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La Fontana de Oro

22 May
Placa de La Fontana

Placa dedicada a Galdós en el lugar exacto donde estuvo el café fonda. Foto http://www.minube.com

La Fontana de Oro fue una fonda café que mantuvo abiertas sus puertas en Madrid desde finales del siglo XVIII hasta 1843. Se encontraba situada en la esquina formada por las calles Carrera de San Jerónimo y Victoria, es decir, muy cerca de la Puerta del Sol. De este recinto no se conocen demasiados datos pero ha pasado a la historia por dar título a una de las novelas primerizas de Benito Pérez Galdós, publicada en 1870, que tiene como epicentro de la acción ese café, que lleva ese título y que refleja las vicisitudes de la política española durante el llamado Trienio Liberal. Gracias a la descripción que de ella hace el narrador realista canario podemos conocer no sólo la fisonomía del local sino también el ambiente que se respiraba en el mismo ya que era punto de reunión de los liberales, tanto los exaltados como los más moderados. En la novela se mezclan los hechos históricos reales del Madrid de aquel tiempo con las vicisitudes ficticias de los personajes de la novela. De su carácter realista y del conocimiento del Madrid del siglo XIX por parte de Galdós podemos deducir sin temor a equivocarnos que la descripción del café es fiel a la realidad histórica pues el escritor situará una buena parte de su obra narrativa en las viviendas, calles, organismos públicos y cafés del Madrid del siglo XIX, convirtiendo sus novelas en una de las fuentes de información más fidedignas para estudiar la fisonomía del Madrid decimonónico y los hechos y las causas que condicionaron la vida política española y madrileña y que desembocaría en la gran crisis del 98, con la pérdida de los últimos reductos del gran imperio español. Se sabe que La Fontana de Oro ya se encontraba abierta al público hacia 1760 y que figuraba como posada para caballeros, botillería y, poco después, fonda. El dueño del negocio era una italiano de Verona por nombre Giuseppe Barbazan. Fue uno de los primeros locales de este estilo en abrir sus puertas en la Villa y Corte, junto a La Cruz de Malta, el Lorencini y la Fonda de San Sebastián. Durante el Trienio Liberal se constituyó en foco muy activo de discusión política, habiendo noticia de que en su tribuna peroró Antonio Alcalá Galiano, tal como refleja Pérez Galdós en su novela. Fue el momento de máximo esplendor del local que, con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, dejaría de ser foro de exposición de ideas políticas para reconvertirse nuevamente en fonda de viajeros. En 1843 el negocio pasó a manos de un empresario francés llamado Casimir Monier, quien abrió un complejo mixto de baños y salones de lectura, cambiando su uso y su nombre por el de Hotel Monier y cerrando una etapa singular de la vida política y social matritense, justo en el momento en que empezaban a aflorar y multiplicarse este tipo de locales llamados cafés o botillerías o de ambas formas.

El más concurrido, el más agitado y el más popular de los clubs

En su novela, Benito Pérez Galdós sitúa La Fontana de Oro como el eje de la agitación popular en los momentos en que el rey Fernando VII, pese a haber jurado la Constitución de Cádiz, inicia ya los movimientos convenientes para ir minando la acción y la moral de los liberales. El pueblo llano madrileño de esa época así como una concienciada juventud intelectual intentan sostener el liberalismo y para ello participan activamente de la política con la asistencia a tertulias, mítines y otros actos de carácter ideológico que se suelen llevar a cabo en clubs privados o en cafés públicos. Es el caso de La Fontana de Oro, hacia donde acuden las gentes siguiendo a los mejores oradores del momento con el fin de saber a qué atenerse respecto de las noticias que recorren los mentideros. Don Benito describe en el primer capítulo de la novela el gentío que se dirige al café desde la cercana Puerta del Sol, utilizando la técnica del narrador confidente del lector: “Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un local que no debe ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la célebre Fontana de Oro, café y fonda, según el cartel que hay sobre la puerta”. A la descripción física de la entrada del local sucede la del público que a él accede y que el escritor califica de “juventud ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración, ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y oír el aplauso colectivo”. Desde la lejanía cronológica de los hechos ya acaecidos tiempo ha, el narrador nos cuenta el devenir posterior de quienes lideraron en aquellos momentos la vida política callejera y que tenían su sede parlamentaria en La Fontana, “allí se había constituido un club, el más célebre e influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados de su nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país. Muchos de ellos viven hoy y no son, por cierto, tan amantes del bello principio que entonces predicaban”. Es en el capítulo II donde describe al detalle tanto los elementos inmóviles y ornamentales del recinto como a las personas habituales que en él se encuentran, desde el dueño hasta los camareros pasando por un gato que a buen seguro debió existir en la realidad. La minuciosidad acompaña al escritor en su relato descriptivo. Atentos: “En La Fontana es preciso demarcar dos recintos: el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al principio el orador se ponía de pie sobre la mesa y hablaba. Después, el dueño del café se vio en la necesidad de construir una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable que fue preciso arreglar el local poniendo bancos ad hoc. Después, a consecuencia de los altercados que este club tuvo con el Grande Oriente, se demarcaron las filiaciones políticas. Los exaltados se encastillaron en La Fontana y fueron espulsados los que no lo eran. Por último, se determinó que las sesiones fueran secretas y entonces se trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto tomando café o chocolate sentían en los momentos agitados de la polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo, con toda la mole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre inveterada de concurrir al café”. Relata el narrador de La Fontana de Oro que el dueño del local intentaba conciliar los intereses de parroquianos y políticos, aconsejando el respeto mutuo pero este intento de mediación fue considerado una muestra de servilismo por lo que los primeros decidieron definitivamente abandonar el local. Sin embargo, la novela sitúa su acción en la época en la que estaban mezclados unos y otros en la planta baja.”Aquellos fueron los buenos días de La Fontana, cada bebedor de café formaba parte del público”, explica el narrador.

Dimensiones, decoración, muebles…

La fontana de oro 1

Curiosa edición de La Fontana de Oro. Foto http://www.fotocoleccion.net

Yendo a las dimensiones, decoración, muebles y demás ornamentación del local, la novela es generosa en su detallismo y Pérez Galdós describe con tanto primor como sentido de la ironía: “Entre los numerosos defectos de aquel local no se contaba el ser excesivamente espacioso. Era, por el contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no guardaban simetría. Para reformar el café fue preciso derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente se pensó en decorarlo con arte”. Para ello cuenta la novela que se contactó con los mejores especialistas del ramo que pululaban por la corte, que acordaron las modificaciones a realizar. Capiteles en las columnas, cenefas varias, papeles pintados de la vecina vía Majaderitos -hoy calle Cádiz- y un largo etcétera que posibilitara dar lustre y categoría al local. “Así se hizo y un día después la cenefa engrudada por los mozos del café fue puesta en su sitio. Representaba  unos cráneos de macho cabrío de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban a enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas, formando todo un conjunto anacreóntico fúnebre, de muy mal efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco, con ráfagas de rosa y verde…/….En los dos testeros próximos a la entrada se colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra de hojadelata. Estos espejos fueron cubiertos de un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle”. Prosigue Galdós describiendo a través de su narrador el resto de elementos ornamentales del local. Ahora se refiere a un quinqué, quinquet según la terminología de la época, que recibiá “diariamente de las entrañas de una alcuza, que detrás del mostrador había, la sustancia necesaria para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche, hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien dice no, y se extinguía dejando que salvaran la patria a oscuras los apóstoles de la Libertad”. Del estilo narrativo galdosiano deducimos que se trataba de un local poco depurado y menos adecuado para acoger a quienes se consideraban los arietes del futuro político español. Subraya esta impresión la descripción que se hace del mobiliario, muy modesto, “reducíase a unas mesas de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en la parte inferior y embadurnadas de blanco para imitar al mármol en la parte superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro”. Dirige a continuación su mirada el narrador al mostrador y a sus existencias, sin olvidarse de quien detrás de él hace de vigía impenitente: “el mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón y en la fachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban en confuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbable imagen del cafetero y, a un lado y otro de éste, dos estantes donde se encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de estos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales porque la otra  mitad no existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima de los estantes, por encima de los hombros del amo se veía saltar un gato enorme que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón, durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato prudente que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía mayar ni derribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamaba Robespierre“.

Ardiente juventud de 1820

La Fontana de Oro

Actual Fontana de Oro cerca de donde el antiguo café en calle Victoria. Foto http://www.tulollevas.com

Pasa a continuación el genio de las letras canario a describir al elemento humano, que en La Fontana de Oro se reunía con devoción de creyente, calificándolo de ardiente juventud de 1820, para pasar a continuación a preguntarse de forma retórica, “¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos habían salido de las Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos que acabó iluminando a muchos.Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores a la vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más fecundo, tal vez, que el del 12”.  Por último, el narrador intenta explicar los intereses que, más allá de las discusiones, albergaban tanto los ponentes como quienes escuchaban con fe absoluta sus discursos y dice que “al crearse el club no tuvo más objeto que discutir en principio de cuestiones politicas; pero poco a poco, aquel noble palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron los fontanistas tener influencia directa en el Gobierno. Pedían solemnemente la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad. Demarcaron los dos partidos: moderado y exaltado, estableciendo una barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en La Fontana se agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos para amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entretanto, fomentaba secretamente el ardor de La Fontana, porque veía en él un peligro para la Libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió a alguno de los oradores e introdujo allí ciertos malvados que fraguaban motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema constitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia de Fernando, cerraban La Fontana, y entonces ésta se irritaba contra el Gobierno y trataba de derribarle”. En fin, real como la vida misma y muy actual y sintomático de la personalidad e idiosincrasia del pueblo español que, pese al paso de los siglos, parece haber cambiado batante poco. Por una parte, cándido en extremo y por otra, fácilmente manipulable además de pérfido y desconfiado de cualquier sistema político pues la experiencia le demuestra que en raras ocasiones se puede fiar de sus representantes. La Fontana de Oro, tanto la novela como el café real, fue un espejo de cuerpo entero del fracaso de una sociedad española que, como en tantos momentos de la historia, había iniciado una andadura con el objetivo de integrar las diferentes sensibilidades políticas que alberga en su seno. Ni entonces, ni antes, ni después lo hemos conseguido porque lo particular prima sobre las ideas e intereses de la colectividad. Quizás algún día se logre salir del halo de cicaterismo y miseria moral que nos envuelve. Actualmente, en la calle Victoria y unos metros más adentro de donde estaba la antigua Fontana, un pub irlandés ha retomado su nombre y una parte de su iconografía. Reproduce en algunos aspectos lo que debió ser el local durante los albores del siglo XIX pero ahora la discusión política ha sido desplazada por actuaciones musicales nocturnas y el trasiego de las reglamentarias bebidas espirituosas. Quizás sea mejor así y quizás este sea un marco más adecuado, en cuyo seno seguramente no se solucionarán de forma definitiva los problemas cotidianos del país pero al menos se podrá arreglar el mundo cada noche al calor de un güisquito originario de la verde Erin.

 

 

 

 

 

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Publicado por en mayo 22, PM en Cafés

 

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