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Plazuela de Herradores

06 May
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Vista de la plaza de Herradores trufada de vehículos

La plazuela de Herradores -llamarla plaza nos parece sinceramente un poco osado- se encuentra muy cerca de su homónima Mayor. Saliendo de esta última por la calle Siete de Julio -la antigua Amargura-, cruzamos calle Mayor y, si nos internamos por San Felipe Neri, llegamos a una pequeña plazoleta que en principio pasa desapercibida para el flaneante por varias razones. La principal es que el tráfico rodado no ha sido erradicado de su solar y ello impide la observación pausada y el disfrute del lugar. Es más, un túnel subterráneo desemboca en la plaza, lo que provoca habituales atascos con los consiguientes inconvenientes tanto para conductores como para peatones, que se topan de bruces con el desagradable ruido de los motores, lo que a nuestro entender debía evitarse en una zona tan céntrica, tan recoleta y tan coqueta. Porque si hay calificativos que le cuadran a la plaza o plazuela o plazoleta de Herradores son esos, los de coqueta y recoleta. Además, cuenta con una isleta central en la que se puede estacionar y, dado que nos encontramos a tiro de piedra del centro, las escasas plazas de aparcamiento disponibles -su perímetro no da para más- siempre suelen estar ocupadas por vehículos que impiden que luzca en toda su belleza. Los árboles que la circundan y que se encuentran en esa isleta central contribuirían si estuviera exenta de tráfico a configurar un oasis de quietud y bienestar en una zona comprendida entre las calles Arenal y Mayor carente de espacios donde abrir una terraza o simplemente colocar un conjunto de elementos para el juego de los más pequeños, detalle que posibilitaría que los padres pudieran disfrutar sin sobresaltos de un refrigerio en uno de los bares aledaños. Puestos a peatonalizar el centro de la ciudad, creemos sinceramente que este sería un lugar de los que primero debería ser designado para llevar a cabo esta medida, túnel al margen. Con ello se recuperaría para el peatón un solar que cuenta con un pasado histórico aceptable y que pugna por emerger en el presente merced a diversos y singulares negocios que se encuentran en sus aceras. El hecho de que calles como Fuentes, Hileras, Comandante Las Moreras y Costanilla de Santiago, además de San Felipe Neri, desemboquen en ella la haría propicia para que el turista hiciera algo más que fotografiar la cercana placa referida al primer domicilio de Galdós en Madrid o la que en la fachada situada entre Fuentes e Hileras nos indica que allí estuvo la primera parada de sillas de mano hace ya algunos siglos, o lo que es lo mismo, el primer negocio de transporte público de la Villa y Corte.

Herradores y Serrano

El nombre de plaza de Herradores lo ostenta desde principios del siglo XVII por razones gremiales. Los bancos de los profesionales de poner herraduras a las bestias se colocaban en medio del solar hasta que el entonces Concejo los obligó a marcharse de allí por las innumerables molestias que ocasionaba la aglomeración de caballerías. Más cosas nos cuenta Pedro de Répide de la vida social que en esa época se desarrollaba en la plazuela pues “también era, como la plaza de Santa Cruz, lugar donde se situaban los criados y lacayos sin acomodo para que les fueran a buscar quienes necesitasen de ellos”. El paraje era además, y como decíamos líneas atrás, punto para el alquiler de las sillas de mano, que se arrendaban a los vecinos con cierta capacidad económica aunque “el alquiler no se limitaba a esto, sino que las damas callejeras que lo habían menester para autorizar sus paseos y sus enredos podían proveerse igualmente en esa plaza de tías, hermanas, primos y maridos, a tanto la hora o a un precio más arreglado si se les tomaba por temporada”. Esto nos lo confía El ciego de Vistillas por lo bajo, para no dar pie a mayores escándalos, aunque ya saben ustedes que en aquella época barroca todo eran apariencias y aunque la mayoría de la población estaba al cabo de la calle de lo que se cocía entre bastidores nadie se quería dar por enterado. La literatura de la época nos echa una mano para ratificar lo dicho anteriormente a través de la novela de Vélez de Guevara El diablo cojuelo y algunos entremeses de Quiñones de Benavente, obras donde se alude a una práctica que revela, según Répide, “tan pintorescas intimidades de la vida cortesana en tiempo de los Austrias, época cuya austeridad no era ni aparente siquiera”. Tirso de Molina en su obra Por el sótano y el torno, pone en boca de un criado que teme ser despedido por su ama los siguientes versos: “¡Miren, porque la doy luz/ de amantes embustidores!/ Plazuela habrá de Herradores/ y puerta de Santa Cruz./ No me han de faltar dos reales/y señoras de alquiler”. En 1611 se promulgó una ley que regulaba al colectivo que se ganaba la vida con las sillas de mano. En aquellos tiempos los mozos cobraban un real por el traslado de ida y vuelta. En 1786 se modificaría mediante Real Cédula el reglamento sobre horas de servicio y el nuevo coste del trayecto, estableciéndose asimismo que las sillas debían ser ocupadas por una sola persona y que los silleros deberían ir uniformados y guardar moderación en obras y palabras. Siempre, por tanto, la plaza ha contado con el nombre de Herradores. Bueno, siempre no, porque durante el Sexenio Revolucionario, en el siglo XIX, llevó la denominación de uno de los personajes más influyentes del momento, si no el que más, que no es otro que el general Serrano, ya saben el jocosamente llamado general bonito. Francisco Serrano y Domínguez fue un militar y político español que ocupó puestos de Regente, presidente del Gobierno de España y último presidente de la I República. Hombre muy ambicioso al que no le importaba cambiar de chaqueta política con tal de conseguir sus objetivos, encabezó junto a Prim y Topete la llamada Revolución Gloriosa que derrocó a Isabel II. Se vio envuelto posteriormente en el turbio asesinato de Prim y tras la llegada de Alfonso XII al poder no supo adaptarse al nuevo mapa político creado por Cánovas, pese a estar en el germen del Partido Liberal. Parece ser que Sagasta tenía mejor prensa entre los más cercanos a la componenda de la alternancia. Curiosamente falleció el mismo día que el rey restaurador de la monarquía borbónica, el 25 de noviembre de 1885, a los 74 años de edad.

Nieve, Botín, pasaje y museo del pan

HOrno de Botín en Herradores

Detalle del famoso horno de Botín situado en el número 7 de la plaza de Herradores

Pero volvamos atrás en el tiempo porque durante el siglo XVII la plaza era lugar importante en el discurrir de la vida cotidiana de la capital. En 1607 se sabe que en la plazuela de Herradores se encontraba ubicado uno de los dos puestos de venta de nieve de la Villa y Corte. El otro estaba situado en la Puerta del Sol aunque más tarde proliferaron por toda la ciudad. La venta de nieve, tras transportarla desde la actual glorieta de Bilbao, donde estaban los famosos pozos, se llevaba a cabo en tenderetes levantados en los zaguanes de las grandes casas, quedándose a su cuidado los criados de las familias propietarias de dichas viviendas. Más tarde los puestos se situaron en locales o incluso en medio de la calle. Por esta fechas más o menos, el 26 de enero de 1620 se produce uno de los acontecimientos gastronómicos más importantes sin duda en la historia de Madrid. Y no me tache nadie de hiperbólico pues no de otra forma se puede calificar la apertura del primer figon con el nombre de Botín. El pionero no era otro que un cocinero francés de nombre Jean y de apellido obviamente Botín, casado con una mujer de origen asturiano y que nunca tendría descendencia. A su fallecimiento, su negocio de la plaza de Herradores número 7 pasó a manos de un sobrino de su esposa, manteniendo el apellido del fundador. Leemos en el blog Antiguos Cafés de Madrid que un siglo después de inaugurado el local otro descediente de la familia que llevaba el negocio de Herradores se emancipó y creó una posada en Cuchilleros, germen del actual y famosísimo restaurante. El local de plaza de Herradores se vio superado progresivamente en cuanto a fama por aquel aunque ha permanecido en el tiempo reciclándose, fundamentalmente en 1886 cuando se instalaron “escaparates y un gran mostrador de pastelería para vender pestiños, bartolillos, suizos y glorias. Los alojamientos de las alturas superiores desparecen y el horno del siglo XVIII, que aún podemos contemplar, no ha parado todavía de asar exquisiteces”, nos relatan en Antiguos Cafés de Madrid. También Pedro de Répide se refiere en su Calles de Madrid a los escaparates de este emporio de la restauración donde, goloso él, alude a “unos rollizos lechoncillos como heraldos de la gula, que hacen detener ante ellos su paso al viandante”.  La estructura de la plaza no ha variado desde el siglo XVII salvo la modificación que supuso la apertura de la calle de San Felipe Neri, donde se hallaba un convento con ese nombre que daba a la calle Mayor y que fue construido en 1617. Dicho cenobio, con la iglesia, fue derribado durante la desamortización de Mendizábal y en su lugar se edificó un mercado y un moderno centro comercial. En concreto, en 1839 se sabe que se levantó un pasaje, tipología de construcción comercial importada de Francia y cuyo exponente máximo en Madrid, aunque no el único, fue el de Matheu. El de la plaza de Herradores, llamado de San Felipe, ocupaba el solar del convento mencionado con anterioridad y se trataba de un espacio de cubierta metálica y acristalada, con formas y elementos decorativos neogóticos y neomudéjares. No quedan en la actualidad restos de esa construcción ni ningún vestigio que indique que el tal pasaje existiera aunque algunos accesos al interior de algunos bloques de viviendas se asemejan mucho a lo que pudo ser. Un siglo atrás, en 1735, se había abierto en la plaza de Herradores una tahona que continuó allí tras la remodelación del edificio en el siglo XIX. Su horno de leña árabe es el precedente del actual negocio denominado Museo del Pan Gallego. Se trata de una panadería recuperada a principios de los años ochenta del siglo pasado por un orensano llamado José Menor quien, tras volver de la emigración americana, recuperó la infraestructura tal como era en un principio. Hoy en día es una de las panaderías con más prestigio de la ciudad, donde se pueden degustar todo tipo de variedades, trabajadas y horneadas al estilo tradicional. Hogazas tiernas y esponjosas a las que hay que añadir la venta de otros productos tradicionales de la gastronomía gallega.

Mesonero niño en plaza de Herradores

Mesonero

Mesonero presenció en Herradores los desmanes tras la vuelta de Fernando VII

Finalizamos nuestro actual flaneo por la plaza de Herradores dando la palabra a Ramón de Mesonero Romanos, a quien la vuelta de Fernando VII a Madrid y las demostraciones de malentendido y dudoso júbilo que se dieron el 11 de mayo de 1814 pillaron pasando por la plazuela de Herradores. Lamenta el bueno de don Ramón en sus Memorias de un setentón que aquel día tuviera la mala suerte de presenciar con sus escasos 10 añitos uno de los momentos donde más baja cayó la dignidad del pueblo de Madrid. Justicaba desde su madurez su relato de los hechos lamentándose de tener que decir que “de todos los espectáculos de extravío popular más o menos espontáneo que he presenciado en mi larga vida el más grosero, repugnante y antipático fue sin duda alguna el que en aquel funesto día me tocó contemplar en la plazuela de Herradores a mi salida del aula de latinidad, cuando se dirigían las turbas al monasterio de San Martín”. Ponemos en antecendentes al lector recordando que tras la represión e ingreso en prisión de diputados, grandes de España, periodistas, literatos y otras personas de ideología liberal el anterior día 10 de mayo, Fernando VII firma la anulación de las Cortes, la Constitución y todos los decretos y disposiciones constitucionales, mandando que todo volviese a como estaba en 1808. No termina ahí la perfidia sino que la guinda del pastel la pone, dice Mesonero, “una manifestación popular preparada con dos o tres centenares de personas de la ínfima plebe, reclutadas al efecto en las tabernas y mataderos para salir por las calles ultrajando todos los objetos relacionados con el Gobierno constitucional, atacando a todas las personas que les cuadrase señalar con los épitetos de flamasones, herejes y judíos, al compás de los correspondientes gritos de ¡viva la Religión!, ¡abajo las Cortes!, ¡viva Fernando VII!, ¡viva la Inquisición!, etc. Con tales disposiciones la turba hostil y desenfrenada corrió a la plaza Mayor, invadió la casa de la Panadería, y arrrancando la lápida de la Constitución la hicieron mil pedazos, que metidos luego en un serón, arrastraron por todo Madrid y muy especialmente por delante de las cárceles y cuarteles, en donde se les dijo que estaban presos los liberales, redoblando allí los insultos, amenazas y tentativas más hostiles. Trasladáronse luego al palacio de las Cortes, a aquel mismo edificio que pocos días antes había contribuido a decorar el vecindario de Madrid, apedrearon y mutilaron las estatuas y letreros, invadieron la sala de decisiones y rompieron e inutilizaron todos los efectos que pudieron haber a las manos: todo el encarnizamiento y saña propios de una horda de salvajes, y como si estuvieran -que sí lo estarían- embriagados de furor, contra objetos y personas que desconocían completamente y de los que no habían recibido el menor agravio; y al paso, no satisfechos con las vociferaciones más horribles contra las personas de los presos y con las amenazas de muerte y exterminio, detenían a todo transeúnte que no se reunía con ellos, y que en su semblante, su traje y sus modales daba a conocer que no pertenecía a su clase o sentimientos; y siguiendo sus dañados impulsos arrancaban a unos el sombrero blanco o la corbata negra, que eran, según decían, señales de flamasón; cortaban a otros las borlas de las botas, que entonces se llevaban por encima del pantalón ajustado, y a las mujeres las galgas, o sea las cintas con que sujetaban el zapato, y llevaban entonces entrelazadas hasta la pantorrilla, echando todos estos objetos en el serón en medio de las carcajadas e insultos más groseros”. La cita sin duda es extensa pero a riesgo de pecar de cargantes no nos resistimos a plasmarla aquí tanto por la imagen que da de lo peor de nostros mismos como pueblo como del pesar con el que Mesonero Romanos, madrileño entre los madrileños de todas las épocas, lo narra. Triste epílogo si se quiere para la entrada de esta plaza de Herradores pero testimonio necesario e imprescindible para conocer la historia de España en general y de los madrileños en particular que, por lo visto aquí, no siempre ha rayado a la altura de las circunstancias requeridas.

 

 

 

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Publicado por en mayo 6, PM en Plazas

 

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