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Calle del Prado

27 Jun
calle-prado 1

Interesante panorámica de la calle del Prado cerca del anochecer

La calle del Prado es otra de las importantes del barrio de Las Letras. Comunica la plaza de Santa Ana con la Carrera de San Jerónimo, a la altura del Congreso de los Diputados, en un relativamente pronunciado descenso. En su recorrido hace esquina con otras vías a las que hemos dedicado en nuestro blog su espacio correspondiente, como es el caso de la de Echegaray o la del León. Además se cruza con la de Ventura de la Vega y la de Santa Catalina en un área de reconocido flaneo tanto nocturno como diurno. Es una rúa donde el ocio está presente en una parte importante de sus portales. Restaurantes, tiendas de nuevas tendencias de moda u hoteles compiten por un preciado espacio y en amigable camaradería con una institución tan señera como el Ateneo y con un pasado plasmado en la historia de sus cafés ya desaparecidos, la servidumbre de paso para el teatro Español o, ya a su final, la casa de Abrantes que tantos recuerdos culturales ha recogido entre sus paredes. Al margen de sus locales orientados al ocio desde hace ya algunas décadas, cuando se llevó a cabo su ya lejana semipeatonalización, esta vía junto a otras del barrio se ha visto revalorizada como zona residencial, ciertamente cotizada. Se trata de una calle de mucho y variado trasiego pues a lo dicho anteriormente hemos de añadir que se trata de un vaso comunicante importante para el turismo extranjero que se suele servir de ella como puente de paso desde la manzana central hacia el Prado, con los museos como punto de destino. Lejos queda ya su simple dedicación al negocio de las antigüedades, por lo que era conocida durante el primer tercio del siglo XX, al respecto de lo cual Pedro de Répide escribía en su Calles de Madrid, reseñando que dicho uso era lo más singular de su tipismo, “los negocios de anticuarios abundan en ella especialmente y se extienden por sus afluentes, formando así un barrio dedicado en especial a ese comercio”. Y añade al respecto que “por interesante paradoja, en esta calle, donde se recogen y valoran las antiguallas, vino a situar su representación el estado más nuevo de Europa, aniquilador de todo lo viejo, pues en ella se domicilió la oficina rusa de los Soviets, sustituyendo a la embajada del imperio de los zares”. No olvidemos el contexto histórico que envolvía al mundo cuando el Ciego de Vistillas escribía lo más importante de su obra y que no era otro que el surgido de la revolución bolchevique y de la Primera Guerra Mundial. Pues aquí, en esta popular calle del barrio de los Austrias situaron los rojos por antonomasía su primera representación exterior en nuestro país, una vía que no hace falta decir que debe su nombre a que, desde que la Villa y Corte extendiera sus tentáculos más allá de la manzana central, comunicaba dicho centro con el paseo del Prado, aunque nunca tuviera la importancia ni el trasiego de la Carrera de San Jerónimo, más a su izquierda, o de la calle Atocha, a su derecha.

Ateneo de Madrid

Ateneo

Fachada de la entrada del Ateneo

Si hay una institución que lleva su historia unida a la de la calle del Prado esa es el Ateneo de Madrid, que desde 1884 tiene situada su sede en el número 21. El discreto edificio actual es obra de los arquitectos Landecho y Fart y se inauguró el último día de enero de dicho año. Pero dejemos una vez más que sea Répide quien con su amable, sedosa y manierista prosa nos describa las peculiaridades artísticas de un edificio que suele pasar desapercibido para quien no está en la onda del Madrid del barrio de Las Letras. Porque, como apunta nuestro guía topográfico, “su fachada es estrecha y en ella sólo hay espacio para la puerta de entrada y un balcón que la domina”. Y es que nada ha cambiado en cuanto a la arquitectura exterior desde la fecha de su apertura oficial por lo que la descripción de Répide sigue teniendo total vigencia. Por tanto, dejémosle que siga su alocución sin interrumpirle más que lo justo y necesario: “tres medallones ostentan las efigies de Cervantes, Alfonso X y Velázquez. El salón de sesiones es de considerable capacidad y tiene el techo pintado por Arturo Mélida. Rodea su planta un zócalo coronado por los retratos de varios presidentes del Ateneo. En los departamentos interiores hay pinturas de Lhardy, Monleón, Campuzano, Beruete, Taberner y otros artistas”. Esto en cuanto al edificio se refiere. Por lo que atañe a sus parroquianos, Répide recuerda con veneración cuasi religiosa a los más importantes hombres y mujeres de las letras españolas de finales del siglo XIX, que ocupaban sus salones en tiempos en los que las fuentes de información eran más limitadas que en la actualidad, en busca del saber acumulado en su apreciada biblioteca, “gala principalísima del Ateneo de Madrid, la más nutrida y valiosa de cuantas existen en la capital de España. Siempre recordaremos con devoción cuando acudíamos a ella en nuestros tiempos mozos y veíamos sus pupitres ocupados por los literatos y pensadores más eminentes. Clarín trabajaba constantemente allí. Picón era también muy asiduo y algunas veces acudía a hojear las últimas revistas y los libros recién llegados Emilia Pardo Bazán. Don Joaquín Costa armonizaba su grandiosa figura con grandes pilas de libros, entre los que aparecía su busto de coloso. Azcárate asistía con frecuencia, Eusebio Blasco escribía allí muchos de sus artículos y a veces un dependiente de la casa entraba presurosamente a solicitar un determinado volumen.  Era para bajarlo a la Cacharrería donde Echegaray pontificaba y quería reforzar sus argumentos con tal o cual texto que recordaba o le venía a la memoria”. Pura delicia leer y deleitarse con la descripción del ambiente que debía rodear la institución en sus años más gloriosos, cuando no dejaba de ser uno de los templos del saber más importantes del país y por cuyas salas se podía topar cualquier visitante con mitos vivientes de las más diversas artes. Pero incluso cuando Répide escribe sobre el Ateneo ya éste había dejado atrás su edad de oro, como se deduce de las palabras con las que apostilla su descripción, “últimamente había cambiado el aspecto de la biblioteca. Solamente la presencia del venerable Carracedo y de algún que otro escritor contemporáneo podía hacer recordar su antiguo carácter”. Hoy en día esta institución languidece devorada por unos tiempos donde el saber y la investigación bibliográfica siguen otros derroteros y donde las ciencias sociales han sido arrinconadas por las experimentales y tecnológicas. No es mal momento, por consiguiente, para recordar a los fundadores del Ateneo, quienes encabezaron sus primeros estatutos con el emblema de que Sin ilustración pública no hay auténtica libertad. Se inauguró el 1 de junio de 1820, con el advenimiento del Trienio LIberal y con una mochila de ilusiones que verter en un tipo de asociación tradicional ya en los países desarrollados de Europa pero de la que se carecía por estos pagos. Aquellos ciudadanos, de mentalidad ilustrada y con las Cortes de Cádiz aún en su retina, se propusieron según sus propios testimonios “la formación de una sociedad patriótica y literaria para la comunicación de las ideas, el cultivo de las letras y de las artes, el estudio de las ciencias exactas, morales y políticas y contribuir, en cuanto estuviese a su alcance, a propagar las luces entre sus conciudadanos”. No es posible ambicionar y definir más y mejor con menos palabras. Alcalá Galiano, Palafox, Ferraz y Flores Calderón, entre otros, formaron parte del núcleo fundador de una institución que, en al margen de los vaivenes políticos del momento, fue solidificándose cual Guadiana que siempre acaba por emerger. La calle Atocha fue el escenario de su primera sede para venir posteriormente a parar a la casa de Abrantes, en esta calle del Prado, esquina con San Agustín, después de la muerte de Fernando VII y de su refundación de la mano de los románticos. Pero el periplo viajero no acabaría ahí porque más tarde debió trasladarse al número 27 de nuestra vía desde donde se mudaría a continuación al número 33 de la calle de Carretas. La plazuela del Ángel sería su siguiente sede y de ahí se desplazaría a la calle de Montera 32, antes de establecerse cómo decíamos líneas arriba en el número 21 de la calle del Prado en 1884, de donde no se ha vuelto a mover.

Servidumbre de paso para el Teatro Español

Prado- León

Esquina de la calle del Prado con la del León

Pero no solamente de la historia del Ateneo se nutre la calle del Prado. Ni mucho menos. Nada más salir de la plaza de Santa Ana, a mano izquerda, todavía hoy podemos observar un vetusto portón pintado en un azul ceniciento que fue utilizado desde el siglo XIX por los reyes para ocupar sus aposentos correspondientes en el teatro Español. Nos cuenta Répide que anteriormente fue “en el siglo XVII, según escritura que otorgó el Ayuntamiento el 1 de septiembre de 1631 ante el escribano don Juan Manrique con doña Juana González Carpio, propietaria de la casa número 1, el lugar por donde se entraba a la cazuela de mujeres en el Corral del Príncipe”. Nos encontramos al inicio de la calle, donde colinda con la del Príncipe y donde una vieja conocida nuestra, Pepa La Naranjera, tenía su puesto de venta y recibía los requiebros de los paseantes, discretos requiebros no fueran a llegar a los oídos del felón, amante de la manola y mujer que, según Répide, “en el Madrid de las postrimerías de Fernando VII alcanzó por sus donaires tanta celebridad como su hermosura”. Y en esta misma calle y esquina estuvo el café de Venecia, propiedad de Felipe Juliani, que desde principios de los años 30 del siglo XIX acogería al mundo de la farándula principalmente, pues en este local era donde se solían firmar los contratos con las compañías teatrales cuando el clima no propiciaba que se hiciera en la misma plaza de Santa Ana. Bajamos hasta la esquina con la calle del León, en cuyos alrededores se encontraba el mentidero de los representantes. En dicho cantón estuvo situado un café de renombre y tradición como lo fue el del Prado, nacido con la Gloriosa y donde años más tarde solía tocar el violín el joven Tomás Bretón. Se dice que cierto domingo recibieron la visita de un joven de diez años de edad y larga melena. Aquel niño que se acercó a los músicos con la osadía y el descaro propios de la edad no era otro que Isaac Albéniz. Bécquer, Menéndez Pelayo o Ramón y Cajal fueron asiduos de un local cuyos techos llamaban la atención por las pinturas de pequeños ángeles que parecían revolotear sobre los parroquianos. Décadas más tarde alumnos de la Residencia de Estudiantes como Lorca, Buñuel, Jarnés o Rafael Barradas solían frecuentar sus veladores. Para cerrar este apartado de cafés situados en la calle del Prado no debemos dejar de decir que el número 10 dio cobijo provisionalmente al de Levante cuando la remodelación de la Puerta del Sol obligó a cerrar sus puertas y trasladarse desde el solar original. Las pinturas de Alenza eran su mejor reclamo y ya en la entrada correspondiente de este blog se ofrece información más al detalle. Pero volvamos a la esquina de la calle del Prado con la del León porque muy cerquita de allí, en el número 20, se encontraba la vivienda del periodista y político español de origen polaco, Luis José Sartorius y Tapia, conde de San Luis, vivienda que al estallar la revolución de 1854 fue asaltada y sufrió su completo desvalijamiento, como sucedería por las mismas fechas y motivos con la del marqués de Salamanca en la calle Cedaceros o la de la reina madre en la calle de las Rejas. Dice Répide que sus “riquísimos y artísticos enseres ardían en medio de la calle”. Nos nos olvidemos de citar uno más de los cafés que por aquí sentaron sus reales, en este caso el llamado Eldorado. Tampoco nos olvidemos del número 24, el antiguo palacio llamado de los condes de San Jorge, que fuera la primera sede de la Sociedad de Autores, germen de la actual y desprestigiada SGAE. Todo ello antes de llegar a la casa de Abrantes, en la esquina con la calle San Agustín y donde, al margen de ser una de las primeras sedes del Ateneo, estuvo situada la redacción del periódico El Globo, fundado por el político y eminente orador Emilio Castelar y cuyo primer director fue Alfredo Vicenti. Escribe Répide que “ostentaba en la muestra dorada el famoso emblema de la pluma y el lápiz cruzados, porque fue el primer diario que publicó grabados, ornato reservado hasta entonces a las publicaciones quincenales y semanales”. El Globo fue un diario matutino de ideología republicana que se publicó ininterrumpidamente desde 1875 hasta 1930. Vicenti lo dirigió hasta 1895 en que dimitió por discrepancias políticas con Castelar. Durante esta primera etapa cuenta con plumas de la talla de Valle-Inclán o Francisco Alcántara Jurado. En 1896 fue adquirido por el conde de Romanones quien puso la publicación en manos de Francos Rodríguez, que se encargaría de la dirección. Más tarde lo compró Emilio Riu y es en esta época cuando publica escritos de Baroja y Azorín. Posteriormente fue languideciendo hasta su desaparición, debido a una progresiva devaluación de su producto periodístico. Devaluación que no le ha llegado -ni creemos que le llegue- a nuestra calle del Prado pues toda esa historia a la que hemos hecho mención a lo largo de la entrada ha servido, sirve y servirá de sólido fundamento para sostener un presente relajado o bullicioso, según las horas del día de que hablemos, y un futuro que se presume prometedor toda vez que son cada día más las personas que aprecian lo que de valor tiene, no solo la vía sino todo este barrio que rezuma saber y diversión a partes iguales.

 

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Publicado por en junio 27, PM en Calles

 

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