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Plaza de los Mostenses

10 Jun
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Plaza de los Mostenses en la actualidad con el mercado en primer plano ocupando el solar

La plaza de los Mostenses no existe de facto. Para qué vamos a engañarnos. La hemos recorrido en repetidas ocasiones y no hemos percibido de ninguna de las maneras que el concepto de solar abierto en una encrucijada de calles se dé en el lugar que tal denominación oficial tiene en el Madrid actual. Hemos consultado en el mapa de Google por si la calificación de plaza ya no correspondía al tradicional espacio situado junto a la Gran Vía y que acoge al mercado, pero para nada, sigue figurando, insistimos, la plaza de los Mostenses en la ubicación en que ha permanecido desde que los monjes premostratenses construyeran allí su convento allá por el siglo XVII. Por tanto, se nos podrá calificar de obtusos pero lo que vemos allí es un edificio levantado en medio de un solar, que acoge el mercado de abastos y que se encuentra rodeado por estrechas vías, por las que circula tranquilamente el vecindario, ajeno al cercano bullicio de la Gran Vía. Esa misma presencia de la infraestructura mercantil, que tanto bien hace a los vecinos, impide que el concepto de plaza se plasme de hecho y debamos conformarnos con considerarlo estrictamente de derecho. Para quien sí era plaza era para Pedro de Répide, de la que decía en 1920 que era una de las “más interesantes de Madrid”, anticipando que iba “a sufrir gran transformación y a desaparecer en parte, con motivo del trazado del tercer trozo de la Gran Vía”. Apuntaba además que hasta el siglo XIX había sido una plaza de dimensiones reducidas y que se había ensanchado algo al derruirse el convento de los premostratenses. En cualquier caso, no vamos a entrar en más disquisiciones ni conceptuales ni de tamaño porque a lo que venimos aquí es a hablar de la plaza de los Mostenses, de su historia, de su convento, de su iglesia, de su mercado y de otros edificios aledaños y personajes que a lo largo de la historia han unido su devenir a ese enclave tan coqueto, céntrico y entrañable de la Villa y Corte, por más que en la actualidad lo veamos un poco asfixiado por el entorno urbanístico. Un entorno, dicho sea de paso, que se encuentra bastante dejado de la mano de nuestros gobernantes. Cierto que han anunciado a bombo y platillo ya más de una vez la inminente remodelación del espacio y sus alrededores pero, como casi siempre ocurre, todo ha quedado en eso, en paniaguados titulares de prensa en vísperas de unas elecciones, sin más fin que el espurio de sumar unos cuantos votos aun a costa de la credulidad del ciudadano.

Convento de San Norberto en 1611 y mercado desde 1875

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Alzado de la fachada de la iglesia y convento de los Premostratenses

El nombre le viene a la plaza, por corrupción lingüística, de la presencia en su entorno del convento de la Orden Premostratense de San Norberto, fundador de la congregación, a quien estaba dedicado el recinto religioso, que fue levantado en 1611con el visto bueno del arzobispo de Toledo Bernardo de Rojas, gracias a la generosidad del conde de Miranda, Juan de Zúñiga, a la sazón presidente del Consejo de Castilla. El convento se erigió en la entonces calle de la Inquisición -hoy Isabel la Católica- ocupando otro convento-iglesia que habían abandonado las monjas de Santa Catalina de Siena al trasladarse a la actual plaza de las Cortes. Dice Répide que la iglesia “era muy capaz y hermosa. Arruinose su fachada principal en 1740 por las muchas aguas de aquel invierno y fue reconstruida con singular elegancia por  Ventura Rodríguez”. El arquitecto ilustrado levantó una fachada principal compuesta por un pórtico semicircular flanqueado por dos torres adornadas con columnas corintias. Dicho pórtico tenía  tres entradas con cuatro columnas jónicas y sobre el mismo se elevaba un segundo cuerpo coronado por una estatua de San Norberto. La iglesia remodelada permaneció en pie poco tiempo, justo hasta que José Bonaparte decidió derruirla junto al convento, en 1810, con el fin de abrir espacios en una Madrid demasiado atosigado por los recintos religiosos y carente de áreas abiertas para el solaz de los vecinos. Y no varió su primera decisión el monarca francés pese a que los arquitectos Silvestre Pérez y Juan Antonio Cuervo informaron en contra de dicho derribo, pues no en vano ambos habían sido discípulos de Ventura Rodríguez y conocedores del valor artístico del templo. Al menos no acabó entre los escombros la efigie de San Norberto, esculpida en granito de Comenar Viejo, que posteriormente sería utilizada para transformarla en el león de la Fuentecilla de la calle de Toledo. Tuvieron que pasar cerca de 60 años para que hacia 1870 se iniciaran en el mismo solar las obras del mercado de los Mostenses, que lleva el mismo nombre que el actual pero que no estaba situado en el mismo lugar sino más al sur, más cercano, por tanto, a la actual Gran Vía, que entonces no existía como tal. Nos cuenta Pedro de Répide que fue construido, “quedando dedicado singularmente a la venta de pescado y volatería”, es decir, aves de caza. Este mercado estaba ubicado en principio en la plaza de Santo Domingo  y a mediados del siglo XIX  había sido trasladado a un solar cercano a la plaza de los Mostenses y la calle de San Ignacio, suponemos que de forma provisional porque inmediatamente comenzaron las obras del que venimos describiendo. Por cierto, bueno será apuntar que en su erección se utilizó una combinación de vidrio y hierro, lo que se llamaba arquitectura vitroférrea, bastante habitual durante el siglo XIX. El diseño y la obra corrieron a cargo de Mariano Calvo Pereira, siendo inaugurado oficialmente por Alfonso XII el 11 de junio del año de 1875, a la vez que el situado en la plaza de la Cebada, aunque el que nos ocupa tenía unas dimensiones menores. Fue un mercado muy popular, sobre todo en lo referido a la venta de pescado, ya que el hecho de encontrarse en un lugar cercano a la estación de ferrocarril de Norte hacía que los productos del mar procedentes de Galicia fueran llevados a la plaza de Mostenses para su comercialización posterior. Sin embargo, el zoco de Mostenses no permaneció mucho tiempo en el emplazamiento donde estuvieran anteriormente el convento y la iglesia. En 1925 durante las obras para ejecutar el tercer tramo de la Gran Vía se dio orden de derribarlo pese a no estar previamente planificado en el proyecto ni molestar su planta el trazado de dicho tramo de la que ya entonces se presumía que iba a ser una de las principales arterias de la capital. La explicación oficial fue que era necesario derruirlo para acomodar mejor el entorno de lo que iba a ser la actual plaza de España. Habrá que esperar, por tanto, hasta 1946 para que el mercado tenga reemplazo, un edificio situado como decíamos líneas atrás, un poco más al norte del anterior, con una superficie de casi 3000 metros cuadrados y que es el que actualmente ocupa el solar de lo que debería ser o lo fue en algún momento una plaza. El zoco cuenta con más de cien puestos de venta pero al no estar oficialmente protegido cada cierto tiempo se baraja la posibilidad de remodelarlo. Esperemos que esa rehabilitación respete el mercado como tal porque se trata de un lugar de encuentro ciudadano, cuya actividad en la actualidad se centra en la venta de productos relacionados con las gastronomías hispanoamericana y asiática, además de las tradicionales paradas de frutas, carnes y pescados nacionales.

El inspector García Chico

Pero volvamos atrás en el tiempo y centrémonos en los edificios que fueron derribados cuando la ampliación de la Gran Vía. En el entonces número 20 de la plaza, que hacía esquina con la calle Isabel la Católica, residió un inspector de policía llamado Francisco García Chico. Lo describe Répide como alguien “célebre por sus arbitrariedades y crueldades y por su muerte, víctima de la venganza popular en los días de la revolución de julio de 1854…/…esbirro terrible que perseguía sin piedad a los denunciados por ideas políticas, y aun a algunos de éstos los alejaba para que se pusiesen en salvo si tenían la seguridad de que habría de cobrar un buen premio por servicio, pues hallábase en combinación con los ladrones que operaban libremente”. Nada nuevo bajo el sol en cuanto a corrupción se refiere aunque en este caso el proceder del policía nos retrotraiga a los más crudos bajos fondos que tantas veces hemos visto retratados en las películas del género negro de Hollywood. Aquí, a lo que se ve, no les íbamos a la zaga a los americanos ya un siglo antes. Bueno, pues el tal García Chico vivía a cuerpo de rey merced a sus corruptelas y así lo atestigua nuestro guía matritense, que ratifica que disfrutaba de una existencia fastuosa “y, a pesar de ser un espiritu depravado, poseía delicados gustos artísticos y en esta casa de la plaza de los Mostenses, que tenía suntuosamente adornada, había reunido una de las mejores galerías particulares de pintura que había en Madrid “. Y cuenta que entre sus lienzos, que alcanzaban una cifra cercana a los 700,  figuraban obras nada menos que de Miguel Ángel, Velázquez, Zurbarán, Rubens, Durero, Mazo, Claudio Coello, Murillo, Ribera, Bosco… Y hasta cincuenta Goyas si hemos de creer -y creemos- al Ciego de Vistillas. Una galería que parecía una pinacoteca y que era visitada regularmente por extranjeros expertos en artes, haciendo las delicias de los más exigentes tanto por la cantidad como por la calidad. Pero a todo cerdo le llega su San Martín y Carcía Chico no fue la excepción. En 1854, al estallar las iras populares en la revolución de julio, comenta Répide, una vez más, que “no era extraño que el pueblo quisiera cobrarse las deudas de oprobio, de dolor y de sangre que tenía pendientes. Fueron las turbas a su casa, donde no le hallaron después de un minucioso registro. Fue una de sus amantes, despechada por haberla dejado para tomar otra manceba, quien reveló el escondite, perfectamente disimulado, en que Chico, enfermo durante aquellos días, se hallaba en la vivienda vanamente requisada. Y el polizonte, arrancado de su cobijo, fue conducido en el mismo colchón en el que yacía y llevado desde la plaza de los Mostenses a la de la Cebada, donde acabó muerto a tiros”.

El periódico El combate

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Retrato de José Paúl y Angulo

Cerca de donde fuera hallado García Chico en julio de 1854, en el número 24, estuvo la redacción de una de las publicaciones que han pasado a la historia del periodismo del siglo XIX pese a permanecer en activo su cabecera poco más de dos meses. Y su celebridad no se debió a la calidad de su periodismo sino más bien a la heterodoxia de sus redactores y de sus escritos. Por decirlo fino y eufemísticamente. Su lenguaje era de una violencia y virulencia extremas y representaba la tendencia más radical de los revolucionarios, a quienes parecía una violación de sus principios políticos el que se hubiera elegido un monarca, y la intervención que en la opción de Amadeo de Saboya había tenido el general Prim, por quien se sentían traicionados y a quien ellos siempre habían tenido por alguien más cercano a postulados menos conservadores. Los redactores siempre escribían con un revólver al alcance de la mano, mientras contaban con un grupo de matones en la puerta del edificio de la redacción ante la posible llegada con intenciones aviesas de la llamada Partida de la Porra. Dicha partida aglutinaba a una treintena de individuos de ideología opuesta a los de El combate, protegidos por las altas esferas conservadoras, y que no tenían otra misión que acabar por la vía directa con sus redactores, al margen de atemorizar a cualquier persona que discrepara abiertamente de sus postulados políticos. El periódico publicó el 2 de diciembre de 1870 una nota donde advertía de que “el día que un hombre de El combate sea maltratado siquiera, aquel día será para Madrid un día de luto y de ignominia, y para los desgraciados que componen la Partida de la Porra, a los que conocemos muy bien, un día de exterminio, porque estamos decididos a todo”.  Los sicarios de la partida no se atrevieron a atacar a los redactores pero una carta de su instigador, el tembién periodista, político y conocido agitador, Felipe Ducazcal, motivó el que Paúl y Angulo, hombre fuerte de El combate, le retara a duelo. Se citaron en el arroyo Abroñigal, es decir, hacia donde actualmente se encuentra la M-30 por el este, quedando gravemente herido Ducazcal, quien moriría veinte años más tarde, a los 46 de edad, por la bala que tuvo alojada durante ese tiempo en un oído, consecuencia del enfrentamiento. Aproximadamente un mes más tarde del duelo se producía el atentado contra el general Prim poco antes de la llegada a España de Amadeo de Saboya. Siempre se acusó a Paúl y Angulo de tener algo que ver con el disparo de los trabucos, pese a que el interés por que Prim desapareciera procedía de esferas más altas, como parece haberse demostrado recientemente y queda recogido en nuestra entrada referida a la calle del Turco. Dejamos la agitada redacción de El combate pero no nos alejamos muchos de su ubicación porque muy cerca de allí se encontraba el palacio de Revillagigedo, un amplio edificio que hacía esquina a las entonces calle San Cipriano y travesía del Conservatorio. Estamos hablando de la Casa del Patriarca, sede durante 1823 de la Suprema Asamblea de los Comuneros de Castilla, una sociedad secreta creada a imagen y semejanza de los masones, cuyos postulados dan toda la impresion de haber plagiado. El artículo segundo de su reglamento, redactado por Bartolomé José Gallardo, decía que tenía por objeto promover y conservar por cuantos medios estuviesen a su alcance la libertad del género humano, sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo español y otros postulados semejantes, tan ambiciosos como ambiguos y tópicos. Tenía un ceremonial y liturgia similar al Gran Oriente hasta el punto que el máximo dirigente recibía el nombre de Gran Castellano. No podemos abandonar la Casa del Patriarca sin mencionar el conservatorio de música creado en 1830 por María Cristina de Nápoles, la última esposa de Fernando VII y madre de Isabel II.  Es el digno colofón para una plaza que sinceramente hay que reconocer que ha perdido un tanto el glamur que tuviera en el siglo XIX. No es extraño si tenemos en cuenta que la sombra de la Gran Vía es bastante alargada y que salvo para la gente del barrio, clientes del mercado o flaneantes muy concretos suele pasar desapercibida. Sin embargo, cuenta con su coquetería en forma de terrazas esquinera que dan a la Gran Vía o bares de los de batalla de toda la vida, donde la feligresía suele acudir de forma regular para hacer honor a su condición y departir amigablemente. Locales donde el ambiente es familiar, donde poder salir al portal e intercambiar saludos con conocidos que transitan por la rúa y donde buscar un poco de sosiego que nos evada del maremagnum consumista y ajetreado que se percibe unos metros más allá.

 

 

 

 

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5 comentarios

Publicado por en junio 10, PM en Plazas

 

5 Respuestas a “Plaza de los Mostenses

  1. José María Fontana

    mayo 4, PM at 18:25

    Buen artículo que sabe de lo que habla.
    Estoy buscando la ubicación de la calle de los Italianos en el Madrid del siglo XIX y no la localizo en los planos de la época. Seguramente será una denominación antígua que siguieron utilizando más tarde. Don Benito Pérez Galdós la sitúa como una bocacalle de la Carrera de San Jerónimo, donde había una iglesia llamada de los Italianos.
    ¿Podía indicarme algo al respecto?
    Muchas gracias.

     
    • antoniolrodriguez

      mayo 4, PM at 20:12

      Gracias José María por tus elogios. Me alegra que te entretenga este humilde blog. Respecto de lo que me preguntas, te diré que Pedro de Répide en su obra Calles de Madrid reseña lo siguiente: “…las otras mansiones de piedad y religión que había en la Carrera de San Jerónimo eran el Hospital de los Italianos y el monasterio de las monjas de Pinto. El Hospital de San Pedro de los Italianos se hallaba en la casa con vuelta a las calles de Cedaceros y del Sordo y se fundó para los pobres que de Italia venían, el año 1538, con la protección de Camilo Gaetano, natural de Roma, patriarca de Alejandría y Nuncio a la sazón en España.” Es todo cuanto puedo decirte y creo que es a lo que se refiere Galdós. Como San Nicolás solamente encuentro la antigua iglesia situada cerca de la plaza de la Villa. Espero haber solucionado tus dudas. Si no es así te agradecería me nombraras la obra de Galdós en la que viene citada dicha iglesia de San Nicolás de los italianos, si no es molestia, y así podríamos husmear en otras fuentes. En cualquier caso, gracias nuevamente por tus palabras y un saludo.

       
      • antoniolrodriguez

        mayo 4, PM at 20:19

        También Mesonero Romanos en su Antiguo Madrid hace una breve referencia al “Hospital Pontificio y Regio de San Pedro de los Italianos” al describir el entorno de la Carrera de San Jerónimo. Dice que fue establecido el hospital en 1598 por lo que creo que Répide copia de Mesonero y bien por un error de transcripción o por una errata de imprenta adelanta la fecha 60 años. Completa Ramón de Mesonero su reseña escribiendo que el hospital “tiene una pequeña iglesia muy concurrida y en la que se celebra el culto con notable aparato; pero bajo el aspecto artístico tiene poco digno de atención”. No dice más pero creo que es suficiente. Lo que está claro es que debió ser derribado en el útlimo tercio del siglo XIX o a principios del XX pues Mesonero publica su obra en 1861 y Répide la suya en el entorno de los años 20 del siglo XX. Saludos.

         
  2. Fen de Testas

    octubre 9, AM at 10:40

    Del DRAE:

    Plaza
    Del lat. vulg. *plattĕa, este del lat. platĕa, y este del gr. πλατεῖα plateîa ‘calle ancha’, ‘plaza’; literalmente ‘ancha’.
    1. f. Lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles.

    2. f. Lugar donde se venden artículos diversos, se tiene el trato común con los vecinos, y se celebran las ferias, los mercados y las fiestas públicas.

     

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