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Archivos Mensuales: junio 2014

La Real Fábrica de Tabacos

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Aspecto desolador del acceso principal de la Fábrica de Tabacos de la calle Embajadores

Van a cumplirse pronto tres años. Descendía una sobremesa de las del mes de agosto por la calle de Embajadores quien esto escribe. Había decidido internarme por el sur de la capital y pretendía llegar hasta la glorieta para después derivar hacia las rondas de Valencia y Atocha en busca de la cuesta de Moyano con el objetivo de espigar entre lo mucho, bueno y viejo que allí se puede encontrar algún tomo descatalogado de cualesquiera de las mentes preclaras que tan atinadamente han sabido plasmar la topografía o la historia de la Villa y Corte. Me resistía a dejarme vencer por el infernal y tórrido calor que a eso de las tres de la tarde suele dejarse notar en toda su extensión. La pendiente colaboraba empujándome calle abajo, sin darme tiempo siquiera a admirar algunos balcones adornados con coloridos tiestos y frondosas plantas, unas propias de la tierra y otras más exóticas, en consonancia con la personalidad del barrio. Ocupado y preocupado por arrimarme a la escuálida sombra que a esas horas ofrecen las muros de los inmuebles y los siempre generosos plátanos, casi pasa desapercibido para mí un caserón semidestartalado, de paredes desconchadas, persianas de las de rodillo visto descolgadas de sus clavos, balcones con la herrumbre por adorno y portales y ventanales con la madera medio comida por el tiempo histórico y por el meteorológico. El edificio que me ofrecía, a pachas con los árboles, esa humilde y agradecida sombra era inmenso, de más de cien metros de fachada. Juro que no sabía de qué se trataba pues, aunque vivo en Madrid desde hace ya un cuarto de siglo, esto del flaneo y la historia callejera de la ciudad como que no me llamaba mayormente la atención. Cambié de acera para coger perspectiva y tras desparramar la vista por toda la extensión de la pared me topé de bruces con un vetusto, derrengado y poco atractivo portalón en cuyo frontispico se podía leer Fabrica de Tabacos. Más o menos me intenté hacer una idea de dónde me encontraba. La memoria me ofrecía ambiguamente algunos datos donde se mezclaban sainetes de Ramón de la Cruz, la Carmen la de Mérimée, las cigarreras que marcaban el devenir del barrio de Lavapiés, Galdós, Barea, Baroja… Desprecié tan inconcretos e inconexos mensajes de mi cerebro -¡qué podría tener que ver la Carmen sevillana con la calle Embajadores!- y seguí mi caminar en pos de mi objetivo literario. Ya miraría en la red al llegar a casa. Y vaya si miré. Y vaya si despotriqué contra todo lo que se movía cuando me enteré de que se trataba de la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid, de que allí había surgido un movimiento femenino que dejaba en paños el edulcorado y efectista feminismo actual. Vaya si lamenté el abandono en que se encontraba aquel edificio, que tenía tras de sí una narración ejemplar que escribir, atendiendo tanto al punto de vista industrial, a la óptica social y laboral y, por supuesto, a lo histórico. Y estaba semiabandonado, ocupado por jóvenes del barrio que habían hecho de él su espacio de reunión y de expresión de una forma de entender la vida ante un sistema hostil. Transcurrió el tiempo. Pero hace ahora un par de semanas volví a pasar por el lugar. Y obligado me he visto a rendir un pequeño homenaje tanto al inmueble como a quienes protagonizaron con su trabajo una densísima historia durante alrededor de siglo y medio. Homenaje que se transforma en denuncia ante la falta de definición y concreción de su uso futuro. Un complejo de estas dimensiones no puede mantenerse en las condiciones de abandono en las que se encuentra, al menos en su exterior, y ya sea para usufructo del vecindario o para otro destino cultural, social o simplemente vital, el local debe revitalizarse. Todo antes que estar durmiendo la pesadilla del abandono y de la indiferencia más absoluta por parte de las autoridades. Aunque algunos piensen que mejor que los que ordenan y mandan no se acuerden de él.

Productos estancados

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Edificio de la Fábrica de Tabacos visto desde la glorieta, con la calle Embajadores a la izquierda

Es hoy Ramón Mesonero quien nos pone en la senda del origen primigenio del lato inmueble, situándonos al final de la calle Embajadores, en su acera izquierda, donde “se alza el extenso edificio construido en los últimos años del siglo pasado -se refiere al XVIII- con destino a fábrica de aguardientes y licores, estancados entonces por la Real Hacienda, barajas, papel sellado y depósito de efectos plomizos, y hoy destinado a la de Tabacos, desde 1809, en que comenzó en él la elaboración de cigarros y rapé, hasta el día de hoy, en que cuenta más de cinco mil operarios, principalmente mujeres, con inmensos talleres, en que se labran al año sobre dos millones de libras de cigarros”. Resume El curioso parlante con su habilidad y minuciosidad característica la historia del local desde sus inicios hasta mediados del siglo XIX. Pero no fue todo tan lineal y sencillo como pudiera parecer. Hay que remontarse al reinado de Carlos III, de quien nació la idea de fundar una instalación manufacturera, en el marco de su mentalidad ilustrada y de sus deseos de modernizar Madrid en lo que a obras públicas se refiere. En septiembre de 1781 la Real Hacienda de su Majestad adquiere las huertas de la comunidad de clérigos regulares de San Cayetano para comenzar de inmediato las obras de desmontes de los terrenos y denominar, en principio, al complejo Real Fábrica de Aguardientes. La construcción se llevó a cabo bajo la dirección del arquitecto Manuel de la Ballina y responde tipológicamente al modelo de instalaciones manufactureras del siglo XVIII. Se trata de un edificio de forma rectangular con cuatro plantas. La fachada principal cuenta con balcones y tres portadas. La del centro es la principal y se encuentra adornada con dos pilastras dóricas con triglifos en el cornisamento, que sirven de base al balcón principal, en cuyo guardapolvo puede verse un escudo de armas. Cuenta además con un corralón contiguo rodeado de una tapia que da a la glorieta de Embajadores. Desgraciadamente, el mejor alcalde de la Villa y Corte no vería concluido el proyecto pues fue terminado en 1790, dos años después de su muerte y ya durante reinado de su hijo Carlos IV. El objetivo último de esta obra era reunir en un mismo inmueble todos los productos estancados del monopolio del Estado español, a los que aludía Mesonero líneas atrás. Recordemos que por estanco se entiende la prohibición de vender libremente ciertos artículos de uso y consumo para la ciudadanía. Sin embargo, la fabricación de dos de estos productos duró poco tiempo porque se otorgaron en concesión a personas concretas. En concreto, la elaboración del aguardiente, que pasó a manos de la duquesa de Chinchón, que dio nombre al famoso anís, y la de barajas de naipes, que fue otorgada a un súbdito de procedencia belga llamado Heraclio Fournier. La fabricación artesana de tabaco no estaba entre las estancadas en Madrid en un principio ya que ese producto se manufacturaba en Sevilla, Cádiz y Alicante y a la capital llegaba un escaso montante de lo elaborado en esas ciudades.

Los franceses, sin tabaco

En 1808 Napoleón invade la península y al llegar a Madrid acuartela a la tropa a lo largo y ancho de la ciudad en los más variopintos edificios. Uno de ellos es esta fábrica, cerrada en esos momentos pues parece ser que no cumplía la misión para la que fue creada. El ejército napoleónico venía suficientemente surtido tanto de comida como de bebida. De tabaco también, pero en hojas sin elaborar. Y los soldados tenían otras mañas y virtudes pero no la de convertir las hojas de tabaco en cigarrillos. Y ya se sabe que para los fumadores el poder dar rienda suelta a su afición es algo más importante que la vida misma y, si a ello unimos que se trataba de un ejército en guerra, pues pueden ustedes imaginarse la situación creada con el tabaco, o mejor dicho su falta. Los caudillos militares franceses se enteran, sin embargo, de que en el barrio de Embajadores operan talleres clandestinos de elaboración de tabaco, en manos de mujeres. La decisión por parte de José Bonaparte no se hizo esperar en vista de que las hojas vírgenes estaban deseando que alguien les diera la forma que permitiera su uso y disfrute. En poco tiempo aquel inmueble que servía de cuartel se convirtió en una verdadera fábrica cuyas obreras contratadas pasaron a convertirse en las famosas cigarreras. El primer día de abril de 1809 la nueva Fábrica de Tabacos comenzó su andadura con una plantilla de 800 mujeres, las primeras cigarreras de una plantilla que en sus años de apogeo, allá por finales del siglo XIX, llegó a sumar más de 6.000, cifra nada despreciable para la economía de la Villa y Corte si tenemos en cuenta que Madrid cierra el dicha centuria con una población que apenas superaba los 300.000 habitantes. Los talleres, tras la decisión de Bonaparte, funcionaron de forma provisional hasta 1816 cuando se paralizaron provisionalmente para estudiar su futuro. Tras unos años de informes favorables, en 1825 la Dirección General de Rentas Estancadas autorizó el restablecimiento definitivo del trabajo de elaboración de cigarrillos y cigarros. Es el momento en que la fábrica comienza a crecer y a asentarse definitivamente en el paisaje industrial madrileño y el número 53 de la calle Embajadores no tendrá ninguna envidia a ningún otro recinto industrial, no sólo español sino del mismo Liverpool, si se me permite la hipérbole, llegando a convertirse en uno de los principales centros tabaqueros de la península ibérica y una de las mayores concentraciones obreras de la ciudad, tanto por el montante de su producción como por la importancia de los puestos de trabajo que se crearon en un Madrid y una España donde la revolución industrial y el uso de la consiguiente fuerza del trabajo tardaría en consolidarse algunas décadas.

Importancia social de las cigarreras

Cuadro Las Cigarreras (Gonzalo de Bilbao)

Cuadro Las Cigarreras de Gonzalo de Bilbao que reproduce su vida laboral conciliada con la maternal

Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que la Fábrica de Tabacos de Madrid representó “un escenario social de referencia en la vida de las mujeres que allí trabajaron, un espacio físico que condensa una memoria colectiva emblemática…/… las cigarreras mantuvieron un amplio protagonismo en los diferentes ámbitos de la realidad contemporánea madrileña”. Eran reclutadas y adiestradas en las labores tabaqueras desde niñas por sus madres y abuelas y desde su más tierna edad manifestaban una conciencia social y una capacidad de movilización y lucha obrera ciertamente sorprendente, para envidia de los tiempos actuales. Al margen de su carácter reivindicativo, hay que destacar su solidaridad con otros colectivos obreros, fundamentalmente en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siguiente. Las muestras de apoyo ante las frecuentes tragedias que asolaban a la clase trabajadora madrileña están en las hemerotecas e incluso hay nombres propios que destacaron por su carácter de líderes obreras, como es el caso de Eulalia Prieto o Encarnación Sierra, que durante la Guerra Civil se unieron en la lucha contra el fascismo. La mayoría de estas mujeres vivían en el barrio. Obtenían un salario que les permitía vivir con holgura y mantener a una familia. Al margen de su trabajo como operarias, los puestos de mando de los talleres también estaban en sus manos pues los hombres sólo ocupaban cargos de rango laboral inferior, como mozos de almacén o capataces, siempre subordinados a las cigarreras. Los únicos cargos masculinos por encima de ellas eran los directivos de la fábrica. Como consecuencia de estas condiciones sociolaborales la cigarrera llegó a ser un tipo de mujer independiente, afirmada en la solidez de su puesto de trabajo y mucho más actual de lo que podríamos imaginar. Los que hoy se llaman empleos indirectos aumentaron considerablemente y dinamizaron económicamente una zona necesitada, dando estabilidad al pequeño comercio. En cuanto a derechos colectivos hay que hacer notar que el Estado no prestaba en aquella época ningún tipo de atención a los trabajadores. Para mitigar esas carencias las cigarreras constituyeron en 1834 la Hermandad de Socorro, que pretendía proteger a las compañeras que por edad, enfermedad, maternidad u otras circunstancias no pudieran ganar en buena ley su salario. En 1840, por iniciativa de Ramón de la Sagra, se instituyen otras ayudas sociales como la sala de lactancia y las escuelas, dentro de lo que se denominó Asilo de Cigarreras, ubicado en el vecino Casino de la Reina. Allí las madres podían dejar a sus hijos pequeños debidamente protegidos mientras ellas trabajaban. Incluso si eran lactantes podían abandonar dos veces al día el puesto de trabajo para amamantarlos. Más aún, se les llegó a permitir tener al pequeño en una cuna a su lado en el propio taller de labores. No es extraño, por tanto, que cuando se les pretendía modificar arteramente alguna de las condiciones laborales se unieran todas a una en defensa de sus derechos. Momentos tensos de la relación laboral entre patronos y cigarreras los tenemos en 1887 cuando las empleadas se rebelan ante la mala calidad del tabaco que llega a la fábrica y que las obliga a incrementar las horas de trabajo para llevarse el mismo jornal a casa. Otro momento confictivo se vivió cuando los cargos directivos deciden  cesar al administrador de la fábrica, Enrique Viglieti, a quien las cigarreras respetaban y querían porque, entre otras cosas, había promovido los talleres a domicilio para las que por enfermedad no pudieran acudir a Embajadores 53 o el adelantar dinero cuando por causa de fuerza mayor las operarias no pudieran acudir al tajo. Se echaron a la calle más de 5.000 mujeres junto a familiares y amigos que se solidarizaron con ellas. Las cigarreras no se dejaron amedrentar por las amenazas ni por la presencia de más de cien guardias civiles enviados para sofocar la revuelta. Ganaron la partida y los jefes consintieron la reincorporación de Viglieti. Toda una institución femenina las cigarreras de la calle de Embajadores, espejo y ejemplo para mujeres y hombres actuales en cuanto a lucha por derechos laborales y libertades públicas, últimamente puestos en entredicho cuando no desapareciendo. El oficio de elaboradora de cigarrillos desapareció con la llegada de las máquinas, cuando progresivamente fueron siendo cada vez más prescindibles. La fábrica pasó a manos de Tabacalera S.A en 1945 y durante las siguientes décadas, hasta su cierre definitivo en 2000, vio disminuir progresivamente la actividad al tiempo que la plantilla se iba reduciendo a mínimos. Desde entonces el viejo edificio, en manos del Estado y adscrito al Ministerio de Cultura, espera un destino que al menos esté en consonancia con la importancia histórica tanto de su uso manufacturero como de las personas, fundamentalmente mujeres, que por él pasaron ganando su pan con honradez, con orgullo gremial y con conciencia de clase. Y sin necesidad de vestir de morado o magenta, exigir cuotas o presionar para que se perpetraran leyes en la onda de la eufemísticamente llamada discriminación positiva. Tenían muy claro estas mujeres, pese a su escasa formación intelectual, que la lucha era entre ricos y pobres y nunca entre negros y blancos, cristianos y musulmanes, fumadores y no fumadores o, sencillamente, entre hombres y mujeres.

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Publicado por en junio 30, PM en Obra civil

 

Calle del Prado

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Interesante panorámica de la calle del Prado cerca del anochecer

La calle del Prado es otra de las importantes del barrio de Las Letras. Comunica la plaza de Santa Ana con la Carrera de San Jerónimo, a la altura del Congreso de los Diputados, en un relativamente pronunciado descenso. En su recorrido hace esquina con otras vías a las que hemos dedicado en nuestro blog su espacio correspondiente, como es el caso de la de Echegaray o la del León. Además se cruza con la de Ventura de la Vega y la de Santa Catalina en un área de reconocido flaneo tanto nocturno como diurno. Es una rúa donde el ocio está presente en una parte importante de sus portales. Restaurantes, tiendas de nuevas tendencias de moda u hoteles compiten por un preciado espacio y en amigable camaradería con una institución tan señera como el Ateneo y con un pasado plasmado en la historia de sus cafés ya desaparecidos, la servidumbre de paso para el teatro Español o, ya a su final, la casa de Abrantes que tantos recuerdos culturales ha recogido entre sus paredes. Al margen de sus locales orientados al ocio desde hace ya algunas décadas, cuando se llevó a cabo su ya lejana semipeatonalización, esta vía junto a otras del barrio se ha visto revalorizada como zona residencial, ciertamente cotizada. Se trata de una calle de mucho y variado trasiego pues a lo dicho anteriormente hemos de añadir que se trata de un vaso comunicante importante para el turismo extranjero que se suele servir de ella como puente de paso desde la manzana central hacia el Prado, con los museos como punto de destino. Lejos queda ya su simple dedicación al negocio de las antigüedades, por lo que era conocida durante el primer tercio del siglo XX, al respecto de lo cual Pedro de Répide escribía en su Calles de Madrid, reseñando que dicho uso era lo más singular de su tipismo, “los negocios de anticuarios abundan en ella especialmente y se extienden por sus afluentes, formando así un barrio dedicado en especial a ese comercio”. Y añade al respecto que “por interesante paradoja, en esta calle, donde se recogen y valoran las antiguallas, vino a situar su representación el estado más nuevo de Europa, aniquilador de todo lo viejo, pues en ella se domicilió la oficina rusa de los Soviets, sustituyendo a la embajada del imperio de los zares”. No olvidemos el contexto histórico que envolvía al mundo cuando el Ciego de Vistillas escribía lo más importante de su obra y que no era otro que el surgido de la revolución bolchevique y de la Primera Guerra Mundial. Pues aquí, en esta popular calle del barrio de los Austrias situaron los rojos por antonomasía su primera representación exterior en nuestro país, una vía que no hace falta decir que debe su nombre a que, desde que la Villa y Corte extendiera sus tentáculos más allá de la manzana central, comunicaba dicho centro con el paseo del Prado, aunque nunca tuviera la importancia ni el trasiego de la Carrera de San Jerónimo, más a su izquierda, o de la calle Atocha, a su derecha.

Ateneo de Madrid

Ateneo

Fachada de la entrada del Ateneo

Si hay una institución que lleva su historia unida a la de la calle del Prado esa es el Ateneo de Madrid, que desde 1884 tiene situada su sede en el número 21. El discreto edificio actual es obra de los arquitectos Landecho y Fart y se inauguró el último día de enero de dicho año. Pero dejemos una vez más que sea Répide quien con su amable, sedosa y manierista prosa nos describa las peculiaridades artísticas de un edificio que suele pasar desapercibido para quien no está en la onda del Madrid del barrio de Las Letras. Porque, como apunta nuestro guía topográfico, “su fachada es estrecha y en ella sólo hay espacio para la puerta de entrada y un balcón que la domina”. Y es que nada ha cambiado en cuanto a la arquitectura exterior desde la fecha de su apertura oficial por lo que la descripción de Répide sigue teniendo total vigencia. Por tanto, dejémosle que siga su alocución sin interrumpirle más que lo justo y necesario: “tres medallones ostentan las efigies de Cervantes, Alfonso X y Velázquez. El salón de sesiones es de considerable capacidad y tiene el techo pintado por Arturo Mélida. Rodea su planta un zócalo coronado por los retratos de varios presidentes del Ateneo. En los departamentos interiores hay pinturas de Lhardy, Monleón, Campuzano, Beruete, Taberner y otros artistas”. Esto en cuanto al edificio se refiere. Por lo que atañe a sus parroquianos, Répide recuerda con veneración cuasi religiosa a los más importantes hombres y mujeres de las letras españolas de finales del siglo XIX, que ocupaban sus salones en tiempos en los que las fuentes de información eran más limitadas que en la actualidad, en busca del saber acumulado en su apreciada biblioteca, “gala principalísima del Ateneo de Madrid, la más nutrida y valiosa de cuantas existen en la capital de España. Siempre recordaremos con devoción cuando acudíamos a ella en nuestros tiempos mozos y veíamos sus pupitres ocupados por los literatos y pensadores más eminentes. Clarín trabajaba constantemente allí. Picón era también muy asiduo y algunas veces acudía a hojear las últimas revistas y los libros recién llegados Emilia Pardo Bazán. Don Joaquín Costa armonizaba su grandiosa figura con grandes pilas de libros, entre los que aparecía su busto de coloso. Azcárate asistía con frecuencia, Eusebio Blasco escribía allí muchos de sus artículos y a veces un dependiente de la casa entraba presurosamente a solicitar un determinado volumen.  Era para bajarlo a la Cacharrería donde Echegaray pontificaba y quería reforzar sus argumentos con tal o cual texto que recordaba o le venía a la memoria”. Pura delicia leer y deleitarse con la descripción del ambiente que debía rodear la institución en sus años más gloriosos, cuando no dejaba de ser uno de los templos del saber más importantes del país y por cuyas salas se podía topar cualquier visitante con mitos vivientes de las más diversas artes. Pero incluso cuando Répide escribe sobre el Ateneo ya éste había dejado atrás su edad de oro, como se deduce de las palabras con las que apostilla su descripción, “últimamente había cambiado el aspecto de la biblioteca. Solamente la presencia del venerable Carracedo y de algún que otro escritor contemporáneo podía hacer recordar su antiguo carácter”. Hoy en día esta institución languidece devorada por unos tiempos donde el saber y la investigación bibliográfica siguen otros derroteros y donde las ciencias sociales han sido arrinconadas por las experimentales y tecnológicas. No es mal momento, por consiguiente, para recordar a los fundadores del Ateneo, quienes encabezaron sus primeros estatutos con el emblema de que Sin ilustración pública no hay auténtica libertad. Se inauguró el 1 de junio de 1820, con el advenimiento del Trienio LIberal y con una mochila de ilusiones que verter en un tipo de asociación tradicional ya en los países desarrollados de Europa pero de la que se carecía por estos pagos. Aquellos ciudadanos, de mentalidad ilustrada y con las Cortes de Cádiz aún en su retina, se propusieron según sus propios testimonios “la formación de una sociedad patriótica y literaria para la comunicación de las ideas, el cultivo de las letras y de las artes, el estudio de las ciencias exactas, morales y políticas y contribuir, en cuanto estuviese a su alcance, a propagar las luces entre sus conciudadanos”. No es posible ambicionar y definir más y mejor con menos palabras. Alcalá Galiano, Palafox, Ferraz y Flores Calderón, entre otros, formaron parte del núcleo fundador de una institución que, en al margen de los vaivenes políticos del momento, fue solidificándose cual Guadiana que siempre acaba por emerger. La calle Atocha fue el escenario de su primera sede para venir posteriormente a parar a la casa de Abrantes, en esta calle del Prado, esquina con San Agustín, después de la muerte de Fernando VII y de su refundación de la mano de los románticos. Pero el periplo viajero no acabaría ahí porque más tarde debió trasladarse al número 27 de nuestra vía desde donde se mudaría a continuación al número 33 de la calle de Carretas. La plazuela del Ángel sería su siguiente sede y de ahí se desplazaría a la calle de Montera 32, antes de establecerse cómo decíamos líneas arriba en el número 21 de la calle del Prado en 1884, de donde no se ha vuelto a mover.

Servidumbre de paso para el Teatro Español

Prado- León

Esquina de la calle del Prado con la del León

Pero no solamente de la historia del Ateneo se nutre la calle del Prado. Ni mucho menos. Nada más salir de la plaza de Santa Ana, a mano izquerda, todavía hoy podemos observar un vetusto portón pintado en un azul ceniciento que fue utilizado desde el siglo XIX por los reyes para ocupar sus aposentos correspondientes en el teatro Español. Nos cuenta Répide que anteriormente fue “en el siglo XVII, según escritura que otorgó el Ayuntamiento el 1 de septiembre de 1631 ante el escribano don Juan Manrique con doña Juana González Carpio, propietaria de la casa número 1, el lugar por donde se entraba a la cazuela de mujeres en el Corral del Príncipe”. Nos encontramos al inicio de la calle, donde colinda con la del Príncipe y donde una vieja conocida nuestra, Pepa La Naranjera, tenía su puesto de venta y recibía los requiebros de los paseantes, discretos requiebros no fueran a llegar a los oídos del felón, amante de la manola y mujer que, según Répide, “en el Madrid de las postrimerías de Fernando VII alcanzó por sus donaires tanta celebridad como su hermosura”. Y en esta misma calle y esquina estuvo el café de Venecia, propiedad de Felipe Juliani, que desde principios de los años 30 del siglo XIX acogería al mundo de la farándula principalmente, pues en este local era donde se solían firmar los contratos con las compañías teatrales cuando el clima no propiciaba que se hiciera en la misma plaza de Santa Ana. Bajamos hasta la esquina con la calle del León, en cuyos alrededores se encontraba el mentidero de los representantes. En dicho cantón estuvo situado un café de renombre y tradición como lo fue el del Prado, nacido con la Gloriosa y donde años más tarde solía tocar el violín el joven Tomás Bretón. Se dice que cierto domingo recibieron la visita de un joven de diez años de edad y larga melena. Aquel niño que se acercó a los músicos con la osadía y el descaro propios de la edad no era otro que Isaac Albéniz. Bécquer, Menéndez Pelayo o Ramón y Cajal fueron asiduos de un local cuyos techos llamaban la atención por las pinturas de pequeños ángeles que parecían revolotear sobre los parroquianos. Décadas más tarde alumnos de la Residencia de Estudiantes como Lorca, Buñuel, Jarnés o Rafael Barradas solían frecuentar sus veladores. Para cerrar este apartado de cafés situados en la calle del Prado no debemos dejar de decir que el número 10 dio cobijo provisionalmente al de Levante cuando la remodelación de la Puerta del Sol obligó a cerrar sus puertas y trasladarse desde el solar original. Las pinturas de Alenza eran su mejor reclamo y ya en la entrada correspondiente de este blog se ofrece información más al detalle. Pero volvamos a la esquina de la calle del Prado con la del León porque muy cerquita de allí, en el número 20, se encontraba la vivienda del periodista y político español de origen polaco, Luis José Sartorius y Tapia, conde de San Luis, vivienda que al estallar la revolución de 1854 fue asaltada y sufrió su completo desvalijamiento, como sucedería por las mismas fechas y motivos con la del marqués de Salamanca en la calle Cedaceros o la de la reina madre en la calle de las Rejas. Dice Répide que sus “riquísimos y artísticos enseres ardían en medio de la calle”. Nos nos olvidemos de citar uno más de los cafés que por aquí sentaron sus reales, en este caso el llamado Eldorado. Tampoco nos olvidemos del número 24, el antiguo palacio llamado de los condes de San Jorge, que fuera la primera sede de la Sociedad de Autores, germen de la actual y desprestigiada SGAE. Todo ello antes de llegar a la casa de Abrantes, en la esquina con la calle San Agustín y donde, al margen de ser una de las primeras sedes del Ateneo, estuvo situada la redacción del periódico El Globo, fundado por el político y eminente orador Emilio Castelar y cuyo primer director fue Alfredo Vicenti. Escribe Répide que “ostentaba en la muestra dorada el famoso emblema de la pluma y el lápiz cruzados, porque fue el primer diario que publicó grabados, ornato reservado hasta entonces a las publicaciones quincenales y semanales”. El Globo fue un diario matutino de ideología republicana que se publicó ininterrumpidamente desde 1875 hasta 1930. Vicenti lo dirigió hasta 1895 en que dimitió por discrepancias políticas con Castelar. Durante esta primera etapa cuenta con plumas de la talla de Valle-Inclán o Francisco Alcántara Jurado. En 1896 fue adquirido por el conde de Romanones quien puso la publicación en manos de Francos Rodríguez, que se encargaría de la dirección. Más tarde lo compró Emilio Riu y es en esta época cuando publica escritos de Baroja y Azorín. Posteriormente fue languideciendo hasta su desaparición, debido a una progresiva devaluación de su producto periodístico. Devaluación que no le ha llegado -ni creemos que le llegue- a nuestra calle del Prado pues toda esa historia a la que hemos hecho mención a lo largo de la entrada ha servido, sirve y servirá de sólido fundamento para sostener un presente relajado o bullicioso, según las horas del día de que hablemos, y un futuro que se presume prometedor toda vez que son cada día más las personas que aprecian lo que de valor tiene, no solo la vía sino todo este barrio que rezuma saber y diversión a partes iguales.

 

 
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Publicado por en junio 27, PM en Calles

 

Luis Candelas Cajigal

Luis Candelas

Luis Candelas Cajigal

Personaje pintoresco allá donde los haya, en Luis Candelas Cajigal confluyen una serie de rasgos individuales y sociológicos que han contribuido a tejer en torno a él todo ese halo de leyenda que lo ha convertido en uno de los más mentados de la Villa y Corte. Un héroe popular sobre el que se han escrito páginas y páginas sin siquiera confirmarse que lo que se haya dicho y escrito sea completamente cierto. Sin embargo, allá vamos con un muestrario de lo más llamativo sin poder asegurar definitivamente su veracidad. Fuera quedan otros muchos datos tan atractivos y tan cuestionables como los expuestos a continuación. Pero hay que seleccionar y doctores tiene la iglesia como para que el lector que se quede con hambre vaya sobre ellos. El bandolero Luis Candelas fue un madrileño del barrio de Lavapiés, aunque no procedente de una extracción social baja. Sibarita, guaperas y en general un vividor al que no gustaban un ápice ni el trabajo manual ni el intelectual. Lider pandillero en sus años de adolescencia y jefe de jaques en su madurez, ladrón en definitiva, que vivía del robo aunque sin mancharse las manos de sangre. Bueno, eso es lo que ha trascendido a través de las diversas fuentes escritas que hemos consultado aunque tampoco hay datos que nos permitan dudar de que no fuera cierto. A este curriculum estamos obligados a añadir el que su existencia transcurriera durante el primer tercio del siglo XIX, cuando el Romanticismo es, además de un movimiento literario, una forma de vida donde el romper las ataduras legales y morales establecidas es considerado casi un deber. Nuestro héroe solía afirmar que la riqueza estaba mal repartida y que había que hacer una redistribución más igualitaria, de cuya causa él de alguna manera se sentía embajador. Se sabe que con la misma facilidad que ingresaba en el maco se las ingeniaba para salir de él. Que contaba con amigos entre las gentes pudientes que le facilitaban el eludir la acción de la justicia. Por otra parte, no debemos olvidar que estamos hablando de un bandolero de asfasto, si se nos permite ese anacronismo, porque ciertamente Madrid en aquella época no estaba alquitranado y quienes han tenido voz para denunciarlo lamentaban el mal estado del empedrado de la capital. Nada que ver este bandolero con aquellos patilludos de navaja en la faja que esperaban el paso de las diligencias detrás de los matojos y picachos de Sierra Morena. Todo lo contrario, se trataba de un galán al que se soñaba con poder encontrar en cualquier taberna, magreando alguna cantaora mientras trajinaba una jarra de San Martín de Valdeiglesias y planificaba el siguiente golpe rodeado de sus compinches. En consecuencia, a nadie puede extrañar que Candelas Cajigal, de nombre Luis, se convirtiera ya en vida -y más aún después de ser ejecutado en el garrote- en un mito del que los ciegos de cordel cantaron por las esquinas sus hazañas durante la segunda mitad del siglo XIX y cuya biografía anduvo en coplas de la mano del maestro León y en la voz de doña Concha Piquer, ya en la siguiente centuria

Familia sin problemas económicos

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Panorámica de la calle Calvario en la actualidad

De Luis Candelas se podrá decir de todo menos que fuera un producto social de los bajos fondos madrileños. Su nacimiento en febrero de 1804 -hay quien dice que en 1805 o incluso 1806- en la calle del Calvario, en plena judería del barrio de Lavapiés, nada tiene que ver con el ambiente de manoleo tantas veces descrito por escritores o pintores costumbristas. Su familia disfrutaba de una posición económica relativamente holgada merced a la carpintería que su padre tenía abierta en esa rúa madrileña. Fue el tercer hijo de un matrimonio cuyos dos vástagos mayores manifestaban un carácter dócil, bien distinto de lo habitual por aquellos barrios. No fue el caso de Luisito quien, desde su más tierna infancia, ya dio muestras de una personalidad inquieta, independiente, díscola y medianamente alborotadora, poco dada a asumir las directrices familiares y sociales propias de aquellos tiempos. Parece ser que el reputado profesional de la ebanistería y padre de nuestro sujeto hodierno se dio cuenta pronto de que el tercero de sus hijos no iba a ser quien continuara la saga familiar en el uso de la garlopa, la gumia y demás instrumental carpinteril. Es por ello, y dado que el mozo era bastante despierto, que decidió con el consejo de su esposa enviarlo a los cercanos Estudios de San Isidro para ver si por el camino de las letras podía labrarse un porvenir, pues económicamente la familia podía permitirse ese dispendio sin mayores agobios. Allí permaneció Luis Candelas durante un par de años escuchando latines aunque su carácter indómito no paraba de dar dolores de cabeza a los jesuitas que regentaban el establecimiento educativo. El punto de no retorno fue una bofetada que le propinó un cura con el sano y loable objetivo de reconducir su conducta. No le debió parecer método muy pedagógico a un muchacho de carácter ciertamente rebelde e incluso agresivo que respondió al disciplinante con una doble ración de lo que él había recibido. Justamente ahí comenzó a labrarse una biografía más acorde con su personalidad. Expulsado del colegio, sus padres sin hacer vida de él y él que comienza a frecuentar las peores compañías de un barrio donde la miseria y la pobreza campaban por sus respetos. De callejear sin rumbo pasamos a la creación de bandas de zagales para apedrearse con conmilitones de otros barrios, es decir, golfería, pandilleo, peleas y demás formas de entretener el ocio de una forma activa, que diría un pedagogo al uso. De las piedras pasaría a las albaceteñas y de ser uno más de la pandilla a ir progresivamente convirtiéndose en líder, a medida que la adolescencia iba apoderándose de su figura. A los 15 años conoce por vez primera y en persona el edificio del Saladero, en la lejana plaza de Santa Bárbara, aunque no por ninguna fechoría, que ya las había cometido de relativa importancia, sino por andar deambulando a altas horas de la madrugada por la aún novedosa plazuela de Santa Ana. No parece que le impresionara en demasía al mozuelo el codearse en la prisión con lo más florido del gremio carcelario pero sí que le debió dar que pensar que si no se labraba un futuro en condiciones aquellas visitas iban a prodigarse más de lo que él deseara. Como cada cual que echa mano de sus mejores virtudes, Luis Candelas explotó aquellas que la naturaleza le había otorgado. Y no fue la menor una fisonomía que le habría de rendir sus buenos dividendos con el bello sexo. Normal en un mozo moreno, bien parecido, de blancos dientes, patilla ancha y flequillo bajo el pañolón. Siempre bien afeitado, calañés debidamente calado, faja roja, capa negra, calzón de pana y zapatería de buen lucir. Con esta carta de presentación nadie pone en duda que fuera verdad el que se dedicara a conquistar mujeres, pero no solamente para el uso y disfrute que podemos suponer, sino con el objetivo último de vivir de ellas.Sin más. Al apuesto mozo se lo debieron rifar y él se debió dejar atusar los cabellos con docilidad pues así podía dar rienda suelta a su carácter de bon vivant. La vida es bella.

Agente del Fisco

Carcel del Saladero 1

Reproducción de la cárcel del Saladero

El fallecimiento de su padre años atrás había propiciado la definitiva deriva de su vida hacia el latrocinio y la holganza extrema. Su madre tomó el mando de las operaciones familiares. Poco se podía hacer para convencerlo de que el suyo no era camino en la vida. Pero algo sí. Echando mano del prestigio que el padre se había labrado entre ciertos sectores influyentes de la capital, la viuda de Candelas consigue para su hijo un empleo de agente del Fisco. Se trataba de vigilar que nadie introdujese en la Villa y Corte mercancías que no hubieran abonado los correspondientes impuestos. Es decir, evitar y luchar contra los matuteros. Nada mejor para alguien que ha estado en la otra acera de la ley el convertirse en defensor del erario público. Porque conoce el paño. Estamos en 1823 y Alicante, La Coruña y Santander serán sus destinos profesionales antes de que presente su dimisión tras recibir una amonestación por el escándalo que suponía el emparejarse con una mujer casada a la que dicen que abofeteó en público y delante de su marido. Vuelta a Madrid, donde se desposa con una joven viuda, de nombre Manuela Sánchez y de nutrida faltriquera. Tras pasar por el altar en San Cayetano vuelve al trabajo honrado, esta vez como cobrador de contribuciones en Zamora. Pero parece ser que no era hombre ni para trabajos fijos ni para ser casado porque a los seis meses del himeneo los esposos perciben que aquello no parará en buen puerto. El día de Navidad de ese mismo año de 1823 retorna nuevamente a Madrid y poco después se sabe de sus amoríos con Pepa la Naranjera, hembra de las de trapío, con influencias importantes en la Corte, pues no en vano es una de las amantes del rey felón, y con quien parece ser que Candelas ya había dormido en la misma cama más de una vez antes de su matrimonio. Ello permite que nuestro bandolero abandone definitivamente su carrera de funcionario público y se dedique a la vida contemplativa. O menos contemplativa, es decir, a vivir de lo ajeno, a practicar de tomador del dos y a disfrutar viendo cómo crece su fama entre el paisanaje. De esta época es la configuración definitiva de su equipo de trabajo, por ponerle un apelativo eufemístico. La taberna del Cuclillo, en la calle Imperial, es su oficina central y allí, alrededor de una discreta mesa de pino y con el telón de fondo del rasgueo de guitarras y el zapateado de las bailaoras, se suele reunir el consejo de administración empresarial, compuesto por Paco el Sastre, Villena, Balseiro, los Cusó y demás compañeros mártires, con el propio Candelas a la cabeza. Cometen todo tipo de robos y atracos y consiguen gasolina suficiente para llevar un tren de vida que les posibilita además incrementar un ya notable prestigio entre el pueblo llano de la Villa y Corte, hasta el extremo de sentirse en todo momento protegidos ante eventuales persecuciones de los corchetes. Eso sí, siempre con la máxima por delante de que no se derrame una sola gota de sangre. Ello no impide que de tanto en tanto haya que hacer una visita al Saladero, aunque los buenos oficios de La Naranjera o de otros amigos influyentes, el soborno de los carceleros o la habilidad para escapar del trullo hacen que esas estancias no sean más que habituales paréntesis en una trayectoria exitosa en lo profesional.

Las dudas de Clara

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Puerta de Toledo hacia 1900. En sus alrededores fue ejecutado Luis Candelas

Es época de ir recogiéndose y sentar de alguna manera la cabeza. O al menos eso debe pensar Candelas, al que la vida le sonríe al punto que durante el día se codea con la burguesía local, e incluso con cierta aristocracia, haciéndose pasar por un indiano rico de nombre Luis Álvarez de Cobos, que reside en el número 5 de la calle Tudescos. Eso sí, cuando el sol se escondía más allá de la Casa de Campo volvía a su más querido y apreciado ser de bandolero urbanita y poníase a dar el callo junto a sus jaques de confianza. Su habilidad para la transformación física y el uso del disfraz era otra de sus virtudes ocultas. Nos encontramos ya en los primeros años de la década de los 30, ha muerto Fernando VII y María Cristina hace las veces de reina mientras la niña Isabel da sus primeros pasos por los corredores del Palacio Real. Por estas calendas conoce a una muchacha de clase media y familia de probada honestidad. Se llama Clara y por ella decide abandonar su carrera de bandido para irse ambos a vivir a Valencia. Pero debió sentirse como pez fuera del agua por más que el amor dulcificara su comportamiento y por más que en la ciudad del Turia rememorara viejos tiempos robando alguna que otra joya para no perder la forma y además mantener un ritmo de vida acorde con lo que le pedía el cuerpo. Pero cada cual tiene su querencia y, tras mucho reflexionar, decide volver a Madrid, a la taberna de la calle Imperial. Y a recomponer la banda. Se siente fuerte, lo que le lleva a dar un par de golpes que paradógicamente supondrán el principio del fin. Picó alto, tanto que se pasó un poco o un bastante de la raya. Atracó el taller de la modista de la reina María Cristina situado en la calle del Carmen y poco después esperó en Torrelodones el paso de la diligencia que trasladaba al embajador de Francia y señora para darles las buenas tardes y de camino aligerarlos de peso. La justicia, después de estos hechos y debidamente azuzada, va decididamente a por él por lo que tiene que hacer precipitadamente el hatillo y, junto a Clara, huye de Madrid con la intención de exiliarse en Inglaterra. Pero al llegar a Gijón, y poco antes de embarcar, la joven siente vértigo ante el porvenir. Finalmente se echa atrás de sus intenciones y decide volver a Madrid. En esta ocasión Candelas se muestra como un marido dócil y decide retornar con ella. Esa fue su perdición porque en el trayecto de regreso, en una fonda de Olmedo, un viejo colega lo reconoce y lo denuncia. Detenido el 18 de julio de 1837, es trasladado a la Villa y Corte y juzgado el día de difuntos de ese mismo año. Veredicto: pena de muerte. No se resigna a su suerte y envía una misiva a María Cristina solicitando clemencia y recordando que no tiene delitos de sangre. La augusta figura rechaza otorgarle el indulto y el 6 de noviembre, con el amanecer, el cortejo sale de la cárcel de la Corte en dirección a un descampado situado en las afueras de la Puerta de Toledo donde se ha instalado ya el cadalso y el verdugo espera con paciencia profesional. Debió ser una mañana fría, de las habituales del mes de noviembre de Madrid, cuando el aire de la sierra del Guadarrama ya se deja sentir. A ello habría que añadir la humedad del cercano río al que hay que imaginar difuminado tras una niebla que impediría ver la pradera del santo. Pero la suerte está ya echada y Luis Candelas sube al cadalso ajeno a estas menudencias mientras que, desde lejos, manolas y cigarreras sacan su moquero para enjugar unas lágrimas por su héroe, lloriqueos de cocodrilo contrarrestados por el morbo de ver doblar el cogote a quien la mayoría de ellas no recordaba ni haberlo visto cara a cara, por más que describieran sus rasgos de macho de buen ver a las modistillas que quisieran poner la oreja. El verdugo lleva un botón descosido. Se lo recuerda Candelas quien, poco antes de que aquel se pusiera al oficio, le pide un tiempo muerto. Le es concedido. Y dicen que, levantando orgulloso el mentón e hinchando el pecho, dijo el bandolero Luis Candelas aquello de “He sido pecador como hombre pero nunca se mancharon mis manos con la sangre de mis semejantes. Digo esto porque me oye el que va a recibirme en sus brazos. Adiós patria mía. Sé feliz”. Lo demás ya es vox populi, es decir, que la noche antes de la ejecución pidió un libro de Voltaire quizás para intentar poner paz en su espíritu, o para dárselas de intelectual, o para tocar un poco la moral al sector más rancio de la sociedad. A saber. Se sabe que anteriormente se había confesado. Por si acaso. Y que desde el instante en que dobló la cerviz su leyenda fue engrandeciéndose aún más entre las clases populares. Ya dijimos que anduvo en coplas en boca de Concha Piquer por los cafés cantantes que proliferaron en el Madrid de finales del siglo XIX y principios del siguiente. Pero no podemos olvidar tampoco que tanto la literatura como el cine le rindieron pleitesía, cada cual con las herramientas propias de sus respectivos géneros. Nada extraño pues el ser humano ha admirado hasta la extenuación a aquellos que desde esferas inferiores han plantado cara a las jerarquías, haciéndole un corte de mangas a unas leyes que, si bien nos sirven para ordenar la convivencia cotidiana, se convierten en papel mojado cuando solamente benefician a quienes las perpetran, para verguenza de esa diosa que se nos presenta desde tiempos inmemoriales con los ojos tapados. Quizá porque prefiere mantenerse ciega antes que soportar la cruda realidad.

 

 
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Publicado por en junio 24, PM en Perfiles

 

Café del Príncipe

Teatro del Príncipe

El teatro del Príncipe ya a principios del siglo XX. En sus bajos se ubicó el café

A principios del siglo XIX comenzaron a proliferar los cafés en Madrid. Su consolidación tuvo lugar a lo largo de esa convulsa centuria y su configuración como amenos y cómodos locales de ocio y tertulia llegó con la entrada del siglo XX, momento en que aquel que abría sus puertas pugnaba por ser el más moderno, el mejor dotado de una carta de comidas y bebidas abundante y de calidad y el que más refinado ambiente presentara. Nada que ver con aquellos primeros cafés-botillerías o viceversa que habían sido los pioneros. Porque cuando en el Madrid del reinado de Carlos IV abren sus puertas los primeros establecimientos de este tipo, no se caracterizaban precisamente por su confort o por la esmerada atención a una clientela que los fue tomando progresivamente como propios, sin más intención que las de prolongar en un local público el hábito adquirido durante la segunda mitad del siglo XVIII, consistente en debatir en un salón privado sobre lo divino y lo humano, es decir, de política, artes, literatura y en general cualquier asunto que tuviera que ver con la cultura y el progreso. Plena mentalidad ilustrada que aquí, como tantas otras veces, nos llegó con el retraso acostumbrado cuando en otras latitudes ya se encontraba sólidamente consolidada. Y si hay un café de aquella primera época que merezca un espacio en la historia de la cultura no cabe duda de que ese es el del Príncipe. Porque ciertamente hubo otros que han dado que hablar y valorar a posteriori, casos de La Fontana de Oro, Lorencini o La Cruz de Malta, pero éstos se caracterizaban más por su carácter político y polémico que el que hoy traemos a muestro blog y que, andando los años, se convertiría en el foco del que surgiría, allá por los inicios de la década de los 30 de ese siglo XIX, el movimiento romántico español. Otra vez, por qué no decirlo, cuando en Europa el Romanticismo daba sus últimas boqueadas y Stendhal ya había abierto la senda realista. Quien mejor describe lo que supuso el café del Príncipe para el Romanticismo español es Ramón de Mesonero, a quien vamos a seguir hoy casi al pie de la letra en sus Memorias de un setentón. El advenimiento de este movimiento surgió, según nuestro guía, entre las destartaladas paredes del café situado en los bajos del teatro del Príncipe -hoy teatro Español- “hasta que, rebasando sus límites, partió de ellas el rayo luminoso que había de cambiar por completo la faz de nuestra vida intelectual. De allí, de aquel modesto tugurio, salió la renovación o el renacimiento de nuestro teatro moderno, de allí surgieron el importantísimo Ateneo científicio, de allí el brillante Liceo artístico, el instituto y otras varias agrupaciones literarias, de allí la renovación de las academias, de la cátedra y de la prensa periódica, de allí los oradores parlamentarios y los fogosos tribunos, que promovieron, en fin, una completa transformación social”.

Un sombrío y solitario café

El café del Príncipe había abierto sus puertas poco antes de que Napoleón ocupara con sus tropas la península ibérica. Corría el año 1807 cuando el matrimonio que formaban Isidro Fernández y Andrea Torreangulo inauguraron el local situado en la planta baja de la vivienda contigua al teatro del Príncipe, frente a las casas que entonces ocupaban lo que hoy es la zona este de plaza de Santa Ana. Un mozo llamado Romo completaba la plantilla que habría de ver con sus propios ojos años más tarde la eclosión del Romanticismo español. Le pusieron de nombre el mismo que el del cerano teatro, quizás para aprovechar en un principio la clientela que solía acudir a presenciar las funciones que se ofrecían en uno de los dos importantes coliseos de la capital. La oferta de bebidas era ciertamente escuálida, a saber, agua de cebada, ponche, zarzaparrilla o refresco de sorbete, según la estación del año. El café no tenía siquiera comunicación directa con el teatro y Mesonero lo califica de “salita, de escasa superficie, estrecha y desigual, destituida de todo adorno de lujo y aun de comodidad”. Por tanto, no parecía tener escesivas pretensiones aquel cuasi antro en cuyo interior se contaban “una docena de mesas de pino pintadas de color chocolate, con una cuantas sillas de Vitoria” como todo mobiliario. El resto de los complementos, si así se pueden denominar, abarcaban “una lámpara de candilones pendiente del techo y en las paredes hasta media docena de los entonces apellidados quinquets, por el nombre de su inventor, cerrando el local unas sencillas puertas vidrieras, con su ventilador de hojalata en la parte superior”. El local solía estar habitualmente desierto y escasamente alumbrado por una luz de candilones que tenía bastante de tétrica y que vertía sus tímidos haces sobre el “empolvado pavimento de baldosas de la ribera, en cuyos intersticios crecía la hierba, que acudían ganosos a pastar los ratones y corredoras con la misma franqueza que si fueran ganado de la Mesta en prado comunal”. Solamente en el fondo de la salita parecía haber vida humana habitualmente pues allí “aprovechando un hueco de una escalera, se hallaba colocado el mezquino aparador y a su alrededor había dos mesas con su correspondiente dotación de sillas vitorianas. Esas dos mesitas eran ocupadas por unos cuantos comensales, personas de cierta gravedad, diplomáticos antiguos en su mayor parte”. Cita entre estos a Arriaza, Onís, Pereyra o el afamado, tanto como peculiar y heterodoxo protoperiodista, José María Carnerero “los cuales por costumbre inveterada venían todas las noches a tomar su taza de café o su jícara de chocolate sin tomar en cuenta la mezquindez y suciedad de los trebejos de cristal o de loza en que aquellos confortantes les eran suministrados”.

La tertulia del Parnasillo y la Partida del Trueno

Mesonero roam

Mesonero vivió y describió el ambiente del café del Príncipe

Pues pese a toda su sordidez, el tugurio sombrío y desierto fue el lugar elegido por los jóvenes bohemios que andaban diseminados por los diferentes cafés del entorno para, una vez reunidos allí, verter sus ideas literarias, artísticas o de cualquier otra índole intelectual. En los vecinos cafés de Venecia, el Sólito o Morenillo no se sentían lo suficientemente a gusto pues, según Mesonero, estos locales solían estar ocupados por “una concurrencia heterogénea compuesta por pisaverdes o lechuguinos insípidos, militares más o menos indefinidos o indefinibles, parásitos que olfateaban adónde se consumía un boll de ponche o se destapaban unas botellas de cerveza…”. Buscaban los jóvenes alumnos de Apolo un recinto que a falta de otras ventajas les pudiera dar la independencia y seguridad necesarias “para su franca y leal comunicación y echando el ojo por todos aquellos contornos ninguno hallaron más a propósito que la sombría y desierta sala del café del Príncipe”. Una noche de entre 1830 y 1831 plantaron sus reales poniéndole por nombre a su tertulia El Parnasillo. Describe Mesonero en sus memorias con todo detalle las peculiaridades del local, de las personas y de las ideas que defendían pues no en vano él mismo formó parte de algunas de las tertulias y se codeaba a sus ventitantos años con lo más florido del Romanticismo español. Fiel testigo, nos relata los pormenores del día que decidieron trasladarse al Príncipe, “a la cabeza de aquella fuerza pacíficamente invasora descollaba la fracción de más empuje en ella, fracción señalada tanto por el agudo ingenio de sus individuos como por la juvenil y donairosa excentricidad con que se entregaban a cultas y alegres jugarretas”. Se refiere a la Partida del Trueno, donde figuraban ingenios tan privilegiados como Espronceda, Ventura de la Vega y Escosura entre otros. En pos de ese grupo, “verdadera charanga de aquella legión poética, venían como soldados en fila” una pléyade de inicipientes y ansiosos diletantes de las musas como Larra, Lasheras, los Madrazo y un amplio etcétera. Después les seguía la cohorte de los artistas adscritos a la Academia de San Fernando, entre los que figuraban pintores, arquitectos, ingenieros  o impresores, todos ellos capitaneados por el arquitecto de la Villa y Corte Mariategui “cuya obesidad haríale pasar por bombo si su prosopopeya y coram vobis no le dispensaran el carácter de tambor mayor”. Completaban la marcha otros grupúsculos con personajes distinguidos de la buena sociedad de la época “amigos todos, aficionados a las letras y las artes” cada cual encabezados por un líder de falange. Se pensará que no iban a caber en aquel cuchitril que describíamos líneas atrás y que dio en llamarse café del Príncipe y así lo matiza Mesonero cuando dice que todos ellos no solían acudir en una misma noche ni a una hora determinada pero sí que alternativamente se debían presentar por allí dándole el sabor, el color y el calor que había de hacer célebre a este singular local. Fue tal el éxito de la tertulia del Príncipe que los miembros principales de la literaria entablaron negociaciones con el dueño del café para su asentamiento definitivo, por lo que “el intersado y amable anfitrión, dispuesto a dejarse invadir o conquistar por la nueva clientela, trató de mejorar algún tanto las condiciones materiales del establecimiento, reforzando el viejo mobiliario, añadiendo una lámpara más a la antigua funeraria, haciendo algún acopio de botellas y garrafones, y lo que es más filosófico, inventando en su favor el sorbete metafórico, el medio sorbete a dos reales el vellón y, a la misma módica cuota, el juego completo de taza de café con su plus de tostada, a discreción”. Al ya veterano camarero Romo “mozo de sesenta abriles que así escanciaba el garrafón como agitaba la chocolatera, añadió otro mancebo de servilleta y mandil para servir de Ganímedes a los nuevos concurrentes. Este tal mozo, llamado Pepe, fue confirmado de consuno y con ligera variación en el clásico y tradicional nombre de Pipí”.

Breves etopeyas de los más importantes

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José de Espronceda es descrito como un impetuoso joven vate

Pasa revista Ramón de Mesonero a los personajes más importantes del momento que pululaban con regularidad por el café del Príncipe, comenzando por el empresario teatral de origen francés José Grimaldi, a la sazón director en aquella época del teatro, a quien moteja de dictador de las tablas, quien “tendía el paño y disertaba con gran inteligencia sobre el arte dramático y la poesía”. Pasa a continuación a hablar de José María Carnerero, “con su amena y sabrosa conversación, sus animados cuentos, chistes y chascarrillos que por su color demasiado subido no me atrevo a compulsar aquí y que formaba las delicias de los jóvenes poetas”. De Bretón de los Herreros, autor entonces en boga, destaca “su alegre y franca espontaneidad, su prodigiosa facultad para versificar, aunque fuese una noche entera, y la homérica y comunicativa carcajada con que él mismo celebraba sus propios chistes”. Quizás sería Serafín Estébanez Calderón el más afin a Mesonero desde el punto de vista literario pues ambos compartían debilidad por los escritos costumbristas. Pone el acento en “su lengua estropajosa y su lenguaje macareno y de germanía, contando lances y percances a la alta escuela o entonando por lo bajo una playera del Perchel”. Lo compara antitéticamente con “la grave seriedad y su poco simpática elocuencia” de Gil y Zárate. De Ventura de la Vega apunta “aquel aplomo y cómica seriedad que le eran característicos, soltando un epigrama, un chiste agudo, que algunas horas después eran como porverbiales en nuestra culta sociedad”. Tampoco Espronceda escapa al análisis del Curioso Parlante, a quien acusa de “entonada y un tanto pedantesca actitud, lanzando epigramas contra todo lo existente, lo pasado y lo futuro”. Larra no podía faltar en esta nómina “con su innata mordacidad que tan pocas simpatías le acarreaba”. Los hoy menos conocidos, Patricio de la Escosura o Bautista Alonso, otros de los personajes que no escapan a la afilada pero siempre respetuosa y educada pluma de Ramón de Mesonero. Y resume el ambiente que ofrecía el café del Principe aludiendo a que “en fin, todos los concurrentes a aquel certamen del talento alardeaban sus respectivas facultades y convertían aquella modesta sala en una lucha animada, en un torneo del ingenio y casi en una literaria institución”. Finaliza el capítulo de sus memorias dedicado al café preguntándose Mesonero desde su perspectiva de septuagenario quién habría de sospechar que todos aquellos literatos, la mayoría en ciernes, iban a protagonizar uno de los vuelcos más importantes de la historia de la cultura en España, el que supuso el advenimiento del Romanticismo. Y todos ellos a pocos metros de distancia unos de otros en un oscuro, destartalado y triste tugurio del barrio de Las Letras de Madrid, en el epicento de lo que un par de siglos atrás había sido el predio de los Cervantes, Lope, Calderón, Góngora o Quevedo. Una gran generación la romántica que, si bien no tan brillante como la anteriormente citada, no deja de causar una feroz envidia desde la perspectiva que nos dan los albores del siglo XXI, donde la mediocridad se impone por doquiera. Pero no seamos tan pesimistas porque quizás los adalides de las letras actuales se encuentren ya perorando y sentando las bases de la cultura del futuro en cualquier antro de mala muerte, trasegando una jarra de cerveza o engullendo una hamburguesa, con la comisura de los labios chorreando esa inmunda mezcla de tomate artificial y mostaza. ¡Qui lo sa!

 

 

 
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Publicado por en junio 11, PM en Cafés

 

Plaza de los Mostenses

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Plaza de los Mostenses en la actualidad con el mercado en primer plano ocupando el solar

La plaza de los Mostenses no existe de facto. Para qué vamos a engañarnos. La hemos recorrido en repetidas ocasiones y no hemos percibido de ninguna de las maneras que el concepto de solar abierto en una encrucijada de calles se dé en el lugar que tal denominación oficial tiene en el Madrid actual. Hemos consultado en el mapa de Google por si la calificación de plaza ya no correspondía al tradicional espacio situado junto a la Gran Vía y que acoge al mercado, pero para nada, sigue figurando, insistimos, la plaza de los Mostenses en la ubicación en que ha permanecido desde que los monjes premostratenses construyeran allí su convento allá por el siglo XVII. Por tanto, se nos podrá calificar de obtusos pero lo que vemos allí es un edificio levantado en medio de un solar, que acoge el mercado de abastos y que se encuentra rodeado por estrechas vías, por las que circula tranquilamente el vecindario, ajeno al cercano bullicio de la Gran Vía. Esa misma presencia de la infraestructura mercantil, que tanto bien hace a los vecinos, impide que el concepto de plaza se plasme de hecho y debamos conformarnos con considerarlo estrictamente de derecho. Para quien sí era plaza era para Pedro de Répide, de la que decía en 1920 que era una de las “más interesantes de Madrid”, anticipando que iba “a sufrir gran transformación y a desaparecer en parte, con motivo del trazado del tercer trozo de la Gran Vía”. Apuntaba además que hasta el siglo XIX había sido una plaza de dimensiones reducidas y que se había ensanchado algo al derruirse el convento de los premostratenses. En cualquier caso, no vamos a entrar en más disquisiciones ni conceptuales ni de tamaño porque a lo que venimos aquí es a hablar de la plaza de los Mostenses, de su historia, de su convento, de su iglesia, de su mercado y de otros edificios aledaños y personajes que a lo largo de la historia han unido su devenir a ese enclave tan coqueto, céntrico y entrañable de la Villa y Corte, por más que en la actualidad lo veamos un poco asfixiado por el entorno urbanístico. Un entorno, dicho sea de paso, que se encuentra bastante dejado de la mano de nuestros gobernantes. Cierto que han anunciado a bombo y platillo ya más de una vez la inminente remodelación del espacio y sus alrededores pero, como casi siempre ocurre, todo ha quedado en eso, en paniaguados titulares de prensa en vísperas de unas elecciones, sin más fin que el espurio de sumar unos cuantos votos aun a costa de la credulidad del ciudadano.

Convento de San Norberto en 1611 y mercado desde 1875

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Alzado de la fachada de la iglesia y convento de los Premostratenses

El nombre le viene a la plaza, por corrupción lingüística, de la presencia en su entorno del convento de la Orden Premostratense de San Norberto, fundador de la congregación, a quien estaba dedicado el recinto religioso, que fue levantado en 1611con el visto bueno del arzobispo de Toledo Bernardo de Rojas, gracias a la generosidad del conde de Miranda, Juan de Zúñiga, a la sazón presidente del Consejo de Castilla. El convento se erigió en la entonces calle de la Inquisición -hoy Isabel la Católica- ocupando otro convento-iglesia que habían abandonado las monjas de Santa Catalina de Siena al trasladarse a la actual plaza de las Cortes. Dice Répide que la iglesia “era muy capaz y hermosa. Arruinose su fachada principal en 1740 por las muchas aguas de aquel invierno y fue reconstruida con singular elegancia por  Ventura Rodríguez”. El arquitecto ilustrado levantó una fachada principal compuesta por un pórtico semicircular flanqueado por dos torres adornadas con columnas corintias. Dicho pórtico tenía  tres entradas con cuatro columnas jónicas y sobre el mismo se elevaba un segundo cuerpo coronado por una estatua de San Norberto. La iglesia remodelada permaneció en pie poco tiempo, justo hasta que José Bonaparte decidió derruirla junto al convento, en 1810, con el fin de abrir espacios en una Madrid demasiado atosigado por los recintos religiosos y carente de áreas abiertas para el solaz de los vecinos. Y no varió su primera decisión el monarca francés pese a que los arquitectos Silvestre Pérez y Juan Antonio Cuervo informaron en contra de dicho derribo, pues no en vano ambos habían sido discípulos de Ventura Rodríguez y conocedores del valor artístico del templo. Al menos no acabó entre los escombros la efigie de San Norberto, esculpida en granito de Comenar Viejo, que posteriormente sería utilizada para transformarla en el león de la Fuentecilla de la calle de Toledo. Tuvieron que pasar cerca de 60 años para que hacia 1870 se iniciaran en el mismo solar las obras del mercado de los Mostenses, que lleva el mismo nombre que el actual pero que no estaba situado en el mismo lugar sino más al sur, más cercano, por tanto, a la actual Gran Vía, que entonces no existía como tal. Nos cuenta Pedro de Répide que fue construido, “quedando dedicado singularmente a la venta de pescado y volatería”, es decir, aves de caza. Este mercado estaba ubicado en principio en la plaza de Santo Domingo  y a mediados del siglo XIX  había sido trasladado a un solar cercano a la plaza de los Mostenses y la calle de San Ignacio, suponemos que de forma provisional porque inmediatamente comenzaron las obras del que venimos describiendo. Por cierto, bueno será apuntar que en su erección se utilizó una combinación de vidrio y hierro, lo que se llamaba arquitectura vitroférrea, bastante habitual durante el siglo XIX. El diseño y la obra corrieron a cargo de Mariano Calvo Pereira, siendo inaugurado oficialmente por Alfonso XII el 11 de junio del año de 1875, a la vez que el situado en la plaza de la Cebada, aunque el que nos ocupa tenía unas dimensiones menores. Fue un mercado muy popular, sobre todo en lo referido a la venta de pescado, ya que el hecho de encontrarse en un lugar cercano a la estación de ferrocarril de Norte hacía que los productos del mar procedentes de Galicia fueran llevados a la plaza de Mostenses para su comercialización posterior. Sin embargo, el zoco de Mostenses no permaneció mucho tiempo en el emplazamiento donde estuvieran anteriormente el convento y la iglesia. En 1925 durante las obras para ejecutar el tercer tramo de la Gran Vía se dio orden de derribarlo pese a no estar previamente planificado en el proyecto ni molestar su planta el trazado de dicho tramo de la que ya entonces se presumía que iba a ser una de las principales arterias de la capital. La explicación oficial fue que era necesario derruirlo para acomodar mejor el entorno de lo que iba a ser la actual plaza de España. Habrá que esperar, por tanto, hasta 1946 para que el mercado tenga reemplazo, un edificio situado como decíamos líneas atrás, un poco más al norte del anterior, con una superficie de casi 3000 metros cuadrados y que es el que actualmente ocupa el solar de lo que debería ser o lo fue en algún momento una plaza. El zoco cuenta con más de cien puestos de venta pero al no estar oficialmente protegido cada cierto tiempo se baraja la posibilidad de remodelarlo. Esperemos que esa rehabilitación respete el mercado como tal porque se trata de un lugar de encuentro ciudadano, cuya actividad en la actualidad se centra en la venta de productos relacionados con las gastronomías hispanoamericana y asiática, además de las tradicionales paradas de frutas, carnes y pescados nacionales.

El inspector García Chico

Pero volvamos atrás en el tiempo y centrémonos en los edificios que fueron derribados cuando la ampliación de la Gran Vía. En el entonces número 20 de la plaza, que hacía esquina con la calle Isabel la Católica, residió un inspector de policía llamado Francisco García Chico. Lo describe Répide como alguien “célebre por sus arbitrariedades y crueldades y por su muerte, víctima de la venganza popular en los días de la revolución de julio de 1854…/…esbirro terrible que perseguía sin piedad a los denunciados por ideas políticas, y aun a algunos de éstos los alejaba para que se pusiesen en salvo si tenían la seguridad de que habría de cobrar un buen premio por servicio, pues hallábase en combinación con los ladrones que operaban libremente”. Nada nuevo bajo el sol en cuanto a corrupción se refiere aunque en este caso el proceder del policía nos retrotraiga a los más crudos bajos fondos que tantas veces hemos visto retratados en las películas del género negro de Hollywood. Aquí, a lo que se ve, no les íbamos a la zaga a los americanos ya un siglo antes. Bueno, pues el tal García Chico vivía a cuerpo de rey merced a sus corruptelas y así lo atestigua nuestro guía matritense, que ratifica que disfrutaba de una existencia fastuosa “y, a pesar de ser un espiritu depravado, poseía delicados gustos artísticos y en esta casa de la plaza de los Mostenses, que tenía suntuosamente adornada, había reunido una de las mejores galerías particulares de pintura que había en Madrid “. Y cuenta que entre sus lienzos, que alcanzaban una cifra cercana a los 700,  figuraban obras nada menos que de Miguel Ángel, Velázquez, Zurbarán, Rubens, Durero, Mazo, Claudio Coello, Murillo, Ribera, Bosco… Y hasta cincuenta Goyas si hemos de creer -y creemos- al Ciego de Vistillas. Una galería que parecía una pinacoteca y que era visitada regularmente por extranjeros expertos en artes, haciendo las delicias de los más exigentes tanto por la cantidad como por la calidad. Pero a todo cerdo le llega su San Martín y Carcía Chico no fue la excepción. En 1854, al estallar las iras populares en la revolución de julio, comenta Répide, una vez más, que “no era extraño que el pueblo quisiera cobrarse las deudas de oprobio, de dolor y de sangre que tenía pendientes. Fueron las turbas a su casa, donde no le hallaron después de un minucioso registro. Fue una de sus amantes, despechada por haberla dejado para tomar otra manceba, quien reveló el escondite, perfectamente disimulado, en que Chico, enfermo durante aquellos días, se hallaba en la vivienda vanamente requisada. Y el polizonte, arrancado de su cobijo, fue conducido en el mismo colchón en el que yacía y llevado desde la plaza de los Mostenses a la de la Cebada, donde acabó muerto a tiros”.

El periódico El combate

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Retrato de José Paúl y Angulo

Cerca de donde fuera hallado García Chico en julio de 1854, en el número 24, estuvo la redacción de una de las publicaciones que han pasado a la historia del periodismo del siglo XIX pese a permanecer en activo su cabecera poco más de dos meses. Y su celebridad no se debió a la calidad de su periodismo sino más bien a la heterodoxia de sus redactores y de sus escritos. Por decirlo fino y eufemísticamente. Su lenguaje era de una violencia y virulencia extremas y representaba la tendencia más radical de los revolucionarios, a quienes parecía una violación de sus principios políticos el que se hubiera elegido un monarca, y la intervención que en la opción de Amadeo de Saboya había tenido el general Prim, por quien se sentían traicionados y a quien ellos siempre habían tenido por alguien más cercano a postulados menos conservadores. Los redactores siempre escribían con un revólver al alcance de la mano, mientras contaban con un grupo de matones en la puerta del edificio de la redacción ante la posible llegada con intenciones aviesas de la llamada Partida de la Porra. Dicha partida aglutinaba a una treintena de individuos de ideología opuesta a los de El combate, protegidos por las altas esferas conservadoras, y que no tenían otra misión que acabar por la vía directa con sus redactores, al margen de atemorizar a cualquier persona que discrepara abiertamente de sus postulados políticos. El periódico publicó el 2 de diciembre de 1870 una nota donde advertía de que “el día que un hombre de El combate sea maltratado siquiera, aquel día será para Madrid un día de luto y de ignominia, y para los desgraciados que componen la Partida de la Porra, a los que conocemos muy bien, un día de exterminio, porque estamos decididos a todo”.  Los sicarios de la partida no se atrevieron a atacar a los redactores pero una carta de su instigador, el tembién periodista, político y conocido agitador, Felipe Ducazcal, motivó el que Paúl y Angulo, hombre fuerte de El combate, le retara a duelo. Se citaron en el arroyo Abroñigal, es decir, hacia donde actualmente se encuentra la M-30 por el este, quedando gravemente herido Ducazcal, quien moriría veinte años más tarde, a los 46 de edad, por la bala que tuvo alojada durante ese tiempo en un oído, consecuencia del enfrentamiento. Aproximadamente un mes más tarde del duelo se producía el atentado contra el general Prim poco antes de la llegada a España de Amadeo de Saboya. Siempre se acusó a Paúl y Angulo de tener algo que ver con el disparo de los trabucos, pese a que el interés por que Prim desapareciera procedía de esferas más altas, como parece haberse demostrado recientemente y queda recogido en nuestra entrada referida a la calle del Turco. Dejamos la agitada redacción de El combate pero no nos alejamos muchos de su ubicación porque muy cerca de allí se encontraba el palacio de Revillagigedo, un amplio edificio que hacía esquina a las entonces calle San Cipriano y travesía del Conservatorio. Estamos hablando de la Casa del Patriarca, sede durante 1823 de la Suprema Asamblea de los Comuneros de Castilla, una sociedad secreta creada a imagen y semejanza de los masones, cuyos postulados dan toda la impresion de haber plagiado. El artículo segundo de su reglamento, redactado por Bartolomé José Gallardo, decía que tenía por objeto promover y conservar por cuantos medios estuviesen a su alcance la libertad del género humano, sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo español y otros postulados semejantes, tan ambiciosos como ambiguos y tópicos. Tenía un ceremonial y liturgia similar al Gran Oriente hasta el punto que el máximo dirigente recibía el nombre de Gran Castellano. No podemos abandonar la Casa del Patriarca sin mencionar el conservatorio de música creado en 1830 por María Cristina de Nápoles, la última esposa de Fernando VII y madre de Isabel II.  Es el digno colofón para una plaza que sinceramente hay que reconocer que ha perdido un tanto el glamur que tuviera en el siglo XIX. No es extraño si tenemos en cuenta que la sombra de la Gran Vía es bastante alargada y que salvo para la gente del barrio, clientes del mercado o flaneantes muy concretos suele pasar desapercibida. Sin embargo, cuenta con su coquetería en forma de terrazas esquinera que dan a la Gran Vía o bares de los de batalla de toda la vida, donde la feligresía suele acudir de forma regular para hacer honor a su condición y departir amigablemente. Locales donde el ambiente es familiar, donde poder salir al portal e intercambiar saludos con conocidos que transitan por la rúa y donde buscar un poco de sosiego que nos evada del maremagnum consumista y ajetreado que se percibe unos metros más allá.

 

 

 

 

 
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Publicado por en junio 10, PM en Plazas

 

Hospital General de Atocha

Hosptial de Aocha hacia 1900

Vista del Hospital General de Atocha hacia 1900

En la actualidad son numerosos los centros sanitarios con los que cuenta Madrid, ya sean públicos, concertados o privados. Siempre ha sido así, más o menos, y pudiera parecer que todo lo que se dijese a la contra no tendría mucho sentido. Pero no parece que pensaran de igual manera nuestros gobernantes allá por los años sesenta del siglo XVI, cuando Madrid se convierte en Corte por mor de la decisión de Felipe II de nombrar a la Villa capital del reino. Por esas fechas se va consolidando la idea de que es necesario unificar todos los servicios dedicados al cuidado de la salud de sus habitantes, que en aquellos tiempos se encontraban mezclados en mayor o menor armonía con los que se dedicaban al cuidado de huérfanos, pobres, mujeres y hombres de forma independiente, religiosos, militares o civiles, separados en distintos edificios… Es decir, se mezclaba caridad y sanidad.  Además, este tipo de establecimientos solían encontrarse en manos de religiosos y se financiaban mediante limosnas y donaciones privadas de gentes pudientes aunque también contaban con la protección del monarca en cuanto a tener en sus manos la explotación de espectáculos públicos como el teatro o los toros. Pese a ello, se demostraba día a día, sobre todo a medida que Madrid crecía en población como consecuencia de haberse convertido en capital del reino, la necesidad de una ordenación del sistema sanitario acorde con las necesidades del momento histórico y, aunque ya Carlos I ordenó estudiar las posibilidades de racionalizar los servicios sanitarios, será Felipe II quien ordene que se diseñe un plan que lleve a la unificación de los mismos en una misma sede, en un mismo edificio y en un mismo hospital. Ese será el motor que conduzca a la creación del Hosptial General de Atocha, situado donde hoy se encuentra el museo de arte Reina Sofía, que cubrirá con sus serivicios una gran parte de las necesidades sanitarias de los madrileños durante el periodo que abarca desde principios del siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Cuando cierre sus puertas en 1965 Madrid ya se habrá convertido en una ciudad muy distinta a la que se encontraron los Austrias en el siglo XVI y las necesidades sanitarias de la población serán otras muy distintas de las del siglo de oro.

Unificación hospitalaria

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Discurso del amparo de legítimos pobres de Pérez de Herrera

El runrún de la necesidad de proceder a una reunificación hospitalaria venía ya de atrás, de finales del siglo XV. Los Reyes Católicos, Carlos I y los diversos organismos de gestión y gobierno de la cosa pública habían especulado sobre ello y las Cortes de Segovia habían impuesto dentro de sus competencias la necesidad de llevarla a cabo.  Pero lo cierto es que tanto la voluntad real o del Consejo como los subsiguientes edictos de unificación se iban diluyendo con el paso del tiempo sin que se tomaran decisiones prácticas. Hasta que Felipe II dispone la definitiva refundición en uno común de los diversos centros sanitarios. Nos cuenta Mesonero Romanos que se llevó a cabo “en 1581, colocándose entonces en el edificio situado entre la calle del Prado y Carrera de San Gerónimo, que fue después convento de Santa Catalina”. En este edificio hospitalario vinieron a reunirse entre otros los de Campo del Rey, San Ginés, Amor de Dios, Pasión, Convalecientes o La Paz, bajo el nombre de Hospital General de la Encarnación y San Roque. Pero al poco tiempo de llevarse a cabo esta fusión se percibió que las instalaciones se quedaban muy cortas para las necesidades de la Villa y se decide trasaladarlo a un solar cercano al camino Real que llevaba a la ermita de Nuestra Señora de Atocha, un solar donde se hallaba establecido un albergue para mendigos que debidamente acondicionado acogió a los enfermos, solo hombres, desde 1603. Las obras de remodelación del inmueble habían comenzado en 1596, diseñándose una planta rectangular dividida en cuatro naves perimetrales que iban a dar a cuatro patios interiores. Se desconoce quién o quiénes fueron los arquitectos aunque se sabe que para su diseño y construcción se tomaron las líneas generales de hospitales de Milán y Roma. Lo que sí sabemos es que fue el militar y médico Cristóbal Pérez de Herrera, uno de los hombres más interesantes de la época en el campo de la medicina, quien marcó las líneas generales de lo que tendría que ofrecer este nuevo hospital. Por encargo de Felipe II escribió en 1598 el informe titulado Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos, obra en la que proponía algunas soluciones para acabar con la dispersión de los centros hospitalarios. La construcción de una iglesia se incluía en el proyecto, abriendo sus puertas hacia 1620. A ella se trasladarían los restos de Bernardino de Obregón, primer gestor del centro y que habia fallecido en la ubicación anterior en Prado-San Jerónimo y del que hay que decir que fue uno de los visionarios que, además de tener una idea más o menos avanzada de lo que debía ser una sanidad moderna, supo convencer a los gobernantes para llevarla adelante. De él se cuenta una leyenda maravillosa que recoge Mesonero en su Antiguo Madrid y que habla de un cambio de vida fulminante, de noble más o menos mundano y disipado a servidor infatigable de los pobres. Hacia 1656 se considera que las obras están acabadas y el plano de Texeira de la época refleja un complejo con 17 salas, con capacidad cada una de ellas para 60 enfermos, incluyendo el hospital de la Pasión, para mujeres, anejo al edificio principal y formando parte del proyecto. Durante este periodo y hasta finales de siglo el rector del hospital tuvo a su cargo la administracion de las diferentes casas de hospitalidad que formaban el complejo. A saber, la vecina cárcel de mujeres llamada La Galera, la Casa de Locos, el Hospital de Convalecientes y los Desamparados. La documentación administrativa de la época menciona el conjunto como Hospital General de la Pasión y casas agregadas. Se sabe que hacia mediados del siglo XVIII se atendía a cerca de 14.000 enfermos anuales. Sin embargo, la unificación no fue total. Ni mucho menos porque se sabe que se siguieron edificando otros centros no agregados que ofrecían servicios sanitarios. Es el caso del de La Concepción y Buena dicha, Montserrat, San Antonio de los Portugueses o el de los Flamencos, entre otros. Por otra parte, los problemas financieros nunca se solucionaron, el incremento de enfermos ponía en solfa la capacidad del centro de Atocha y las continuas guerras hacían que las salas estuvieran abarratodas de soldados de forma regular. El hospital, además, estaba obligado a abastecer de alimentos básicos a algunos de los hospicios y pese a que desde el Palacio Real se concedían sisas, rifas e incluso los privilegios sobre la impresión de la Gramática de Nebrija, nada era suficiente para cuadrar cuentas.

Época ilustrada y nuevo edificio

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Fernando VI impulsó la creación del nuevo hospital. Foto es.wikipedia.org

Cuando los borbones llegan a España de la mano de Felipe V la situación no es nada boyante en lo económico. Nos lo resume perfectamente Mesonero Romanos al apuntar que “en tiempo de las guerras de sucesión vino a una espantosa decadencia; pero la magnanimidad de Fernando VI consiguió levantar de la postración este piadoso instituto a costa de enormes sacrificios, donaciones y mercedes. Su sucesor, Carlos III, emprendió bajo la dirección del ingeniero José Hermosilla la obra colosal del nuevo Hospital General que después continuó bajo la dirección de Francisco Sabatini y que sería verdaderamente asombrosa si hubiera llegado a terminarse”. Y es que Fernando VI intentó poner orden en lo económico y en cuanto a dotaciones, liquidando deudas contraídas anteriormente e intentando una nueva unificación hospitalaria. El Hospital General disfrutará acontinuación de un nuevo periodo de esplendor y el superávit de las arcas  hace que la junta de gobierno del centro se plantee la construcción de un nuevo edificio, más acorde con las nuevas necesidades. Hermosilla diseña un proyecto que es aprobado por el monarca en 1756 y de forma inmediata se adquieren los solares adyacentes. Sin embargo, durante toda esta fase de compra y permuta de solares fallece Fernando VI, aunque un Hermosilla dedicado en cuerpo y alma al proyecto evita una nueva paralización. Cuando Carlos III accede al trono en 1759 se encuentra un hospital a medio construir pero ya encaminado y con una estructura arquitectónica muy parecida a la que hoy podemos observar en el entorno del Reina Sofía. El edificio que hoy hace las veces de museo, estaba dedicado a enfermería y el actual conservatorio era el denominado Cuadro Grande que acogía entonces otras necesidades sanitarias. El edificio, en definitiva, reunía a hombres y mujeres en salas claramente separadas pero la obra todavía no estaba completa. Carlos III no desliga la puesta al día del hospital de la revitalizacion de la zona del paseo del Prado, con el Jardín Botánico o el Observatorio como otras obras importantes de su mandato.  Es así que en 1796 se demolieron las últimas edificaciones anexas al hospital con el fin de ir ampliando y mejorando la calidad de las instalaciones. Sabatini había sustituido a Hermosilla en la dirección de los trabajos y progresivamente se van ejecutando las diferentes secciones planificadas en principio. Igual sucedería a la muerte de aquel, siendo Villanueva en esta ocasión el encargado de tomar el relevo.

Labor de investigación formativa

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Cirujanos del San Carlos posando para la posteridad en un retrato de hacia 1880

Al margen de su función como centro sanitario el Hospital General de Atocha dio muestras desde el comienzo del siglo XVIII de su vocación formativa en el ámbito de la investigación médica. Nada más lógico en el denomiando siglo de las luces y de la mano de la casa real francesa que ocupó el trono español. Es de notar que ya en 1701 el centro se dotó de una cátedra de Anatomía ubicada en los sótanos del centro y que los médicos del hospital tenían la obligación mínima de “despiezar anatómicamente ante sus alumnos unas doce veces al año”. Leemos en la enciclopedia virutal Wikipedia que cuando se creó el nuevo hospital se le encomendó al Hermano Mayor Juan Lorenzo del Real “la tarea de crear el primer colegio de cirujía de España siguiendo el modelo de los franceses. Se creó así el Real Colegio de Cirujanos de San Fernando y su recorrido fue corto debido a la oposición del protomedicato y del gremio de cirujanos y sangradores reunidos en la Real Cofradía de San Cosme y San Damián”. Disputas propias de dos formas de ver la ciencia un tanto enfrentadas, la ya obsoleta de los sangradores y médicos tradicionales frente a los nuevos aires científicos del siglo de la razón. Los tiras y aflojas seguirán hasta que progresivamente la balanza se va inclinando del lado del sentido común y en 1762 se creará la cátedra de Anatomía Especulativa. En  1783 se elabora y entrega a Sabatini una propuesta de edificio independiente dentro del complejo en el que deben residir los estudiantes de medicina. Y así, los espacios específicos creados para el funcionamiento del Real Colegio de Cirujanos acogerán un anfiteatro, una librería, un gabinete y un laboratorio. Al año de funcionamiento se constituyó la Escuela Teórico-Práctica en competencia con el colegio, por la que se interesó directamente el rey Carlos III, pero que obligaba a una nueva remodelación de espacios del complejo médico hospitalario. Lo cierto es que a principios del siglo XIX entre obras acabadas e inacabadas el centro sanitario constaba en la práctica de tres partes claramente diferenciadas, el Hospital General Antiguo, el de la Pasión, ahora dedicado fundamentalmente a la investigación médica y las galerías del nuevo hospital, cuyas obras ya hacía más de medio siglo que se habían iniciado. Problemas financieros impedían completar el ambicioso proyecto de Hermosilla y el advenimiento cercano de la invasión napoleónica hizo el resto para paralizar definitivametne el acabamiento del proyecto. Desde entonces y hasta su cierre en 1965 lo más que se llegó a realizar en el ámbito arquitectónico fueron puntuales obras de mantenimiento. El advenimiento del siglo XIX no supone modificaciones importantes, como decíamos líneas atrás, para el centro hospitalario. Napoleón lo dedica a hospital de campaña lo que obligó a desplazar a los enfermos madrileños en otros centros sanitarios. Los fondos económicos son escasos y, cuando finaliza la contienda, el hospital apenas si podía hacerse cargo de las urgencias más graves. Pocos son los cambios que se producirán durante el primer tercio del siglo XIX. Quizás el más destacado será el del Colegio de Cirujía, que pasará a ocupar el antiguo edificio de la Pasión para lo que se derribará el viejo inmueble aunque los problemas financieros harán que las obras se prolonguen durante unos diez años, desde que en 1831 se aprobara el proyecto. El avance más importante en este periodo tiene que ver con un nuevo sistema de enseñar la medicina, ahora ya con los futuros médicos en contacto con los pacientes desde su periodo formativo. La idea no fue excesivmaente bien acogida en un principio por los médicos del hospital pero al final los galenos cedieron, no sin polémica, por mor del decreto de Isabel II de 1846 donde se obligaba a crear salas para este fin. Esta decisión está en el origen de la denominación de Hosptial de San Carlos como centro de instrucción e investigación médica, que hoy tiene su prolongación en el actual Hosptial Clínico San Carlos, situado en los alrededores de la ciudad universitaria.

Cierre en 1965 y posterior rehabilitación como centro cultural

Reina Sofía

Edificio del Hospital General en la actualidad, sede del Centro de Arte Reina Sofía. Foto es.wikipedia.org

A partir de mediados del siglo XIX el edificio no sufre más modificaciones que las propias de un país que vive convulso al pairo de los rifirrafes políticos o militares, los camibos de regímenes u otras circunstacias coyunturales. Con el advenimiento de la dictadura franquista y la creación de la ciudad universitaria y otros recintos médicos como el actual hosptial Gregorio Marañón -entonces Ciudad Sanitaria Francisco Franco- el centro de Atocha fue perdiendo competencias, cerrando sus puertas en 1965.  Su estructura arquitectónica fue languideciendo exponiéndose a una degradación severa, víctima del abandono de sus dependencias. Un estudio llevado a cabo en 1969 llegó incluso a recomendar su demolición y proponía abiertamente especular con unos terrenos que se encontraban en una zona asaz apetitosa. Ante esta amenaza, Fernando Chueca Goitia recogió el malestar existente en una parte de la sociedad madrileña y solicitó a la Real Academia de la Historia su declaración como monumento artístico. Fue el aldabonazo de salida en busca de la conservación y rehabilitación de un edificio en el que el desarrollismo franquista tenía puesto el ojo con aviesas intenciones. En 1977 el Ministerio de Educación se hace con el edificio y se buscan alternativas para su uso, todas ellas relacionadas con la cultura. Se considiera que es necesario rehabilitarlo y las obras cominezan en 1980 con la mejora de la fachada, dentro de un más amplio proyecto de reforma de la zona que rodea la glorieta de Atocha. En 1982 se abre un centro artístico en el inmueble como paso previo al 10 de septiembre de 1992, fecha en la que quedó inaugurado, con su denominación y objetivos actuales, como Centro de Arte Reina Sofía. Desde entonces, el popularmente denominado Sofidú se ha convertido en uno de los museos más importantes de la capital, sobre todo tras la decisión de trasladar a sus dependencias el espectacular y trascendental Guernica de Pablo Picasso.

Muchos datos en el tintero

Terminamos este breve, incompleto y en algunos momentos farragoso transitar por la historia del Hospital General de Atocha, también llamado según los momentos o los usos Hospital General de la Pasión, Hospital General San Carlos u Hospital Provincial de Madrid. Muchos datos interesantes se nos quedan en el tientero, tanto referidos a los pormenores de su diseño y edificación primitiva como a los que tienen que ver con personas que pusieron su granito de arena tanto en el plano arquitectónico como en el adminsitrativo o como en el referido al ámbito específico de la medicina y su evolución. Quizás nuestra ambición ha sido mayor que nuestra destreza para plasmarlos aquí. Incluso en el plano anecdótico podríamos haber hecho una pausa para narrar tanto las vicisitudes que corrió el centro hospitalario durante la guerra de la Independencia, con un intento de llevar a sus propias dependencias el enfrentamiento entre franceses y españoles. Tampoco nos olvidamos del apartado legendario que ha envuelto a personas relacionadas con el edificio, como es el caso de Bernardino de Obregón. Ni de la polémica más reciente generada con la supuesta aparición de misterios fantasmagóricos que ha hecho que la prensa especializada en fenómenos paranormales o incluso la generalista se hayan ocupado de elucubrar sobre apariciones, empujones de maléficos seres incorpóreos a profesionales del museo, apertura de forma irracional de puertas de ascensores o incluso sobre la presencia del espíritu de un sacerdote que acabó sus días en un camastro del antiguo hospital y debió fallecer sin haber finalizado su labor en el valle de lágrimas. Mucha información hay, tanto impresa como en la red, que pueda alimentar a quienes se hayan quedao con hambre de más información o de mejor calidad que la que aquí se ofrece. A ella remitimos a nuestros fieles aunque no muy numerosos lectores no sin antes lamentar no haber podido ser más precisos en cuanto al dato, a la explicación o a la propia evolución a través de los tiempos de un centro hospitalario que ha sido el eje de la vida matritense a lo largo de más de tres centurias y que merecería al menos no desparecer ni en el plano físico ni en la memoria de quienes vemos en el pasado la mejor lección para el presente o el futuro.

 

 
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Publicado por en junio 7, AM en Obra civil

 

Calle de La Gorguera (O Núñez de Arce)

Calle Núñez de Arce

Estampa cotidiana de la calle Nuñez de Arce

Seguimos nuestro transitar por el barrio de las Letras, las Musas, los Comediantes o sencillamente de Huertas. Y hoy nos vamos a fijar en una calle que une la de la Cruz con la plaza de Santa Ana, una vía discreta, sin casas solariegas, palacios o teatros, es decir, sin ningún elemento que llame especialmente la atención, salvo algunos restaurantes cercanos a la plaza, cuyas fachadas lucen espléndidos azulejos artísticamente historiados. Una calle que en algunos tramos de su corto recorrido da la impresión de encontrarse fuera de uso pero que incluye a lo largo de sus aceras estos establecimientos de restauración que causan la admiración particularmente de la feligresía guiri, que suele elegirlos para dar contento a su estómago o para rendir culto al siempre ávido Baco. Se trata por lo demás de una rúa que hemos visto nombrada en textos literarios, como La Fontana de Oro de Galdós, pero a la que se refiere muy de pasada uno de nuestros gurús matritenses habituales, Ramón de Mesonero. Sin embargo, la otra pierna sobre la que solemos apoyarnos, Pedro de Répide, sí que le dedica un espacio amplio y bien avenido en su Calles de Madrid, especialmente en lo que se refiere a la sabrosa leyenda que conduce a este nombre de La Gorguera. Que por cierto no es el que ostenta en la actualidad ya que desde 1904 las placas del Ayuntamiento la nombran como calle de Núñez de Arce, en honor del político y poeta realista con ecos romanticistas que pasara una parte de su existencia en la Villa y Corte, donde al fin le vino la Parca a visitar, aunque algo lejos de aquí, en la calle de la Cruzada, junto a la plaza de Ramales. Bien es verdad que la calle Núñez de Arce no es una de las más significativas del barrio farandulero por antonomasia pero tiene su gracia con sus edificios ennegrecidos por el paso de los años y con sus portalones de finales del siglo XIX y principios del XX. No en vano, durante el siglo XIX e incluso principios del XX esta calle se caracterizaba por su ingente número de casas de huéspedes, en las que se solían hospedar toreros y cómicos así como aspirantes a vivir de las musas. A ella daba una puerta trasera del vecino teatro de la Comedia y en su día albergó una notable casa de baños además de una tienda de ultramarinos que permanecía abierta al público avanzada ya la vigésima centuria. Actualmente esta vía está despojada de locales tan singulares y es de las que se suelen atravesar sin pausa en dirección bien a plaza de Santa Ana, bien a la zona de Majaderitos o a la plaza de Canalejas. Pese a su actual discreción, démosle su cancha y su espacio y enfrasquémonos en describir su historia, que a buen seguro que deleitará al flaneante despistado que se deje caer por este humilde blog.

 La agorera María Mola

Como apuntábamos en el preámbulo, su tradicional nombre de calle de La Gorguera, por el que fue conocida esta rúa hasta bien avanzado el siglo XX, procede de una corrupción lingüística del adjetivo agorera y nada tiene que ver con el complemento del vestir del siglo de oro, consistente en un adorno del cuello hecho de lienzo plegado y alechugado -RAE dixit. No, la agorera en cuestión fue una hechicera que se trasladó a vivir a Madrid desde Burgos, cuya leyenda o historia -a saber- recogió Pedro de Répide en su día, lo que posibilita que nosotros podamos darla a conocer a un más amplio número de personas. “Tratábase de una mujer llamada María Mola -narra El ciego de Vistillas–  que después de haber sufrido en Burgos castigo por sus licencias y paseado la ciudad sacada a la vergüenza, emplumada y con coroza, vino a parar en Madrid, no siéndola permitido habitar dentro de la Villa, viéndose obligada a vivir en una casa de las afueras como lo era entonces este sitio, y a ella acudían las gentes ignorantes del vulgo para consultar sus presagios”. La desterrada María Mola había ejercido de sacerdotisa de Venus en la ciudad castellana pero parece ser que desde su llegada a Madrid sus dotes para anticipar acontecimientos se hicieron populares de forma inmediata. Tanto es así que incluso un fraile franciscano se atrevió a consultar su bola de cristal o cualesquiera que fueran las artes medianeras que utilizara. Un lego, a quien la adivina daba en limosna de tarde en tarde un celemín de harina, recomendó al religioso visitar a María Mola e “iba el seráfico acometido de escrúpulos, no vacilando en acudir a una práctica prohibida y demoniaca”. Ya se sabe, a espaldas de sus superiores pues se consideraba arte de brujería y pecado enjundioso todo lo que tuviera que ver con la adivinación. La agorera lo hace penetrar en el “recinto encantado, donde hacía sus conjuros y sortilegios previniéndole que al siguiente día, cuando él dijera misa, que era la del alba, se le aparecería en la iglesia un ángel o un demonio, según fuera el estado de su conciencia”. Para qué más, el frailecillo, preso de sus escrúpulos y mediatizado por la sugestión, al decir la misa consiguiente “estando el templo en tinieblas por ser una oscura madrugada de invierno, al volverse hacia la desierta nave, vio uno que le pareció monstruo infernal, con alas y cuernos, trepando por la cadena de la lámpara y dando agudísimos chillidos, con lo que recordando el infeliz el agüero del día anterior tuvo por cierto que el demonio se le había aparecido y cayó desmayado ante el altar”. Pero se descubrió el pastel que no era otro que el que la adivina había soltado una lechuza en la iglesia, que voló hacia el aceite de la lámpara. Las autoridades tomaron cartas en el asunto y, apoyándose en una ordenanza de 1411 de Juan II de Castilla contra los hechiceros, condenaron a muerte a María Mola quien “después de ahorcada fue cubierto su cadáver con piedras que le arrojaron, y del antro en que vivía y ejecutadas sus satánicas artes, quedó el nombre al lugar y después a la calle que hubo de ser allí trazada”.

Núñez de Arce, político y escritor

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Retrato del poeta y político Gaspar Núñez de Arce

El 31 de enero de 1904 el Ayuntamiento de Madrid ordenó cambiar el nombre de la calle y dedicársela al poeta y político de origen castellano Gaspar Núñez de Arce, quien había muerto seis meses antes en su vivienda de la calle de la Cruzada, donde aún hoy una placa recuerda el óbito. Como político fue diputado por Valladolid, la ciudad que le vio nacer el 4 de agosto de 1834, gobernador civil de Barcelona y ministro de Ultramar, Interior y Educación por el partido progresista de Práxedes Mateo Sagasta. Al margen de su biografía en la cosa pública hay que decir que fue hijo de un modesto empleado de correos que deseaba que su vástago se vistiera por la cabeza. Pero parece ser que el joven Gaspar no estaba por la labor de entrar en el seminario y huyó de la vivienda familiar, instalándose en Madrid donde comenzó a colaborar en distintas publicaciones de ideología liberal. Firmaba sus encendidos artículos sobre la necesidad de unificar las diversas ramas del liberalismo con el seudónimo de El Bachiller Honduras, antes de decidirse a dar el salto a la literatura dramática. Llegó incluso a estrenar en Toledo una obra titulada Amor y orgullo. Pero no debía ser ese el camino que la providencia le tenía marcado y, una vez aplacadas las ínfulas románticas y teatrales, participó como cronista en la guerra de África antes de entrar de lleno en el mundo de la política, en los prolegómenos del Sexenio Revolucionario. En 1874 fue nombrado académico de la Lengua y desde 1882 hasta la fecha de su fallecimiento presidió la Asociación de Escritores Españoles. En su texto teórico Discurso sobre la poesía se nos presenta como un vate muy consciente de la misión del escritor en la sociedad. Definió la poesía como “arte maestra por excelencia puesto que contiene en sí misma todas las demás: esculpe con la palabra como la escultura con la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música”. No cabe duda de que, pese a sus orígenes románticos y pese a escribir una gran parte de su obra poética bajo el cobijo del prosaico narrativismo realista, sus palabras son un guiño al incipiente Modernismo, como comunión de las artes, que echaba sus primeros brotes y que habría de triunfar de la mano del nicaragüense Rubén Darío, coincidiendo con las últimas décadas del siglo XIX. Al margen de lo dicho, no cabe duda de que estamos ante un poeta menor que escribió durante una época donde el Realismo absorbía todos los esfuerzos literarios pese a que los últimos ecos románticos aún resonaban de la mano fundamentalmente de Bécquer y Rosalía de Castro. Se atrevió a decir Nüñez de Arce que los versos del autor de las Rimas eran “suspirillos germánicos” lo que le valió la lógica censura del mundo literario de su época. El mismo Répide le replica por escrito afirmando que “quien permanece en la memoria y, sobre todo, en el corazón de las gentes, no es precisamente el retumbante constructor de versos -en alusión a Núñez de Arce- sino los poetas que, como supo cantar el clásico, recuerdan más al aura que pasa callada y mansamente por las montañas y no gárrula y sonora en el cañaveral”.

El impresor Joaquín Ibarra y Marín

Retrato de Cervantes

Portada del Quijote impreso por Joaquín Ibarra y Marín

La información sobre la calle de La Gorguera o Núñez de Arce no sería completa, ni por asomo, si no le dedicáramos un apartado al impresor de origen aragonés Joaquín Ibarra y Marín, quien instaló su taller en el número 13 moderno de nuestra vía. De artífice insigne se calificó a este artesano de la tipografía que vivió entre 1725 y 1785 y que recibió los más encendidos elogios de la sociedad de su tiempo, incluido el monarca Carlos III, gran apasionado del arte impresorio, que visitaba con frecuencia el taller de Ibarra en la calle de La Gorguera, descubriéndose al entrar en señal de admiración y cortesía. A Joaquín Ibarra se le deben inventos e innovaciones encaminados al perfeccionamiento de las impresiones referidos a las tintas empleadas, de una calidad y brillantez excepcionales, a tenor de lo que dicen quienes conocieron su taller. Su impresión de La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta de Salustio, estampado en 1772, fue reputado como el más primoroso de cuantos aparecieron en Europa en el siglo XVIII. Un dechado de perfección fue la edición del Quijote en cuatro tomos que, por encargo de la Real Academia de la Lengua, vio la luz en 1780, tanto por la perfeccion de los tipos, fabricados expresamente, como por la excelencia de las láminas grabadas en acero o las ilustraciones. La imprenta de Ibarra llegó a ser la más importante del siglo y llegó a contar con dieciséis prensas y más de cien empleados. Fue impresor del Rey, del Consejo Supremo de las Indias, del arzobispo primado, de la Real Academia de la Lengua y del Ayuntamiento capitalino. Su  muerte causó profunda consternación en aquel Madrid ilustrado y entidades, corporaciones, bibliófilos, libreros y demás gentes del mundo de la impresión mostraron sus más sentidas y sinceras condolencias. En periódicos y revistas se multiplicaban las elegías, los sonetos encomiásticos o los artículos laudatorios, valorando tanto su arte como sus virtudes humanas. Pero habría de pasar cerca de siglo y medio para que en 1923 el Ayuntamiento de la Villa y Corte decidiera colacar una lápida de azulejos bancos y azules de Talavera en el número 7 de la ya calle de Núñez de Arce con la inscripción “aquí estuvo la casa de Ibarra. Gloria de la Imprenta Española”. Dicha placa talaverana fue sustituida por otra menos aparente en 1943. Quién sabe si los rigores de la Guerra Civil algo tuvieron que ver en la desaparición de la primera.

Liceo Artístico, Gran Oriente de España y Callejón del Gato

Callejón del Gato

Nuevos espejos deformantes situados en el callejón de Juan Álvarez Gato

No nos perdonaríamos abandonar esta humilde rúa sin recordar que en el número 13, morada del literato José Fernández de Vega, se fundó el 22 de mayo de 1837 el Liceo Artístico y Literario, una sociedad dedicada al fomento y prosperidad de la literatura, la pintura, la escultura, la declamación y la música, artes a las que contribuían con su aportación personal los miembros que componían este círculo intelectual, uno de los muchos que en aquellos primeros tiempos de libertad, tras la muerte de Fernando VII, contribuyeron al despertar cultural de la ciudad y de la nación. Un año más tarde ya habían encontrado una sede acorde con sus magnas intenciones y abandonaron la vivienda de Fernández de Vega para sentar sus reales nada menos que en el palacio de Villahermosa, actual sede del museo Thyssen-Bornemisza. Y muy cerca de ese número 13, en la misma acera aunque en el número 5 de esta calle de La Gorguera, tenía su sede mediado el siglo XIX la obediencia masónica española conocida como Gran Oriente de España, creada por el conde de Aranda un siglo atrás, en concreto en 1760, inspirándose en la francmasonería francesa. En un principio se denominó Gran Logia aunque a partir de 1780 cambió el nombre por el de Gran Oriente de España. Se sabe que en 1800 controlaba 400 logias distribuidas por toda la geografía nacional y que estaba dirigida por el conde de Montijo, quien había sustituido a Aranda tras su fallecimiento. Gracias al periodo de libertad que se vivió durante el Sexenio Revolucionario, el Gran Oriente de España pudo darse a conocer públicamente y exponer abiertamente sus postulados ideológicos en el Boletín del Gran Oriente de España, publicado por vez primera el 1 de mayo de 1871, precisamente cuando se sabe que su sede se encontraba en la calle de la que estamos escribiendo. Dos semanas más tarde de esa puesta en escena pública, se aparecía el número 2 del boletín donde se definía a la Masonería en los siguientes términos: “Masonería es la reunión de hombres libres y honrados que, siendo verdaderos apóstoles de la verdad, la ciencia y la virtud, marchan a la vanguardia del progreso; instruyen sin cesar con la enseñanza y con la práctica lo que es bueno y lo que es bello, y procuran hacer de la humanidad una sola familia de hermanos, unida por el trabajo, el amor y por el pensamiento”. Dicho queda y en tan grandilocuentes e indiscutibles palabras nos ponemos a pensar a la vez que recapacitamos sobre lo necesario que sería que en la sociedad actual tuvieran plasmación en la vida diaria. Mientras discurrimos escépticos, abandonamos a paso quedo la calle de La Gorguera (O Núñez de Arce) en dirección a la plaza de Santa Ana, donde nos hemos prometido obsequiarnos con una jarra de rubia espumosa. Pero no nos regalaremos ese lujo propio de calendas veraniegas sin dejar anotado en nuestro cuadernillo virtual que a nuestra derecha un estrecho aunque coqueto y artísticamente enjalbegado callejón lleva el nombre de Juan Gato. Estrecho y corto en su longitud pero famoso por sus espejos deformantes, que plasmara Valle-Inclán en su tragedia cumbre Luces de Bohemia. No son los actuales los espejos lque contempló el extravagante gallego. Aquellos eran de cuerpo cuasi entero mientras que los hodiernos son poco más que una mala copia testimonial de los que una nefasta noche de los años noventa del siglo XX unos desalmados destrozaron. Ello no impide que nos asomemos a ellos para que, una vez más, nos devuelvan unos rasgos personales deformes y esperpénticos reflejo de la oscura sociedad que nos ha tocado vivir. Y es que ya lo dijo Max Estrella, para definir España hay que ir al callejón del Gato y mirarse en los espejos cóncavos. En fin, demos marcha atrás, derrotemos hacia Santa Ana y levantemos nuestra friísima jarra en honor del insigne escritor y extravagante ciudadano que dejó plasmada en su teatro, con pulso firme y con crudeza inmisericorde, la mediocridad que nos rodea y que tantas veces nos asfixia.

 

 

 

 
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Publicado por en junio 5, PM en Calles