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Calle de La Gorguera (O Núñez de Arce)

05 Jun
Calle Núñez de Arce

Estampa cotidiana de la calle Nuñez de Arce

Seguimos nuestro transitar por el barrio de las Letras, las Musas, los Comediantes o sencillamente de Huertas. Y hoy nos vamos a fijar en una calle que une la de la Cruz con la plaza de Santa Ana, una vía discreta, sin casas solariegas, palacios o teatros, es decir, sin ningún elemento que llame especialmente la atención, salvo algunos restaurantes cercanos a la plaza, cuyas fachadas lucen espléndidos azulejos artísticamente historiados. Una calle que en algunos tramos de su corto recorrido da la impresión de encontrarse fuera de uso pero que incluye a lo largo de sus aceras estos establecimientos de restauración que causan la admiración particularmente de la feligresía guiri, que suele elegirlos para dar contento a su estómago o para rendir culto al siempre ávido Baco. Se trata por lo demás de una rúa que hemos visto nombrada en textos literarios, como La Fontana de Oro de Galdós, pero a la que se refiere muy de pasada uno de nuestros gurús matritenses habituales, Ramón de Mesonero. Sin embargo, la otra pierna sobre la que solemos apoyarnos, Pedro de Répide, sí que le dedica un espacio amplio y bien avenido en su Calles de Madrid, especialmente en lo que se refiere a la sabrosa leyenda que conduce a este nombre de La Gorguera. Que por cierto no es el que ostenta en la actualidad ya que desde 1904 las placas del Ayuntamiento la nombran como calle de Núñez de Arce, en honor del político y poeta realista con ecos romanticistas que pasara una parte de su existencia en la Villa y Corte, donde al fin le vino la Parca a visitar, aunque algo lejos de aquí, en la calle de la Cruzada, junto a la plaza de Ramales. Bien es verdad que la calle Núñez de Arce no es una de las más significativas del barrio farandulero por antonomasia pero tiene su gracia con sus edificios ennegrecidos por el paso de los años y con sus portalones de finales del siglo XIX y principios del XX. No en vano, durante el siglo XIX e incluso principios del XX esta calle se caracterizaba por su ingente número de casas de huéspedes, en las que se solían hospedar toreros y cómicos así como aspirantes a vivir de las musas. A ella daba una puerta trasera del vecino teatro de la Comedia y en su día albergó una notable casa de baños además de una tienda de ultramarinos que permanecía abierta al público avanzada ya la vigésima centuria. Actualmente esta vía está despojada de locales tan singulares y es de las que se suelen atravesar sin pausa en dirección bien a plaza de Santa Ana, bien a la zona de Majaderitos o a la plaza de Canalejas. Pese a su actual discreción, démosle su cancha y su espacio y enfrasquémonos en describir su historia, que a buen seguro que deleitará al flaneante despistado que se deje caer por este humilde blog.

 La agorera María Mola

Como apuntábamos en el preámbulo, su tradicional nombre de calle de La Gorguera, por el que fue conocida esta rúa hasta bien avanzado el siglo XX, procede de una corrupción lingüística del adjetivo agorera y nada tiene que ver con el complemento del vestir del siglo de oro, consistente en un adorno del cuello hecho de lienzo plegado y alechugado -RAE dixit. No, la agorera en cuestión fue una hechicera que se trasladó a vivir a Madrid desde Burgos, cuya leyenda o historia -a saber- recogió Pedro de Répide en su día, lo que posibilita que nosotros podamos darla a conocer a un más amplio número de personas. “Tratábase de una mujer llamada María Mola -narra El ciego de Vistillas–  que después de haber sufrido en Burgos castigo por sus licencias y paseado la ciudad sacada a la vergüenza, emplumada y con coroza, vino a parar en Madrid, no siéndola permitido habitar dentro de la Villa, viéndose obligada a vivir en una casa de las afueras como lo era entonces este sitio, y a ella acudían las gentes ignorantes del vulgo para consultar sus presagios”. La desterrada María Mola había ejercido de sacerdotisa de Venus en la ciudad castellana pero parece ser que desde su llegada a Madrid sus dotes para anticipar acontecimientos se hicieron populares de forma inmediata. Tanto es así que incluso un fraile franciscano se atrevió a consultar su bola de cristal o cualesquiera que fueran las artes medianeras que utilizara. Un lego, a quien la adivina daba en limosna de tarde en tarde un celemín de harina, recomendó al religioso visitar a María Mola e “iba el seráfico acometido de escrúpulos, no vacilando en acudir a una práctica prohibida y demoniaca”. Ya se sabe, a espaldas de sus superiores pues se consideraba arte de brujería y pecado enjundioso todo lo que tuviera que ver con la adivinación. La agorera lo hace penetrar en el “recinto encantado, donde hacía sus conjuros y sortilegios previniéndole que al siguiente día, cuando él dijera misa, que era la del alba, se le aparecería en la iglesia un ángel o un demonio, según fuera el estado de su conciencia”. Para qué más, el frailecillo, preso de sus escrúpulos y mediatizado por la sugestión, al decir la misa consiguiente “estando el templo en tinieblas por ser una oscura madrugada de invierno, al volverse hacia la desierta nave, vio uno que le pareció monstruo infernal, con alas y cuernos, trepando por la cadena de la lámpara y dando agudísimos chillidos, con lo que recordando el infeliz el agüero del día anterior tuvo por cierto que el demonio se le había aparecido y cayó desmayado ante el altar”. Pero se descubrió el pastel que no era otro que el que la adivina había soltado una lechuza en la iglesia, que voló hacia el aceite de la lámpara. Las autoridades tomaron cartas en el asunto y, apoyándose en una ordenanza de 1411 de Juan II de Castilla contra los hechiceros, condenaron a muerte a María Mola quien “después de ahorcada fue cubierto su cadáver con piedras que le arrojaron, y del antro en que vivía y ejecutadas sus satánicas artes, quedó el nombre al lugar y después a la calle que hubo de ser allí trazada”.

Núñez de Arce, político y escritor

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Retrato del poeta y político Gaspar Núñez de Arce

El 31 de enero de 1904 el Ayuntamiento de Madrid ordenó cambiar el nombre de la calle y dedicársela al poeta y político de origen castellano Gaspar Núñez de Arce, quien había muerto seis meses antes en su vivienda de la calle de la Cruzada, donde aún hoy una placa recuerda el óbito. Como político fue diputado por Valladolid, la ciudad que le vio nacer el 4 de agosto de 1834, gobernador civil de Barcelona y ministro de Ultramar, Interior y Educación por el partido progresista de Práxedes Mateo Sagasta. Al margen de su biografía en la cosa pública hay que decir que fue hijo de un modesto empleado de correos que deseaba que su vástago se vistiera por la cabeza. Pero parece ser que el joven Gaspar no estaba por la labor de entrar en el seminario y huyó de la vivienda familiar, instalándose en Madrid donde comenzó a colaborar en distintas publicaciones de ideología liberal. Firmaba sus encendidos artículos sobre la necesidad de unificar las diversas ramas del liberalismo con el seudónimo de El Bachiller Honduras, antes de decidirse a dar el salto a la literatura dramática. Llegó incluso a estrenar en Toledo una obra titulada Amor y orgullo. Pero no debía ser ese el camino que la providencia le tenía marcado y, una vez aplacadas las ínfulas románticas y teatrales, participó como cronista en la guerra de África antes de entrar de lleno en el mundo de la política, en los prolegómenos del Sexenio Revolucionario. En 1874 fue nombrado académico de la Lengua y desde 1882 hasta la fecha de su fallecimiento presidió la Asociación de Escritores Españoles. En su texto teórico Discurso sobre la poesía se nos presenta como un vate muy consciente de la misión del escritor en la sociedad. Definió la poesía como “arte maestra por excelencia puesto que contiene en sí misma todas las demás: esculpe con la palabra como la escultura con la piedra; anima sus concepciones con el color, como la pintura, y se sirve del ritmo, como la música”. No cabe duda de que, pese a sus orígenes románticos y pese a escribir una gran parte de su obra poética bajo el cobijo del prosaico narrativismo realista, sus palabras son un guiño al incipiente Modernismo, como comunión de las artes, que echaba sus primeros brotes y que habría de triunfar de la mano del nicaragüense Rubén Darío, coincidiendo con las últimas décadas del siglo XIX. Al margen de lo dicho, no cabe duda de que estamos ante un poeta menor que escribió durante una época donde el Realismo absorbía todos los esfuerzos literarios pese a que los últimos ecos románticos aún resonaban de la mano fundamentalmente de Bécquer y Rosalía de Castro. Se atrevió a decir Nüñez de Arce que los versos del autor de las Rimas eran “suspirillos germánicos” lo que le valió la lógica censura del mundo literario de su época. El mismo Répide le replica por escrito afirmando que “quien permanece en la memoria y, sobre todo, en el corazón de las gentes, no es precisamente el retumbante constructor de versos -en alusión a Núñez de Arce- sino los poetas que, como supo cantar el clásico, recuerdan más al aura que pasa callada y mansamente por las montañas y no gárrula y sonora en el cañaveral”.

El impresor Joaquín Ibarra y Marín

Retrato de Cervantes

Portada del Quijote impreso por Joaquín Ibarra y Marín

La información sobre la calle de La Gorguera o Núñez de Arce no sería completa, ni por asomo, si no le dedicáramos un apartado al impresor de origen aragonés Joaquín Ibarra y Marín, quien instaló su taller en el número 13 moderno de nuestra vía. De artífice insigne se calificó a este artesano de la tipografía que vivió entre 1725 y 1785 y que recibió los más encendidos elogios de la sociedad de su tiempo, incluido el monarca Carlos III, gran apasionado del arte impresorio, que visitaba con frecuencia el taller de Ibarra en la calle de La Gorguera, descubriéndose al entrar en señal de admiración y cortesía. A Joaquín Ibarra se le deben inventos e innovaciones encaminados al perfeccionamiento de las impresiones referidos a las tintas empleadas, de una calidad y brillantez excepcionales, a tenor de lo que dicen quienes conocieron su taller. Su impresión de La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta de Salustio, estampado en 1772, fue reputado como el más primoroso de cuantos aparecieron en Europa en el siglo XVIII. Un dechado de perfección fue la edición del Quijote en cuatro tomos que, por encargo de la Real Academia de la Lengua, vio la luz en 1780, tanto por la perfeccion de los tipos, fabricados expresamente, como por la excelencia de las láminas grabadas en acero o las ilustraciones. La imprenta de Ibarra llegó a ser la más importante del siglo y llegó a contar con dieciséis prensas y más de cien empleados. Fue impresor del Rey, del Consejo Supremo de las Indias, del arzobispo primado, de la Real Academia de la Lengua y del Ayuntamiento capitalino. Su  muerte causó profunda consternación en aquel Madrid ilustrado y entidades, corporaciones, bibliófilos, libreros y demás gentes del mundo de la impresión mostraron sus más sentidas y sinceras condolencias. En periódicos y revistas se multiplicaban las elegías, los sonetos encomiásticos o los artículos laudatorios, valorando tanto su arte como sus virtudes humanas. Pero habría de pasar cerca de siglo y medio para que en 1923 el Ayuntamiento de la Villa y Corte decidiera colacar una lápida de azulejos bancos y azules de Talavera en el número 7 de la ya calle de Núñez de Arce con la inscripción “aquí estuvo la casa de Ibarra. Gloria de la Imprenta Española”. Dicha placa talaverana fue sustituida por otra menos aparente en 1943. Quién sabe si los rigores de la Guerra Civil algo tuvieron que ver en la desaparición de la primera.

Liceo Artístico, Gran Oriente de España y Callejón del Gato

Callejón del Gato

Nuevos espejos deformantes situados en el callejón de Juan Álvarez Gato

No nos perdonaríamos abandonar esta humilde rúa sin recordar que en el número 13, morada del literato José Fernández de Vega, se fundó el 22 de mayo de 1837 el Liceo Artístico y Literario, una sociedad dedicada al fomento y prosperidad de la literatura, la pintura, la escultura, la declamación y la música, artes a las que contribuían con su aportación personal los miembros que componían este círculo intelectual, uno de los muchos que en aquellos primeros tiempos de libertad, tras la muerte de Fernando VII, contribuyeron al despertar cultural de la ciudad y de la nación. Un año más tarde ya habían encontrado una sede acorde con sus magnas intenciones y abandonaron la vivienda de Fernández de Vega para sentar sus reales nada menos que en el palacio de Villahermosa, actual sede del museo Thyssen-Bornemisza. Y muy cerca de ese número 13, en la misma acera aunque en el número 5 de esta calle de La Gorguera, tenía su sede mediado el siglo XIX la obediencia masónica española conocida como Gran Oriente de España, creada por el conde de Aranda un siglo atrás, en concreto en 1760, inspirándose en la francmasonería francesa. En un principio se denominó Gran Logia aunque a partir de 1780 cambió el nombre por el de Gran Oriente de España. Se sabe que en 1800 controlaba 400 logias distribuidas por toda la geografía nacional y que estaba dirigida por el conde de Montijo, quien había sustituido a Aranda tras su fallecimiento. Gracias al periodo de libertad que se vivió durante el Sexenio Revolucionario, el Gran Oriente de España pudo darse a conocer públicamente y exponer abiertamente sus postulados ideológicos en el Boletín del Gran Oriente de España, publicado por vez primera el 1 de mayo de 1871, precisamente cuando se sabe que su sede se encontraba en la calle de la que estamos escribiendo. Dos semanas más tarde de esa puesta en escena pública, se aparecía el número 2 del boletín donde se definía a la Masonería en los siguientes términos: “Masonería es la reunión de hombres libres y honrados que, siendo verdaderos apóstoles de la verdad, la ciencia y la virtud, marchan a la vanguardia del progreso; instruyen sin cesar con la enseñanza y con la práctica lo que es bueno y lo que es bello, y procuran hacer de la humanidad una sola familia de hermanos, unida por el trabajo, el amor y por el pensamiento”. Dicho queda y en tan grandilocuentes e indiscutibles palabras nos ponemos a pensar a la vez que recapacitamos sobre lo necesario que sería que en la sociedad actual tuvieran plasmación en la vida diaria. Mientras discurrimos escépticos, abandonamos a paso quedo la calle de La Gorguera (O Núñez de Arce) en dirección a la plaza de Santa Ana, donde nos hemos prometido obsequiarnos con una jarra de rubia espumosa. Pero no nos regalaremos ese lujo propio de calendas veraniegas sin dejar anotado en nuestro cuadernillo virtual que a nuestra derecha un estrecho aunque coqueto y artísticamente enjalbegado callejón lleva el nombre de Juan Gato. Estrecho y corto en su longitud pero famoso por sus espejos deformantes, que plasmara Valle-Inclán en su tragedia cumbre Luces de Bohemia. No son los actuales los espejos lque contempló el extravagante gallego. Aquellos eran de cuerpo cuasi entero mientras que los hodiernos son poco más que una mala copia testimonial de los que una nefasta noche de los años noventa del siglo XX unos desalmados destrozaron. Ello no impide que nos asomemos a ellos para que, una vez más, nos devuelvan unos rasgos personales deformes y esperpénticos reflejo de la oscura sociedad que nos ha tocado vivir. Y es que ya lo dijo Max Estrella, para definir España hay que ir al callejón del Gato y mirarse en los espejos cóncavos. En fin, demos marcha atrás, derrotemos hacia Santa Ana y levantemos nuestra friísima jarra en honor del insigne escritor y extravagante ciudadano que dejó plasmada en su teatro, con pulso firme y con crudeza inmisericorde, la mediocridad que nos rodea y que tantas veces nos asfixia.

 

 

 

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Publicado por en junio 5, PM en Calles

 

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