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Plaza de Santa Ana

18 Abr
Plaza santa ana. www.sientemeadrid.es

Vista general de la plaza de Santa Ana. Foto http://www.sientemadrid.com

“Victoriosa la luz del nuevo siglo en el primer cuarto de su vida, queda clara, despejada, dedicada al refresco libre, lugar de reventa de billetes para los circos de Madrid, comercio de flores, pájaros, monos…/… las terrazas la dominan y hacen de su jardín sitio en que apurar una cerveza rubia, que parece emanar de una fuente de juventud que brota en el jardín, quizás de ese cisne de plomo que es ahora su surtidor y que, proyectado para la plazuela del Cisne estuvo algún tiempo en el patio del convento de San Felipe el Real. Aquellos árboles de antiguo jardín conventual, bajo los que se sentía la sombra monumental del dramático pasado, desaparecieron, ¡ay! para que fuesen implantados otros árboles de zarzuela y estos bancos inhóspitos, que son como baños secos para el transeúnte”. Esto decía Ramón Gómez de la Serna de la plaza de Santa Ana en el primer tercio del siglo XX. Y a fuer de sinceros, bien podríamos apoderarnos de sus palabras y contextualizarlas en la actualidad para describir la actual plaza, sobre todo, en lo referido a los bancos inhóspitos que son como baños secos para el transeúnte. Será porque lo que interesa en la actualidad es que la gente se siente poco en esos duros poyos de piedra y decida acudir a las cervecerías o terrazas que se encuentran en sus aledaños para apurar la tantas veces deseada rubia con espuma. Por lo demás, también es válido el carácter de recinto o solar despejado y, claro, quizás, si hoy viviera De la Serna, echaría de menos los locales de venta de billetes circenses o el comercio de pájaros. En cualquier caso, la plaza de Santa Ana siempre es un lugar de flaneo de primera división, qué decimos, de championlí, fundamentalmente ahora que se acercan las calendas más bonacibles o a última hora de una tarde del mes de agosto, cuando ya las piernas muestran sus quejas por el excesivo ir y venir por las callejuelas que la circundan. Estamos en pleno barrio de Las Letras y cuando uno se interna por estos andurriales es de obligado cumplimiento no pasar nunca de largo y sí detenerse en algunos de los numerosos enclaves en los que echar la imaginación a pasear y aprovechar la memoria para saborear momentos de la historia de este país, tanto en el apartado político como en el literario, el taurino o incluso el arquitectónico. El Teatro Español la proteje, el Gran Hotel Victoria la relaciona con el mundo de la tauromaquia y su propio nombre popular la vincula a un pasado de tornos y tocas que entronca nada menos que con nuestros místicos del primer Siglo de Oro, el XVI. La realeza está presente en su denominación oficial e incluso un revolucionario tuvo el honor de prestarle su apellido para un paréntesis de varios años durante el bullicioso Sexenio Revolucionario.

Plaza de Santa Ana, del Príncipe Alfonso o de Topete

Porque la plaza de Santa Ana no se llama de esta manera oficialmente sino plaza del Príncipe Alfonso, en honor de quien durante un breve pero convulso periodo de la historia de España reinara con el nombre de Alfonso XII. Pero desconocemos que haya alguien que así la llame porque, si lo hace, nadie sabría ubicar el lugar. De facto, ha sido, es y será, creemos durante bastantes años, la plaza de Santa Ana. Y aunque nosotros podríamos aquí argumentar el porqué o los porqués, una vez más nos pide paso Pedro de Répide y nosotros accedemos gustosos a que sea él quien nos justifique la denominación. El ciego de Vistillas dice que la denominación se le dio “por haberse formado al quedar derribado el convento de las monjas de ese nombre”. Y nos comenta por lo bajo Répide que durante el siglo XVII, por la parte de la calle Núñez de Arce, entonces calle de La Gorguera, tenía la entrada el palco regio del teatro de la Cruz -no confundir con el del Príncipe-. Debía accederse a ese recinto dramático por donde hoy está el Callejón del Gato, más o menos. El trozo comprendido entre esa calle de La Gorguera y la del Príncipe se llamaba de La Lechuga y era famosa por las tiendas dedicadas a la venta de pájaros, que debía ser de lo que hablaba hace ahora algo menos de un siglo nuestro gran vanguardista De la Serna en el fragmento que abre esta entrada. Pero volvamos a nuestro carril y digamos que el convento o Monasterio Real de Santa Ana, de monjas carmelitas descalzas, fue fundado según Pedro de Répide -y otros muchos expertos, obviamente- “por San Juan de la Cruz y la venerable madre Ana de Jesús, según proyecto de Santa Teresa, en el año 1586. Dijo la primera misa y colocó el Santísimo el vicario de Madrid, habiendo venido las primeras religiosas del convento de Ocaña”. La iglesia fue construida a continuación y quedó terminada en 1611 merced a diezmil ducados que la reina graciosamente desembolsó en aquel momento, pues las limosnas de la feligresía no hubieran permitido rematar el templo en tan poco tiempo. Habrá que esperar doscientos años aproximadamente (1810) para que un viejo conocido nuestro, el monarca José Bonaparte, haga honor a su apodo de rey plazuelas y ordene el derribo del edificio religioso para que la actual plaza se abriera paso para solaz y disfrute de los madrileños, fueran cristianos, judíos, moros o no militantes. El solar quedaría tal como lo describe Pedro de Répide  cuando dice que en el centro de la plaza resultante “fue colocada la estatua de Carlos V con el furor bélico encadenado a sus pies, obra de León Leoni, que tiene la particularidad de que la figura del emperador puede ser despojada de su armadura y quedar mostrando su desnudo”. Permaneció en ese lugar la figura del primer austria hasta 1825. Pero hubo que esperar a que avanzara la segunda mitad del siglo XX para que la plaza recibiera su denominación actual de Príncipe Alfonso en detrimento del de Santa Ana. Sin embargo, se volvió a cambiar el nombre durante el periodo revolucionario en honor del almirante Juan Bautista Topete, uno de los héroes románticos de la España liberal del siglo XIX, partidario del duque de Montpensier y por tanto monárquico, pero que ostentó distintos cargos durante el periodo revolucionario después de que en un primer momento fuera elegido presidente de la Junta Revolucionaria Nacional. Cuando la Restauranción la plaza volvió a ostentar el nombre del ya rey de España Alfonso XII  pero como bien remata Répide “la costumbre hace que esta plaza, a la que Mariano de Cavia, llamaba de la Cerveza, por la profusión de establecimientos donde se extiende esta bebida que hay en ella, continúe siendo conocida por su primera rotulacion”. Es decir, plaza de Santa Ana.

Teatro Español o del Príncipe o Corral de la Pacheca
Teatro_espanol

Fachada del Teatro Español. Foto es.wikipedia.org

En el momento en que, siguiendo lo ordenado por José Bonaparte, se despejó el solar, no quedó tal cual está actualmente, “aún había una hilera de casas- nos cuenta Ramón Gómez de la Serna- que daba aspecto de callejón a la calle del Príncipe y daba al Teatro Español sombra de teatro de barrio, cuando había de ser con todo despejamiento teatro de la Lengua”. Una vez derribadas las mencionadas casuchas comenzó a lucir en todo su esplendor lo que anteriormente había sido Corral de la Pacheca, lo que después sería Teatro del Príncipe y lo que desde 1849 denominamos, al menos oficialmente, Teatro Español. La historia del que quizás sea el centro dramático más importante de la Villa y Corte comienza en 1565 con la autorización decretada por Felipe II para establecer con carácter permanente en Madrid una denominada Cofradía de la Sagrada Pasión, que disfrutaría de un espacio para representaciones de comedias. Dicha congregación adquiere el espacio en que actualmente se sitúa el teatro en 1582 y en septiembre de ese mismo año queda inaugurado. Se le anexionó al primitivo otro local, propiedad de una tal Isabel Pacheco en el que había un corral, de ahí el sobrenombre de Corral de la Pacheca. Dicho solar, corral o corrala permitía que en su parte frontal se pusiera un escenario y delante una serie de bancos para que los espectadores, no muchos, se pudieran sentar. El resto de la concurrencia debía conformarse con presenciar las obras de pie. Las mujeres se colocaban a un lado del escenario, en la llamada cazuela, y además se podían alquilar los balcones de las casas aledañas con el fin de presenciar la obra con más comodidad. Estos improvisados miradores eran ocupados por nobles e incluso en ocasiones por la familia real, dado que por o pese a ser un espectáculo popular solamente algunos podían permitirse el lujo de pagar un sobrecoste. La estructura arquitectónica inicial se mantuvo hasta 1735 en que Sachetti levantó junto a un jovencísimo Ventura Rodríguez un nuevo edificio. Es también el momento donde cambia su denominación de corral por la de teatro. Y es en ese siglo ilustrado cuando se consagra definitivamente como templo del drama en reñida rivalidad con el cercano Teatro de la Cruz. Sus seguidores se hacían llamar Chorizos en dura pugna con los Polacos del de la Cruz. Juan de Villanueva completará otra reconstrucción en 1802, como consecuencia de los estragos de un incendio, y en 1849 recibe su denominacion actual. En ese momento el recinto puede acoger a 1200 espectadores por sesión. Desde entonces hasta la actualidad el teatro se ha constituido en el más importante del panorama matritense y por él ha pasado desde sus inicios lo mejor de la escena española, como bien se puede apreciar en su frontispicio, donde están sobrepujadas las figuras más señeras del drama nacional. Peligroso es ponerse a nombrar a autores por temor de dejar fuera de la nómina a muchos que se lo merecerían, pero citemos a Lope o Calderón del Siglo de Oro, al ilustrado Moratín y su Comedia Nueva, al romántico Ventura de la Vega, que además fue su director durante algún tiempo. Más cercanos a nosotros tenemos a Echegaray, Galdós o Benavente. Más cerca aún a Lorca o Alberti. Y más vecino en el tiempo está Buero Vallejo, que puso en escena su Historia de una escalera. Más allá de ello hay que saber que grandes obras de todo tiempo se siguen reponiendo regularmente, desde La Celestina al Alcalde de Zalamea. De actores mejor no hablar, desde los grandes clásicos como Romea o María Guerrero a Margarita Xirgu o Adolfo Marsillach. O Nuria Espert. Actualmente la sala de teatro puede acoger a 763 espectadores y desde 2005 se cuenta con otra pequeña sala acondicionada para espectáculos de formato reducido.

Hotel Reina Victoria
Hotel Victoria. Viajeserosqui.es

Fachada del hotel Victoria. Foto http://www.viajeseroski.es

En la esquina de la Santa Ana con la plazuela del Ángel podemos disfrutar de un edificio que sería delito no nombrarlo. Se trata del solar del antiguo palacio de los condes de Montijo y Teba, derribado en 1919 y reconstruido a continuación, que en la actualidad acoge el hotel Reina Victoria.  El edificio actual es obra del arquitecto Jesús Carrasco-Muñoz y Encina y combina las estructuras de hierro con el hormigón armado. Está construido sobre un solar trapezoidal y se caracteriza por sus miradores acristalados, su fachada blanca -aunque hasta finales del siglo XX fue amarilla- y su peculiar e inmenso pináculo con final redondo. Los grandes ventanales que dan tanto a la plaza de Santa Ana como a la del Ángel eran en su día escaparates de unos grandes almacenes. Reseñar por último, que el edificio se organiza en torno a un patio octogonal cubierto. Dicha construcción albergó en sus inicios, como decíamos anteriormente, un popular mercado denominado Almacenes Simón y durante siete décadas combinó el uso de almacén y posada. Durante los años treinta del siglo XX dio muestra de su vena más castiza y folclórica ya que fue el indiscutible hotel de los toreros pues era allí donde se vestían antes de salir en dirección a Las Ventas durante la feria de San Isidro. Manolete solía reservar siempre la misma habitación 220 so pena de no torear si no lo conseguía, menudo era el maeztro. Al clausurarse los almacenes en 1986 las plantas bajas se ocuparon como hotel y en 2006 se reinauguró el actual complejo hotelero.

Esculturas de Calderón y Lorca

Monumento_a_Calderón_de_la_Barca_(Madrid)_01

Monumento a Pedro Calderón. Foto es.wikipedia.org

En el mismo lugar en que en su día estuvo situada la estatua de Carlos V, junto al lienzo oeste, se levanta hoy un monumento a Pedro Calderón de la Barca. La escultura dedicada al genio que culminó la evolución del teatro español en el siglo XVII está labrada en mármol blanco y es obra del maestro Juan Figueras y Vila. Fue cedida por el Estado a la Villa de Madrid en 1877 por intercesión del entonces ministro de Ultramar, Adelardo Pérez de Ayala. El monumento tiene un pedestal en cuya parte más elevada hay una alegoría de la Fama y en la parte inferior cuatro bajorrelieves con alusiones a otras tantas obras importantes del autor, a saber, El alcalde de Zalamea, El escondido y la tapada, La vida es sueño y el auto sacramental La danza de la muerte. El día 2 de enero de 1880 se inauguraba la estatua a la misma hora en que el cortejo funerario con los restos del poeta Ayala se detenía frente al Teatro Español. Recoge Ramon Gómez de la Serna en su Elucidiario los conocidos versos de Leopoldo Cano alusivos al evento y que terminan con aquello de “…mas de nuevo interrogué/ a uno que estaba mirando/ a los que estaban desfilando/ detrás de un coche de gala,/ contestó: el poeta Ayala/ y eso lo dijo llorando”. Y más al este de la plaza, muy cercana al lado del Teatro Español, en 1986 se erigió otro monumento, en este caso mucho más modesto, al poeta, dramaturgo y también genio de las letras hispanas, Federico García Lorca. La escultura es bastante más modesta que la de Calderón y, sinceramente, poco digna de la categoría del autor de La casa de Bernarda Alba. No tiene la culpa de su pequeñez el autor de la misma, Julio López Hernández, que a buen seguro siguió órdenes dictadas por más altos prebostes, pero sí que es verdad que hay veces que mejor dejallo y no meneallo y que para hacer las cosas a medias mejor ni empezar. En cualquier caso, todo suma en la plaza de Santa Ana y cualquier detalle rezuma literatura en un lugar que como bien apuntaba Gómez de la Serna siempre será “intimista, plaza jardín de casas y teatro, el recóndito huertecillo del convento aun atropellado por todas las influencias…/…plaza para recapacitar entre el zancajear por las calles”.

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Publicado por en abril 18, PM en Plazas

 

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