RSS

Plazuela del Ángel

19 May
Plaza del ángel

Plaza del Ángel con la perspectiva de su homónima Jacinto Benavente al fondo

Toda la vida se la ha nombrado plazuela o plaza del Ángel y plaza o plazuela del Ángel la llamaremos. ¿Quiénes somos nosotros para ir, sin más bagaje que nuestras prepotencia e ingnorancia, contra la tradición más madrileñista? Pero lo cierto es que tanto quien esto escribe como cualquier ciudadano que pase por el lugar y reflexione mínimamente sobre la denominación de plaza no puede por menos pensar que alguien se ha equivocado al poner las placas romboides. Porque si nos fijamos con detenimiento nos daremos cuenta que estamos ante una calle que se inicia en la plaza Jacinto Benavente y que a medida que se dirige hacia el este va ensanchándose progresivamente en forma de embudo hasta llegar a la confluencia con la plaza de Santa Ana, a la izquierda, la calle Huertas, al frente, y la antigua calle del Viento, hoy San Sebastián, a su derecha. Visto lo cual insistimos en negar que ese solar responda a lo que se supone debe ser una plaza. Nos negamos en principio y por principios y por más que la realidad oficial nos contradiga. Pero no le demos más vueltas al asunto que más tarde volveremos sobre ello y digamos que seguimos disfrutando del barrio de Las Letras, que esta plaza del Ángel es el pórtico de entrada al arrabal de los comediantes, y que en esta recoleta y curiosa plazoleta el tantas veces fatigado flaneante puede detenerse en alguno de los muchos abrevaderos a mojar el gaznate o si la hora lo aconseja a tomarse un solo en una de las cafeterías que por estos pagos se presentan a nuestros ojos y bolsillos. Es lugar de paso, bien es verdad, entre la zona cercana a la plaza Mayor y esta más ilustrada. Pero en ella se comienza a percibir ese rumorcillo, ese ajetreo, ese ir y venir, muchas veces sin rumbo, que nos dice a las claras que nos encontramos en otra de las áreas de la Villa y Corte propicias para el relax, la charla, el simple paseo o la contemplación del hormigueante vaivén de gentes, dentro del más absoluto dolce far niente, acomodados en una silla, bajo una sombrilla que nos proteja de los siempre peligrosos calores madrileños.

Pintura de un ángel de la Guarda

La plaza del Ángel toma su nombre de una figura de un ángel de la Guarda que aparecía pintado en la fachada de una de las casas. Nos lo dice una vez más Pedro de Répide quien además apostilla que primitivamente la plaza era aún más reducida que en la actualidad “viniendo a ser el espacio que media entre la calle de Espoz y Mina y la de Carretas, pues su parte más ancha se hallaba ocupada por una manzana donde estaba el oratorio y convento de San Felipe Neri, entre cuya fachada oriental y la actual de poniente de la plaza del Ángel quedaba una callejuela que se llamaba del Beso”. El comentario de nuestro habitual guía nos deja aún más escépticos sobre el concepto de plaza pero bien pensado no es el primer solar de estas dimensiones que en la Villa y Corte recibe este nombre, alguno más hay por ahí que refleja esa singularidad municipal a la hora de denominar algunos de sus rincones. Pero dejemos ya esta tan estéril como incruenta polémica que a nada conduce y volvamos sobre el oratorio y convento de San Felipe Neri, que se encontraba en la zona más ancha del embudo que forma hoy la plazuela y que acogía a clérigos menores. Fue fundado en 1660, dedicado al santo que le da nombre. En 1769, tras la expulsión de los jesuitas de España, Carlos III concedió a los filipenses la iglesia que aquellos tenían en la plaza Mayor, junto a la plazuela de Herradores, a cambio de poder derribar su oratorio para poder ensanchar la del Ángel. La única condición que puso el monarca fue que el templo situado en los aledaños de Herradores siguiera siendo dedicado a San Francisco Javier y que se mantuviera el cuerpo de este santo en el altar. El recinto de Herradores fue derribado con la desamortización de Mendizábal y en su lugar se construyó uno de los primeros pasajes comerciales de Madrid, el denominado de San Felipe Neri, y del que ya dimos algún detalle en la entrada correspondiente a la plazuela donde se ubicó. Tras el derribo del templo de la plaza del Ángel y una vez ensanchado el solar una gran cruz de piedra obra de Ventura Rodríguez fue colocada en el centro del mismo, ahora ya plaza con algo más de propiedad, cruz que tiempo después sería trasladada al gran patio del cementerio del Sur.

Palacio de Montijo y Teba

eugenia de Montijo

Bellísimo perfil de Eugenia de Montijo

Pero esta plazuela, con ser tan reducida en cuanto a dimensiones, cuenta con un par de edificios que presentan la suficiente carga histórica para detenernos en ellos. El primero es el palacio de los condes de Montijo y Teba. Lo hemos aludido en nuestra entrada referida a la plaza de Santa Ana porque actualmente el solar lo ocupa el hotel Reina Victoria. Allí comentábamos a que en el año 1810 el arquitecto Silvestre Pérez edificó el elegante palacio de los condes de Montijo y Teba, sobre los terrenos que habían sido propiedad del conde de Baños y de Pedro Velasco de Bracamonde. Nos dice Pedro de Répide que el palacio tuvo una importancia excepcional a lo largo del siglo XIX “por las grandes fiestas que en él celebraba la condesa, cuyas dos hijas, Francisca y Eugenia, habían de ser, aquella duquesa de Alba, y esta emperatriz de los franceses”. Pero dejemos por un momento a Répide y asesorémonos en el diario La opinión de Málaga que en su edición correspondiente al 25 d emayo de 2013 recogía un reportaje firmado por María Jesús Pérez Ortiz, donde se glosaba de forma desmenuzada la vida de la condesa de Montijo y de sus dos hijas. Cuenta Pérez Ortiz que la condesa, María Manuela Kirkpatrick había matrimoniado con Cipriano Palafox y Portocarrero, conde de Teba, pero que el vínculo no resultó satisfactorio para ninguno de los dos. O no todo lo que sería de desear. Se respetaban pero el carácter circunspecto y poco dado a la ostentación del conde chocaba con una María Manuela inquieta, soñadora y con una ambición sin límites que, “afanosa de notoriedad marcha a París con las niñas dejando a su esposo en España. Allí se sirvió de la amistad de Próspero Mérimée y de Stendhal para introducirse en  la brillante sociedad de la capital francesa”. En 1839 muere el conde en Madrid pero su esposa, viendo que sus hijas están en edad de merecer, está más pendiente de organizar fiestas y bailes de máscaras para intentar colocar a las niñas que de llorar a su esposo. Una buena herencia hace que las preocupaciones por el porvenir se desvanezcan y en 1844 casa a Paquita nada menos que con Jacobo Luis Stuard Fitz-James, es decir la convierte en duquesa de Alba. Cinco años más tarde, de vuelta a París tras una breve estancia en la capital, la condesa madre contacta con Luis Napoleón, sobrino del emperador Bonaparte y delfín pretendiente a la corona imperial. Tras algunos tiras y aflojas, engaños y desengaños por parte de Eugenia, el 26 de enero de 1853 se convierte en emperatriz de los franceses, tragando con el carácter mujeriego y la vida licenciosa del emperador, con la diferencia de casi veinte años de edad y sin amor de por medio, para qué engañarnos. Pero no hay atajo sin trabajo y quien quiere medrar tiene que tener si no corazón al menos estómago. Sin embargo, tal como nos cuenta Pérez Ortiz en su extenso y pormenorizado reportaje, los ricos también lloran. En el caso de Eugenia, Napoleón entró en lo que hoy llamaríamos depresión, y entonces simplemente melancolía, aunque sus devaneos amorosos no cesan. En enero de 1856 nace un heredero pero la dicha de Eugenia no es completa durante mucho tiempo porque cuatro años más tarde muere en París de tuberculosis su hermana Francisca, a la sazón duquesa de Alba. El imperio francés se viene poco a poco abajo en 1867 cuando el emperador se convierte ya en un hombre inútil y el pueblo reacciona a favor de la Republica. Exilio a Inglaterra, muerte de Luis Napoleón en 1873 y a la condesa de Montijo ya solo le queda la ilusión de ver a su hijo coronado como restaurador del Imperio. Nada más lejos de sus deseos. El carácter intrépido del príncipe hace que se aliste en el cuerpo de artillería por Inglaterra lo que le lleva a la muerte cuando se batía con honor en Zululandia. Poco después fallece en Madrid la anciana madre mientras Eugenia cuenta con 53 años y una vida por delante todavía extensa. Su existencia transcurrirá a partir de ese momento en la Costa Azul hasta que ya anciana vuelve a España en 1914 escapando de la Primera Guerra Mundial.  Se queda ciega, busca a Barraquer quien la opera y le devuelve la vista y la ilusión. Pero ya la parca ha dictado sentencia y el 10 de julio de 1919 fallece en el palacio de Liria a los 93 años de edad, completando una biografía que dio para leyendas, canciones y literatura. Pero volvamos al palacio de Teba, donde la condesa anciana había anunciado en una de sus últimas y fastuosas fiestas, la celebrada en la Navidad de 1874, la próxima proclamación de Alfonso XII como rey de España. Fue, por así decirlo, su canto del cisne de su agitada vida social. Tras su fallecimiento el palacio se convirtió en Casino Militar y en su piso segundo viviría posteriormente el presidente Canalejas antes de que allí se instalara un centro comercial. Su demolición y reconstrucción durante la segunda década del siglo XX daría paso al actual y majestuoso hotel que en su fachada todavía mantiene bastante de su grandeza.

Palacio del conde de Tepa

Pero trasladémonos a la acera de enfrente y observemos la severa fachada del palacio del conde de Tepa, que fuera construido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX por el arquitecto Jorge Durán, en piedra y ladrilllo alrededor de dos patios, al estilo neoclásico, aunque la historia del lugar es mucho más antigua. Allí durante el último cuarto del siglo XVIII se había establecido una tertulia en una de las salas de la Fonda de San Sebastián, la más importante de la Ilustración. Fue fundada por Moratín padre entre 1771 y 1773 y a ella solían acudir los mejores escritores del momento para leer y discutir las tragedias francesas e italianas, sobre Boileau y Luzán y sus respectivas poéticas, que todos respetaban tanto como rechazaban en su fuero interno, y allí también se leyeron las obras del discutido Rousseau. En la fonda de San Sebastián presentó por vez primera en público sus Cartas Marruecas José Cadalso antes de darlas a la imprenta. En general, en esta tertulia se discutía de literatura, amores y toros, siendo su orientación ideológica más italianizante que francesa. Se intentaba allí renovar la literatura española y despojarla definitivamente de la hojarasca barroca y por los salones de la fonda pasaron, entre otros, los fabulistas Samaniego e Iriarte, Jovellanos, Meléndez Valdés, Goya, Nifo y un sinfín de intelectuales vinculados tanto a la literatura como a otras artes, incluyendo a los románticos Espronceda, Larra o Zorrilla que dejaron caer sus posaderas más de un día en las sillas de la fonda. De esta tertulia habla Mesonero Romanos, que la conoció e incluso debió frecuentar al menos de forma esporádica, calificándola en su Madrid Antiguo de “apreciable reunión  que duró en todo su esplendor hasta que, desapareciendo poco a poco sus insignes fundadores, degeneró en manos de la medianía o del pedantismo”. Comenta Mesonero que La comedia nueva de Moratín hijo reflejó el ambiente que se respiraba en la fonda de San Sebastián, “en que los retrató, como puede decirse con pelos y señales, bajo los nombres de don Eleuterio, don Hermógenes y don Serapio, y hasta fijó la escena en el mismo café del entresuelo, haciendo figurar en ella al mozo Agapito y emblematizando en él la buena fe del vulgo sandio e ignorante, bajo el gráfico nombre de Pipi”. Decir para finalizar el apartado dedicado a la fonda de San Sebastián que su dueño era un hostelero italiano de apellido Grippini, regente a su vez del café La fontana de oro, y que en las paredes de la fonda solía colocar carteles prohibiendo hablar de política a los tertulianos. Huelga decir que éstos no le prestaban mayor atención a esa recomendación.

Reloj de Canseco y cementerio de San Sebastián

1920 reloj de Canseco www viejo-madrid.es

Foto de 1920 con el reloj de Canseco a la derecha. Foto del blog Antiguos cafés de Madrid

Cerramos nuestra visita a la plaza del Ángel pero no sin antes recordar el tan conocido reloj de Canseco, que hasta bien entrado el siglo XX siguió dando la hora de forma puntual para regocijo de pequeños y mayores en la esquina con la calle San Sebastián. Antonio Canseco Escudero habia patentado un modelo de reloj sin pesas en su tienda del número 10 de la plaza. Además, en su escaparate instaló el llamado de los chinos, de madera pintada, con  los automátas con las coletas hasta los pies y las caras amarillas. A la altura de sus cabezas -nos lo cuenta el blog Antiguos Cafés de Madrid– había un boquete negro y lóbrego con un complicado mecanismo de ruedas, campanas, poleas y cadenas. Cuando las agujas del reloj se iban uniendo y acercándose a las doce, al sonar la primera campanada un chirrido de muelles las ponía en movimiento y un chino pequeño salía de una caja cuya puerta se cerraba de golpe en ella con un martillo muy grande, saliendo despedido al voltear la campana y quedando colgado de la trenza, entre el estruendo del hierro que armaban los dos chinos gigantes tirando de unas cadenas”. Curioso ingenio y entretenimiento habitual para quienes pasaban por allí a la hora señalada o los que reiteradamente deseaban disfrutar del espectáculo. Y no podemos marcharnos de esta curiosa plazuela sin recordar que donde hoy se encuentra una floristería, a espaldas de la iglesia de San Sebastián y haciendo esquina con la calle de las Huertas, se encontraba hasta 1808 el romántico cementerio de San Sebastián donde recibieron sepultura, entre otros, Ventura Rodríguez y Luis de Villanueva. Lope de Vega, no. Se sabe a ciencia cierta que sus restos estuvieron en un nicho en el interior de la iglesia hasta que en una monda de huesos desapareció.Sin más. Pero la leyenda le viene al camposanto por ser lugar de reposo eterno de la actriz María Ignacia Ibáñez, muerta en plena juventud y de la que se enamoró perdidamente el escritor José Cadalso. La leyenda dice que tan enamorado estaba Cadalso de María Ignacia que llegó al punto de querer desenterrar el cadáver y llevárselo a su casa, al no soportar pérdida tan mayúscula. Dejémoslo en ficción bien trabada aunque lo cierto es que su obra ya romántica Noches Lúgubres reproduce un episodio similar. El neoclásico y cartesiano Cadalso se nos había hecho romántico de un día para otro y nos dio la primera obra perteneciente a este movimiento literario del S.XIX años antes de que la rebeldía, la furia y la lucha por la libertad individual y el amor pleno se instalara en nuestro país. Curioso broche para un lugar que, si bien hoy en día es de flaneo tanto diurno como nocturno, no cabe duda de que un par de siglos atrás debería dar su cierto yuyu pasar avanzada la madrugada por la esquina de Huertas con San Sebastián y nuestra plaza del Ángel, donde las cruces del camposanto, iluminadas por las luciérnagas, debían ofrecer un panorama ciertamente sobrecogedor.

 

 

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en mayo 19, PM en Plazas

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: