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Calle del Pez

01 Abr
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El pez en honor de Blanca Coronel

La calle del Pez no es precisamente una calle muy flaneada. Y no porque no tenga atractivos para merecer un buen paseo. Pero, como tantas otras zonas de Madrid, no parece interesar al turista, seguramente porque sus atractivos no están adecuadamente publicitados. No se trata de cambiar la idiosincrasia de una vía que tiene historia para regalar a manos llenas pero sí sería conveniente que los organismos públicos la incluyeran en algún plan de rehabilitación de espacios urbanos tradicionales. Obviamente, si es que existe realmente algún proyecto de este tipo durmiendo en algún cajón o en la mente de alguien con capacidad de decisión. Porque la calle del Pez lo tiene todo para ser atractiva, es decir, pasado y presente.Y esperemos que también futuro. El pasado nadie lo pone en duda, no así el presente y el futuro. Hay quien sólo ve en la actual vía la estrechez de su discurrir o el aspecto un tanto lóbrego de algunos de sus edificios. No se tiene en cuenta que se trata de una vía que aun actualmente podría ser descrita por un Galdós que nos visitara redivivo, o un Baroja, o incluso un Gómez de la Serna, quienes le darían el toque literario que seguramente haría poner las orejas alerta a quienes sólo ven en ella un espacio que se ha quedado atrás en cuanto a la modernidad se refiere. Pero es precisamente ese desdesñar las modas actuales lo que le da un encanto especial. La ausencia de centros comerciales, templos de la moda o espacios de comida basura al uso es parte de ese atractivo que hace que algunos prefiramos, en muchas ocasiones, transitarla evitando dejarnos llevar por la masa, de escaparate en escaparate, desde Plaza España a Callao, por ejemplo.Y es que a quienes llegamos a Madrid hace ya muchos años, con una mano delante y otra detrás y con la boina a medio esconder por temor a ser reconocidos como paletos, el nombre de calle del Pez nos recuerda nuestra más tierna infancia y aquellos tebeos de segunda mano donde leíamos las peripecias de héroes hambrientos o detectives chapuceros. Cuando lo personajes aludían a alguna dirección solía aparecer en las viñetas el nombre o la placa dibujada de la calle del Pez y nos imaginábamos cándidamente, qué sé yo, alguna vía de más glamur. Al llegar a Madrid comprobamos con decepción que se trataba de una vía escasamente transitada, a espaldas de la Gran Vía, algo así como la hermana pobre del eje del neón. Sin embargo, poco a poco la fuimos conociendo y, si bien su apariencia nunca fue tan atractiva como la de otras vías más renombradas, sí quisimos ver lo que había tras la fachada, es decir, mucha personalidad, mucha trastienda, mucha humildad, en definitiva. Y eso hizo que nos atrajera aún más. No ha hecho falta vivir en la zona, no se trata de justificar si es o no es una vía moralmente intachable, se trata de aceptarla como es. Pero hay que volver a lamentar que no se les haga un lavado de cara a sus edificios. ¡Lástima!, porque podría convertirse en una de las rúas más atractivas para flanear, sin ruidos, sin agobios, sin más obligaciones que las de ir degustando el sabor del Madrid más tradicional, más castizo y más matritense, si se me permite la redundancia, sin tener que alejarnos del corazón de la urbe, de tasca en tasca, al calor de un pincho, una caña y un comentario socarrón escuchado en un viejo velador situado al lado de la barra, según se entra a mano izquierda.

El cura Diego Henríquez y los pececitos de Blanca

Es conocida la historia de los orígenes de su actual denominación de calle del Pez y nos referiremos a ellos posteriormente pero dejésenos empezar por el principio, en cuanto a datos históricos, y por el final, en cuanto a su numeración. Partamos de la esquina de dicha calle con la Ancha de San Bernardo y digamos que el espacio comprendido entre ésta y la calle de Pozas se llamaba hasta finales del siglo XVIII calle de la Fuente del Cura. ¿Por qué? Fácil de imaginar. Porque allí había una fuente propiedad del eclesiástico Diego Henríquez. Dicho religioso tenía en el lugar una finca en cuyos jardines había cinco pozos y una fuente, a lo que se ve de finísimas aguas, que contaba con varios juegos de surtidores. El día de San Juan, Henríquez abría las puertas de su finca y dejaba pasar y presenciar el espectáculo de los surtidores a cualquier persona que mostrara interés. Nos lo cuenta una vez más Pedro de Répide en su obra Calles de Madrid quien, abundando en la información, nos dice que este sacerdote había tenido “por madrina cuando misacantano a la famosa doña Juana de Mendoza, la Ricahembra”. Y dice también Répide que el cura de la fuente murió a avanzada edad estando de paseo por sus jardines, hallando los criados su cadáver apoyado en la taza de la fuente. Todo esto ocurrió antes de que en tiempos de Felipe II la Villa de Madrid adquiriera la finca de Enríquez para construir viviendas y colocara otra fuente, cuyas aguas seguían surtiendo la cercana de la calle de la Cruz Verde, al menos hasta principios del siglo XX. En la posesión que fue del cura Enriquez había un estanque que pasó a manos del comprador de esa parcela, llamado Juan Coronel, a la sazón marqués de Escalona. Dicho estanque contaba con un nutrido banco de peces que poco a poco fue desapareciendo. Cuando solamente quedaba un pez, Blanca Coronel, hija del marqués, lo recogió con la intención de mantenerlo con vida el mayor tiempo posible. Pero, fatalidad, el pececillo murió “con gran desconsuelo de la mimada muchachuela. -dice El ciego de Vistillas- Don Juan hizo labrar en la fachada de la casa que construía, esquina con la calle Jesús del Valle, un pez de piedra y un letrero en que se leía; Casa del Pez”. Otros historiadores hablan de que dos eran los peces que causaron la desazón final de doña Blanca Coronel. Sea como fuere, aún hoy se pueden observar el pez labrado en la fachada de la casa que ocupara el solar de la que construyera en su día Coronel. No se nos olvide reseñar que Blanca decidó profesar como religiosa en el cercano convento de san Plácido, siendo una de las primeras monjas en entrar en el cenobio y una de las que sufrieron en sus carnes los escándalos de aquel famoso recinto de oración.

cONVENTO DE San Plácido

Fachada del convento de San Plácido

El trajín del convento de san Plácido

En novimebre de 1623 se puso la primera piedra del convento de san Plácido, situado en nuestra calle pero con muros a la de San Roque y De la Madera. Se construyó por orden de doña Teresa del Valle de la Cerda, según Répide, “dama de veintidós años y copiosa fortuna, con quien tenía concertado matrimonio el noble caballero don Jerónimo de Villanueva, protonotario de Aragón y secretario de Estado”. Parece ser que doña Ana se rajó a última hora y dejó al de Villanueva compuesto al pie del altar. Pero para mitigar la desilusión del novio decidió nombrarlo patrono del convento mientras ella se autoproclamaba priora de la congregación aunque oficialmente fuera designada para el cargo por las monjas. El frustrado pretendiente se construyó una casa adosada a los muros del convento, en la vecina calle de La Madera. Según nuestro guía “la calidad de aquel personaje hacía que su domicilio fuera frecuentado por la brillante sociedad de su tiempo y entre los concurrentes se encontraban el conde-duque de Olivares y el mismo rey Felipe IV”. Ya se imaginan queridos lectores la que se avecina en nuestra narración. No se trata de extenderse en los pormenores pero reseñemos que cuatro años después de puesto en funcionamiento el convento un escándalo mayúsculo salpicó a sus residentes. Según cuenta tan graciosamente Répide se trataba “del primer suceso ruidoso que atrajo la atención de las gentes hacia aquella comunidad”. Según el confesor de las religiosas, un fraile benedictino apellidado García Calderón, la mayoría de ellas habían sido poseídas por Lucifer. Sólo se habían salvado las de más avanzada edad y las menos agraciadas físicamente. Casualidades de la vida que la Inquisición no se tragó. Detuvo al cura, a las monjas y a la priora y empaquetó a todas rumbo a la cárcel del Santo Oficio de Toledo. Proceso al canto. El sacerdote fue condenado a prisión perpetua, ayunos y disciplinas varias y la priora, merced a sus influencias, pudo volver a dirigir el convento. Pero parece ser que no se arredraban las gentes de aquella época en cuestiones de bragueta y poco tiempo después el patrono del convento, Jerónimo de Villanueva, confesó al rey Felipe IV, en una de sus visitas a su residencia, que en el recinto religioso había una monjita de muy buen ver. Para qué más. Dicho y hecho. Y ahí me tienes al cuarto de los Felipes que quiere ver a la dama “en el locutorio, donde pasó disfrazado; prendose de ella el rey y, favorecido por la autoridad del patrono, tadas las noches iba a visitar a Margarita, que así se llamaba la religiosa y platicaba largamente con ella”. Después no se conformó con platicar. Fue abierto un acceso al convento por la casa de Villanueva que, recordemos, lindaba pared con pared, para aplacar el “encendido apetido de don Felipe”. Dejemos de lado los detalles porque son hartamente conocidos. Y quien no los conozca se los puede imaginar. Aquello se les fue de las manos, acabó como el rosario de la aurora y otra vez dando trabajo al Santo Oficio. En esta ocasión tanto el monarca como el conde-duque debieron echar mano de sus mejores tretas diplomáticas para evitar males mayores. Hay que recordar que nos referimos a una época en que la Santa Inquisición tenía tanta fuerza como el propio Estado y donde las competencias entre poder político y religioso no estaban siempre suficientemente claras, con los consiguientes roces que ello supuso en numerosas ocasiones. Decir que el actual convento es una reconstrucción que data de 1912 con el sencillo estilo castellano del siglo XVII.

Cine Ena Victoria y Teatro Alfil

Incendio cine Ena Victoria

Incendio del Ena Victoria en prensa

En el espacio que ocupó el antiguo convento de San Plácido se instaló a principios del siglo XX un almacén de alfombras y esteras, un tiro al blanco, un cafetín y… el coliseo Ena Victoria. Se trataba, este último, de uno de los primeros locales de proyección cinematográfica. Era propiedad de dos militares y comenzó sus emisiones el 19 de diciembre de 1906. Era un local muy limitado en cuanto a infraestructura, algo habitual en aquel tiempo donde el cine no dejaba de ser una novedad más cercana a un espectáculo de feria de los de peor calidad y fama que a lo que después se ha considerado como séptimo arte. Su programación alternaba las proyecciones con lo que se denominaba varietés, además pequeñas obras teatrales de carácter popular. Fue el primer local que instaló el cine con voz, “el novedoso sistema Elgephon, cinematógrafo parlante, verdadera y última maravilla de la mecánica moderna, construido por la casa Gaumont de París”, al decir de la prensa de la época. A pesar del éxito de público, que no de crítica, el 2 de enero de 1908 el local fue devorado por las llamas y se llevó por delante, además de la sala de  proyección, todos los locales comerciales instalados en lo que fuera convento de san Plácido. Parece ser que los dioses no estaban con el nuevo invento y se decidió volver a tiempos pasados y reconstruir el cenobio, cuyas obras finalizarían dos años después. Es el edificio que actualmente se puede contemplar. Hacia mediados del siglo XX se inauguraría en la cercana esquina entre Pez y Madera otro local para espectáculos al que hoy conocemos como Teatro Alfil. En principio se trataba de una sala de cine, de sesión matinal, donde estudiantes y aficionados disfrutaban de las hoy añoradas programaciones dobles. En los años setenta se convirtió en sala teatral y de cabaret y durante los tiempos de la movida ofreció conciertos de los grupos que iban surgiendo. Durante los noventa se centra en la programación teatral, ahora de contenido social, y poco después el otrora renombrado concejal Ángel Matanzo ordenó su cierre durante un tiempo. Alegaba el singular y pintoresco edil que contravenía la normativa municipal aunque todo el mundo apuntaba a la escasa capacidad del pepero para soportar la crítica hacia su persona que se vertía noche tras noche en un espectáculo programado. Lo cierto es que se trataba de un local con una densa vida nocturna, algo que provocó ciertamente las protestas de los vecinos que habitaban los pisos superiores del inmueble. La compañía Yllana se hace cargo de su gestión en la segunda mitad de la última década del siglo y lo dedica a programar novedosos y arriesgados espectáculos transgresores, a mitad de camino entre lo comercial y lo alternativo. Hoy en día sobrevive, que no es poco, gracias a una programación fundamentalmente humorística, dedicada a un público preferentemente joven. Acoge durante los últimos años un festival internacional de teatro de humor.

Palacio de los Bauer

Entrada principal del palacio de los Bauer

Palacio de los Bauer

Refirámonos por último a uno de los varios palacios que otrora adornaran la calle del Pez. Dejamos a un lado el palacio de Bornos, también en la confluencia con la calle de La Madera y el del duque de Baena, en la esquina de Pez con Pozas y nos centramos en el de los Bauer. Se trata de un hermoso y sobrio caserón situado en la esquina con la calle San Bernardo, construido en el siglo XVIII y reformado en el último tercio del XIX, coincidiendo con su adquisición por parte de esta familia de banqueros judíos. Hoy en día constituye un ejemplo indiscutible de palacio decimonónico, de sólidas fachadas a ambas vías, en las que destacan zócalos, esquinas y recercados de cantería además de los antepechos de forja de los balcones. Hay que destacar también la espectacularidad de su portada barroca y el encanto de su jardín romántico. En su interior se debe prestar atención a la carpintería, la decoración de los techos de los salones de la crujía del jardín y, sobre todo, detenerse a contemplar el salón de música, alma de la casona a decir de los expertos y obra del arquitecto restaurador Arturo Mélida, con sus ribetes neorrococó y sus decoraciones pompeyanas. Los Bauer lo ligaron a la historia de la música española pues no en vano fueron nombradas las fiestas dadas por esta familia en sus salones, donde primaba el elemento musical . Actualmente es sede de la Escuela Superior de Canto. La familia de banqueros hebreos llegaron a nuestro país con la intención de hacer dinero en los negocios y se hicieron con empresas importantes, entre otras, Minas de Almadén. Para poder penetrar en los cenáculos del poder y mover sus influencias nombraron accionistas de sus compañías a políticos cercanos a los centros de decisión. Se trataba de una familia culta y refinada que decidió reformar el viejo caserón y darle una utilidad social que beneficiara la consecución de sus objetivos económicos. Se trataba también de una familia con intereses coleccionistas en el campo de la pintura y la escultura y la decoración interior del palacio responde a ese educado gusto por el arte.

Mucho por decir

Abandonamos la calle del Pez con la certeza de que queda mucha tinta en el tintero, muchos datos por escribir. Nada hemos dicho de la vida de esta calle cuando la Universidad Central de Madrid se encontraba en la aledaña de San Bernardo y la rúa piscícola estaba repleta de pensiones donde habitaban los estudiantes, de restaurantes donde estos reponían fuerzas, de tabernas donde se producían sus animados debates, de las librerías donde se compraban sus libros ni de las sastrerías donde se cortaban sus trajes. Nada hemos comentado tampoco del prestigioso y tradicional comercio de antaño, cuando no existía la Gran Vía y Pez se constituía en eje norte sur de la parte noroeste de la capital. Apenas nada hemos apuntado de los años de la movida en los que nuestra rúa formaba parte del mundillo del barrio que tanto lustre dio a la capital con sus grandezas aunque también con sus miserias. Nada hemos dicho tampoco de los gatos pardos de la noche que en la calle del Pez solían tener refugio y que, también hay que decirlo, contribuyeron a que disminuyera la afluencia de visitantes. Nada hemos referido de la aparición en la literatura de esta calle, con singular presencia en la novelística de Galdós, o las referencias que aparecen en la Crónica del rey pasmado de Torrente Ballester. Y nos quedamos con pena de no dedicar un párrafo a la iglesia de San Antonio de los Alemanes que aunque tiene su portada en la Corredera Baja de San Pablo, esquina con la calle Puebla, los muros del templo se pueden divisar si transitamos por la calle del Pez en sentido inverso a su numeración. Ni tampoco hemos comentado que durante el Sexsenio Revolucionario la calle cambió su denominación por la de Moriones, ni que el caserón que se encontraba donde más o menos tenemos hoy la plaza de Carlos Cambronero acogió la Institución Educativa Real Pestalozziana, que por iniciativa del primer ministro de Carlos IV, Manuel Godoy, introdujo en España allá por 1805 la educación física como materia obligatoria en el sistema educativo. Dicho centro pedagógico prohibía el castigo físico y propugnaba la experiencia y la intuición como forma de aprendizaje. Tiempo habrá para detenernos en otra paseo y poner la lupa en los numerosos secretos que nos deja esta vía aparentemente insípida aunque sólo para los ojos perezosos que no intenten penetrar en la memoria de los viejos edificios.

 

 

 

 

 

 

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Publicado por en abril 1, PM en Calles

 

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