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Casa de Capellanes

04 May
Casa Capellanes

Casa de Capellanes en calle Maestro Victoria esquina con Misericordia

Seguro que saben ustedes, fieles lectores, dónde está situada. Ahí, en el centro, en la calle Maestro Victoria esquina con la de La Misericordia. Exacto, donde se encuentra la Casa del Libro. Esa es la llamada casa o edificio de Capellanes, un local que ha albergado todo tipo de personas, negocios, ideologías o credos. Desde palacio cortesano a morada de capellanes del vecino convento de las Descalzas, de donde le viene el nombre. También ha sido panadería y sede del Colegio de Aparejadores, y hospital, y salón de baile, y redacción e imprenta de un periódico, y teatro cómico, y sala de conciertos de música de cámara. En dicho inmueble han residido personas tan importantes como Pedro de Sotomayor o el tesorero de Carlos V, Alonso Gutiérrez. También la infanta doña Juana de Austria, el músico Tomás de Victoria o el escritor Pío Baroja y su hermano Ricardo. Bien es verdad que la actual construcción fue levantada a comienzos del siglo XX pero el solar es el mismo. Habrá lugares en la Villa y Corte que hayan acogido historia a kilos pero tan variopinta como la Casa de Capellanes, pocos. No llama la atención salvo que uno vaya a tiro fijo y, por otra parte, se encuentra situada geográficamente en una zona fronteriza con el mundo del gran consumo pues no en balde una de sus fachadas da a la entrada trasera de uno de los más populares almacenes de la capital. Bien es verdad que al oeste linda pared con pared con el convento de las Descalzas Reales pero se encuentra a trasmano de los recorridos turísticos habituales, encajonada y ninguneada entre el dios del consumo capitalista y la vida monacal del cercano cenobio. Quizás por esto y lo relatado líneas atrás merece nuestra atención al menos por un ratito.

Habitación de Capellanes y Casa de Misericordia

Ramón de Mesonero en su obra El antiguo Madrid hace mención al solar dentro del capítulo referido a la historia del anexo convento de las Descalzas Reales, del que formaba parte este notable edificio “obra del arquitecto Monegro, destinado a habitación de los Capellanes -del convento- y a Casa de Misericordia para doce sacerdotes pobres”. En el mismo sentido se pronuncia Pedro de Répide en su manual Calles de Madrid cuando sitúa en 1559 la fecha en la que fundó “la infanta doña Juana de Austria el Real Hospital de la Misericordia, asignándole rentas que no quisieron admitir, por voto de pobreza, las religiosas Franciscas Descalzas Reales, motivo por el cual la infanta, de acuerdo con el Papa San Pío V, las cedió a este benéfico asilo, instituido para curar a doce sacerdotes o religiosos pobres; pero con la obligación de contribuir con un censo notable a las mencionadas religiosas”.  Dicho hospital se edificó en lo que fue la huerta del contador del emperador Carlos V, Alonso de Madrid, hijodalgo de la Villa. Pero parece ser que quienes tenían que contribuir con las pactadas rentas no cumplieron con su promesa. El hospital se cerró y los capellanes mayores de las Descalzas decidieron tomar posesión del edificio “como representantes del patrimonio de su Real Capilla, viendo que no se cumplía el pago del censo ni sus atrasos, destinándolo para habitación de ellos, por lo cual se llamó a esta calle de Capellanes, quedando el nombre de la Misericordia para aquella que va al convento de las Descalzas”. Se cuenta  que el que fuera capellán mayor, Francisco Enríquez de Navarra, colocó en la capilla del hospital una copia del famoso crucifijo que según la tradición y el criterio de Répide, “pintó el demonio en Malta y estaba representado lastimosamente, casi desollado. Exponíase al público el día de Viernes Santo y acudía una muchedumbre a verlo”. Al derribarse el edificio original durante el primer tercio del siglo XIX un magnífico relieve que había en la fachada fue llevado al Ministerio de Fomento para ser colocado a continuación en la escalera del antiguo convento de la Santísima Trinidad.

Reforma y secularización de la Casa de Capellanes

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Lienzo que reproduce el ambiente desenfadado que se respiraba en el baile de Capellanes

Damos un salto cronológico hasta el siglo XIX, centuria en la que, tanto durante el reinado de José Bonaparte como un par de décadas más tarde cuando la desamortización de Mendizábal, se producen continuas metamorfosis en lo referido al uso de numerosos edificios religiosos. La Casa de Capellanes no fue una excepción y la reforma física vino a su vez acompañada de la secularización en cuanto a su uso. Se sabe que tras la muerte de Fernando VII se convirtió en redacción e imprenta de uno de los periódicos liberales más combativos, El Eco del Comercio, “el mejor y más avanzado periódico de su época”, según Répide. Estaba dirigido por Fermín Caballero, geógrafo, escritor, político, orador y periodista, que llegó a ser ministro y alcalde de Madrid, realizando como tal diversos proyectos entre los que sobresalen la nueva división de la capital y la realización de un censo. Además, Caballero levantó un plano topográfico de la población, detallando todo lo estudiado en su obra Noticias topográficas estadísticas de Madrid. La descripción que de este personaje hace Mesonero Romanos en sus Memorias de un sesentón es clave para entender la personalidad del polémico editor del Eco. Dice Ramón Mesonero que se trataba de un hombre que se adentraba en cualquier conversación tanto literaria como científica o política “porque de todo esto tenían las aceradas fraternas de Caballero. Era un joven de veintiocho o veintinueve años, oscuro, desaliñado y poco simpático de su presencia, sencillo y hasta tosco de modales, tardo y poco elocuente en la palabra; pero que en sus escritos revelaba bien lo mucho que sabía, su agudo donaire y su intencionada y castiza frase con los cuales, tomo por tomo, hundió personal y literariamente  hasta un punto que rayaba en la crueldad al presbítero Miñano”. Se refiere El curioso parlante a una acerada crítica que realizó Fermín Caballero a una obra geográfico-estadística del presbítero Sebastián Miñano, que había sido publicada, según dice en las memorias, a son de clarines y trompetas. El Eco del Comercio fue asaltado en 1844 por partidarios de la reina regente María Cristina debido al carácter excesivamente impetuoso y liberal de su línea editorial y a continuación llegó la época quizás más frívola de la historia del local pero también la que probablemente más fama le haya dado, la de salón de baile. Así nos lo confiesa una vez más Pedro de Répide cuando dice que una vez reformado el edificio y cubierto el patio “formáronse allí los salones de baile tan famosos en la historia del Madrid del siglo XIX. Decir los bailes de Capellanes es evocar una época interesante y pintoresca de la corte en los últimos años del reinado de Isabel II”. Una habanera habla del prestigio de este baile frente a otros de la capital cuando dice aquello de “No me lleves a Paúl/que nos verá papá/llévame a Capellanes/que estoy segura que allí no irá”. En el blog de Emiliana Camilleri se recoge un fragmento de un artículo aparecido en 1966 y firmado por Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro, donde se describe al detalle lo que significó el baile de Capellanes en el Madrid de la época. Dice Santo Floro que en Madrid el baile público no existía y que sólo se bailaba en residencias particulares o durante el carnaval, siendo en todo caso mal considerado este esparcimiento, “así hasta que Capellanes, local situado en la calle del mismo nombre, abrió sus puertas. Las abrió en principio por unos días tan solo, con la justificación del carnaval. Y ya no las cerró en vistas del éxito conseguido. Capellanes significa en España un paso hacia la corrupción, un relajamiento de las costumbres hasta entonces morigeradas, una manifestación anticonvencional y jaranera que responde al grito tan español de ¡Viva la Pepa! A Capellanes acude un público heterogéneo, estudiantes (y no los más aplicados), muchachas de la pequeña burguesía, vigiladas -no bastante- por madres que forman un corro aparte, bostezan y se adormecen al son de la polca íntima que nace precisamente en aquel lugar de aturdimiento y desenfreno. Provincianos adinerados y personas de alto rango, curiosos de comprobar los alicientes de aquel antro y la abigarrada mezcolanza que no se habían dado nunca”. Al entrar en el último cuarto de siglo el recinto cambió su utilidad y pasó a ser primero Teatro de la Risa y después Salon Romero, dedicado a la música de cámara. A finales del XIX se convierte en teatro cómico con indudable éxito pues allí actuaron indistintamente compañías dramáticas y cómico-líricas. El llamado género chico tuvo en el recinto de Capellanes el escenario de los éxitos de dos artistas hijos de Madrid, muy queridos del público local, de nombres Loreto Prado y Enrique Chicote.

Los Baroja en Capellanes

Viena capellanaes

Fachada de la panadería Viena Capellanes donde trabajaron los hermanos Baroja

En 1901 la calle de Capellanes cambia su denominación por el de Mariana Pineda aunque en la nomenclatura popular siguió invariable. Dos años más tarde el arquitecto José López Salaberry elabora un proyecto para la reedificación del solar, tarea que realizará Manuel Medrano en nombre de la marquesa de Villamejor, seguramente propietaria del inmueble en ese momento. El nuevo edificio constará de principal, segunda y tercera planta, bajo y entresuelo y es el que hoy podemos observar y disfrutar. Se trata de una construcción que parte de elementos arquitectónicos medievales, como el gótico, pasando por los considerados nacionales como el plateresco, el Cisneros o el herreriano. También tienen cabida nuevos materiales como el hierro, el acero forjado, la cerámica, el cristal o la porcelana. En total, una superficie de más de 1400 metros cuadrados que constituye un ejemplo de arquitectura ecléctica digna de admirarse a nada que el flaneante decida levantar la mirada hacia lo alto y hacer un alto en el camino para degustar una de las innumerables maravillas arquitectónicas de la Villa y Corte. Anteriormente a esta reforma del edificio, en los últimos años del siglo XIX los hermanos Baroja, Pío y Ricardo, se habían trasladado desde su País Vasco natal a la capital con la intención de buscarse un futuro más halagüeño que el que adivinaban a la sombra del caserío. En los bajos de Capellanes una tía suya regentaba una panadería y se trataba de que a cambio del alojamiento los sobrinos echaran una mano en el negocio. Y así entre venta y venta de las primeras barras de Viena que se expendieron en la capital, mientras Ricardo trabajaba en la buhardilla de la vivienda familiar en su taller de grabado, Pío en la trastienda de la panadería ponía negro sobre blanco para ir esbozando lo que después sería la mejor obra narrativa de la Generación del 98.  El edificio Capellanes inspiró al escritor la novela La casa del crimen pues parece ser que en dicho edificio se había cometido tiempo atrás un horrendo asesinato. En la novela Baroja describe la Casa de Capellanes diciendo que “aunque por dentro era folletinesca, melodramática y de capa y espada, por fuera era una casona ancha, grande y de buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía más que un número por un lado y ninguno por el otro, y la de Capellanes, que baja desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque”. Cerramos esta entrada refiriéndonos al uso que hoy día tiene la Casa de Capellanes que es en parte el de negocio de venta de libros mientras que los pisos altos están en manos de particulares. La Casa del libro ocupa como decimos, el sótano, la planta baja y la primera planta. Pese a que en la actualidad el negocio editorial está más enfocado a la venta y al beneficio económico que a la calidad de los volúmenes que en las estanterías se exponen, no cabe duda de que se trata de una de las pocas empresas editoriales que permiten al lector perderse entre sus volúmenes a sabiendas de que se topará con algo más que con el éxito de ventas al uso. La Casa del libro se fundó en 1923 de la mano de la ya desaparecida editorial Espasa Calpe que abrió su primera tienda en la Gran Vía. En los años 90 del siglo XX pasó a manos del grupo Planeta y hoy en día sigue una politica de expansión que seguramente incrementará sus beneficios económicos aunque humildemente pensamos que a costa de perder calidad literaria en el producto final. Pero son los tiempos que corren y con ellos hay que convivir porque parece ser que rebelarse contra ello suena a rancio, obsoleto y trasnochado.

 

 

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Publicado por en mayo 4, AM en Obra civil

 

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