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Calle del Lobo (O de Echegaray)

03 May

Seguimos nuestro flanear por el barrio de Las Letras y hoy vamos a derrotar por una calle que mantiene a lo largo de los años su filosofía jaranera aunque los ecos de su alegre discurrir no rayen en la actualidad a la altura de otras de la zona de más renombre como Huertas, León, Prínicipe o De la Cruz. Nos referimos a la tradicional calle del Lobo, hoy conocida con el nombre del dramaturgo primer premio Nobel español, José de Echegaray. Durante el día la pausa, la traquilidad y un relativo silencio hacen que pasear por ella sea todo un placer de dioses ya que no es necesario elevar la voz para hacerse oír pues su vitalismo se percibe sencillo y sin agobios y se ejemplifica en la conversación queda de dos personas a la puerta de un restaurante mientras consumen un pitillo o en la salida o entrada de reducidos grupos de amigos de uno de los diversos restaurantes que por allí sientan sus reales. Por la noche es otro cantar pero ni por asomo presenta las aglomeraciones de una Espoz y Mina o de la plazuela del Ángel. Y siempre ha sido así o parecido pues ya Pedro de Répide nos describe en sus Calles de Madrid esta vía, poniendo el acento en su “fisonomía especial y abigarrada en la que predomina la nota nocturna y alegre y en la que se confunden la variedad del público de un hotel de viajeros, de algunos cafés de camareras, cervecerías, colmados y hostales de toreros”.

Leyenda del lobo disecado

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Calle Echegaray con la Carrera de San Jerónimo al fondo de la imagen

Estamos ante una rúa recta en su diseño que discurre entre la Carrera de San Jerónimo y la calle de las Huertas y cuya denominación actual data de finales del siglo XIX. En concreto, el 18 de enero de 1888 el Ayuntamiento de Madrid decidió dedicársela al literato José de Echegaray, cuyo nombre sustituyó en los baldosines de cerámica al tradicional y renacentista título de calle del Lobo. Sin embargo, todavía hoy muchos de los que residen en la zona o simplemente pasean por allí la denominan a la manera tradicional. Pero aunque bastantes vecinos saben quién era Echegaray otros tantos desconocen de dónde procede la denominacion antigua. Recogido está en los manuales topográficos más importantes que escriben sobre la historia de la Villa y Corte pero no nos resistimos a obviarlo aquí. Por tanto, echemos una vez más mano del Ciego de Vistillas para que nos describa con su meticulosidad habitual los pormenores de una leyenda que cuenta con ingredientes asaz sabrosos. Dice nuestro guía que en el lugar en que se formó esta calle “había una casucha de un cazador de montería adornada con cabezas de ciervos y jabalíes muertos por él. Como también se dedicaba a la destrucción de alimañas tenía a la puerta un lobo disecado. Y aconteció que, viviendo cerca de allí una infeliz viuda con un hijo pequeño, mientras ella recogía junto a la casa del cazador un poco de leña para calentar su frugal comida, el niño rompió la piel del lobo haciendo salir la paja que lo rellenaba”. El cazador montó en cólera y no tuvo mejor ocurrencia que castigar al chico asestándole una puñalada que lo dejó moribundo. Eran otros tiempos y el cazador se lo tomó a la tremenda. Ante tamaña barrabasada la madre tomó al niño en brazos y lo llevó ante una imagen de la virgen de las Maravillas que estaba siendo restaurada en el cercano taller de un escultor. Las plegarias surtieron efecto y “con tanto entusiasmo invocó la atribuladísima madre a la Virgen que es fama el milagro de que el niño volvió a la vida, sanando en breve tiempo de la mortal herida”. La leyenda no finaliza ahí porque, conocido el milagro, se traladó de forma solemne la imagen virginal. ¿A dónde? Pues a donde decidió la suerte en forma de paloma, que guio al carruaje que transportaba la imagen hasta el monasterio de las Carmelitas, situado en la calle de La Palma, “dando nombre al convento y por extensión a uno de los más famosos barrios de la corte”. Es decir el barrio de La Paloma y la virgen, pues eso, una de las patronas de Madrid, la virgen de la Paloma. Cambiando el tercio, no podemos pasar por alto que allá por la segunda mitad del siglo XVII en la calle del Lobo, muy cerca del cruce con la carrera de San Jerónimo, existió un corral de comedias no tan famoso como el de la Cruz o el de la Pacheca pero que durante un tiempo acogió representaciones de ese teatro popular tan querido por los vecinos de Madrid. Era el corral del Lobo, también llamado corral de Puente, por ser este el apellido del dueño del local. Funcionó más o menos desde 1560 cuando las cofradías de la Pasión y la Soledad alquilaron a un cómico italiano apellidado Ganasa, “autor o cabeza de una compañía que representaba farsas y hacía juegos de manos y volatines” los locales de la Cruz y la Pacheca. Para que el resto de compañías no se quedaran sin local, las anteriormente citadas cofradías alquilaron el local a Puente. Tras esta coyuntura concreta el corral del Lobo cesó sus actividades.

José de Echegaray

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Retrato del dramaturgo José Echegaray

El dramaturgo José de Echegaray, a quien hoy está dedicada la calle, fue hijo de Madrid, donde nació en 1833 y donde moriría en 1916. Ingeniero y matemático de prestigio, sus primeros pasos estuvieron dirigidos a ámbitos bastante lejanos del mundo de la literatura. En su juventud fue, según Répide, un “orador elocuente que figuró como político en la época revolucionaria siendo famoso por su discurso de La trenza del pelo, aludiendo al quemadero de la Inquisición en las afueras de la puerta de Fuencarral”. Se acercó a la literatura fijándose en el ejemplo de su hermano Miguel, un autor cómico que le animó a escribir para el teatro, iniciándose en la escena ya a una edad madura, el año 1874, en que estrenó bajo seudónimo en el teatro Apolo su primera producción titulada El libro talonario. Con Echegaray se cubre una época de nuestra dramaturgia que ocupa la segunda mitad del siglo XIX. Un hombre cercano a su tiempo como Pedro de Répide hace una crítica de su obra a la que actualmente puede adherirse cualquier experto teatral pues “a pesar de la falsedad de algunas de sus situaciones, y de sus artificios, y de la retorcida forma de expresión que resulta de utilizar el verso, y el verso no fácil y sueltamente hecho en comedias o dramas, a cuyos personajes les va más naturalmente la prosa, no puede negarse la fuerza teatral de sus obras…/… Echegaray fue el restaurador del Romanticismo y por tanto de la fuerza pasional clásica en el teatro español”.  En 1904 el escritor recibió el máximo galardón de las letras mundiales al serle concedido el premio Nobel no sin bastante polémica. Quien más y quien menos esperaba y deseaba que Benito Pérez Galdós fuera el agraciado pero las veleidades políticas socialistas de don Benito pesaron en su contra y, ya que tocaba dárselo a un español, Echegaray fue el agraciado por defecto. En el Madrid de entonces nuestro hombre de hoy no era bien visto por la mayoría de los escritores, en especial el grupo del 98, que consideraban mediocre su obra. El rechazo llegó al extremo de firmarse manifiestos en su contra. Entre quienes más inquina demostraban hacia Echegaray se encontraba Ramón María del Valle-Inclán, de quien se cuenta una curiosa anécdota relacionada con la calle y con quien ostenta hoy en día el nombre de la misma. En el número 16 de la ya vía de Echegaray vivía un poeta menor llamado Nilo Fabra, amigo de Valle. El genio del esperpento tuvo un día la necesidad de enviarle una carta y enfadado por tener que cursarla a la calle Echegaray no tuvo reparos en poner en el sobre Calle del Viejo Idiota, nº 16. Lo más curioso es que la carta llegó a su destino, de lo que se congratulada el genial barbudo, elogiando además la inteligencia de los carteros de la capital. En fin, hechos de otra época donde todo esto de la literatura se vivía como si en ello fuera la vida, más si estaban de por medio bohemios, modernistas, noventayochistas o especímenes similares.

Taberna de Lepre y Los Gabrieles

Los Gabrieles

Maravillosa azulejería en el interior de Los Gabrieles

En la última casa  de la acera izquierda de esta calle, en su confluencia con la calle de las Huertas, abría sus puertas cotidianamente durante el siglo XVII la famosa taberna de Juan Lepre, cuya hija casó con un Fúcar, familia de banqueros tanto de Carlos I como de Felipe II. Y ahí estaba don Francisco de Quevedo para dedicarle una cita en uno de sus romances, aquella que dice “a la orilla de un pellejo/en la taberna de Lepre”. Debía frecuentar don Francisco dicha taberna pues le cogía de paso camino del mentidero o de vaya usted a saber qué dudosas veredas. Comenta Répide al respecto del apellido Fúcar y del romance que “apellido de alto destino cuando así habían de fijarse en él los príncipes del oro y del ingenio”. Siguiendo por el mundo de las tabernas y garitos similares no podemos olvidarnos de un auténtico templo de la belleza azulejera. Estamos hablando de la famosa taberna llamada Los Gabrieles, que cerró sus puertas para ser restaurada en 2003 después de 105 años de historia pero que cerrada continúa ante la estupefacción general. De verdad que da pena pasar por las puertas del local situado en la esquina con la calle Fernández y González y encontrar ese aire de desolación que produce el privarnos de un magnífico local mientras en los alrededores no hacen más que proliferar como setas tugurios de diseño sin personalidad alguna. Los espectaculares murales que cubrían sus paredes hicieron que se la llamara, y con razón, la capilla sixtina de la cerámica y en sus años de mayor apogeo fue lugar de cita del mundo del toreo. Se dice que en una de las cuevas del sótano desnudos señoritos hacían de toreros mientras que las prostitulas interpretaban a los cornúpetas. Al margen de este tipo de anécdotas chuscas pero reales, el público que acudía en su edad de oro era selecto. Entre los habituales se encontraban toreros como Juan Belmonte, cantaores como Antonio Chacón o pintores como Ignacio Zuloaga y en sus sótanos se corrieron juergas flamencas desde el dictador Primo de Rivera hasta el propio Alfonso XIII. En Los Gabrieles casi todos los murales eran anuncios de bodegas y motivos taurinos que en algunos casos recrean obras de Goya o de Velázquez en piezas cerámicas pegadas con mortero a las paredes sobre una tela de malla azul. Quien esto escribe tuvo la suerte de conocer el lugar allá por los tiempos de la movida, cuando recién llegado a la Villa y Corte intentaba descubrir la noche madrileña en lo que se llamaba la zona de Huertas y cuando el lugar se había convertido en un bar de copas. La impresión que causaban los motivos representados en los azulejos es difícil de describir por su barroquismo, vistosidad, luminosidad y colorido. Tras su cierre, el solar donde se asienta Los Gabrieles fue vendido en su totalidad salvo el local de la taberna. En estos momentos se encuentra en plena fase de restauración aunque la polémica ha estado presente por discrepancias en los métodos elegidos para llevarla a cabo. Sólo hay que desear que dicha reforma llegue a su fin y que vecinos y forasteros puedan volver a disfrutar en todo su esplendor de un auténtico monumento al arte del azulejo y sobre todo de un local con muchísimo pasado.

Hotel Inglés, Loewe y teatro Reina Victoria

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Fachada del teatro Reina Victoria con la calle Echegaray a la izquierda de la foto

Muchos e interesantes edificios han desaparecido de la calle del Lobo. Ya no podemos disfrutar del palacio de Moctezuma, o del de Noblejas o de la vieja residencia de los Trinitarios que dieron vida a esta vía en los tiempos de la capa y la espada. De un pasado más reciente podemos recordar el famoso hotel Inglés, en el que era habitual ver hospedarse a actores y toreros a lo largo del siglo XIX. La estampa de ver salir a los mataores vestidos de luces camino del coso taurino, con el rostro circunspecto y el miedo plasmado en la mirada debió ser impagable. Se dice que alguno de ellos, ya vestidos para hacer el paseo y quizás en un intento de retardar el encuentro con los astados, se apretaban entre pecho y espalda un par de copas de coñac antes de encaminarse a la plaza. Cambiando de tema, hay que decir que hacia 1846 había en la calle del Lobo un taller de marroquinería en el que en 1872 entró como socio un artesano alemán llamado Enrique Loewe Roessberg. El negocio fue prosperando poco a poco y sobre sólidos fundamentos. Tal era la fama del local que Alfonso XIII concedió a esta empresa cuasi familiar el título de Proveedor de la Real Casa. No es necesario decir más para que el avispado lector se dé cuenta de que estamos refiriéndonos a los inicios de una de las marcas más importantes hoy en día en cuanto a complementos de la moda se refiere, la casa Loewe. Y llega el momento de abandonar la calle del Lobo o Echegaray y lo vamos a hacer por la Carrera de San Jerónimo, pero antes de marcharnos haremos una mención al teatro Reina Victoria. Aunque su entrada principal está por la Carrera los muros de su edificio hacen esquina con Echegaray y ello nos sirve de excusa para ofrecer unos datos sobre este templo de la dramaturgia. Fue inaugurado el 10 de junio de 1916 tras ser edificado sobre planos de José Espelius. Su fachada es una de las más curiosas de los teatros madrileños pues ofrece a la vista vidrieras de Maumejean y mosaicos de Talavera. No es necesario decir que está dedicado a la esposa de Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, y que ambos estuvieron presentes en la fecha de la inauguración. Durante la II República pasó a llamarse simplemente Victoria y durante la Guerra Civil se le bautizó como Joaquín Dicenta. Tiene un aforo de unas 600 butacas donde se han sentado a lo largo de su historia miles de espectadores para presenciar sobre las tablas obras de, entre otros, Buero Vallejo, Benavente, los hermanos Machado, Gala, Alfonso Sastre, López Rubio, Alonso Millán, Paso, Miguel Mihura o Alberti. Dado que se encuentra muy cercano a donde estuvo situado el corral del Lobo no cabe duda de que con su erección se cerró involuntariamente un círculo cuyo vínculo de unión no es otro que el que ha dominado el barrio a lo largo de toda su historia, es decir, la pasión por las tablas, por la farándula, por la máscara, por el drama y por la comedia de la vida. ¡Ah!, se nos olvidaba. Calle Echegaray es el título de una novela perteneciente al movimiento llamado realismo social y que allá por los años 50 del siglo pasado propugnaba una literatura con pretensiones de influir políticamente en el devenir de España. O lo que es lo mismo, pretendía sentar las bases para derribar el régimen franquista. Marcial Suárez fue su autor y su estructura estaba cercana a lo que hizo Cela con La Colmena. Por supuesto, el argumento de la novela se desarrollaba en la vía que hoy nos ha acogido y nos ha permitidio disfrutar con este delicioso flaneo.

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Publicado por en mayo 3, AM en Calles

 

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