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La Real Fábrica de Tabacos

30 Jun
fabrica de tabacos madrid 3

Aspecto desolador del acceso principal de la Fábrica de Tabacos de la calle Embajadores

Van a cumplirse pronto tres años. Descendía una sobremesa de las del mes de agosto por la calle de Embajadores quien esto escribe. Había decidido internarme por el sur de la capital y pretendía llegar hasta la glorieta para después derivar hacia las rondas de Valencia y Atocha en busca de la cuesta de Moyano con el objetivo de espigar entre lo mucho, bueno y viejo que allí se puede encontrar algún tomo descatalogado de cualesquiera de las mentes preclaras que tan atinadamente han sabido plasmar la topografía o la historia de la Villa y Corte. Me resistía a dejarme vencer por el infernal y tórrido calor que a eso de las tres de la tarde suele dejarse notar en toda su extensión. La pendiente colaboraba empujándome calle abajo, sin darme tiempo siquiera a admirar algunos balcones adornados con coloridos tiestos y frondosas plantas, unas propias de la tierra y otras más exóticas, en consonancia con la personalidad del barrio. Ocupado y preocupado por arrimarme a la escuálida sombra que a esas horas ofrecen las muros de los inmuebles y los siempre generosos plátanos, casi pasa desapercibido para mí un caserón semidestartalado, de paredes desconchadas, persianas de las de rodillo visto descolgadas de sus clavos, balcones con la herrumbre por adorno y portales y ventanales con la madera medio comida por el tiempo histórico y por el meteorológico. El edificio que me ofrecía, a pachas con los árboles, esa humilde y agradecida sombra era inmenso, de más de cien metros de fachada. Juro que no sabía de qué se trataba pues, aunque vivo en Madrid desde hace ya un cuarto de siglo, esto del flaneo y la historia callejera de la ciudad como que no me llamaba mayormente la atención. Cambié de acera para coger perspectiva y tras desparramar la vista por toda la extensión de la pared me topé de bruces con un vetusto, derrengado y poco atractivo portalón en cuyo frontispico se podía leer Fabrica de Tabacos. Más o menos me intenté hacer una idea de dónde me encontraba. La memoria me ofrecía ambiguamente algunos datos donde se mezclaban sainetes de Ramón de la Cruz, la Carmen la de Mérimée, las cigarreras que marcaban el devenir del barrio de Lavapiés, Galdós, Barea, Baroja… Desprecié tan inconcretos e inconexos mensajes de mi cerebro -¡qué podría tener que ver la Carmen sevillana con la calle Embajadores!- y seguí mi caminar en pos de mi objetivo literario. Ya miraría en la red al llegar a casa. Y vaya si miré. Y vaya si despotriqué contra todo lo que se movía cuando me enteré de que se trataba de la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid, de que allí había surgido un movimiento femenino que dejaba en paños el edulcorado y efectista feminismo actual. Vaya si lamenté el abandono en que se encontraba aquel edificio, que tenía tras de sí una narración ejemplar que escribir, atendiendo tanto al punto de vista industrial, a la óptica social y laboral y, por supuesto, a lo histórico. Y estaba semiabandonado, ocupado por jóvenes del barrio que habían hecho de él su espacio de reunión y de expresión de una forma de entender la vida ante un sistema hostil. Transcurrió el tiempo. Pero hace ahora un par de semanas volví a pasar por el lugar. Y obligado me he visto a rendir un pequeño homenaje tanto al inmueble como a quienes protagonizaron con su trabajo una densísima historia durante alrededor de siglo y medio. Homenaje que se transforma en denuncia ante la falta de definición y concreción de su uso futuro. Un complejo de estas dimensiones no puede mantenerse en las condiciones de abandono en las que se encuentra, al menos en su exterior, y ya sea para usufructo del vecindario o para otro destino cultural, social o simplemente vital, el local debe revitalizarse. Todo antes que estar durmiendo la pesadilla del abandono y de la indiferencia más absoluta por parte de las autoridades. Aunque algunos piensen que mejor que los que ordenan y mandan no se acuerden de él.

Productos estancados

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Edificio de la Fábrica de Tabacos visto desde la glorieta, con la calle Embajadores a la izquierda

Es hoy Ramón Mesonero quien nos pone en la senda del origen primigenio del lato inmueble, situándonos al final de la calle Embajadores, en su acera izquierda, donde “se alza el extenso edificio construido en los últimos años del siglo pasado -se refiere al XVIII- con destino a fábrica de aguardientes y licores, estancados entonces por la Real Hacienda, barajas, papel sellado y depósito de efectos plomizos, y hoy destinado a la de Tabacos, desde 1809, en que comenzó en él la elaboración de cigarros y rapé, hasta el día de hoy, en que cuenta más de cinco mil operarios, principalmente mujeres, con inmensos talleres, en que se labran al año sobre dos millones de libras de cigarros”. Resume El curioso parlante con su habilidad y minuciosidad característica la historia del local desde sus inicios hasta mediados del siglo XIX. Pero no fue todo tan lineal y sencillo como pudiera parecer. Hay que remontarse al reinado de Carlos III, de quien nació la idea de fundar una instalación manufacturera, en el marco de su mentalidad ilustrada y de sus deseos de modernizar Madrid en lo que a obras públicas se refiere. En septiembre de 1781 la Real Hacienda de su Majestad adquiere las huertas de la comunidad de clérigos regulares de San Cayetano para comenzar de inmediato las obras de desmontes de los terrenos y denominar, en principio, al complejo Real Fábrica de Aguardientes. La construcción se llevó a cabo bajo la dirección del arquitecto Manuel de la Ballina y responde tipológicamente al modelo de instalaciones manufactureras del siglo XVIII. Se trata de un edificio de forma rectangular con cuatro plantas. La fachada principal cuenta con balcones y tres portadas. La del centro es la principal y se encuentra adornada con dos pilastras dóricas con triglifos en el cornisamento, que sirven de base al balcón principal, en cuyo guardapolvo puede verse un escudo de armas. Cuenta además con un corralón contiguo rodeado de una tapia que da a la glorieta de Embajadores. Desgraciadamente, el mejor alcalde de la Villa y Corte no vería concluido el proyecto pues fue terminado en 1790, dos años después de su muerte y ya durante reinado de su hijo Carlos IV. El objetivo último de esta obra era reunir en un mismo inmueble todos los productos estancados del monopolio del Estado español, a los que aludía Mesonero líneas atrás. Recordemos que por estanco se entiende la prohibición de vender libremente ciertos artículos de uso y consumo para la ciudadanía. Sin embargo, la fabricación de dos de estos productos duró poco tiempo porque se otorgaron en concesión a personas concretas. En concreto, la elaboración del aguardiente, que pasó a manos de la duquesa de Chinchón, que dio nombre al famoso anís, y la de barajas de naipes, que fue otorgada a un súbdito de procedencia belga llamado Heraclio Fournier. La fabricación artesana de tabaco no estaba entre las estancadas en Madrid en un principio ya que ese producto se manufacturaba en Sevilla, Cádiz y Alicante y a la capital llegaba un escaso montante de lo elaborado en esas ciudades.

Los franceses, sin tabaco

En 1808 Napoleón invade la península y al llegar a Madrid acuartela a la tropa a lo largo y ancho de la ciudad en los más variopintos edificios. Uno de ellos es esta fábrica, cerrada en esos momentos pues parece ser que no cumplía la misión para la que fue creada. El ejército napoleónico venía suficientemente surtido tanto de comida como de bebida. De tabaco también, pero en hojas sin elaborar. Y los soldados tenían otras mañas y virtudes pero no la de convertir las hojas de tabaco en cigarrillos. Y ya se sabe que para los fumadores el poder dar rienda suelta a su afición es algo más importante que la vida misma y, si a ello unimos que se trataba de un ejército en guerra, pues pueden ustedes imaginarse la situación creada con el tabaco, o mejor dicho su falta. Los caudillos militares franceses se enteran, sin embargo, de que en el barrio de Embajadores operan talleres clandestinos de elaboración de tabaco, en manos de mujeres. La decisión por parte de José Bonaparte no se hizo esperar en vista de que las hojas vírgenes estaban deseando que alguien les diera la forma que permitiera su uso y disfrute. En poco tiempo aquel inmueble que servía de cuartel se convirtió en una verdadera fábrica cuyas obreras contratadas pasaron a convertirse en las famosas cigarreras. El primer día de abril de 1809 la nueva Fábrica de Tabacos comenzó su andadura con una plantilla de 800 mujeres, las primeras cigarreras de una plantilla que en sus años de apogeo, allá por finales del siglo XIX, llegó a sumar más de 6.000, cifra nada despreciable para la economía de la Villa y Corte si tenemos en cuenta que Madrid cierra el dicha centuria con una población que apenas superaba los 300.000 habitantes. Los talleres, tras la decisión de Bonaparte, funcionaron de forma provisional hasta 1816 cuando se paralizaron provisionalmente para estudiar su futuro. Tras unos años de informes favorables, en 1825 la Dirección General de Rentas Estancadas autorizó el restablecimiento definitivo del trabajo de elaboración de cigarrillos y cigarros. Es el momento en que la fábrica comienza a crecer y a asentarse definitivamente en el paisaje industrial madrileño y el número 53 de la calle Embajadores no tendrá ninguna envidia a ningún otro recinto industrial, no sólo español sino del mismo Liverpool, si se me permite la hipérbole, llegando a convertirse en uno de los principales centros tabaqueros de la península ibérica y una de las mayores concentraciones obreras de la ciudad, tanto por el montante de su producción como por la importancia de los puestos de trabajo que se crearon en un Madrid y una España donde la revolución industrial y el uso de la consiguiente fuerza del trabajo tardaría en consolidarse algunas décadas.

Importancia social de las cigarreras

Cuadro Las Cigarreras (Gonzalo de Bilbao)

Cuadro Las Cigarreras de Gonzalo de Bilbao que reproduce su vida laboral conciliada con la maternal

Leemos en la enciclopedia virtual Wikipedia que la Fábrica de Tabacos de Madrid representó “un escenario social de referencia en la vida de las mujeres que allí trabajaron, un espacio físico que condensa una memoria colectiva emblemática…/… las cigarreras mantuvieron un amplio protagonismo en los diferentes ámbitos de la realidad contemporánea madrileña”. Eran reclutadas y adiestradas en las labores tabaqueras desde niñas por sus madres y abuelas y desde su más tierna edad manifestaban una conciencia social y una capacidad de movilización y lucha obrera ciertamente sorprendente, para envidia de los tiempos actuales. Al margen de su carácter reivindicativo, hay que destacar su solidaridad con otros colectivos obreros, fundamentalmente en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siguiente. Las muestras de apoyo ante las frecuentes tragedias que asolaban a la clase trabajadora madrileña están en las hemerotecas e incluso hay nombres propios que destacaron por su carácter de líderes obreras, como es el caso de Eulalia Prieto o Encarnación Sierra, que durante la Guerra Civil se unieron en la lucha contra el fascismo. La mayoría de estas mujeres vivían en el barrio. Obtenían un salario que les permitía vivir con holgura y mantener a una familia. Al margen de su trabajo como operarias, los puestos de mando de los talleres también estaban en sus manos pues los hombres sólo ocupaban cargos de rango laboral inferior, como mozos de almacén o capataces, siempre subordinados a las cigarreras. Los únicos cargos masculinos por encima de ellas eran los directivos de la fábrica. Como consecuencia de estas condiciones sociolaborales la cigarrera llegó a ser un tipo de mujer independiente, afirmada en la solidez de su puesto de trabajo y mucho más actual de lo que podríamos imaginar. Los que hoy se llaman empleos indirectos aumentaron considerablemente y dinamizaron económicamente una zona necesitada, dando estabilidad al pequeño comercio. En cuanto a derechos colectivos hay que hacer notar que el Estado no prestaba en aquella época ningún tipo de atención a los trabajadores. Para mitigar esas carencias las cigarreras constituyeron en 1834 la Hermandad de Socorro, que pretendía proteger a las compañeras que por edad, enfermedad, maternidad u otras circunstancias no pudieran ganar en buena ley su salario. En 1840, por iniciativa de Ramón de la Sagra, se instituyen otras ayudas sociales como la sala de lactancia y las escuelas, dentro de lo que se denominó Asilo de Cigarreras, ubicado en el vecino Casino de la Reina. Allí las madres podían dejar a sus hijos pequeños debidamente protegidos mientras ellas trabajaban. Incluso si eran lactantes podían abandonar dos veces al día el puesto de trabajo para amamantarlos. Más aún, se les llegó a permitir tener al pequeño en una cuna a su lado en el propio taller de labores. No es extraño, por tanto, que cuando se les pretendía modificar arteramente alguna de las condiciones laborales se unieran todas a una en defensa de sus derechos. Momentos tensos de la relación laboral entre patronos y cigarreras los tenemos en 1887 cuando las empleadas se rebelan ante la mala calidad del tabaco que llega a la fábrica y que las obliga a incrementar las horas de trabajo para llevarse el mismo jornal a casa. Otro momento confictivo se vivió cuando los cargos directivos deciden  cesar al administrador de la fábrica, Enrique Viglieti, a quien las cigarreras respetaban y querían porque, entre otras cosas, había promovido los talleres a domicilio para las que por enfermedad no pudieran acudir a Embajadores 53 o el adelantar dinero cuando por causa de fuerza mayor las operarias no pudieran acudir al tajo. Se echaron a la calle más de 5.000 mujeres junto a familiares y amigos que se solidarizaron con ellas. Las cigarreras no se dejaron amedrentar por las amenazas ni por la presencia de más de cien guardias civiles enviados para sofocar la revuelta. Ganaron la partida y los jefes consintieron la reincorporación de Viglieti. Toda una institución femenina las cigarreras de la calle de Embajadores, espejo y ejemplo para mujeres y hombres actuales en cuanto a lucha por derechos laborales y libertades públicas, últimamente puestos en entredicho cuando no desapareciendo. El oficio de elaboradora de cigarrillos desapareció con la llegada de las máquinas, cuando progresivamente fueron siendo cada vez más prescindibles. La fábrica pasó a manos de Tabacalera S.A en 1945 y durante las siguientes décadas, hasta su cierre definitivo en 2000, vio disminuir progresivamente la actividad al tiempo que la plantilla se iba reduciendo a mínimos. Desde entonces el viejo edificio, en manos del Estado y adscrito al Ministerio de Cultura, espera un destino que al menos esté en consonancia con la importancia histórica tanto de su uso manufacturero como de las personas, fundamentalmente mujeres, que por él pasaron ganando su pan con honradez, con orgullo gremial y con conciencia de clase. Y sin necesidad de vestir de morado o magenta, exigir cuotas o presionar para que se perpetraran leyes en la onda de la eufemísticamente llamada discriminación positiva. Tenían muy claro estas mujeres, pese a su escasa formación intelectual, que la lucha era entre ricos y pobres y nunca entre negros y blancos, cristianos y musulmanes, fumadores y no fumadores o, sencillamente, entre hombres y mujeres.

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Publicado por en junio 30, PM en Obra civil

 

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