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Plaza de la Paja

30 May
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Contrapicado de la plaza de la Paja desde San Andrés. Foto es.wikipedia.org

Nuestro flaneo de hoy va a tener como punto de partida y llegada uno de los rincones más singulares del Madrid medieval, la plaza de la Paja. Se trata de un recinto inclinado y en cierto modo incómodo, que durante la alta Edad Media se constituyó en el ágora principal de la población, título que no perdería hasta que tomara forma la denominada plaza del Arrabal, hoy Mayor. Recordemos por tanto, que estamos en el interior de la primera gran cerca, es decir la construida para expandir la capital más allá del recinto del Alcázar, y que por tanto estamos rodeados de edificios históricos, muchos de ellos de raigambre nobiliaria, donde se asentaron personajes cuyos apellidos se encuentran en los manuales de Historia porque en mayor o menor medida contribuyeron al crecimiento y expansión del antiguo Magerit, más allá del recinto defensivo fundacional. Su nombre tiene relación con la ley consuetudinaria que obligaba a los vecinos de la Villa a entregar una cantidad determinada de paja para alimentar las caballerías del Obispado y por ello, y por estar allí la Capilla del Obispo, el pueblo llano llevaba su obolo en especie a este lugar. Asociados a esta plaza están, y mucho, las desaparecidas casas de los Lasso de Castilla, el aún presente palacio de los Vargas o la mencionada Capilla del Obispo, cuya portada da a la plazuela aunque parezca mantener una relación siamesa con la iglesia de San Andrés y configurar todo un mismo recinto religioso. Nos encontramos sin duda alguna en un entorno que mueve al paseante a la paz y al sosiego por más que sus cuasi milenarias paredes convivan en patente armonía con la tan moderna costumbre de practicar el ocio de terraza en cualquiera de los muchos negocios hosteleros que en su perímetro se posicionan. Para comprobarlo no hay más que enfilar la cuesta de San Andrés, que desde la calle Segovia nos comunica con nuestra plaza, y observar cómo se abre ante nosotros un panorama ciertamente atractivo, cuya arquitectura nos retrotrae a épocas pasadas sin prescindir de ese ambiente bullanguero tan propio de la capital y que tanto place a vecinos y forasteros. Si levantamos la cabeza en nuestro caminar ascendente la mirada se detendrá en la Capilla del Obispo, allí al fondo y de frente, mientras que si echamos la vista a la izquerda veremos que hemos dejado atrás el palacio y el jardín de Anglona mientras ante nuestra vista se erige señorial el palacio de los Vargas. De las casas de los Lasso deberemos prescindir pues desaparecieron hace algún tiempo y nos tendremos que conformar con el recuerdo, no tanto de su arquitectura como de los muchos hechos históricos que entre sus paredes se desarrollaron y que intentaremos detallar a continuación. Al menos algunos de ellos, los más anecdóticos y entretenidos, porque no se trata de hacer historia sino de flanear, es decir pasear sin más intenciones que las de entretener ociosamente el tiempo. Por tanto, nos encontramos ante una plaza costanera e irregular, según la descripción que Ramón de Mesonero Romanos esboza en su Antiguo Madrid donde añade que “era la más espaciosa en el recinto interior de la antigua Villa, y podía ser considerada como la principal de ella, pues sabido es que la que hoy tiene esta categoría no existió hasta el tiempo de Juan II, y eso extramuros de la puerta de Guadalajara”.

Mansión de los Lasso de Castilla

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La plaza en un grabado de hacia 1860. Foto es.wikipedia.org

En el mismo sentido se expresa Pedro de Répide en Calles de Madrid dando la razón a Mesonero calificando a la plaza de la Paja de “legendaria plazuela a la cual daba la magnífica mansión de los Lasso de Castilla, la cual ocupaba el espacio que media entre la calle de los Mancebos y la de Redondilla y sobre cuyo terreno fueron construidas en el último tercio del siglo XIX algunas casas de vecindad”. Y añade aún más laurel a la plaza Répide cuando la tilda de “cumbre de las siete colinas sobre las que, como Roma, fue edificado Madrid. Lugar tan venerable que, aun sin que la religión y el arte le hubiesen aumentado títulos a la pública reverencia, bastara para ilustrarle su prestigio de histórico paraje”. En este punto no deja pasar la ocasión nuestro guía habitual para dar el latigazo correspondiente a quien permitió lo que él considera un acto execrable porque “por esa época desapareció, siendo otra de las víctimas de la incomprensión y del verdadero espíritu vandálico que en aquella época hizo perecer en España tanto monumento artístico, un edificio que había esquina a la calle Sinpuertas -hoy del Príncipe de Anglona-  y que era llamado palacio de Isabel la Católica. La denominación carecía de exactitud porque donde aquella reina vivió fue en la frontera casa de los Lasso, pero se trataba de un edificio del siglo XV con una hermosa portada y una galería de graciosos arcos”. Tanto Mesonero como Répide se refieren en sus obras de referencia acerca de la historia de la Villa y Corte a las casas o mansión de los Lasso de Castilla, situadas en la vertiente oeste de la plaza. Demos la palabra a la hora de describir tanto sus características arquitectónicas como los hechos vividos en ellas a Ramón de Mesonero, más que nada por aquello de respetar la edad y las canas del mayor, que además la conoció antes de su derribo y a la que califica de verdadero palacio de aquel distrito, “ocupando un espacio de más de sesenta mil pies y dando frentes a las calles de Dos Mancebos, Redondilla y a la propia plazuela de la Paja. Forma independiente la manzana 130 y perteneció a don Pedro Laso de Castilla y después a los duques del Infantado”. Cuenta Mesonero que en el inmenso edificio “el más notable entre los rarísimos momumentos que aún se conservan en Madrid anteriores al siglo XV”, insistimos hoy ya desaparecido, se alojaron los Reyes Católicos que ordenaron construir un pasadizo volado, que desde dicho palacio comunicaba con la vecina iglesia de San Andrés, con el fin de evitar el que sus reales majestades debieran trasladarse por la calle para asistir a los oficios religiosos. Dicho pasadizo, del que hoy pervive la silueta que nos recuerda que allí se encontraba tal puente, fue ordenado derribar ya avanzado el siglo XX y realmente fue una pérdida digna de lamentarse pues cada vez son menos los elementos arquitectónicos de estas características con los que cuenta la ciudad. En dichas casas también se hospedarían la princesa doña Juana y su esposo el archiduque Felipe. Pero si por algo es conocido el palacio es porque en él se celebró la famosa junta de los grandes de Castilla, a la muerte de los Reyes Católicos, en que interpelando éstos al Cardenal Cisneros para que manifestase con qué poderes gobernaba en el ínterin que medió hasta la llegada del emperador Carlos V, “contestó éste asomándose a los balcones que daban al campo y señalando la artillería y tropas: con estos poderes gobernaré hasta que el príncipe venga”. Posteriormente, las casas pasaron a manos del duque del Infantado cuyos descendientes las habitaron hasta finales del siglo XVIII. Hay que hacer una mención especial a un personaje de indudable raigambre nobiliaria, cuya vida suele aparecer asociada a esta mansión. Nos referimos a Rodrigo Díaz de Vivar Hurtado de Mendoza, cuyo bautismo con el padrinazgo de Felipe III es narrado en diversos anales. Fue el séptimo duque del Infantado y nieto del célebre duque de Lerma, Francisco Gómez Sandoval, luego cardenal, cuyo traje purpurado lo libró de morir ajusticiado al presentarse de esa guisa ante los corchetes que le iban a prender. El hecho motivó el famoso pasquín que decía aquello de “El mayor ladrón del mundo, para no ser degollado se vistió de purpurado”.

Palacio de los Vargas

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Fachada del palacio de los Vargas. Foto es.wikipedia.org

Enfrente de donde se levantaron las casas de los Lasso de Castilla, es decir en la fachada este, tenemos aún en la actualidad el palacio de los Vargas. Debe su nombre a Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V y según Mesonero “tan privado consejero que no había asunto de importancia que no le consultasen, respondiendo con la fórmula averígüelo Vargas que quedó después como dicho popular y aun como título de comedias de Tirso y otros”. El tal licenciado Vargas era en aquel tiempo el heredero de la familia Vargas, dueños de la Casa de Campo hasta que esta extensión pasó a manos reales y descendiente de Iván de Vargas, el que fuera dueño de las tierras donde trabajó San Isidro allá por el siglo XI. A este Vargas pertenecían prácticamente todas las construcciones de la manzana que da tanto a esta plazuela por su parte este como a la de San Andrés, incluyendo la que hoy se considera casa y museo del santo, e incluso otras propiedades que se extendían hacia las calles del Almendro y limítrofes. Por cierto, en la casa museo de San Isidro se encontraba el pozo donde cayó un hijo de Iván de Vargas que salvó la vida gracias a la intervención del santo campesino. Por el norte de la plaza la posesión llegaba hasta la hoy calle del Príncipe de Anglona. Para describir el actual palacio de Vargas vamos a dar una vez más la palabra a Pedro de Répide para que nos aclare que “la fachada se conserva con su paramento de granito, coronada por una galería cuyos arcos han sido bárbaramente cegados. Da entrada por una puerta de artística talla a la que se sube por doble gradería al claustro, por donde se pasa a la Capilla del Obispo”. Estamos en el frente sur y a la izquierda se encuentra el palacio que Vargas el viejo construyó para su mayorazgo, aunque hoy todo nos parezca una sola edificación. Albergó durante un tiempo el Círuclo Católico de Obreros y, durante la segunda mitad del siglo XIX, el café y teatro llamado España. Tampoco debemos pasar por alto que en uno de sus pisos tenía su vivienda y oficina de préstamos Baldomera Larra, la hija del escritor romántico famosa por ser una conocida y reconocida profesional de la usura.

Capilla del Obispo

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Escudo de Gutiérrez de Vargas en la Capilla del Obispo. Foto es.wikipedia.org

La Capilla del Obispo se erige, como apuntábamos líneas atrás, entre las vertientes oeste y este, es decir en el frontal de la plaza, según se asciende desde la calle de Segovia. Forma parte del complejo religioso de San Andrés, junto a la iglesia de planta gótica y la capilla del santo, de estilo barroco. Hoy en día los tres recintos están incomunicados aunque en el pasado no fuera así y parece ser que la intención de las autoridades administrativas y culturales de la Comunidad de Madrid es en la actualidad volver a unificarlos en un solo complejo, lo que mejoraría su atractivo en cuanto a accesibilidad, tanto para feligreses como para amantes del arte o simples turistas. Se erige sobre un solar donde anteriormente se cree se levantaba una antigua capilla ordenada construir por Alfonso VIII. La capilla actual se edificó antre 1520 y 1535 con el fin de albergar los restos de San Isidro. La iniciativa había partido de Francisco de Vargas, heredero del Vargas para el que trabajó el santo labrador. El obispo Gutierre, hijo de Francisco Vargas, dio el impulso definitivo a su construcción, fundó la capilla y ordenó decorar de forma suntuosa su interior. En su honor el recinto religioso comenzó a ser conocido progresivamente como Capilla del Obispo, dejando en el anonimato su nombre oficial de capilla de Santa María y San Juan de Letrán. Acogió los restos mortales del santo patrón de Madrid hasta 1544. En esta fecha el entonces párroco de San Andrés impuso su criterio y consiguió que el cuerpo del santo fuera despositado en su parroquia, donde permaneció hasta su traslado definitivo a la colegiata de San Isidro, ya en 1769 y por orden de Carlos III. La Capilla del Obispo es uno de los escasos monumentos de arquitectura gótica existentes en Madrid. Su trazado se corresponde con la fase tardía de este estilo, que se prolongó durante los reinados de los Reyes Católicos y en parte durante el de Carlos V. Sólo la fachada que da a nuestra plaza de la Paja presenta un estilo arquitectónico diferente, el renacentista. Fue realizada enteramente en sillarejo de granito y destaca por su aspecto austero, especialmente en la portada de arco de medio punto. Dicha portada está coronada con una cornisa saliente y amoldadura y en su parte inferior se halla una escalinata de tramos enfrentados que permite salvar el desnivel de la plaza. Consta de una sola nave, dividida en tres tramos, y un ábside poligonal, con grandes contrafuertes en el exterior. Las bóvedas son de crucería y estrelladas en el presbiterio. Mampostería, piedra de granito y ladrillo fueron los materiales utilizados en su construcción. El acceso a la capilla se lleva a cabo a través de un pequeño claustro, formado por arcos de medio punto, cuyo aspecto actual tiene que ver con la reforma que se llevó a cabo en el siglo XVIII. La puerta interior, atribuida a Robles y Villalpando, está labrada en nogal y decorada con diferentes relieves, representando escenas bíblicas del Antiguo Testamento fundamentalmente. La decoración de las naves es de estilo plateresco y en su interior destacan, además del retablo mayor, los sepulcros del obispo Gutierre y de sus padres Francisco de Vargas e Inés de Carvajal, emplazados a ambos lados del presbiterio, obra de Francisco Giralte y esculpidos de alabastro. En definitiva, mucha historia, mucho arte y mucho pasado en una plaza que en su día fue considerada centro de la Villa, que aún no Corte. La plaza de la Paja iría progresivamente quedándose apartada del centro neurálgico de la capital a medida que ésta iba extendiéndose hacia este, norte y sur. En palabras de Ramón de Mesonero, con la llegada de la Corte a Madrid “fueron abandonadas aquellas tortuosas calles, aquellos desniveles y derrumbaderos de la parte occidental en la cual apenas queda hoy más que el recuerdo de su grandeza primitiva”. Nostros apostillamos que esa grandeza y esos vestigios arquitectónicos son más que suficientes para hacernos una idea de cómo era el Madrid del bajo Medioevo y primer Renacimiento, en el momento de iniciar su expansión y abandonar las faldas del Alcázar y el barrio de La Morería, en busca de su madurez como ciudad. Magnífico y atractivo testimonio histórico tanto desde el punto de vista cultural como desde el de la simple contemplación visual.

 

 

 

 

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Publicado por en mayo 30, PM en Plazas

 

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