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Monumental de Las Ventas

03 Abr
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Imponente perspectiva de Las Ventas

Estamos ahora mismo en pleno centro, en la Puerta del Sol. Y nos disponemos a coger el Metro porque nos vamos a deplazar hasta la Plaza Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo, al coso taurino más importante del mundo aunque no sea el que más aforo permita ni el que disponga de un redondel de mayor diámetro. Cogemos el primer convoy que llega por el andén de la línea 2, la línea roja, la que hasta hace poco unía Cuatro Caminos con Ventas y que ahora se prolonga hasta Las Rosas. Ya el apeadero está de bote en bote y un murmullo reconocible anuncia que casi todos los que por allí alargamos la cabeza hacia el túnel entre ilusionados y nerviosos profesaremos durante unas horas la misma religión. No es que vayamos vestidos igual porque el casticismo propio del evento hace tiempo que desapareció pero aún se puede ver alguna gorra campera, más de una camisa desabrochada hasta más allá del cuarto botón y algún que otro abanico, generalmente en manos femeninas. Ellas van algunas incluso de peluquería, han pedido cita esta misma mañana a la Juani, la de Rizos, para que se los ponga a punto porque la ocasión lo merece. No todos los días se va a los toros. Es San Isidro. Entramos en el vagón un poco apretados. No hace falta cogerse de la barra central porque la densidad de población evita cualquier percance desagradable producido por un frenazo intempestivo del maquinista al llegar a uno de los puertos de desembarco del ferrocarril metropolitano. Estamos ya en Retiro y me palpo el bolsillo de la camisa para ver si los dos habanos, que me he agenciado en un estanco de Sol, siguen en su sitio intactos. Una madona oronda me aprieta contra una barra vertical con su ambicioso trasero. Sin mala intención, eso sí, pero con la de hacerse sitio para que su acompañante, castizamente aderezado con traje, corbata y clavel en el ojal, no sufra los rigores de la aglomeración. Ya llegamos a Ventas. Salimos todos del vagón como si no hubiera un mañana y alcanzamos el exterior entre algún tropezón en las escalerillas de salida y algún que otro empujón. Todavía queda tiempo suficiente para comprar la almohadilla, acomodarnos tranquilamente en nuestro tendido del cuatro y esperar a la hora en punto para escuchar impacientes los clarines y las trompetas que anuncian que el paseíllo está a punto de comenzar. En el trayecto entre la boca de Metro y la puerta de acceso a la plaza nos hacemos con unas pipas en uno de los numerosos puestos de puntapié instalados desde illo tempore en los aledaños. Un reventa nos aborda. No es necesario, vamos provistos -pensamos mientras echamos una ojeada de respeto y veneración a la ya tradicional estatua de José Cubero Yiyo, que adorna la plazoleta desde hace ya cerca de treinta años-. Por fin penetramos en el templo de los templos del toreo, en la catedral del arte de Cúchares, en el coso taurino más importante del mundo, en la Plaza Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo.

Una idea de Joselito “El Gallo”

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De Joselito el Gallo partió la idea de construir un nuevo coso

A principios del siglo XX la fiesta de los toros se había convertido en un espectáculo de masas que cada día que pasaba contaba con más adeptos. Por esas calendas Madrid podía disfrutar de las mieles que le ofrecían los mejores diestros en sus diversas plazas. La más importante de ellas era la que estaba situada en la calle Goya -en el solar donde hoy se levanta el Palacio de los Deportes-, llamada también de la Fuente del Berro o de la carretera de Aragón. El aforo de dicho coso se había quedado pequeño para las exisgencias de la afición. Las 13.120 localidades que salían a la venta resultaban escasas cuando la temporada estaba en pleno apogeo o cuando alguno de los más afamados espadas hacían el paseíllo cualquier tarde de sol y moscas. Nos encontramos a mediados de la segunda década del vigésimo siglo, hace casi cien años, y en esos momentos una de las máximas figuras del toreo de entonces, José Gómez Ortega, Josélito el Gallo, pone sobre el tapete la necesidad de construir un nuevo recinto taurino porque el de Goya indiscutiblemente se ha quedado pequeño. Argumentaba Joselito que era necesario abrir el espectáculo a toda la ciudad y un coso de mayor aforo permitiría abaratar los billetes y extender la afición a las capas sociales más populares. El hecho de que no hubiera otra forma en esa época de presenciar la fiesta nacional que la de acudir al recinto taurino hacía que una parte de la afición tuviera que contentarse con saber del festejo bien por lo que narraban al día siguiente los críticos de prensa o bien por lo que contaban los aficionados al salir del festejo, a última hora de la tarde, en alguna de las muchas tascas abiertas en la calle de Alcalá. Incluso, si se tenía suerte, podía uno adivinar una verónica de Frascuelo o un volapié de Lagartijo acercándose a algún aficionado presente en la plaza que los dibujaba en la acera de la plaza de la Independencia, de vuelta a casa. Hacia 1918 la Diputación Provincial da el visto bueno al nuevo coso, el arquitecto amigo de Joselito, José Espelius, diseña el proyecto y la familia Jardón, ganaderos de El Jaral de la Mira, cede unos terrenos situados en las llamadas Ventas del Espíritu Santo, en la ya carretera de Alcalá, con la condición de explotar el recinto durante los siguientes 50 años. El día de San José de 1922 se inician las obras que al final elevarían el presupuesto a 12 millones de pesetas desde los algo menos de ocho calculados en un principio. Y siete años más tarde, en 1929, el recinto neomudéjar en ladrillo visto sobre estructura metálica está finalizado. Una corrida de carácter benéfico será el primer espectáculo que se ofrezca al público el 17 de junio de 1931. Pero será una salida en falso. Los alrededores de la plaza no es encuentran en condiciones aceptables para albergar espectáculo de semejante magnitud. El recinto se ha construido en una de las zonas más depauperadas de la ciudad. Por allí además pasan los cortejos mortuorios camino del cementerio, allí abrevan bestias de carga y allí se levanta un foco de chabolismo y población marginal. En consecuencia habrá que esperar al 21 de octubre de 1934 para presenciar la primera corrida ya en serio y, por consiguiente, la inauguración definitiva. Toros de Carmen de Federico que son lidiados por tres de las máximas figuras de entonces, Belmonte, Lalanda y Cagancho. Cerrojito será el primer astado que tendrá el honor de doblar manos sobre el nuevo albero y El Pasmo de Triana, es decir Belmonte, cortará el primer rabo al toro Desertor. El edificio había sido decorado a base de azulejo cerámico y en él figuraban los escudos de todas las provincias españolas además de otros motivos ornamentales. Tenía y tiene una capacidad para 23.798 asistentes y su ruedo mide 61,5 metros de diámetro. El ancho del callejón supera en veinte centímetros los dos metros. Las localidades se dividen en diez tendidos divididos a su vez en tendido, grada y andanada y, lógicamente, sus precios varían si se trata de sombra o sol o dependiendo de si se está más cerca o más lejos del ruedo. A partir de 1935 comenzaron a celebrarse las temporadas taurinas con la normalidad que se venía haciendo en el no muy lejano coso de Goya. Sin embargo, las circunstancias parece que no dejan arrancar definitivamente al nuevo recinto ya que un año más tarde la Guerra Civil obligará a paralizar los espectáculos. Durante el trienio bélico el coso neomudéjar de Ventas se convertirá en huerto y habrá que esperar al 24 de mayo de 1939 para que recupere el uso para el que fue construido.

Feria de San Isidro

La primera Feria de San Isidro comenzó el 15 de mayo de 1947 con un festejo en el que alternaron Rafael Ortega Gallito, Manuel Álvarez El Andaluz y Antonio Bienvenida. La idea de crear una feria fue del entonces gerente de la plaza, Livinio Stuick, con el fin de adelantar la temporada primaveral y volver al tradicional abono de antes de la guerra. Con la Feria nació y comenzó a crecer el verdadero prestigio de este coso, que lo ha convertido en el de mayor trascendencia del mundo. Cuando se dice que Madrid da y quita se alude a una afición que es juez de lo que ve en el ruedo y cuya experiencia ha ido fraguándose desde la posguerra hasta los años sesenta, hasta convertirse en madura, seria, inteligente y exigente, como nunca se ha visto en ninguna plaza del mundo. Sin embargo, hay que afirmar sin ambages que, durante los últimos años y a medida que han ido despareciendo los viejos aficionados, la plaza ha perdido muchos de los valores que la encumbraron como cima del arte de Cúchares. Esos viejos y añorados aficionados han ido siendo sustituidos por otros de saldo y ocasión que acuden a Las Ventas más a dejarse ver que a observar lo que sucede en el ruedo. Poderoso caballero es don dinero y en este caso más aún pues durante las últimas temporadas el coso de la calle de Alcalá se ha convertido en una feria de vanidades que haría sonrojarse a quienes tanto lucharon por tener un recinto monumental para rendir honroso culto a la pelea entre el hombre y el toro. Pero una vez más, es lo que hay.

Tendido del siete

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Aficionados del Siete mostrando su malestar

Si hay un grupo de aficionados que intentan mantener vivo el fuego del purismo taurino y defienden las esencias como si en ello les fuera la vida -y seguro que les va- son los que se sientan en el denominado tendido del siete, que ha creado escuela, sin duda. Pero como no somos ni expertos ni diestros en cuestiones taurinas dejemos la palabra al vicepresidente de la peña El puyazo, Adolfo Jiménez, quien en una entrevista realizada hacia 2006 por el blog taurino Opiniónytoros dejó descrita a la perfección la idiosincrasia de este grupo de batalladores en defensa del toreo por derecho. Lo primero que define a estos aficionados, según Jiménez, es el hecho de que asisten a los toros durante toda la temporada se trate del ciclo isidril o del más humilde de los festejos agosteños para turistas japoneses. Por otra parte, que nadie profano en la materia imagine que se trata de una peña, una asociación o algún colectivo similar organizado. No. Se trata de personas que coinciden grupalmente por casualidad y que al acabar el festejo, en palabras de Jiménez “se diluyen como un azucarillo por las bocas del metro y no vuelven a aparecer ante los ojos de los que les critican hasta que una nueva corrida se vuelve a dar y en ella aparezcan signos de alguna manipulación. En esos momentos, aquellos que quisieran que la tropelía se consumara vuelven a ver al tendido siete. Sólo ellos lo ven”. Los del siete son gente que saben de qué va la fiesta. Por eso escogen ese tendido, cercano al lugar donde se realiza la suerte de varas, al burladero de matadores, a la puerta grande, es decir, cerca de donde se cuecen los arcanos de la lidia. “Así se hace más fácil comprender sus posturas ante lo que ven en el redondel”, según juicio del presidente de El puyazo para quien, por tanto, es lógico que “exijan, pues saben mucho de esto. Protestan porque saben de lo que va y conocen sus derechos. Son celosos del toro que ha de salir, pues como aficionados que son, requieren el toro íntegro para dar sentido a cuanto ha de venir después. Rigurosos con los toreros, sobre todo con los anunciados en San Isidro, pues conocen las condiciones de todos los matadores que pueblan el escalafón y con ello, tienen escalafón propio, que no coincide en casi nada con el que se nos ofrece en el carrusel en el que están montadas las fiestas. Y sueñan y luchan -y eso nunca será un delito- por una Fiesta mejor y más digna”. Continúa Adolfo Jiménez diseccionando la personalidad de estos dignos aficionados y de ellos añade que “tras sus abonos está la experiencia y a pesar de haber mejorado económicamente muchos no se marchan de allí. El siete es la suma, así de claro, de la afición de muchos cientos de aficionados de siempre de Madrid. Eso les une, nada más y nada menos. Unos conocimientos arraigados en una afición señera, en muchos casos heredada de sus mayores, que sigue teniendo a bien entender de toros y de toreros y que no quiere perder aquello que ama: una Fiesta de verdad donde el toro ostente el papel tan importante que le corresponde. Yo pido un respeto para el único público al que de verdad le preocupa la Fiesta”.

Museo taurino

Museo-taurino

Complementos taurinos y cuadro en primer término de Antonio Chenel, Antoñete, en el museo taurino

El coso venteño cuenta desde 1951 con un museo taurino. Se inauguró en tiempos de la antigua Diputación de Madrid y su puesta en marcha fue posible gracias a las donaciones de particulares. Según recogemos del diario ABC , en concreto de un reportaje aparecido con ocasión del anuncio de la remodelación y ampliación del mismo en 2011, la galería de muestras del arte del toreo ha ido creciendo progresivamente desde que iniciara su andadura. Espadas como Antoñete, Gregorio Sánchez, Julio Aparicio, Paco Camino o Cayetano Rivera han donado diferentes presentes relacionados con su oficio. El museo, al que se puede acceder gratuitamente en horario comercial matutino, por la entrada trasera del ruedo, consta de cinco salas que ocupan una superficie de cerca de 600 metros cuadrados en los que se pueden contemplar diferentes recuerdos y reliquias relacionados con la historia del toreo. El traje que lució Manolete en Linares la fatídica tarde de su cogida mortal quizás sea uno de los objetos de culto más caros tanto para los puristas de la fiesta como para el público menos entendido. Desde el punto de vista artístico, los grabados de Goya tienen un valor excepcional así como las esculturas de  Mariano Benlliure u obras de magos del pincel de la talla de Miquel Barceló o Eduardo Arroyo. Hay cabezas de toros de los miura Jocinero y Perdigón, que hirieran de muerte en el coso venteño a Pepete y Espartero. Actualmente, y tras las últimas remodelaciones, el museo está ordenado temáticametne según las épocas y la luminosidad del espacio hace que siempre sea agradable, además de pedagógico, darse un paseo una mañana cualquiera en periodo vacacional. Y si aquí, en España, no se valora adecuadamente lo que ha significado la Fiesta en la historia y la cultura de nuestro país tenemos a la afición francesa que reconoce el mérito del devenir taurino, reflejado en la taurinoteca. No en vano, son los aficionados galos, los que estadísticamente acuden en mayor cantidad a realizar una visita al recinto museístico. Y nos vamos. En el tintero se nos queda la historia de otros cosos que marcaron y labraron la historia del toreo matritense, desde los primeros festejos desarrollados en la Plaza Mayor hasta la primera plaza ad hoc construida en El Retiro para conmemorar la subida al trono del rey de Hungría y emperador de Alemania, Fernando III, el 19 de febrero de 1637. Para mejor oportunidad queda también la plaza de toros de la calle de Alcalá, situada donde hoy en día se levanta la Puerta y donde se inspirara Francisco de Goya para sus óleos taurinos. La propia plaza de Goya, o la de Tetuán, o la más reciente de Carabanchel, la recordada Chata, están en nuestra memoria. O incluso otras más humildes como las que se construyeron en el pueblo de Vallecas cuando todavía no estaba anexionado a la capital. En otra ocasión y en otra entrada podremos pormenorizar sobre sus también dignas y extensas historias configuradas gracias a grandes faenas, grandes tragedias, grandes enfados del siempre respetable y muchas, muchísimas tardes en las que la puerta grande se abría para deleite de unos y otros, cuando ya el sol se escondía más allá de los confines de la Casa de Campo.

 

 

 

 

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Publicado por en abril 3, PM en Obra civil

 

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