a la que tiene acceso este humilde reciclador de datos aislados, inconexos y, casi siempre, encontrados por casualidad es en esta ocasión escasa, tanto que hay que desconfiar de que tenga un mínimo de interés como para merecer un clic en el ordenador del presumible lector. Ya que las zozobras y las inseguridades son tamañas vamos a centrar el discurso en las certezas y la primera y principal es la que nos encontramos en el actual número 14 de la Puerta del Sol, ya esquina hacia Alcalá, por la acera izquierda. Allí podemos leer en una placa, de las numerosas que el municpio desparrama por las fachadas de los inmuebles, que en ese lugar se levantaba el Café Universal de Madrid. No dudamos de que se trata de una certeza hasta que rastreando por la red nos encontramos que hay informaciones que sitúan dicho café un poco más al oeste, en la fachada comprendida entre las calles Preciados y del Carmen. No es ciertamente muy fiable tal dato… pero aparece repetido en más de una ocasión. Una nueva aportación al esclarecimiento del misterio aparece cuando leemos que Galdós le secreteaba a Clarín que el argumento de la novela Gloria se le clarificó bastante, cuando se encontraba entre las calles Montera y Alcalá, en su caminar hacia la tertulia canaria -de la que más abajo escribiremos- que tenía lugar en el Universal. El comentario se recoge en una carta que apareció con la publicación de las obras completas del genio del Realismo en 1912, en editorial Renacimiento, y hace pensar que Galdós se dirige desde Montera hacia el este, es decir a Alcalá, en cuyo número 15 -hoy 14- estaría situado el referido café. Al menos para este aprendiz de escriba que aquí deja plasmado su escaso conocimiento y sus muchas carencias la cuestión queda un poquito más clara, aunque nadie está libre de meter la pata hasta el corvejón. Dicho lo cual procedamos, sin dilación, a escribir sobre la idiosincrasia del Café Universal.

Café de los Espejos

Café de los espejos

Café de los Espejos en Sol esquina Alcalá

El Café Universal debió de ser uno de los numerosos locales de tertulia de la capital que aparecieron en el primer tercio del siglo XIX y que prolongaron su vida hasta entrado el siglo XX. No conocemos la fecha exacta de su apertura pero hay que tener en cuenta de que Galdós lo frecuentaba en sus primeros años de estancia en Madrid -finales de la década de los 60 del siglo XIX- formando parte de la tertulia canaria. De la lectura del texto firmado por José Pérez Vidal, titulado Una noche en la tertulia canaria del café Universal de Madrid con Pérez Galdós y León y Castillo y publicado en 1873, se puede deducir que se trataba de un local con bastante poso y pedigrí y donde los intelectuales canarios tenían montada su tertulia desde hacía algún tiempo. Es lógico pensar que dicha solera le viniera al café de los años de permanencia en la Puerta del Sol, por lo que podría ser que su apertura se remontara al menos a la mitad de siglo. Así, al referirse Pérez Vidal al camarero Pepe, dice  que no se trata del llamado Pepe el malagueño, “que atendía a los canarios en la década anterior y que aparece en una caricatura…” lo que sitúa como mínimo sus inicios a principios de la década de los 60. Otros datos sitúan su fecha de apertura exactamente el 12 de octubre de 1861, aunque se refieren a un local denominado Universal, eso sí, pero situado entre Sol y Preciados, en un solar que hoy ocupa un gran almacén. No nos cuadra el dato, al menos del todo. Pero bueno, si no sabemos con certeza cuando se abrió al público, sí que conocemos su momento de cierre, en la década de los setenta del siglo XX, con lo que probablemente fuera uno de los últimos locales de estas características que puso punto y final a su vida útil, en pleno corazón de la Villa y Corte. A él se habían trasladado desde los años 20 de idéntico siglo los tertulianos del cercano café Imperial que habían tenido que emigrar cuando el cierre de ese establecimiento. Una de las peculiaridades del café Universal era que sus paredes estaban decoradas con innumerables espejos de lo que le vino el nombre de Café de los Espejos, por el que también era bastante conocido. Intentaremos describirlo con cierta fidelidad a la realidad y para ello vamos a echar mano del artículo aparecido en enero de 2014 en la Revista de Chiclana y que está firmado por Félix Arbolí. El escritor andaluz al comentar las impresiones que le causa la capital tras llegar a Madrid allá por los años 50 del siglo pasado, describe su primera presencia en el Café Universal. Dice Arbolí que se llevó una grata sorpresa porque no se esperaba que “al fondo de esa pequeña barra de la entrada, donde consumían los que iban de paso y con ciertas prisas, se hallara un enorme salón, con numerosas mesas de mármol, como todos los de entonces, sofás de color rojo y sillas de madera”. Ya tenemos, por tanto, un primer esbozo de este recinto tertuliano que amplía nuestro amable informador cuando remarca que lo que más llamó su atención es que al fondo del fondo, es decir, al fondo del salón se veía “una pequeña tarima con piano, silla y micro de peana”, seguramente para actuaciones musicales propias de aquella época. Sigue describiendo el escritor y periodista andaluz el ambiente que se respiraba en el Universal afirmando que se encontraba siempre lleno “petado, como dicen ahora. Su situación en el lugar más emblemático  y visitado de Madrid, lo hacían escenario de un numeroso y heterogéneo público. Todos revueltos, sin apenas espacio donde poder moverse con facilidad. Entre la concurrencia y en aquellas fechas -recordemos años 50, en plena España franquista- aún era fácil distinguir a los que viajaban con la boina y la maleta de cartón como en las películas de Berlanga y Pepe Isbert, para visitar a un familiar, vender algo o buscarse la vida en la gran ciudad”. Desertores del arado, rematamos nosotros y en ese sentido responde también Arbolí diciendo que “eran los llamados Isidros, por los que tenían y tienen a ese santo por patrón”. Completa su descripción del recinto cafetero nuestro desinteresado informador comentando que podía uno pasarse la toda la mañana entretenido y divertido con sólo observar a cuantos le rodeaban, “parejas que hacían manitas, entonces la única licencia permitida a los enamorados, reuniones de jubilados ocupando las mesas más cercanas a la tarima, charlas de negocios y encuentros imprevistos. Todo un mundo de posibilidades que su estratégica y céntrica situación le ofrecían. El turismo era todavía desconocido pues ni siquiera figurábamos en el contexto internacional como un país propicio para la visita y el nacional, parco de bolsillo, boina o gorra como máximo, era el único  que se advertía por Sol y calles colindantes”.

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Galdós en su juventud. Foto es.wikipedia.org

Tertulia canaria

No era ciertamente un lugar de excesivo glamour el Universal allá por los años de la autarquía, si hacemos caso a la descripción que de él nos hace Félix Arbolí, y qué lejos estaba el local de ser lo que nos describe Pérez Vidal en su noche de la tertulia canaria publicado por el Centro de Estudios Galdosianos. Se trata a nuestro juicio de una recreación dramatizada del ambiente de tertulia que se vivía en el Universal y que congregaba a un grupo de burgueses emigrados canarios, entre los que se encontraba, como personaje más importante actualmente, Benito Pérez Galdós. El escritor canario habría de dedicar un elogio de uno de los camareros del local, el citado anteriormente Pepe el malagueño, haciéndolo aparecer en un par de Episodios Nacionales, los titulados España trágica y La de los tristes destinos. Del texto dialogal se deduce que los canarios solían comentar con regularidad los avatares de la vida canaria desde la lejanía peninsular. Era motivo de algarabía el contar con un periódico recién traído desde las islas por algún viajero reciente, lo que permitía comentar la actualidad política del ayuntamiento de Las Palmas o de otros órganos locales de gobierno. El minúsculo paso teatral de dos escenas está situado durante la Primera República y los contertulios comentan la actualidad en función de sus orientaciones políticas. Hay que suponer, por tanto, que de sus estancias en el Café Universal, de su callada observación del entorno y de sus encuentros con toda la fauna propia de este tipo de establecimientos Galdós debió sacar en claro muchos tipos humanos que después plasmaría en sus novelas. En estos tiempos revueltos del Sexenio Revolucionario el genio canario ya comienza a ser un escritor conocido y ha publicado sus primeras novelas, entre ellas La Fontana de Oro, La Sombra y El audaz. Se halla en un año decisivo para su carrera y acaba de publicar el episodio Trafalgar. Por los veladores del Universal verá pasar desde alguna Fortunata hasta más de un cesante. Precisamente, muy cerca de aquí, en el número 3 de Alcalá, se encuentra el edificio del ministerio de Hacienda donde el protagonista galdosiano de los cesantes entre los cesantes, Ramón Villaamil, pasará sus penas, frustraciones y angustias relacionadas con la falta de destino. Y es que el Universal debió ser un observatorio adecuado para ver entrar y salir funcionarios del vecino ministerio y escuchar las veleidades relacionadas con su puesto de trabajo. Hay que imaginar a un Galdós siempre discreto y casi siempre callado, tomando notas sobre los diferentes perfiles humanos o incluso esbozando dibujos y caricaturas, a las que tan aficionado era, en el mismo mármol de las mesas, como queda reflejado en dicha obrita teatral.

Olga Ramos y el torero Vicente Pastor

Olga Ramos

Olga Ramos en un sugestivo cartel anunciador. Foto es.wikipedia.org

No son muchas -hay que insistir en ello- las referencias que hemos encontrado de personajes famosos que pasaran sus mañanas, tardes o noches tomando un cafetito entre charla y charla en los veladores del Café Universal. Al margen de Galdós, o de esos escritores sin nombre que se trasladaron desde el vecino Imperial, tenemos la certeza de la presencia regular en el local de dos conocidas figuras que han pasado con cierto renombre a la posteridad. Se trata de la cupletista pacense Olga Ramos y del torero de Embajadores, Vicente Pastor. A la cantante la encontramos en la tarima del salón del fondo del Universal entonando sus picantones cuplés alla por los años cincuenta. Su presencia en el local abarcó un periodo de unos veinte años. Época importante de su vida puesto que allí conocería a su marido, el director de orquesta Enrique Ramírez de Gamboa Cipri. Ramos habia nacido en 1918 en Badajoz y desde niña mostró el deseo de dedicarse al mundo de la música. Su familia le brindó la formación que necesitaba en ese campo, tanto en su Extremadura natal como ya en el madrileño Chamberi, barrio al que habían llegado con todas las ilusiones y casi nulo equipaje. Junto a su familia trabajó en el cine Bilbao, poniendo música con su violín a películas mudas. A partir de ahí comenzó una carrera itinerante por España y Marruecos hasta dar con su violín, su garganta y sus huesos en el Universal. Allí se la empezó a ver acompañada al piano por una señora algo mayor, muy delgada y con gafas, deleitando al personal durante algo más de media hora cada día con sus chotis y cuplés salidos de la imaginación de Cipri, compositor de gran parte de su repertorio. Ahí comienza a hacerse famosa la que a juicio de Félix Arbolí “tenía una voz muy singular, un meneo con mucho garbo y un vestuario de auténtica chulapona, con mantón y abanico incluidos, que acompañaban sus pasos y canciones con gracia y desparpajo. Fue sin duda la más gentil embajadora de la Villa del Oso y el Madroño, algo que ella supo desempeñar con maestría y orgullo”. Fallecería Olga Ramos en San Sebastián de los Reyes en 2005, como una madrileña más, dejando el más grato sabor castizo en la retina de los vivos. Como lo haría el torero nacido en el barrio de Embajadores y llamado Vicente Pastor y Durán, en este caso en la memoria de los aficionados a la fiesta de los toros. También fue, al decir de los cronistas, un feligrés habitual del Cafe Universal. El llamado en sus inicios Chico de la blusa había visto la luz en 1879 y su apodo le venía por los tiempos de maletilla, cuando acostumbraba a saltar al ruedo vestido con blusa y gorrilla azules para torear los astados embolados que soltaban en Madrid cuando finalizaban algunas novilladas. Tomó la alternativa en septiembre de 1902 de la mano de Luis Mazzantini, con un toro de Veragua llamado Aldeano. A pesar de no ser una figura de primer orden del toreo se le reconoció una indiscutible calidad en lo que se refiere a la ejecuión de las suertes, con valor, determinación, pundonor, severidad, honradez, destreza, sobriedad, dominio y severidad. Le faltaba, a juicio de los entendidos, cierta belleza y elegancia pero, bueno, nadie es perfecto. Mataba extraordinariamente y el reconocimiento de los entendidos lo tuvo siempre, incluso después de cortarse la coleta el 23 de mayo de 1918. Su gran popularidad entre los madrileños se prolongaría hasta su fallecimiento en 1966 aunque durante los últimos años de su vida pasó carencias materiales que obligaron a montar una corrida homenaje para mitigar sus necesidades más perentorias. Triste final para una persona a la que imaginamos, más que en las mesas, de pie junto a la barra del Universal comentando pasados lances ante algún aficionado, o confiando viejos secretos al limpiabotas mientras le lustraba un par de viejos aunque cuidados zapatos, o cómo no, dibujando aquellas verónicas de alhelí que tan caras eran al gran Lorca quien, por cierto, en alguna ocasión se dejaría caer por el Universal acompañado del depistado payés del Ampurdá, Salvador Dalí, o junto al recio y aragonés Buñuel, en sus tiempos de la Residencia de Estudiantes. Aunque fuera por equivocación.

 

 
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Publicado por en abril 10, PM en Cafés