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Archivos Mensuales: julio 2014

Plaza de la Villa

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Bellísima estampa nocturna de la plaza de la Villa

Si la plaza de la Paja fue en la Edad Media el centro neurálgico de Madrid desde el punto de vista agrícola y comercial, antes de que se construyera la del Arrabal (hoy Mayor), la plaza de la Villa lo debió ser desde el punto de vista de la política municipal. Y nos expresamos de forma perifrástica porque, aunque no hemos encontrado datos del momento preciso en que se convierte en lugar de reunión del concejo, sí sabemos que encima del pórtico de la iglesia de San Salvador se celebraban las asambleas de los gobernantes municipales. Se tienen noticias de que el mencionado templo aparece descrito en el fuero de 1202 y de que Madrid cuenta con ayuntamiento desde tiempos de Alfonso XI, que fue quien nombró a los primeros regidores. Dado que este rey castellano muere en 1350 hay que deducir que hacia mediados del siglo XIV la plaza de la Villa se puede considerar eje geográfico alrededor del que se desarrolla la vida municipal, salvo que los anteriores regidores ya utilizaran el pórtico del Salvador para reunirse. Que es más que posible. Sin embargo, lo que distorsiona de alguna manera esa antigüedad es que el más añejo de los edificios de esta plaza, la casa y torre de los Lujanes, se erigió en el siglo XV aunque no es descabellado aventurar que en torno a la iglesia deberían levantarse construcciones con anterioridad, toda vez que el lugar se encuentra dentro de la cerca árabe o primera ampliación de la ciudad. Volcamos a vuela pluma y de entrada estos datos -aun a riesgo de abrumar o saturar al lector- para justificar el que no nos atrevamos a considerar esta ágora matritense como la más antigua de la Villa pero sí a insistir en que, en pugna con la cercana de la Paja, concentraría en torno a ella la vida ciudadana del Madrid de la baja Edad Media. En todo caso, nos encontramos ante un recinto geométricamente rectangular de una densidad artística e histórica fuera de lo común. Lugar de visita de extranjeros que, empujados por sus manuales turísticos, hacen un alto en el camino, entre la visita del Palacio Real y la de la plaza Mayor, giran sobre sí mismos con sus mapas en forma de sábana abiertos cuanto dan de sí sus brazos y se admiran de que cada uno de los cuatro costados de la plazuela dé para escribir no uno sino varios tratados de historia o de arte. Los oriundos del lugar, condicionados por razones más prosaicas, se paran menos en esta explanada coronada por el monumento a Álvaro de Bazán, sobre todo desde que dejó ser sede del ayuntamiento hace ahora seis años. Sin embargo, a ningún madrileño escapa su importancia histórica, entre otras razones, por su situación geográfica, en el centro de la primera cerca, en pleno Madrid de los Austrias, a escasos pasos del antiguo alcázar y rodeada de edificios de abolengo más que rancio, por más que el derribo de la iglesia de San Salvador a mediados del siglo XIX rebajara la importancia cuantitativa que la plaza tenía hasta aquellos momentos en la vida social capitalina.

Antigua plaza de San Salvador

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Iglesia de San Salvador (B) en el plano de Texeira

La plaza de la Villa fue, por consiguiente, uno de los principales ejes de la vida de los madrileños en el Medievo, dada su ubicación equidistante entre la puerta de Guadalajara y la de la Vega, que protegían a la ciudad en la denominada cerca árabe. En principio era conocida como plaza de San Salvador, por la iglesia de ese nombre que se alzaba en el fontal de la calle Platerías -hoy Mayor-, adoptando oficialmente el nombre actual en el siglo XV cuando Enrique IV de Castilla le otorgó el título de Noble y Leal Villa. Mesonero Romanos en su Antiguo Madrid, texto que junto a la guía de Pedro de Répide hoy van a ser claves en nuestro caminar por esta plaza, nos la describe como “sitio altamente interesante por su importancia y recuerdos históricos. Formada esta plazuela por los considerables edificios del ayuntamiento o Casas Consitoriales, a poniente, las de los Lujanes al opuesto lado, y al frente la antiquísima parroquia del Salvador, que la daba nombre”. Olvida El curioso parlante citar la casa de Cisneros, en el lienzo sur, y las casas de los condes de Oñate, en la zona este, lindando con la calle Mayor. Sin embargo, sí valora lo que ha sido en el pasado la plaza, “largo tiempo considerada como la principal de la Villa, puesto que la Mayor actual caía del otro lado de la muralla, en el arrabal”. Debía considerar Mesonero sólo los aspectos políticos en su valoración de la importancia del lugar aunque rebaja un tanto la misma cuando afirma que “el humilde origen de la Villa de Madrid y su limitada importancia hasta los siglos XV y XVI es la causa de que no se encuentren en ella edificios públicos de consideración, anteriores a dicha época, careciendo, bajo este punto de vista, del atractivo que para el arqueólogo y para el poeta tienen otras muchas de nuestras ciudades, hoy de segundo orden, como Toledo, Valladolid, Burgos, Segovia, etc”.  El ágora toma importancia por el hecho de haber sido la sede de las reuniones del concejo desde lejanos tiempos y hasta 2007 pues “aunque quedó establecida la Corte en esta Villa en 1561, el ayuntamiento de Madrid, respetuoso observador de su sencilla costumbre, siguió celebrando sus reuniones en la pequeña sala capitular situada encima del pórtico de la parroquia de San Salvador, según consta en muchos documentos”. Y cita Ramón de Mesonero unos acuerdos de principios del siglo XVI, aunque la costumbre de reunirse en los altos de la entrada de la iglesia databa de bastante atrás en el tiempo.

Casas Consistoriales

Casas consistoriales

Fachada de las Casas Consistoriales

Y allí, sobre el pórtico del Salvador, se celebraron las reuniones de los representantes municipales hasta que el ayuntamiento adquiere el edificio situado al oeste, perteneciente al marqués del Valle y presidente de los Consejos de Hacienda, Indias y Castilla, Juan de Acuña, que pasaría con el tiempo a denominarse Casa de la Villa o Casas Consistoriales y que albergaría durante algo más de tres siglos al concejo capitalino. La compra se produce en 1615, a la muerte de Acuña, pero todavía el edificio tiene que ser protagonista de la historia de España antes de convertirse en sede municipal cuando en 1621 es detenido en sus aposentos el Duque de Osuna, Pedro Girón, tras caer en desgracia, entre otras acusaciones, por la famosa Conspiración de Venecia. A lo largo del siglo XVII el inmueble será reformado de la mano del arquitecto Juan Gómez de Mora y en 1693 acogerá su primera reunión municipal. Esta es la opinión más extendida entre los historiadores actuales, que rechazan las afirmaciones de Mesonero quien escribió que ya en 1619 se había celebrado la primera cita concejil. Dice al respecto Pedro de Répide que “no puede sostenerse absolutamente semejante aseveración. Parece ser más cierto  que las obras del edificio que conocemos comenzaron en 1645 y terminaron en 1693”. La polémica entre Mesonero y Répide parece zanjada en cuanto a fechas pero no en cuanto al valor del edificio una vez que en el siglo XVIII Juan de Villanueva lo reformara dándole la forma neoclásica que actualmente podemos observar. Mesonero rechaza estéticamente la obra de Villanueva, tanto en su exterior como en el interior que “tampoco ofrece nada notable, ni por su forma ni por su decorado y está muy lejos de responder a la importancia que debería tener la casa comunal”. Lamenta la ausencia en sus salas de “primores de arte ni objetos de interés histórico, el antiguo concejo de Madrid y su ayuntamiento durante tres siglos cuidaron muy poco de enriquecer su mansión con tales ornamentos”. El enfado del Curioso Parlante llega al extremo de lamentar que no se vea en el lugar “ni siquiera una inscripcion, ni una lápida, ni una imagen de ninguno de sus hijos célebres, ni un libro raro, ni…” para finalizar enfatizando que todo ello ocurre en “el pueblo que vio nacer a Carlos III, Fernando el Sexto, al gran duque de Osuna, Castaños, Lope de Vega…”. A todo ello contesta Pedro de Répide con una enumeración pormenorizada y detallada del ingente caudal artístico que encierran las dependencias municipales en una de las más jugosas y encendidas polémicas histórico-artísticas mantenidas entre estos dos auténticos gallos del corral matritense, en cuanto a conocimientos sobre su pasado se refiere. Baste como muestra de ello el inicio de la descripción de Répide del interior del inmueble tras haber encomiado la fachada de Villanueva, con la que intenta cerrar la boca a quienes como Mesonero desprecian sus valores arquitectónicos y artísticos. “El interior de la casa, elegante y suntuoso…/…la hermosa escalera decorada con el famoso cuadro de Goya, conmemorativo del Dos de Mayo…/…el patio central, llamado de cristales por el piso de vidrio que divide su primitiva altura…”. Y así sigue Répide hasta completar dos densas páginas de descripciones en su entrada referida a la plaza de la Villa, en la que repasa los pormenores arquitectónicos y artísticos del despacho del secretario, el salón grande, el despacho del alcalde, la maravillosa custodia o las visitas de los más prestigiosos jefes de estado extranjeros.

Casas de Cisneros y de los Lujanes

Torre de Lujanes

Casa y torre de los Lujanes

En el lienzo sur del rectángulo que forma la plaza se encuentra la casa de Cisneros, construida en el siglo XVI y cuya fachada fue reformada a principios del siglo XX, cuando fue adquirida por el ayuntamiento para integrarla en las dependencias de la casa de la Villa. La remodelación, respetando el original, fue obra del arquitecto Bellido y González, a quien se debe también el pasadizo volante que une la casa al consistorio a través de la calle Madrid. Impropiamente se le ha llamado de Cisneros pues no fue mandada construir por el insigne cardenal sino por su sobrino y heredero Benito Jiménez y cuya entrada principal se encuentra por la calle Sacramento. Al post de este blog dedicado a esa calle remitimos al lector pues allí se encuentra la información concerniente a la historia del edificio, sin olvidarnos de decir que en ella nació el conde de Romanones y que en ella vivió asimismo Ramón María Narváez, el que fuera presidente del gobierno y quien, según Répide, “alguna vez salió de allí apresuradamente y acabando de abrocharse la levita del uniforme en la urgencia de algún pronunciamiento de los que frecuentemente alteraron la tranquilidad de la Corte durante la mayor parte del siglo XIX”.  Pero situémonos ahora en la zona este de la plazuela, donde se encuentran la casa y torre de los Lujanes, dos construcciones levantadas en estilo gótico-mudéjar que se consideran entre las más antiguas de carácter civil que se conservan actualmente en la Villa y Corte. Su nombre alude a los primeros propietarios, la familia Luján, comerciantes acaudalados de origen aragonés y parientes de los que tenían sus aposentos en la plaza de la Paja. Muchos han sido los habitantes e instituciones que ha acogido la casa pero hay que destacar que en ella se establecieron la Academia de Ciencias Exactas y Físico-Naturales, creada en 1857, y la Sociedad Económica Matritense, fundada en 1775, ambas trascendentes organismos filantrópicos que perseguían la modernización del país, fundamentalmente en el caso de esta última. Así lo atestigua Pedro de Répide cuando cita como ejemplo “para dar una idea de sus trabajos, que uno de los primeros fue el famoso informe sobre la ley Agraria, resultado de muchas y muy detenidas meditaciones de la sociedad y redactado por el insigne don Melchor Gaspar de Jovellanos y que fue dirigido al Consejo de Castilla el 3 de noviembre de 1794”. El informe impulsó una época de progreso en la economía nacional “combatiendo -a juicio del Ciego de Vistillas– muchas preocupaciones y funestas prácticas que se oponían al libre desarrollo de la agricultura y la industria”. Contigua a esta casa se encuentra la otra de los Lujanes y de la cual formó parte la anterior, “en cuya esquina de la calle del Codo se alza la célebre torre en la que se ha querido fijar la leyenda de la prision de Francisco I de Francia”. El rey vencido por Carlos I en la batalla de Pavía fue traído a España lleno de honores pese a tratarse de un prisionero. Recibió todo tipo de parabienes hasta llegar a Madrid en su periplo por Barcelona y Valencia como ciudades más señeras. “Apenas fue preso en el mismo campo de batalla los caudillos españoles comenzaron a besarle las manos”, apunta Répide para dar una idea de lo magnánimo de la detención, que Madrid multiplicó en cuanto a atenciones, festejos y regocijos en su honor. La torre ha sido restañada recientemente y actualmente se puede disfrutar de su grandiosidad e incluso observar la pequeña puerta que da a la calle del Codo y por la que entró Francisco I. Gómez de la Serna, con su sorna característica, califica ese hecho de legendario por tener el rey francés que “humillarse bajando la cabeza al entrar, pues no va bien ese rasgo con la cortesía arrastradora de las plumas del sombrero por el suelo con que en rendidos saludos le llevaron y le trajeron sus guardianes de honor durante toda la travesía”.

Casas de Oñate y monumento a Bazán

Álvaro de Bazán

Monumento a Álvaro de Bazán

Completando el lienzo de la parte este de la plaza, entre las calles del Codo y Mayor tenemos las casas de Oñate, quizás la edificación menos relevante desde el punto de vista artístico e histórico. “Desentona un tanto -dice Répide-  por su aspecto de moderna vivienda de vecindad, en la solemnidad de la vieja plaza, que después de la restauración de la casa y torre de los Lujanes, resultaría digna de ser cerrada por gruesa y férrea cadena en la parte que limita con la calle Mayor”. Aunque han pasado cerca de cien años desde que el Ciego de Vistillas escribiera lo anterior no cabe duda que cualquiera lo podría corroborar actualmente. El centro de la plaza estuvo ocupado hasta avanzado el siglo XIX por una fuente de estilo neoclásico, llamada de la Villa, a la que Mesonero, nada conforme con la configuración estética de la explanada, califica de “extravagante construcción”, según el estilo ilustrado en moda en el siglo anterior. Cuando don Ramón escribe su Antiguo Madrid la plaza se encuentra diáfana y él aboga por dedicar una estatua al emperador Carlos I, “triunfador de Pavía, la que estuvo colocada anteriormente en el Retiro y en la plazuela de Santa Ana”. No se llevaron a efecto sus deseos, que incluso trasladó oficialmente al ayuntamiento en 1862, y en su lugar se decidió erigir en 1891 una estatua en honor al héroe de Lepanto y de la isla Tercera, don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. La figura es de bronce y su autor, Mariano Benlliure, se inspiró, dice Répide, “para la traza de ella, y muy acertadamente, en la propia efigie de CarlosV, a que antes se ha hecho mención. El pedestal, obra del mismo escultor y del arquitecto Miguel Aguado, es de mármol gris. En sus ángulos tuvo unos delfines de bronce y al frente, en el centro de una corona de la misma materia, se conserva la inscripción A D. Álvaro de Bazán“. En el lado opuesto se pueden leer unas redondillas encomiásticas que dedicara Lope de Vega a este insigne militar y en las que se alude al espanto que causaba a franceses, ingleses, turcos, portugueses y cualquiera que se le enfrentara. Ahí es nada.  Cerramos aquí el repaso a la densísima biografía de esta plazuela. Muchos datos y opiniones quedan en el tintero, interesantes sin duda para cualquier aficionado a la historia y el arte de la Villa y Corte pero que en un momento dado llegarían a cansar en un relato regularmente divulgativo como este. En cualquier caso, material suficiente hemos vertido aquí para dar una idea de la importancia que ha tenido esta histórica ágora. Hasta tiempo reciente dicha trascendencia era política, histórica y artística. Desde hace unos años la primera se ha desvanecido pero nos quedan las otras dos, afortunadamente bastante más fiables y sabrosas para el buen flaneante de la topografía matritense.

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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Publicado por en julio 22, AM en Plazas

 

El navegable Manzanares

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Bella estampa del Manzanares en la actualidad. Foto es.wikipedia.org

Sí, sí, es cierto. Que no se nos ría ninguno. Y no enarquen las cejas escépticos ni se les ocurra siquiera esbozar una sonrisa en escorzo por debajo de la nariz. El intento de hacer navegable el humilde río madrileño fue algo más que una elucubración mental. Incluso, durante más de medio siglo, se utilizó para el transporte de mercancías. La llegada del ferrocarril, mediado el siglo XIX, dio definitivamente al traste con el desarrollo integral del proyecto pero ahí queda para la posteridad esa empresa, temeraria e inabordable para la mayoría, de unir por vía fluvial Madrid con Lisboa. La idea venía de lejos, del siglo XV. Ya en la corte de Juan II de Castilla se especuló sobre la posibilidad de aprovechar el río Manzanares para salvar las dificultades orográficas que constreñían la ciudad y mejorar las comunicaciones marítimas con Lisboa a través del Tajo. Pero todo quedó ahí, en meras especulaciones. Sería en tiempos de Felipe II cuando se tomó más en serio el proyecto. La elevación de Madrid a Corte de las Españas y la anexión de Portugal al Imperio implicaban la posibilidad de conectar la capital con el mar algo, por otra parte, necesario para la Villa, tanto por razones de prestigio como por otras más prosaicas. Madrid era la única capital importante de Europa que no contaba con un río de cierto empaque y para competir con Londres o París, con su Támesis o su Sena, había que tomar alguna medida. Ya que obviamente era imposible cambiar de río lo que procedía era modificarlo de forma artificial para aumentar su caudal a través de intervenciones en los terrenos, tanto del cauce como de las zonas aledañas. A través de un ingeniero militar italiano llamado Juan Baustista Antonelli se trabajó sesusadamente en el asunto y se consiguió realizar el trayecto en barcazas desde Aranjuez a Lisboa y desde Madrid a Rivas-Vaciamadrid. Pero la muerte primero del propio ingeniero y después del monarca Felipe II supusieron un freno insalvable pues el sucesor de este último, Felipe III, no estaba por la labor de dar continuidad al deseo paterno. Habrá que espera al siglo XVIII para que, con la llegada de los emprendedores Borbones, la navegabilidad del Manzanares se convierta en una realidad. Realidad que se prolongará durante los reinados de Fernando VII e Isabel II, hasta que el tren haga acto de presencia. Porque el proyecto de hacer navegable el río de Madrid no fue un capricho surgido de un entorno cortesano frívolo. Como decíamos líneas atrás, la capitalidad de la ciudad requería vías de comunicación rápidas y fluidas y la orografía del terreno no daba para mucho. Había que mantener contactos con América, había que relacionarse con otras cortes europeas y había que abastecer a Madrid de materias primas de todo tipo pues la ciudad iba creciendo en población y necesidades y las comunicaciones terrestres no estaban a la altura. Por otra parte, se era consciente de las dificultades de la empresa aunque los ingenieros siempre dieron a ello respuesta mediante proyectos ciertamente faraónicos y costosos pero perfectamente viables. Sólo, hay que insistir en ello, la modernidad y la llegada de los caminos de hierro dejaron obsoleta una infraestructura que podría haber cambiado la fisonomía de la ciudad y, a la vez, haber tapado la boca a cuanto poeta, narrador, dramaturgo o historiador tomaron por objeto de mofa lo escuálido del cauce del Manzanares, su mutismo veraniego o sus enfados primaverales.

Proyecto ambicioso, costoso y difícil

Felipe II

Felipe II, primer impulsor de la navegabilidad del Manzanares. Foto es.wikipedia.org

La construcción de un canal navegable a través del río Manzanares constituyó un proyecto de infraestructura fluvial tan ambicioso como costoso y difícil de llevar a efecto. Aunque no imposible. Las dificultades tanto técnicas como geográficas estaban a la vista de expertos y profanos pero durante siglos pesó más el deseo y la necesidad de unir la Villa y después Corte con el mar que los inconvenientes que una obra de estas características pudiera presentar para la que era primera potencia mundial. Se trataría de enlazar el Manzanares con el Tajo a través del Jarama con lo que la Corte española podría eliminar el aislamiento en que se encontraba en una época en la que, queda dicho, conectar la capital a través del mar con las grandes urbes europeas era condición ineludible para asentar un imperio. La archivera documentalista de la Empresa Municipal de la Vivienda de Madrid, María Teresa Fernández Talaya, en su estudio El canal del Manzanares, un canal de navegación en el Madrid de Carlos III, nos sitúa en el origen de la empresa. Surge, según leemos en su trabajo de investigación, en el siglo XV en tiempos de Juan II, cuando “se pensó que sería una gran obra hidráulica para Madrid construir un canal navegable. Con esa nueva vía de comunicación se pretendía unir las aguas del Jarama y del Manzanares. Este proyecto fue estudiado por los artífices más expertos del momento, que hicieron un estudio de las corrientes y terrenos considerando, tras él, que el lugar por donde se podían unir ambos ríos, dada la nivelación del terreno, era desde el puente de Viveros hasta el pie de la torre de la parroquia de San Pedro, y de allí a los pilares que llamaron antiguamente de Pozacho y posteriormente calle Nueva, desde donde iba derecho al puente de Segovia, lugar en que el que uniría con el Manzanares”. Este atrevido primer plan tenía relativa consistencia pero fueron ciertos perjuicios que ocasionaría a los dueños de los molinos y, sobre todo, la muerte del monarca castellano en 1554 las razones de que se enfriara un proyecto que quedaría pendiente para mejor ocasión. Habrá que esperar algo más de cien años para que durante el reinado de Felipe II se vuelva a poner sobre la mesa. Se encuentra en esos momentos el llamado rey prudente enfrascado en la conquista de Portugal. Estamos en 1580 y el reino lusitano es incorporado a la corona española sin mayores dificultades. Pero, por si acaso, el monarca ha encargado con anterioridad al ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli buscar soluciones para facilitar y mejorar el traslado de tropas, armamento y pertrechos en lo referido a preparar caminos y allanar las zonas más escabrosas. La topografía era abrupta y los caminos malos. Es cuando se retoma la idea de buscar soluciones por vía fluvial. Antonelli presenta a Felipe II un proyecto hidrográfico para convertir el Tajo en fluvial que recoge las ventajas comerciales, de rápida comunicación, de beneficios para la hacienda real y de prestigio internacional que traería consigo. Se muestra entusiasmado el monarca, por más que en el entorno de la Corte el escepticismo sea el denominador común, y ordena que se dé carta blanca a Antonelli. Es más, el propio Felipe II organiza una expedición fluvial entre Madrid y Aranjuez en 1584 para lo que se construyen dos chalanas reales con toldos, cortinajes de damasco y demás elementos de comodidad y de suntuosidad propios de tan ilustres pasajeros. Antonelli toma el mando como capitán de los reales barcos con lo que de alguna manera inaugura la navegabilidad del Manzanares, por más que el proyecto de ver unidas Madrid con Lisboa por vía fluvial quede aún lejos y a la larga nunca se llegue a redondear. En 1588 se realiza el primer viaje entre Toledo y Lisboa, con siete barcazas, pero en el viaje de vuelta Antonelli fallece por causas naturales y ello supuso un frenazo importante en el desarrollo de las obras, a cuya paralización definitiva contribuyó la muerte de Felipe II diez años más tarde.

Pedro Martiengo

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Puente de los Migueles. Foto ABC

Los Austrias sucesores de Felipe II no se tomaron muy en serio la continuación del proyecto por más que nunca se perdiera de vista definitivamente. Pero tuvieron que pasar en este caso unos doscientos años para que se retomara la obra, dormida desde los tiempos de Antonelli. Nos apropiamos otra vez del estudio de María Teresa Fernández Talaya para echar luz sobre esa nueva intentona de hacer navegable el río matritense en 1770, cuando “surgió un hombre de empresa decidido a realizar el canal navegable del Manzanares. Se trata de un empresario privado llamado Pedro Martiengo que un año antes ha presentado un proyecto para construir a su costa, bajo ciertas condiciones y privilegios, unos temporales y otros perpetuos, canales de navegación por las aguas de los ríos Manzanares, Jarama y otros comprendidos en distrito de veinte leguas en contorno de Madrid. Argumentó que realizaba este proyecto a pesar de que durante los últimos dos siglos se había intentado sin éxito”. Carlos III da el visto bueno matizando que “no debía desatenderse la expresada propuesta, antes sí, examinarse con cuidado, a este fin la mandé remitir a mi Consejo para que por lo respectivo a las gracias, privilegios y condiciones que solicitaba esta compañía me expusiese su dictamen”. Las propuestas de la compañía fueron aceptadas. Y las condiciones, que consistían en “el privilegio exclusivo de construcción de canales de navegación y hacer navegables los ríos por treinta años, en veinte leguas de Madrid, por la parte de Oriente, Mediodía y Poniente, y siete leguas en las corrientes del río Manzanares desde Madrid hacia el puerto de Guadarrama”. Las obras se prolongaron hasta el reinado de Fernando VII y el canal estuvo operativo hasta Rivas ya que no se completó su construcción hasta el Tajo, como estaba planificado. La llegada de los caminos de hierro hizo que en 1860 dejara de dar servicio a través de los dos embarcaderos de Madrid y el único de Rivas. Por tanto, el proyecto fue una realidad en el tramo descrito entre la capital y la ciudad del este de la Comunidad. Se trataba de una infraestructura de unos 20 kilómetros de extensión, de la que aún se pueden observar algunos restos pese a que muchos de ellos han sido destruidos por el tiempo y por la falta de atención por parte de los organismos públicos competentes. Contaba con diez esclusas, una cabecera, los embarcaderos de Madrid y casas de personal y mantenimiento. Además, la fuerza del agua se ulilizaba para mover los molinos que se encontraban en sus orillas y se utilizó fundamentalmente para transportar materiales de construcción. Como decimos, el canal conserva actualmente en su recorrido varias esclusas, diversos edificios auxiliares y el cauce a lo largo del trazado. Un reportaje del diario ABC, firmado por Adrián Delgado el 15 de marzo de 2012, nos dice que “en torno al canal se estableció una importante industria relacionada con los materiales de construcción, papel, pólvora, gusanos de seda para la Real Fábrica de Tapices y caolín para la de Porcelanas. Asimismo, se construyeron varios puentes a lo largo de su cauce de los que se conservan en buen estado el de los arroyos del Congosto y el  de los Migueles”.

Plataforma de amigos del Canal del Manzanares

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Décima esclusa del Canal del Manzanares. Foto Bonet y Migonso

Desde 2008 un grupo de madrileños apasionados de esta infraestructura se han unido en la Plataforma de amigos del Canal del Manzanares con el objetivo de promover la concienciación ciudadana, la rehabilitación, la conservación y la explotación como turismo natural de lo que aún queda de ella, que a tenor de la información que nos ha llegado a nosotros se encuentra bastante abandonada por más que de puertas afuera los poderes públicos insistan en la necesidad de preservarla. Dicho colectivo realizó en 2009 un estudio encargado por Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, uno de cuyos redactores, Álvaro Bonet, comentaba en el reportaje de ABC los objetivos de la asociación, que no eran entonces ni actualmente otros que “los de conseguir proteger los restos que aún se conservan y que tienen un índice bajo de protección. Las partes incluidas dentro de las terrazas del Manzanares tienen afecciones de Bienes de Interés Cultural, el resto sólo está catalogado como elementos históricos dentro del Parque Regional del Sureste”. La plataforma ha alcanzado diversos logros durante sus años de vida, entre otros, cuenta Bonet, “que se procediera a la excavación de la quinta esclusa cerca del cerro de la Gavia. Fue muy emocionante ver a la luz sus treinta metros de largo. Sin embargo, en pocos meses hemos asistido impotentes a su enterrameinto bajo las vías del desdoblamiento de la línea férrea de Levante. Sabemos que no va a ser fácil pero… ¿y si se pudiera navegar por el Real Canal del Manzanares en un futuro?”. Ahí queda el reto y la posibilidad de que este deseo se convierta en realidad. Supondría la recuperación para el gran público de una extraordinaria infraestructura histórica bastante desconocida, que podría pasar por una leyenda urbana más si no fuera porque contamos con restos arquitectónicos reales que nos demuestran su existencia y gentes, como los miembros de la plataforma, que luchan para que no se olvide que hubo un tiempo en que el Manzanares, sí que sí, fue navegable.

 

 

 

 
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Publicado por en julio 19, AM en Obra civil

 

Cuesta de Moyano

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Cuesta de Moyano un domingo por la mañana

Perderse una mañana de domingo por las casetas de la cuesta de Moyano es uno de los placeres más valorados por cualquier aficionado a la lectura que se precie de serlo. Lo agradece el cuerpo, aireado en un lugar hasta donde llegan los efluvios del cercano Retiro y del no menos cercano Jardín Botánico. Se le da cuartel al intelecto, que disfrutará como cerdo revolcándose en charca rebuscando entre centenares de vetustos tomos y olisqueando ese aroma a papel viejo, cada vez más infrecuente. Además, al trepar por la cuesta, entre puesto y puesto, recuerda uno, agradecido, al personaje histórico que da nombre a esta empinada vía, Claudio Moyano, a quien debemos probablemente la ley de Educación que más transcendencia ha tenido para generaciones y generaciones de españoles, a quienes sacó del analfabetismo. Por último, rendimos pleitesía a este Madrid de nuestras querencias, que se muestra en todo su esplendor en un entorno donde la historia ha escrito páginas imborrables sin necesidad de acudir al relato de batallas, disputas y broncas varias, tan caras al espíritu hispano. Porque tenemos cerca la basílica de Nuestra Señora de Atocha que enfrenta incruelmente su más rancia tradición con la flamante y remodelada estación de ferrocarril. Contamos con un paseo del Prado, que arranca a la altura de la Cuesta de Moyano y que nos recuerda que este era el lugar de ver y dejarse ver en la Villa y Corte de los Austrias. Los Borbones también dejaron su estela con la construcción del Jardín Botánico, adlátere a la vía de la que hoy hablamos. Y tras recorrer la empinada cuesta llegaremos, tras escrutar con pasión, que no metodología, de entomólogo los puestos de libros viejos, a una de las puertas del Retiro, la llamada del Ángel Caído pues por ella, calle Alfonso XII mediante, se accede a la avenida que nos conduce a la singular escultura dedicada a Lucifer. Marco incomparable la cuesta de Moyano, por más que suene a tópico, escenario o telón de fondo donde recrearse quienes aún sentimos esa atracción fetichista por el volumen de papel, el libro de toda la vida. Paraíso a punto de perderse para quienes crecimos en una infancia sin libros y a quienes este bendito objeto vino a rescatar de la amenaza de una vida a ciegas. Consejero fiel de quien recibir las respuestas tanto a dudas profundas como a infantiles cuestiones. Guía espiritual que nunca nos ha negado la paz y la tranquilidad en momentos tormentosos. Psicólogo de cabecera, siempre con la receta a punto para salvarnos de un bajón moral, para darnos fuerzas cuanto estas flaquean o para iluminarnos en la oscuridad cuando nuestros ojos no dan más de sí. Fetiche, compañero, refugio, guía, ¡cómo vamos a abandonarlo cual trasto inservible ahora que las nuevas tecnologías nos impelen a ello! Nunca ni por nunca podrán los nuevos artefactos electrónicos sustituir a quienes atiborran nuestras estanterías al extremo de querer echarnos de casa. Y menos cuando se trata de viejos que no obsoletos tomos, esos compañeros de orgías intelectuales que han dado oxígeno en el pasado a tantos y tantos asfixiados y que esperan humildemente en la cuesta de Moyano que alguien los considere útiles en un inmediato futuro.

Calle y ley de Claudio Moyano

Claudio MOyano

Monumento con la estatua de Claudio Moyano y Samaniego al inicio de la cuesta

La cuesta de Moyano es la denominación popular con que se conoce a la calle de Claudio Moyano. Dicha vía, en cuesta naturalmente, enlaza el paseo del Prado con el parque del Retiro y su fama le viene por las casetas de venta de libros de segunda mano y ocasión que ocupan desde 1925 su margen izquierda, la que da al Jardín Botánico. Recibe el nombre del político de origen zamorano Claudio Moyano y Samaniego, conocido por ser el autor intelectual de la Ley de Instrucción Pública de 1855. Al principio de la rúa, junto a la glorieta de Atocha, una estatua de bronce nos recuerda al personaje que desde tiempos lejanos tiene unido su nombre a esta singular y corta arteria. En concreto, fue en 1899 cuando se decidió instalar en el lugar una estatua de cuerpo entero de Moyano. Posteriormente fue trasladada y en 1982 restituida nuevamente al lugar que hoy ocupa, coincidiendo con el 150 aniversario de la aprobación de la ley educativa por él impulsada. A finales del siglo XIX, cuando se decidió colocar el monumento, no era la cuesta de Moyano lugar de fiar. Se encontraba a las afueras de la capital y esto daba pie a que fuera refugio de gentes de mal vivir. Ese es el aspecto que destaca Pedro de Répide, que algo sabía del tema, en su Calles de Madrid, cuando hacia 1920 la describe, avisando que “por su especial situación, queda casi solitaria al anochecer, y durante la noche es poblada por un mundo equívoco que se ampara en la soledad del lugar y en las sombras nocturnas”. A continuación, se refiere a la estatua de Moyano en clave prosopopéyica, lamentando que presida “mal de su grado esa población misteriosa, parte de la cual le ha venido arrebatando sucesivamente la verja y los relieves de bronce de su pedestal. Don Claudio Moyano se ve obligado a resisitir en el bronce estas faltas al orden y a otras cosas, que él no habría podido tolerar viviendo, pues que el grave autor de la Ley de Instrucción Pública, y consecuente enemigo de la libertad, era un adusto y ceñudo caballero a quien estaba reservado padecer en broncínea efigie este castigo a sus excesivas virtudes”. Hay que suponer que donde dice libertad Répide se refiera a lo que hoy entendemos por libertinaje pues no vemos a Moyano como alguien opuesto a la libertad por más que pasara de una ideología liberal en sus primeros años en la política al posterior moderantismo. Pues bien, el adusto y ceñudo caballero al que se refería Répide había nacido en un pequeño pueblo zamorano en 1809. Se licenció en Derecho, Latín y Filosofía a los 23 años, tras pasar por las universidades del Salamanca y Valladolid. Fue rector de las de Valladolid y Madrid, alcalde de la ciudad del Pisuerga y posteriormente, en 1843, diputado a Cortes por la misma ciudad. Después sería nuevamente elegido diputado por Zamora y Toro, lo que le abriría las puertas de la alta política, entrando en 1853 en el gobierno para hacerse con la cartera de Fomento. Tras ostentar diversos cargos ministeriales fue nombrado senador en 1881, escaño que ocuparía con carácter vitalicio desde 1886 hasta su fallecimiento en 1890. Pero es la fecha de 1855 la que marcará su carrera como político pues es entonces cuando impulsa la reforma del sistema educativo español a través de la ley por la que es conocido y con cuyo apellido ha pasado a la historia. La Ley Moyano puso las bases para el ordenamiento educativo español durante los siguientes cien años y aún actualmente la distribución de las enseñanzas es básicamente la que diseñó el politico zamorano. Se planteó sacar a España de la deplorable situación en que se encontraba desde el punto de vista educativo ya que, a mediados del siglo XIX, los índices de analfabetismo superaban a la práctica totalidad de los países europeos desarrollados. Organizó la educación reglada en tres niveles, tal como hoy día se encuentra estructurada, es decir, una Enseñanza Primaria, obligatoria desde los seis hasta los nueve años y gratuita para quienes no pudieran pagarla. En la práctica dependía de los municipios y de la iniciativa privada. A continuación, el diseño legislativo preveía la Seguna Enseñanza o Enseñanzas Medias, en la que se ordenaba la apertura de institutos de Bachillerato y escuelas normales de Magisterio en cada capital de provincia, además de permitir a las órdenes religiosas acceder a su impartición. Por último, la Enseñanza Superior se reservaba al Estado a través de las universidades. Prácticamente -hay que insistir en ello- como hoy en día, lo que es un índice significativo del valor que tuvo esa ley allá por los albores del estado moderno español. Oficialmente la ley permaneció en vigor hasta 1970 en que con Villar Palasí se instauró la enseñanza obligatoria hasta los 14 años, edad ampliada hasta los 16 por la infausta Logse.

La feria del libro viejo

Cuesta de Moyano 1

Primeras casetas instaladas en 1925 en la cuesta

Una de las numerosas ferias que se celebraban en Madrid desde tiempos lejanos y que perduraba todavía a finales del siglo XIX era la existente en Atocha, en la que se ofrecían diversos productos, entre ellos libros. Ese es el origen de la actual presencia de las cerca de 50 casetas dedicadas a la venta del libro viejo y de ocasión, que de forma permanente abren sus postigos cada día en la cuesta de Moyano. En la enciclopedia virtual leemos que “en 1919 este sector de libreros abandonó Atocha para instalarse en el paseo del Prado, delante del Jardín Botánico”. Parece ser que el director del Botánico no veía con buenos ojos el que los libreros ocuparan el espacio frontero con la verja del jardín por “improcedente y perjudicial para la salud” y el Ayuntamiento ordenó el traslado a la cuesta, calle que se había abierto recientemente en terrenos que habían pertenecido al recinto botánico. Es en ese momento, 1925, cuando se puede dar por oficial la fecha de su instalación definitiva en el lugar que hoy podemos visitar. Los libros se vendían a 15 céntimos, lo que dio pie a que Gómez de la Serna, siempre atento a sacar punta a cualquier detalle anecdótico y quedar de marisabidillo, la calificara de feria del boquerón, porque ese era el precio que tenían esos pescaditos en aquellos tiempos. El arquitecto Luis Bellido diseñó unos cajones hechos de madera de pino, de quince metros cuadrados cada uno, antecedente de los actuales. “El ayuntamiento fijó como número máximo el de treinta casetas, prohibió poner tinglados auxiliares, utilizar alumbrado o calefacción y subarrendar el puesto. El canon a pagar por los arrendatarios oscilaba entre las treinta y las cincuenta pesetas mensuales, que debían abonar en los ocho primeros días de cada trimestre”, leemos en Wikipedia. Pero no acabaron ahí las polémicas por la ubicación de los libreros de viejo. Varios intelectuales consideraban inadecuado, improcente y vejatorio el lugar, de ahí los comentarios de Répide o Gómez de la Serna, y solicitaban la vuelta a la anterior ubicación del paseo del Prado. El alcalde de entonces, un tal Pedro Rico, solicitó un estudio pero, llegó la República, después la Guerra Civil y en la posguerra los ánimos no estaban para este tipo de menudencias. El emplazamiento se había estabilizado y… pues eso, política de hechos consumados y la cuesta de Moyano que ya se ha convertido para los restos en sinónimo de lugar de venta de libros de viejo y ocasión. Tras varios proyectos de remodelación que quedaron en papel mojado en 1984 el ayuntamiento concede el permiso correspondiente para que las casetas se doten de agua, electricidad y teléfono, obras que desplazaron provisionalmente a los libreros a su antigua ubicación del paseo del Prado. En 2004 la construcción de una subestación eléctrica bajo la calle obliga a una nueva vuelta provisional al paseo, lo que fue aprovechado para rehabilitar y reformar la vía hasta darle el aspecto que hoy podemos percibir y cuya inauguración se produjo en la primavera de 2007. Al final de la misma, frente al Retiro, se colocó una estatua de Pío Baroja, uno de los promotores de la feria. Dicha efigie del escritor vasco fue trasladada desde su primera ubicación en el parque madrileño por antonomasia.

La cuesta y sus libros en la literatura

JOSÉ-GUTIÉRREZ-SOLANA-AUTORRETRATO.

Autorretrato de Gutiérrez Solana

El devenir de los puestos de libreros de la cuesta de Moyano ha sido recogido en numerosas obras literarias y citado repetidamente por diversos escritores quienes, casi siempre, han tratado con cariño este reducto de aficionados a husmear entre sus numerosos puestecillos, con la ilusión de encontrar ese trébol de cuatro hojas que es el libro antiguo anhelado desde hace años. Azorín y Baroja eran habituales de la cuesta, Cela la nombra en su Viaje a la Alcarria lamentando que “los libros de lance guarden herméticamente su botín inmenso de vanas ilusiones que fracasaron, ¡ay! sin que nadie se enterase”. Más cercanos a nosotros Andrés Trapiello y Óscar Esquivias la citan en sus diarios y novela respectivamente. Pero fue en 1923 cuando el también pintor José Gutiérrez Solana le iba a dedicar un maravilloso artículo descriptivo en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, siempre desde la óptica expresionista que caracterizó la producción tanto narrativa como pictórica del madrileño. Se centra en primer lugar en razonar las causas de que los volúmenes acaben sus días en lo que él llama la feria de Atocha. Ello se debe, por un lado, a la desidia de los familiares de viejos lectores ya fallecidos, “restos de bibliotecas cuyos volúmenes amontonaron en vida los muertos con tanto deseo como si fueran a coleccionar todo lo que se ha escrito y que la familia, no siendo más que una carga pesada, los malvendió”.  Por otra parte, están los “desechos de las tiendas de viejo de las calles de la Abada, San Bernardo, Pez y Jacometrezo…/… libros en montón y no catalogados por falta de tiempo, unidos a otros de cierto valor para atraer la atención de los lectores”. Todos ellos van a parar a las que llama barracas de viejo donde “hay rebuscadores de láminas y libros que se llenan los bolsillos de rollos y tomos. En los estantes se ven apretados y empolvados los libros; recostada en ellos hay una escalera para alcanzar los de las últimas filas”. La cruda descripción se orienta ahora hacia la figura de un librero, epítome del resto de colegas, que “viste un largo delantal amarillo; es vegetariano y ateo; tiene gran fuerza y agilidad; lleva la cabeza al descubierto y rapada, lo mismo en verano que en invierno, y los pies desnudos; mira los tomos muy de cerca con los gruesos cristales de sus gafas y trepa por la escalera como un mono, bajando y subiendo libros, que limpia a zorrazos, levantando nubes de polvo, dando chillidos al enfadarse con la demás dependencia y poniéndose encarnado de cólera”. Entre los volúmenes que pueblan las estanterías se detiene Gutiérrez Solana en los tomos del Semanario Pintoresco, con los artículos de costumbres de Mesonero y los dibujos de Alenza. Otros clásicos como los Viajes de Gulliver o las novelas de Walter Scott también llaman su atención antes de observar algunos tomos de Gil y Blas, periódico agresivo, censurado en numerosas ocasiones y de cuya lectura “se saca en limpio que la política en España siempre ha sido una merienda de negros”. La mirada escrutadora y siempre incisiva de Gutiérrez Solana llega al extremo cuando se fija en un montón de libros que están en el suelo, “la polilla y los gusanos han dejado en sus hojas un taladrado muy limpio, que forma unas curvas; algunos agujeros han atravesado, por entero, los volúmenes hasta el cuero de la encuadernación”.  La crítica reivindicadora del valor del libro, a la vez que censora con el abandono en el que han caído los que por la cuesta de Moyano se encuentran, es el eje de un artículo cuyo simbolismo raya la desesperanza. Es el cementerio de los libros lo que está describiendo Solana con más rabia que nostalgia y lamenta que mucha gente “principalmente el público compuesto de mujeres y niños, pase indiferente ante los puestos de libros viejos y llene los barracones del cóndor de los Andes, el Circo y el teatro del ventrilocuo”. En fin, real y actual como la vida misma pues también en aquellos tiempos la lectura tenía que competir con otras formas de ocio que requerían menos esfuerzo en su asimilación.

 

 

 
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Publicado por en julio 15, PM en Calles

 

José María Carnerero

MaQUETA de Madrid 1 de León Gil de Palacio.

Madrid hacia 1830 en maqueta de Gil y Palacio

El personaje que hoy traemos a nuestro blog no es ciertamente conocido más allá del ámbito del periodismo y la literatura y, sin duda, al describir su trayectoria vital y profesional hallaremos más defectos que virtudes en una biografía donde muchas son las sombras que faltan aún por iluminar. Por no haber no hay ni fotos en la red que nos pudieran ofrecer una imagen de su fisonomía. Fue un estudiante caprichoso e indisciplinado que medró en la vida merced a la protección de su padre y a las influencias con que éste contaba en esferas cercanas al poder. Incursionó en el mundo de la diplomacia aunque su inconstancia le impediría hacer carrera. Tampoco fue un gran literato y, sin embargo, dejó una relativa impronta en el Madrid romántico del siglo XIX, aunque sólo fuera gracias a las traducciones realizadas de obras francesas y de clásicos del Siglo de Oro, a lo que hay que sumar algunas comedias propias que pasaron por las tablas con más pena que gloria. No podemos considerarlo un gran periodista, ni mucho menos, pero es probable que la historia del periodismo de opinión de la España decimonónica no se pudiera escribir sin hacer referencia a su figura como editor. Ni siquiera se le puede catalogar de gran empresario de los medios de comuniación y, sin embargo, sin su impulso es problable que hoy en día fueran menos conocidas las plumas que han marcado el devenir de la profesión en España y que él contribuyó a sacar a la luz. No en vano se le considera el divulgador de un subgénero narrativo tan trascendente como el artículo de costumbres que, si bien él no practicó con su propia pluma, posibilitó que adquirieran justo renombre, publicando en sus revistas literarias sus artículos, nombres como los de Estébanez Calderón, Mesonero Romanos o el propio Mariano José de Larra, con quien sostendría una agria polémica que terminaría en los tribunales. José María Carnerero fue un todoterreno, aprendiz de mucho y maestro de nada y, sobre todo, un hombre decidido, con mucha gramática parda encima, que supo hacer bueno lo de estar al sol político que más calentara con el fin de ir sorteando los vaivenes del destino siguiendo la máxima de Campoamor de “poner un pie en lo  terrenal y otro en lo eterno”, según las circunstancias. Desde el punto de vista de empresario periodístico abrió el camino a los futuros magnates de la prensa en la medida en que supo marcar una línea de opinión que no molestara excesivamente a los poderosos, ganándose el calificativo de camaleónico por su capacidad de adaptación a los numerosos cambios políticos de la España de la primera mitad del siglo XIX. Que ya es demostrar flexibilidad. Quizás quien mejor supo describirlo fue el propio Ramón de Mesonero que con la diplomacia que le caracterizaba cuando tenía que dar opiniones en  público, con el freno echado y con la benevolencia por bandera dijo de él que se trataba de un “hombres singular, mitad literato, mitad cortesano, con sus puntas de Tenorio y sus fondos de kaleidoscopio”.  Es decir, espejo y ejemplo para los actuales capitostes de la prensa, dóciles con el poder, de cuya cercanía nunca renegarán de facto pese a abanderar de puertas afuera la cruzada de la modernidad, el ataque a lo obsoleto y la defensa de las ideas de su siglo.

Indisciplinado y mediocre estudiante

comedia de J. M. Carnerero

Portada de una comedia de Carnerero

Como decíamos líneas atrás, José María Carnerero perteneció a una familia bien situada social y económicamente. Nació en Madrid en 1784 y en su fe de bautismo se puede leer que era hijo de Sebastián Bernardo Carnerero de la Quintana, secretario del Consejo de Su Majestad y de la Superintendencia de Plantíos, Rompimientos y Sementeras de 25 leguas en torno a la Corte. Su madre llevaba por nombre y apellidos Josefa Bails de Balmaseda y hacía ostentación de un origen hidalgo. Los escasos datos biográficos de que se dispone nos lo presentan en sus primeros años como un estudiante indisciplinado, despierto pero inconsistente, siempre protegido por el escudo paterno, bajo cuya supervisión es probable que aprendiera Humanidades, Filosofía moral, Física experimental, Poética, Matemáticas, Francés y demás disciplinas propias de lo que se consideraba una buena educación entre las clase pudientes de la época. Sin embargo, no consiguió el título de bachiller, requisito que le impedía ingresar en el colegio de Santa Catalina Mártir, perteneciente a la universidad de Alcalá. Las buenas influencias de su padre en la Corte evitaron males mayores y se le eximió de tal requisito, por lo que se le concedió la beca correspondiente y pudo ingresar en el centro. Incluso contó con el respaldo de la condesa de Montijo para que no hubiera dudas sobre la conveniencia de permitirle el acceso a un colegio donde no debía ser fácil ocupar un pupitre. A pesar de todas estas facilidades que se le ofrecieron, los anales de la historia menuda dicen que no se enmendó y destacó por no observar “la disciplina ni el reglamento, e incluso se comprobó que por dos veces había dormido fuera del colegio, lo que le valío en 1802 un castigo que no tuvo mayores consecuencias”. Gracias, una vez más, a la intervención de su padre. Pero Carnerero hijo debió seguir en lo suyo de sostenella y no enmendalla aunque todo tiene un límite por más que detrás esté hasta el mismísimo Manuel Godoy. Es por ello que en 1805 la junta del colegio decide retirarle definitivamente la beca y ya tenemos al mozuelo con la veintena cumplida, mano sobre mano, y a su padre con un nuevo dolor de cabeza. En esta ocasión decide incorporarlo como redactor al periódico Memorial literario, del que éste es director. Y es ahí cuando debiose despertar en el joven el vicio por los tipos y las galeradas y, aunque no permaneció durante mucho tiempo vinculado al medio, parece ser que la semilla estaba sembrada. Por esta época comienza a vinculársele con el mundillo teatral madrileño y se sabe que traduce y arregla comedias del francés, algunas de ellas estrenadas en el teatro de la Cruz. Pero como decíamos, parece ser que el mundo del periodismo le viene en principio corto y él es hombre de más altos vuelos. Estamos en 1806 y, una vez más, su padre tiene que echar mano de las relaciones públicas para introducirlo en la carrera diplomática consiguiendo que lo nombren Agregado a la Embajada de España en Costantinopla, donde permanecerá hasta la llegada de las tropas napoleónicas a la península ibérica en 1808.

Camaleón político

José Bonaparte

José Bonaparte recibió los elogios desmedidos de Carnerero

Nunca tuvo excesivos escrúpulos José María Carnerero en cuanto a ideas políticas se refiere y ello lo empezó a demostrar de vuelta de Constantinopla, con los franceses apoderándose de la península y con sus padres camino de América a donde había sido destinado don Sebastián Bernardo. Había que sobrevivir y tras ser detenido por la policía francesa decide cambiar de chaqueta y adaptarse a las circunstancias. Poco después lo vemos aparecer en público como un afrancesado más, redactor de la Gaceta de Madrid y empleado en el Ministerio del Interior. Acompaña a José Bonaparte por España y en Sevilla hace sus pinitos como poeta con una encendida y elogiosa oda al monarca francés. Con la derrota del ejército napoleónico Carnerero marcha al exilio y, protegido en esta ocasión por el duque de Orleans permanecerá en Toulouse traduciendo comedias ajenas y produciendo algunas propias con mayor o menor suerte pero que son estrenadas en territorio patrio. Vuelve a España en 1821 y comienza a colaborar en los más diversos periódicos y revistas de la época tras publicar una carta “en defensa propia y de su hermano” donde se quita de encima cualquier vinculación con ideologías políticas que no fueran las del momento y que no eran otras que las propias y permitidas en el Trienio Liberal. De su camaleonismo político dio su mejor muestra en 1823 tras la caída de los liberales. Ahora, bajo el manto protector del duque de Angulema, escribe una comedia titulada La noticia feliz, donde celebra con todo tipo de encomios la vuelta al poder absoluto de Fernando VII. Leemos en La web de las biografías que “el mismo tipo de alabanza descarada que había usado con José I, le sirve ahora para adular al Borbón y medrar”. Y ya tenemos a Carnerero paseando su palmito por los alrededores de la plaza de Santa Ana, alternando con comediantes, autores y empresarios teatrales con el fin de dar rienda suelta a su vena dramática. Su fertilidad a la hora de componer comedias se manifiesta en obras propias como la citada anteriormente y otras del mismo jaez como El regreso del Monarca. Refunde dramas de Tirso de Molina y otros autores del Siglo de Oro, proclama su devoción hacia Calderón y desde su tertulia del café del Príncipe comienza a relacionarse con los círculos intelectuales que anuncian un cambio en las formas y los contenidos tanto litearios como sociales y políticos que se avecinan. Estamos a mediados de la Ominosa Década y vemos a José María Carnerero perfectamente integrado en el mediocre y apagado mundo teatral del Madrid de entonces. También sabemos que su relación con periódicos y revistas lo van inclinando progresivamente a un mundo que, si bien conocía de tiempo atrás, es ahora cuando comienza a hacerle sentir a gusto. Colabora como redactor en diversas publicaciones y decide fundar en 1828 El correo literario y mercantil, en lo que se presume su primera gran incursión en el mundo de la prensa. Se trataba de una publicación que no destacó por la fuerza de sus contenidos pero que significó un antes y un después en el periodismo literario y de opinión. “Su escaso mérito -dice la investigadora María Cruz Seoane- su insipidez, sirve de representante de lo que fueron aquellos últimos años del régimen absolutista”. Sin embargo, en el platillo de la balanza hay que incluir también que la publicación del Correo Literario supuso un nuevo concepto de crítica literaria y teatral inspirada en el modelo francés y que será un ejemplo a seguir en cuanto a la evolución del periodismo costumbista castizo que había nacido a finales del siglo anterior y que es ahora cuando se consolidará definitivamente. La publicación contará con cuatro páginas y saldrá a la calle tres días a la semana. Dada la censura política del momento se dedicará “a difundir noticias y críticas de literatura, teatro, toros, música, industria y comercio, modas, medicina, historia y otros artículos de divulgación, ofreciendo la información correspondiente a los cambios de moneda y la situación de los productos agrarios”. En el plano politico el periódico adulará a Fernando VII y sus ministros, ofreciendo información de la vida cortesana en tono dulzón y almibarado hasta llegar al extremo de adornar con una orla fúnebre su primera página cuando en mayo de 1829 fallece la tercera esposa del monarca. El periódico se publicará, cambiando varias veces de cabecera, hasta la muerte del rey, en 1833. Mientras tanto, Carnerero lanza otra cabecera en marzo de 1831, bajo el nombre de Cartas Españolas, donde Mesonero Romanos y Estébanez Calderón comienzan a publicar sus artículos costumbristas, unos artículos que casaban perfectamente con lo que hoy llamaríamos una línea editorial amable. Las Cartas Españolas cierran su redacción el primer día de noviembre de 1832 pero no es más que el paso previo para que una semana más tarde aparezca la nueva cabecera de Carnerero bajo el nombre de La Revista Española, publicación que jugará un papel político más importante que las anteriores pues su presencia en la calle se prolongará hasta 1836 y por tanto, estará libre de la censura que imponía en vida el rey felón.

Polémica con Larra

Correo Literario y Mercnatil

Primera página del Correo Literario y Mercantil, publicación motivo de la polémica

En esta última revista colaborará Mariano José de Larra, lo que supone una muestra más que suficiente del olfato periodístico de Carnerero. Al contrario que Mesonero o Estébanez, Larra se había caracterizado ya antes de la muerte del rey por el carácter crítico y agrio de su periodismo, no dejando parcela de la cultura o de la política sin pasarla por su particular prisma, lo que le habia traído más de un disgusto con la censura. Y con el propio José María Carnerero. En el periódico El duende satírico del día, fundado por él mismo, Larra había criticado con toda la acritud, sorna y mala baba de la que fue capaz la línea editorial y los fallos de redacción del Correo Literario y Mercantil, lo que le llevó a un enfrentamiento con Carnerero que acabaría en los juzgados, teniendo que retractarse de sus palabras El pobrecito hablador. El artículo de la polémica se había publicado el 23 de septiembre de 1832 bajo el título Un periódico del día o el Correo Literario y Mercantil y desde la primera línea descalificaba tanto a redactores como a lo redactado o al director del medio, el propio Carnerero. Comienza con aquello de “Pero, ¿qué tiene nuestro periódico? ¿Tiene algo por ventura?… gritan los redactores de una parte a otra. Pues ese es su defecto, señores redactores, no tener nada”.  Acusa de vagos a los propios trabajadores, entre los que se encontraba Bretón de los Herreros, y aconseja hacer “en adelante todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora”. Para ello, según la vituperante pluma de Larra “no hay más que dos caminos: el malo ya lo han recorrido ustedes todo; me parece pues que se acreditarán de necios si no supiesen hallar el bueno”.La ironía que rezuma el escrito es tal que a nadie soprendió que Carnerero montara en cólera toda vez que era el destinatario último de las acometidas pues no podemos olvidar que los redactores eran contados y que el propio director era el encargado de tomar la pluma en una parte considerable de la publicación.  Sigue Larra lanzando sus cargas de profundidad cuando concede que “no es decir esto, aunque lo parezca, que El Correo Literario no tenga mérito y nadie mentiría más que yo si se tratase de sostener que es inútil; muy al contrario, porque a mí mismo me sucede que sólo los días que sale puedo conseguir dormir la siesta…/… ahora bien, tengo muy buen cuidado de no comprar el número hasta la hora de comer y ábrale por cualquier parte, a los chasquidos de su látigo, me duermo como un hombre sin cuidados, tan profundamente que ha habido tardes de pasárseme la hora del paseo y despertarme a las diez de la noche”. Se trata de uno de los artículos más extensos del Pobrecito hablador, donde sus críticas se dirigen a todas las secciones de la publicación, con singular incidencia en el apartado teatral. Larra carga contra un tal Viejo Verde, especialista en el género dramático del Correo Literario, y firma tras la que no hay que ser muy lince para deducir que se escondía el propio Carnerero. Lo acusa de blando y condescendiente y de no “querer reñír con nadie, ni con autores, ni con actores; yo creo que el decir, particularmente de estos últimos, muchos defectos que tienen, sería un paso dado hacia el buen gusto. Lo mismo sucede con respecto a las óperas…”. Pecaríamos de excesivamente prolijos si enumeráramos todas las correcciones que con el consabido tono irónico dedica Larra a Carnerero. Baste para finalizar esta breve enumeración de citas la que apunta directamente al propietario del periódico y da inicio al último párrafo, donde aconseja un cambio total de la línea editorial y de la forma de trabajar: “En fin, señor editor, El Correo necesita una reforma; menos prisa, más corrección, más gracia, más profundidad y elección acertada de asuntos y redactores que los sepan manejar”. La polémica, como dijimos anteriormente, llegó a los tribunales y aunque Larra se vio obligado a dar marcha atrás no cabe duda que en los oscuros veladores del café del Prínicipe la Partida del Trueno debió desahogarse a modo con los habituales en estos casos comentarios jocosos por lo bajo mientras sus traviesos miembros miraban de reojo a la mesa donde Carnerero, habitual de aquel cubículo, debía poner cara de circunstancias y de ya llegará mi momento. Que indudablemente llegó cuando consiguio cerrar El duende, periódico donde Larra publicó su ataque. Ello, como decíamos, no fue cortapisa para que posteriormente colaborara en La Revista Española, donde por cierto, estrenaría su seudónimo más conocido, el de Fígaro. Para cerrar con este sucinto repaso a la biografía de José María Carnerero poco podemos decir más que su presencia pública se iría progresivamente apagando a medida que se consolidó una forma de hacer periodismo. Sabemos que murió en 1866 pero no se conoce dónde ni en qué circunstancias. Se sabe que estuvo casado y que tuvo hijos. Y poco más. Pero nos queda un perfil que con defectos y virtudes describe a la perfección lo que ha sido hasta tiempos relativamente cercanos el empresario periodístico. Y probablemente incluso en la actualidad la mentalidad y la forma de hacer sean las mismas, a tenor de los resultados que observamos en el día a día de la prensa. Podrá haber cambiado cuantitativamente el concepto de empresa comunicativa, pero la esencia sigue repitiéndose y no es otra que la del intelectual orgánico siempre pendiente de echar un capote al poder mientras alardea de independencia, libertad de expresión y otras zarandajas.

 

 
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Publicado por en julio 10, AM en Perfiles

 

Café El Gato Negro

Café Gato Negro. Antiguos cafés de Madrid

Fachada del Gato Negro. Foto tomada del blog Antiguos cafés de Madrid

No tuvo el glamour que otros que concitaron la atención de propios y extraños a lo largo del siglo XIX pero El Gato Negro también cuenta con un humilde rincón en la historia de los cafés de Madrid. Su apertura tardía -en 1907- y su carácter de ambigú respecto del vecino y casi hermano teatro de la Comedia lo apartaban en cierta medida de la idiosincrasia habitual de este tipo de establecimientos y “sus gatos de bazar”, en palabras de Gómez de la Serna, no colaboraban a darle el toque de originalidad y de personalidad que siempre se suponía a estos locales, pues para muchos no dejaba de ser un remedo de su homónimo parisiense. El hecho de que sirviera de improvisado vestíbulo de espera para los espectadores del teatro solía descomponer la atmósfera tertuliana aunque no hay que olvidar que este hecho daba pie a más de una anécdota y comentarios en boca de los fieles parroquianos santificados por la musa de la literatura, que en esos momentos daban rienda suelta a su soberbia intelectual. Sin embargo, tuvo su época, su fiel feligresía y, por encima de otras consideraciones menores que posteriormente desgranaremos, se constituyó en uno de los epicentros del movimiento modernista en Madrid, enfrentando en incruenta guerra su mentalidad escapista y exótica con la castellanista del noventaiochismo imperante en el café de Fornos. Pero ni uno ni otro recinto eran compartimentos estancos y se producían trasvases y se compartían veladores, prueba una vez más de que no había tanta distancia ideológica, literaria o estética entre ambas tendencias. Que Jacinto Benavente se convirtiera durante un tiempo en el líder tertuliano del Gato Negro es un argumento de peso para confirmar que, más allá de las etiquetas literarias al uso, predominaban las personas y las refriegas y disensiones intelectuales entre el dramaturgo premio Nobel y el incansable Valle-Inclán eran también muestras claras de esas vivencias, a caballo entre la entente cordial y cierto resquemor intelectual.

Calle del Príncipe 14

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Jacinto Benavente

Tomamos del blog Antiguos cafés de Madrid los datos técnicos de este recinto, situado en el número 14 de la calle del Príncipe y su calificación de “café simpático, siempre lleno de público hasta que comenzaba la representación en el vecino teatro. Un timbre avisaba a la clientela del inicio de la función, a la que se podía acceder a través de la puerta que comunicaba ambos locales, sin necesidad de salir a la calle”. El Gato Negro era propiedad del empresario Tirso Escudero y “su estilo art nouveau, correspodiente a la segunda época de apogeo de dicho movimiento artístico en Madrid, fue encargado al arquitecto Ricardo Magdalena Gallifa, que contó con la colaboración de la Casa Mauméjean para las vidrieras y de la Casa Ferriz para los muebles”. Aunque ofrecía unos grandes ventanales que daban a la calle del Príncipe, el local carecía de la iluminación y las vistas de otros similiares, situados en plazas o calles más abiertas. Además, sus techos eran relativamente bajos, “detalles que sin embargo -según apunta Antiguos cafés de Madrid– lo convertían en un café más acogedor y cordial que muchos de los de su entorno. Divanes de color rojo, columnas y gatos negros pintados en diversas actitudes sobre paredes y techos de Enrique Martín, completaban la decoración”. Al margen de su calificación de modernista, El Gato Negro era la sede de la tertulia especializada como ninguna otra en el género dramático y como apuntábamos líneas arriba se podía ver a Valle y a Jacinto Benavente disputando dialécticamente sobre las peculiaridades del arte escénico. Por allí se dejaba caer un joven y aparentemente apocado diletante de la poesía, recién llegado a la capital y con la intención de hacerse un hueco en el siempre difícil arte de vivir de la palabra escrita en el Madrid de fin de siglo. No era otro que un tal Juan Ramón Jiménez recién llegado de tierras onubenses, ya con sus habituales pesadumbres incorporadas a su personalidad. Hay que imaginar lo que pasaría por la mente del aún cuasi púber vate moguerense observando los excesos dialécticos del extravagante autor gallego frente a frente con la paciencia infinita de don Jacinto. Otros que por aquellos pagos se dejaban caer con cierta regularidad eran el pintor catalán Santiago Rusiñol y su colega eibarrés Ignacio Zuloaga. También Antonio Machado. Si a ellos añadimos como más sobresalientes las figuras de Ortega y Gasset y el caricaturista Luis Bagaria, notaremos que el cóctel que algunas tardes se montaba sería tan explosivo que hay que dar carta de credibilidad a las numerosas anécdotas que sobre la vida tertuliana del café se han publicado.

El poeta argentino Ricardo Rojas

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El poeta argentino Ricardo Rojas

Pero quien nos va a servir de cicerone por los entresijos del Gato Negro va a ser en esta ocasión el literato y periodista argentino Ricardo Rojas (1882-1957). Poeta de ecos románticos en su primera época, se convirtió al Modernismo con la eclosión de este movimiento aunque sin dejar al margen una perspectiva indigenista que se reflejará en toda su obra lírica. Rojas recogerá en un artículo periodístico publicado en 1838 las impresiones que El Gato Negro le produjo durante su estancia en Madrid en 1908. Los periodistas Antonio Palomero (ABC) y Mariano Martínez (La Nación) hicieron de introductores suyos en el café de la calle del Príncipe, “ambos habrían de ser dos buenos compañeros en los felices días de mi andanza madrileña. Venían muy gentilmente a ofrecerme su amistad de colegas y me invitaron a pasar con ellos al Gato Negro, vecino café donde tenían habitualmente su tertulia. Allí nos esperaban otros camaradas”.  Tras esbozar las características arquitectónicas del local el escritor tucumano pasa a describir el ambiente que en él se respiraba y sus primeros encuentros: “bullía de gente aquella tarde cuando por primera vez pasé con mis introductores hasta una mesa del fondo, donde aguardaban algunos colegas y otros personajes de profesión menos precisa. En lo alto de las paredes claras una cornisa pintada de gatos negros daba ornamento y alegoría de su nombre al salón amplio, moderno, limpio”. Reflexiona Rojas, desde la perspectiva que otorga el tiempo pasado, sobre lo que para él significó el café en su objetivo de comprender la mentalidad hispana, algo perseguido en aquellos tiempos por los escritores hispanoamericano que visitaban la madre patria a la búsqueda de vínculos comunes. Es así que el poeta asegura que su visión de España “habría sido incompleta si no hubiera podido verla desde un café y en un café. Los dioses autóctonos -se refiere a los periodistas que lo condujeron al Gato Negro- fueron sin duda propicios a mi viaje puesto que el primer día me llevaron a la calle del Príncipe, donde al trasluz de mis interlocutores mostrábase, en raros escorzos, el ingenio ibérico. Tan bien me encontré allí, por el lugar y por las interesantes personas de su tertulia, que el café del Gato Negro llegó a ser una sucursal de mi cercana vivienda y desde aquella primera reunión comenzó un diálogo que duró más de cien días”. Califica Ricardo Rojas las habituales tertulias del café como las más genuinas “asambleas abiertas, accidentales, fluctuantes, sin jerarcas ni pontífices” y se siente sorprendido por la personalidad de los contertulios que en general “llevaban como don Quijote una vida imaginaria. Sentían con pasión, pensaban con arbitrariedad, hablaban con franqueza. Tal ha sido siempre la atmósfera moral de los cafés madrileños, lo mismo en las conspiraciones políticas que en las discusiones literarias. En la reunión de periodistas y artistas no tropecé con el necio, ni con el perverso, ni con el villano. Yo había concurrido con Gómez Carrillo al Napolitan de París, y con Domenico Oliva al Aragno, en Roma; pero no hallé lo que en Madrid se me ofrecía. En todos aquellos impenitentes bohemios hallé una simpatía espontánea, virtud del carácter español y acaso ventaja del idioma común”. Se resiste Rojas a rematar el artículo sin echar su cuarto a espadas en cuanto al anecdotario se refiere y describe su sorpresa ante la llegada de ciertos personajes de alto copete: “una noche, en El Gato Negro, cuya puerta interior, según ya se sabe, comunicaba con la Comedia, avisaron que el Rey estaba en el teatro con la flamante Reina. La función iba a terminar y la regia pareja no tardaría en salir. Invitáronme a verlos: en el vestíbulo habíase formado calle para el consabido aplauso. Pasó don Alfonso vestido de civil, todo de negro, espigado, narigudo, con la bocaza de belfo suelto muy sonriente, y ella a su lado, joven, rosada, elegante, grandota, linda como una diosa germánica. Al volver nosotros a nuestra mesa del café, uno de mis camaradas me susurró esta confidencia: -A ese lo llamamos el Chulo; a ella, la Pava Real”. Continúa su escrito Ricardo Rojas deshaciéndose en elogios sobre el ambiente que disfrutó en el café de la calle del Príncipe, “viví la vida española durante varios meses y no como un forastero…/…traté a maestro tan sabio como don Marcelino Menéndez Pelayo, el gran humanista cristiano; visité casa tan austera como la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos, ese santo laico; pero mi ambiente habitual fue el del café del Gato Negro y una charla de periodistas a quienes oí contar historias íntimas de la familia reinante, trapacerías de los políticos en auge, intrigas del mundo literario, anécdotas de personajes famosos, chistes en boga y cuanto la curiosidad de un viajero joven podía apetecer”. Como guinda del pastel echa mano el poeta argentino del clásico para encomiar su positiva experiencia vital, literaria y profesional en el café madrileño, ensalzándolo hasta el extremo: “tuvo Atenas su Pórtico, tuvo Roma su Foro, tuvo Florencia su plaza de la Señoría; pero el Madrid de 1908 tuvo su café del Gato Negro, verdadera universidad de la bohemia. Allí aprendí muchas cosas bellas y profundas, entre otras disparatadas y bárbaras, y fui tan buen alumno que con el tiempo me hicieron –amoris causa– miembro de número de aquella trashumante academia, nacida del mantillo racial como planta indígena y lozana”.

Anecdotario

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Dos Passos también reflejó en su obra el ambiente del Gato Negro

Al margen de la omnipresencia de Ramón del Valle y Jacinto Benavente en el local numerosos fueron los intelectuales tanto hispanos como foráneos que pasaron por los veladores del Gato Negro. El propio Benavente solía recogerse en las mesas del fondo, de buena mañana, para esbozar los caracteres de su siguiente comedia no sin antes pasarse por la vecina tienda de caramelos La Violeta, en la plaza de Canalejas. No debemos olvidar los momentos emotivos que se vivirían en 1916 cuando tras la confirmación de la muerte de Rubén Darío, el propio Valle-Inclán puesto en pie y ante un silencio que se cortaba con un cuchillo recitó en homenaje al vate nicaragüense los famosos versos “Padre y maestro mágico, liróforo celeste…”, ni las disensiones entre ambos que llevó a que Benavente tuviera durante un tiempo que presidir en solitario la tertulia literaria, con los chismorreos correspondientes por parte de los correveidiles de uno y otro escritor. Pero más allá de nuestras fronteras, el narrador norteamericano John Dos Passos se referiría al café El Gato Negro en su obra Rocinante vuelve al camino, para describir la personalidad y forma de vivir de los madrileños. Señala el narrador de Illinois que “a eso de las once o las doce se levantaba uno, tomaba una taza de chocolate espeso, paseaba por la Castellana, bajo los castaños, o entraba unos momentos en el despacho de un teatro. A las dos, a almorzar. A las tres, o cosa así, se sentaba uno a tomar café y anís en El Gato Negro, donde los camareros tienen aire de ministros y no pierden palabra de las discusiones, un tanto lánguidas, sobre arte y letras que matan las horas de la siesta”. Era la vida de los cafés madrileños en general y de este Gato Negro en particular, local que conseguiría continuar abierto tras la Guerra Civil -hasta 1956- aunque ya la mayoría de estos locales habían desaparecido o languidecían ante las nuevas costumbres sociales, dejando de ser ese patio de vecindad literaria, política o intelectual. Tampoco El Gato Negro escapó a este apagamiento progresivo de su aura, mientras en sus veladores se seguían sirviendo – blog Antiguos cafés de Madrid dixit- “los cafés con leche de la gran vaquería de Alfredo Fernández, de la Guindalera, que ordeñaba vacas especiales a la vista del público, para niños y enfermos”.

 

 
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Publicado por en julio 7, AM en Cafés

 

El Retiro: datos e impresiones generales

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Perspectiva aérea del parque del Retiro

“Este magnífico parque, llamado vulgarmente el pulmón de Madrid, es el preferido de todos, por sus espesos bosques y sus paseos silenciosos y solitarios. En él hemos pasado nuestra infancia, esas tardes que nos han parecido tan cortas al concluir las pesadas horas de encierro en el colegio delante del pupitre y de la plana, escribiendo al dictado, y nos acordamos de su tristeza, de la rareza de sus paseantes, de su tierra regada y del fuerte olor de humedad que de ella se desprende…/… en las frondosas alamedas y plazuelas, con gran fuente en medio, sentadas en los bancos, vemos gente gozando de la tranquilidad de aquellos deliciososo paseos, llenos de copudos y viejos árboles plagados de pájaros y de ruiseñores”. Son las sensaciones que, a través de la palabra, el pintor, grabador y escritor expresionista español, José Gutiérrez Solana, transmitía en 1923 en uno de los artículos costumbristas incluidos en su obra Madrid, callejero, escenas y costumbres, referido al Retiro. Al parque del Retiro. A lo que hoy los ciudadanos entienden por parque del Retiro que sólo en parte tiene que ver con el proyecto que desarrollara en el siglo XVII el conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán y Pimentel, para cautivar a un joven monarca llamado Felipe IV y tenerlo entretenido mientras él manejaba los asuntos de Estado, con resultados a todas luces negativos, pues sabido es que fue el momento en que se fraguó irremediablemente el ocaso del imperio español. Han pasado ya más de 90 años desde que Gutiérrez Solana pusiera negro sobre blanco en lo que a su descripción del parque más importante y popular de Madrid se refiere y sus palabras siguen siendo perfectamente válidas para caracterizarlo. Porque durante el último siglo el Retiro ha sido eso, lugar de paseo, de recogimiento y de desahogo para madrileños y foráneos, que pueden encontrar en él bien la tantas veces deseada y ansiada soledad reflexiva o bien el barullo alegre y desenfadado de algunas de sus zonas. Lo de llamarlo pulmón, no por manido y tópico deja de tener validez pues el lugar es óptimo para oxigenarse, a la vez que se perciben esos olores característicos de la naturaleza en estado salvaje y agreste. Actualmente le podemos añadir su nueva faceta como espacio donde expresar la querencia por el deporte sano, amable y sosegado, a lomos de una bicicleta, en patín, a la carrera o sencillamente paseando a mayor o menor ritmo. El Retiro, además, siempre ha sido amplia sala de exposición de las artes más populares y callejeras. Sólo hay que darse una vuelta por las inmediaciones del estanque para pasar unas horas de agradable solaz sorprendiéndose con las habilidades del mago aficionado, observando la pericia de un caricaturista, mirando desconfiados la perorata de la vidente a un cliente solícito de poner rumbo cierto a su existencia o participando de la felicidad de un grupo de niños, sentados en corro alrededor de un minúsculo teatrillo de marionetas. Hay quien disfruta del Retiro durante las estaciones del año más bonacibles tumbado en la fresca hierba intentando que el cuerpo se apropie de los rayos solares. Otros, los más jóvenes, sencillamente disfrutan de una merienda o hacen corro en tertulias cuyos temas saltan de lo frívolo a lo filosófico con la lozanía y el desparpajo que da la edad y sin ninguna pretensión de sentar cátedra. Lugar multirracial y multicultural por antonomasia, por el Retiro pululan desde el vecino del barrio, español y madrileño de toda la vida, hasta el inmigrante en jornada de asueto sabatina o dominical, pasando por el turista procedente de país pudiente que, mapa en ristre, intenta desentrañar en una tarde los arcanos más recónditos de esta vasta y exuberante extensión de terreno. En definitiva, lo que Gutiérrez Solana decía en los años 20 del siglo pasado pero puesto al día. El fondo, el mismo, con algunas variaciones en la forma que no ponen en entredicho la idiosincrasia actual de ese parque de más de 114 hectáreas de terreno situadas en pleno centro de la Villa y Corte, es decir, casi un millón doscientos mil metros cuadrados para uso y disfrute de los ciudadanos, del pueblo, de la sociedad matritense.

Más allá del límite oriental de Madrid

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Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares

Cuando el conde-duque de Olivares proyecta la creación de un amplio espacio para uso regio en los albores del siglo XVII la zona donde hoy se encuentra el parque del Retiro era sencillamente un erial situado en las afueras de la capital, cuyos límites últimos los marcaba el Prado de San Jerónimo con su cenobio. Así lo describe Ramón de Mesonero en su Antiguo Madrid cuando remarca que “más allá del límite oriental, hasta bien entrado el siglo XVII, no existía población alguna ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada a Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcalá que estuvo más cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el año de 1599 en ocasión de la entrada solemne de la reina doña Margarita, esposa de Felipe III. Hasta entonces el camino de Valnegral (Abroñigal) venía por donde ahora está el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jerónimo, que era la verdadera entrada de Madrid”. Los terrenos donde después se construiría el complejo llamado Jardines del Buen Retiro, que incluiría lo que hoy es parque más el espacio que abarca desde el paseo del Prado hasta la actual calle de Alfonso XII, desde la glorieta de Atocha hasta Cibeles, fueron cedidos por el duque de Fernán-Núñez para recreo de los monarcas en el entorno del monasterio de los Jerónimos. Y ahí es donde entra en juego el maquiavelismo del conde-duque de Olivares que ve la ocasión pintiparada para engatusar al monarca y desviarlo de las obligaciones de gobierno, lo que permitiría a Guzmán y Pimentel manejar a su antojo, desde su cargo de valido, la nación y el imperio decreciente. La personalidad del monarca era proclive a dedicarse a esparcimientos frívolos y, por tanto, nada extraña que el propio Mesonero abundara en el siglo XIX en ese malévolo objetivo al escribir que se trataba de una obra exclusiva “de aquel refinado cortesano que quiso desplegar en él (Buen Retiro), para fascinar al joven monarca, todos los recursos que la adulación y la lisonja le inspiraban, todo el poderío que ponía en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del estado de que sin limitación podía disponer; llegando a improvisar en pocos años una nueva residencia real, una mansión fantástica de placer y de holganza, que oscurecía y hacía olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que habían formado las delicias de los Felipes II y III”. Y puesto a ello “allegó todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento real de San Jerónimo, hasta una extensión asombrosa; emprendió obras colosales para su desmonte, plantío y proveimiento de aguas; alzó un vistoso palacio; rodeole de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caserío, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espléndido teatro de su elevación y fortuna”. Las obras comenzaron en 1631 con un gallinero “casa de aves extrañas”, varios jardines y el estanque grande y en la noche de San Juan de ese mismo año se estrenó con un festín aunque hasta finales de 1632 no se inauguró oficialmente la residencia real. Echamos mano ahora de Pedro de Répide para que nos describa minuciosamente qué espacios en concreto abarcaban los jardines del Buen Retiro pues difícilmente podemos hacernos una idea si tomamos como referencia únicamente la topografía actual de la zona. Dice Répide que “los jardines del Buen Retiro comenzaban donde se halla la Casa de Correos y estaba la llamada Huerta del Rey, que luego fue parque de espectáculos. En la calle del Pósito -trozo de la de Alcalá entre las plazas de la Cibeles y de la Independencia- estaba la entrada llamada de la Glorieta, y poco más allá, donde se abrió la calle de la Reina Mercedes, que ahora se llama de Alfonso XII, estaban el palacio de San Juan y la ermita del mismo nombre. Toda la extensión, desde este lugar hasta San Jerónimo, era la ocupada por el palacio, del cual no se conservan más que el ala septentrional llamada Salón de Reinos -hasta hace poco museo de Artillería- y el Casón, donde estaba el salón de baile”.

Actual parque del Retiro

Parque de Madrid

Entrada principal del parque del Retiro que permite el acceso al paseo de las Estatuas

“Es conveniente -insiste Répide- dejar hecha esta referencia a la parte desparecida del Retiro, entre el Prado y la calle de Alfonso XII, y la de Alcalá y la iglesia de los Jerónimos, para pasar a ocuparnos del parque de Madrid, en su recinto actual”. Pero antes es necesario recordar que durante la invasión francesa de 1808 los jardines quedaron prácticamente destruidos al ser ocupados por las tropas napoleónicas, que lo utilizaron como fortificación. Fernando VII inició la reconstrucción, con la erección de edificios de recreo, siguendo las modas paisajistas de la época y abriendo una parte al pueblo, pues hasta entonces el uso de los jardines era exclusivo de la Corte. Con el Sexenio Revolucionario los jardines pasaron a propiedad municipal, abriéndose sus puertas a todos los ciudadanos, a la vez que se iban añadiendo o modificando algunos de los edificios e instalaciones y pareciéndose cada vez más a lo que hoy podemos ver y disfrutar. Oficialmente fue llamado Parque de Madrid aunque todo el mundo en cualquer época lo ha conocido, lo conoce y lo denomina Retiro, ese Retiro del que nos habló Pedro de Répide hace ahora casi un siglo pero cuya descripción de su perímetro es harto válida actualmente y a la que nos atenemos: “…ese enorme y admirable jardín, cuyos límites actuales, desde la plaza de la Independencia, donde está su entrada de más frecuente acceso, siguen por la calle de Alcalá, en que está su puerta de Hernani, usada para el ingreso a la zona de recreos, donde son organizados espectáculos para las noches de verano (durante el siglo pasado), tienen en la calle de O´Donnell la entrada al paseo de coches, llamada de Fernán-Núñez, vuelven por la antigua ronda de Vallecas, hoy avenida de Menéndez Pelayo, a la que abre dos puertas y un portillo en la esquina de la tapia meridional que viene sobre el cuartel de María Cristina y el Observatorio, en lo que fue olivar de Atocha y cerro de San Blas, y recogiéndose para dejar espacio a la Escuela de Ingenieros de Caminos, extendiéndose par la calle de Alfonso XII, que primitivamente se llamó de Granada, y en ella desde la puerta del Ángel Caído, hasta la plaza de la Independencia, tiene otros tres ingresos: una puerta que da al Campo Grande, frente a la calle Espalter (actual puerta de Murillo), la restaurada puerta de la Fortuna, una de las antiguas del Real Sitio, pues data de 1690, inaugurada el año último (hacia 1920) en su emplazamiento de acceso al Parterre, y la que frente a la calle de la Lealtad, ábrese al paseo de las Estatuas, también llamado de la Argentina, hasta el estanque grande, puerta principal del Retiro, sobre la cual está el rótulo, denominador de esta posesión del pueblo madrileño al que pertenece desde el año de 1868. Sin embargo, la costumbre hace más frecuentada la puerta de la plaza de la Independencia, dándole un fuerte carácter de primacía sobre la que oficialmente tiene esa condición”.

Esbozo somero y sin profundizar en el contenido

Estanque

Estanque con el monumento a Alfonso XII

Esta sería a grandes rasgos la descripción histórica y perimetral del parque del Retiro, vacío recipiente si no se llenara con todo el contenido que el vasto recinto acoge en su interior. Pero sería tarea absurda el querer despachar con toscas pinceladas edificios, fuentes, parques, paseos e instalaciones diversas con que está dotado un solar de estas dimensiones. Nada hemos dicho de los actuales jardines interiores, de su magnífico, dilatado y lúdico estanque, de su historiado parterre ni de la solemnidad de su paseo de las Estatuas. La Casa de Vacas o la de las Fieras también tienen su lugar en la historia de Madrid y de los madrileños así como La Rosaleda o los modernos jardines de Cecilio Rodríguez. El Paseo de Coches también da de sí una buena entrada, sobre todo en lo referido a la polémica que generó su construcción por lo que suponía de permisividad para la entrada en el parque de los vehículos a motor y la consiguiente profanación de un lugar sagrado y pacífico para el disfrute pedestre del ciudadano. Los palacios de Velázquez o de Cristal tendrían en sí mismos material suficiente para justificar unas cuantas palabras. Y, ¿qué decir de la multitud de fuentes, desde la de la Alcachofa a la de los Galápagos? Y de las diversas estatuas y monumentos individuales, desde aquella dedicada a Lucifer a las de escritores como Galdós o Campoamor, pasando por las ecuestres y sedentes de diversos héroes hispanos e iberoamericanos, dominadas todas ellas por el monumento al rey Alfonso XII. Instalaciones menores como el templete de la música, el teatro de títeres o la moderna zona deportiva de La Chopera no podrían quedar en el tintero, como el estanque de las Campanillas, recientemente restaurado, la Casita del Pescador o la montaña artificial. Todo ello ha sido motivo y excusa para inaugurar en este blog una nueva categoría dedicada en exclusiva a esta maravilla de la naturaleza, debidamente domesticada por el hombre para su uso y deleite, que aunque con matices, debe hacer sentirse orgullosos a los madrileños por las posibilidades de flaneo que les ofrece y por lo que supone de orgullo bien entendendio cuando se trata de mostrarlo a quienes nos visitan y a su vez la comparan con otros importantes recintos de estas características con los que cuentan en sus respectivos países.

 
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Publicado por en julio 5, AM en El Retiro, Parques

 

Plaza de la Cebada

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Plaza de la Cebada con el mercado al fondo. Foto es.wikipedia.org

La plaza de la Cebada no casa bien con el ocio. ¡Hombre!, se puede decir que en sus alrededores se encuentra una de las zonas más concurridas en lo que al disfrute del terraceo, del mojito o de la jarra de cerveza se refiere. Pero, la plaza como tal, no es un lugar abierto al flaneo. No es acogedora, está vallada, da la sensación de encontrarse permanentemente en obras y lo cierto es que no presenta otros atractivos que su historia. Que no es poco, ciertamente. Por ahí enfocaremos nuestra entrada de hoy. Porque cuenta con un nombre sonoro, castizo y sugerente en cuanto a protagonismo en el pasado de la Villa y Corte, desde su formación allá por el siglo XVI. Y ese protagonismo ha ido creciendo de la mano de la ciudad. Además, se encuentra situada en un barrio que a lo largo de los siglos se ha manifestado como uno de los más ejemplares de Madrid, si con este adjetivo calificamos los parajes que son espejo claro y rotundo de lo que es la personalidad de la ciudad y sus habitantes. Lugar de comercio de granos y otros productos en el Renacimiento, descampado para ferias en el XVIII, cadalso de ejecuciones durante el siglo XIX, en la actualidad sede de uno de los mercados más tradicionales y siempre punto de unión del centro de la capital con los barrios populares que se han ido consolidando con el correr del tiempo a ambas márgenes de la calle Toledo, verdadero eje y cordón umbilical de la zona. El proyecto de remodelación del mercado que en su solar se levanta desde hace siglo y medio puede ser el motor adecuado para hacer de esta plaza de la Cebada un lugar de encuentro. Ahí deben estar atentos los vecinos si lo que desean es que se convierta en un área centrípeta, contribuyendo a transformarla en un espacio común de ocio. De lo contrario, contemplaremos en un futuro no muy lejano una más de las zonas comerciales al uso, que probablemente permita revitalizar económicamente el entorno pero a costa de la pérdida del protagonismo ciudadano. Si, con todo, se consigue convertirlo en un espacio diáfano y abierto al disfrute, bienvenido sea el cambio de mercado por centro comercial. Lo que sea llegará. Mientras tanto, dejemos a un lado el presente, siempre confuso y movible, y retrocedamos al pasado donde hallaremos las más atractivas historias de esta popular explanada.

Comercio de granos, tocino y legumbres

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Plaza de la Cebada en el plano de Texeira. Foto http://www.fotomadrid.com

Otorgamos una vez más la palabra a Ramón de Mesonero para que nos sitúe la plaza de la Cebada en sus orígenes históricos, en pleno siglo XVI, “formada en tierras pertenecientes a la encomienda de Moratalaz, de la orden de Calatrava, según se ve por escritura otorgada en 1536 por Rodrigo de Coalla, del consejo de Hacienda y del de Castilla, y por su mujer, que compraron un quiñón de tierras en dicho sitio en un descampado irregular, más bien que una plaza pública y desde un principio estuvo dedicada al comercio de granos, de tocino y de legumbres”. En el mismo sentido, Ramón Gómez de la Serna completa la descripción de los orígenes de esta ágora apuntando su carácter de segundo mercado de Madrid “después que las mercaderías subieran el escalón de la plaza de la Paja para entrar más en Madrid, y allí el grano tomó importancia suprema, reuniendo toda la cebada de las Castillas en contratación irradiante”. Indiscutiblemente nada tiene que ver la prosa de Mesonero con la de Gómez de la Serna, imbuido este último de los modos vanguardistas, en cuya clave hay que interpretarlo cuando afirma que “se esparcieron por la plaza clara y boba del pueblachón que comenzó a ser Madrid los puestos de toda feria, fijos en un principio los lunes y los jueves solamente, entre el ruido guerrero de las romanas”. Parece obvio el porqué del nombre de la Cebada, sin embargo, no quedaría claro si no nos remitiéramos a Pedro de Répide quien hace mención a la vecina calle de ese nombre y la costumbre de los labradores de las cercanías de Madrid cuando venían a vender el grano de sus cosechas en este paraje y “allí separaban la cebada que estaba destinada a las caballerizas del rey y la que se tomaba para los regimientos de Caballería de la de los diezmos que correspondían a los párrocos de San Andrés, Santa María y San Justo, y la que se entregaban como donativo al sacristán de San Pedro por tocar a nublado”. Por tanto, se trataba de un centro distribuidor del producto cereal,  bien para venderlo al precio establecido, bien para otorgarlo como diezmo o gracioso regalo a los representantes eclesiásticos. Más aún, continúa Répide diciendo que “todavía los generosos labriegos atendían a los legos o donados del convento de San Francisco y a los demandaderos de las cofradías de las Ánimas, que llegaban con sus sacos o sus alforjas a recibir aquel tributo de la piedad de los campesinos”. El descampado consolidaría su condición de reciente plaza con la instalación de una fuente en el siglo XVII cuya originalidad se centraba, según El ciego de Vistillas, en la presencia “de cuatro osos que entre los cuerpos que componían la parte mayor del monumento vertían el agua sobre cuatro tazas labradas en lo alto de unas columnas que, aisladas, emergían de la superficie del estanque. En torno a su pila se congregaba al sol la flor de la gallofa de la corte”. Es decir, que esto de sentarse los lunes al sol no es genuino de la época actual, como consecuencia de los altos índices de desempleo, sino que en aquel Madrid de pícaros, valentones, tomadores del dos y demás expertos en el arte de apropiarse de lo ajeno ya se practicaba la sana costumbre de tertuliar al son del borboteo de los caños, disfrazados de osos en este caso. Sería imperdonable olvidarnos de la esquina de la plaza que da a la calle de Toledo, donde se encontraba el convento de doña Beatriz Galindo, La Latina, y dando a la plaza, el hospital del mismo nombre. Seguimos escuchando a Répide, quien nos pone en antecedentes, al comentarnos que “en este lugar Madrid cedió a doña Beatriz Galindo terrenos para fundar el hospital a cambio de otros que la amiga y maestra de Isabel la Católica poseía en la puerta de Moros y todavía más de un siglo después, en 1610, hubo un pleito entre la Villa y ese hospital por cierta parcela de terrenos en la plaza de la Cebada”. Por su parte, el convento fue fundado para las Concepcionistas Jerónimas pero “por los frailes de San Francisco, doña Beatriz Galindo hubo de trasladarse a donde ahora la plaza del Duque de Rivas y cedió el edificio que quedaba vacante a las monjas franciscas”. En el hospital moró el cronista  de la Villa y Corte Jerónimo de Quintana que además fundó la congregación de San Pedro de los Naturales, germen del hospital de sacerdotes. Una placa ha puesto en el lugar el Ayuntamiento de Madrid recordando a este insigne cronista. Tampoco podemos dejar de citar que en la esquina con la calle del Humilladero la hermandad de la Vera Cruz había fundado la iglesia de Santa María de Gracia a finales del siglo XVII, templo que se mantendría en pie hasta finales del siglo XIX y donde se guardaban algunos de los pasos que salían a procesionar el Viernes Santo. Quizás el hecho religioso más señalado que ha tenido lugar en la plaza de la Cebada haya sido la canonización de San Isidro Labrador, el domingo 19 de junio de 1622. Ese día cuenta Répide que “se improvisó en la plaza un jardín de doscientos pies de largo y ciento ochenta de ancho y en él se puso un cuadro que representaba al santo Labrador en oración”.

Lugar de ejecuciones

Ejecución de Riego

Grabado con Rafael del Riego ejecutado. Foto artehistoria.com

Pero si por un hecho determinado es conocida la plaza de la Cebada es por haber sido el escenario de ejecuciones de reos a partir del siglo XIX y una vez que dichos reprobables y macabros actos fueron desterrados de la plaza Mayor por considerarse que se trataba de un lugar excesivamente céntrico y poco aconsejable, por más que dichas ejecuciones públicas persiguieran ejemplarizar al pueblo. A ello se refieren cambiando las formas pero coincidiendo en el fondo los más insignes escritores que han puesto a Madrid en el punto de mira de su pluma. Obligado es citar en primer lugar a nuestros habituales acompañantes Répide y Mesonero. El primero de ellos se refiere a este nefasto uso diciendo que “este paraje adquirió el lúgubre prestigio de ser el designado para las ejecuciones capitales. En la época fernandina morían allí por el crimen de sus ideales los reos políticos y en esta plaza fue ajusticiado Riego, llevado infamemente al patíbulo en un serón, entre el soez griterío de las masas, que le injuriaban con el mismo entusiasmo que habían puesto en aclamarle”. Se refiere a otros dos personajes conocidos que fueron ajusticiados en el lugar, casos del general San Miguel y del policía García Chico, aunque sin que de sus palabras se desprenda la amargura y el rechazo a dicha acción que se percibe en la descripción del traslado del general liberal. Por su parte, Mesonero se refiere a la condición de cadalso de la plaza calificando el hecho de “funesta celebridad, por haberse trasladado a la misma las ejecuciones de las sentencias de muerte en horca o garrote a cuyo efecto se levantaba la víspera en el centro de ella el funesto patíbulo y las campanas de las próximas iglesias de San Millán y Nuestra Señora de Gracia eran las encargadas de transmitir con su lúgubre clamor a toda la población de Madrid el instante supremo de los reos desdichados. Muchos grandes criminales espiaron en aquel sitio una serie de delitos comunes y cuando, en este siglo principalmente -se refiere al XIX-, se inventó la nueva clasificación de delitos políticos, muchas víctimas del encono de los partidos o de la venganza del poder regaron con su sangre aquel recinto” Y enumera los años de 1822, 1823 y 1830 como los más proclives a la ejecución política, aludiendo a Gofieu, Riego, Iglesia y Miyar como ejemplos de la intolerancia y animosidad de los políticos. En similar tono tétrico, o más aún, se expresa Larra en su artículo El reo de muerte cuando escribe entre otros comentarios aquello de “no sé por que al llegar siempre a la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, indignación y desprecio…/… pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela, en la que la manchará todavía. ¿Un ser como el hombre no puede vivir sin matar…/… Un tablado se levanta en un lado de la plazuela, la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces…/… El reo se sentó por fin. ¡Horrible asesinato! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún… De allí a un momento una lúgubre campanada de san Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela; el hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha; ya ha muerto un hombre”. Escalofriante el testimonio de El pobrecito hablador que escribiría este artículo a finales de 1835. Ramón Gómez de la Serna, en un tono menos trágico y más irónico, también nos da su visión del macabro destino de la plaza, no sin antes rendir homenaje a Larra y a sus palabras anteriormente recogidas en este blog: “Nadie como Fígaro ha descrito estas ejecuciones de la plaza de la Cebada cuando define con el reloj delante y con asombro inaudito el que un segundo después ya no existirá el hombre, evaporado por el éter de la libertad”. Gómez de la Serna habla de “ignominiosos catafalcos de las ejecuciones capitales. Elevadas las primeras horcas para punir a unos ladrones sascrílegos, culmina la aguja más alta de la horca, el palo mayor del sepulcro, en el ajusticiamiento de Riego, al que se le fabricó el tablado más alto, y no por darle categoría, sino para que se viera más su suplicio y sirviese de mayor escarmiento ante los futuros políticos”.

Mercado y teatro de la Latina

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Vista aérea del mercado de la Cebada. Foto deapi.es

Pasemos esta ignominiosa página, una más, de la historia de España no sin recordar que la plaza llevó el nombre del general Rafael del Riego durante el Sexenio Revolucionario “para ser la plaza de la Libertad y rectificar con la gloria de su nombre la injusticia que con él se cometió”, según apunta acertadamente De la Serna. Precisamente, en 1868 se adjudicó al arquitecto Mariano Calvo Pereira el proyecto de construcción del mercado de abastos que reestructurado en 1958 ha llegado hasta nosotros. La necesidad de crear un mercado capaz de abastecer de alimentos a la ciudad de Madrid y proporcionar higiene a los mismos arranca en el siglo XVIII. Se construye a la vez que el de la plaza de los Mostenses y, como aquel, cuenta con el hierro como material fundamental en sus estructuras. Las obras comenzaron en 1870 y cinco años más tarde Alfonso XII inauguraría la nueva instalación, que llegaría a ser en los inicios del siglo XX una de las más importantes de la capital. Como decíamos líneas atrás, a mediados del siglo pasado problemas relacionados con la higiene alimentaria hicieron que el recinto fuera derribado, construyéndose otro de aspecto más funcional. El zoco pasó entonces de ser central a simplemente mercado de barrio. A la espera de su desaparición definitiva el actual consta de dos plantas de uso comercial con una superficie que ronda los 6.000 metros cuadrados, a las que hay que añadir otra de almacenaje y un aparcamiento subterráneo. Las seis cubiertas abovedadas de color rojo cierran el edificio dándole un aspecto ya clásico y tradicional, totalmente integrado en el entorno del barrio de La Latina. Desde 1991 una cooperativa de comerciantes gestiona las instalaciones en régimen de concesión administrativa. Desde el punto de vista artístico sobresale por el mural que en 1962 pintara el madrileño Carlos Rincón aludiendo a los principales monumentos de la capital. Por último, no seríamos capaces de abandonar la plaza de la Cebada sin hacer una mención, aunque sea de pasada, al teatro La Latina, santo y seña durante mucho tiempo de la comedia popular madrileña más reciente, si no por su calidad sí al menos por lo que de fenómeno sociológico ha tenido durante el último tercio del siglo XX. Su nombre es un homenaje a doña Beatriz Galindo y hay que dejar sentado que provinciano que venía a Madrid y no se pasaba por La Latina, que en aquellos años gestionaba la histriónica Lina Morgan, mejor que no volviera a su pueblo. Fue inaugurado en la primera década del siglo XX por el anticuario Juan Lafora Calatayud, a partir de un cine construido sobre los terrenos del antiguo hospital. A su escenario se subieron hasta los años treinta compañías tan notables como las de Emilio Sagi, la de Salvador Videgain o la del maestro Guerrero. Fue cine durante la guerra civil. En 1945 lo compró para su hijo Dolores Díez, quien hacia mediados de siglo se lo alquila a Ignacio Fernández Iquino y años después a Matías Colsada que lo adquirirá en propiedad en 1977. Especializado en espectáculos de variedades, el teatro fue adquirido por Lina Morgan en 1978. Por él han pasado prácticamente todas las figuras de la escena del siglo XX en lo que a comedia se refiere y tanto como escuela de actores como representante máximo del subgénero denominado revista ha mantenido su caché entre un público popular y siempre fiel hasta tiempos muy recientes, cuando la mentalidad y las exigencias del respetable han ido cambiando, aunque su programación ha seguido fiel en la medida de lo posible a su línea costumbrista de crítica suave y condescendiente de los veniales vicios de la clase media madrileña y española. Las aglomeraciones en las puertas del local, tanto a la entrada como a la salida de los espectáculos, ambientaron esta plaza de la Cebada cuya personalidad nunca se ha acabado de definir al completo porque se ha caracterizado precisamente por su heterogeneidad en cuanto a uso. Aquí querríamos nosotros ver a Corpus Barga eligiendo un adjetivo para ella como lo hiciera para otras plazas de Madrid, desde Sol hasta la de Oriente pasando por Puerta Cerrada o Neptuno. ¡Ah pájaro, ahí te quedaste mudo!.

 

 
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Publicado por en julio 2, PM en Plazas