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Carlos II de Habsburgo

08 May

Cuando el primer día de noviembre del año 1700 Carlos II de Austria o Habsburgo expiraba rebozado en sus propias heces en el Alcázar Real de Madrid, se cerraba una etapa negra de la historia de España y de la Villa y Corte. Y dicha etapa no nos remite solamente al periodo durante el que este desgraciado monarca había ostentado la más alta jefatura del Estado español sino que incluye los casi ciento cincuenta años que transcurren desde que Carlos I expirara en Yuste. Porque, a partir de ahí, la que era primera potencial mundial e imperio donde no se ponía el sol fue extinguiéndose progresivamente merced a la desidia de los gobernantes, la corrupción de la Corte y su entorno y la complacencia de un pueblo llano que no estuvo a la altura de las circunstancias por más que fuera el estamento menos culpable de aquella gran debacle. Sim embargo, la Historia con mayúsculas, tan caprichosa como el destino, ha señalado a Carlos II como el máximo exponente del ocaso español. Y el hijo disminuido tanto en lo físico como en lo psíquico de Felipe IV no fue más que el último nexo de una vergonzosa cadena que se fue configurando con eslabones como el pusilánime y meapilas Felipe II y los frívolos y derrochadores pero envarados Felipe III y el mentado Felipe IV. De esa negra etapa quedan en el haber dos siglos de oro en Literatura, Pintura y Escultura y un país en banca rota. Poco más. Bueno, queda esa triste figura del llamado rey Hechizado, que sabemos que no supo, que sabemos que tampoco pudo pero que sabemos también que sí que quiso hacer algo más por España que lo que han reflejado los textos de los historiadores sobre sus hechos al frente del Reino. De él nos queda esa imagen adefésica, alegoría en toda su extensión de una familia podrida y degenerada por la continua endogamia y de un país también vuelto hacia sí mismo, dándole la espalda a una Europa que, aun a tropezones, evolucionaba tanto en lo cultural como en lo científico, económico y religioso. Quiso cambiar el rumbo del país Carlos II y lo cierto es que en los últimos años de su reinado se comenzaron a atisbar algunos síntomas positivos en cuanto a reflotamiento de la economía. Mientras tanto, la capital del Reino no fue ajena a los cada vez más débiles reflejos de ese sol que se fue apagando progresivamente y que no iba a brillar hasta al menos medio siglo más tarde con las primeras reformas del primer monarca de la dinastía de los Borbones. Y en lo que se refiere a nuestro más cercano entorno, durante la segunda mitad del siglo XVI, durante el reinado de Carlos II, Madrid, en palabras de Mesonero Romanos, “fiel trasunto y emblema en todas las ocasiones del estado próspero o adverso del país, siguió presentando el aspecto más triste y deplorable. Su administración embrollada y nula, su población menguada por la miseria, su vitalidad amortiguada y embrutecida por el fanatismo y la ignorancia, destruida y aniquilada su riqueza o sumergida en el abandono y la desidia de un pueblo estúpido e indolente”. No todo fue culpa del este monarca, cuyo apodo de El Hechizado le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diábolicas. No, ni mucho menos. Pero él cargó con el mochuelo tanto en lo que se refiere al desastre general como en lo que a la vida de los madrileños se refiere. En el cargo le iba, en todo caso.

Enfermizo cuerpo y retrasado intelecto

CarlosII

Retrato de Carlos II

Un hijo de un padre y su sobrina en cuyo árbol genealógico se repiten prácticamente los mismos ascendientes desde Juana la Loca y Felipe el Hermoso, lo normal es que no nazca entero ni en lo físico ni en lo psicológico. Eso sucedió el 6 de noviembre de 1661 cuando la segunda esposa de Carlos IV, Mariana de Austria, dio a luz entre velorios, exvotos de santos, dientes de San Pedro, espinas de la corona que portó Cristo y demás parafernalia supersticiosa. Se debían temer la debacle porque, aunque en aquellos tiempos de olor a sacristía esto era normal, el escenario ya superaba cualquier hecho similar anterior. Y por mucho que la Gaceta de Madrid anunciara que había nacido “un varón robusto y de hermosísimas facciones, pelo negro y algo abultado de carnes”, lo cierto es que de inmediato el embajador de Francia rebajó bastante la euforia hasta decir de aquel recién nacido, pues eso, que era un compendio de todas las patologías habidas y por haber. En palabras del embajador galo, Carlos había nacido “bastante débil, con signos de degeneración, flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello supurante. Asusta de feo”, finalizaba en la misiva dirigida a su rey Luis XIV quien, como el resto de las monarquías europeas, comenzaba a frotarse las manos y a hacer cuentas y planes con el fin de recoger los restos del naufragio del que fuera bajío más robusto de todos los mares surcados y por surcar. Puestos a enumerar los males de Carlos II digamos que padecía la enfermedad genética denominada síndrome de Klinefelter, es decir, una alteración de los cromosomas que implica entre otras taras la infertilidad, niveles inadecuados de testosterona, disfunción testicular, hipogenitalismo, ginecomastia, transtornos conductuales y aspecto enucoide, entre otras lindezas físicas como talla alta, extremidades largas, escaso vello facial y distribución del mismo de tipo femenino. Podríamos citar aún más deformaciones consecuencia de este síndrome pero, a riesgo de revolver el estómago a más de un lector, preferimos que especule cada cual porque con lo enumerado líneas atrás creemos que es suficiente y nunca son horas para entrar en más escabrosidades. Puestos a relatar defectos más alegres -si se puede decir así- digamos que fue amamantado hasta los cuatro años por catorce ayas de lo mejorcito de la Montaña y que no se continuó más tiempo con ello porque ya se consideraba indecoroso. No fue capaz de sostenerse en pie hasta los seis años debido a su raquitismo, agravado por la falta de luz, pues no se atrevían a sacarlo al exterior por temor a enfriamientos. Padeció epilepsia hasta los quince años y pilló todas las enfermedades que se le pusieron a tiro debido a su debilidad genética. A saber, infecciones respiratorias, sarampión, varicela, rubeola o viruela, entre otras. Padecía ataques de cólera desmesurados y era adicto al chocolate, al de comer nos referimos. En fin, que los galenos de la corte no se puede decir que no se ganaran el sueldo. Si a esto añadimos que mostraba un evidente retraso intelectual tendremos ya el retrato perfilado para hacernos una idea de ante quién nos las vemos en la entrada de hoy. No era, no, el joven Carlos una lumbrera en el plano intelectual pues no aprendió a leer hasta la edad de diez años y nunca supo escribir con un mínimo de corrección. Pero bastante culpa de ello también la tuvo su madre, doña Mariana de Austria, que hizo lo que cualquier madre en esas circunstancias, es decir, sobreproteger al hijo. Dada su constitución intelectual y física se descuidó su educación puesto que se pensaba que iba a morir joven. Pero estos predecibles pronósticos no se cumplieron y ya casado con su primera esposa, María Luisa de Orleans, no mostraba ninguna clase de inteligencia y los conocimientos brillaban por su ausencia pese a contar con la pedagogía de afamados dómines, quienes intentaban reiteradamente refutar sin éxito aquel dicho de donde no hay mata no hay patata. Una de las pocas obligaciones intelectuales que le impusieron a Carlos II en su adolescencia fue la lectura de algún libro durante una hora diaria y aun eso lo soportaba mal y con cansancio. En el estudio de la religión su madre, beata convicta y confesa, consiguió que aprendiera de memoria unas cuantas oraciones y algunos pasajes de la Biblia. Ni siquiera fue capaz de conocer y memorizar sus propios reinos. Eso sí, destacó en la caza con halcón y en el arte de correr el venado. En ese apartado parece ser que los genes funcionaron según el canon establecido y supo hacer honor a su condición de Habsburgo para orgullo de sus antepasados si lo hubieran visto.

España, Europa y Juan José de Austria

jUAN jOSé de Austria

Juan José de Austria intentó enderezar el rumbo del país

Con esta materia prima ya podían hacer encaje de bolillos los encargados de encauzar los destinos del Estado que la partida pintaba bastos. Aun en el caso de que España hubiera contado con lo más granado de la diplomacia mundial que lamentablemente no era así. Ni su madre primero, como Regente, ni sus sucesivas esposas, María Luisa de Orleans y Mariana de Neoburgo, supieron rodearse de las personas adecuadas para dar un giro radical al rumbo del país. La primera porque se hizo acompañar de un valido como Juan Everardo Nithard quien, pese a sus ansias de medro, no tuvo ni la influencia política ni los arrestos necesarios en esos momentos para llevar con mano diestra un timón que necesitaba de voluntad y decisión. A María Luisa de Orleans su entorno la envolvió en intrigas de la que ella no era en la mayoría de las ocasiones consciente y bastante tuvo con dedicar sus desvelos a intentar concebir un sucesor, algo imposible dadas las circunstancias. Le cogió cariño, sincero cariño, al desdichado monarca pero ni su educación, ni sus gustos, ni sus apetencias, ni por supuesto su salud, tenían nada que ver con el último Austria. Es más, pese a esa robusta salud la de Orleans murió repentinamente. Oficialmente de cólera morbo. Sin embargo, la versión profana dice que tras diez años de matrimonio y al no quedarse embarazada de Carlos alguna mente preclara de palacio perpetró el macabro plan de hacerla desaparecer para intentar lo imposible de nuevo con la siguiente. Otro oscuro capítulo más de la Historia de este maravilloso país. Y llegó entonces a España Mariana de Neoburgo, alemanota ella, alta, pelirroja, buen busto y buenas carnes e hija de una madre que había dado a luz numerosos vástagos. Pero ni por esas. Lógico. Eso sí, durante su permanencia como reina consorte las intrigas palaciegas se sucedían, en ocasiones con su visto bueno, ante la más que certera presunción de que el rey moriría sin descendencia. Aquí, el único que puso de su parte fue el bastardo de Carlos IV, Juan José de Austria. Pese a las zancadillas que tuvo que soportar de forma reiterada por parte de tirios y troyanos el hijo de La Calderona fue quizás de las pocas personas cercanas al monarca que tuvo sentido de Estado en unos momentos tan convulsos. Ahí Carlos II, pese a sus carencias intelectuales y sus problemas físicos, estuvo a mayor altura que el resto de quienes le rodeaban más con intenciones aviesas y egoístas que motivados por la solución de los problemas de la monarquía. Don Juan José de Austria hizo de valido y de muchas cosas más, requerido por un rey que vio en él a una persona honrada y fiel además de a un hermano que se preocupaba por su deriva personal. Don Juan José evitó la funesta influencia de Mariana de Austria sobre su hijo, recluyéndola en Toledo. Después puso toda su buena voluntad en enderezar un mandato que según la mayoría de los historiadores hubiera llegado a buen puerto de haber tenido un plan preconcebido de gobierno. Lo justo es decir que el tiempo se le fue en preparar al rey para un buen reinado, empezando por lo más obvio, su aseo personal, restaurando la etiqueta cortesana y mejorando la educación del propio monarca que, como decimos tenía en él fe ciega. Pero todo quedó en intento y las cuestiones menores impedían poner la atención en solucionar los problemas de un Estado que poco a poco iba desgajándose y pasando a manos de los buitres europeos que, atentos al desaguisado hispano, fueron haciéndose con el Franco Condado, Luxemburgo o el Palatinado. Portugal se independizó ante la pasividad de la diplomacia hispana… vamos que la solución ni llegaba ni se la esperaba. Cataluña se posicionaba…

De 16 a 6 millones de habitantes

Felipe V

Felipe V hereda el trono tras la muerte de Carlos II

La situación del país se tornó insostenible. La población había descendido desde los 16 millones de habitantes a solamente 6 millones. El ejército quedó reducido a 25.000 soldados, todos ellos descontentos y hambrientos. Y mal pagados. La Hacienda pública y el comercio estaban en manos extranjeras y por el país se extendía el hambre y la holgazanería mientras todo el mundo sacaba provecho de la débil voluntad del rey. Del periodo que va desde 1675 a 1700, fechas que encierran el reinado de Carlos II, solamente podemos destacar la gestión como valido del conde de Oropesa porque intentó poner orden en la economía y la Hacienda Real, creando para ello el cargo de Superintendencia de la Real Hacienda, presidida por el marqués de Vélez, que marcaría el comienzo de las futuras reformas borbónicas. Eran los primeros augurios positivos en mucho tiempo, producto de la reforma monetaria de 1680 y que pretendía en principio frenar la situación de bancarrota y colapso del país, que había causado un patente malestar entre todas las clases sociales. La recuperación económica vino acompañada de un periodo climático bonacible para la agricultura, las epidemias dieron una tregua y se produjo una elevación de los precios consecuencia de la bonanza con la que empezaron a vivir las clases medias. Por tanto, cuando Carlos II firma su decreto de sucesión se puede decir que España se encuentra disfrutando de una década relativamente próspera, alcista en lo económico y algo más calmada en lo social, sobre todo, teniendo en cuenta la situación de partida del reinado del postrer Austria. En sus últimos años Carlos II reestableció la confianza en el sistema monetario español y anticipó algunas de la reformas administrativas de la centuria siguiente. Sin embargo, y a medida que se acercaba el final del monarca, el pueblo matritense seguía sin percibir esas mejoras y a ello hay que añadir que las intrigas en palacio se hacían más y más habituales. El achuchón que sufre el rey en 1996 hace pensar en un desenlace inminente y media Europa mira hacia España para posicionarse de cara al futuro. Madrid se convierte en epicentro de las confabulaciones y las quinielas sucesorias se multiplican. El lógico nerviosismo de Palacio lo palpan los vecinos de la Villa y Corte que, hartos de tanta mediocridad y tantas carencias, explotan un día de 1699 con el pretexto del encarecimiento del pan. Mesonero nos describe el momento diciendo que “acude -el pueblo llano- en  tumultuoso desorden bajo las ventanas del Real Alcázar, pidiendo o más bien ordenando al monarca pusilánime que despertase de su letargo y acudiese a remediar las públicas necesidades. Carlos II apenas tiene fuerzas para otra cosa que para conjurar aquella nube tumultuaria y hacerla descargar contra el ministro, el conde de Oropesa, quien por fortuna pudo escapar de las iras del pueblo madrileño”. Sin embargo, y con los renglones torcidos que se quiera, nadie puede actualmente poner en duda que España iniciaba la salida del colapso y cuando, molido por todo tipo de dolores, sin controlar las funciones vitales y seguramente deseoso de poner fin de una vez por todas a su particular martirio de 39 años, Carlos II el Hechizado firma el dercreto de sucesión está poniendo su humilde guinda a un reinado que, pese a todas sus carencias intelectuales, debió ir enderezando con más voluntad y decisión que las que los historiadores le han reconocido. Al menos tuvo en su débil cabeza la idea de intentar hacer algo por España, algo que podemos dudar que se llegaran a plantear su padre, su abuelo o su bisabuelo. Cuando Carlos II dicta que sea el duque de Anjou, futuro Felipe V, el siguiente rey de España se está poniendo la segunda piedra para la modernización del país. Y qué mejor manera que hacerlo colocando el cetro en manos de un francés, es decir, de alguien educado en la más culta y adelantada monarquía del momento. Y esto no lo hizo Carlos II a humo de pajas sino a costa de enfrentarse a intrigas palaciegas que pugnaban por que fuera otro Austria, el archiduque Carlos, el que le hubiera sucedido. Apañados hubiéramos estado porque aunque una guerra nos costó la decisión y Madrid la padeció en sus carnes, será de los pocos conflictos históricos de cuyo desenlace ha derivado una mejora para la calidad de vida de los ciudadanos, tanto de los que lo vivieron directamente como de quienes hemos heredado sus logros en los siglos posteriores. Por cierto, hasta hace bien poco tiempo este rey no tenía una calle dedicada a su memoria en Madrid. Actualmente una humilde vía del barrio de Las Musas, cerca del estadio de La Peineta, lleva en sus placas el nombre del último Austria. Es indiscutible que no se va a dar el título de Carlos II ni a la Gran Vía ni al Paseo de la Castellana, por poner un par de ejemplos, pero también es cierto que otros monarcas o prebostes de la historia de la Villa y Corte, con similares o menores méritos que quien hoy protagoniza esta entrada, cuentan con enclaves mucho más aparentes en el callejero local. De monumentos conmemorativos erigidos en la capital en honor del presuntamente hechizado monarca se cuentan con una mano y sobran los cinco dedos muy al contrario que en Nápoles donde, pese a su condición de minusválido físico y psíquico, lo tienen presente en alguna de sus calles o plazas. Aquí no, ¿para qué?

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Publicado por en mayo 8, PM en Perfiles

 

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