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Cosme Pérez (O Juan Rana)

03 Jun

Si alguien comienza a leer esta entrada con la intención de darse de bruces con un alegato en favor de la homosexualidad de Cosme Pérez va dado. Si por el contrario lo que persigue es leer un escrito donde se asegura que el actor aprovechó su orientación sexual para hacer de ella la razón de su éxito profesional, que espere sentado. Y es que quien pretenda deleitarse con un tratado sobre la opresión de los homosexuales en el Barroco mejor que abandone este blog, no pierda el tiempo y teclee en la barra de Google el nombre del actor que da título a la entrada. Hallará numerosas páginas donde saciar una sed que queda lejos de las nuestras intenciones, que no son otras que las de dar una visión del mundo de la farándula durante la edad de oro de la comedia nacional a través de una de sus figuras más señeras. El objetivo de quien esto escribe no va a ser otro que el de intentar dibujar un perfil de uno de los actores más importantes del siglo XVII, un comediante que creó un subgénero propio a base de explotar un personaje concreto, pintoresco y extraordinario, en la medida que estaba fuera de lo común. Escribir de Cosme Pérez o de su sosias Juan Rana es ocuparse de un profesional de la escena al que dedicaron específicamente sus obras autores de la talla de Lope de Vega, Quiñones de Benavente o el propio Calderón de la Barca, entre otros. Y eso es mucho decir. Cosme Pérez se labró un nombre sobre las tablas trabajando desde abajo, haciéndose con el beneplácito del público a base de exprimir su vis cómica y ganándose el favor del rey Felipe IV y de personas importantes de la Corte a fuerza de multiplicar su gracia pese a ser una persona físicamente contrahecha y pese a aparentar su condición de homosexual en un tiempo en que no era fácil eludir la ley, que en ese sentido era tajante. ¿Cómo lo consiguió? Pues como cualquiera que se ha encontrado en casos similares, trabajando a conciencia y sin tregua, aprovechando los caprichos de la diosa Fortuna, que en algunos momentos de su vida le fue favorable, y explotando lo que sabía hacer en escena, algo que según la estudiosa del actor, María Luisa Lobato, tenía mucho que ver con “la bufonería de sus movimientos, su mímica femenil, la simpleza que lo sometía a un permanente estado de duda sobre su propia identidad, la flema de su carácter, su lenguaje tosco, los canturreos y jocosidades, todo lo cual lo convirtió en un personaje que con su sola presencia concitaba el éxito”.

De orígenes humildes

Cosme Pérez

Cosme Pérez, caracterizado como Juan Rana

Cosme Pérez nació en la localidad vallisoletana de Tudela de Duero en abril de 1593 y por los datos que de él se tienen se sabe que procedía de una familia humilde rayando en la pobreza, es decir, labradores, criados de señores o ganaderos. Nada se conoce a ciencia cierta de su infancia ni de su primera juventud -apunta la investigadora Eva Higueras- ni tampoco del momento en que llega a la Villa y Corte en busca de sus particulares habichuelas, aunque es sabido que en su pueblo en el último tercio del siglo XVI existía una cierta actividad teatral que pudo significar su primer contacto con el mundo de la farándula. No hay que ser muy avezado para especular con el hecho de que una persona físicamente deforme como Cosme Pérez decidiera abandonar su terruño y buscar el anonimato de la gran ciudad para al menos pasar despercibido y no ser el objetivo de las mofas habituales que generan este tipo de personas, sobre todo en pequeñas poblaciones, donde acaban convirtíendose en el hazmerreír de unos y otros. Alguien pudo aconsejar a Cosme dirigirse a la Corte e intentar allí sobrevivir, ora en el mundo del teatro, ora de lo que se terciase pues el porvenir como agricultor, ganadero o similar se le hacía complicado por su propia fisonomía. Y bien pudieron proceder estos consejos de la gente que se dedicaba a la actividad teatral en la pequeña localidad castellana. Sea como fuere, se tienen las primeras noticias de Pérez en Madrid en 1617 y, por supuesto, ya ligado al teatro, formando parte de la compañía del dramaturgo Juan Bautista Valenciano. Más tarde pasará a la de Antonio de Prado, actuando en representaciones de autos sacramentales durante la festividad del Corpus. Hasta que le llegó la hora de meterse en el papel que haría cambiar su devenir como actor, que lo sacaría del anonimato y que le daría en adelante un puesto preeminente en la escena española. Eso ocurriría el día que su figura oronda, pequeñaja y contrahecha se cruzó con la hiératica y ya madura del fénix de los ingenios, Félix Lope de Vega y Carpio. El número uno del teatro del momento a buen seguro que vio en Cosme Pérez algo que le llamó la atención y aunque su papel por vez primera como Juan Rana en la obra Lo que ha de ser no fue más que testimonial, el salto a la fama comenzaba a tomar forma, más si se tiene en cuenta quién era el padrino teatral. En esa corta actuación ya aparecen los rasgos del personaje que se van a unir a la persona de forma indisociable a lo largo de su carrera y de su vida y que no son otros que los habituales en aquella época en el tipo del gracioso o donaire, del que heredará Juan Rana , según el análisis de Evangelina Rodríguez, los rasgos del “hundimiento del cuello, los perfiles gruesos de toda la fisonomía que se acentúa en la curvatura del vientre, la cortedad de sus miembros, la mirada caída, los belfos insinuados”.

Consolidación como actor

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Recreación de un corral de comedias del siglo XVII

Según cuenta Eva Higueras, en el lustro comprendido entre 1625 y 1630 aparece en la obra del discípulo de Lope, Pérez de Montalbán, El segundo Séneca de España, Felipe II, ya con un papel de más relevancia, metido en la piel de Juan Rana. También aparece en un entremés anónimo titulado El casamentero, donde es el protagonista absoluto de la obrita. Se casa en 1630 con la también actriz María de Acosta, tiene dos hijos, de los que uno fallece a edad temprana, y entra a formar parte de la cofradía de la virgen de la Novena mientras pertenecía a la compañía de Fernández Cabrero. La década de los años 30 supone el espaldarazo definitivo a su carrera profesional de la mano del autor de entremeses Luis Quiñones de Benavente quien, a la vez que lanza al actor Cosme Pérez, consolida y explota la máscara teatral de Juan Rana. Son años de vino y rosas para el pequeño y gracioso vallisoletano, que es conocido y reconocido como el cazurro, tosco y poco pulido alcalde entremesil por antonomasia. Pero no se paró ahí la ambición profesional de Juan Cosme porque se sabe que durante este tiempo no se duerme en los laureles y perfecciona el papel al que está ya unido, ampliando su repertorio de movimientos bufonescos, canturreos y jocosidades. Se dice que a estas virtudes aprendidas había que unir su inigualable ingenio y su tremenda agilidad mental, facultades que le permitían improvisar sobre la escena. Es aquí donde hay que hacer un alto y reflexionar sobre el porqué de su éxito sobre las tablas. No se trataba de uno de los muchos actores al uso que representaban el papel de bobo sino que detrás de Juan Rana estaba un Cosme Pérez que, más allá de la hilaridad que provocaban sus peculiares e irrisorios rasgos físicos, contaba con una cabeza perfectamente amueblada que se devanaba los sesos en multiplicar las posibilidades del personaje. Pero el quinquenio comprendido entre 1630 y 1635 va a traer consigo un vuelco en su vida. En 1632 fallece su esposa y dos años más tarde su hijo. Por otra parte, por estas fechas es acusado del pecado nefando. Se le abre un proceso aunque finalmente es liberado, según algunos por intercesión de terceros. Lo cierto es que la acusación de homosexualidad lejos de cerrarle las puertas del éxito le supuso un relanzamiento de su carrera pues el incidente se convirtió en uno de los temas más explotados por los autores que le componían piezas teatrales. Alrededor de cincuenta entremeses llegaron a escribirle directamente para su personaje de Juan Rana, especialmente acomodados para el papel de alcalde de pueblo o simple gracioso, con los habituales toques femeninos que tan aplaudidos eran por la concurrencia. Sería de cansinos nombrarlos todos pero vaya una muestra en los que citaremos a continuación: El doctor Juan Rana, de Quiñones de Benavente, Juan Rana poeta, de Antonio de Solís, Juan Rana mujer, de Jerónimo de Cáncer, u otros como Juan Rana toreador, La boda de Juan Rana o El parto de Juan Rana, donde hace un papel de parturienta. Son momentos cumbres de su carrera cuando hasta el rey Felipe IV reconoce sus méritos con la merced de una ración continua en su real mesa y donde gente del entorno teatral aprovecha su capacidad de influencia en el Alcázar Real para pedirle que interceda ante el monarca en trámites asaz complicados.

Crisis personal, resurgimiento y ocaso

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Calderón de la Barca escribió para Cosme Pérez su homenaje final en los jardines del Buen Retiro

Pero en la década de los 40 Cosme Pérez da señales de estar harto de su papel de Juan Rana. El prestigio público no parece llenarle, según la hipótesis del estudioso del teatro Sanchís Sinistierra, quien en su ensayo El canto de la rana lo describe como un actor frustrado por la imposibilidad de interpretar otros personajes que no sean el de Rana, en el que el público lo había encasillado de por vida. Debieron ser años de dudas y zozobras hasta que nuestro infatigable Cosme decide amoldarse a las circunstancias y dejarse llevar por la corriente del personaje de Juan Rana. ¡Qué remedio! Una vez más el hombre propone y Dios dispone. Y la realidad lo descompone. Hacia 1650 se produce la asociación escénica de Pérez con la actriz Bernarda Ramírez, con la que fraguará una intensa relación artística, muy del gusto del público del momento, haciendo Cosme el papel de marido cornudo mientras que la Ramírez interpretaba el de esposa brava y levantisca. Fue tal el éxito que el público llegó a pensar que el matrimonio traspasaba la línea de lo ficticio y que eran pareja oficial en la realidad. Su fama, su prestigio y su hacer en las tablas se agranda aún más hasta llegar al extremo de recibir una pensión vitalicia por parte de la reina Mariana de Austria. Pero los años no pasan en balde y a partir de la década de los años 60 sus apariciones en escena se van a espaciar progresivamente. Se sabe que hacia 1665 se encuentra en un estado físico bastante deteriorado aunque de forma escepcional actúa para ilustres dramaturgos como Calderón o Agustín Moreto. Hasta que llega su última representación, que no puede tener otro desenlace que el éxito apoteósico. El 29 de enero de 1672 se celebraba en los jardines del Buen Retiro el cumpleaños de Mariana de Austria y no podía faltar la habitual representación teatral. Cosme actúa en el fin de fiesta en el entremés que Calderón de la Barca le ha dedicado personalmente, titulándolo El triunfo de Juan Rana. El objetivo tanto del dramaturgo como de la reina madre no era otro que el de rendir un sentido homenaje final al cómico que fue paradigma de la gracia durante más de cuarenta años. Cosme Pérez, convertido en su propia estatua, salió a escena en un carro triunfal, de los habituales en el grandilocuente teatro cortesano, en el que se le transportaba rodeado de un magno acompañamiento. Sólo tres meses más tarde, el 20 de abril de 1672, hacía el definitivo mutis por el foro en su vivienda de la calle Cantarranas, hoy Lope de Vega. Al margen de las 3.400 misas que dejó ordenadas en su testamento para la salvación de su alma, Cosme Pérez pidió ser enterrado sin ataúd junto a su hija Francisca María. Su cuerpo fue inhumado en el convento de las Trinitarias, en la calle donde vivía, y donde reposaban ya los restos mortales de Miguel de Cervantes. Su fallecimiento supuso también la desaparición del personaje de Juan Rana y ello es una muestra más y quizás definitiva del valor como actor de la persona que hoy ocupa esta entrada. Según el estudioso Sáez Raposo, “era virtualmente imposible que el público pudiera imaginar a uno separado del otro. Mantener con vida a Juan Rana debió de concebirse como una posibilidad apetecible desde el punto de vista crematístico pero hacer olvidar a Cosme Pérez y que el público aceptara al nuevo o los nuevos Juan Rana no era una empresa fácil ni cómoda para aquellos que estuvieran dispuestos a aventurarse en ella”. Y es en este punto donde hay que reivindicar a Cosme Pérez en su hacer profesional en una época donde el papel del bobo, gracioso o donaire no dejaba de ser muy secundario en la escena, en una época en la que los actores de mérito eran numerosos y en una época donde un actor debía acumular muchos méritos para que uno de los grandes autores del momento se fijara en una figura poco agraciada y en principio escasamente útil para sacarle partido sobre las tablas. A todos esos inconvenientes se enfrentó Cosme Pérez y de todos ellos salió airoso. Por tanto, y para cerrar la controversia que al principio apuntábamos de pasada, reducir el valor de Cosme Pérez como profesional de las tablas a declararlo el primer actor homosexual de la historia del teatro español es contribuir a un reduccionismo que se nos antoja cuando menos patético, además de corto de miras y, si se me apura, propio de mentalidades provincianas.

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Publicado por en junio 3, PM en Perfiles

 

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