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Café de Fornos

02 May
Cafe-fornos-1908

Fachada del Café de Fornos en 1908. Foto Wikipedia

Con la apertura en 1870 del café de Fornos en la esquina de la calle Virgen de los Peligros con la de Alcalá se ponía el punto final a una filosofía de café que había comenzado a finales del siglo XVIII. El Fornos supuso un salto cualitativo sustancial y un anticipo de una modernidad que para este tipo de establecimientos se tradujo en perder algunas -o bastantes- de sus esencias tradicionales. En el café de Fornos se hablaba de política, está claro, pero qué lejos quedaba esta forma de hablar y la trascendencia de lo que se debatía respecto de lo que cincuenta años antes había supuesto, por ejemplo, La Fontana de Oro o, tiempo después, el café de La Iberia. En el café de Fornos se hablaba de literatura y en sus veladores los llorapenas del 98 exponían sus teorías sobre el futuro de España o de la ficción escrita en España, a caballo entre el análisis metafísico y el estrictamente doméstico. Sí, es cierto, pero el entorno sociológico ya no era el mismo que el del Parnasillo del teatro del Príncipe, cuando los románticos, por poner otro ejemplo, intentaban minar los cimientos del Estado surgido de la ominosa década. En el Fornos se hablaba de toros, en verdad, pero como se hablaba en cualquier esquina de la Puerta del Sol, solamente que aquí quienes tertuliaban acerca de la fiesta nacional tenían su algo más de pedigrí monetarista. Que las gentes de la nobleza y la aristocracia pasaban por aquí tampoco nadie lo pone en duda pero no era ya lo mismo. Los reservados y las diversas plantas permitían una mayor discreción y aunque el café seguía bullendo en cuanto a clientela, ciertos personajes de alto copete y puede que también de alta alcurnia no se mezclaban directamente no ya con la chusma sino sencillamente con las presuntas clases medias. El café de Fornos quería ser el no va más de los cafés de la zona perimetral de Sol y lo consiguió a fuerza de novedades que atrajeron a una clientela ansiosa de ellas pero también a costa de perder la esencia de lo que había sido el café madrileño durante más de medio siglo. Ya hemos hablado de los reservados exclusivos a lo que hay que añadir una exhuberante decoración realizada  por pintores de renombre. Los divanes, los tapices, las alfombras o la vajilla eran toda una novedad para la época. ¿Y qué decir de las especialidades culinarias? La inauguración supuso una puesta en escena con toda la magnificencia propia de un evento que quiere superar todo lo visto hasta entonces. Es decir, nos encontramos ante un café diseñado, construido e inaugurado siguiendo todas las técnicas modernas de negocios de cara al público, con una inversión desacostumbrada para la época, con su reportaje de inauguración en la prensa del momento, con su publicitación a través de las guías de viajes y, sobre todo, con un empresario detrás, Pepe Fornos, que a su vez pertenecía a la cuadra de uno de los mayores innovadores en cuanto a lanzarse a lo grande al mundo de los negocios, José de Salamanca y Mayol, el tan mentado marqués de Salamanca. Y, con todo, tampoco fue para tanto pues el Fornos apenas pudo cumplir medio siglo de vida y, además, salpicada esa trayectoria por algún que otro episodio desagradable y por cierta fama de inmoralidad, que si no llegó a más fue porque los máximos responsables de la misma pertenecían a las clases altas de la sociedad, es decir, no eran ni manolos ni chisperos.

Convento de las monjas de Vallecas

Dibujo del Café de Fornos

Dibujo de la entrada del Fornos. Foto http://www.el financiero.com

El local que ocuparía el Fornos había albergado hasta finales de los 60 del siglo XIX el convento de las Bernardas de Vallecas. Dicho convento había sido construido con el nombre de Nuestra Señora de la Piedad, mediado el siglo XVI, y era continuador del que el maestresala de Enrique IV, Alvar Garcidíez de Ribadeneyra había levantado en 1473 en Vallecas con el fin de proteger a las religiosas del convento, entre las que se encontraban sus hijas y nietas, tras su marcha a la guerra. Al nuevo convento también se trasladó la imagen de una virgen traída de África que progresivamente fue haciéndose famosa por sus milagros. El más conocido el de la niña que jugaba en los alrededores y tras caer a un pozo logró salvar su vida una vez que su madre pidió socorro a la virgen. De ahí el nombre de las dos calles con el nombre de Virgen de los Peligros, una de las cuales es aquella donde estaba el convento y que hacía y hace todavía esquina con Alcalá. Recoge este milagro Pedro de Répide pero él mismo duda de que esta sea la causa de la denominación de la virgen como de los Peligros, pues dice conocer otras vírgenes en otras partes de España con el mismo nombre. Al margen de esta leyenda, cuando se decide derribar el cenobio las religiosas pasaron al Sacramento y la imagen de la virgen fue colocada en un altar en esa nueva morada. Pues bien, en el solar que ocuparan las Bernardas de Vallecas el Ayuntamiento de Madrid decide construir cuatro bloques de viviendas cuyas entradas daban a la calle de Alcalá y en la esquina con Angosta de Peligros se construyó el café, que ocupaba la planta baja y el entresuelo de doble planta. La idea de ubicar allí un negocio de estas características fue del marqués de Salamanca pero sería su ayuda de cámara, el empresario José Manuel Fornos, el encargado de desarrollar y ponerse al frente del mismo tras su inauguración el 21 de julio de 1870. Pepe Fornos ya contaba con experiencia en la gestión de cafés pues no en vano era propietario del café Europeo, situado en la calle Arlabán, es decir, prácticamente cruzando Alcalá y adentrándose por la calle Ancha de Peligros, hoy Sevilla. Como decíamos anteriormente, la inauguración fue todo un acontecimiento social perfectamente orquestado para darle el realce que merecía un local que quería ser el número uno de los cafés madrileños. Y a fe que lo consiguió pues no todo el mundo podía permitirse el lujo de que un Gustavo Adolfo Bécquer escribiera sobre la fiesta de inauguración en La Ilustración de Madrid. En dicho reportaje, aparecían fotografías de los techos del establecimiento pintados por Manuel Vallejo, y otros decoradores como Terry y Busato. Las alegorías de Té, Café, Chocolate y Licores Helados, pintadas por el mencionado Vallejo, causaron sensación. A los tapices, alfombras y divanes ya nos hemos referido anteriormente y el resto de la decoración, en estilo Luis XVI, convirtió la fiesta de apertura en todo un acontecimiento para la Villa y Corte del que se estuvieron haciendo lenguas durante varios días hasta en el más humilde de los mentideros, según apunta  Antonio Velasco Zazo en párrafo recogido en Wikipedia.

Aristocracia, cenas, banquetes…

Café Fornos Edificio_Vitalicio_(Madrid)_01

Edificio Vitalicio situado en la esquina donde estuviera el Fornos. Foto Wikipedia.

El café de Fornos se convirtió rápidamente en punto de reunión de lo más granado de la sociedad madrileña del momento. Aristócratas, literatos, políticos, militares y, en general, gentes de todas las clases sociales. Las crónicas de la época narran con abundancia de detalles las innumerables cenas y banquetes que allí se daban para celebrar acontecimientos políticos y militares, aunque si hemos de ser sinceros no sabemos qué grandes acontecimientos de esos ámbitos de la vida pública española fueron dignos de conmemorarse con tales desenfados y desahogos. Mientras tanto, el local se siguió decorando y nombres de la importancia de Ignacio Zuloaga o Antonio Gomar, entre otros, dejaron su impronta pictórica en las paredes del café. Eudardo Zamacois y Quintana describiría con cierta ironía años más tarde el ambivalente clima que emanaba del Fornos, “el viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo. Cual si hubiese heredado partículas del espíritu de los dos últimos edificios que le precedieron en aquel sitio, el Fornos inolvidable de nuestra juventud tenía conjuntamente mucho de teatro y algo de iglesia”. Y es que no podemos olvidar que el local había albergado, en el ínterin entre convento y café, un teatro. La muerte del dueño del Fornos en 1875 no supuso freno ni cortapisa para el desarrollo del negocio. Sus hijos, acometieron a continuación una reforma del local que concluiría en 1879 y que supuso, entre otras novedades, la incorporación de un moderno sistema de ventilación que aireaba el local y evitaba los nubarrones propios de una época donde echar humo sin tasa en un recinto cerrado no estaba mal visto ni parece ser que afectaba tanto a los pulmones ni a la moral como en la actualidad. Las paredes del local se vistieron con cuadros murales pintados por afamados pinceles y se intentó que las mujeres -de toda condición, dicen los cronistas- acudieran en mayor medida, como reclamo a su vez, para incrementar la feligresía del local. Es decir, todo muy diseñado de antemano, todo muy moderno, con técnicas que hoy diríamos de marketing o mercadotecnia, todo muy acorde por qué no decirlo con la mentalidad empresarial del marqués de Salamanca, cuyo espíritu seguía impregnando aquellos salones. Literatos como Azorín y Baroja o bibliógrafos como Menéndez Pelayo se mezclaban con cantaores flamencos, mujeres de todo tipo y condición y noctámbulos varios, bien procedentes del vecino teatro Apolo, bien de los locales de la competencia que iban cerrando sus puertas pues el Fornos tenía vida diurna y nocturna, bien vaya usted a saber de qué garitos procedentes. Era tal la algarabía y el batiburrillo que se vivía en el café que el escritor Julio Burrell escribió un artículo titulado Jesucristo en el Fornos. Sin  comentarios. Obviamente se trataba de un negocio en el que sus dueños habían invertido una cantidad considerable para la época con el fin de que fuera el mejor de su categoría. Pero de éxito también se puede morir y esto es lo que le pasó al Fornos. Pero todo a su tiempo. Mientras tanto, toca decir que contaba con varias plantas, como apuntábamos anteriormente. En la planta superior había un extraordinario restaurante con una carta donde se ofrecían los más exquisitos platos. Es más, presentaba como una especialidad propia, el llamado Bistec a lo Fornos que consistía en una tosta con una loncha de carne de vaca, cubierta de jamón serrano, que era lo más del momento. En cuanto a la repostería, también el Fornos ofrecía a sus clientes lo mejorcito. Destacaba el llamado Felipe, un hojaldre en forma de tartarela relleno y espolvoreado con crema por el que se derretía el periodista Felipe Ducazcal. De ahí el nombre del dulce. En el entresuelo se encontraba la famosa tertulia La Farmacia que, tras un peregrinar por diversos locales, acabó en el Fornos. El farmacéutico Julio Escosura era el que llevaba la voz cantante de una reunión donde lo más importante era el buen humor y la amistad. Es decir, de escasa sustancia intelectual salvo que parecía algo así como una reunión de francmasones y eso debía darle cierto morbo. En la planta inferior se encontraban los famosos y discretos reservados en los que se realizaban almuerzos, cenas privadas y demás saraos, siempre dentro de la más estricta intimidad.

Suicidio, declive y cierre

En uno de los reservados del café uno de los propietarios del local, Manuel Fornos Colín, se descerrajó un tiro en la cabeza el 13 de julio de 1904. Este violento suceso desencadenaría la decadencia del Fornos. Así como encontramos datos, pelos y señales sobre intrascendentes noticias del Fornos, curiosamente no hemos encontrado ningún dato en la red que aventure las causas de tan tremenda muerte. Lo cierto es que tras el fallecimiento de Manuel Fornos se “empezó a no dejar entrar a ciertas mujeres” y el Gobernador de Madrid, conde de San Luis, dispuso que todos los cafés de Madrid cerrasen a las doce de la noche. Los hermanos de Manuel intentaron seguir con el negocio pero cuatro años más tarde, el 26 de agosto de 1908, cerró sus puertas definitivamente. Es decir, pasó en un plis plas del todo a la nada inversamente a cualquiera de aquellas patatas soufflé que cocinaban sus afamados gastrónomos en sus no menos afamadas cocinas del restaurante principal. Misteriosa, por tanto, la trayectoria del Fornos. Documentos habrá que puedan explicar el porqué del meteórico ascenso y más meteórico declive de un local que en todos los anales aparece como el más importante de la época de los cafés, cuando en realidad su trayectoria fue menor en lo cuantitativo -apenas medio siglo- y menos importante en lo cualitativo que otros locales del ramo que han pasado por este blog o que tendrán que pasar en un futuro. En mayo de 1909 volvió a abrir sus puertas con el nombre de Gran Café y nuevo dueño. Se reanudaron las tertulias y las fiestas en los bajos. Pero el local parecía condenado y desaparecerá diez años más tarde para dar paso a un cabaret con mesas de juego que quiere aprovecharse de un pasado presuntamente glorioso para lo que toma el nombre de Fornos Palace. Lo mejor que le podía pasar era que el Banco Vitalicio, que adquirió el edificio en 1923, decidiera reconstruir por completo la esquina y borrar cualquier rastro del café. Allí situaría su sede dicha entidad bancaria en 1941, después del desastre de la Guerra Civil. Triste epílogo para un café que antes que tal fue un negocio en el sentido moderno del término, es decir, sin alma y sin una asentada tradición tertuliana, donde ya daba la sensación de que lo más frívolo de la modernidad se había adueñado como la metástasis cancerígena se apodera de un cuerpo sano. Da igual que por allí pasaran Bécquer, Baroja, los hermanos Machado o Unamuno. Que Alfonso XII hiciera parada y fonda en sus reservados con sus compañeros de andanzas, Marqués de Alcañices y el doctor Camisón, es significativo del ambiente intelectual que debía acompañar al local. Que a Amadeo de Saboya le comunicaran que debía hacer las maletas mientras esperaba su comida en el Fornos tampoco es para figurar en ningún curriculum ni del de Saboya ni del local. Más, si se confirma que tampoco se puso nervioso y que con lo único que contestó a la noticia fue con que le pusieran un chupito de aguardiente italiana. De Mata Hari qué vamos a decir… Nos queda como recuerdo positivo la novela del gran Hemingway, Muerte en la tarde, donde nombra al Fornos, el pepito de ternera y el espíritu del perro Paco que todavía debe estar pululando por las mesas del actual café, de cucharillas de plástico y tazas de basto cartón, que desde hace unos años se ha instalado en el antiguo local. En fin, un negocio, el actual, en consonancia con lo que el Fornos pareció querer ser desde sus inicios. Por más literatura que le pongamos.

 

 

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Publicado por en mayo 2, PM en Cafés

 

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