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Calle de la Cruz

15 May
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Calle de la Cruz a primera hora de la mañana

La calle de la Cruz es otra de las populares vías matritenses que se encuentran dentro del perímetro del llamado barrio de Las Letras. Y esta con más tradición literaria que otras, si cabe, pues ya su propio título nos retrotrae a la época donde el teatro era el más importante entretenimiento del pueblo de Madrid. No en vano uno de los recintos de representación de más prestigio se encontraba en en una de sus aceras, el renombrado teatro de la Cruz, donde montaron sus obras los más renombrados autores del siglo XVII y que estaría abierto al público hasta bien avanzada la centuria decimonovena. De su importancia como recinto para representación de comedias hablaremos más adelante pero digamos que si podemos disfrutar de esta vía actualmente y entrar en sus numerosos bares, tabernas y restaurantes es merced a un frustrado proyecto de remodelación del centro que se quedó a medio desarrollar allá por finales del siglo XIX. La apertura y ensanchamiento de la calle Sevilla y de la plaza de Canalejas debía, según planos, tener su prolongacion hasta la entonces plaza del Progreso, hoy Tirso de Molina. Para ello era necesario llevarse por delante y estirar en anchura las vías que se encontraban en su camino, es decir, la actual calle de la Cruz para conectar con la plaza Jacinto Benavente, y después la actualmente denominada calle del Doctor Cortejo con el fin de empalmar con Progreso. Dicho proyecto se quedó, como decimos, en los planos y si desde el punto de vista de la modernización del centro fue un paso atrás, dicha paralización ha permitido que la rúa llegue a nosotros con la fisonomía que presentó a lo largo de los siglos, salvo las lógicas remodelaciones, apariciones y desapariciones de negocios, iglesias y demás. Sin embargo, Pedro de Répide se lamentaba a principios del siglo XX de no haberse consumado el proyecto, recogiendo el sentir general de la época. En su Calles de Madrid comentaba que la vía, “demasiado estrecha para su mucho tráfico, debía haber desaparecido, dejando lugar a la hace tiempo proyectada continuación de Sevilla…/…El haber desaprovechado la existencia del solar de la Trinidad, en la calle de Atocha, y permitido la construcción de nuevos edificios, aleja la posibilidad de esa reforma urbana, tanto más conveniente y necesaria que otras que han conseguido la aprobación municipal con una brevedad de trámite no común en esa clase de proyectos”.

Soldados de Pavía y lienzo de la Cabeza

Dejemos a Répide que lamente la peculiar forma de tomar decisiones de los munícipes de esa época, por otra parte nada ajena a cómo hoy suelen conducirse, y digamos para aquellos que no lo sepan aún que la calle de la Cruz une en una línea prácticamente recta la plaza de Canalejas con la de Jacinto Benavente, que es conocida principalmente porque en ella se encontraba el corral de comedias de la Cruz pero que, al margen de ello, también cuenta con un anecdotario histórico suficiente para pasar un rato agradable con su lectura. Debe su nombre a una cruz que en los tiempos en que no estaba urbanizada la zona se encontraba en un altozano de las inmediaciones. La entrada de la calle desde Canalejas contó hasta la remodelación de la plaza con una de las tabernas más populares de los alrededores, la llamada de los Soldados de Pavía. No es que allí se reunieran los profesionaes de la milicia sino que el nombre hacía mención a unos trozos de bacalao frito que se ofrecían a modo de tapa, recién sacados del horno de aceite, y de los chocolates, “como así de arbitrariamente – apunta Répide- eran llamados unos vasos de vino blanco acompañados de un bizcocho”. Muy cerca de donde se degustaban los mentados soldaditos, se hallaba en el número 3 de la calle la llamada capillita del Carmen que no llamaría nuestra atención si no fuera porque en su interior se encontraba un lienzo representando la leyenda que da nombre a la calle de la Cabeza, trasladado a este lugar al ser derribada la casa de esta vía donde fue muerto el clérigo. Recordemos dicha historia popular de la mano de nuestro Ciego de Vistillas, quien comenta que se trata de una de las tradiciones más interesantes de Madrid y que “en una casa de ella -la calle de la Cabeza- vivía un sacerdote asistido por un criado quien, codicioso de los bienes de que sabía poseedor al clérigo, determinó robárselos y una noche lo asesinó. Separándole la cabeza del cuerpo y apoderándose del oro del cura, púsose a salvo en Portugal”. Mucho se habló en la Villa y Corte de aquel crimen pero poco a poco acabó por olvidarse sin que se detuviera al asesino. Pasado el tiempo el criado volvió a Madrid disfrazado de caballero y una mañana “recordando su antigua condición apeteciole comprar en el Rastro una cabeza de carnero que se llevó ocultándola debajo de la capa. Un alguacil que por allí había, como notase el rastro de sangre que iba dejando aquel hombre, le paró, preguntándole qué llevaba: ¿Qué he de llevar? Una cabeza de un carnero que he mercado ahora mismo, respondió el criado”. Pero ocurrió que al mostrársela al empleado público ambos comprobaron con espanto que era la cabeza del sacerdote. El asesino fue prendido, juzgado y condenado a morir en la horca en la plaza Mayor. Tras ser enterrado su cadáver en San Miguel de los Octoes la presunta cabeza del clérigo volvió a su ser natural de carnero. “El rey Felipe III -prosigue Répide- en cuyo reinado aconteció este suceso, mandó que para ejemplar memoria del mismo, se pusiese en la fachada de la casa del crimen una cabeza de piedra representanto la del sacerdote. Pero los vecinos pidieron que se quitase de allí porque les daba espanto y se obligaron, en cambio, a edificar una capilla en honor de la virgen del Carmen, colocando en ella un cuadro que representaba el suceso”. La casa donde se encontraba la capilla fue vendida y ésta fue trasladada con su lienzo a la calle de la Cruz donde hasta mediados del siglo XIX permaneció en el antes mencionado numero 3. Cerremos este apartado contando sucintamente dos anécdotas no exentas de sabor popular como son la de que en una de las viviendas de esta calle se alojó en 1767 el afamado galán italiano Giacomo Casanova mientras parece ser que disfrutaba de unos amoríos tildados de milagrosos con una dama duende de la calle del Rosal. Por otra parte, en el capítulo de sucesos se cuenta que Rodrigo Girón, fue asesinado por un tal duque de Fernandina, sobrino del arzobispo de Toledo, a causa de un lío de faldas que quedó sin esclarecer. En fin, nada nuevo bajo el sol de la Villa y Corte.

Corral o teatro de la Cruz

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Localización del corral de la Cruz según Texeira

Y pasemos a hablar del edificio más importante desde el punto de vista histórico y literario de nuestra rúa de hoy, el corral o teatro de la Cruz. Para nadie es un secreto que fue uno de los recintos de representación de comedias más importantes y populares de Madrid, desde finales del siglo XVI hasta mediados del XIX. Su historia arranca en 1579 cuando la cofradía de la Soledad se hace con un local en esta calle a fin de ofrecer representaciones teatrales con el objetivo de sacar un dinero con el que sufragar los gastos generados por los diversos actos que celebraban, principalmente en Semana Santa. Mesonero Romanos nos dice en su obra El antiguo Madrid que el corral de la Cruz “alindaba con el horno de Antonio Ventero y con el solar de Antonio González Labrador, por delante de la calle pública que dicen de la Cruz, donde es la cárcel que dicen de la Corona, en la parroquia de la Santa Cruz y que fue comprado por 550 ducados”. El corral de comedias fue inaugurado el 16 de septiembre de 1584, casi al mismo tiempo que el vecino del Príncipe. En él pusieron en escenas sus obras los más insignes dramaturgos del XVII, con especial mención para Lope de Vega, quien lo prefería al del Príncipe. Y precisamente el llamado Fénix de los ingenios es protagonista de una de las anécdotas más comentadas en su momento y que se refiere a su detención y encarcelamiento en 1587 por un delito de difamación. Entre otros acontecimientos secretos hay que decir que en 1627 el rey Felipe IV conoció allí a la admirada actriz María Calderón, con quien mantendría un idilio fruto del cual nacería Juan José de Austria, el bastardo que intentaría sin éxito enderezar el rumbo del Estado bajo el reinado de Carlos II. La Calderona era una mujer por quien suspiraba medio Madrid, en el decir de la época, mientras que el otro medio -la parte femenina- la odiaba a muerte y no por sus capacidades o incapacidades como profesional de la escena sino por su indiscutible belleza. Los cuadros de la época nos la describen con una larga melena rubia que le llega hasta la cintura y una cara angelical, todo ello dentro de un envoltorio que respondía a los cánones más ortodoxos de la belleza femenina del momento. Volviendo al teatro, diremos que tras pasar en el siglo XVIII a manos municipales se acometió su reforma y transformación en lo que se calificó como una teatro a la italiana, con capacidad para unos 1500 espectadores. Las obras se encomendaron al arquitecto Pedro de Rivera quien comenzó la obra hacia 1743. Sin embargo, Ramón de Mesonero, que no solía levantar una voz más alta que otra, al menos en sus escritos, se atreve a decir un siglo más tarde que el recinto se reedifició “bajo las trazas, dirección y mal gusto del arquitecto Rivera y no según el plan de Juvera y Rodríguez”, que era el que debía haberse seguido. Esta crítica no era más que la punta del iceberg de toda una corriente en contra del teatro de la Cruz que se desencadenó desde comienzos del siglo XIX y que desembocó en que fuera declarado oficialmente “oprobio del arte” en 1849 mediante Real Orden, siendo ordenada su demolición. Por las tablas del escenario del teatro de la Cruz habían pasado durante casi tres siglos desde las habituales compañías de comedias españolas hasta representaciones de ópera italiana. Durante su segunda etapa, referida al periodo ilustrado, hay que destacar la presencia más o menos habitual de Leandro Fernández de Moratín, quien estrenaría en el local de la calle de la Cruz El barón, La mojigata o su obra cumbre, El sí de las niñas, en 1806. Entre 1840 y 1845 se hizo cargo del recinto teatral el empresario Juan Lombía quien contrataría en exclusiva a otro afamado autor, el romántico José Zorrilla, que durante ese periodo de cinco años pondría sobre la escena un total de veintidós dramas, entre ellos El zapatero y el rey, El puñal del godo y, cómo no, su obra cumbre, la adaptación al romanticismo cristiano de la obra de Tirso de Molina El burlador de Sevilla y convidado de piedra. Obviamente estamos hablando de Don Juan Tenorio, que se puso sobre la escena por vez primera en 1844. Si citamos a los actores de más caché que se subieron a su escenario durante los siglos XVIII y XIX no podemos olvidarnos de Rita Luna, Juan Carretero, Carlos Latorre, Manuela Carmona, Agustina Torres o el mismísimo Isidoro Máiquez, quienes con su hacer dieron relumbrón a un recinto cuyo rastro lo encontramos actualmente en una placa situada en el cruce de las calles de la Cruz y Espoz y Mina y donde se recuerda que allí se encontraba uno de los teatros que acaparó la atención del pueblo de Madrid cuando el género dramático era la principal forma de entretenimiento y la más querida en la Villa y Corte en tiempos de los Austrias, tanto por las clases populares como por las más acomodadas. Las primeras disfrutaban de él en el patio o en la cazuela, las segundas desde la discreción que le permitían los aposentos de la corrala. Poso histórico suficiente, por tanto, para una vía por la que flanear actualmente aunque con objetivos bien diferentes a los estrictamente literarios. En las noches de bonanza climática la calle de la Cruz y su entorno nos ofrece un panorama atractivísimo para, no lejos del ruido del tráfico ni del trajín consumista del centro, pero sin sentirnos agobiados por ello, toparnos en nuestro reposado caminar con sugerentes calles adyacentes y coquetos a la par que sorprendentes rincones donde sentarnos en una terraza al calor de una jarra de cerveza y descargar de las tensiones cotidianas, sin otra obligación que la de dejar pasar el tiempo mientras una luna llena adorna nuestra sosegada charla.

 

 

 

 

 

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Publicado por en mayo 15, AM en Calles

 

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