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Luis Candelas Cajigal

24 Jun
Luis Candelas

Luis Candelas Cajigal

Personaje pintoresco allá donde los haya, en Luis Candelas Cajigal confluyen una serie de rasgos individuales y sociológicos que han contribuido a tejer en torno a él todo ese halo de leyenda que lo ha convertido en uno de los más mentados de la Villa y Corte. Un héroe popular sobre el que se han escrito páginas y páginas sin siquiera confirmarse que lo que se haya dicho y escrito sea completamente cierto. Sin embargo, allá vamos con un muestrario de lo más llamativo sin poder asegurar definitivamente su veracidad. Fuera quedan otros muchos datos tan atractivos y tan cuestionables como los expuestos a continuación. Pero hay que seleccionar y doctores tiene la iglesia como para que el lector que se quede con hambre vaya sobre ellos. El bandolero Luis Candelas fue un madrileño del barrio de Lavapiés, aunque no procedente de una extracción social baja. Sibarita, guaperas y en general un vividor al que no gustaban un ápice ni el trabajo manual ni el intelectual. Lider pandillero en sus años de adolescencia y jefe de jaques en su madurez, ladrón en definitiva, que vivía del robo aunque sin mancharse las manos de sangre. Bueno, eso es lo que ha trascendido a través de las diversas fuentes escritas que hemos consultado aunque tampoco hay datos que nos permitan dudar de que no fuera cierto. A este curriculum estamos obligados a añadir el que su existencia transcurriera durante el primer tercio del siglo XIX, cuando el Romanticismo es, además de un movimiento literario, una forma de vida donde el romper las ataduras legales y morales establecidas es considerado casi un deber. Nuestro héroe solía afirmar que la riqueza estaba mal repartida y que había que hacer una redistribución más igualitaria, de cuya causa él de alguna manera se sentía embajador. Se sabe que con la misma facilidad que ingresaba en el maco se las ingeniaba para salir de él. Que contaba con amigos entre las gentes pudientes que le facilitaban el eludir la acción de la justicia. Por otra parte, no debemos olvidar que estamos hablando de un bandolero de asfasto, si se nos permite ese anacronismo, porque ciertamente Madrid en aquella época no estaba alquitranado y quienes han tenido voz para denunciarlo lamentaban el mal estado del empedrado de la capital. Nada que ver este bandolero con aquellos patilludos de navaja en la faja que esperaban el paso de las diligencias detrás de los matojos y picachos de Sierra Morena. Todo lo contrario, se trataba de un galán al que se soñaba con poder encontrar en cualquier taberna, magreando alguna cantaora mientras trajinaba una jarra de San Martín de Valdeiglesias y planificaba el siguiente golpe rodeado de sus compinches. En consecuencia, a nadie puede extrañar que Candelas Cajigal, de nombre Luis, se convirtiera ya en vida -y más aún después de ser ejecutado en el garrote- en un mito del que los ciegos de cordel cantaron por las esquinas sus hazañas durante la segunda mitad del siglo XIX y cuya biografía anduvo en coplas de la mano del maestro León y en la voz de doña Concha Piquer, ya en la siguiente centuria

Familia sin problemas económicos

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Panorámica de la calle Calvario en la actualidad

De Luis Candelas se podrá decir de todo menos que fuera un producto social de los bajos fondos madrileños. Su nacimiento en febrero de 1804 -hay quien dice que en 1805 o incluso 1806- en la calle del Calvario, en plena judería del barrio de Lavapiés, nada tiene que ver con el ambiente de manoleo tantas veces descrito por escritores o pintores costumbristas. Su familia disfrutaba de una posición económica relativamente holgada merced a la carpintería que su padre tenía abierta en esa rúa madrileña. Fue el tercer hijo de un matrimonio cuyos dos vástagos mayores manifestaban un carácter dócil, bien distinto de lo habitual por aquellos barrios. No fue el caso de Luisito quien, desde su más tierna infancia, ya dio muestras de una personalidad inquieta, independiente, díscola y medianamente alborotadora, poco dada a asumir las directrices familiares y sociales propias de aquellos tiempos. Parece ser que el reputado profesional de la ebanistería y padre de nuestro sujeto hodierno se dio cuenta pronto de que el tercero de sus hijos no iba a ser quien continuara la saga familiar en el uso de la garlopa, la gumia y demás instrumental carpinteril. Es por ello, y dado que el mozo era bastante despierto, que decidió con el consejo de su esposa enviarlo a los cercanos Estudios de San Isidro para ver si por el camino de las letras podía labrarse un porvenir, pues económicamente la familia podía permitirse ese dispendio sin mayores agobios. Allí permaneció Luis Candelas durante un par de años escuchando latines aunque su carácter indómito no paraba de dar dolores de cabeza a los jesuitas que regentaban el establecimiento educativo. El punto de no retorno fue una bofetada que le propinó un cura con el sano y loable objetivo de reconducir su conducta. No le debió parecer método muy pedagógico a un muchacho de carácter ciertamente rebelde e incluso agresivo que respondió al disciplinante con una doble ración de lo que él había recibido. Justamente ahí comenzó a labrarse una biografía más acorde con su personalidad. Expulsado del colegio, sus padres sin hacer vida de él y él que comienza a frecuentar las peores compañías de un barrio donde la miseria y la pobreza campaban por sus respetos. De callejear sin rumbo pasamos a la creación de bandas de zagales para apedrearse con conmilitones de otros barrios, es decir, golfería, pandilleo, peleas y demás formas de entretener el ocio de una forma activa, que diría un pedagogo al uso. De las piedras pasaría a las albaceteñas y de ser uno más de la pandilla a ir progresivamente convirtiéndose en líder, a medida que la adolescencia iba apoderándose de su figura. A los 15 años conoce por vez primera y en persona el edificio del Saladero, en la lejana plaza de Santa Bárbara, aunque no por ninguna fechoría, que ya las había cometido de relativa importancia, sino por andar deambulando a altas horas de la madrugada por la aún novedosa plazuela de Santa Ana. No parece que le impresionara en demasía al mozuelo el codearse en la prisión con lo más florido del gremio carcelario pero sí que le debió dar que pensar que si no se labraba un futuro en condiciones aquellas visitas iban a prodigarse más de lo que él deseara. Como cada cual que echa mano de sus mejores virtudes, Luis Candelas explotó aquellas que la naturaleza le había otorgado. Y no fue la menor una fisonomía que le habría de rendir sus buenos dividendos con el bello sexo. Normal en un mozo moreno, bien parecido, de blancos dientes, patilla ancha y flequillo bajo el pañolón. Siempre bien afeitado, calañés debidamente calado, faja roja, capa negra, calzón de pana y zapatería de buen lucir. Con esta carta de presentación nadie pone en duda que fuera verdad el que se dedicara a conquistar mujeres, pero no solamente para el uso y disfrute que podemos suponer, sino con el objetivo último de vivir de ellas.Sin más. Al apuesto mozo se lo debieron rifar y él se debió dejar atusar los cabellos con docilidad pues así podía dar rienda suelta a su carácter de bon vivant. La vida es bella.

Agente del Fisco

Carcel del Saladero 1

Reproducción de la cárcel del Saladero

El fallecimiento de su padre años atrás había propiciado la definitiva deriva de su vida hacia el latrocinio y la holganza extrema. Su madre tomó el mando de las operaciones familiares. Poco se podía hacer para convencerlo de que el suyo no era camino en la vida. Pero algo sí. Echando mano del prestigio que el padre se había labrado entre ciertos sectores influyentes de la capital, la viuda de Candelas consigue para su hijo un empleo de agente del Fisco. Se trataba de vigilar que nadie introdujese en la Villa y Corte mercancías que no hubieran abonado los correspondientes impuestos. Es decir, evitar y luchar contra los matuteros. Nada mejor para alguien que ha estado en la otra acera de la ley el convertirse en defensor del erario público. Porque conoce el paño. Estamos en 1823 y Alicante, La Coruña y Santander serán sus destinos profesionales antes de que presente su dimisión tras recibir una amonestación por el escándalo que suponía el emparejarse con una mujer casada a la que dicen que abofeteó en público y delante de su marido. Vuelta a Madrid, donde se desposa con una joven viuda, de nombre Manuela Sánchez y de nutrida faltriquera. Tras pasar por el altar en San Cayetano vuelve al trabajo honrado, esta vez como cobrador de contribuciones en Zamora. Pero parece ser que no era hombre ni para trabajos fijos ni para ser casado porque a los seis meses del himeneo los esposos perciben que aquello no parará en buen puerto. El día de Navidad de ese mismo año de 1823 retorna nuevamente a Madrid y poco después se sabe de sus amoríos con Pepa la Naranjera, hembra de las de trapío, con influencias importantes en la Corte, pues no en vano es una de las amantes del rey felón, y con quien parece ser que Candelas ya había dormido en la misma cama más de una vez antes de su matrimonio. Ello permite que nuestro bandolero abandone definitivamente su carrera de funcionario público y se dedique a la vida contemplativa. O menos contemplativa, es decir, a vivir de lo ajeno, a practicar de tomador del dos y a disfrutar viendo cómo crece su fama entre el paisanaje. De esta época es la configuración definitiva de su equipo de trabajo, por ponerle un apelativo eufemístico. La taberna del Cuclillo, en la calle Imperial, es su oficina central y allí, alrededor de una discreta mesa de pino y con el telón de fondo del rasgueo de guitarras y el zapateado de las bailaoras, se suele reunir el consejo de administración empresarial, compuesto por Paco el Sastre, Villena, Balseiro, los Cusó y demás compañeros mártires, con el propio Candelas a la cabeza. Cometen todo tipo de robos y atracos y consiguen gasolina suficiente para llevar un tren de vida que les posibilita además incrementar un ya notable prestigio entre el pueblo llano de la Villa y Corte, hasta el extremo de sentirse en todo momento protegidos ante eventuales persecuciones de los corchetes. Eso sí, siempre con la máxima por delante de que no se derrame una sola gota de sangre. Ello no impide que de tanto en tanto haya que hacer una visita al Saladero, aunque los buenos oficios de La Naranjera o de otros amigos influyentes, el soborno de los carceleros o la habilidad para escapar del trullo hacen que esas estancias no sean más que habituales paréntesis en una trayectoria exitosa en lo profesional.

Las dudas de Clara

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Puerta de Toledo hacia 1900. En sus alrededores fue ejecutado Luis Candelas

Es época de ir recogiéndose y sentar de alguna manera la cabeza. O al menos eso debe pensar Candelas, al que la vida le sonríe al punto que durante el día se codea con la burguesía local, e incluso con cierta aristocracia, haciéndose pasar por un indiano rico de nombre Luis Álvarez de Cobos, que reside en el número 5 de la calle Tudescos. Eso sí, cuando el sol se escondía más allá de la Casa de Campo volvía a su más querido y apreciado ser de bandolero urbanita y poníase a dar el callo junto a sus jaques de confianza. Su habilidad para la transformación física y el uso del disfraz era otra de sus virtudes ocultas. Nos encontramos ya en los primeros años de la década de los 30, ha muerto Fernando VII y María Cristina hace las veces de reina mientras la niña Isabel da sus primeros pasos por los corredores del Palacio Real. Por estas calendas conoce a una muchacha de clase media y familia de probada honestidad. Se llama Clara y por ella decide abandonar su carrera de bandido para irse ambos a vivir a Valencia. Pero debió sentirse como pez fuera del agua por más que el amor dulcificara su comportamiento y por más que en la ciudad del Turia rememorara viejos tiempos robando alguna que otra joya para no perder la forma y además mantener un ritmo de vida acorde con lo que le pedía el cuerpo. Pero cada cual tiene su querencia y, tras mucho reflexionar, decide volver a Madrid, a la taberna de la calle Imperial. Y a recomponer la banda. Se siente fuerte, lo que le lleva a dar un par de golpes que paradógicamente supondrán el principio del fin. Picó alto, tanto que se pasó un poco o un bastante de la raya. Atracó el taller de la modista de la reina María Cristina situado en la calle del Carmen y poco después esperó en Torrelodones el paso de la diligencia que trasladaba al embajador de Francia y señora para darles las buenas tardes y de camino aligerarlos de peso. La justicia, después de estos hechos y debidamente azuzada, va decididamente a por él por lo que tiene que hacer precipitadamente el hatillo y, junto a Clara, huye de Madrid con la intención de exiliarse en Inglaterra. Pero al llegar a Gijón, y poco antes de embarcar, la joven siente vértigo ante el porvenir. Finalmente se echa atrás de sus intenciones y decide volver a Madrid. En esta ocasión Candelas se muestra como un marido dócil y decide retornar con ella. Esa fue su perdición porque en el trayecto de regreso, en una fonda de Olmedo, un viejo colega lo reconoce y lo denuncia. Detenido el 18 de julio de 1837, es trasladado a la Villa y Corte y juzgado el día de difuntos de ese mismo año. Veredicto: pena de muerte. No se resigna a su suerte y envía una misiva a María Cristina solicitando clemencia y recordando que no tiene delitos de sangre. La augusta figura rechaza otorgarle el indulto y el 6 de noviembre, con el amanecer, el cortejo sale de la cárcel de la Corte en dirección a un descampado situado en las afueras de la Puerta de Toledo donde se ha instalado ya el cadalso y el verdugo espera con paciencia profesional. Debió ser una mañana fría, de las habituales del mes de noviembre de Madrid, cuando el aire de la sierra del Guadarrama ya se deja sentir. A ello habría que añadir la humedad del cercano río al que hay que imaginar difuminado tras una niebla que impediría ver la pradera del santo. Pero la suerte está ya echada y Luis Candelas sube al cadalso ajeno a estas menudencias mientras que, desde lejos, manolas y cigarreras sacan su moquero para enjugar unas lágrimas por su héroe, lloriqueos de cocodrilo contrarrestados por el morbo de ver doblar el cogote a quien la mayoría de ellas no recordaba ni haberlo visto cara a cara, por más que describieran sus rasgos de macho de buen ver a las modistillas que quisieran poner la oreja. El verdugo lleva un botón descosido. Se lo recuerda Candelas quien, poco antes de que aquel se pusiera al oficio, le pide un tiempo muerto. Le es concedido. Y dicen que, levantando orgulloso el mentón e hinchando el pecho, dijo el bandolero Luis Candelas aquello de “He sido pecador como hombre pero nunca se mancharon mis manos con la sangre de mis semejantes. Digo esto porque me oye el que va a recibirme en sus brazos. Adiós patria mía. Sé feliz”. Lo demás ya es vox populi, es decir, que la noche antes de la ejecución pidió un libro de Voltaire quizás para intentar poner paz en su espíritu, o para dárselas de intelectual, o para tocar un poco la moral al sector más rancio de la sociedad. A saber. Se sabe que anteriormente se había confesado. Por si acaso. Y que desde el instante en que dobló la cerviz su leyenda fue engrandeciéndose aún más entre las clases populares. Ya dijimos que anduvo en coplas en boca de Concha Piquer por los cafés cantantes que proliferaron en el Madrid de finales del siglo XIX y principios del siguiente. Pero no podemos olvidar tampoco que tanto la literatura como el cine le rindieron pleitesía, cada cual con las herramientas propias de sus respectivos géneros. Nada extraño pues el ser humano ha admirado hasta la extenuación a aquellos que desde esferas inferiores han plantado cara a las jerarquías, haciéndole un corte de mangas a unas leyes que, si bien nos sirven para ordenar la convivencia cotidiana, se convierten en papel mojado cuando solamente benefician a quienes las perpetran, para verguenza de esa diosa que se nos presenta desde tiempos inmemoriales con los ojos tapados. Quizá porque prefiere mantenerse ciega antes que soportar la cruda realidad.

 

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Publicado por en junio 24, PM en Perfiles

 

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