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Archivos Mensuales: mayo 2014

Plaza de la Paja

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Contrapicado de la plaza de la Paja desde San Andrés. Foto es.wikipedia.org

Nuestro flaneo de hoy va a tener como punto de partida y llegada uno de los rincones más singulares del Madrid medieval, la plaza de la Paja. Se trata de un recinto inclinado y en cierto modo incómodo, que durante la alta Edad Media se constituyó en el ágora principal de la población, título que no perdería hasta que tomara forma la denominada plaza del Arrabal, hoy Mayor. Recordemos por tanto, que estamos en el interior de la primera gran cerca, es decir la construida para expandir la capital más allá del recinto del Alcázar, y que por tanto estamos rodeados de edificios históricos, muchos de ellos de raigambre nobiliaria, donde se asentaron personajes cuyos apellidos se encuentran en los manuales de Historia porque en mayor o menor medida contribuyeron al crecimiento y expansión del antiguo Magerit, más allá del recinto defensivo fundacional. Su nombre tiene relación con la ley consuetudinaria que obligaba a los vecinos de la Villa a entregar una cantidad determinada de paja para alimentar las caballerías del Obispado y por ello, y por estar allí la Capilla del Obispo, el pueblo llano llevaba su obolo en especie a este lugar. Asociados a esta plaza están, y mucho, las desaparecidas casas de los Lasso de Castilla, el aún presente palacio de los Vargas o la mencionada Capilla del Obispo, cuya portada da a la plazuela aunque parezca mantener una relación siamesa con la iglesia de San Andrés y configurar todo un mismo recinto religioso. Nos encontramos sin duda alguna en un entorno que mueve al paseante a la paz y al sosiego por más que sus cuasi milenarias paredes convivan en patente armonía con la tan moderna costumbre de practicar el ocio de terraza en cualquiera de los muchos negocios hosteleros que en su perímetro se posicionan. Para comprobarlo no hay más que enfilar la cuesta de San Andrés, que desde la calle Segovia nos comunica con nuestra plaza, y observar cómo se abre ante nosotros un panorama ciertamente atractivo, cuya arquitectura nos retrotrae a épocas pasadas sin prescindir de ese ambiente bullanguero tan propio de la capital y que tanto place a vecinos y forasteros. Si levantamos la cabeza en nuestro caminar ascendente la mirada se detendrá en la Capilla del Obispo, allí al fondo y de frente, mientras que si echamos la vista a la izquerda veremos que hemos dejado atrás el palacio y el jardín de Anglona mientras ante nuestra vista se erige señorial el palacio de los Vargas. De las casas de los Lasso deberemos prescindir pues desaparecieron hace algún tiempo y nos tendremos que conformar con el recuerdo, no tanto de su arquitectura como de los muchos hechos históricos que entre sus paredes se desarrollaron y que intentaremos detallar a continuación. Al menos algunos de ellos, los más anecdóticos y entretenidos, porque no se trata de hacer historia sino de flanear, es decir pasear sin más intenciones que las de entretener ociosamente el tiempo. Por tanto, nos encontramos ante una plaza costanera e irregular, según la descripción que Ramón de Mesonero Romanos esboza en su Antiguo Madrid donde añade que “era la más espaciosa en el recinto interior de la antigua Villa, y podía ser considerada como la principal de ella, pues sabido es que la que hoy tiene esta categoría no existió hasta el tiempo de Juan II, y eso extramuros de la puerta de Guadalajara”.

Mansión de los Lasso de Castilla

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La plaza en un grabado de hacia 1860. Foto es.wikipedia.org

En el mismo sentido se expresa Pedro de Répide en Calles de Madrid dando la razón a Mesonero calificando a la plaza de la Paja de “legendaria plazuela a la cual daba la magnífica mansión de los Lasso de Castilla, la cual ocupaba el espacio que media entre la calle de los Mancebos y la de Redondilla y sobre cuyo terreno fueron construidas en el último tercio del siglo XIX algunas casas de vecindad”. Y añade aún más laurel a la plaza Répide cuando la tilda de “cumbre de las siete colinas sobre las que, como Roma, fue edificado Madrid. Lugar tan venerable que, aun sin que la religión y el arte le hubiesen aumentado títulos a la pública reverencia, bastara para ilustrarle su prestigio de histórico paraje”. En este punto no deja pasar la ocasión nuestro guía habitual para dar el latigazo correspondiente a quien permitió lo que él considera un acto execrable porque “por esa época desapareció, siendo otra de las víctimas de la incomprensión y del verdadero espíritu vandálico que en aquella época hizo perecer en España tanto monumento artístico, un edificio que había esquina a la calle Sinpuertas -hoy del Príncipe de Anglona-  y que era llamado palacio de Isabel la Católica. La denominación carecía de exactitud porque donde aquella reina vivió fue en la frontera casa de los Lasso, pero se trataba de un edificio del siglo XV con una hermosa portada y una galería de graciosos arcos”. Tanto Mesonero como Répide se refieren en sus obras de referencia acerca de la historia de la Villa y Corte a las casas o mansión de los Lasso de Castilla, situadas en la vertiente oeste de la plaza. Demos la palabra a la hora de describir tanto sus características arquitectónicas como los hechos vividos en ellas a Ramón de Mesonero, más que nada por aquello de respetar la edad y las canas del mayor, que además la conoció antes de su derribo y a la que califica de verdadero palacio de aquel distrito, “ocupando un espacio de más de sesenta mil pies y dando frentes a las calles de Dos Mancebos, Redondilla y a la propia plazuela de la Paja. Forma independiente la manzana 130 y perteneció a don Pedro Laso de Castilla y después a los duques del Infantado”. Cuenta Mesonero que en el inmenso edificio “el más notable entre los rarísimos momumentos que aún se conservan en Madrid anteriores al siglo XV”, insistimos hoy ya desaparecido, se alojaron los Reyes Católicos que ordenaron construir un pasadizo volado, que desde dicho palacio comunicaba con la vecina iglesia de San Andrés, con el fin de evitar el que sus reales majestades debieran trasladarse por la calle para asistir a los oficios religiosos. Dicho pasadizo, del que hoy pervive la silueta que nos recuerda que allí se encontraba tal puente, fue ordenado derribar ya avanzado el siglo XX y realmente fue una pérdida digna de lamentarse pues cada vez son menos los elementos arquitectónicos de estas características con los que cuenta la ciudad. En dichas casas también se hospedarían la princesa doña Juana y su esposo el archiduque Felipe. Pero si por algo es conocido el palacio es porque en él se celebró la famosa junta de los grandes de Castilla, a la muerte de los Reyes Católicos, en que interpelando éstos al Cardenal Cisneros para que manifestase con qué poderes gobernaba en el ínterin que medió hasta la llegada del emperador Carlos V, “contestó éste asomándose a los balcones que daban al campo y señalando la artillería y tropas: con estos poderes gobernaré hasta que el príncipe venga”. Posteriormente, las casas pasaron a manos del duque del Infantado cuyos descendientes las habitaron hasta finales del siglo XVIII. Hay que hacer una mención especial a un personaje de indudable raigambre nobiliaria, cuya vida suele aparecer asociada a esta mansión. Nos referimos a Rodrigo Díaz de Vivar Hurtado de Mendoza, cuyo bautismo con el padrinazgo de Felipe III es narrado en diversos anales. Fue el séptimo duque del Infantado y nieto del célebre duque de Lerma, Francisco Gómez Sandoval, luego cardenal, cuyo traje purpurado lo libró de morir ajusticiado al presentarse de esa guisa ante los corchetes que le iban a prender. El hecho motivó el famoso pasquín que decía aquello de “El mayor ladrón del mundo, para no ser degollado se vistió de purpurado”.

Palacio de los Vargas

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Fachada del palacio de los Vargas. Foto es.wikipedia.org

Enfrente de donde se levantaron las casas de los Lasso de Castilla, es decir en la fachada este, tenemos aún en la actualidad el palacio de los Vargas. Debe su nombre a Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V y según Mesonero “tan privado consejero que no había asunto de importancia que no le consultasen, respondiendo con la fórmula averígüelo Vargas que quedó después como dicho popular y aun como título de comedias de Tirso y otros”. El tal licenciado Vargas era en aquel tiempo el heredero de la familia Vargas, dueños de la Casa de Campo hasta que esta extensión pasó a manos reales y descendiente de Iván de Vargas, el que fuera dueño de las tierras donde trabajó San Isidro allá por el siglo XI. A este Vargas pertenecían prácticamente todas las construcciones de la manzana que da tanto a esta plazuela por su parte este como a la de San Andrés, incluyendo la que hoy se considera casa y museo del santo, e incluso otras propiedades que se extendían hacia las calles del Almendro y limítrofes. Por cierto, en la casa museo de San Isidro se encontraba el pozo donde cayó un hijo de Iván de Vargas que salvó la vida gracias a la intervención del santo campesino. Por el norte de la plaza la posesión llegaba hasta la hoy calle del Príncipe de Anglona. Para describir el actual palacio de Vargas vamos a dar una vez más la palabra a Pedro de Répide para que nos aclare que “la fachada se conserva con su paramento de granito, coronada por una galería cuyos arcos han sido bárbaramente cegados. Da entrada por una puerta de artística talla a la que se sube por doble gradería al claustro, por donde se pasa a la Capilla del Obispo”. Estamos en el frente sur y a la izquierda se encuentra el palacio que Vargas el viejo construyó para su mayorazgo, aunque hoy todo nos parezca una sola edificación. Albergó durante un tiempo el Círuclo Católico de Obreros y, durante la segunda mitad del siglo XIX, el café y teatro llamado España. Tampoco debemos pasar por alto que en uno de sus pisos tenía su vivienda y oficina de préstamos Baldomera Larra, la hija del escritor romántico famosa por ser una conocida y reconocida profesional de la usura.

Capilla del Obispo

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Escudo de Gutiérrez de Vargas en la Capilla del Obispo. Foto es.wikipedia.org

La Capilla del Obispo se erige, como apuntábamos líneas atrás, entre las vertientes oeste y este, es decir en el frontal de la plaza, según se asciende desde la calle de Segovia. Forma parte del complejo religioso de San Andrés, junto a la iglesia de planta gótica y la capilla del santo, de estilo barroco. Hoy en día los tres recintos están incomunicados aunque en el pasado no fuera así y parece ser que la intención de las autoridades administrativas y culturales de la Comunidad de Madrid es en la actualidad volver a unificarlos en un solo complejo, lo que mejoraría su atractivo en cuanto a accesibilidad, tanto para feligreses como para amantes del arte o simples turistas. Se erige sobre un solar donde anteriormente se cree se levantaba una antigua capilla ordenada construir por Alfonso VIII. La capilla actual se edificó antre 1520 y 1535 con el fin de albergar los restos de San Isidro. La iniciativa había partido de Francisco de Vargas, heredero del Vargas para el que trabajó el santo labrador. El obispo Gutierre, hijo de Francisco Vargas, dio el impulso definitivo a su construcción, fundó la capilla y ordenó decorar de forma suntuosa su interior. En su honor el recinto religioso comenzó a ser conocido progresivamente como Capilla del Obispo, dejando en el anonimato su nombre oficial de capilla de Santa María y San Juan de Letrán. Acogió los restos mortales del santo patrón de Madrid hasta 1544. En esta fecha el entonces párroco de San Andrés impuso su criterio y consiguió que el cuerpo del santo fuera despositado en su parroquia, donde permaneció hasta su traslado definitivo a la colegiata de San Isidro, ya en 1769 y por orden de Carlos III. La Capilla del Obispo es uno de los escasos monumentos de arquitectura gótica existentes en Madrid. Su trazado se corresponde con la fase tardía de este estilo, que se prolongó durante los reinados de los Reyes Católicos y en parte durante el de Carlos V. Sólo la fachada que da a nuestra plaza de la Paja presenta un estilo arquitectónico diferente, el renacentista. Fue realizada enteramente en sillarejo de granito y destaca por su aspecto austero, especialmente en la portada de arco de medio punto. Dicha portada está coronada con una cornisa saliente y amoldadura y en su parte inferior se halla una escalinata de tramos enfrentados que permite salvar el desnivel de la plaza. Consta de una sola nave, dividida en tres tramos, y un ábside poligonal, con grandes contrafuertes en el exterior. Las bóvedas son de crucería y estrelladas en el presbiterio. Mampostería, piedra de granito y ladrillo fueron los materiales utilizados en su construcción. El acceso a la capilla se lleva a cabo a través de un pequeño claustro, formado por arcos de medio punto, cuyo aspecto actual tiene que ver con la reforma que se llevó a cabo en el siglo XVIII. La puerta interior, atribuida a Robles y Villalpando, está labrada en nogal y decorada con diferentes relieves, representando escenas bíblicas del Antiguo Testamento fundamentalmente. La decoración de las naves es de estilo plateresco y en su interior destacan, además del retablo mayor, los sepulcros del obispo Gutierre y de sus padres Francisco de Vargas e Inés de Carvajal, emplazados a ambos lados del presbiterio, obra de Francisco Giralte y esculpidos de alabastro. En definitiva, mucha historia, mucho arte y mucho pasado en una plaza que en su día fue considerada centro de la Villa, que aún no Corte. La plaza de la Paja iría progresivamente quedándose apartada del centro neurálgico de la capital a medida que ésta iba extendiéndose hacia este, norte y sur. En palabras de Ramón de Mesonero, con la llegada de la Corte a Madrid “fueron abandonadas aquellas tortuosas calles, aquellos desniveles y derrumbaderos de la parte occidental en la cual apenas queda hoy más que el recuerdo de su grandeza primitiva”. Nostros apostillamos que esa grandeza y esos vestigios arquitectónicos son más que suficientes para hacernos una idea de cómo era el Madrid del bajo Medioevo y primer Renacimiento, en el momento de iniciar su expansión y abandonar las faldas del Alcázar y el barrio de La Morería, en busca de su madurez como ciudad. Magnífico y atractivo testimonio histórico tanto desde el punto de vista cultural como desde el de la simple contemplación visual.

 

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 30, PM en Plazas

 

Reales Estudios de San Isidro (Colegio Imperial)

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Fachada de los Estudios Reales, hoy instituto de Enseñanza Secundaria San Isidro

Los Reales Estudios de San Isidro fueron con seguridad la institución educativa más importante de Madrid desde su creación en la segunda mitad del siglo XVI hasta su progresiva desaparación tras la aprobación y aplicación de la ley Pidal de Educación, en 1845. No se puede decir que fueran la más antigua entidad educativa puesto que desde 1346 funcionaban los Estudios de la Villa, aquellos donde el dómine López de Hoyos tuviera como pupilo a su caro alumno Cervantes, pero sí que podemos afirmar sin ambages y sin temor a pecar de exagerados que, hasta la llegada de la universidad a Madrid, los Reales Estudios constituyeron el más trascendente, mejor dotado y más atractivo centro de enseñanza para quienes podían acceder al universo del aprendizaje. Su implantación en la Villa y Corte hay que situarla en el contexto histórico correspondiente, es decir, coincidiendo con la designación de Madrid como capital del Reino, y en el entorno de la Compañía de Jesús, congregación religiosa que además de abanderar la Contrarreforma en España se encargará de todo lo relacionado con la educación hasta la llegada de los Borbones en los albores del siglo XVIII. Por otra parte, el que estemos hablando de Reales Estudios y no de Universidad de Madrid tiene que ver con la campaña de presión que desde finales del siglo XVI llevaron a cabo las universidades de Salamanca y Alcalá para que Madrid no contara con un propio centro universitario. Las razones tenían poco que ver con la competencia en el mundo del saber y mucho con la que se les planteaba a nivel económico pues la apertura de un centro universitario en la Villa y Corte conllevaría un menoscabo pecuniario importante para aquellas dos ciudades pues no en vano contar con una universidad suponía un beneficio nada despreciable entonces, tanto como lo pueda ser en la actualidad. El siglo XVI era la edad de oro de las universidades y las ciudades que las acogían se veían rápidamente enriquecidas gracias a los negocios que en torno a estos centros aparecían. Los estudios universitarios, además, se habían popularizado relativamente y era motivo de prestigio entre la nobleza contar con descendientes licenciados en estudios superiores por lo que los poderosos invertían sus buenos doblones en conseguir que sus vástagos titularan.

Madrid capital de España en 1561

María de Austria

María de Austria, impulsora de los  Reales Estudios

El nacimiento de los Reales Estudios hay que situarlo en el Madrid 1566 y en el haber de la Compañía de Jesús. La congregación religiosa abre en esa fecha y muy cerca de la plaza Mayor, en la hoy calle Imperial, un modesto colegio con el fin de hacerse con el monopolio educativo de la Villa y Corte. Nos apoyamos para justificar estos datos en la historia del actual instituto de Educación Secundaria San Isidro -heredero de aquel portocolegio- recogida de su página web. En ella se puede leer que no fue fácil que el Ayuntamiento de la recién estrenada capital diera el visto bueno para la apertura del centro “a pesar de los beneficios que esto traería para la Villa. La razón es que Madrid ya contaba con el Estudio de la Villa, institución dependiente del concejo y fundada en 1346  por lo que el colegio suponía una clara competencia. Pero el poder de los jesuitas hace que el Ayuntamiento ceda y dé su consentimiento. Pocos años después el propio Estudio de la Villa sería absorbido por el colegio de los jesuitas”. El centro permaneció en su modesta ubicación hasta 1603. Para verlo con la denominación de Estudios Reales habrá que esperar a una disposición de Felipe IV firmada en 1625 “con carácter de estudios superiores pero privándole del derecho de otorgar títulos oficiales y rebajando su dotación anual”, según la información recogida en la historia del IES San Isidro. Pero antes de llegar a esa fecha de 1625 y a la condición de Estudios Reales hay que citar a María de Austria, la primogénita de Carlos V y esposa del emperador del Sacro Imperio Germánico, Maximiliano II. A la muerte de su esposo, en 1576, decide retornar a España y se instala en Madrid. De convicciones católicas muy sólidas, se retira al convento de las Descalzas Reales e inicia una relación con círculos jesuíticos que se traduce progresivamente en un fuerte vínculo de amistad y admiración. Visita el modesto edificio del colegio de los jesuitas, comprobando la precaria situación en la que se encuentra en cuanto a medios y decide dejarle en herencia prácticamente todas sus posesiones tras su muerte en 1603, entre ellas el solar situado en la calle de Toledo y que hoy acoge al instituto de Secundaria y Bachillerato. El traslado, por tanto, se produce de forma inmediata y ahí es cuando adquiere el título de Imperial con el que se conoce en aquellos tiempos, aunque también con posterioridad, en honor de la generosa emperatriz fallecida aunque, según la historia del IES San Isidro, el otorgamiento de tal título fue “debido a los litigios que se tienen con los sucesores de la emperatriz que exigen que, debido a la herencia, debe proclamarse a María de Austria como benefactora y patrona del colegio y que el mismo pase a ser denominado Imperial”. Todo parecía organizado para que desembocara en la primera universidad de Madrid pero, como decíamos anteriomente, la presión de Salamanca y Alcalá fue tan fuerte y tan efectiva que ni los deseos del valido Conde Duque de Olivares consiguen darle el rango deseado y los Lope de Vega, Quevedo o Góngora, tras realizar los primeros escarceos estudiantiles, debieron trasladarse a Salamanca o Alcalá para completar su formación superior. Los jesuitas quedaron por decisión real a cargo de las enseñanzas que allí se daban con seis cátedras de estudios menores y refundiendo los antiguos estudios de Latinidad, Retórica y demás áreas que se impartían en el ámbito del Trivium y el Cuadrivium.

Siglo XVIII, siglo de las luces

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El conde de Floridablanca elevó a rango universitario las titulaciones de los Reales Estudios

Las bases están asentadas de forma sólida aun a pesar de no ser considerados estudios universitarios. Los jesuitas se volcarán cada vez más en el sector educativo dejando al margen progresivamente su papel de garantes de los postulados religiosos surgidos de Trento, tarea para la que fueron elegidos por Roma, y habrá que esperar a la llegada de Felipe V a España para que las luces de la razón choquen con las enseñanzas tradicionales, desatando una marejada que se traducirá en un enfrentamiento entre iglesia y Estado que afectará a los Reales Estudios. Nadie puede poner en duda actualmente que la enseñanza en España había llegado al siglo XVIII en un estado lamentable, con métodos y materias impropios de un país que había sido el más importante del mundo un siglo atrás. Por tanto, cuando Carlos III decide expulsar a los jesuitas de España en 1767 a nadie extraña que el antiguo colegio Imperial cierre sus puertas. Aunque solamente será durante tres años. En 1770 reiniciará su actividad como centro educativo laico y dirigido por un laico. Dentro de la mentalidad dieciochesca, el claustro de profesores será elegido por oposición, se renovarán las materias a impartir, se implantarán libros de textos y será el Estado el que lo controle directamente. Sin embargo, aún subyacía en el colegio el lastre que suponía que los estudios que en él se impartian no tuvieran reconocimiento de rango universitario. Dado que las universidades vigentes pasaban por un momento de auténtica crisis, estancadas en los métodos más tradicionales de enseñanza y aprendizaje, y su influencia es cada vez menor, José Moñino, conde de Floridablanca, aprovecha la ocasión para en 1787 otorgar a los Estudios Reales el reconocimiento de sus títulos con el mismo rango que los de cualquier universidad. Pero los jesuitas volverán aunque ya para quedarse durante poco tiempo en España. En 1816, se hacen cargo nuevamente del colegio por orden de Fernando VII. Sin embargo, la situación se tornará resbaladiza y provisional pues nuevamente en 1820, con el Trienio Liberal, serán desalojados del centro educativo y en sus aulas se instalará por primera vez la denominada Universidad Central de Madrid. Tampoco durará mucho esta situación. Los Cien Mil HIjos de San Luis devuelven el poder al Deseado, se cierra la universidad y los jesuitas toman otra vez las riendas del colegio. En esta ocasión hasta la muerte de Fernando VII en 1836, cuando la Compañía de Jesús es expulsada definitivamente tras sufrir en 1834 en sus propias carnes las iras de un pueblo tan analfabeto como manipulado, durante la famosa epidemia del cólera. Murieron hasta 16 sacerdotes del centro, entre otros el insigne arabista padre Artigas. Fueron asesinados a tiros y sablazos y mutilados de forma sádica tal como detalla Marcelino Menéndez Pelayo en su obra Historia de los heterodoxos de España o Benito Pérez Galdós en el episodio nacional titulado Un faccioso más y algunos frailes menos.

Ley Pidal de 1845

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Pedro Pidal impulsó la primera ley educativa en España en 1845

Pedro José Pidal Carniado es nombrado ministro de Fomento por el general Narváez en 1845 y durante su mandato ministerial presentó lo que podría considerarse como la primera gran ley española del ámbito educativo, que va a afectar doblemente a los Reales Estudios. No era un cualquiera el que fue designado por el presidente del Gobierno para tan trascendente tarea. Para sí mismo merecería una entrada en este blog pues estamos ante un personaje de amplia formación cultural y académica, politico liberal, medievalista, historiador, crítico literario y diplomático que, al margen de dar nombre a la ley educativa que se implantó en su mandato, obtuvo las más altas dignidades del Estado siendo considerado uno de los prohombres de la patria hasta su fallecimiento en 1865 a la edad de 66 años.Entre sus méritos académicos está el haber sido presidente de la Academia de la Historia además de miembro de la de la Lengua, defendió la autoría de Juan de Valdés sobre los Diálogos de la Lengua, editó entre otros, la Disputa del alma y el cuerpo, la Vida de Santa María Egipciaca, el Libro de Apolonio, la Adoración de los Reyes Magos o el Cancionero de Baena. Es decir, estamos hablando de alguien por cuyas manos pasaron auténticos monumentos de la literatura medieval española aún hoy referentes en los libros de texto para bachilleres y universitarios. Es más, al morir Pidal dejó una importante biblioteca en la que figuraba el códice del Cantar de Mio Cid. Pues bien, como decíamos, la ley Pidal va a beneficiar a los Reales Estudios en una doble vertiente. Por una parte, ordena el cierre de la universidad de Alcalá, que había entrado en una situación de decadencia irreversible, y recupera ya de forma definitiva la Universidad Central de Madrid, que utilizará los locales de la calle Toledo de forma provisional hasta contar con aulas propias. En los Reales Estudios se instalarán la facultad de Filosofía y Letras, la Escuela de Arquitectura, la de Artes y Oficios y la Diplomática. Además de aportar locales, los Reales Estudios pondrán a disposición del centro universitario su profesorado, su inestimable biblioteca o sus laboratorios. En segundo lugar, como consecuencia de la nueva ley, que pretendía organizar las enseñanzas medias, se crea el instituto de Enseñanaza Secundaria San Isidro, que junto con el Cardenal Cisneros fueron los primeros en abrir sus puertas para este tramo eduactivo en la capital. A partir de esa fecha el centro adquiere una dimensión muy importante en el mundo educativo capitalino. Durante los siguientes cien años su fama fue creciento hasta ser considerada su época dorada gracias fundamentalmente a su claustro de profesores, que aunaba la plana mayor de la docencia española, tanto de las tendencias conservadoras como de las nuevas corrientes pedagógicas europeas, especialmente la krausista.  Por sus aulas pasaron bien como alumnos, bien como profesores, toda una pléyade de nombres a tal punto importantes todos ellos que hacen enojoso, por lo numeroso, el hacer una nómina. En cualquier caso citemos a Nicolás Salmerón, Jaime Vera, Larra, Pío Baroja, Canalejas, Besteiro, Eduardo Dato, Galdo, Benavente, Echegaray, Juan de la Cierva o los hermanos Machado. Durante los albores del siglo XX y hasta la Guerra Civil el antiguo colegio Imperial, después Reales Estudios y ahora instituto San Isidro se consolida como un prestigioso foco cultural al calor de las nuevas ideas y estructuras educativas propias del momento y siempre pendientes de las clases más desfavorecidas de la sociedad. La Guerra Civil supuso el inicio del ocaso del centro. Muchos de sus profesores fueron depurados y perseguidos y las autoridades del régimen franquista parecen estar por la labor de dejar morir lentamente lo que desde tiempos remotos se había constituido en eje del mundo educativo matritense. A finales de los años 60 del siglo XX se remodela el edificio, lo que por un lado supuso una mejora infraestructural indudable aunque a costa de arrasar con una parte del patrimonio artístico del mismo. En la actualidad el IES San Isidro forma parte de la red pública de centros de Educación Secundaria de la Comunidad de Madrid, luchando contra viento y marea contra las zancadillas procedentes de un ámbito politico, más proclive a considerar la enseñanza como un negocio que como un derecho ciudadano y un servicio público. Una vez más ha sido, es y será el claustro de profesores el que deberá mantener viva la llama de la enseñanza, la educación y la cultura aun a costa de un escaso reconocimiento de su labor y de innumerables críticas interesadas y partidistas, perpetradas con el objetivo último y casi siempre único de minar los cimientos de la enseñanza pública de calidad. Esa de la que tan orgullosos se sienten los países del primer mundo.

 
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Publicado por en mayo 28, PM en Obra civil

 

Calle de Huertas

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Calle de Huertas aproximadamente a la altura de la plaza de Matute

Si todas las calles del llamado indistintamente barrio de Las Letras, Los Comediantes o Las Musas cuentan con una densa y prolija historia de siglos, la vía de la que hoy vamos a escribir no la tiene menor pues no en vano otro de los nombres por el que se conoce este popular arrabal del Madrid de los Austrias es por el suyo, barrio de Huertas. Ello se debe a esta calle, que discurre entre las plazuelas del Ángel y la llamada de la Platería de Martínez, extensión de la propia calle y desembocadura al populoso paseo del Prado. Debe su denominación a que siglos atrás se encontraba dicha vía en las afueras de la Villa y Corte y a ella daban las huertas del extrarradio. Otra versión nos dice que era lugar de paso hacia las huertas que en la zona denominada del Prado se cultivaban. En cualquier caso, actualmente es una de las vías señeras y más transitadas del centro de la capital, santo y seña del barrio literario pues no en vano en su empedrado se han escrito fragmentos de los principales autores de la prosa y el verso español, lo que hace las delicias del flaneante, que tiene la oportunidad de hacer un alto en el camino para leer versos o fragmentos narrativos aprendidos en su más tierna infancia o adolescencia antes o después de echarse al coleto un trago de cualquier bebida espirituosa en los variopintos garitos que jalonan su recorrido. Dada su importancia, hoy más que nunca queremos echar mano de nuestros guías habituales, Mesonero y Répide, quienes nos relatan sabrosas e impagables anécdotas, como aquellas referidas a que por Huertas y calles adyacentes se refugiaban las sacerdotisas de Venus, dando pie a refranes tan castizos como el de En huertas más putas que puertas o En Huertas una puta en cada puerta. No nos dicen eso ni don Ramón ni tampoco don Pedro, pues su pudor se lo impedía, pero sí que aluden con cierta sorna al hecho de que por aquí moraban en ameno revoltijo las coimas con los comediantes.

Sociedad El Fomento de las Artes

Inocencio Riesgo Le Grand

El sacerdote franciscano Inocencio Riesgo Le Grand

Vayamos pues con los datos oficiales y pongámonos en manos de Pedro de Répide quien, en Calles de Madrid, deja escrito que las huertas cercanas al Prado, “que dieron nombre a esta calle, eran las del marqués de Castañeda, gentilhombre de Enrique IV, y que después pasaron a ser propiedad de los frailes de San Jerónimo hasta que el crecimiento de la villa obligó a su desaparición”. No dan fechas ninguno de nuestros asesores pero se sabe que las huertas del Prado existían allá por mediados del siglo XVII.  Hacia 1920 fecha en la que Répide publica su biblia callejera de la capital, ya la rúa de Huertas tenía su caché pues la califica de “calle muy madrileña, enclavada en el corazón del barrio de los comediantes. Tiene a su comienzo ese atrio maravilloso de la vieja parroquia en uno de cuyos muros se lee aún el azulejo que dice Zementerio -así, con zeta- de San Sebastián”. Obviamente se trata del principio de la calle, del lugar que ocupó el cementerio de la parroquia de San Sebastián y del que dimos cuenta en nuestra entrada dedicada a la plazuela del Ángel,  a donde remitimos al lector porque el trayecto nos apremia y hay bastante que narrar.Y es que en el número 6 de la vía el 7 de noviembre de 1837, Ie sacerdote Inocencio Riesgo Le Grand creó la sociedad El Fomento de las Artes para la instrucción de las clases más populares y “armonizar los intereses de los trabajadores con los maestros”, según consta en los anales de la época. Riesgo Le Grand fue un fraile franciscano madrileño nacido en 1807 y fallecido en 1874, profesor y publicista y en general hombre muy singular. Sólo hay que leer lo que el periódico La Ilustración Católica comentaba en su edición del 15 de diciembre de 1882, con motivo de un homenaje póstumo, al cumplirse el 75 aniversario de su nacimiento. No pierdan ripio porque el texto lo merece. Dice La Ilustración: “Hace años que la sociedad denominada Fomento de las Artes se distingue por el carácter un tanto avanzado de sus ideas pues allí han ejercido su magisterio hombres de doctrinas funestas y, aunque neutral a todos los partidos, ha dominado entre sus socios el elemento democrático. Pues bien, esta sociedad va a celebrar, justamente el día de los Inocentes, el aniversario del nacimiento de su fundador, y, ¡oh, pícara fatalidad! su fundador resulta que frue… ¡un fraile! El padre Inocencio Riesgo Le Grand perteneció a la orden de San Francisco y él fue quien por verdadero y legítimo amor al pueblo instituyó el Fomento de Artes que, andando el tiempo, había de ser cátedra de sacerdotes apóstatas. Los impíos podrán clamar cuanto les plazca contra los tiempos pasados y entonar himnos en loor de los presentes pero la historia imparcial dirá a las generaciones futuras que todas las grandes instituciones como los insignes monumentos tienen por primera página el nombre de un religioso, o de un sacerdote o de un caballero cristiano, mientras que la última pertenece a cualquier revolucionario que medró a costa de la institución disuelta y del monumento destruido”. Sobran las palabras y los comentarios pero bien se puede añadir aquí aquello de que Dios escribe derecho con renglones torcidos ya que se trató de un fraile atrevido, avezado y avanzado sobremanera para su tiempo y con un pensamiento muy contrario a lo que de él podría suponerse.

El príncipe Muley Xeque

Palacio de Santoña

Fachada del palacio de Santoña donde habitó algún tiempo el príncipe Muley Xeque

Pero no nos detengamos más y sigamos nuestro camino hasta llegar a la esquina con la calle del Príncipe, donde se encuentra el llamado palacio de Goyeneche, según Répide, “uno de los caracterizados palacios de estilo madrileño, con sus portadas barrocas y sus anchos balcones”. Esta fisonomía se debe a la reforma que llevó a cabo Pedro de Ribera por orden del político, banquero y terrateniente navarro Juan Francisco de Goyeneche que adquirió el caserón en 1731 y que deseaba que Churriguera se lo reformara. La muerte del arquitecto en 1725 obligó a que fuera el continuador de dicho estilo, el arriba citado Pedro de Ribera, quien labrara en granito la portada que da a nuestra calle de hoy. Pero debemos remontarnos al siglo XVI para esbozar la historia del edificio. En esa época fue la casa de Ruy López de Vega, de los marqueses de Fresneda y de los vizcondes del Fresno. En ella vivió el príncipe de Marruecos, Muley Xeque, quien se convertiría al cristianismo con el nombre de Felipe de África. El también llamado príncipe negro. La historia de este hombre tiene su aquel y merece la pena hacer un alto en el camino para narrarla. Había nacido en Marrakech en 1566, hijo del sultán Saadí Muhammad al-Mutawkkil quien, tras reinar desde 1574 hasta 1576, fue destronado por su tío Abd al-Malik. Ayudado por las tropas portuguesas del rey don Sebatián, Saadí hizo frente a su pariente con escasa fortuna para todos pues no en vano se llamó al enfrentamiento batalla de los tres reyes ya que todos perdieron la vida en la refriega, dando paso al reinado del hermano de Abd al-Malik. En consecuencia, Muley Xeque debió exiliarse y llegó a España con doce años de edad, asentándose en la localidad sevillana de Carmona. Decidió abandonar la religión musulmana tras asistir a una romería en Andújar y fue bautizado en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, apadrinado por el mismo Felipe II, de quien tomó el nombre. Fue designado grande de España y comendador de Santiago y pasó a residir en esta calle de Huertas, haciendo amistad, entre otros, con Félix Lope de Vega, quien le dedicaría una comedia y al menos un soneto. Al decretarse la expulsión de los moriscos, la presencia del antiguo musulmán en la corte resultaba políticamente incorrecta, razón por la que decidió trasladarse a las posesiones españolas en Italia, muriendo cerca de Milán en 1621. Volviendo al palacio que le dio asilo hay que decir que en el siglo XIX fue vivienda de los ricos y aparentemente desprendidos marqueses de Manzanedo, duques de Santoña, quienes en sus salones celebraron suntuosas fiestas. También hay que dejar consignado que fue la última residencia del presidente del Gobierno José Canalejas, asesinado alevosamente en la Carrera de San Jerónimo, desembocadura a Puerta del Sol, el 12 de noviembre de 1912. Vecino del palacio fue anteriormente Miguel de Cervantes, como él mismo apunta en la Adjunta del Parnaso. Pero sigamos adelante recordando que por estos pagos estaba la taberna de Lepre, de la que hablábamos en la entrada de la calle del Príncipe. Más abajo, en la esquina con la calle del León, se encuentra el edificio que fue sede de La Mesta y del que también dimos cumplida cuenta en la mentada entrada dedicada a esta popular vía matritense, como igualmente escribíamos del edificio que se encuentra enfrente, el Nuevo Rezado, que hoy es ocupado por la Real Academia de la Historia.

Fachada meridional del convento de las Trinitarias

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Fragmento del comienzo del Quijote en las baldosas de la calle Huertas

Nos dice Pedro de Répide que desde esta esquina de la calle de Las Huertas con la del León hasta el Prado “pueden ser lugares señalados la fachada meridional del convento de las Trinitarias, la lápida que honra la memoria del gran dibujante madrileño Urrabieta Vierge y sobre lo que fue huerta de los Capuchinos, entre la calle de Jesús y el Prado, el beaterío y jardín de las Hermanas de la Caridad”, enfrente del que existía, por cierto, en tiempos de nuestro Ciego de Vistillas un pintoresco patio de chispería “con su fragua crepitante y un árbol añoso que parece dar un prestigio patriarcal a aquel paraje, digno de mover la inspiración de un pintor”. Pero detengámonos en el convento de las Madres Trinitarias, actualmente en boga porque se está intentando dar con la tumba de Miguel de Cervantes mediante técnicas muy novedosas en cuanto a la detección de restos humanos. Es probable que próximamente se consiga encontrar la osamenta del manco más venerado de la historia de la literatura, hecho que nos alegraría sobremanera y que resolvería uno de los enigmas más debatidos en el ámbito cultural español. Que así sea. Mientras tanto, digamos que el actual convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso y San Juan de la Mata es un conjunto arquitectónico cuya construcción primitiva data de 1609 aunque la edificación actual corresponde a ampliaciones y reformas posteriores. Consta de una iglesia y de un convento fundado también en la fecha de su construcción por Francisca Romero, hija de Julián Romero, general de los ejércitos que Felipe II desplazó a Flandes. En 1673 se llevaron a cabo obras de ampliación que debieron interrumpirse en 1688 debido a la muerte del arquitecto Marcos López. José del Arroyo continuaría la reforma, que llegaría a buen fin diez años más tarde, en 1698. Como es sabido y lo apuntábamos líneas atrás, en la antigua iglesia recibió sepultura el autor del Quijote aunque el templo actual presenta otra configuración, destacando por estar rodeado por el convento. Aquí profesaron una hija natural de Cervantes y sor Marcela de San Félix, la que viera pasar el cadáver de su padre, Lope de Vega, camino de la iglesia de San Sebastián, antes de recibir sepultura en el cementerio que Répide nos nombraba al inicio de la entrada. Algunos de los muebles que en la actualidad se exhiben en la casa-museo de Lope de Vega, en la cercana calle de Cervantes, fueron donados por las religiosas con el fin de ponerlos a disposición de los visitantes de la última residencia del fénix de los ingenios. Y aquí abandonamos nuestro caminar por la calle de Huertas. No, no nos hemos olvidado de la plaza de Matute o de la Platería de Martínez, ambas lugares de flaneo agradable y remansos de paz tanto si se viene del Prado como si nos coge de paso desde el centro en nuestro descenso por la vía que hoy hemos transitado. En otra ocasión nos ocuparemos con la profundidad que merecen estos dos pequeños recintos porque aunque sus dimensiones hagan pensar que poco hay que decir de ellos, nada más lejos de la realidad. Tanto Matute como Platería de Martínez cuentan en sus anales con sabrosas realidades y no menos suculentas leyendas dignas de plática más extensa que un simple apéndice al final de Huertas. Otro día será.

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 26, PM en Calles

 

La Fontana de Oro

Placa de La Fontana

Placa dedicada a Galdós en el lugar exacto donde estuvo el café fonda. Foto http://www.minube.com

La Fontana de Oro fue una fonda café que mantuvo abiertas sus puertas en Madrid desde finales del siglo XVIII hasta 1843. Se encontraba situada en la esquina formada por las calles Carrera de San Jerónimo y Victoria, es decir, muy cerca de la Puerta del Sol. De este recinto no se conocen demasiados datos pero ha pasado a la historia por dar título a una de las novelas primerizas de Benito Pérez Galdós, publicada en 1870, que tiene como epicentro de la acción ese café, que lleva ese título y que refleja las vicisitudes de la política española durante el llamado Trienio Liberal. Gracias a la descripción que de ella hace el narrador realista canario podemos conocer no sólo la fisonomía del local sino también el ambiente que se respiraba en el mismo ya que era punto de reunión de los liberales, tanto los exaltados como los más moderados. En la novela se mezclan los hechos históricos reales del Madrid de aquel tiempo con las vicisitudes ficticias de los personajes de la novela. De su carácter realista y del conocimiento del Madrid del siglo XIX por parte de Galdós podemos deducir sin temor a equivocarnos que la descripción del café es fiel a la realidad histórica pues el escritor situará una buena parte de su obra narrativa en las viviendas, calles, organismos públicos y cafés del Madrid del siglo XIX, convirtiendo sus novelas en una de las fuentes de información más fidedignas para estudiar la fisonomía del Madrid decimonónico y los hechos y las causas que condicionaron la vida política española y madrileña y que desembocaría en la gran crisis del 98, con la pérdida de los últimos reductos del gran imperio español. Se sabe que La Fontana de Oro ya se encontraba abierta al público hacia 1760 y que figuraba como posada para caballeros, botillería y, poco después, fonda. El dueño del negocio era una italiano de Verona por nombre Giuseppe Barbazan. Fue uno de los primeros locales de este estilo en abrir sus puertas en la Villa y Corte, junto a La Cruz de Malta, el Lorencini y la Fonda de San Sebastián. Durante el Trienio Liberal se constituyó en foco muy activo de discusión política, habiendo noticia de que en su tribuna peroró Antonio Alcalá Galiano, tal como refleja Pérez Galdós en su novela. Fue el momento de máximo esplendor del local que, con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, dejaría de ser foro de exposición de ideas políticas para reconvertirse nuevamente en fonda de viajeros. En 1843 el negocio pasó a manos de un empresario francés llamado Casimir Monier, quien abrió un complejo mixto de baños y salones de lectura, cambiando su uso y su nombre por el de Hotel Monier y cerrando una etapa singular de la vida política y social matritense, justo en el momento en que empezaban a aflorar y multiplicarse este tipo de locales llamados cafés o botillerías o de ambas formas.

El más concurrido, el más agitado y el más popular de los clubs

En su novela, Benito Pérez Galdós sitúa La Fontana de Oro como el eje de la agitación popular en los momentos en que el rey Fernando VII, pese a haber jurado la Constitución de Cádiz, inicia ya los movimientos convenientes para ir minando la acción y la moral de los liberales. El pueblo llano madrileño de esa época así como una concienciada juventud intelectual intentan sostener el liberalismo y para ello participan activamente de la política con la asistencia a tertulias, mítines y otros actos de carácter ideológico que se suelen llevar a cabo en clubs privados o en cafés públicos. Es el caso de La Fontana de Oro, hacia donde acuden las gentes siguiendo a los mejores oradores del momento con el fin de saber a qué atenerse respecto de las noticias que recorren los mentideros. Don Benito describe en el primer capítulo de la novela el gentío que se dirige al café desde la cercana Puerta del Sol, utilizando la técnica del narrador confidente del lector: “Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local que no debe ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la célebre Fontana de Oro, café y fonda, según el cartel que hay sobre la puerta”. A la descripción física de la entrada del local sucede la del público que a él accede y que el escritor califica de “juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír el aplauso colectivo”. Desde la lejanía cronológica de los hechos ya acaecidos tiempo ha, el narrador nos cuenta el devenir posterior de quienes lideraron en aquellos momentos la vida política callejera y que tenían su sede parlamentaria en La Fontana, “allí se había constituido un club, el más célebre e influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados de su nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país. Muchos de ellos viven hoy y no son, por cierto, tan amantes del bello principio que entonces predicaban”. Es en el capítulo II donde describe al detalle tanto los elementos inmóviles y ornamentales del recinto como a las personas habituales que en él se encuentran, desde el dueño hasta los camareros pasando por un gato que a buen seguro debió existir en la realidad. La minuciosidad acompaña al escritor en su relato descriptivo. Atentos: “En La Fontana es preciso demarcar dos recintos: el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al principio el orador se ponía de pie sobre la mesa y hablaba. Después, el dueño del café se vio en la necesidad de construir una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable que fue preciso arreglar el local poniendo bancos ad hoc. Después, a consecuencia de los altercados que este club tuvo con el Grande Oriente, se demarcaron las filiaciones políticas. Los exaltados se encastillaron en La Fontana y fueron espulsados los que no lo eran. Por último, se determinó que las sesiones fueran secretas y entonces se trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto tomando café o chocolate sentían en los momentos agitados de la polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo, con toda la mole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre inveterada de concurrir al café”. Relata el narrador de La Fontana de Oro que el dueño del local intentaba conciliar los intereses de parroquianos y políticos, aconsejando el respeto mutuo pero este intento de mediación fue considerado una muestra de servilismo por lo que los primeros decidieron definitivamente abandonar el local. Sin embargo, la novela sitúa su acción en la época en la que estaban mezclados unos y otros en la planta baja.”Aquellos fueron los buenos días de La Fontana, cada bebedor de café formaba parte del público”, explica el narrador.

Dimensiones, decoración, muebles…

La fontana de oro 1

Curiosa edición de La Fontana de Oro. Foto http://www.fotocoleccion.net

Yendo a las dimensiones, decoración, muebles y demás ornamentación del local, la novela es generosa en su detallismo y Pérez Galdós describe con tanto primor como sentido de la ironía: “Entre los numerosos defectos de aquel local no se contaba el ser excesivamente espacioso. Era, por el contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no guardaban simetría. Para reformar el café fue preciso derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente se pensó en decorarlo con arte”. Para ello cuenta la novela que se contactó con los mejores especialistas del ramo que pululaban por la corte, que acordaron las modificaciones a realizar. Capiteles en las columnas, cenefas varias, papeles pintados de la vecina vía Majaderitos -hoy calle Cádiz- y un largo etcétera que posibilitara dar lustre y categoría al local. “Así se hizo y un día después la cenefa engrudada por los mozos del café fue puesta en su sitio. Representaba  unos cráneos de macho cabrío de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban a enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas, formando todo un conjunto anacreóntico fúnebre, de muy mal efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco, con ráfagas de rosa y verde…/….En los dos testeros próximos a la entrada se colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra de hojadelata. Estos espejos fueron cubiertos de un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle”. Prosigue Galdós describiendo a través de su narrador el resto de elementos ornamentales del local. Ahora se refiere a un quinqué, quinquet según la terminología de la época, que recibiá “diariamente de las entrañas de una alcuza, que detrás del mostrador había, la sustancia necesaria para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche, hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien dice no, y se extinguía dejando que salvaran la patria a oscuras los apóstoles de la Libertad”. Del estilo narrativo galdosiano deducimos que se trataba de un local poco depurado y menos adecuado para acoger a quienes se consideraban los arietes del futuro político español. Subraya esta impresión la descripción que se hace del mobiliario, muy modesto, “reducíase a unas mesas de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en la parte inferior y embadurnadas de blanco para imitar al mármol en la parte superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro”. Dirige a continuación su mirada el narrador al mostrador y a sus existencias, sin olvidarse de quien detrás de él hace de vigía impenitente: “el mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón y en la fachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban en confuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbable imagen del cafetero y, a un lado y otro de éste, dos estantes donde se encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de estos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales porque la otra  mitad no existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima de los estantes, por encima de los hombros del amo se veía saltar un gato enorme que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón, durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato prudente que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía mayar ni derribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamaba Robespierre“.

Ardiente juventud de 1820

La Fontana de Oro

Actual Fontana de Oro cerca de donde el antiguo café en calle Victoria. Foto http://www.tulollevas.com

Pasa a continuación el genio de las letras canario a describir al elemento humano, que en La Fontana de Oro se reunía con devoción de creyente, calificándolo de ardiente juventud de 1820, para pasar a continuación a preguntarse de forma retórica, “¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos habían salido de las Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos que acabó iluminando a muchos.Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores a la vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más fecundo, tal vez, que el del 12”.  Por último, el narrador intenta explicar los intereses que, más allá de las discusiones, albergaban tanto los ponentes como quienes escuchaban con fe absoluta sus discursos y dice que “al crearse el club no tuvo más objeto que discutir en principio de cuestiones politicas; pero poco a poco, aquel noble palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron los fontanistas tener influencia directa en el Gobierno. Pedían solemnemente la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad. Demarcaron los dos partidos: moderado y exaltado, estableciendo una barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en La Fontana se agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos para amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entretanto, fomentaba secretamente el ardor de La Fontana, porque veía en él un peligro para la Libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió a alguno de los oradores e introdujo allí ciertos malvados que fraguaban motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema constitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia de Fernando, cerraban La Fontana, y entonces ésta se irritaba contra el Gobierno y trataba de derribarle”. En fin, real como la vida misma y muy actual y sintomático de la personalidad e idiosincrasia del pueblo español que, pese al paso de los siglos, parece haber cambiado batante poco. Por una parte, cándido en extremo y por otra, fácilmente manipulable además de pérfido y desconfiado de cualquier sistema político pues la experiencia le demuestra que en raras ocasiones se puede fiar de sus representantes. La Fontana de Oro, tanto la novela como el café real, fue un espejo de cuerpo entero del fracaso de una sociedad española que, como en tantos momentos de la historia, había iniciado una andadura con el objetivo de integrar las diferentes sensibilidades políticas que alberga en su seno. Ni entonces, ni antes, ni después lo hemos conseguido porque lo particular prima sobre las ideas e intereses de la colectividad. Quizás algún día se logre salir del halo de cicaterismo y miseria moral que nos envuelve. Actualmente, en la calle Victoria y unos metros más adentro de donde estaba la antigua Fontana, un pub irlandés ha retomado su nombre y una parte de su iconografía. Reproduce en algunos aspectos lo que debió ser el local durante los albores del siglo XIX pero ahora la discusión política ha sido desplazada por actuaciones musicales nocturnas y el trasiego de las reglamentarias bebidas espirituosas. Quizás sea mejor así y quizás este sea un marco más adecuado, en cuyo seno seguramente no se solucionarán de forma definitiva los problemas cotidianos del país pero al menos se podrá arreglar el mundo cada noche al calor de un güisquito originario de la verde Erin.

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 22, PM en Cafés

 

Félix Lope de Vega

Lope de Vega

Félix Lope de Vega y Carpio

Complicado pero atractivo para quien estas líneas emborrona el intentar dibujar con palabras el perfil de uno de los madrileños más famosos de su tiempo y a la vez tenedor de una de las biografías más controvertidas desde el punto de vista ético. Complicada tarea pero atractiva aunque quizás de un atrevimiento rayano en la inconsciencia. Pero vamos a intentar sacar adelante esta empresa aun a costa de perdernos en un jardín donde nos vamos a encontrar todo tipo de especies. Porque la vida de Félix Lope de Vega y Carpio es densa, con mil y una doblez, enrevesada pero a la vez clara como el agua de las fuentes madrileñas en las que él situaba muchas de sus escenas. En la mente del genio de las letras españolas no podemos entrar, tampoco lo pretendemos, pero sí podemos repasar sus experiencias vitales o la parte de esas vivencias que reflejó sin demasiados ambages en su literatura, en especial en su teatro, verdadero silo donde los más insignes biógrafos se han aprovisionado con el objetivo de recoger datos para a continuación intentar esbozar la personalidad del biografiado. Se puede, si se quiere, censurar su comportamiento con el sexo opuesto, incluso se puede poner en solfa la calidad de su teatro, género en el que marcó un antes y un después, pero lo que no se puede poner en duda es su capacidad de sacrificio, tanto en el ámbito literario como al margen de éste. Lope fue un trabajador nato,en la medida que dedicó muchas de sus horas a llevar la administración de nobles de todo tipo y condición. Lope fue un ejemplo de constancia pues se dedicó a la literatura en cuerpo y alma desde su más tierna infancia, cifrándose solamente su producción teatral en alrededor de 1500 obras escritas. Y en verso… Lope, además, tenía tiempo suficiente para entretener y contentar a las muchas damas que pasaron por su vida y por su tálamo. Y además, Lope se debatía continuamente entre rendir culto al cuerpo y seguir los consejos del alma por lo que solía acudir con regularidad a oficios religiosos para atemperar y perdonarse sus excesos vitalistas. Se sabe que en el Madrid del primer tercio del siglo XVII, cuando algo era de calidad indiscutible se sancionaba diciendo que era de Lope. Se sabe que la gente se detenía en la calle y le rendía pleitesía cuando se cruzaba con él e incluso los más insignes personajes del momento se llevaban la mano al ala del sombrero en tales circunstancias. Se sabe que cuando el genio acercaba sus pasos al mentidero de la calle del León, al de San Felipe o a las losas de Palacio, el corro que lo rodeaba callaba y esperaba su opinión como si de la del oráculo se tratase. En la Villa y Corte cualquier ciudadano de cualquier estrato social conocía los rasgos faciales de Félix Lope de Vega y Carpio, en una época -no lo olvidemos- donde no existía ni la fotografía, ni la televisión, ni internet, ni redes sociales. Consta en los anales de la Historia con mayúsculas que el día que lo llevan a enterrar desde su casa en la calle de Francos -hoy Cervantes- hasta la iglesia de San Sebastián, cuando el cadáver aún no había salido de su domicilio ya la cabecera de la comitiva hacía tiempo que había llegado a la iglesia. ¡Hombre!, no es que hubiera una excesiva distancia entre ambos puntos pero sí la suficiente para que este hecho dé una idea de la magnitud del acontecimiento.

Nacido frente a la puerta de Guadalajara

Nació Félix Lope de Vega y Carpio en la calle Mayor, frente a la puerta de Guadalajara, el 25 de noviembre de 1562 aunque algunos biógrafos retrasen la fecha alrededor de una semana. Una placa municipal recuerda actualmente el hecho, frente a la plaza de San Miguel, cuyo actual mercado lo ocupaba entonces la iglesia de San Miguel de los Octoes, donde fue bautizado por sus padres, él un humilde bordador llamado Félix de Vega y ella, Francisca Fernández Flórez, una dama también cántabra de quien se desconocen más datos. El matrimonio había llegado a Madrid poco tiempo antes, atraído por las posibilidades profesionales que ofrecía la ciudad desde que en 1561 hubiera sido nombrada sede de la Corte del Reino. Desde muy temprana edad el chaval ya demostró un talento inusual para las letras y se tiene por indudable que con cinco años componía versos y leía latín y castellano. A los once comienza a escribir comedias y es posible que de esa época sea su primera obra, titulada El verdadero amante. Sus progenitores debieron ver en él tales capacidades para la versificación que lo mandaron a desbravarse a la escuela de Vicente Espinel, el autor de la novela picaresca Vida del escudero Marcos de Obregón y creador de la estrofa denominada décima. Siguió adelante con su preparación en el estudio de la Compañía de Jesús, en la calle de Toledo, que en el año 1574 se convertiría en colegio Imperial. Su formación se debía completar con su paso por la universidad de Alcalá de Henares. Y en efecto, desde 1577 a 1581 permaneció en la localidad complutense pero al percibir sus padres que la vida que allí llevaba era más desordenada de lo admisible, que ya el sexo femenino le absorbía de manera excesiva el seso y que el pecunio familar no daba para dispendios inútiles, decidieron cortarle el grifo. Al no titular como bachiller y sin apoyo económico decidió ganarse la vida trabajando como secretario de aristócratas y prohombres, algo que haría durante muchas etapas de su vida, unas veces por necesidades particulares y otras porque su incontable prole de hijos hacía que no fuera suficiente con una obra de teatro cada veinticuatro horas para darles sustento a todos. Por esta época comienza a escribir sus primeros dramas pero no es tiempo todavía de ver los resultados traducidos a doblones por lo que en 1583 se alistará a la Marina con el fin de pelear en la batalla de la isla Terceira, en las Azores, a las órdenes de Álvaro de Bazán. Esa será la primera de sus dos incursiones en la milicia. La segunda tendrá lugar cuatro años más tarde cuando se alistará en la Gran Armada, embarcando en el galeón San Juan.

El fénix de los ingenios

el arte nuevo de hacer comedias

Portada del Arte nuevo de hacer comedias, manual que recoge las características del teatro lopesco

Aunque es imposible desligar su biografía literaria de la familiar y social es necesario intentar hacerlo dada su densidad. Comenzando por la primera, hay que decir que ya desde sus primeros años se percibe en el ambiente que un monstruo de la pluma está a punto de explotar. Lo intenta con la prosa y con el verso lírico, donde descolla en un Madrid en el que los genios de la literatura se reproducen como hongos. Pero es en el drama donde Lope conseguirá convertirse en el más grande de su tiempo sin discusión. Crea una nueva forma de hacer teatro, la Comedia Nacional. Y, pese a lo que muchas veces se ha dejado caer no lo hace desde la nada. Bien es verdad que Lope no acabó sus estudios universitarios, que no tenía la formación académica de un Calderón o un Quevedo, pero sí que es cierto que conoce el teatro renacentista, que ha leído obras de Juan de la Encina y los autores del siglo XVI y que durante su exilio junto al Turia contacta con los mejores dramaturgos de Valencia. A partir de ahí va a buscar hasta encontrar la fórmula que triunfe y que él recogerá en su Arte nuevo de hacer comedias, publicado en 1609 y que será seguido en adelante por prácticamente todos los dramaturgos como si de la biblia del teatro se tratara. Pero años antes, con el cambio de siglo, ya Lope es un escritor conocido y respetado pues no en vano es entonces cuando se convierte en el primer autor español que pleitea para conseguir derechos de autor. Se le niega tal pretensión pero al menos se le permite corregir sus comedias, que se imprimen muchas de ellas sin su permiso. Pero volviendo a la forma de hacer teatro de Lope hay que dejar sentado que una parte de su prestigio le viene por haberse atrevido a romper con el clasicismo imperante. Su teatro prescinde de la regla de las tres unidades, de la separación entre la tragedia y la comedia, de la monometría y de otras reglas que lo único que hacían era encorsetar un intelecto que necesitaba de libertad creadora para conseguir un producto popular, entretenido, de mucha acción y poca reflexión, pero que contentaba tanto a ingnorantes como especialistas, tanto al pueblo llano como a los nobles. En cuanto a su temática, al margen de las cuestiones de honor, la defensa de la Monarquía y de la religión católica le otorga el beneplácito de los poderosos. Las comedias de Lope, representadas tanto en el teatro de la Cruz como en el del Príncipe, eran esperadas como acontecimientos singulares y cuando escribe y estrena sus principales dramas, a partir de la segunda década del siglo XVII, ya no hay mosqueteros en el patio de los corrales que se atrevan a reventarle una representación. De esta época y posteriores son sus mayores monumentos teatrales, a saber, Fuenteovejuna, El mejor alcalde el rey, El caballero de Olmedo o su última gran obra, El castigo sin venganza, sin olvidarnos de obras de una etapa anterior de la calidad de Peribáñez y el comendador de Ocaña o El villano en su rincón. Difícil es hacer una selección a vuela pluma sin abrumar al no interesado especialmente por su teatro. Pero completemos la vertiente  drámatica de su biografía diciendo que conservamos poco más de 350 textos teatrales y esto gracias a que su yerno los pudo salvar de un incendio acaecido en su casa. Y tampoco olvidemos que dejó a la posteridad una escuela dramática basada en sólidas bases, que después haría evolucionar, entre otros, su más dilecto discípulo, Tirso de Molina, y que remataría, llegando a la perfección en cuanto a la profundización psicológica, un Calderón de la Barca que daría cumbre a toda una forma singular, intransferible y española de poner ideas en escena.

Mujeriego hasta aburrir

No hay que rebajar ni un ápice la fama de faldero con la que Lope ha pasado a la historia porque sería mentir. Le gustaban todas, jóvenes y maduras, ricas y pobres, guapas y menos guapas, ilustradas e ignorantes, serias y casquivanas. Su vida estuvo condicionada por sus relaciones con el sexo femenino y ya vimos que no terminó sus estudios porque las faldas lo traían y llevaban por la calle de la amargura. Si difícil es hacer una selección de sus obras dramáticas más lo es si cabe enumerar sus conquistas y sus relaciones con el sexo femenino. Más que difícil, imposible. Vamos a intentar hacer un recorrido por las que más influyeron en su vida a sabiendas de que nos vamos a dejar muchos nombres en el tintero. Citemos en primer lugar a sus dos esposas, Isabel de Urbina y Juana de Guardo. Con la primera se casó en 1588 después de haberla raptado de la casa paterna, aunque con el visto bueno de la propia dama. Con ella tuvo dos hijos, Antonia y Teodora, ambos fallecidos en su más tierna infancia. Muere la Urbina de sobreparto y tres años más tarde se desposa con Juana de Guardo, hija de un rico abastecedor de carne y pescado de la Villa y Corte y no muy agraciada físicamente, lo que desató los chismorreos por parte de sus enemigos literarios, especialmente Góngora, que dejaban correr por Madrid el comentario de que se había casado por dinero. Con Juana de Guardo tuvo dos hijas y un hijo, Carlos Félix, su ojito derecho y en el que se manifestaban más claramente los genes de la musa teatral y de la excesiva querencia por el sexo opuesto. Fallece Guardo en 1613 también de sobreparto y Lope no vuelve a casarse aunque ello no quiere decir que cerrara la puerta a sus relaciones con las mujeres. De las amantes que marcaron especialmente su trayectoria tanto vital como literaria hay que destacar a Elena Osorio, su primer gran romance, de la que se enamoró tras volver de la expedición a la isla Terceira. La Osorio estaba separada entonces de su marido y se dice que Lope pagaba sus favores escribieno comedias para la compañía del padre de Elena, el empresario teatral Jerónimo Velázquez. Pero en 1587 la dama decide cortar por lo sano y desposarse con un noble, sobrino del poderoso e influyente cardenal Grandela. Despechado, nuestro insigne vate comienza a escribir libelos injuriantes contra Elena lo que le acarrea su ingreso en presidio. Parece ser que no escarmentó el fénix de los ingenios porque reincidió con los versos difamadores y esta vez el tribunal fue más tajante ya que falló desterrándolo de la Corte diez años además de dos del reino de Castilla, lo que le llevaría a Valencia donde acabaron de fraguar sus principios teatral de la mano de la Academia de los nocturnos, entre los que se contaba Guillén de Castro. En los tres años que median entre la muerte de su primera esposa y el desposorio con Juana de Guardo hay que reseñar que  fue nuevamente procesado por vivir sin vínculo matrimonial bajo el mismo techo con la actriz viuda Antonia Trujillo. Para cerrar este capítulo amatorio -muy somero, dicho sea de paso- no podemos olvidarnos de Marta de Nevares, de la que se enamorará una vez ordenado sacerdote y con la que convivirá bajo el mismo techo con el consiguiente escándalo de propios y extraños aunque al tratarse de Lope todo se le permitía ya a estas alturas. Marta era una mujer muy bella y de ojos verdes que consumió las últimas fuerzas amatorias del genio.Vivió con ella feliz en su casa de la calle de Francos en momentos en que se le reconoce sin discusión todo su talento e incluso la monarquía y el Vaticano le rinden todo tipo de honores. Pero esta dicha le duró relativamente poco porque la Nevares queda ciega en 1622, posteriormente pierde la razón hasta morir orate el 7 de abril de 1632, a los 41 años de edad, rodeada por los cuidados de Lope. Marta de Nevares pudo ser -esto es difícil asegurarlo de un hombre de esta dimensión amatoria- la mujer que más influyó en la obra del genio. No en vano cuando entablan relaciones, Lope acaba de ordenarse sacerdote tras sufrir una grave crisis personal y espiritual y la presencia de Marta supone, además del volver a sentir latir su corazón, el contar a su lado con una mujer con intereses y conocimientos literarios, que incita continuamente al escritor a reanudar su labor dramática. De hecho, de esta época son algunas de sus mejores comedias.

Sacerdote y creyente honesto.

Entierro de Lope de Vega.

Lienzo en el que Marcela, hija de Lope, ve pasar desde las Trinitarias el entierro de su padre

Decía Lope en 1614, al analizar sus contradicciones morales, que mientras “el cuerpo quiere ser cuerpo en la tierra, el alma quiere ser cielo en el cielo”. Y lo cierto es que en estos dos versos se puede resumir la lucha interna del genio contra ciertos excesos amatorios y algunos actos de su vida. Lope se ordena sacerdote en ese año de 1614, lo que no será impedimento para que sus relaciones con las mujeres sigan produciéndose. Pero ya desde su más tierna juventud mostró continuamente tanto en su comportamiento personal como en su literatura, especialmente en la poesía, su cercanía al hecho religioso. Fue un creyente sincero y aunque también se apunta que acudía a los oficios de las iglesias con la doble intención de estar al día acerca del personal femenino que frecuentaba aquellos pagos, lo cierto es que Lope se arrepentía con total contrición, con la misma buena fe que al día siguiente o aquella misma noche se echaba en brazos de cualquiera de sus amantes. Sus Rimas sacras reflejan la muestra más clara de ese fervor, que en esta obra se traduce en sentidos poemas dedicados a santos o inspirados en la iconografía sacra, entonces en pleno despliegue, alentados por las recomendaciones del ya lejano pero siempre vigente Concilio de Trento. Son los años en los que Lope de Vega medita profundamente y deja textos que revelan esa íntima contradicción entre lo material y lo espiritual, como cuando escribe aquello de “yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás…/… Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo…”.  En fin, la vida de un hombre con sus virtudes y sus defectos, con sus contradicciones, pero siempre dando muestras de un vitalismo desbordado que se traslada de su biografía a su obra literaria y viceversa. En Lope no hay doblez pese a las contradicciones. Por eso, cuando el 26 de agosto de 1635 el féretro con sus restos sale del domicilio familiar camino de la iglesia de San Sebastián, están para acompañarlo tanto amigos como enemigos, tanto rivales literarios como seguidores, tanto amantes satisfechas como mujeres despechadas, tanto nobles como gentes del pueblo llano. No en vano más de 200 autores le escribieron elogios que serían publicados tanto en Madrid y hasta en Venecia. Sus restos se perdieron en una monda en la iglesia de San Sebastián, como los de Cervantes, Velázquez y tantos otros personajes venerables y venerados. Pero nos queda su casa museo de la actual calle Cervantes y sobre todo nos queda el testimonio de su prosa, su poesía y sus obras dramáticas, donde además de mostrarnos una forma personal de interpretar el arte escénico nos regala una manera de vivir por encima de corsés al uso. No podíamos esperar menos del que fue llamado monstruo de la naturaleza por otro escritor no menos genial de nombre Miguel de Cervantes. Muchos datos quedan en el tintero acerca de la biografía de Lope de Vega pero en este caso y sin necesidad de apelar al tópico de la falsa modestia creo que se podrá perdonar el que en este limitado recipiente no podamos verter todas las fragancias de tan inagotable perfume.

 

 
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Publicado por en mayo 21, PM en Perfiles

 

Plazuela del Ángel

Plaza del ángel

Plaza del Ángel con la perspectiva de su homónima Jacinto Benavente al fondo

Toda la vida se la ha nombrado plazuela o plaza del Ángel y plaza o plazuela del Ángel la llamaremos. ¿Quiénes somos nosotros para ir, sin más bagaje que nuestras prepotencia e ingnorancia, contra la tradición más madrileñista? Pero lo cierto es que tanto quien esto escribe como cualquier ciudadano que pase por el lugar y reflexione mínimamente sobre la denominación de plaza no puede por menos pensar que alguien se ha equivocado al poner las placas romboides. Porque si nos fijamos con detenimiento nos daremos cuenta que estamos ante una calle que se inicia en la plaza Jacinto Benavente y que a medida que se dirige hacia el este va ensanchándose progresivamente en forma de embudo hasta llegar a la confluencia con la plaza de Santa Ana, a la izquierda, la calle Huertas, al frente, y la antigua calle del Viento, hoy San Sebastián, a su derecha. Visto lo cual insistimos en negar que ese solar responda a lo que se supone debe ser una plaza. Nos negamos en principio y por principios y por más que la realidad oficial nos contradiga. Pero no le demos más vueltas al asunto que más tarde volveremos sobre ello y digamos que seguimos disfrutando del barrio de Las Letras, que esta plaza del Ángel es el pórtico de entrada al arrabal de los comediantes, y que en esta recoleta y curiosa plazoleta el tantas veces fatigado flaneante puede detenerse en alguno de los muchos abrevaderos a mojar el gaznate o si la hora lo aconseja a tomarse un solo en una de las cafeterías que por estos pagos se presentan a nuestros ojos y bolsillos. Es lugar de paso, bien es verdad, entre la zona cercana a la plaza Mayor y esta más ilustrada. Pero en ella se comienza a percibir ese rumorcillo, ese ajetreo, ese ir y venir, muchas veces sin rumbo, que nos dice a las claras que nos encontramos en otra de las áreas de la Villa y Corte propicias para el relax, la charla, el simple paseo o la contemplación del hormigueante vaivén de gentes, dentro del más absoluto dolce far niente, acomodados en una silla, bajo una sombrilla que nos proteja de los siempre peligrosos calores madrileños.

Pintura de un ángel de la Guarda

La plaza del Ángel toma su nombre de una figura de un ángel de la Guarda que aparecía pintado en la fachada de una de las casas. Nos lo dice una vez más Pedro de Répide quien además apostilla que primitivamente la plaza era aún más reducida que en la actualidad “viniendo a ser el espacio que media entre la calle de Espoz y Mina y la de Carretas, pues su parte más ancha se hallaba ocupada por una manzana donde estaba el oratorio y convento de San Felipe Neri, entre cuya fachada oriental y la actual de poniente de la plaza del Ángel quedaba una callejuela que se llamaba del Beso”. El comentario de nuestro habitual guía nos deja aún más escépticos sobre el concepto de plaza pero bien pensado no es el primer solar de estas dimensiones que en la Villa y Corte recibe este nombre, alguno más hay por ahí que refleja esa singularidad municipal a la hora de denominar algunos de sus rincones. Pero dejemos ya esta tan estéril como incruenta polémica que a nada conduce y volvamos sobre el oratorio y convento de San Felipe Neri, que se encontraba en la zona más ancha del embudo que forma hoy la plazuela y que acogía a clérigos menores. Fue fundado en 1660, dedicado al santo que le da nombre. En 1769, tras la expulsión de los jesuitas de España, Carlos III concedió a los filipenses la iglesia que aquellos tenían en la plaza Mayor, junto a la plazuela de Herradores, a cambio de poder derribar su oratorio para poder ensanchar la del Ángel. La única condición que puso el monarca fue que el templo situado en los aledaños de Herradores siguiera siendo dedicado a San Francisco Javier y que se mantuviera el cuerpo de este santo en el altar. El recinto de Herradores fue derribado con la desamortización de Mendizábal y en su lugar se construyó uno de los primeros pasajes comerciales de Madrid, el denominado de San Felipe Neri, y del que ya dimos algún detalle en la entrada correspondiente a la plazuela donde se ubicó. Tras el derribo del templo de la plaza del Ángel y una vez ensanchado el solar una gran cruz de piedra obra de Ventura Rodríguez fue colocada en el centro del mismo, ahora ya plaza con algo más de propiedad, cruz que tiempo después sería trasladada al gran patio del cementerio del Sur.

Palacio de Montijo y Teba

eugenia de Montijo

Bellísimo perfil de Eugenia de Montijo

Pero esta plazuela, con ser tan reducida en cuanto a dimensiones, cuenta con un par de edificios que presentan la suficiente carga histórica para detenernos en ellos. El primero es el palacio de los condes de Montijo y Teba. Lo hemos aludido en nuestra entrada referida a la plaza de Santa Ana porque actualmente el solar lo ocupa el hotel Reina Victoria. Allí comentábamos a que en el año 1810 el arquitecto Silvestre Pérez edificó el elegante palacio de los condes de Montijo y Teba, sobre los terrenos que habían sido propiedad del conde de Baños y de Pedro Velasco de Bracamonde. Nos dice Pedro de Répide que el palacio tuvo una importancia excepcional a lo largo del siglo XIX “por las grandes fiestas que en él celebraba la condesa, cuyas dos hijas, Francisca y Eugenia, habían de ser, aquella duquesa de Alba, y esta emperatriz de los franceses”. Pero dejemos por un momento a Répide y asesorémonos en el diario La opinión de Málaga que en su edición correspondiente al 25 d emayo de 2013 recogía un reportaje firmado por María Jesús Pérez Ortiz, donde se glosaba de forma desmenuzada la vida de la condesa de Montijo y de sus dos hijas. Cuenta Pérez Ortiz que la condesa, María Manuela Kirkpatrick había matrimoniado con Cipriano Palafox y Portocarrero, conde de Teba, pero que el vínculo no resultó satisfactorio para ninguno de los dos. O no todo lo que sería de desear. Se respetaban pero el carácter circunspecto y poco dado a la ostentación del conde chocaba con una María Manuela inquieta, soñadora y con una ambición sin límites que, “afanosa de notoriedad marcha a París con las niñas dejando a su esposo en España. Allí se sirvió de la amistad de Próspero Mérimée y de Stendhal para introducirse en  la brillante sociedad de la capital francesa”. En 1839 muere el conde en Madrid pero su esposa, viendo que sus hijas están en edad de merecer, está más pendiente de organizar fiestas y bailes de máscaras para intentar colocar a las niñas que de llorar a su esposo. Una buena herencia hace que las preocupaciones por el porvenir se desvanezcan y en 1844 casa a Paquita nada menos que con Jacobo Luis Stuard Fitz-James, es decir la convierte en duquesa de Alba. Cinco años más tarde, de vuelta a París tras una breve estancia en la capital, la condesa madre contacta con Luis Napoleón, sobrino del emperador Bonaparte y delfín pretendiente a la corona imperial. Tras algunos tiras y aflojas, engaños y desengaños por parte de Eugenia, el 26 de enero de 1853 se convierte en emperatriz de los franceses, tragando con el carácter mujeriego y la vida licenciosa del emperador, con la diferencia de casi veinte años de edad y sin amor de por medio, para qué engañarnos. Pero no hay atajo sin trabajo y quien quiere medrar tiene que tener si no corazón al menos estómago. Sin embargo, tal como nos cuenta Pérez Ortiz en su extenso y pormenorizado reportaje, los ricos también lloran. En el caso de Eugenia, Napoleón entró en lo que hoy llamaríamos depresión, y entonces simplemente melancolía, aunque sus devaneos amorosos no cesan. En enero de 1856 nace un heredero pero la dicha de Eugenia no es completa durante mucho tiempo porque cuatro años más tarde muere en París de tuberculosis su hermana Francisca, a la sazón duquesa de Alba. El imperio francés se viene poco a poco abajo en 1867 cuando el emperador se convierte ya en un hombre inútil y el pueblo reacciona a favor de la Republica. Exilio a Inglaterra, muerte de Luis Napoleón en 1873 y a la condesa de Montijo ya solo le queda la ilusión de ver a su hijo coronado como restaurador del Imperio. Nada más lejos de sus deseos. El carácter intrépido del príncipe hace que se aliste en el cuerpo de artillería por Inglaterra lo que le lleva a la muerte cuando se batía con honor en Zululandia. Poco después fallece en Madrid la anciana madre mientras Eugenia cuenta con 53 años y una vida por delante todavía extensa. Su existencia transcurrirá a partir de ese momento en la Costa Azul hasta que ya anciana vuelve a España en 1914 escapando de la Primera Guerra Mundial.  Se queda ciega, busca a Barraquer quien la opera y le devuelve la vista y la ilusión. Pero ya la parca ha dictado sentencia y el 10 de julio de 1919 fallece en el palacio de Liria a los 93 años de edad, completando una biografía que dio para leyendas, canciones y literatura. Pero volvamos al palacio de Teba, donde la condesa anciana había anunciado en una de sus últimas y fastuosas fiestas, la celebrada en la Navidad de 1874, la próxima proclamación de Alfonso XII como rey de España. Fue, por así decirlo, su canto del cisne de su agitada vida social. Tras su fallecimiento el palacio se convirtió en Casino Militar y en su piso segundo viviría posteriormente el presidente Canalejas antes de que allí se instalara un centro comercial. Su demolición y reconstrucción durante la segunda década del siglo XX daría paso al actual y majestuoso hotel que en su fachada todavía mantiene bastante de su grandeza.

Palacio del conde de Tepa

Pero trasladémonos a la acera de enfrente y observemos la severa fachada del palacio del conde de Tepa, que fuera construido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX por el arquitecto Jorge Durán, en piedra y ladrilllo alrededor de dos patios, al estilo neoclásico, aunque la historia del lugar es mucho más antigua. Allí durante el último cuarto del siglo XVIII se había establecido una tertulia en una de las salas de la Fonda de San Sebastián, la más importante de la Ilustración. Fue fundada por Moratín padre entre 1771 y 1773 y a ella solían acudir los mejores escritores del momento para leer y discutir las tragedias francesas e italianas, sobre Boileau y Luzán y sus respectivas poéticas, que todos respetaban tanto como rechazaban en su fuero interno, y allí también se leyeron las obras del discutido Rousseau. En la fonda de San Sebastián presentó por vez primera en público sus Cartas Marruecas José Cadalso antes de darlas a la imprenta. En general, en esta tertulia se discutía de literatura, amores y toros, siendo su orientación ideológica más italianizante que francesa. Se intentaba allí renovar la literatura española y despojarla definitivamente de la hojarasca barroca y por los salones de la fonda pasaron, entre otros, los fabulistas Samaniego e Iriarte, Jovellanos, Meléndez Valdés, Goya, Nifo y un sinfín de intelectuales vinculados tanto a la literatura como a otras artes, incluyendo a los románticos Espronceda, Larra o Zorrilla que dejaron caer sus posaderas más de un día en las sillas de la fonda. De esta tertulia habla Mesonero Romanos, que la conoció e incluso debió frecuentar al menos de forma esporádica, calificándola en su Madrid Antiguo de “apreciable reunión  que duró en todo su esplendor hasta que, desapareciendo poco a poco sus insignes fundadores, degeneró en manos de la medianía o del pedantismo”. Comenta Mesonero que La comedia nueva de Moratín hijo reflejó el ambiente que se respiraba en la fonda de San Sebastián, “en que los retrató, como puede decirse con pelos y señales, bajo los nombres de don Eleuterio, don Hermógenes y don Serapio, y hasta fijó la escena en el mismo café del entresuelo, haciendo figurar en ella al mozo Agapito y emblematizando en él la buena fe del vulgo sandio e ignorante, bajo el gráfico nombre de Pipi”. Decir para finalizar el apartado dedicado a la fonda de San Sebastián que su dueño era un hostelero italiano de apellido Grippini, regente a su vez del café La fontana de oro, y que en las paredes de la fonda solía colocar carteles prohibiendo hablar de política a los tertulianos. Huelga decir que éstos no le prestaban mayor atención a esa recomendación.

Reloj de Canseco y cementerio de San Sebastián

1920 reloj de Canseco www viejo-madrid.es

Foto de 1920 con el reloj de Canseco a la derecha. Foto del blog Antiguos cafés de Madrid

Cerramos nuestra visita a la plaza del Ángel pero no sin antes recordar el tan conocido reloj de Canseco, que hasta bien entrado el siglo XX siguió dando la hora de forma puntual para regocijo de pequeños y mayores en la esquina con la calle San Sebastián. Antonio Canseco Escudero habia patentado un modelo de reloj sin pesas en su tienda del número 10 de la plaza. Además, en su escaparate instaló el llamado de los chinos, de madera pintada, con  los automátas con las coletas hasta los pies y las caras amarillas. A la altura de sus cabezas -nos lo cuenta el blog Antiguos Cafés de Madrid– había un boquete negro y lóbrego con un complicado mecanismo de ruedas, campanas, poleas y cadenas. Cuando las agujas del reloj se iban uniendo y acercándose a las doce, al sonar la primera campanada un chirrido de muelles las ponía en movimiento y un chino pequeño salía de una caja cuya puerta se cerraba de golpe en ella con un martillo muy grande, saliendo despedido al voltear la campana y quedando colgado de la trenza, entre el estruendo del hierro que armaban los dos chinos gigantes tirando de unas cadenas”. Curioso ingenio y entretenimiento habitual para quienes pasaban por allí a la hora señalada o los que reiteradamente deseaban disfrutar del espectáculo. Y no podemos marcharnos de esta curiosa plazuela sin recordar que donde hoy se encuentra una floristería, a espaldas de la iglesia de San Sebastián y haciendo esquina con la calle de las Huertas, se encontraba hasta 1808 el romántico cementerio de San Sebastián donde recibieron sepultura, entre otros, Ventura Rodríguez y Luis de Villanueva. Lope de Vega, no. Se sabe a ciencia cierta que sus restos estuvieron en un nicho en el interior de la iglesia hasta que en una monda de huesos desapareció.Sin más. Pero la leyenda le viene al camposanto por ser lugar de reposo eterno de la actriz María Ignacia Ibáñez, muerta en plena juventud y de la que se enamoró perdidamente el escritor José Cadalso. La leyenda dice que tan enamorado estaba Cadalso de María Ignacia que llegó al punto de querer desenterrar el cadáver y llevárselo a su casa, al no soportar pérdida tan mayúscula. Dejémoslo en ficción bien trabada aunque lo cierto es que su obra ya romántica Noches Lúgubres reproduce un episodio similar. El neoclásico y cartesiano Cadalso se nos había hecho romántico de un día para otro y nos dio la primera obra perteneciente a este movimiento literario del S.XIX años antes de que la rebeldía, la furia y la lucha por la libertad individual y el amor pleno se instalara en nuestro país. Curioso broche para un lugar que, si bien hoy en día es de flaneo tanto diurno como nocturno, no cabe duda de que un par de siglos atrás debería dar su cierto yuyu pasar avanzada la madrugada por la esquina de Huertas con San Sebastián y nuestra plaza del Ángel, donde las cruces del camposanto, iluminadas por las luciérnagas, debían ofrecer un panorama ciertamente sobrecogedor.

 

 

 
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Publicado por en mayo 19, PM en Plazas

 

Puente de Toledo

Puente de Toledo 1

Imagen actual del puente abierto al tráfico peatonal

Hoy vamos a alejarnos un tanto del centro. La ocasión lo merece. Indudablemente. Equipados con nuestra mochila y tras haber echado mano de una botella de agua en Puerta Cerrada tiramos por calle Toledo y descendemos cuesta abajo con la brújula orientada hacia el final de esta histórica, popular y mil veces transitada vía castiza. Un día nos pararemos a contar sus interioridades. Mientras tanto, dejamos atrás la fuentecilla de la Arganzuela, también la puerta de Toledo, que tantos momentos interesantes a ofrecido a los historiadores, y a medida que la pendiente nos conduce a las inmediaciones del río Manzanares se nos presentan ante nuestros ingenuos e insaciables ojos las pirámides de la glorieta que lleva ese nombre. ¡Cuántas cosas se podrían decir de todos estos monumentos que hoy nos han visto zapatear a su vera! Pero no nos detengamos. Ya les llegará su momento. Hoy nuestro afán se centrará en narrar la historia y completar la descripción del puente de Toledo, uno de los monumentos civiles madrileños más dignos de admiración por su estilo, por los recovecos de su arquitectura y, qué narices, por la utilidad pública que supuso en su día como válvula de escape de la capital hacia Toletum. En la actualidad su uso está vedado al tráfico rodado pero durante mucho tiempo fue el nexo de unión entre el, primeramente, pueblo de Carabanchel y después distrito, barrio o arrabal anexo a la capital. Orgulloso se debe sentir nuestro humilde Manzanares de contar con un puente que, si los escritores del siglo de Oro lo vieran, seguro que por activa y por pasiva se preguntarían en redondillas, romances o cuartetas que para qué tanto puente para tan poco río . Pero, ojo, que nadie menosprecie a este humilde regatillo porque en más de una ocasión pegó un puñetazo sobre la mesa y se llevó por delante lo que encontró a la altura de donde ahora nos situamos, incluidos varios puentes que se construyeron antes del que ya estamos contemplando y disfrutando. Porque el Puente de Toledo se nos presenta majestuoso y orgulloso de su condición pese a, o por, encontrarse rodeado de un entorno moderno que poco tiene que ver con el tiempo en que le tocó nacer, allá por el primer tercio del siglo XVIII, de la mano del arquitecto Pedro de Ribera.Y es que ni Pedro de Répide se olvidó de él y tuvo tiempo, cómo no, de desplazarse desde sus cuarteles del barrio de La Morería para esbozar su semblanza y decir sin rodeos que se trata de uno de los monumentos “más típicos e interesantes de Madrid, y ha quedado formando parte de una bella composición, juntamente con la glorieta de las Pirámides que le precede y con la puerta de Toledo, que vista desde la glorieta del puente, remata el hermoso conjunto panorámico”. Tiene razón Répide y si no se lo creen hagan la prueba y una mañana de verano, con la fresca, disfruten de una excursión hasta el lugar.

Estilo barroco churrigueresco

Puente de Toledo 4. Historias matritenses

Puente de Toledo hacia finales del siglo XIX

Entre quien esto escribe y Pedro de Répide ya hemos destripado sucintamente lo esencial de la construcción. Pero vayamos con lo sustancial y digamos que el puente de Toledo es de estilo barroco churrigueresco y une ambas riberas del Manzanares, enlazando la glorieta de Pirámides, en la orilla este, con la también glorieta del marqués de Vadillo, ya en territorio carabanchelero, en su margen oeste. El actual no fue el primero en construirse pues ya en el siglo XVII, Felipe IV proyectó enlazar la Villa de Madrid con el camino de Toledo por medio de una obra que salvara el río. El primer proyecto fue concebido por Gómez de Mora y construido por José de Villarreal entre 1649 y 1660 y era conocido como la puente Toledana. Sin embargo, un enfado del río en forma de crecida lo destruyó poco después y ya se habla de reconstruirlo en 1671, en tiempos del rey Hechizado. La infraestructura se hacía cada vez más necesaria y en 1680 está terminado el nuevo. Pero parece ser que las autoridades no le pidieron opinión al Manzanares y éste se volvió a enojar pues poco después de acabado de levantar otra riada volvió a destruirlo. Vuelta la burra al trigo y nuevamente se encarga un proyecto, en esta ocasión a José del Olmo y José de Arroyo, cuyo inicio de las obras tuvo lugar en 1684. A esta nueva construcción es a la que se debe referir Répide cuando dice que fue devorado por la corriente allá por 1720. Otros documentos nos dicen que cuando esta última fecha ya el notable arquitecto Pedro de Ribera había iniciado las obras del monumento actual, que en 1732 fue inaugurado por don Francisco Antonio Salcedo, marqués de Vadillo y a la sazón corregidor de la Villa y Corte, quien tendría el honor de ser el primero en atravesarlo con su carruaje. La descripción de la obra se encuentra a disposición de cualquiera que se dé un paseo por la red. Sin embargo, nosotros vamos a concederle a nuestro lazarillo particular, Pedro de Répide, el derecho a ser él quien nos enumere sus interioridades arquitectónicas. Su sedosa prosa nos cautiva lo suficiente como para que pongamos la oreja y miremos hacia donde nos señala con el dedo, mientras nos apoyamos en una de las barandillas del puente y echamos un trago de agua. “Compónese -nos relata- de magníficos arcos de medio punto, con cuarenta pies de luz y cuarenta y cinco de elevación, labrados en sillares de granito. Las robustas cepas forman cubos, que sirven de burladeros en el pavimento del puente dándole desahogo pues su anchura, de treinta y seis pies no es a veces suficiente para el paso de gentes y coches de todo género que pasan por aquel sitio”. Asentimos mientras nuestro maestro sigue su alocución señalando con el dedo índice de su mano derecha el arco del centro sobre el que “se levanta por cada lado un cuerpo de arquitectura, ejecutado con granito, según el estilo churrigueresco, del que tanto y tan injustamente se abominó en un tiempo, hasta que se han reconocido su mérito y su gracia, así como su carácter peculiarmente madrileño”. Crítica soterrada a los ilustrados y a algún romántico que por aquí pulula en ocasiones, pensamos nosotros. Pero no podemos perder ripio porque nuestro Ciego de Vistillas –que de ciego no tiene un pelo y hoy menos que nunca- no da tregua en su descripción, “multitud de figuras decoran el nicho, cubierto con un dosel, sobre el que se ven de un lado las armas reales y de otro las de Madrid, terminando la composición con una corona real. Ocupa el nicho de la derecha, saliendo de Madrid, la estatua de San Isidro Labrador, sacando a su hijo del pozo, y el del frontero, la de Santa María de la Cabeza, hechas ambas en piedra caliza por don Juan Ron”. Ingenuos de nosotros, que de arte sabemos lo justo y tras la explicación de nuestro guía todo comienza a tomar sentido. Pero no es momento de reflexiones sino de ir memorizando lo que se pueda porque este sabio no para de narrar y describir y ahora, con la mirada fija en nuestros ojos, alega que “es toda la fábrica de gran suntuosidad, extendiéndose por los lados las aletas en la misma forma que el puente, en un espacio de seiscientos veinte pies de largo, formando rampas que facilitan la comunicación con el río”. Para que las lavanderas puedan acceder a la orilla con sus cestos en la cabeza, añadimos nosotros, por decir algo. Ni caso. Parece ser que el comentario no está a la altura de la profundidad de la disertación. Punto en boca y a escuchar que “pasado el puente se halla la anchurosa y solidísima calzada cuya longitud es de 519 pies de largo por 154 de ancho, teniendo a los costados los correspondientes contrafuertes. A la embocadura de esta calzada hay dos torres de granito, bien labradas y coronadas por figurillas”. Parece que ya ha terminado esta minuciosa descripción, que nunca mejor dicho ha sido pintura con palabras, y tras darnos la espalda de vuelta hacia Pirámides, nuevamente Répide se nos vuelve como si se le hubiera olvidado algún dato importante, “en los primeros años a uno y otro lado del puente había unas fuentes mezquinas de las que todavía se conserva alguna pero en deplorable estado”. Dicho queda. Tras este postrero comentario nos abandona nuestro disertador haciendo mutis por el foro pues todavía tiene que tomar notas de diversas vías de este barrio y nos deja intentando digerir poco a poco tanta erudición sobre una obra que debemos, no lo olvidemos, a uno de los principales alumnos de José Benito de Churriguera.

Pedro de Ribera

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Tumba de Ribera en San Cayetano

El autor de esta singular y magnífica obra fue Pedro de Ribera, quizás el arquitecto español más importante del Barroco. Madrileño de cuna y discípulo, como decíamos, de Churriguera, siguiendo los preceptos fundamentales del maestro llevó a su pleno desarrollo el Barroco exaltado, tan característico de numerosas construcciones de la capital, donde fue destacable su labor en puentes, palacios, fuentes monumentales, iglesias y todo tipo de edificios públicos, muchos de los cuales aún pueden contemplarse. A su intelecto debemos, entre otros, el Cuartel del Conde Duque, la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, el actual Museo de Historia de la capital, la iglesia de San Cayetano, donde reposan sus restos mortales, el palacio del marqués de Perales, el palacio del marqués de Miraflores o la portada de la capilla del Monte de Piedad de Madrid. De entre los monumentos ya desaparecidos hay que citar la primera puerta de San Vicente, la ermita de la Virgen del Puerto destruida durante la Guerra Civil, el teatro de la Cruz, el Real Seminario de Nobles o los puentes Verdes y del Abroñigal. Ribera había nacido en la calle del Oso en 1681 en el seno de una familia humilde y consiguió imponer su saber y su pericia en el Madrid de Felipe V, pese a que el rey francés prefería rodearse de arquitectos extranjeros. Bien es cierto que siempre tuvo la protección del marqués de Vadillo, lo que le permitió lanzar su carrera, dejando diseminadas sus obras por la Villa y Corte antes de fallecer en 1742 en su domicilio, cercano a la iglesia de San Cayetano, cuyas obras había iniciado y donde está enterrado como apuntábamos líneas atrás. Hay que destacar que supo introducir en su lenguaje arquitectónico novedosos elementos que singularizan su estilo. Entre ellos se pueden citar los baquetones asimétricos, más salientes que los utilizados en su época, que enmarcan con frecuencia las puertas de los edificios. Suele repetir sin variaciones el módulo de la fachada, formado por la fusión de la puerta y la balconada superior. Más peculiaridades de su obra son la imitación en piedra de cortinajes plegados, telas, borlas o elementos similares aunque quizás uno de sus elementos más personales sea el estípite que utiliza en sustitución de la columna o añadido a ésta. El peculiar partido que le saca a las cúpulas o la ornamentación con que suele recubrir todo el conjunto son otras de las características arquitectónicas de la obra de Ribera quien, pese a ser criticado abierta y crudamente por ilustrados y románticos, fue rehabilitado y valorado convenientemente desde finales del siglo XIX, como bien apuntaba Pedro de Répide durante la descripción del puente.

 Polémicas, Riego, accidentes de tranvía y Madrid Río

accidente tranvia puerta de toledo - santos yubero

El tranvía sobre el lecho del río tras el accidente. Foto S. Yubero

El puente de Ribera solucionó los problemas del tráfico rodado en cuanto al objetivo de salvar el río Manzanares en el trayecto entre la Villa y Corte y la ciudad imperial de Toledo y cumplió con el destino para el que fue construido. Pero con el siglo XX, llega el automóvil, el tráfico y los problemas derivados. Se buscan soluciones que permitan que la obra se conserve en su estructura inicial, pues se es consciente del valor monumental de la misma. Pero cada reforma supone un rifirrafe entre autoridades y los encargados de velar por el patrimonio cultural de la capital. Como siempre, un acelerón irreflexivo de los políticos es intentado frenar por una llamada de atención de arquitectos, historiadores y gente de la cultura en su acepción más general. Hasta la fecha actual en que el tráfico rodado está prohibido y afortunadamente los peatones pueden disfrutar de él tanto desde el punto de vista lúdico como práctico ya que permite salvar el río y ser un cordón umbilical entre las dos orillas. Mientras tanto, la vida ha ido transcurriendo a lo largo de los siglos por sus inmediaciones y el anecdotario ha ido creciendo progresivamente. Puestos a rememorar hechos relevantes Pedro de Répide nos dice que en su tiempo todavía se conservaba en la margen derecha “frente al puente, el parador a donde fue traído el general Riego, maltrecho en el fondo de un carro, para ser entregado a las autoridades de Madrid, que le siguieron breve proceso terminado con terrible sentencia”. No podemos olvidar otro hecho luctuoso que tuvo lugar no hace tanto, el 28 de mayo de 1952. Ese día un tranvía que completaba la ruta entre la plaza Mayor y Carabanchel descarriló en el puente por una falta de vía en uno de los carriles. El balance fue de 15 muertos y 112 heridos, según fuentes oficiales, aunque parece ser que la censura funcionó a destajo en los medios de comunicación y las cifras reales nunca se llegaron a saber. El tranvía tenía capacidad para 47 personas pero ya se sabe que entonces estos vehículos de transporte público eran abiertos, solían ir abarrotados, y los viajeros se asían por el exterior a los lugares más inverosímiles. Además, en este caso el tranvía estaba parado en vía muerta en la plaza Mayor por avería en los frenos pero ante la aglomeración de viajeros en espera un responsable -o más bien irresponsable- del servicio decidió que el vehículo hiciera el trayecto pese a la oposición del conductor. Nos narran estos detalles José Manuel Seseña y Ricardo Márquez en el blog Historias Matritenses y describen con lujo de detalles los trágicos momentos que vivieron los viajeros calle Toledo abajo, en un vehículo con el sistema de frenos inutilizado. Al llegar al puente la tragedia se tornó irremediable. El entonces alcalde fue cesado pero desgraciadamente nadie devolvió la vida a los muertos por perogrullada que parezca. No fue este el único accidente que tuvo lugar en las inmediaciones del puente pero sí el más grave, como se puede suponer. Finalizamos este periplo por el puente de Toledo no sin antes recordar al flaneante habitual de la Villa y Corte que desde el mismo puente se puede admirar la remodelación que en los últimos años se ha llevado a cabo en la zona con el soterramiento de la M-30 y la instalación de jardines a lo largo de la ribera del Manzanares en ambas márgenes. La polémica ha envuelto y con razón estas obras, cuyo sobrecoste haría sonrojarse al más desahogado, pero si al final sirve para que los vecinos de nuestro Madrid puedan disfrutar en un futuro de un área de ocio medianamente decente bienvenido sea y no hay mal que por bien no venga. Precisamente los jardines situados bajo el puente de Toledo y en sus inmediaciones constituyen una de las áreas más significativas del proyecto Madrid Río. Aprovechan el puente en un doble sentido pues por un lado componen un espacio concebido para ser visto desde lo alto del monumento, que se convierte en un mirador privilegiado. Dicho ajardinamiento ofrece una nueva e inédita panorámina ya que su trazado dibuja un enorme tatuaje que se extiende como una alfombra sobre la superficie, reproduciendo un motivo figurativo vegetal. El puente de Pedro de Ribera, y que hoy hemos traído a este blog, se funde con la distribución de setos de ligustrum, vivurnum y laurus que nos retrotraen a la época de los jardines barrocos. El conjunto se completa con la presencia de liriodendros y albicias, que ofrecen su generosa sombra en la época estival, y un graderío construido ad hoc con el fin de mejorar la contemplación de los arcos del antiguo pero aún orgulloso puente de Toledo. Una delicia para los sentidos. De verdad.

 

 

 

 

 
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Publicado por en mayo 16, PM en Obra civil