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Casas de Cordero

23 Abr

Cualquier flaneante puede pasar a su lado y no notar nada diferente a los edificios que se encuentran en el entorno de la Puerta del Sol. Se trata de una construcción similar a otras que se levantaron cuando la remodelación de la plaza más importante de la Villa y Corte a mediados del siglo XIX. Pisos con sus ventanas, balconadas o distribución de las mismas no llaman especialmente la atención sobre este bloque construido en el número 1 de la Calle Mayor, es decir, en el arranque de una de las vías más importantes históricamente de la ciudad. Y sin embargo, se trata de un enclave con mucha trastienda, mucho que escribir y comentar en pleno centro de Madrid, datos referidos tanto a su historia como al edificio que allí se levantaba antes de su erección, como a quien lo construyó o a los diferentes tipos de usos que ha tenido en los algo más de 170 años de vida. Estamos hablando de las Casas de Cordero, entre las calles Correo y Esparteros, es decir, junto a la Puerta del Sol.

Casa_Cordero

Fachada principal de las Casas de Cordero en calle Mayor junto a Puerta del Sol

De Cordero o del Maragato

Las Casas de Cordero, también llamadas del Maragato -por el lugar de procedencia de su impulsor- se comienzan a construir en 1842  y constituyeron, al finalizar las obras tres años más tarde, la primera casa de vecindad que en el sentido moderno del término se levantó en la Villa y Corte. Ocuparon el lugar donde anteriormente estuvo el convento de San Felipe el Real, tras cuya desaparición el solar fue adquirido por el empresario Santiago Alonso Cordero, quien decidió adelantarse a su tiempo y darle una forma moderna entonces desconocida. Tal es así que poco después, cuando la remodelación de la Puerta del Sol, se tomó el edificio de Mayor 1 como referente para diseñar lo que sería el resto de la gran plaza entre 1852 y 1862, aspecto que puede comprobarse en la disposición de los vanos, balcones y pilastras de los inmuebles que forman el entorno de Sol, que siguen igual planteamiento que las viviendas de Cordero. Ramón Gómez de la Serna, en su obra Elucidario, nos describirá medio siglo más tarde de forma pormenorizada las características del edificio. Tras comentar que fue el asombro de todos en su momento nombra al “entendido arquitecto” de la Academia de San Fernando Juan José Sánchez Pescador como el que firmara los planos y se refiere a la manzana donde está situado diciendo que sirvió para alinear tanto la calle Correo como la de Espateros, entre cuyos recorridos está situado, “que antes eran estrechas y mal alineadas, rompiendo una nueva calle por la contigua plaza de San Esteban y dejando otra plazuela al frente del costado izquierdo de la Casa de Postas -hoy plaza del Marqués de Pontejos-, con el fin de colocar en ella la fuente que estuvo en la Puerta del Sol”. A continuación, Gómez de la Serna comienza a detallar lo sucedido después de la desamortización y enajenación, en tiempos de Mendizábal, del solar donde estuvieran los templo y convento de San Felipe el Real, “todo el terreno quedó para edificar, según la alineación aprobada por el Ayuntamiento, y se ha dividido en seis partes desiguales, labrando sobre cada uno de los solares una casa, de las cuales, cinco forman un solo grupo, aparentando en el exterior ser una sola. La otra casa no juega ya con las primeras en atención a su mayor altura y a que tiene diferente decoración”. La fachada principal, que da a la calle Mayor, también es descrita por lo menudo por el promotor de las Vanguardias en España, ” tiene en su centro un pabellón que coge cinco huecos de medio punto con archivolta, decorado con pilastras del orden jónico compuesto. El cornisamento arquitrabado completa el orden, que comprende en su altura dos pisos y forma el principal coronado de un piso ático. La imposta del piso principal de estas casas corre a nivel con todo el contorno de las fachadas, disimulando el fuerte declive de las calles Espartero y Correo por medio de dos pabellones laterales cada una, con arcos que cogen todo el basamento, compuesto de los pisos bajo y entresuelo”. A continuación Ramón Gómez pasa a enumerar las características del interior de las casas, “mancomunadas en luces y aguas, tienen bien alumbradas sus habitaciones por siete patios, algunos de ellos bastante espaciosos, conteniendo todas, en los pisos bajo, entresuelo, principal, segundo, tercero y guardilla, habitaciones cómodas y algunas de ellas de grande extensión, incluyéndose en este número las tiendas, almacenes y grandes sótanos que contienen”. Para completar la descripción del edificio nuestro improvisado experto nos recuerda que en el bajo de la casa numerada con el uno se encontraba en un principio “un establecimiento de baños públicos con piezas cómodas y decentemente amuebladas, habiendo en algunas de ellas dos pilas y siendo todas de hermoso mármol con vetas rojas y amarillas de la sierra de San Felipe, en Játiva, de elegante forma y labradas con esmero. Estos baños estaban bien surtidos de excelentes aguas, extraídas por una noria, cuyo pozo no llegaba a los 60 pies de profundidad”.  Recuerda Gómez de la Serna las 286 ventanas y los cien vecinos que habitan el edificio, “y este detalle asombraba a los hombres del tiempo que la vio construir” , además de mencionar, por último, los 17 millones de reales a los que subió la puja por el solar pagados por el decidido empeño “plausible, por cierto, de don Santiago Alonso Cordero, que deseaba levantar un suntuoso edificio con la crecida fortuna que había adquirido, aumentando así la riqueza pública, contribuyendo al ornato de la población y fijando su suerte y el porvenir de su familia en una finca urbana de esta naturaleza y esta importancia”.

Alonso cordero 2

Cordero luciendo su habitual traje típico con sus bragas maragatas

Santiago Alonso Cordero

Pero, ¿quién era este hombre que se atrevió a acometer una de las magnas obras de arquitectura civil del Madrid de su tiempo?. Alonso Cordero fue un maragato atrevido, nacido en Santiago Millas en 1793, que se hizo a sí mismo y que progresivamente pasaría de simple tratante de ganado a luchar en la Guerra de La Independencia contra los franceses, entrar en la política como liberal y ocupar posiciones cercanas al poder. Esas posiciones y lugares que permiten pasar relativamente despercibido pero siempre atento a concesiones, movimientos especulativos y demás. Es por ahí donde se ve moverse a Cordero y participar en negocios como la traída de aguas a Madrid a través del Canal de Isabel II, el transporte de mercancias y dineros desde los puertos del norte de la península o las inversiones bolsísticas al lado de personajes importantes de la época como Baldomero Espartero. Por otra parte, su fama de hombre sencillo y honrado no lo abandonaría y parece ser que dio muestras de ella incluso hasta jugarse la vida y perderla por salvar la de los demás. Eso ocurrió el 22 de octubre de 1865, tras desatarse una epidemia de peste bubónica en la capital. Como vicepresidente de la Diputación renunció a abandonar la ciudad mientras medio Madrid se había ausentado por el indudable peligro que suponía la posibilidad de contagio, cuando los ministros se esfumaban o cuando la reina Isabel buscaba y encontraba razones de Estado para no regresar a la Villa y Corte desde su retiro en La Granja de San Ildefonso. Cordero, mientras tanto, no sólo coordinaba las operaciones pertinentes sino que se subía a las buhardillas más altas y conseguía socorrer, según cuentan las crónicas, “hasta siete u ocho personas durante la tarde del día 22”. Ese mismo día escribe a su hijo anunciándole que cree que se salvará de caer enfermo. Al final no fue así y su carácter altruista le jugó su última e irremediable mala pasada. De Alonso Cordero se cuenta que vestía habitualmente el traje típico maragato, lo que llamaba la atención de los vecinos que se lo cruzaban por la calle. Baste como remate para el bosquejo a vuelapluma de la personalidad de este hombre surgido de la nada hasta alcanzar las más altas cotas de prestigio social y económico la descripción que de su persona nos ofrece Benito Pérez Galdós en su Episodio Nacional titulado Los Ayacuchos. De él dejó dicho el maestro canario de la pluma que “no abandona por nada del mundo la etiqueta popular de sus bragas de maragato. Es un hombre risueño y frescote, con cara de obispo, de maneras algo encogidas, en armonía con el traje castizo de su tierra, de hablar concreto, ceñido a sus asuntos. Se enriqueció, como usted sabe, con el acarreo de suministros y hoy es uno de los primeros capitalistas de Madrid. Ha comprado el solar de San Felipe, inmenso ejido polvoroso, para construir en él una casa que allá se irá con El Escorial en grandeza y será la octava maravilla de la Corte”.

Fonda, bazar, café...

En el inmueble  de las Casas de Cordero se han instalado numerosos y pintorescos negocios a lo largo de su historia. El primero de ellos cronólogicamente, y que alcanzó indudable renombre, fue la fonda llamada La Vizcaína, que abrió sus puertas en 1846 de la mano de Ramona Berdorrain, obviamente de procedencia vasca, y cuyos precios no eran de los más baratos de la zona. Fue uno de los establecimientos que ofreció platos al gusto extranjero, sin abundante aceite ni ajo. La dueña era conocedora de los gustos de los visitantes y ofrecía menús en el sentido moderno del término, con un abanico de platos donde elegir el primero y el segundo, así como el postre, lo que se denominaba en aquel tiempo table d´hote, algo poco común en una época donde cada cliente solía comer en su habitación. La calidad de este recinto de hospedaje hacía que en comparación con otras fondas fuera difícil encontrar alojamiento. La muerte de Berdorrain en un primer momento no hizo mella en el éxito ecónomico de la fonda pero poco tiempo más tarde, en 1869, se convirtió en lo que fue el hotel Inglaterra. Otro de los negocios instalados en las Casas de Cordero y que ha pasado a la historia reciente de la Villa fue el denominado Gran Bazar de la Unión. Se ubicó en la planta baja del edificio y fue un comercio muy valorado por lo barato de sus productos, que se ofrecían a un precio fijo y libre de regateos, lo que no dejaba de ser novedoso entre 1880 y mediados del siglo XX, periodo durante el que permaneció abierto. Ofrecía toda una variedad de productos que abarcaban desde quincallería a bisutería pasando por sombrerería, zapatería, muebles, lámparas, juguetes, corbatería o artículos de caza. Este bazar también tiene su sitio en la literatura realista y una vez más de la mano de Pérez Galdós, quien incluye referencias a la calidad de sus productos en su obra señera Fortunata y Jacinta. También Gómez de la Serna lo nombra en sus memorias, tituladas Automoribundia, aludiendo a ciertos recuerdos de su infancia. Algunos años después de cerrar sus puertas en 1954, el local se convirtió en el primer restaurante autoservicio de Madrid, llamado Tobogán. Tampoco podemos dejar de nombrar al café Lisboa, que ocupó otra de las plantas bajas del edificio desde 1875. Poco después, en 1867, el inmueble acogería la primera central telefónica comercial de Madrid, para lo cual se construyó una estructura metálica en su cubierta, el denominado kiosco del teléfono, que prolongó sus días hasta 1926. Actualmente, un restaurante de comida rápida se ha apoderado de su planta baja además de haberse instalado una sala de juegos recreativos. En los pisos altos funcionan diversas pensiones que quizás nos eviten olvidar La Vizcaína ya que, sinceramente, su calidad dista mucho de la de doña Ramona Berdorrain.

Convento_de_san_felipe_madrid

Convento e iglesia de San Felipe el Real con el pórtico mirando hacia Esparteros y con sus famosas gradas

Convento de San Felipe

Aunque somos conscientes de que el convento de Agustinos de San Felipe el Real merece una entrada para sí, no podemos dejar pasar la ocasión sin hacer mención, al menos sucinta, a este edificio religioso, histórico no sólo por su importancia como templo o convento sino por lo que significó para la vida pública de la Villa y Corte durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Decir que fue fundado en 1547 mediante bula de Paulo III, de 20 de junio, y tras los insistentes ruegos de gentes próximas a la realeza como el príncipe Felipe, pues en principio el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Silíceo, denegó el permiso de construcción alegando que en Madrid ya había dos monasterios de frailes mendicantes. Para su levantamiento se hizo uso de un solar del conde de Orgaz que lo cedió a la orden agustina a cambio de una capilla. La entrada se encontraba por donde hoy se encuentra situada la calle Esparteros, es decir, mirando al oeste, hacia la plaza Mayor. La iglesia se construyó siguiendo los planos de los arquitectos Luis y Gaspar de la Vega y para salvar el desnivel del terreno se montó una plataforma o lonja debajo de la cual se situaban una serie de locales o covachuelas que servían de mercadillos. La iglesia sufrió un incendio  en 1718 y durante la Guerra de la Independencia el edifició resultó tremendamente afectado, siendo demolido tras la desamortización de Mendizábal en 1838, antes de pasar a manos de Alonso Cordero. La lonja aludida anteriormente fue famosa durante los siglos XVI y XVII por ser el lugar donde se congregaban los habitantes de Madrid para intercambiar noticias, rumores, calumnias, inventos, secretos y opiniones tanto de personajes famosos como de los que no pasaban del vulgar anonimato. Era la conocida por Lonja de San Felipe, nombrada por los grandes escritores del Siglo de Oro en repetidas ocasiones en sonetos y letrillas, especialmente. Por estas razones se denominó al lugar el Mentidero de Madrid aunque también estaban para competir con este centro de la rumorología el de la calle del León y las Losas de Palacio, frente al Alcázar Real. Además de lo dicho anteriormente las gradas de San Felipe fueron sitio de reunión para reclutar soldados destinados a luchar en Flandes contra los herejes de Oranje. Un día la lonja se hundió como consecuencia de la excesiva aglomeración de público, agolpado para presenciar el paso de un réprobo camino de la prisión. El accidente causó un sinnúmero de muertos y bastantes heridos aunque el hecho no fuera óbice para evitar que el lugar siguiera concentrando en torno a sí a lo más chismoso y granado del cotilleo matritense.

 

 

 

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Publicado por en abril 23, PM en Obra civil

 

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