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Don Ramón de la Cruz

29 Abr
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Busto de Don Ramón de la Cruz

Probablemente serán numerosos los personajes de la historia de la Villa y Corte que merecen una entrada en este blog por su madrileñismo, demostrado bien en su vida, bien en su obra o bien en ambas vertientes biográficas. Serán muchos sin duda, y algunos con méritos indiscutibles, pero probablemente pocos como a quien hoy dedicamos esta ventana virtual. Escasos serán los nombres que, al margen de Don Ramón Francisco de la Cruz Cano y Olmedilla, pueden alardear de más madrileños en el sentido más castizo del término. Entre otras razones porque él inventó el tipo del Manolo, es decir, ese convecino matritense perteneciente al pueblo llano y que presume de todos los tics que los ajenos a la Villa y Corte achacan a quienes residen aquí y hacen gala de una forma de ser peculiar e intransferible, a caballo entre el orgullo exagerado, la chulería, la guapura, la valentonería o el majismo. No es que Don Ramón de la Cruz inventara nada, que estaba ya todo inventado, pero sí que es cierto -y ahí está su valor como escritor- que literaturizó una forma de afrontar la vida desde la más triste pobreza pero con el salero y la gallardía de quien se siente orgulloso de su clase. Desde Don Ramón para acá ser castizo es un título y aunque no fue el único en publicitar y vender una forma de estar más que de ser – no olvidemos que su buen amigo Francisco de Goya dio realce al tipo en sus lienzos- nadie puede dudar que hay un antes y un después tomando como referente la figura de De la Cruz. Él no inventó nada, hay que insistir en ello, porque los personajes populares vivían desde hacía varios siglos en el Madrid  que se prolongaba por el barranco de Lavapiés hacia el sur. Tampoco en el ámbito literario creó desde la nada sino que supo tomar un subgénero menor como era el entremés y ponerlo al día. Su originalidad, si así puede denominarse, consistió en saber hacer llegar al propio pueblo un teatro sencillo que desdramatizaba un siglo tan serio, envarado e intelectual como era el XVIII y que retrataba a esas clases populares tanto en sus costumbres como en su forma de hablar y, sobre todo, en la manera de afrontar con naturalidad los aspectos más enrevesados de la vida. Tal fue su éxito que un sector importante de las clases altas se subió al carro del casticismo en sus maneras, en su forma de vestir y en ciertos comportamientos considerados excesivamente desenvueltos para esos tiempos y fundamentalmente para según qué gentes. El puesto de Don Ramón de la Cruz en el Olimpo de la literatura ni estuvo en su día ni está en la actualidad, obviamente, en los escalones más altos pero eso es algo de lo que probablemente siempre fue consciente. Y no le debió importar en exceso en la medida en que sus sainetes estaban escritos y eran representados como atractivo engaño para digerir la dramaturgia didáctica en lo temático y encorsetada en lo formal que exigía la corrección política del momento. El autor, sin embargo, lanza en cada uno de estos pequeños monumentos al teatro popular un guiño de rebeldía frente al excesivo afrancesamiento de la sociedad, que si bien es cierto buena falta le hacía al Madrid de su tiempo, tampoco se trataba de pasarse hasta el empalagosamiento.

Satirizador ático

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Calle del Prado, en el barrio de Las Letras, donde nació Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla

“Ilustre poeta dramático, que tan poderosamente iluminara la escena española en el siglo XVIII, fecundo y vario pintor de las costumbres populares de Madrid y satirizador ático y certero de los defectos sociales “. Este es el retrato etopéyico que de Don Ramón de la Cruz hace nuestro guía habitual Pedro de Répide en su biblia callejera de obligada consulta Calles de Madrid. No está mal como punto de partida para desgranar una biografía que comienza el 25 de marzo  de 1731 en una calle tan madrileña como es la del Prado. Sus padres, un oscense de Canfranc llamado Raimundo de la Cruz y una conquense de nobles orígenes, de nombre Rosa Cano y Olmedilla, lo bautizaron en una iglesia no menos castiza, como es la de San Sebastián, probablemente tomando las aguas de una pila bautismal con raigambre a la hora de dar los dones cristianos a más de un afamado letrado. El Don que acompaña a su nombre no es un aditamento de prestigio social o por ningún cargo relevante sino que así tal cual lo bautizaron sus progenitores. Se dice en diversos foros que poco se sabe de su vida durante sus primeros años pero con los datos que se pueden picotear bien en la enciclopedia virtual, bien en la Biblioteca Virtual Cervantes o bien a través del mismo Répide, se puede intuir que ya desde su tierna infancia no pone reparos a libar la cicuta de las letras. A los trece años ya componía sus primeras décimas en Ceuta, donde su padre estaba destinado con un empleo administrativo. Dos años más tarde un amigo le publica un denominado Diálogo cómico y con dieciséis primaveras dice de sí mismo en el prólogo de su primera zarzuela, tutulada Quien complace a la deidad acierta a sacrificar, que “me conozco débil de erudición y falto de Instrucciones, no obstante que he procurado adquirir y estudiar algunas, para dar a entender que no camino ciego enteramente”. O bien es cierto lo que dice o también puede tratarse de un exceso del tópico de la humildad pues se sabe que estudió Humanidades aunque bien pudiera ser que lo hiciera ya en una edad relativamente madura. LLevaba escritos alrededor de cincuenta sainetes cuando quiso meter su pluma en el género serio que preconizaban sus antagonistas y se dedicó a traducir de otros y escribir tragedias propias según el gusto neoclásico propio de un Racine, un Voltaire o un Metastasio, por citar a los más señalados. Las zarzuelas también están entre una fértil creación difícil de clasificar cronológicamente y que incluye más de 300 sainetes, subgénero en el que realmente destacó y por el que ha pasado a la posteridad tras su muerte por una pulmonía mal curada el 5 de marzo de 1794.

Polémicas con los clasicistas

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El fabulista Iriarte polemizó con asiduidad con Don Ramón de la Cruz

Si hay que entresacar de la biografía de Don Ramón de la Cruz algún elemento que lo singularice y lo sitúe en el entorno literario y teatral del Madrid de su tiempo, ese será la polémica que generaban sus sainetes. Ni podemos ni debemos olvidar que nos encontramos en pleno periodo ilustrado, que la literatura dirigista propia de la época exige didactismo y que los teatros deben representar obras que mejoren el comportamiento moral de los vecinos de un Madrid para los que el teatro siempre fue comedia donde los aceros de las espadas debían brillar por obligación y donde la acción debía primar sobre la reflexión, por más que un siglo atrás Calderón hubiera echado el freno a tanto barullo lopesco. Es más, los diversos gobernantes encargados de velar por la denominada policía de espectáculos y diversiones públicas -Jovellanos dixit- ponían el acento especialmente en este apartado de la vida cultural tan importante en una sociedad semianalfabeta. Pero entre col y col lechuga, y dado el prestigio que por unas u otras razones Don Ramón de la Cruz fue adquiriendo, cada vez más a menudo sus obritas de un tirón, llámense sainetes, iban encontrando un hueco entre acto y acto de la comedia seria. Esto solía poner de los nervios a más de un autor esclavizado por los dictados de Boileau o Luzán que debían aceptar como relativamente normal el que los espectadores dejaran vacío el teatro antes del acto final, pues una vez deleitados con la pieza breve de Don Ramón abandonaban la sala, con la consiguiente sorpresa en principio y el enfado subsiguiente de estos atildados preceptistas. Es así que mentes preclaras de aquel tiempo como el inventor del periodismo moderno, Francisco Mariano Nifo y Cagigal, el fabulista Iriarte o el mismísimo Leandro Fernández de Moratín entraron en peleas literarias atacando el excesivo populacherismo de que a su juicio adolecían los sainetes de Don Ramón y defendiéndose este con un “yo escribo y la realidad me dicta” o con argumentos de tanto fuste como una obra donde ridiculizaba a sus detractores. Es el caso de la zarzuela El buen marido, en la que Don Ramón de la Cruz incluye una nota donde se burlaba de una fracasada tragedia moratiniana en los términos que siguen a continuación: “monstruosa y detestada…/…después de muchos meses de trabajo, dos de elogios y preparativos para inflamar las gentes, uno de rigurosos ensayos y, al fin, con tres cartas y un proceso de recomendaciones”.

¿Qué eran los sainetes?

Majismo en goya

Goya en pintura fue el equivalente a De la Cruz en teatro, plasmando lo popular y castizo

Pero, en definitiva, ¿qué eran los sainetes y por qué tanta polémica? La interrogación queda mitad contestada en el anterior apartado y la otra mitad, la que tiene que ver con la teoría literaria y la práctica de Don Ramón intentaremos desentrañarla a continuación. Los sainetes son piezas teatrales cortas de un acto, de carácter jocoso, consecuencia de la evolución del paso medieval y del entremés renacentista. En este siglo de las luces y a trasmano de modas, Don Ramón de la Cruz le imprime su particular sello costumbrista y madrileñista. Durante un periodo que va de 1762 a 1792 nuestro autor nos dará una visión en profundidad de la idiosincrasia del Madrid de su tiempo al plasmar en estas obritas las costumbres y el casticismo propio del pueblo llano. Manolas, manolos, majos, petimetres, vendedores ambulantes, barberos, aguadores, abates y un sinfín de variados tipos desfilarán por estos animados y vivaces cuadros. Estos sainetes tienen indudable valor como documentos sociológicos de una época: bailes populares, jiras campestres, incidentes callejeros o trifulcas domésticas. Son escenas que permiten realizar un paralelo con los cuadros campestres de su admirado amigo Francisco de Goya. Sus adversarios le acusaron de falta de originalidad al echar mano de temas, motivos y escenas de autores extranjeros. Sin embargo, uno de los méritos de Don Ramón consistirá en algo que ya apuntábamos al principio, es decir, dar apariencia de realidad a la tradición del lenguaje teatral y, al contrario, haber teatralizado el habla de los madrileños de la segunda mitad del siglo XVIII, hasta considerar al autor el más sugestivo representante de la tradición popular escenificada. Para conseguir esos extremos de perfección usa el equívoco, la ambigüedad, el juego de palabras, la hipérbole y la metonimia. El metro en el que mejor se desenvuelve es el romance aunque tampoco le hace ascos a las seguidillas, las letrillas u otras formas propias de la herencia anterior, en cuanto a estrofas populares se refiere.

Manolo, tragedia para reír…

sainete

Representación de un sainete

El sainete titulado Manolo, tragedia para reír, sainete para llorar es el paradigma de la filosofía literaria y sociológica de esta forma de hacer teatro que Don Ramón de la Cruz inmortalizaría en esas más de 300 piezas breves de un solo acto. En esta obra, como en tantas otras, parodia las situaciones y los recursos propios de la tragedia y el drama heroico de la época. El argumento nos pone sobre las tablas, con lenguaje arrabalero y propio de los bajos fondos, el regreso de un hampón a Madrid, recién salido de la cárcel, desde un presidio africano. Los que intervienen no son reyes ni príncipes ni personajes de los denominados de calidad sino madrileños vulgares del barrio de Lavapiés: El tío Matute, tabernero, marido de La tía Chiripa, castañera. La Remilgada, hija del Tío Matute y amante de Mediodiente; Manolo, hijo de La tía Chiripa, ex presidiario y ex amante de La Potajera. Por último, completa el elenco el esterero Sebastián, confidente de todos los anteriores. Además, aparecen comparsas de verduleras, aguadores, pillos y muchachos que vienen a hacer las veces de coro de la tragedia clásica. La trama tiene su clímax cuando Mediodiente asesina a Manolo de un navajazo. A continuación mueren casi todos los personajes en un final convencional en función de lo que suponía de remedo satírico de la catástrofe de la tragedia clásica. A partir de ahí el concepto del Manolo se lexicalizó y desde aquel tiempo viene a significar ese madrileño cuyo comportamiento se identifica con las clases más populares, es decir, el majo, el chulapo o el chispero. Pero no sólo en este sainete refleja Don Ramón de la Cruz la filosofía de vida de los vecinos más humildes de la Villa y Corte. Son numerosos los textos que reflejan esas costumbres que sin lugar a duda han marcado la personalidad de la gente del foro. Citemos, para finalizar esta aproximación a una semblanza de Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla, de entre las piezas más madrileñistas los conocidos sainetes El Prado por la noche, Las tertulias de Madrid, La víspera de San Pedro, La maja mojada, Las castañeras picadas, El Rastro por la mañana y La pradera de San Isidro. Estos títulos ya de por sí dan una imagen bastante aproximada de las intenciones que albergaba este autor, menor en el conjunto de la literatura nacional pero grandísimo por su capacidad de plasmar sobre las tablas la realidad del pueblo llano, singularmente el madrileño, en un momento donde lo que dominaba era el petimetrismo, el afrancesamiento excesivo y las doctrinas ilustradas, sin duda necesarias y mucho, para la evolución de un país atrasado en lo científico e intelectual como el nuestro pero que, como todo lo que se toma en dosis excesivas y sin medida, llega a saturar. Y nos atrevemos a escribir esto último aun a riesgo de pecar de castizos. Que ya sería pecar. Pero Don Ramón bien vale también una misa. ¡Qué caray!

 

 

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Publicado por en abril 29, PM en Perfiles

 

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