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Café del Príncipe

11 Jun
Teatro del Príncipe

El teatro del Príncipe ya a principios del siglo XX. En sus bajos se ubicó el café

A principios del siglo XIX comenzaron a proliferar los cafés en Madrid. Su consolidación tuvo lugar a lo largo de esa convulsa centuria y su configuración como amenos y cómodos locales de ocio y tertulia llegó con la entrada del siglo XX, momento en que aquel que abría sus puertas pugnaba por ser el más moderno, el mejor dotado de una carta de comidas y bebidas abundante y de calidad y el que más refinado ambiente presentara. Nada que ver con aquellos primeros cafés-botillerías o viceversa que habían sido los pioneros. Porque cuando en el Madrid del reinado de Carlos IV abren sus puertas los primeros establecimientos de este tipo, no se caracterizaban precisamente por su confort o por la esmerada atención a una clientela que los fue tomando progresivamente como propios, sin más intención que las de prolongar en un local público el hábito adquirido durante la segunda mitad del siglo XVIII, consistente en debatir en un salón privado sobre lo divino y lo humano, es decir, de política, artes, literatura y en general cualquier asunto que tuviera que ver con la cultura y el progreso. Plena mentalidad ilustrada que aquí, como tantas otras veces, nos llegó con el retraso acostumbrado cuando en otras latitudes ya se encontraba sólidamente consolidada. Y si hay un café de aquella primera época que merezca un espacio en la historia de la cultura no cabe duda de que ese es el del Príncipe. Porque ciertamente hubo otros que han dado que hablar y valorar a posteriori, casos de La Fontana de Oro, Lorencini o La Cruz de Malta, pero éstos se caracterizaban más por su carácter político y polémico que el que hoy traemos a muestro blog y que, andando los años, se convertiría en el foco del que surgiría, allá por los inicios de la década de los 30 de ese siglo XIX, el movimiento romántico español. Otra vez, por qué no decirlo, cuando en Europa el Romanticismo daba sus últimas boqueadas y Stendhal ya había abierto la senda realista. Quien mejor describe lo que supuso el café del Príncipe para el Romanticismo español es Ramón de Mesonero, a quien vamos a seguir hoy casi al pie de la letra en sus Memorias de un setentón. El advenimiento de este movimiento surgió, según nuestro guía, entre las destartaladas paredes del café situado en los bajos del teatro del Príncipe -hoy teatro Español- “hasta que, rebasando sus límites, partió de ellas el rayo luminoso que había de cambiar por completo la faz de nuestra vida intelectual. De allí, de aquel modesto tugurio, salió la renovación o el renacimiento de nuestro teatro moderno, de allí surgieron el importantísimo Ateneo científicio, de allí el brillante Liceo artístico, el instituto y otras varias agrupaciones literarias, de allí la renovación de las academias, de la cátedra y de la prensa periódica, de allí los oradores parlamentarios y los fogosos tribunos, que promovieron, en fin, una completa transformación social”.

Un sombrío y solitario café

El café del Príncipe había abierto sus puertas poco antes de que Napoleón ocupara con sus tropas la península ibérica. Corría el año 1807 cuando el matrimonio que formaban Isidro Fernández y Andrea Torreangulo inauguraron el local situado en la planta baja de la vivienda contigua al teatro del Príncipe, frente a las casas que entonces ocupaban lo que hoy es la zona este de plaza de Santa Ana. Un mozo llamado Romo completaba la plantilla que habría de ver con sus propios ojos años más tarde la eclosión del Romanticismo español. Le pusieron de nombre el mismo que el del cerano teatro, quizás para aprovechar en un principio la clientela que solía acudir a presenciar las funciones que se ofrecían en uno de los dos importantes coliseos de la capital. La oferta de bebidas era ciertamente escuálida, a saber, agua de cebada, ponche, zarzaparrilla o refresco de sorbete, según la estación del año. El café no tenía siquiera comunicación directa con el teatro y Mesonero lo califica de “salita, de escasa superficie, estrecha y desigual, destituida de todo adorno de lujo y aun de comodidad”. Por tanto, no parecía tener escesivas pretensiones aquel cuasi antro en cuyo interior se contaban “una docena de mesas de pino pintadas de color chocolate, con una cuantas sillas de Vitoria” como todo mobiliario. El resto de los complementos, si así se pueden denominar, abarcaban “una lámpara de candilones pendiente del techo y en las paredes hasta media docena de los entonces apellidados quinquets, por el nombre de su inventor, cerrando el local unas sencillas puertas vidrieras, con su ventilador de hojalata en la parte superior”. El local solía estar habitualmente desierto y escasamente alumbrado por una luz de candilones que tenía bastante de tétrica y que vertía sus tímidos haces sobre el “empolvado pavimento de baldosas de la ribera, en cuyos intersticios crecía la hierba, que acudían ganosos a pastar los ratones y corredoras con la misma franqueza que si fueran ganado de la Mesta en prado comunal”. Solamente en el fondo de la salita parecía haber vida humana habitualmente pues allí “aprovechando un hueco de una escalera, se hallaba colocado el mezquino aparador y a su alrededor había dos mesas con su correspondiente dotación de sillas vitorianas. Esas dos mesitas eran ocupadas por unos cuantos comensales, personas de cierta gravedad, diplomáticos antiguos en su mayor parte”. Cita entre estos a Arriaza, Onís, Pereyra o el afamado, tanto como peculiar y heterodoxo protoperiodista, José María Carnerero “los cuales por costumbre inveterada venían todas las noches a tomar su taza de café o su jícara de chocolate sin tomar en cuenta la mezquindez y suciedad de los trebejos de cristal o de loza en que aquellos confortantes les eran suministrados”.

La tertulia del Parnasillo y la Partida del Trueno

Mesonero roam

Mesonero vivió y describió el ambiente del café del Príncipe

Pues pese a toda su sordidez, el tugurio sombrío y desierto fue el lugar elegido por los jóvenes bohemios que andaban diseminados por los diferentes cafés del entorno para, una vez reunidos allí, verter sus ideas literarias, artísticas o de cualquier otra índole intelectual. En los vecinos cafés de Venecia, el Sólito o Morenillo no se sentían lo suficientemente a gusto pues, según Mesonero, estos locales solían estar ocupados por “una concurrencia heterogénea compuesta por pisaverdes o lechuguinos insípidos, militares más o menos indefinidos o indefinibles, parásitos que olfateaban adónde se consumía un boll de ponche o se destapaban unas botellas de cerveza…”. Buscaban los jóvenes alumnos de Apolo un recinto que a falta de otras ventajas les pudiera dar la independencia y seguridad necesarias “para su franca y leal comunicación y echando el ojo por todos aquellos contornos ninguno hallaron más a propósito que la sombría y desierta sala del café del Príncipe”. Una noche de entre 1830 y 1831 plantaron sus reales poniéndole por nombre a su tertulia El Parnasillo. Describe Mesonero en sus memorias con todo detalle las peculiaridades del local, de las personas y de las ideas que defendían pues no en vano él mismo formó parte de algunas de las tertulias y se codeaba a sus ventitantos años con lo más florido del Romanticismo español. Fiel testigo, nos relata los pormenores del día que decidieron trasladarse al Príncipe, “a la cabeza de aquella fuerza pacíficamente invasora descollaba la fracción de más empuje en ella, fracción señalada tanto por el agudo ingenio de sus individuos como por la juvenil y donairosa excentricidad con que se entregaban a cultas y alegres jugarretas”. Se refiere a la Partida del Trueno, donde figuraban ingenios tan privilegiados como Espronceda, Ventura de la Vega y Escosura entre otros. En pos de ese grupo, “verdadera charanga de aquella legión poética, venían como soldados en fila” una pléyade de inicipientes y ansiosos diletantes de las musas como Larra, Lasheras, los Madrazo y un amplio etcétera. Después les seguía la cohorte de los artistas adscritos a la Academia de San Fernando, entre los que figuraban pintores, arquitectos, ingenieros  o impresores, todos ellos capitaneados por el arquitecto de la Villa y Corte Mariategui “cuya obesidad haríale pasar por bombo si su prosopopeya y coram vobis no le dispensaran el carácter de tambor mayor”. Completaban la marcha otros grupúsculos con personajes distinguidos de la buena sociedad de la época “amigos todos, aficionados a las letras y las artes” cada cual encabezados por un líder de falange. Se pensará que no iban a caber en aquel cuchitril que describíamos líneas atrás y que dio en llamarse café del Príncipe y así lo matiza Mesonero cuando dice que todos ellos no solían acudir en una misma noche ni a una hora determinada pero sí que alternativamente se debían presentar por allí dándole el sabor, el color y el calor que había de hacer célebre a este singular local. Fue tal el éxito de la tertulia del Príncipe que los miembros principales de la literaria entablaron negociaciones con el dueño del café para su asentamiento definitivo, por lo que “el intersado y amable anfitrión, dispuesto a dejarse invadir o conquistar por la nueva clientela, trató de mejorar algún tanto las condiciones materiales del establecimiento, reforzando el viejo mobiliario, añadiendo una lámpara más a la antigua funeraria, haciendo algún acopio de botellas y garrafones, y lo que es más filosófico, inventando en su favor el sorbete metafórico, el medio sorbete a dos reales el vellón y, a la misma módica cuota, el juego completo de taza de café con su plus de tostada, a discreción”. Al ya veterano camarero Romo “mozo de sesenta abriles que así escanciaba el garrafón como agitaba la chocolatera, añadió otro mancebo de servilleta y mandil para servir de Ganímedes a los nuevos concurrentes. Este tal mozo, llamado Pepe, fue confirmado de consuno y con ligera variación en el clásico y tradicional nombre de Pipí”.

Breves etopeyas de los más importantes

ESPRONCEda

José de Espronceda es descrito como un impetuoso joven vate

Pasa revista Ramón de Mesonero a los personajes más importantes del momento que pululaban con regularidad por el café del Príncipe, comenzando por el empresario teatral de origen francés José Grimaldi, a la sazón director en aquella época del teatro, a quien moteja de dictador de las tablas, quien “tendía el paño y disertaba con gran inteligencia sobre el arte dramático y la poesía”. Pasa a continuación a hablar de José María Carnerero, “con su amena y sabrosa conversación, sus animados cuentos, chistes y chascarrillos que por su color demasiado subido no me atrevo a compulsar aquí y que formaba las delicias de los jóvenes poetas”. De Bretón de los Herreros, autor entonces en boga, destaca “su alegre y franca espontaneidad, su prodigiosa facultad para versificar, aunque fuese una noche entera, y la homérica y comunicativa carcajada con que él mismo celebraba sus propios chistes”. Quizás sería Serafín Estébanez Calderón el más afin a Mesonero desde el punto de vista literario pues ambos compartían debilidad por los escritos costumbristas. Pone el acento en “su lengua estropajosa y su lenguaje macareno y de germanía, contando lances y percances a la alta escuela o entonando por lo bajo una playera del Perchel”. Lo compara antitéticamente con “la grave seriedad y su poco simpática elocuencia” de Gil y Zárate. De Ventura de la Vega apunta “aquel aplomo y cómica seriedad que le eran característicos, soltando un epigrama, un chiste agudo, que algunas horas después eran como porverbiales en nuestra culta sociedad”. Tampoco Espronceda escapa al análisis del Curioso Parlante, a quien acusa de “entonada y un tanto pedantesca actitud, lanzando epigramas contra todo lo existente, lo pasado y lo futuro”. Larra no podía faltar en esta nómina “con su innata mordacidad que tan pocas simpatías le acarreaba”. Los hoy menos conocidos, Patricio de la Escosura o Bautista Alonso, otros de los personajes que no escapan a la afilada pero siempre respetuosa y educada pluma de Ramón de Mesonero. Y resume el ambiente que ofrecía el café del Principe aludiendo a que “en fin, todos los concurrentes a aquel certamen del talento alardeaban sus respectivas facultades y convertían aquella modesta sala en una lucha animada, en un torneo del ingenio y casi en una literaria institución”. Finaliza el capítulo de sus memorias dedicado al café preguntándose Mesonero desde su perspectiva de septuagenario quién habría de sospechar que todos aquellos literatos, la mayoría en ciernes, iban a protagonizar uno de los vuelcos más importantes de la historia de la cultura en España, el que supuso el advenimiento del Romanticismo. Y todos ellos a pocos metros de distancia unos de otros en un oscuro, destartalado y triste tugurio del barrio de Las Letras de Madrid, en el epicento de lo que un par de siglos atrás había sido el predio de los Cervantes, Lope, Calderón, Góngora o Quevedo. Una gran generación la romántica que, si bien no tan brillante como la anteriormente citada, no deja de causar una feroz envidia desde la perspectiva que nos dan los albores del siglo XXI, donde la mediocridad se impone por doquiera. Pero no seamos tan pesimistas porque quizás los adalides de las letras actuales se encuentren ya perorando y sentando las bases de la cultura del futuro en cualquier antro de mala muerte, trasegando una jarra de cerveza o engullendo una hamburguesa, con la comisura de los labios chorreando esa inmunda mezcla de tomate artificial y mostaza. ¡Qui lo sa!

 

 

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Publicado por en junio 11, PM en Cafés

 

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