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Félix Lope de Vega

21 May
Lope de Vega

Félix Lope de Vega y Carpio

Complicado pero atractivo para quien estas líneas emborrona el intentar dibujar con palabras el perfil de uno de los madrileños más famosos de su tiempo y a la vez tenedor de una de las biografías más controvertidas desde el punto de vista ético. Complicada tarea pero atractiva aunque quizás de un atrevimiento rayano en la inconsciencia. Pero vamos a intentar sacar adelante esta empresa aun a costa de perdernos en un jardín donde nos vamos a encontrar todo tipo de especies. Porque la vida de Félix Lope de Vega y Carpio es densa, con mil y una doblez, enrevesada pero a la vez clara como el agua de las fuentes madrileñas en las que él situaba muchas de sus escenas. En la mente del genio de las letras españolas no podemos entrar, tampoco lo pretendemos, pero sí podemos repasar sus experiencias vitales o la parte de esas vivencias que reflejó sin demasiados ambages en su literatura, en especial en su teatro, verdadero silo donde los más insignes biógrafos se han aprovisionado con el objetivo de recoger datos para a continuación intentar esbozar la personalidad del biografiado. Se puede, si se quiere, censurar su comportamiento con el sexo opuesto, incluso se puede poner en solfa la calidad de su teatro, género en el que marcó un antes y un después, pero lo que no se puede poner en duda es su capacidad de sacrificio, tanto en el ámbito literario como al margen de éste. Lope fue un trabajador nato,en la medida que dedicó muchas de sus horas a llevar la administración de nobles de todo tipo y condición. Lope fue un ejemplo de constancia pues se dedicó a la literatura en cuerpo y alma desde su más tierna infancia, cifrándose solamente su producción teatral en alrededor de 1500 obras escritas. Y en verso… Lope, además, tenía tiempo suficiente para entretener y contentar a las muchas damas que pasaron por su vida y por su tálamo. Y además, Lope se debatía continuamente entre rendir culto al cuerpo y seguir los consejos del alma por lo que solía acudir con regularidad a oficios religiosos para atemperar y perdonarse sus excesos vitalistas. Se sabe que en el Madrid del primer tercio del siglo XVII, cuando algo era de calidad indiscutible se sancionaba diciendo que era de Lope. Se sabe que la gente se detenía en la calle y le rendía pleitesía cuando se cruzaba con él e incluso los más insignes personajes del momento se llevaban la mano al ala del sombrero en tales circunstancias. Se sabe que cuando el genio acercaba sus pasos al mentidero de la calle del León, al de San Felipe o a las losas de Palacio, el corro que lo rodeaba callaba y esperaba su opinión como si de la del oráculo se tratase. En la Villa y Corte cualquier ciudadano de cualquier estrato social conocía los rasgos faciales de Félix Lope de Vega y Carpio, en una época -no lo olvidemos- donde no existía ni la fotografía, ni la televisión, ni internet, ni redes sociales. Consta en los anales de la Historia con mayúsculas que el día que lo llevan a enterrar desde su casa en la calle de Francos -hoy Cervantes- hasta la iglesia de San Sebastián, cuando el cadáver aún no había salido de su domicilio ya la cabecera de la comitiva hacía tiempo que había llegado a la iglesia. ¡Hombre!, no es que hubiera una excesiva distancia entre ambos puntos pero sí la suficiente para que este hecho dé una idea de la magnitud del acontecimiento.

Nacido frente a la puerta de Guadalajara

Nació Félix Lope de Vega y Carpio en la calle Mayor, frente a la puerta de Guadalajara, el 25 de noviembre de 1562 aunque algunos biógrafos retrasen la fecha alrededor de una semana. Una placa municipal recuerda actualmente el hecho, frente a la plaza de San Miguel, cuyo actual mercado lo ocupaba entonces la iglesia de San Miguel de los Octoes, donde fue bautizado por sus padres, él un humilde bordador llamado Félix de Vega y ella, Francisca Fernández Flórez, una dama también cántabra de quien se desconocen más datos. El matrimonio había llegado a Madrid poco tiempo antes, atraído por las posibilidades profesionales que ofrecía la ciudad desde que en 1561 hubiera sido nombrada sede de la Corte del Reino. Desde muy temprana edad el chaval ya demostró un talento inusual para las letras y se tiene por indudable que con cinco años componía versos y leía latín y castellano. A los once comienza a escribir comedias y es posible que de esa época sea su primera obra, titulada El verdadero amante. Sus progenitores debieron ver en él tales capacidades para la versificación que lo mandaron a desbravarse a la escuela de Vicente Espinel, el autor de la novela picaresca Vida del escudero Marcos de Obregón y creador de la estrofa denominada décima. Siguió adelante con su preparación en el estudio de la Compañía de Jesús, en la calle de Toledo, que en el año 1574 se convertiría en colegio Imperial. Su formación se debía completar con su paso por la universidad de Alcalá de Henares. Y en efecto, desde 1577 a 1581 permaneció en la localidad complutense pero al percibir sus padres que la vida que allí llevaba era más desordenada de lo admisible, que ya el sexo femenino le absorbía de manera excesiva el seso y que el pecunio familar no daba para dispendios inútiles, decidieron cortarle el grifo. Al no titular como bachiller y sin apoyo económico decidió ganarse la vida trabajando como secretario de aristócratas y prohombres, algo que haría durante muchas etapas de su vida, unas veces por necesidades particulares y otras porque su incontable prole de hijos hacía que no fuera suficiente con una obra de teatro cada veinticuatro horas para darles sustento a todos. Por esta época comienza a escribir sus primeros dramas pero no es tiempo todavía de ver los resultados traducidos a doblones por lo que en 1583 se alistará a la Marina con el fin de pelear en la batalla de la isla Terceira, en las Azores, a las órdenes de Álvaro de Bazán. Esa será la primera de sus dos incursiones en la milicia. La segunda tendrá lugar cuatro años más tarde cuando se alistará en la Gran Armada, embarcando en el galeón San Juan.

El fénix de los ingenios

el arte nuevo de hacer comedias

Portada del Arte nuevo de hacer comedias, manual que recoge las características del teatro lopesco

Aunque es imposible desligar su biografía literaria de la familiar y social es necesario intentar hacerlo dada su densidad. Comenzando por la primera, hay que decir que ya desde sus primeros años se percibe en el ambiente que un monstruo de la pluma está a punto de explotar. Lo intenta con la prosa y con el verso lírico, donde descolla en un Madrid en el que los genios de la literatura se reproducen como hongos. Pero es en el drama donde Lope conseguirá convertirse en el más grande de su tiempo sin discusión. Crea una nueva forma de hacer teatro, la Comedia Nacional. Y, pese a lo que muchas veces se ha dejado caer no lo hace desde la nada. Bien es verdad que Lope no acabó sus estudios universitarios, que no tenía la formación académica de un Calderón o un Quevedo, pero sí que es cierto que conoce el teatro renacentista, que ha leído obras de Juan de la Encina y los autores del siglo XVI y que durante su exilio junto al Turia contacta con los mejores dramaturgos de Valencia. A partir de ahí va a buscar hasta encontrar la fórmula que triunfe y que él recogerá en su Arte nuevo de hacer comedias, publicado en 1609 y que será seguido en adelante por prácticamente todos los dramaturgos como si de la biblia del teatro se tratara. Pero años antes, con el cambio de siglo, ya Lope es un escritor conocido y respetado pues no en vano es entonces cuando se convierte en el primer autor español que pleitea para conseguir derechos de autor. Se le niega tal pretensión pero al menos se le permite corregir sus comedias, que se imprimen muchas de ellas sin su permiso. Pero volviendo a la forma de hacer teatro de Lope hay que dejar sentado que una parte de su prestigio le viene por haberse atrevido a romper con el clasicismo imperante. Su teatro prescinde de la regla de las tres unidades, de la separación entre la tragedia y la comedia, de la monometría y de otras reglas que lo único que hacían era encorsetar un intelecto que necesitaba de libertad creadora para conseguir un producto popular, entretenido, de mucha acción y poca reflexión, pero que contentaba tanto a ingnorantes como especialistas, tanto al pueblo llano como a los nobles. En cuanto a su temática, al margen de las cuestiones de honor, la defensa de la Monarquía y de la religión católica le otorga el beneplácito de los poderosos. Las comedias de Lope, representadas tanto en el teatro de la Cruz como en el del Príncipe, eran esperadas como acontecimientos singulares y cuando escribe y estrena sus principales dramas, a partir de la segunda década del siglo XVII, ya no hay mosqueteros en el patio de los corrales que se atrevan a reventarle una representación. De esta época y posteriores son sus mayores monumentos teatrales, a saber, Fuenteovejuna, El mejor alcalde el rey, El caballero de Olmedo o su última gran obra, El castigo sin venganza, sin olvidarnos de obras de una etapa anterior de la calidad de Peribáñez y el comendador de Ocaña o El villano en su rincón. Difícil es hacer una selección a vuela pluma sin abrumar al no interesado especialmente por su teatro. Pero completemos la vertiente  drámatica de su biografía diciendo que conservamos poco más de 350 textos teatrales y esto gracias a que su yerno los pudo salvar de un incendio acaecido en su casa. Y tampoco olvidemos que dejó a la posteridad una escuela dramática basada en sólidas bases, que después haría evolucionar, entre otros, su más dilecto discípulo, Tirso de Molina, y que remataría, llegando a la perfección en cuanto a la profundización psicológica, un Calderón de la Barca que daría cumbre a toda una forma singular, intransferible y española de poner ideas en escena.

Mujeriego hasta aburrir

No hay que rebajar ni un ápice la fama de faldero con la que Lope ha pasado a la historia porque sería mentir. Le gustaban todas, jóvenes y maduras, ricas y pobres, guapas y menos guapas, ilustradas e ignorantes, serias y casquivanas. Su vida estuvo condicionada por sus relaciones con el sexo femenino y ya vimos que no terminó sus estudios porque las faldas lo traían y llevaban por la calle de la amargura. Si difícil es hacer una selección de sus obras dramáticas más lo es si cabe enumerar sus conquistas y sus relaciones con el sexo femenino. Más que difícil, imposible. Vamos a intentar hacer un recorrido por las que más influyeron en su vida a sabiendas de que nos vamos a dejar muchos nombres en el tintero. Citemos en primer lugar a sus dos esposas, Isabel de Urbina y Juana de Guardo. Con la primera se casó en 1588 después de haberla raptado de la casa paterna, aunque con el visto bueno de la propia dama. Con ella tuvo dos hijos, Antonia y Teodora, ambos fallecidos en su más tierna infancia. Muere la Urbina de sobreparto y tres años más tarde se desposa con Juana de Guardo, hija de un rico abastecedor de carne y pescado de la Villa y Corte y no muy agraciada físicamente, lo que desató los chismorreos por parte de sus enemigos literarios, especialmente Góngora, que dejaban correr por Madrid el comentario de que se había casado por dinero. Con Juana de Guardo tuvo dos hijas y un hijo, Carlos Félix, su ojito derecho y en el que se manifestaban más claramente los genes de la musa teatral y de la excesiva querencia por el sexo opuesto. Fallece Guardo en 1613 también de sobreparto y Lope no vuelve a casarse aunque ello no quiere decir que cerrara la puerta a sus relaciones con las mujeres. De las amantes que marcaron especialmente su trayectoria tanto vital como literaria hay que destacar a Elena Osorio, su primer gran romance, de la que se enamoró tras volver de la expedición a la isla Terceira. La Osorio estaba separada entonces de su marido y se dice que Lope pagaba sus favores escribieno comedias para la compañía del padre de Elena, el empresario teatral Jerónimo Velázquez. Pero en 1587 la dama decide cortar por lo sano y desposarse con un noble, sobrino del poderoso e influyente cardenal Grandela. Despechado, nuestro insigne vate comienza a escribir libelos injuriantes contra Elena lo que le acarrea su ingreso en presidio. Parece ser que no escarmentó el fénix de los ingenios porque reincidió con los versos difamadores y esta vez el tribunal fue más tajante ya que falló desterrándolo de la Corte diez años además de dos del reino de Castilla, lo que le llevaría a Valencia donde acabaron de fraguar sus principios teatral de la mano de la Academia de los nocturnos, entre los que se contaba Guillén de Castro. En los tres años que median entre la muerte de su primera esposa y el desposorio con Juana de Guardo hay que reseñar que  fue nuevamente procesado por vivir sin vínculo matrimonial bajo el mismo techo con la actriz viuda Antonia Trujillo. Para cerrar este capítulo amatorio -muy somero, dicho sea de paso- no podemos olvidarnos de Marta de Nevares, de la que se enamorará una vez ordenado sacerdote y con la que convivirá bajo el mismo techo con el consiguiente escándalo de propios y extraños aunque al tratarse de Lope todo se le permitía ya a estas alturas. Marta era una mujer muy bella y de ojos verdes que consumió las últimas fuerzas amatorias del genio.Vivió con ella feliz en su casa de la calle de Francos en momentos en que se le reconoce sin discusión todo su talento e incluso la monarquía y el Vaticano le rinden todo tipo de honores. Pero esta dicha le duró relativamente poco porque la Nevares queda ciega en 1622, posteriormente pierde la razón hasta morir orate el 7 de abril de 1632, a los 41 años de edad, rodeada por los cuidados de Lope. Marta de Nevares pudo ser -esto es difícil asegurarlo de un hombre de esta dimensión amatoria- la mujer que más influyó en la obra del genio. No en vano cuando entablan relaciones, Lope acaba de ordenarse sacerdote tras sufrir una grave crisis personal y espiritual y la presencia de Marta supone, además del volver a sentir latir su corazón, el contar a su lado con una mujer con intereses y conocimientos literarios, que incita continuamente al escritor a reanudar su labor dramática. De hecho, de esta época son algunas de sus mejores comedias.

Sacerdote y creyente honesto.

Entierro de Lope de Vega.

Lienzo en el que Marcela, hija de Lope, ve pasar desde las Trinitarias el entierro de su padre

Decía Lope en 1614, al analizar sus contradicciones morales, que mientras “el cuerpo quiere ser cuerpo en la tierra, el alma quiere ser cielo en el cielo”. Y lo cierto es que en estos dos versos se puede resumir la lucha interna del genio contra ciertos excesos amatorios y algunos actos de su vida. Lope se ordena sacerdote en ese año de 1614, lo que no será impedimento para que sus relaciones con las mujeres sigan produciéndose. Pero ya desde su más tierna juventud mostró continuamente tanto en su comportamiento personal como en su literatura, especialmente en la poesía, su cercanía al hecho religioso. Fue un creyente sincero y aunque también se apunta que acudía a los oficios de las iglesias con la doble intención de estar al día acerca del personal femenino que frecuentaba aquellos pagos, lo cierto es que Lope se arrepentía con total contrición, con la misma buena fe que al día siguiente o aquella misma noche se echaba en brazos de cualquiera de sus amantes. Sus Rimas sacras reflejan la muestra más clara de ese fervor, que en esta obra se traduce en sentidos poemas dedicados a santos o inspirados en la iconografía sacra, entonces en pleno despliegue, alentados por las recomendaciones del ya lejano pero siempre vigente Concilio de Trento. Son los años en los que Lope de Vega medita profundamente y deja textos que revelan esa íntima contradicción entre lo material y lo espiritual, como cuando escribe aquello de “yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás…/… Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo…”.  En fin, la vida de un hombre con sus virtudes y sus defectos, con sus contradicciones, pero siempre dando muestras de un vitalismo desbordado que se traslada de su biografía a su obra literaria y viceversa. En Lope no hay doblez pese a las contradicciones. Por eso, cuando el 26 de agosto de 1635 el féretro con sus restos sale del domicilio familiar camino de la iglesia de San Sebastián, están para acompañarlo tanto amigos como enemigos, tanto rivales literarios como seguidores, tanto amantes satisfechas como mujeres despechadas, tanto nobles como gentes del pueblo llano. No en vano más de 200 autores le escribieron elogios que serían publicados tanto en Madrid y hasta en Venecia. Sus restos se perdieron en una monda en la iglesia de San Sebastián, como los de Cervantes, Velázquez y tantos otros personajes venerables y venerados. Pero nos queda su casa museo de la actual calle Cervantes y sobre todo nos queda el testimonio de su prosa, su poesía y sus obras dramáticas, donde además de mostrarnos una forma personal de interpretar el arte escénico nos regala una manera de vivir por encima de corsés al uso. No podíamos esperar menos del que fue llamado monstruo de la naturaleza por otro escritor no menos genial de nombre Miguel de Cervantes. Muchos datos quedan en el tintero acerca de la biografía de Lope de Vega pero en este caso y sin necesidad de apelar al tópico de la falsa modestia creo que se podrá perdonar el que en este limitado recipiente no podamos verter todas las fragancias de tan inagotable perfume.

 

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Publicado por en mayo 21, PM en Perfiles

 

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