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Puente de Toledo

16 May
Puente de Toledo 1

Imagen actual del puente abierto al tráfico peatonal

Hoy vamos a alejarnos un tanto del centro. La ocasión lo merece. Indudablemente. Equipados con nuestra mochila y tras haber echado mano de una botella de agua en Puerta Cerrada tiramos por calle Toledo y descendemos cuesta abajo con la brújula orientada hacia el final de esta histórica, popular y mil veces transitada vía castiza. Un día nos pararemos a contar sus interioridades. Mientras tanto, dejamos atrás la fuentecilla de la Arganzuela, también la puerta de Toledo, que tantos momentos interesantes a ofrecido a los historiadores, y a medida que la pendiente nos conduce a las inmediaciones del río Manzanares se nos presentan ante nuestros ingenuos e insaciables ojos las pirámides de la glorieta que lleva ese nombre. ¡Cuántas cosas se podrían decir de todos estos monumentos que hoy nos han visto zapatear a su vera! Pero no nos detengamos. Ya les llegará su momento. Hoy nuestro afán se centrará en narrar la historia y completar la descripción del puente de Toledo, uno de los monumentos civiles madrileños más dignos de admiración por su estilo, por los recovecos de su arquitectura y, qué narices, por la utilidad pública que supuso en su día como válvula de escape de la capital hacia Toletum. En la actualidad su uso está vedado al tráfico rodado pero durante mucho tiempo fue el nexo de unión entre el, primeramente, pueblo de Carabanchel y después distrito, barrio o arrabal anexo a la capital. Orgulloso se debe sentir nuestro humilde Manzanares de contar con un puente que, si los escritores del siglo de Oro lo vieran, seguro que por activa y por pasiva se preguntarían en redondillas, romances o cuartetas que para qué tanto puente para tan poco río . Pero, ojo, que nadie menosprecie a este humilde regatillo porque en más de una ocasión pegó un puñetazo sobre la mesa y se llevó por delante lo que encontró a la altura de donde ahora nos situamos, incluidos varios puentes que se construyeron antes del que ya estamos contemplando y disfrutando. Porque el Puente de Toledo se nos presenta majestuoso y orgulloso de su condición pese a, o por, encontrarse rodeado de un entorno moderno que poco tiene que ver con el tiempo en que le tocó nacer, allá por el primer tercio del siglo XVIII, de la mano del arquitecto Pedro de Ribera.Y es que ni Pedro de Répide se olvidó de él y tuvo tiempo, cómo no, de desplazarse desde sus cuarteles del barrio de La Morería para esbozar su semblanza y decir sin rodeos que se trata de uno de los monumentos “más típicos e interesantes de Madrid, y ha quedado formando parte de una bella composición, juntamente con la glorieta de las Pirámides que le precede y con la puerta de Toledo, que vista desde la glorieta del puente, remata el hermoso conjunto panorámico”. Tiene razón Répide y si no se lo creen hagan la prueba y una mañana de verano, con la fresca, disfruten de una excursión hasta el lugar.

Estilo barroco churrigueresco

Puente de Toledo 4. Historias matritenses

Puente de Toledo hacia finales del siglo XIX

Entre quien esto escribe y Pedro de Répide ya hemos destripado sucintamente lo esencial de la construcción. Pero vayamos con lo sustancial y digamos que el puente de Toledo es de estilo barroco churrigueresco y une ambas riberas del Manzanares, enlazando la glorieta de Pirámides, en la orilla este, con la también glorieta del marqués de Vadillo, ya en territorio carabanchelero, en su margen oeste. El actual no fue el primero en construirse pues ya en el siglo XVII, Felipe IV proyectó enlazar la Villa de Madrid con el camino de Toledo por medio de una obra que salvara el río. El primer proyecto fue concebido por Gómez de Mora y construido por José de Villarreal entre 1649 y 1660 y era conocido como la puente Toledana. Sin embargo, un enfado del río en forma de crecida lo destruyó poco después y ya se habla de reconstruirlo en 1671, en tiempos del rey Hechizado. La infraestructura se hacía cada vez más necesaria y en 1680 está terminado el nuevo. Pero parece ser que las autoridades no le pidieron opinión al Manzanares y éste se volvió a enojar pues poco después de acabado de levantar otra riada volvió a destruirlo. Vuelta la burra al trigo y nuevamente se encarga un proyecto, en esta ocasión a José del Olmo y José de Arroyo, cuyo inicio de las obras tuvo lugar en 1684. A esta nueva construcción es a la que se debe referir Répide cuando dice que fue devorado por la corriente allá por 1720. Otros documentos nos dicen que cuando esta última fecha ya el notable arquitecto Pedro de Ribera había iniciado las obras del monumento actual, que en 1732 fue inaugurado por don Francisco Antonio Salcedo, marqués de Vadillo y a la sazón corregidor de la Villa y Corte, quien tendría el honor de ser el primero en atravesarlo con su carruaje. La descripción de la obra se encuentra a disposición de cualquiera que se dé un paseo por la red. Sin embargo, nosotros vamos a concederle a nuestro lazarillo particular, Pedro de Répide, el derecho a ser él quien nos enumere sus interioridades arquitectónicas. Su sedosa prosa nos cautiva lo suficiente como para que pongamos la oreja y miremos hacia donde nos señala con el dedo, mientras nos apoyamos en una de las barandillas del puente y echamos un trago de agua. “Compónese -nos relata- de magníficos arcos de medio punto, con cuarenta pies de luz y cuarenta y cinco de elevación, labrados en sillares de granito. Las robustas cepas forman cubos, que sirven de burladeros en el pavimento del puente dándole desahogo pues su anchura, de treinta y seis pies no es a veces suficiente para el paso de gentes y coches de todo género que pasan por aquel sitio”. Asentimos mientras nuestro maestro sigue su alocución señalando con el dedo índice de su mano derecha el arco del centro sobre el que “se levanta por cada lado un cuerpo de arquitectura, ejecutado con granito, según el estilo churrigueresco, del que tanto y tan injustamente se abominó en un tiempo, hasta que se han reconocido su mérito y su gracia, así como su carácter peculiarmente madrileño”. Crítica soterrada a los ilustrados y a algún romántico que por aquí pulula en ocasiones, pensamos nosotros. Pero no podemos perder ripio porque nuestro Ciego de Vistillas –que de ciego no tiene un pelo y hoy menos que nunca- no da tregua en su descripción, “multitud de figuras decoran el nicho, cubierto con un dosel, sobre el que se ven de un lado las armas reales y de otro las de Madrid, terminando la composición con una corona real. Ocupa el nicho de la derecha, saliendo de Madrid, la estatua de San Isidro Labrador, sacando a su hijo del pozo, y el del frontero, la de Santa María de la Cabeza, hechas ambas en piedra caliza por don Juan Ron”. Ingenuos de nosotros, que de arte sabemos lo justo y tras la explicación de nuestro guía todo comienza a tomar sentido. Pero no es momento de reflexiones sino de ir memorizando lo que se pueda porque este sabio no para de narrar y describir y ahora, con la mirada fija en nuestros ojos, alega que “es toda la fábrica de gran suntuosidad, extendiéndose por los lados las aletas en la misma forma que el puente, en un espacio de seiscientos veinte pies de largo, formando rampas que facilitan la comunicación con el río”. Para que las lavanderas puedan acceder a la orilla con sus cestos en la cabeza, añadimos nosotros, por decir algo. Ni caso. Parece ser que el comentario no está a la altura de la profundidad de la disertación. Punto en boca y a escuchar que “pasado el puente se halla la anchurosa y solidísima calzada cuya longitud es de 519 pies de largo por 154 de ancho, teniendo a los costados los correspondientes contrafuertes. A la embocadura de esta calzada hay dos torres de granito, bien labradas y coronadas por figurillas”. Parece que ya ha terminado esta minuciosa descripción, que nunca mejor dicho ha sido pintura con palabras, y tras darnos la espalda de vuelta hacia Pirámides, nuevamente Répide se nos vuelve como si se le hubiera olvidado algún dato importante, “en los primeros años a uno y otro lado del puente había unas fuentes mezquinas de las que todavía se conserva alguna pero en deplorable estado”. Dicho queda. Tras este postrero comentario nos abandona nuestro disertador haciendo mutis por el foro pues todavía tiene que tomar notas de diversas vías de este barrio y nos deja intentando digerir poco a poco tanta erudición sobre una obra que debemos, no lo olvidemos, a uno de los principales alumnos de José Benito de Churriguera.

Pedro de Ribera

Tumba_de_Pedro_Ribera

Tumba de Ribera en San Cayetano

El autor de esta singular y magnífica obra fue Pedro de Ribera, quizás el arquitecto español más importante del Barroco. Madrileño de cuna y discípulo, como decíamos, de Churriguera, siguiendo los preceptos fundamentales del maestro llevó a su pleno desarrollo el Barroco exaltado, tan característico de numerosas construcciones de la capital, donde fue destacable su labor en puentes, palacios, fuentes monumentales, iglesias y todo tipo de edificios públicos, muchos de los cuales aún pueden contemplarse. A su intelecto debemos, entre otros, el Cuartel del Conde Duque, la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, el actual Museo de Historia de la capital, la iglesia de San Cayetano, donde reposan sus restos mortales, el palacio del marqués de Perales, el palacio del marqués de Miraflores o la portada de la capilla del Monte de Piedad de Madrid. De entre los monumentos ya desaparecidos hay que citar la primera puerta de San Vicente, la ermita de la Virgen del Puerto destruida durante la Guerra Civil, el teatro de la Cruz, el Real Seminario de Nobles o los puentes Verdes y del Abroñigal. Ribera había nacido en la calle del Oso en 1681 en el seno de una familia humilde y consiguió imponer su saber y su pericia en el Madrid de Felipe V, pese a que el rey francés prefería rodearse de arquitectos extranjeros. Bien es cierto que siempre tuvo la protección del marqués de Vadillo, lo que le permitió lanzar su carrera, dejando diseminadas sus obras por la Villa y Corte antes de fallecer en 1742 en su domicilio, cercano a la iglesia de San Cayetano, cuyas obras había iniciado y donde está enterrado como apuntábamos líneas atrás. Hay que destacar que supo introducir en su lenguaje arquitectónico novedosos elementos que singularizan su estilo. Entre ellos se pueden citar los baquetones asimétricos, más salientes que los utilizados en su época, que enmarcan con frecuencia las puertas de los edificios. Suele repetir sin variaciones el módulo de la fachada, formado por la fusión de la puerta y la balconada superior. Más peculiaridades de su obra son la imitación en piedra de cortinajes plegados, telas, borlas o elementos similares aunque quizás uno de sus elementos más personales sea el estípite que utiliza en sustitución de la columna o añadido a ésta. El peculiar partido que le saca a las cúpulas o la ornamentación con que suele recubrir todo el conjunto son otras de las características arquitectónicas de la obra de Ribera quien, pese a ser criticado abierta y crudamente por ilustrados y románticos, fue rehabilitado y valorado convenientemente desde finales del siglo XIX, como bien apuntaba Pedro de Répide durante la descripción del puente.

 Polémicas, Riego, accidentes de tranvía y Madrid Río

accidente tranvia puerta de toledo - santos yubero

El tranvía sobre el lecho del río tras el accidente. Foto S. Yubero

El puente de Ribera solucionó los problemas del tráfico rodado en cuanto al objetivo de salvar el río Manzanares en el trayecto entre la Villa y Corte y la ciudad imperial de Toledo y cumplió con el destino para el que fue construido. Pero con el siglo XX, llega el automóvil, el tráfico y los problemas derivados. Se buscan soluciones que permitan que la obra se conserve en su estructura inicial, pues se es consciente del valor monumental de la misma. Pero cada reforma supone un rifirrafe entre autoridades y los encargados de velar por el patrimonio cultural de la capital. Como siempre, un acelerón irreflexivo de los políticos es intentado frenar por una llamada de atención de arquitectos, historiadores y gente de la cultura en su acepción más general. Hasta la fecha actual en que el tráfico rodado está prohibido y afortunadamente los peatones pueden disfrutar de él tanto desde el punto de vista lúdico como práctico ya que permite salvar el río y ser un cordón umbilical entre las dos orillas. Mientras tanto, la vida ha ido transcurriendo a lo largo de los siglos por sus inmediaciones y el anecdotario ha ido creciendo progresivamente. Puestos a rememorar hechos relevantes Pedro de Répide nos dice que en su tiempo todavía se conservaba en la margen derecha “frente al puente, el parador a donde fue traído el general Riego, maltrecho en el fondo de un carro, para ser entregado a las autoridades de Madrid, que le siguieron breve proceso terminado con terrible sentencia”. No podemos olvidar otro hecho luctuoso que tuvo lugar no hace tanto, el 28 de mayo de 1952. Ese día un tranvía que completaba la ruta entre la plaza Mayor y Carabanchel descarriló en el puente por una falta de vía en uno de los carriles. El balance fue de 15 muertos y 112 heridos, según fuentes oficiales, aunque parece ser que la censura funcionó a destajo en los medios de comunicación y las cifras reales nunca se llegaron a saber. El tranvía tenía capacidad para 47 personas pero ya se sabe que entonces estos vehículos de transporte público eran abiertos, solían ir abarrotados, y los viajeros se asían por el exterior a los lugares más inverosímiles. Además, en este caso el tranvía estaba parado en vía muerta en la plaza Mayor por avería en los frenos pero ante la aglomeración de viajeros en espera un responsable -o más bien irresponsable- del servicio decidió que el vehículo hiciera el trayecto pese a la oposición del conductor. Nos narran estos detalles José Manuel Seseña y Ricardo Márquez en el blog Historias Matritenses y describen con lujo de detalles los trágicos momentos que vivieron los viajeros calle Toledo abajo, en un vehículo con el sistema de frenos inutilizado. Al llegar al puente la tragedia se tornó irremediable. El entonces alcalde fue cesado pero desgraciadamente nadie devolvió la vida a los muertos por perogrullada que parezca. No fue este el único accidente que tuvo lugar en las inmediaciones del puente pero sí el más grave, como se puede suponer. Finalizamos este periplo por el puente de Toledo no sin antes recordar al flaneante habitual de la Villa y Corte que desde el mismo puente se puede admirar la remodelación que en los últimos años se ha llevado a cabo en la zona con el soterramiento de la M-30 y la instalación de jardines a lo largo de la ribera del Manzanares en ambas márgenes. La polémica ha envuelto y con razón estas obras, cuyo sobrecoste haría sonrojarse al más desahogado, pero si al final sirve para que los vecinos de nuestro Madrid puedan disfrutar en un futuro de un área de ocio medianamente decente bienvenido sea y no hay mal que por bien no venga. Precisamente los jardines situados bajo el puente de Toledo y en sus inmediaciones constituyen una de las áreas más significativas del proyecto Madrid Río. Aprovechan el puente en un doble sentido pues por un lado componen un espacio concebido para ser visto desde lo alto del monumento, que se convierte en un mirador privilegiado. Dicho ajardinamiento ofrece una nueva e inédita panorámina ya que su trazado dibuja un enorme tatuaje que se extiende como una alfombra sobre la superficie, reproduciendo un motivo figurativo vegetal. El puente de Pedro de Ribera, y que hoy hemos traído a este blog, se funde con la distribución de setos de ligustrum, vivurnum y laurus que nos retrotraen a la época de los jardines barrocos. El conjunto se completa con la presencia de liriodendros y albicias, que ofrecen su generosa sombra en la época estival, y un graderío construido ad hoc con el fin de mejorar la contemplación de los arcos del antiguo pero aún orgulloso puente de Toledo. Una delicia para los sentidos. De verdad.

 

 

 

 

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2 comentarios

Publicado por en mayo 16, PM en Obra civil

 

2 Respuestas a “Puente de Toledo

  1. Nerea Herguezabal.

    mayo 19, PM at 13:32

    ¡Hola profe! Soy Nerea. He de, decirte que me gusta muchísimo tu blog, a parte de que me viene muy bien para leer, un beso.
    NEREA.

     

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