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Plaza de la Cebada

02 Jul
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Plaza de la Cebada con el mercado al fondo. Foto es.wikipedia.org

La plaza de la Cebada no casa bien con el ocio. ¡Hombre!, se puede decir que en sus alrededores se encuentra una de las zonas más concurridas en lo que al disfrute del terraceo, del mojito o de la jarra de cerveza se refiere. Pero, la plaza como tal, no es un lugar abierto al flaneo. No es acogedora, está vallada, da la sensación de encontrarse permanentemente en obras y lo cierto es que no presenta otros atractivos que su historia. Que no es poco, ciertamente. Por ahí enfocaremos nuestra entrada de hoy. Porque cuenta con un nombre sonoro, castizo y sugerente en cuanto a protagonismo en el pasado de la Villa y Corte, desde su formación allá por el siglo XVI. Y ese protagonismo ha ido creciendo de la mano de la ciudad. Además, se encuentra situada en un barrio que a lo largo de los siglos se ha manifestado como uno de los más ejemplares de Madrid, si con este adjetivo calificamos los parajes que son espejo claro y rotundo de lo que es la personalidad de la ciudad y sus habitantes. Lugar de comercio de granos y otros productos en el Renacimiento, descampado para ferias en el XVIII, cadalso de ejecuciones durante el siglo XIX, en la actualidad sede de uno de los mercados más tradicionales y siempre punto de unión del centro de la capital con los barrios populares que se han ido consolidando con el correr del tiempo a ambas márgenes de la calle Toledo, verdadero eje y cordón umbilical de la zona. El proyecto de remodelación del mercado que en su solar se levanta desde hace siglo y medio puede ser el motor adecuado para hacer de esta plaza de la Cebada un lugar de encuentro. Ahí deben estar atentos los vecinos si lo que desean es que se convierta en un área centrípeta, contribuyendo a transformarla en un espacio común de ocio. De lo contrario, contemplaremos en un futuro no muy lejano una más de las zonas comerciales al uso, que probablemente permita revitalizar económicamente el entorno pero a costa de la pérdida del protagonismo ciudadano. Si, con todo, se consigue convertirlo en un espacio diáfano y abierto al disfrute, bienvenido sea el cambio de mercado por centro comercial. Lo que sea llegará. Mientras tanto, dejemos a un lado el presente, siempre confuso y movible, y retrocedamos al pasado donde hallaremos las más atractivas historias de esta popular explanada.

Comercio de granos, tocino y legumbres

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Plaza de la Cebada en el plano de Texeira. Foto http://www.fotomadrid.com

Otorgamos una vez más la palabra a Ramón de Mesonero para que nos sitúe la plaza de la Cebada en sus orígenes históricos, en pleno siglo XVI, “formada en tierras pertenecientes a la encomienda de Moratalaz, de la orden de Calatrava, según se ve por escritura otorgada en 1536 por Rodrigo de Coalla, del consejo de Hacienda y del de Castilla, y por su mujer, que compraron un quiñón de tierras en dicho sitio en un descampado irregular, más bien que una plaza pública y desde un principio estuvo dedicada al comercio de granos, de tocino y de legumbres”. En el mismo sentido, Ramón Gómez de la Serna completa la descripción de los orígenes de esta ágora apuntando su carácter de segundo mercado de Madrid “después que las mercaderías subieran el escalón de la plaza de la Paja para entrar más en Madrid, y allí el grano tomó importancia suprema, reuniendo toda la cebada de las Castillas en contratación irradiante”. Indiscutiblemente nada tiene que ver la prosa de Mesonero con la de Gómez de la Serna, imbuido este último de los modos vanguardistas, en cuya clave hay que interpretarlo cuando afirma que “se esparcieron por la plaza clara y boba del pueblachón que comenzó a ser Madrid los puestos de toda feria, fijos en un principio los lunes y los jueves solamente, entre el ruido guerrero de las romanas”. Parece obvio el porqué del nombre de la Cebada, sin embargo, no quedaría claro si no nos remitiéramos a Pedro de Répide quien hace mención a la vecina calle de ese nombre y la costumbre de los labradores de las cercanías de Madrid cuando venían a vender el grano de sus cosechas en este paraje y “allí separaban la cebada que estaba destinada a las caballerizas del rey y la que se tomaba para los regimientos de Caballería de la de los diezmos que correspondían a los párrocos de San Andrés, Santa María y San Justo, y la que se entregaban como donativo al sacristán de San Pedro por tocar a nublado”. Por tanto, se trataba de un centro distribuidor del producto cereal,  bien para venderlo al precio establecido, bien para otorgarlo como diezmo o gracioso regalo a los representantes eclesiásticos. Más aún, continúa Répide diciendo que “todavía los generosos labriegos atendían a los legos o donados del convento de San Francisco y a los demandaderos de las cofradías de las Ánimas, que llegaban con sus sacos o sus alforjas a recibir aquel tributo de la piedad de los campesinos”. El descampado consolidaría su condición de reciente plaza con la instalación de una fuente en el siglo XVII cuya originalidad se centraba, según El ciego de Vistillas, en la presencia “de cuatro osos que entre los cuerpos que componían la parte mayor del monumento vertían el agua sobre cuatro tazas labradas en lo alto de unas columnas que, aisladas, emergían de la superficie del estanque. En torno a su pila se congregaba al sol la flor de la gallofa de la corte”. Es decir, que esto de sentarse los lunes al sol no es genuino de la época actual, como consecuencia de los altos índices de desempleo, sino que en aquel Madrid de pícaros, valentones, tomadores del dos y demás expertos en el arte de apropiarse de lo ajeno ya se practicaba la sana costumbre de tertuliar al son del borboteo de los caños, disfrazados de osos en este caso. Sería imperdonable olvidarnos de la esquina de la plaza que da a la calle de Toledo, donde se encontraba el convento de doña Beatriz Galindo, La Latina, y dando a la plaza, el hospital del mismo nombre. Seguimos escuchando a Répide, quien nos pone en antecedentes, al comentarnos que “en este lugar Madrid cedió a doña Beatriz Galindo terrenos para fundar el hospital a cambio de otros que la amiga y maestra de Isabel la Católica poseía en la puerta de Moros y todavía más de un siglo después, en 1610, hubo un pleito entre la Villa y ese hospital por cierta parcela de terrenos en la plaza de la Cebada”. Por su parte, el convento fue fundado para las Concepcionistas Jerónimas pero “por los frailes de San Francisco, doña Beatriz Galindo hubo de trasladarse a donde ahora la plaza del Duque de Rivas y cedió el edificio que quedaba vacante a las monjas franciscas”. En el hospital moró el cronista  de la Villa y Corte Jerónimo de Quintana que además fundó la congregación de San Pedro de los Naturales, germen del hospital de sacerdotes. Una placa ha puesto en el lugar el Ayuntamiento de Madrid recordando a este insigne cronista. Tampoco podemos dejar de citar que en la esquina con la calle del Humilladero la hermandad de la Vera Cruz había fundado la iglesia de Santa María de Gracia a finales del siglo XVII, templo que se mantendría en pie hasta finales del siglo XIX y donde se guardaban algunos de los pasos que salían a procesionar el Viernes Santo. Quizás el hecho religioso más señalado que ha tenido lugar en la plaza de la Cebada haya sido la canonización de San Isidro Labrador, el domingo 19 de junio de 1622. Ese día cuenta Répide que “se improvisó en la plaza un jardín de doscientos pies de largo y ciento ochenta de ancho y en él se puso un cuadro que representaba al santo Labrador en oración”.

Lugar de ejecuciones

Ejecución de Riego

Grabado con Rafael del Riego ejecutado. Foto artehistoria.com

Pero si por un hecho determinado es conocida la plaza de la Cebada es por haber sido el escenario de ejecuciones de reos a partir del siglo XIX y una vez que dichos reprobables y macabros actos fueron desterrados de la plaza Mayor por considerarse que se trataba de un lugar excesivamente céntrico y poco aconsejable, por más que dichas ejecuciones públicas persiguieran ejemplarizar al pueblo. A ello se refieren cambiando las formas pero coincidiendo en el fondo los más insignes escritores que han puesto a Madrid en el punto de mira de su pluma. Obligado es citar en primer lugar a nuestros habituales acompañantes Répide y Mesonero. El primero de ellos se refiere a este nefasto uso diciendo que “este paraje adquirió el lúgubre prestigio de ser el designado para las ejecuciones capitales. En la época fernandina morían allí por el crimen de sus ideales los reos políticos y en esta plaza fue ajusticiado Riego, llevado infamemente al patíbulo en un serón, entre el soez griterío de las masas, que le injuriaban con el mismo entusiasmo que habían puesto en aclamarle”. Se refiere a otros dos personajes conocidos que fueron ajusticiados en el lugar, casos del general San Miguel y del policía García Chico, aunque sin que de sus palabras se desprenda la amargura y el rechazo a dicha acción que se percibe en la descripción del traslado del general liberal. Por su parte, Mesonero se refiere a la condición de cadalso de la plaza calificando el hecho de “funesta celebridad, por haberse trasladado a la misma las ejecuciones de las sentencias de muerte en horca o garrote a cuyo efecto se levantaba la víspera en el centro de ella el funesto patíbulo y las campanas de las próximas iglesias de San Millán y Nuestra Señora de Gracia eran las encargadas de transmitir con su lúgubre clamor a toda la población de Madrid el instante supremo de los reos desdichados. Muchos grandes criminales espiaron en aquel sitio una serie de delitos comunes y cuando, en este siglo principalmente -se refiere al XIX-, se inventó la nueva clasificación de delitos políticos, muchas víctimas del encono de los partidos o de la venganza del poder regaron con su sangre aquel recinto” Y enumera los años de 1822, 1823 y 1830 como los más proclives a la ejecución política, aludiendo a Gofieu, Riego, Iglesia y Miyar como ejemplos de la intolerancia y animosidad de los políticos. En similar tono tétrico, o más aún, se expresa Larra en su artículo El reo de muerte cuando escribe entre otros comentarios aquello de “no sé por que al llegar siempre a la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, indignación y desprecio…/… pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela, en la que la manchará todavía. ¿Un ser como el hombre no puede vivir sin matar…/… Un tablado se levanta en un lado de la plazuela, la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces…/… El reo se sentó por fin. ¡Horrible asesinato! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún… De allí a un momento una lúgubre campanada de san Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela; el hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha; ya ha muerto un hombre”. Escalofriante el testimonio de El pobrecito hablador que escribiría este artículo a finales de 1835. Ramón Gómez de la Serna, en un tono menos trágico y más irónico, también nos da su visión del macabro destino de la plaza, no sin antes rendir homenaje a Larra y a sus palabras anteriormente recogidas en este blog: “Nadie como Fígaro ha descrito estas ejecuciones de la plaza de la Cebada cuando define con el reloj delante y con asombro inaudito el que un segundo después ya no existirá el hombre, evaporado por el éter de la libertad”. Gómez de la Serna habla de “ignominiosos catafalcos de las ejecuciones capitales. Elevadas las primeras horcas para punir a unos ladrones sascrílegos, culmina la aguja más alta de la horca, el palo mayor del sepulcro, en el ajusticiamiento de Riego, al que se le fabricó el tablado más alto, y no por darle categoría, sino para que se viera más su suplicio y sirviese de mayor escarmiento ante los futuros políticos”.

Mercado y teatro de la Latina

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Vista aérea del mercado de la Cebada. Foto deapi.es

Pasemos esta ignominiosa página, una más, de la historia de España no sin recordar que la plaza llevó el nombre del general Rafael del Riego durante el Sexenio Revolucionario “para ser la plaza de la Libertad y rectificar con la gloria de su nombre la injusticia que con él se cometió”, según apunta acertadamente De la Serna. Precisamente, en 1868 se adjudicó al arquitecto Mariano Calvo Pereira el proyecto de construcción del mercado de abastos que reestructurado en 1958 ha llegado hasta nosotros. La necesidad de crear un mercado capaz de abastecer de alimentos a la ciudad de Madrid y proporcionar higiene a los mismos arranca en el siglo XVIII. Se construye a la vez que el de la plaza de los Mostenses y, como aquel, cuenta con el hierro como material fundamental en sus estructuras. Las obras comenzaron en 1870 y cinco años más tarde Alfonso XII inauguraría la nueva instalación, que llegaría a ser en los inicios del siglo XX una de las más importantes de la capital. Como decíamos líneas atrás, a mediados del siglo pasado problemas relacionados con la higiene alimentaria hicieron que el recinto fuera derribado, construyéndose otro de aspecto más funcional. El zoco pasó entonces de ser central a simplemente mercado de barrio. A la espera de su desaparición definitiva el actual consta de dos plantas de uso comercial con una superficie que ronda los 6.000 metros cuadrados, a las que hay que añadir otra de almacenaje y un aparcamiento subterráneo. Las seis cubiertas abovedadas de color rojo cierran el edificio dándole un aspecto ya clásico y tradicional, totalmente integrado en el entorno del barrio de La Latina. Desde 1991 una cooperativa de comerciantes gestiona las instalaciones en régimen de concesión administrativa. Desde el punto de vista artístico sobresale por el mural que en 1962 pintara el madrileño Carlos Rincón aludiendo a los principales monumentos de la capital. Por último, no seríamos capaces de abandonar la plaza de la Cebada sin hacer una mención, aunque sea de pasada, al teatro La Latina, santo y seña durante mucho tiempo de la comedia popular madrileña más reciente, si no por su calidad sí al menos por lo que de fenómeno sociológico ha tenido durante el último tercio del siglo XX. Su nombre es un homenaje a doña Beatriz Galindo y hay que dejar sentado que provinciano que venía a Madrid y no se pasaba por La Latina, que en aquellos años gestionaba la histriónica Lina Morgan, mejor que no volviera a su pueblo. Fue inaugurado en la primera década del siglo XX por el anticuario Juan Lafora Calatayud, a partir de un cine construido sobre los terrenos del antiguo hospital. A su escenario se subieron hasta los años treinta compañías tan notables como las de Emilio Sagi, la de Salvador Videgain o la del maestro Guerrero. Fue cine durante la guerra civil. En 1945 lo compró para su hijo Dolores Díez, quien hacia mediados de siglo se lo alquila a Ignacio Fernández Iquino y años después a Matías Colsada que lo adquirirá en propiedad en 1977. Especializado en espectáculos de variedades, el teatro fue adquirido por Lina Morgan en 1978. Por él han pasado prácticamente todas las figuras de la escena del siglo XX en lo que a comedia se refiere y tanto como escuela de actores como representante máximo del subgénero denominado revista ha mantenido su caché entre un público popular y siempre fiel hasta tiempos muy recientes, cuando la mentalidad y las exigencias del respetable han ido cambiando, aunque su programación ha seguido fiel en la medida de lo posible a su línea costumbrista de crítica suave y condescendiente de los veniales vicios de la clase media madrileña y española. Las aglomeraciones en las puertas del local, tanto a la entrada como a la salida de los espectáculos, ambientaron esta plaza de la Cebada cuya personalidad nunca se ha acabado de definir al completo porque se ha caracterizado precisamente por su heterogeneidad en cuanto a uso. Aquí querríamos nosotros ver a Corpus Barga eligiendo un adjetivo para ella como lo hiciera para otras plazas de Madrid, desde Sol hasta la de Oriente pasando por Puerta Cerrada o Neptuno. ¡Ah pájaro, ahí te quedaste mudo!.

 

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1 comentario

Publicado por en julio 2, PM en Plazas

 

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