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Calle del Príncipe

21 Abr

Seguimos por el barrio de Las Letras, por el Madrid de los Austrias o por Huertas, que es como desde siempre lo han denominado los más noctámbulos. Y hoy vamos a centrar nuestros comentarios en una de las calles señeras de la zona, que no es otra que la calle del Príncipe. Sin duda alguna, debe ser la que más carga literaria tiene de todas las del arrabal pues no en vano en ella se encuentra el Teatro Español, el llamado hasta mediados del siglo XIX del Príncipe pero al que hoy nos vamos a referir solamente de pasada porque ya en la anterior entrada, referida a la plaza de Santa Ana, dábamos pelos y señales de su biografía. Muchos datos quedaron en el tintero, cierto, pero no nos podemos dejar arrastrar por la historia de un recinto que daría para llenar varias entradas de este blog. Recortemos, por consiguiente, nuestras ambiciones y conformémonos con la calle, que ya de por sí tiene tarea la cuestión. Y por más que hoy día apenas lo parezca. Porque da la impresión, cuando uno enfila por plaza de Canalejas en dirección a Santa Ana, que nos internamos por un callejón semiinmundo cuyo panorama sólo se aclara al llegar a la plaza donde se encuentra el Teatro Español y, quizás, en la continuación hasta su final en el cruce con Huertas. Obras, pintadas guarrindongas que poco tienen que ver con el arte del grafiti, y algunos pequeños negocios que al flaneante le hacen pensar si no sería mejor pasar de largo que asomarse a sus vetustos y bastante ajados escaparates. Algo podría y debería decir la autoridad competente sobre el cuidado de esta legendaria calle que tendría mucho que contar y más que callar, si se le permitiera levantar la voz, acerca del descuidado trato que en los últimos tiempos viene recibiendo. Esperemos que si se lleva adelante la remodelación del eje Canalejas-Carrera de San Jerónimo-Sevilla algo le toque de bueno a nuestra rúa. Aunque, siendo realistas, seguro que podríamos aplicar aquí el largo me lo fiais del Burlador de Tirso de Molina, cuyo fantasma perderá un día los nervios y saldrá de la tumba si continúa el estado de abandono de una vía por donde tantas veces debió transitar especulando con las consonantes el bueno de fray Gabriel Téllez.

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Baldosines con la figura de Felipe II

¿Príncipe, qué principe?

Las dudas sobre la personalidad del príncipe al que fue en su día dedicada la rúa ya las aclaró Mesonero Romanos en su día aunque nosotros una vez más echemos manos del las Calles de Madrid de Pedro de Répide para tomarle la palabra. Y es que nuestro guía de cámara no se para en mientes y abre su capítulo de la calle afirmando sin ambages que “queda fuera de toda duda el que la denominación del Príncipe que ostenta esta vía, una de las más animadas de Madrid, se refiere al príncipe don Felipe que habría de reinar como segundo de su nombre y fue jurado en San Jerónimo el Real como heredero de los reinos en 1528. Y no tiene relación con ella el príncipe que habría de ser Felipe IV pues en tiempo del padre y del abuelo de éste ya tenía (la calle) el nombre que sigue ostentando, ni mucho menos el príncipe de Marruecos, Muley Xeque, que vino a España y fue bautizado en 1593, siendo llamado don Felipe de África y conocido generalmente como Príncipe Negro”. Por la rotundidad que percibimos en el trazo de Répide da la impresión de que aun en las primeras décadas del siglo XX habría quien sostuviera tesis diferentes a la que aquí reflejamos y que se da ya hoy por indudable. Para refrendar esta postura hay que notar que Mesonero dejó escrito en su día que ni Felipe III, nacido en 1578, ni sus dos hermanos don Fernando y don Diego, nacidos en 1571 y 1578, respectivamente, podían  tampoco ser los príncipes homenajeados con esta calle porque “ya vimos que anteriormente, en 1568, se apellidaba ya calle del Príncipe la del corral de la Pacheca”. Dicho queda y que nadie pierda más el sueño con este asunto que ha dado bastante que hablar y escribir. Al margen de esta ya cerrada polémica, lo cierto es que a lo largo de la historia ha presumido de calle principesca en todo momento salvo los paréntesis de rigor antimonárquicos, es decir, en dos breves periodos de la historia de España. Durante el Sexenio Revolucionario tomó el nombre de calle de Izquierdo en recuerdo del general Rafael Izquierdo (1820-1882) que después de desempeñar varios cargos en las Antillas regresó a España para sofocar la revolución que estalló en Lérida y Tarragona. Entre 1936 y 1939, durante la Guerra Civil, el presidente del gobierno autónomo catalán, a la sazón teniente coronel y masón, Francisco Maciá, tuvo el honor de ver su nombre puesto en las placas de la rúa. Bueno, tanto como verlo no lo vio, pues había fallecido tres años antes, en 1933. Por tanto, desde la victoria de las tropas fanquistas la calle ha vuelto a lucir hasta ahora el rótulo que tuvo desde el siglo XVI.

El alférez y doña Prudencia Grilo

Mucha historia tiene esta calle, mucha. Y también alguna que otra leyenda. En la esquina con la vía dedicada a Fernández y González estuvo instalado durante un tiempo el convento de Santa Isabel. Y la fundación en ese lugar de rezo tiene que ver con la leyenda que les va a narrar Pedro de Répide. Antes de ser convento era “ésta la vivienda de una dama llamada doña Pruedencia Grilo. Amaba ella a un caballero digno de su afición y cuando llegaba el plazo señalado para su matrimonio viose requerido el novio por sus obligaciones militares”. Vamos, que tuvo que enrolarse en la Armada Invencible. Pero este buen novio, un alférez, al despedirse de su prometida le quedó dicho que si moría en el frente la novia se enteraría “por las señales que os diré: Se moverán los damascos que adornan vuestro aposento, abriránse solas y con estrépito las tapas de vuestra gaveta y descorreránse las cortinas de vuestro lecho”. Y así fue que un día doña Prudencia vio que todo lo que había anunciado su mozo se cumplía “y las cortinas de su cama separábanse como corridas por una mano invisible. Cayó al suelo desvanecida la señora y siguióse la grave enfermedad. Poco después se supo en Madrid el desastre de la Armada y doña Prudencia quiso entonces fundar en la misma casa donde vivía una comunidad de religiosas que tuvieran advocación de Santa Isabel y la regla de las Agustinas Recoletas”. Así fue fundado el convento que después pasaría a la calle del mismo nombre, desapareciendo de la vía principesca porque parece ser que en la zona había demasiada bulla para mantener tranquilas a novicias y menos novicias. Es sabrosa en grado sumo la narración de Répide en este punto cuando dice que vistando el convento “la reina doña Margarita, esposa de Felipe III, halló que disipaban en sus devociones a las monjas las músicas que se oían en el cercano corral de comedias”.

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El café Parnasillo abre sus puertas en Príncipe 33 en homenaje a su antecesor del siglo XIX

Cafés y tertulias por doquier

Obviamente estamos en territorios propios de los cafés y de las tertulias literarias. Sólito, Venecia, Casino del Príncipe, Gato Negro, Cuevas de Sésamo… todos ellos marcaron con su presencia, y acogiendo a la intelectualidad que les correspondió en suerte, épocas gloriosas de la historia de España. Sin ir más lejos nombremos al antiguo café del Príncipe, en los bajos de la casa de la Contaduría del teatro del Príncipe, donde durante el segundo cuarto del siglo XIX se reunió la tertulia del Parnasillo. Allí se fraguó la reforma del teatro y la literatura en general, apartándose del Neoclasicismo y abrazando las nuevas ideas románticas. Eran la llamada Partida del Trueno y en la cuardilla militaban entre otros, Espronceda, Ventura de la Vega, Larra, Harzenbusch, Zorrilla o el propio Mesonero, a quien hay que imaginar circunspecto y tan discreto como siempre, escuchando lo que debió escuchar de boca de algunos de los atrevidos renovadores nombrados anteriormente. Al margen de la presencia de los atrás mencionados, hay que decir que aquello solía ser un enjambre más que un café, por el que revoloteaban desde renombrados artistas, oradores o periodistas hasta autores y actores noveles con tanta ansia de reconocimiento como de llenar la andorga. En la actualidad, en el número 33 de la vía un nuevo Parnasillo ha abierto sus puertas en homenaje a aquellos maravillosos e impresentables románticos. Y si Espronceda fue el ariete de éstos, medio siglo más tarde Jacinto Benavente encabezaría otra tertulia, esta vez con sus miembros sentados a los veladores del Gato Negro, café situado junto al teatro y que mantendría abiertas sus puertas hasta 1956. Junto a Benavente se solían situar los Quintero, Arniches, Muñoz Seca, Bueno y Serrano Anguita, entre otros. Se dice que por allí se dejaban caer las barbas de chivo de Valle-Inclán acompañadas de la oronda personalidad de Julio Romero de Torres. Pareja ideal para dar la nota pero, al menos en el caso del eximio y extrafalario gallego, no sabemos qué pintaba entre esa gente desde el punto de vista literario. Sería para tomar notas para sus esperpentos. A partir de 1952 abrió sus puertas en el número 7 de la vía el local demoninado las Cuevas de Sésamo. Su trascendencia desde el punto de vista literario es indudable ya que allí se solían fallar los premios Sésamo de novela, impulsados por el empresario Tomás Cruz, un antiguo aviador republicano. Escritores como Antonio Ferres, Quiñones, Luis Goytisolo, Marsé o Alfonso Grosso hicieron bueno el apodo de generación de la berza y tiraban de tintorro, entre salmo y salmo literario, cuando ya los de la gauche divina catalana tomaban gintonics el la zona alta de Barcelona, influidos por sus viajes a París y por el dinero de sus papás, qué duda cabe. Les debían decir Goytisolo y Marsé que qué antiguos eran, ¡coño!. Pero Madrid siempre ha tenido otro cuajo y de ello nos sentimos orgullosos, qué remedio, cuantos por aquí hemos sentado con más o menos comodidad nuestras posaderas.

Teatro de la Comedia

Fachada del Teatro de la Comedia

Teatro de la Comedia

En el número 14 de la calle del Príncipe se encuentra ubicado otro recinto para el drama no menos histórico, como es el Teatro de la Comedia. No tiene el caché del Español pero también presenta un curriculum repletito. Se inauguró en 1875 con la obra de Emilio Mario El Espejo de cuerpo entero y con la presencia del rey Alfonso XII. Veinte años permaneció la compañía de Mario representando teatro serio en el local hasta que después de ser dedicado éste durante una temporada al género chico, dicho empresario y autor dramático montó en cólera y se trasladó al Español jurando sobre cuanto evangelio se le puso delante que no volvería al Teatro de la Comedia, que consideraba profanado. El recinto sufrió un incendio hacia la primera década del siglo XX, siendo restuarado, y por sus tablas pasaron lo mejorcito de finales del XIX y principios del XX. Galdós puso en escena su obra Realidad, Dicenta su Juan José o Feliu y Codina La Dolores. Allí se representaron tambien los primeros dramas de Benavente o las comedias de los hermanos Quintero y se dio a conocer el moderno teatro catalán de la mano de Santiago Rusiñol o Ignacio Iglesias. Más cerca en el tiempo, en 1933 el coliseo se hizo famoso por ser el lugar elegido por José Antonio Primo de Rivera para pronunciar su discurso de fundación de la Falange Española, una noche que ha sido recogida tanto por el periodismo como por la literatura en repetidas ocasiones. La entrañable actriz Rafaela Aparicio emparejó con Erasmo Pacual entre bastidores del teatro mientras en el exterior dominaba la incertidumbre propia de la Guerra Civil.  A comienzos de los 70 se representó durante más de un mes el espectáuclo Castañuela 70. Se trataba de un espectáculo teatral agénerico, a caballo entre la revista musical y el teatro bufo y consistía en una parodia de los últimos años de la dictadura franquista. El recordado grupo independiente Tábano tuvo la valentía y la osadía de plantar cara al régimen, convirtiéndose en un símbolo de la lucha ciudadana en favor de las libertades.

Iglesia San Ignacio-

Portada de la iglesia de San Ignacio. Foto tomada del blog Anda&Mira

Iglesia y sinagoga

Nos queda referirnos a dos lugares emblemáticos desde el punto de vista religioso. El primero es la iglesia y oratorio de San Ignacio, situado en el número 31 de la calle del Príncipe. Están construidos sobre el solar que ocupara el antiguo colegio de los Ingleses fundado por César Bogacio en 1611. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 el edificio fue adquirido por la Congregación de los Naturales de Vizcaya, encargando al arquitecto Francisco Moradillo su reforma. Ha pasado por diversas manos y ha sufrido desde el siglo XVIII diversas reformas. El interior se configuró en una nave con tres capillas a los lados y una cabecera donde se situaba el altar mayor. En el exterior destacaba la fachada, levantada en ladrillo y decorada con elementos clásicos. Durante la Guerra Civil el recinto fue incendiado y destruido todo él salvo la fachada principal, la torre y los muros. Fue reconstruido bajo la iniciativa de Regiones Devastadas por el arquietecto Alberto Acha y Urioste quien alteró bastante el edificio original, sobre todo en la fachada, que fue rehecha sobre sillares de piedra. Cambiamos de acera religiosa y del Cristianismo pasamos a la religión hebrea pues en esta rúa encontramos también la primera sinagoga que abriría sus puertas en Madrid desde la expulsión de los judíos en 1492. Ocurrió en 1917 y prolongaría su servicio a los devotos de la estrella de David hasta 1939. Hoy en día quizás el dato no se considere tan relevante, dado que Madrid cuenta con siete sinagogas para un censo de cerca de 20.000 hebreos, pero en aquel entoces supuso un respiro para el espíritu, tanto de los que vivían entre nosotros como de los que llegaron a la Villa y Corte como refugiados, escapando de los rigores de la Primera Guerra Mundial. Aquí se instalaron y además impulsaron la creación de su comunidad. La sinagoga se llamó Midrás Abardanel y entre los impulsores se encontraban el destacado líder socialista Max Nordau y el entonces profesor de hebreo de la Universidad Central de Madrid -hoy Complutense- Abraham S. Yahuda. Y no abandonamos la calle del Príncipe sin pasar por la esquina que la une con Huertas donde se encuentra el edificio en que residiera el famoso Príncipe Negro Muley Xeque, la misma vivienda que habitara también el genio de las letras españolas Miguel de Cervantes quien, como vemos un día sí y otro también cuando caminamos por este barrio, hizo parada y fonda en diversas moradas, eso sí, a sabiendas de que no abandonaba el barrio que a él más que a nadie le correspondia, el barrio de Las Letras. ¡Quién con más derecho!

 

 

 

 

 

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Publicado por en abril 21, PM en Calles

 

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